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12-09-2025

Soledad Morillo Belloso

“Septembereleven”

No necesitó palacio ni corona. No redactó constituciones ni fundó repúblicas. El terrorismo ganó sin gobernar. Ganó porque impuso su lógica: el miedo como brújula, la sospecha como idioma, la vigilancia como costumbre. El 11 de septiembre de 2001 no fue sólo una tragedia. Fue una victoria del terror sobre la confianza, del pánico sobre la convivencia, del control sobre la libertad.

Ese día, el mundo se partió en dos: antes y después del miedo institucionalizado. No fue sólo que cayeron las Torres Gemelas. Fue que se levantaron muros invisibles entre vecinos, entre culturas, entre ideas. El terrorismo no buscaba ocupar territorios, sino mentes. Y lo logró. Desde entonces, vivimos bajo el hechizo de la desconfianza. Se vigila al otro como quien cuida una olla de presión: con miedo a que explote, aunque no haya fuego.

La paranoia se volvió política pública. Se multiplicaron las cámaras, los escáneres, los algoritmos que husmean nuestras búsquedas como si fueran confesores digitales. Se aceptó que la intimidad debía ceder ante la seguridad. Que el derecho a caminar sin ser observado era un lujo, no un derecho. Y lo más inquietante: tuvimos que aceptarlo. Que normalizarlo. Que convertirlo en rutina. Y tuvimos que aceptarlo porque es la diferencia entre la vida y la muerte. Desde ese día hasta hoy ha habido muchos atentados terroristas. Graves. En todo el mundo. Pero muchos atentados han sido evitados.

Sin embargo, el terrorismo triunfa en cada atentado que logra su cometido. Y gana todos los días cuando el miedo a lo que podría ocurrir nos consume.

Y no hay monumento que calme ese miedo de sentir y saber que todos, no importa dónde vivamos, somos “potenciales víctimas”. Que nadie está lo suficientemente a salvo.

Porque después del 11 de septiembre vinieron otros días oscuros. El 11 de marzo de 2004, en Madrid, diez bombas estallaron en cuatro trenes de cercanías. Murieron 193 personas. El terrorismo volvió a ganar, esta vez en Europa, y lo hizo en hora pico, en el corazón de la rutina. El miedo se subió al vagón y nunca más se bajó.

Un año después, el 7 de julio de 2005, Londres fue sacudida por cuatro explosiones en su sistema de transporte público. Murieron 52 personas. El terrorismo volvió a ganar, esta vez bajo tierra, en el silencio de los túneles. Desde entonces, cada mochila abandonada en el metro es una pregunta sin respuesta.

En 2015, París vivió una noche de horror. El ataque al teatro Bataclan, junto con explosiones en el Estadio de Francia y tiroteos en cafés, dejó 130 muertos. El terrorismo volvió a ganar, esta vez en medio de la música, del fútbol, del vino y la conversación. La vida nocturna se volvió sospechosa. La alegría se volvió precaución.

En 2016, Bruselas fue golpeada en su aeropuerto y en el metro. Murieron 32 personas. El terrorismo volvió a ganar, esta vez en los pasillos donde se cruzan culturas, idiomas, acentos. El tránsito se volvió trinchera.

Y así, cada atentado exitoso —en Niza, en Estambul, en Nairobi, en Sri Lanka, en Kabul, en Manchester— es una repetición del mismo conjuro: sembrar miedo, dividir, vigilar, callar. No importa cuántos sean evitados. Basta con que uno logre su cometido para que el miedo se reactive, para que el lenguaje se repliegue, para que la sospecha se instale.

Porque el triunfo del terrorismo no fue sólo institucional. Fue simbólico. Se metió en las palabras. Las contaminó. Las volvió sospechosas. Desde el 11 de septiembre, el lenguaje dejó de ser territorio libre. Se volvió campo minado.

Palabras como “seguridad”, “prevención”, “patriotismo”, “orden”, “inteligencia”, “defensa” empezaron a sonar distinto. Ya no eran promesas: eran advertencias. Ya no convocaban confianza: convocaban obediencia. El terrorismo logró que el lenguaje del poder se volviera lenguaje del miedo. Que cada frase tuviera una sombra. Que cada discurso llevara una amenaza implícita.

Y lo más grave: logró que el lenguaje cotidiano se llenara de códigos. Que el vecino se volviera “sospechoso”. Que el extranjero fuera “potencial amenaza”. Que el silencio fuera “comportamiento irregular”. Que la diferencia se tradujera como “riesgo”. El terrorismo ganó porque nos enseñó a hablar con miedo. A nombrar con cautela. A callar por prevención.

Incluso el humor se volvió peligroso. El chiste sobre bombas, el comentario sobre vigilancia, la crítica al sistema… todo se volvió potencial delito. El lenguaje perdió su inocencia. Y en ese sentido, el terrorismo logró lo que ningún imperio había logrado: que las palabras se vigilen entre sí.

“Terror” es una de las palabras más usadas en el mundo. Se pronuncia en todos los idiomas, se imprime en todos los periódicos, se repite en todos los noticieros. Es palabra de uso diario, como “pan”, como “agua”, como “Dios”. Pero a diferencia de esas, no alimenta, no calma, no consuela. “Terror” es palabra que se instala en el pecho, que se cuela en la conversación, que se esconde en los silencios.

Y cuando una palabra se usa tanto, corre el riesgo de volverse paisaje. De perder su filo. De volverse costumbre. Pero el terror no es costumbre: es estrategia. Es sistema. Es arquitectura emocional. Y si no lo nombramos con conciencia, si no lo enfrentamos con lenguaje limpio, entonces  el terrorismo seguirá ganando. No sólo con bombas, sino con repeticiones. No con fuego, sino con resignación.

Por eso, cada vez que digamos “terror”, que sea con advertencia. Que sea con memoria. Que sea con resistencia. Que sea como quien dice “no me rindo”. Porque si el terror se volvió palabra común, entonces la esperanza debe volverse verbo urgente.

Y que cada Septembereleven, cada atentado, cada susto, nos recuerde que el lenguaje también se defiende. Que la libertad también se conjura. Que el miedo también se nombra para que no nos gobierne.

Porque si el terror se volvió palabra cotidiana, entonces la respuesta debe ser extraordinaria. Y esa respuesta empieza, como todo ritual, por decir lo que no quieren que digamos.

Y decirlo sin temblar.

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