[Hum}– Violinista

—¿Ha visto usted como toca mi hijo el violín? ¿Qué le parece su ejecución?

—Hombre, ejecutarlo me parece excesivo, pero dos guantazos sí que le daría yo.

Cortesía de Charo Bodega

[Hum}– Cumplido

—Usted parece ser más inteligente que el promedio de hombres de su clase social—, le dijo el abogado, durante el juicio, a un testigo al que estaba interrogando.

—Gracias— repuso el testigo—. Si yo no estuviera bajo juramento, le regresaría el cumplido.

[Hum}– Estornudo inoportuno

Un viejito iba por la calle cantando una canción cuando, de pronto, al estornudar se le cayó la dentadura, y un borrachito que, recostado en la pared lo había estado observando mientras se le acercaba, le dijo:

—¡Oiga, se le cayó el cassette!

[Hum}– De judíos: Nota necrológica

Un judío va al periódico a poner un anuncio de la muerte de su esposa. Llega y le dice a la joven que lo atiende:

—Quisiera poner un anuncio de defunción de mi esposa.

—¡Muy bien! ¿Qué va a decir?

—»Murió Ana».

—¿Sólo eso?

—Sólo eso.

—Señor, ¿cómo va a poner «Murió Ana»? Un mensaje tan escueto, ¡es el aviso fúnebre de su señora esposa!

—Pero es que no puedo gastar mucho.

—Pero, señor, ¡si la tarifa mínima es por 6 palabras!

—¡Ah!, entonces ponga «Murió Ana. Vendo ropa de mujer».

[Hum}– El toro argentino

Un campesino argentino tenía un toro reproductor, el mejor toro de la región. Ese toro era su único patrimonio y su sustento. Los estancieros locales descubrieron que el tal toro era el mejor reproductor de la zona, y comenzaron a alquilarlo para cruzar sus vacas, comprobando que de esa cruza salían los mejores becerros.

Además era rendidor y rápido: no perdonaba a ninguna vaca que le pasara cerca, y parecía que nunca se cansaba de engendrar. Un día los estancieros se reunieron y decidieron comprar el toro para no depender más del campesino. Un representante fue y le dijo: 

—¡Poné precio a tu toro que te lo vamos a comprar!. 

El campesino, que no quería perder su fuente de ingresos, dio una  cifra absurda, para que fuera rechazada. Los estancieros se quejaron al Intendente por el precio del animal, y éste, sensibilizado con el  problema, compró al toro con fondos municipales, registrándolo como patrimonio municipal, y poniéndolo al servicio de todos los habitantes de la comuna. 

El día de la inauguración de los servicios, los estancieros trajeron  sus vacas para que el toro las preñara .Le tiraron la primera, y nada.

—Debe ser la vaca— dijo uno—. Es muy  flaca.

Le trajeron una gran campeona holando; el toro la olfateó, y nada. Le pasaron el rodeo entero, pero el toro ni se inmutó. El Intendente, furioso, llamó al ex dueño y lo increpó a solucionar el problema, pues se había gastado dinero de los contribuyentes y no quería pensar que todo fuera una estafa más. El campesino se acercó al toro y le habló al oído: 

—¡Qué me hacés, hermano! ¿No querés trabajar? 

El toro lo miró largamente y con sorna, y desperezándose le respondió: 

—No me jodas. ¡Ahora soy funcionario público!