[Canarias}> El origen de las papas arrugadas

01-12-2025

José Antonio Felipe

El origen de las papas arrugadas

Las papas arrugadas son uno de los platos más tradicionales de la cocina canaria. Su sencillez hace que puedan ser preparadas por cualquier persona, lo que las convierte, además, en un alimento muy versátil.

Las papas arrugadas se hacían con la menudencia que quedaba tirada en los campos después de recoger la cosecha de papas. Eran papas nuevas y chicas que se cosechaban al final y se usaban para sancocharlas con cáscara.

El origen de esta peculiar manera de cocer las papas está ligado a las costumbres de los mariantes, campesinos de las medianías que se desplazaban cada verano hasta la costa después de terminar la cosecha. Durante ese periodo vivían en campamentos improvisados mientras se dedicaban a la pesca, a la recolección de marisco y a obtener sal en los cocederos naturales.

La papa, por su facilidad de conservación y transporte, se convirtió en el alimento principal junto con el gofio. En muchos casos, paro los mariantes era prácticamente su única fuente de carbohidratos durante la estancia junto al mar. Pero en estas zonas costeras el acceso al agua dulce era escaso, por lo que comenzaron a cocer las papas directamente en agua de mar. Mantener la piel resultaba especialmente práctico: el tubérculo absorbía sólo el punto justo de sal.

El procedimiento era tan sencillo como eficaz. Los mariantes introducían las papas en un caldero con agua salada y lo colocaban sobre brasas mientras continuaban con sus tareas. La cocción lenta hacía que el agua se evaporara, dejando al descubierto unas papas tiernas, secas y con esa fina película blanca de sal que hoy sigue siendo el sello distintivo de las verdaderas papas arrugadas.

Fuente

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30-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Y si hacemos un sancocho este domingo?

El sancocho no se cocina en la olla. Se cocina en el alma, en ese rincón donde la nostalgia huele a ají dulce y el cariño se sirve calientico, como debe ser. En Venezuela —y Venezuela es donde se escuche un “epa, vale”—, decir “vamos a hacer un sancocho” no es hablar de comida: es tirar una cuerda de afectos, reconciliar silencios, invocar la tregua sin necesidad de firmar nada. Es un conjuro doméstico que convierte el patio en templo y la olla en altar.

Todo empieza mucho antes de pelar la yuca. Comienza con esa frase que despierta amistades y familiares dormidos, como quien lanza una piedrita al agua: “¿Y si hacemos un sancocho este domingo?” Y ya se siente el temblor de las cucharas, el corre-corre de los que vendrán. El primo que nunca trae ni un vaso va a aparecer con una auyama que huele a disculpa. La tía que estaba brava se va a sentar en la mecedora y dirá con cara de “yo no fui”: “Vine por ustedes”. Mentira. Vino por el caldo que tiene la propiedad mágica de curar el orgullo y los cuellos estirados.

La olla grande se saca la noche antes, como quien saca el alma para lavarla. Se le habla bajito, se le acaricia con esponja y promesa: “Ajá, mañana tienes trabajo, viejita. Vas a curar corazones, no te me rajes.” Y ella, la olla, se prepara para hervir esperanzas, para recibir huesos con historia y verduras que saben a infancia y a domingo sin apuro. Se limpia con esmero, como quien prepara el corazón para una conversación pendiente.

No hay receta fija. El sancocho se adapta como el cariño: a lo que hay, a lo que falta, a lo que se quiere sanar. Se compra el recado de olla y lo de pelar y picar se hace con paciencia. Si hay gallina, que cante. Si no, el huesito con carne pegada también tiene voz. Lo importante es que se cocine lento, como se cocinan los cuentos buenos, los chismes sabrosos, las penas que se sueltan sin querer. El caldo necesita tiempo para pensar, para llorar un poquito, para reírse solo.

Y entonces, la magia comienza. El vapor empieza a hablar. El vecino, que pasa y huele, pregunta con cara de antojo: “¿Eso es sancocho o estoy soñando?” Y ya está adentro. El que llega y come, sana. La casa se llena de cucharas, de platos hondos, de miradas que dicen “qué bueno que viniste” sin mover los labios. El aire se llena de cilantro, de cebollín, de ají dulce y de algún picantico para los que no le tienen miedo a nada. Se cuentan historias entre sorbos, se sueltan risas entre cucharadas. El sancocho no se sirve: se reparte, se celebra, se canta.

Compartir un sancocho es más que comer. Es mirar al otro mientras sorbe el caldo y pensar: “¡Qué suerte tenerte aquí, vale!” Es servirle un plato al que falta, al que ya no está, aunque sea para que se lo termine comiendo el gato. Es hacer espacio en la mesa, en el corazón, en la memoria. Donde hay sancocho, hasta el silencio se sienta a la mesa. Se le sirve un poquito, se le pone ají dulce, se le deja hablar sin palabras.

Y nadie se va triste. Porque el sancocho acomoda las emociones, afloja las penas, pone a la gente a hablar sin miedo. Se llora un poquito, se ríe mucho. Se repite plato, se repite abrazo. Se lava la olla y los platos entre todos, como quien cierra un capítulo bonito. Se seca con cariño, se guarda con gratitud. La olla queda con memoria, como si el aluminio pudiera recordar los abrazos.

Preparar un sancocho es un acto de ternura radical. Es decirle al mundo: “Aquí estamos. Con lo que hay. Con lo que falta. Con lo que duele. Pero juntos.” Es convertir la ausencia en plato servido, el recuerdo en cucharón, la esperanza en vapor. Es cocinar la nostalgia sin que se queme, servir el cariño sin que se enfríe, invitar al perdón sin que se note.

Si alguna vez la tristeza te visita sin avisar, haz sancocho. Invita. Sirve. Repite. Porque hay dolores que no se curan con pastillas, pero sí con caldo caliente y gente querida alrededor. Porque hay amores que no se dicen, pero se sirven con arroz al lado y unas arepitas, para que el sancocho no ande solo. Porque hay memorias nuevas que no se escriben, se cocinan.

El sancocho no es sólo caldo con tropezones: es poema colectivo, es abrazo, es país servido en plato hondo. Es la olla que canta, el cucharón que consuela, el vapor que reconcilia. Es la certeza de que, aunque la vida a veces se ponga dura como ñame sin cocer, siempre habrá una mesa que se extienda, una olla que nos convoque, un sancocho que nos recuerde que en las buenas o en las malas no estamos solos.

Conclusiones:

  • El sancocho no se cocina en la olla, se cocina en el alma.
  • El vapor del sancocho sabe a reconciliación sin palabras.
  • Cada cucharón de sancocho es una caricia caliente al corazón.
  • El sancocho no cura el resfriado, pero sí el orgullo.
  • El caldo hondo acomoda las emociones como quien endereza una mecedora.
  • El cilantro no sólo aromatiza: también convoca.
  • El que huele, llega. Y el que llega, se cura.
  • Si el primo aparece con una auyama, es que hay sancocho… y perdón.
  • El sancocho no tiene receta: tiene voluntad de juntarse. Nadie hace sancocho para comérselo solo.
  • El sancocho es el único caldo que pone a hablar al tío que nunca dice nada.
  • El sancocho no anda solo: siempre viene con arroz, arepitas y cuentos.
  • El que lava la olla y los platos después del sancocho, tiene indulgencia plenaria.
  • El sancocho es el WhatsApp de los afectos: convoca sin escribir.
  • Sancocho servido, tristeza vencida.
  • Sancocho: abrazo que se sirve caliente.
  • Cuando la olla hierve, el alma se ablanda.

Buen provecho.