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06-11-2025
En Pampatar, donde el salitre no sólo oxida barandas sino que afina gargantas y pule la memoria, vivía un coquí con alma de cantor antiguo. No era cualquier coquí: este entonaba en do sostenido, justo cuando la luna se posaba como arepa tibia sobre el Castillo San Carlos y los pescadores colgaban sus redes como quien cuelga los sueños a orear. Su canto no era ruido: era rito. Era señal de que la noche había llegado completa.
Le decían “Don Coquí”, con reverencia, con ternura, y algunos con sorna. Porque no había noche sin su nota, ni enamorado sin su eco. Era el afinador del insomnio, el director invisible de la orquesta nocturna. Su canto era consuelo, compañía, promesa. Los abuelos decían que cuando don Coquí cantaba, los difuntos se acomodaban en sus tumbas y los vivos podían dormir sin sobresaltos.
Pero una madrugada, cuando la brisa olía a guiso de cazón y a mango maduro recién caído, don Coquí se quedó mudo.
Nada. Ni un croac. Ni un suspiro húmedo.
Los vecinos pensaron que era cosa del viento. Que el silencio era señal de santos o de tormenta. Algunos, con miedo, dijeron que algún envidioso le había hecho un trabajo. Otros, más poéticos, creyeron que se había ido de viaje, que estaba de retiro espiritual en algún charco de Macanao. Pero no. Ahí estaba don Coquí, sentado en su hoja de almendro, con mirada de duelo y garganta de papel mojado.
Doña Eufrasia, que todo lo sabe y todo lo siente, dijo que era mal de amor. Que se había enamorado de una ranita de El Valle que sólo cantaba en fa menor y que no creía en duetos. Que le rompieron el corazón con una nota disonante. Otros decían que fue por culpa de una serenata fallida, que se le fue el tono y se le quedó la voz enredada entre dos ramas. Que cantó tan fuerte que se le quebró el alma.
Los niños, que entienden lo invisible, le llevaron guarapo de toronjil y le cantaron galerones. Le hicieron una maraca con semillas de tamarindo para que al menos marcara el ritmo. Le ofrecieron cuentos, piedritas brillantes, hojas de yagrumo. Pero nada. Don Coquí seguía afónico, como si el silencio fuera su nueva canción. Como si estuviera aprendiendo a doler en voz baja.
Y así, Pampatar aprendió a escuchar otras voces. El crujir de las hamacas, el susurro de las olas, el eco de los pregones, el murmullo de los que rezan sin decir palabra. El coquí, sin voz, se volvió símbolo. Ya no cantaba, pero enseñaba a oír. A esperar. A acompañar. A entender que no todo canto se oye, y que hay silencios que también afinan.
Las noches se hicieron más lentas. Más hondas. Algunos decían que el tiempo se había estirado, como si el reloj se hubiera puesto a escuchar también. Las enamoradas escribían cartas que no enviaban. Los pescadores lanzaban sus redes con más cuidado. Hasta los grillos bajaron el volumen, como en señal de respeto.
Y entonces, una noche, sin previo aviso, cuando la luna estaba redonda como pan de horno y el mar parecía dormido, Don Coquí soltó un croac bajito. Apenas audible. Como quien vuelve del duelo. Como quien dice “aquí estoy” sin romper el silencio. Como quien canta para sí, sin esperar aplausos.
Y todos supieron que la voz, como el amor, como el alma, como el duelo, a veces se toma su tiempo para volver. Que hay cantos que necesitan silencio para crecer. Que hay ausencias que enseñan a escuchar.
Desde entonces, Don Coquí canta cuando quiere. A veces en do sostenido, a veces en re menor. A veces no canta. Pero cuando lo hace, Pampatar se detiene. Porque sabe que ese canto viene de lejos. De adentro. De un lugar donde la voz se encuentra con la memoria.
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