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05-09-2025
Hay placeres que no se explican: se mastican lento, se cierran los ojos, se suspira hondo. Comerse un golfiao con queso e’ mano (no es “golfeado”, no es “queso de mano”) no es un acto alimenticio. Es una ceremonia íntima, un rezo sin palabras, una reconciliación con la vida. Es como si el alma, cansada de tanto trajín, se quitara los zapatos, se sentara en una mecedora de mimbre bajo un toldo de sombra fresca, y dijera bajito: “Dame un momentico pa’ mí”.
El primer mordisco no entra por la boca, entra por la memoria. El papelón se activa como un conjuro dulce y oscuro: llama a la abuela que untaba mantequilla con el dedo, al tío que hacía chistes malos mientras se robaba el queso, al panadero que gritaba “¡recién salidos!” con voz de trueno y corazón de horno. Y el queso, ay, el queso, se derrite como quien se rinde al amor sin condiciones. Salado, fresco, con esa textura que no se copia ni se exporta. Es el queso e’ mano, el que se hace con paciencia y con dedos que conocen el ritmo del ordeño, el calor del fogón, el silencio del amanecer en el monte. Tiene olor a leche tibia, a palma recién cortada, a manos que saben cuándo parar y cuándo seguir amasando la vida.
Ese pancito con forma de caracol no se come, se vive. Se desenvuelve con las manos como quien abre una carta de amor escrita en papel de estraza, con letra temblorosa y tinta de melao. Se le huele el alma antes de morderlo: el anís que perfuma como suspiro de infancia, el papelón que brilla como promesa, la masa que aún guarda el aliento del que la amasó. Y cuando se lleva a la boca, no hay prisa. El golfiao exige pausa, exige respeto. Es un pan que pide que lo escuchen mientras se mastica. Que se le celebre como se celebra un reencuentro. Que se le agradezca como se agradece un milagro chiquito.
El alma, cuando se come un golfiao con queso, se vuelve cuerpo. Se le quitan las penas, se le aflojan los rencores, se le endulzan las nostalgias. Es como si cada vuelta del golfiao fuera una espiral que baja desde el cielo directo al pecho. Y ahí, justo ahí, donde se guardan los abrazos que no se dieron y los besos que se perdieron, se instala el sabor. No como comida, sino como consuelo. Como un “todo va a estar bien” dicho sin palabras, con la boca llena de papelón y queso tibio. Como un abrazo que no pide permiso. Como una canción que no se canta, pero se siente. Como un silencio que acaricia.
Hay quien dice que el golfiao con queso es desayuno. Otros que es merienda. Pero los que saben, los que han llorado frente a ese pan caliente, entienden que es un ritual. Se come con las manos, se lame el melao que se escurre por los dedos, se deja que el queso se escape por los bordes como quien deja que la vida se desborde. Y mientras tanto, el alma se acomoda, se estira, se ríe bajito. Se acuerda de lo bueno. Se perdona lo malo. Se permite volver a creer en lo sencillo, en lo tibio, en lo que no necesita explicación.
Porque el golfiao con queso e’ mano no cura, pero acompaña. No resuelve la vida, pero la hace más llevadera. Sabe a abrazo, a canción de cuna, a refrán inventado. Es la prueba de que lo sencillo puede ser sublime, y que en cada mordisco hay una historia que se cuenta sin palabras. No se come solo: se come con recuerdos, con risas, con lágrimas que no hacen escándalo. Se come con la certeza de que, aunque todo esté patas arriba, hay cosas que siguen sabiendo a hogar.
Así que cuando la vida apriete, cuando el alma se sienta deshilachada, no busques terapia ni milagros. Busca un golfiao con queso e’ mano. Siéntate en la acera, en la cocina, en el rincón donde te sientas más tú. Muerde despacio. Cierra los ojos. Y verás cómo, sin darte cuenta, te vuelve a gustar estar vivo.
Porque hay liturgias que no necesitan templo. Sólo papelón, queso fresco, y ganas de seguir creyendo.