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[SE}> Sábado de fuego / Soledad Morillo Belloso

05-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Sábado de fuego

En Venezuela, el sábado de parrilla  se programa y se ritualiza. Es como un temblor suave que empieza el viernes por la noche, cuando alguien lanza la frase detonante: “¿Y si hacemos una parrillita mañana?”

Esa “parrillita” es mentira. Lo que viene es un despliegue de testosterona, humo, grasa y frases célebres que se repiten como mantras. Porque aquí, la parrilla es cosa de hombres. No me crucifiquen las feministas, por favor. Es cosa de hombres no por exclusión, sino por tradición. Es hombre quien prende el carbón, y hay que dejarlo que se convierta en patriarca, en chamán del fuego, en emperador de la carne.

El sábado amanece con olor a expectativa. El sol apenas calienta y ya hay uno que se proclama “maestro parrillero”. No hay votación, no hay consenso. Él se pone su gorra al revés, sus zapatos  de guerra, su delantal que no permite que nadie más use, y se planta frente a la parrillera como quien va a dar misa. Se sirve la primera cerveza y suelta la frase inaugural: “Esto va con calma, que la carne no se apura. Aquí el apurado come crudo.”

Y ya está. Nadie lo contradice. Porque en ese momento, ese hombre —que entre semana es contador, ingeniero, abogado, gerente, médico o emprendedor — se transforma. Ahora es domador de brasas, brujo del humo, poeta del corte perfecto. Le habla a la carne como si fuera su amante: “Tranquila, mi reina, tú vas a quedar jugosa. Nadie más te va a tocar… ”.

Mientras gira el chorizo con una delicadeza que no le aplica ni a su suegra, el maestro parrillero se siente poderoso. Porque en Venezuela, el que parrillea, manda. Y no lava ni un tenedor. Eso lo sabe hasta el perro. Pica unos choricitos: “Ahí va, pa’ que vayan aguantando”. Y procede a poner en el fuego unas morcillas que son regalo de los dioses.

Las mujeres, sabias y pacientes, observan desde la sombra. No se meten. El bar lo manejan hombres. Que  tienen la obligación de saber qué le gusta a cada una. Las mujeres dejan labores en manos de hombres, que no el éxito. Porque ellas saben que sin guasacaca, sin ensalada, sin casabe tostado con ajo, sin la yuca más tierna, sin el queso guayanés o telita, sin arepitas calientes, sin varias pasadas de tequeños, y sin un par de postres bien golosos, no hay gloria parrillera que valga. Y eso es gracias a ellas. Pero dejan que el hombre se luzca, que se crea chef, que diga frases como: “La clave está en el color de la brasa.” “Esto está quedando criminal.” “No se le pone aliños de pote, que la carne se sala con el cariño y un puntico de sal.”

Y entretanto, los niños corretean y se atapuzan de tequeños,  los perros esperan que se caiga algo, y los vecinos, seducidos por el olor,  se asoman con cara de “¿y esa parrilla?”. Porque el humo es invitación abierta. Basta con llegar con cara de hambre y decir: “¿Alcanza pa’ un coleao’?” La respuesta no se hace esperar: “Pase vecino, que donde come uno comen dos” y el vecino, con tarde libre porque la mujer se fue a jugar canastón, se devuelve para su casa, busca una botella que tenía encaletada y un par de paquetes de chistorras y llega con franela limpia y cara de San Nicolás.

La música suena —gaita, salsa, reguetón de Maluma, un repertorio de boleros o lo que el tío que se siente DJ decida— y el ambiente se llena de frases que son casi refranes: “Carne que se respeta, se asa con calma.” “Chorizo que no chilla, no está en su punto.” “Parrilla sin cerveza es reunión de trabajo.” “El carbón no cocina con calor, sino con fe.”

El parrillero, mientras tanto, se pasea como artista en estreno. Se  limpia el sudor con orgullo y suelta la frase final: “Ajá esto ta’ listo. Yo no cocino, yo creo experiencias.” Y todos lo celebran. Porque en ese momento, él no es sólo el que cocinó. Es el que unió. El que hizo que la familia se riera, que los amigos se reencontraran, que los vecinos se acercaran. La parrilla no es carne: es teatro, es excusa para decir verdades entre risas y para exagerar cuentos que nadie corrige.

Al caer la tarde, el humo se va, pero el cuento queda. Y en la noche, con la barriga llena y el alma contenta, aparece la frase que se postea en el chat de WhatsApp con la firma del compadre Juan José: “La próxima, en mi casa. Pero que alguien más prenda el carbón.”

Y así, el sábado de parrilla se convierte en leyenda de una vez al mes, con rotación de escenario. En Venezuela, no hay mejor manera de medir el tiempo que por el número de parrillas que uno ha compartido. Porque cada una es distinta, pero todas tienen algo en común: fuego, picardía y carne que se asa con cariño.