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[SE}> ‘Homo hallaquensis maternicus’ / Soledad Morillo Belloso

28-11-2025

Soledad Morillo Belloso

‘Homo hallaquensis maternicus’

En diciembre, cuando el país entero se transforma en un gigantesco mercado de hojas de plátano y el olor a guiso se mete hasta en las oficinas públicas, aparece un personaje que merece manual de caricatura: el hombre que repite, como si fuera un salmo, “las mejores hallacas son las de mi mamá”.

No necesita libreto: la frase le brota automática, como si tuviera un resorte en la lengua. Se sienta en la mesa navideña con gesto solemne, prueba la hallaca que alguien preparó con sudor y paciencia, y sentencia: “Está buena… pero no como la de mi mamá”.

Ese hombre es un personaje costumbrista, un “homo hallaquensis maternicus”, que convierte la hallaca en cordón umbilical envuelto en hoja de plátano. No busca sabor, busca refugio. No quiere hallacas, quiere perpetuar el mito. Es inspector gastronómico con credenciales expedidas por la nostalgia. La aceituna, para él, es símbolo de perfección; la alcaparra, un dogma; la pasa, un recuerdo sagrado.

La escena es de sainete nacional. La esposa, con las manos teñidas de onoto, los dedos cortados por el cuchillo y el pelo oliendo a guiso después de horas frente a la olla, sonríe con la paciencia de santa mártir. Pero por dentro, mientras mastica la ironía, piensa: “pues que te las haga tu mamá”. La suegra, desde la sala, se infla como pavo real porque sabe que la frase la corona reina absoluta. Los invitados ruedan los ojos y siguen comiendo, porque ya conocen el libreto.

Ese hombre ha convertido su condición en oficio. Sí, porque ser “hijito de mamá” es casi una profesión reconocida en el país. Tiene horario laboral (todo diciembre), uniforme oficial (nostalgia en la mirada y frase tatuada en la lengua), funciones principales (comparar, descalificar, pontificar) y beneficios garantizados (devoción materna eterna y pensión vitalicia de guiso con aceitunas).

Conviene huir de esos hombres como de la tiña. Porque detrás de la frase hay una advertencia: no buscan pareja, buscan sustituta de la madre. No quieren compartir mesa, quieren imponer altar. Y uno no puede vivir toda la vida con un juez gastronómico que mide el amor en guiso y aceitunas.

La tragicomedia se repite cada año en todo el país: él pontifica como si estuviera en cadena nacional, ella sonríe con ironía y piensa en silencio que la próxima hallaca se la va a servir con sarcasmo, y los invitados, resignados, siguen comiendo. Porque al final, la hallaca, sea de quien sea, se disfruta mejor sin dogmas.

Y el cierre, inevitablemente jocoso, es este: cuando el hombre vuelva a repetir su frase, lo mejor es pasarle el delantal y la olla y decirle: “Bueno, mijito, si tanto extrañas las de tu mamá, ponte tú a hacerlas… y que Dios te agarre confesado cuando te toque amarrar la primera hoja”.