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02-09-2025

Soledad Morillo Belloso

De sobras, chivas y prestaos

En las casas venezolanas no se desecha lo que se ha vivido y gozado. La comida se transforma, la ropa se presta y se hereda, los objetos se cuidan con cariño porque hay la certeza de que tienen mucha vida por delante. No es por escasez, es por apego y respeto. Porque cada cosa tiene historia, y aquí la memoria se honra con las manos.

La cocina es santuario. Al día siguiente de una fiesta o reunión, ocurre la magia de los retallones. Es como volver a disfrutar. Y  además se come comentando lo que pasó. Porque en Venezuela todo tiene continuación. Y por alguna razón inexplicable, los retallones saben incluso mejor.

De botar, nada. Aquí el pan duro no va a parar a la basura: se ralla con paciencia, se mezcla con papelón, huevo, leche, pasitas y ese chorrito de ron que aparece como por arte de fe. Y entonces, como quien invoca a la infancia, nace la gloriosa torta de pan, que tiene la facultad de hacer que la casa huela a domingo, a voz dulce de abuela, a regaño que acaricia. El arroz dormido en la nevera  en un tupperware despierta en croquetas. Un poquito de queso, azúcar, huevo y harina y “esto me lo recomendó el médico”. Las verduritas se convierten en gratén que hasta los niñitos adoran. El sobrado de guiso se disfraza de empanada. El hueso con carne pegada se vuelve sopa que consuela hasta el alma despechada. Lo que sobró del pescado se vuelve albóndigas con salsita. El hueso del pernil va para los granos, aunque el perro proteste. Aquí, cada sobra es una segunda oportunidad, una forma de agradecer lo que ya fue.

El clóset también guarda sus secretos. Las prendas no se desechan, se celebran. Constituyen eso tan maravilloso que hemos bautizado con el nombre de “chivas”. Ese traje estupendo  que fue del tío ahora abraza al sobrino. Ese vestido que bailó en tres bodas aún conserva perfume de alegría. Ese chal bordado que pasó por manos de abuela, madre e hija, cubre hombros como quien dice “aquí estoy, aunque no me veas”. No es tela: es abrazo, es linaje, es presencia.

Los zapatos heredados conocen el camino. Cada suela es testimonio de pasos que no se perdieron. Basta una buena limpiada, un poco de brillo, y están listos para seguir andando. Y los manteles… esos hablan bajito. Con sus flores bordadas, sus manchitas de café que ya son parte del diseño, sus esquinas que han visto más navidades que el arbolito de la plaza. No cubren la mesa: convocan recuerdos, provocan risas, despiertan lágrimas dulces.

Aquí, cada objeto tiene alma. Cada prenda usada, una voz. Cada sobra, un futuro. Cada préstamo, el placer de compartir. Las hermanas, las primas, las amigas se prestan “trapos”, carteras y adornos. Las hijas remodelan los trapos de las mamás y las tías, que se inflan como gallinas cluecas.

No se trata de acumular, sino de valorar. Es una ética del cuidado, una estética del afecto. Vive en cada cocina, en cada clóset, en cada conversación con café colado y pan con mantequilla.

Porque en Venezuela, heredar es querer. El que da, lo hace con ternura. El que recibe, con gratitud. ¡Qué éxito! Lo que otros llaman viejo, aquí es legado y placer. Lo que parece resto, se convierte en ritual. Y en ese gesto de guardar, hay una filosofía entera: la de honrar la vida con sabor, memoria y alegría.

Así somos: alquimistas de lo cotidiano. Aquí no se tira lo que tiene alma. Porque en esta tierra,  el pan duro tiene segunda vuelta y los manteles viejos siguen contando cuentos. Guardar no es acumular: es cuidar lo que nos ha tocado el corazón. Es entender que lo vivido no se desecha, se honra y se comparte.

Y en cada prenda heredada, en cada cucharada rescatada, hay un pedacito de nosotros que se niega al olvido. Porque lo que otros llaman resto, nosotros lo llamamos raíz. Y con raíces así, no hay tormenta que nos tumbe.