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03-12-2025
En la familia, todos sabían que el verdadero reloj no era el de la iglesia ni el del mercado: era el horno de Mamajose. Bastaba que ella metiera la polvorosa de pollo para que el tiempo se detuviera. El aroma, tibio y envolvente, se escapaba por las rendijas de la ventana y corría por la casa como un pregón invisible, acariciando las paredes, despertando la piel, anunciando con dulzura: “Ya viene la polvorosa.”
Mamajose era de esas mujeres que ya no se encuentran, con un pañuelo siempre en la cabeza y una risa que sonaba como cucharón golpeando caldero. Cocinaba con la pasión de una actriz de teatro popular: exageraba los gestos, se burlaba de la manteca que tardaba en rendirse, regañaba al pollo como si fuese un muchacho travieso. Y al final, con voz de madre y de maga, repetía: “Esto no es comida, esto es un abrazo con costra dorada.”
La polvorosa era su metáfora de la vida. La masa quebradiza, frágil como los sueños que se deshacen al amanecer; el guiso de pollo, deshilachado como las esperanzas que uno va recogiendo en pedacitos; las aceitunas, amargas como las noticias que pesan en el pecho; las pasas, dulces como los besos robados en la esquina. Todo junto, todo revuelto, todo servido en un plato que hacía llorar y reír al mismo tiempo, como la vida misma.
Los de la familia llegaban con cualquier excusa: “Mamajose, préstame un poquito de sal…”, “Mamajose, ¿tendrás un fósforo?”. Mentira. Eran excusas. Lo que buscaban era el olor, la promesa de un pedazo de polvorosa. Y ella, con picardía y ternura, la repartía como quien reparte bendiciones, como quien sabe que el pan compartido es también consuelo.
En cada bocado había un secreto. El crujir de la masa era carcajada, el jugo del pollo era lágrima, la mezcla era coro. Mamajose decía que la polvorosa era como la familia: “Un revoltillo de gente, cada quien con su sabor, pero todos juntos saben mejor.”
Y así, entre risas, metáforas y pasiones, la polvorosa de Mamajose se convirtió en leyenda. No era tan sólo un plato exquisito: era un espejo donde la familia se miraba y se reconocía, con hambre, con ternura, con ganas de seguir viviendo aunque la vida se disfrazara de fiesta o se pintara de rudeza.
Al final, la polvorosa de pollo de Mamajose era un conjuro de amor y memoria, un teatro íntimo donde la familia se reconocía en risas, lágrimas y migas doradas. Cada vez que el horno se encendía, se encendía también la certeza de que la vida, aunque frágil y deshilachada como el pollo del guiso, podía recomponerse en un abrazo compartido. Y así, entre metáforas y sabores, Mamajose dejó en su polvorosa la receta más honda: la de vivir con ternura, humor y pasión, como si cada bocado fuese un pedacito de eternidad.
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