[Canarias}> La gran piedra de la Virgen de las Angustias / María Victoria Hernández

15-08-2025

 María Victoria Hernández*

 La gran piedra de la Virgen de las Angustias

CRÓNICA — Se recuerda que varios días duró este ir y venir de la Virgen barranco arriba y barranco abajo, hasta que se comprobó que mano alguna humana era responsa­ble de este hecho

 La Virgen de las Angustias, en el Santuario de su mismo nombre, guarda después de cinco siglos de permanencia en Los Llanos de Aridane bellísimos relatos y leyendas que el pueblo aún recuerda.

Según cuenta la tradición fue la propia Virgen la que determinó el lugar exacto donde se debía construir su Santuario. Al parecer, una vez arribó, por El Puerto de Tazacorte, el bajel procedente de Flandes la Virgen fue llevada en procesión por el margen derecho del barranco y fue colocada sobre una gran piedra, a unos 400 metros más abajo de donde se encuentra hoy su templo.

Pasaba la noche y al amanecer la Virgen aparecía en el actual asenta­miento del templo. La volvían a llevar donde pensaban construir su casa y de nuevo la imagen regresaba inexplicadamente.

La gran piedra de la Virgen de las Angustias. ALMM

Se recuerda que varios días duró este ir y venir de la Virgen barranco arriba y barranco abajo, hasta que se comprobó que mano alguna humana era responsa­ble de este hecho.

Los vecinos interpretaron que era la propia imagen la que había elegido el lugar concreto, con visión directa hacia el mar océano, donde se debía construir su definitivo Santuario, y así se hizo.

Pocos años después este hermoso relato, tenido por milagroso, hizo brotar sincera fe y en el lugar donde los devotos quisieron erigir originalmente la ermita se convirtió en un lugar sagrado, pisado por la Virgen, y determinaron perpetuar en la memoria del pueblo erigiendo un humilde Calvario con tres cruces de tea sobre escalones de piedra.

Primitivo Calvario de Las Angustias. AMVH

Cada 15 de agosto, día de su festividad, las Virgen de las Angustias visita el reconstruido y nuevo Calvario en procesión y la tradición y la leyenda se renueva entre los miles de devotos.

Las lluvias y las abundantes crecidas del llamado “río” fueron dando tumbos y más tumbos a la “gran piedra de la Virgen” colocándola en medio del cauce. Aún hoy los mayores del lugar lo recuerdan. Hasta hace muy poco era visitada con devoción y se bebía agua limpia del barranco.

Calvario de Las Angustias en la actualidad. MVH

*María Victoria Hernández es cronista oficial de la ciudad de Los Llanos de Aridane (2002), miembro de la Academia Canaria de la Lengua (2009) y de la Real Academia Canaria de Bellas Artes San Miguel Arcángel (2009)

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[Col}> La inteligencia de los idiotas / Soledad Morillo Belloso

20-05-2025

Soledad Morillo Belloso 

La inteligencia de los idiotas 

Hay un tipo de inteligencia que no aparece en los libros de psicología, ni en los debates académicos, ni en los tests de coeficiente intelectual. Es una inteligencia peculiar, resistente al conocimiento, blindada contra la duda y ferozmente leal a la comodidad del pensamiento simplón. Es la inteligencia de los idiotas.

Dicen que la inteligencia es el arte de resolver problemas, de prever escenarios, de formular preguntas antes de obtener respuestas. Pero, en estos tiempos de ruido digital y opiniones fragmentadas, hemos descubierto esa nueva categoría: la de los idiotas inteligentes.

No hablamos aquí de simple ignorancia. La verdadera idiotez tiene una metodología, una estrategia, una lógica impecablemente defectuosa. Es el arte de hablar sin escuchar, de opinar sin saber, de imponer sin entender.

El idiota inteligente no es aquél que desconoce, sino el que cree saberlo todo sin necesidad de comprobar nada. Es el que reduce debates complejos a frases simplistas, el que confunde convicción con evidencia, el que eleva la necedad a virtud.

No es la torpeza común de la ignorancia, ni el despiste inocente de quien aún no ha aprendido. No. La inteligencia de los idiotas es un arte oscuro. Se cultiva en la repetición de frases sin contenido, se afila en la convicción absoluta y se proclama en la seguridad de que dudar es perder. Es un sistema perfecto de autoprotección: no corrige, no reflexiona, no evoluciona.

El idiota inteligente tiene sus propios axiomas. Cree que la complejidad es una amenaza y que los matices son innecesarios. Domina el arte de simplificar lo complejo hasta hacerlo irreconocible, de transformar la incertidumbre en certezas rotundas y de convertir el pensamiento en un monólogo eterno.

En la política, en las redes, en las conversaciones de esquina, este tipo de inteligencia florece. Se manifiesta en afirmaciones absolutas, en respuestas rápidas y en la feroz resistencia a cambiar de opinión. Los idiotas inteligentes son maestros de la falsa profundidad: expresan reflexiones enclenques  con tono solemne, sentencias absurdas con aire de erudición.

En esta era, donde la velocidad ha reemplazado la reflexión, los idiotas con inteligencia propia ocupan espacios privilegiados. Son los que construyen discursos sin sustancia, los que argumentan con falacias, los que convierten la certeza en una camisa de fuerza, los que recitan grandilocuencias que no resisten el más mínimo análisis.

Pero su mayor triunfo es el contagio. Porque la inteligencia de los idiotas tiene una ventaja sobre la genuina inteligencia: es fácil de reproducir. De que se pega, se pega. No requiere esfuerzo, no demanda reflexión, no exige revisar premisas. Es cómoda. Es viral.

Y así, quienes cuestionan, quienes dudan, quienes se atreven a cambiar de perspectiva son vistos como débiles, como erráticos, como prescindibles en la guerra de certezas.

¿Qué nos queda? Resistir, cuestionar, aprender. Porque en un mundo donde los idiotas creen ser los más inteligentes, la verdadera sabiduría está en la capacidad de admitir lo que no sabemos.

[Col}> La vaca en el ambulatorio / Soledad Morillo Belloso

03-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La vaca en el ambulatorio

Juan, venezolano de 50 años, es más que un personaje: es una colección de hábitos, olores, refranes y sorbos de cafecito colado en manga. Vive en una casa que no se cae porque está sostenida porrecuerdos, una virgencita en la pared y el escándalo de las guacamayas que sobrevuelan al mediodía como si fueran las alcaldesas del barrio.

Los días empiezan con el radio encendido, no para escuchar noticias (ya vencidas), sino porque “La hora del gallo” le recuerda que aún hay humor y culebrones en la vida. Se sienta en su mecedora heredada del abuelo Crisóstomo —esa que chirría más por costumbre que por dolor— y mira la calle como quien lee un poema lleno de rimas desajustadas, pero honestas.

Juan es emprendedor: cocina con sabor a pueblo y vende sus platos en oficinas del centro. El ají dulce manda en su cocina. “Si se ve bonito, sabe bonito”, decía su mamá. Su arroz con pollo tiene más cuento que ingredientes. “Este ají lo sembré yo con tierra de cuando la acera era nueva… por eso sale sabroso, tiene historia.”

En el mercado regatea por deporte: “¿Y ese precio tiene aire acondicionado o qué?”. La vendedora se ríe, le hace una rebajita y le da el tomate más rojo. Aquí la sonrisa también paga.

Los domingos son sagrados. Se pone su camiseta del Caracas F.C. (ya el logo parece mapa) y prepara yuca con mojo. Los vecinos llegan sin invitación, pero con hambre. Luego, todos se sientan en la acera y recuerdan la vez que cocinaban con lámpara de kerosén en pleno apagón.

Y si hay música, que no falten las gaitas en agosto ni los reguetones de Maluma y KarolG en noviembre. Juan dice que el reguetón actual no tiene sazón; antes Daddy Yankee era filósofo urbano. Si alguien pone música en inglés, él suelta: “Eso no alegra el hígado. Ponme una de Ricardo Montaner pa’ que me duela sabroso.”

Al caer la tarde, los niños juegan quemao’ y los adultos hacen lo mismo, pero con los políticos. Juan observa todo con humor estoico. Ha visto todas las versiones del mismo guión: promesas maquilladas y realidades con resaca. “Aquí lo único que progresa es el monte y los memes”, lanza como quien suelta una granada suave.

Pero Juan se queda. Porque ama hasta el chirrido de la silla, el olor a lluvia sobre tierra caliente, y saber que su país, con todos sus enredos, sigue siendo ese donde un saludo puede durar tres minutos y venir con abrazo, chisme y recomendación de yerba para la presión y sal de higuera para los pies hinchados.

Antes de que el sol despierte, Doña Yeya ya está regando sus matas con agua, café colado y esperanza. “Pa’ que me floreen hasta en los apagones”, dice. Juan la saluda: “¿Ese malojillo sirve pa’ políticos? Porque aquí hay unos con el alma descoyuntada”.

Por la esquina pasa Chucho el guayabero: “¡Guayaba dos por uno! Y si no te gusta la vida, devuélvela con ticket”. Juan se ríe. “Este país lo arreglamos a punta e’ chistes”.

Frente a la bodega, Toñita organiza la fila para la harina PAN como si fuera teatro: “No me hablen mal que se me corta la leche”.

En las tardes hay tertulia con don  Rafael, que tiene las manos llenas de grietas y cuentos del siglo pasado, cuando los héroes llevaban sombrero. Hablan de arepas, de aguacates con política interna, y de cómo la lluvia cuenta secretos.

Los niños corren tras un balón que ha rodado por más calles que promesas electorales. Juan, con su café recalentado, piensa: “Aquí nadie nos enseña a ser felices, pero todos sabemos improvisar”

.Por las noches, cada casa se convierte en universo propio. El ventilador canta su sinfonía de aspas cansadas, el televisor lanza novelas turcas traducidas con acento argentino, y Juan escribe en su servilleta más nueva:

“La Venezuela de hoy es como un sancocho con los ingredientes revueltos, pero mientras huela sabroso, uno se queda”.

Un día apareció una vaca en el segundo piso del ambulatorio. Nadie supo cómo llegó. Toñita la vio primero: “¡Juan! ¿Eso es una vaca o me dio efecto secundario el té de anís con parchita?”. “Una vaca en el segundo piso… Yo pensé que era señal del gobierno, tipo ‘producción vertical”.

El barrio se aglomeró. Don Rafael sacó sus binóculos. Chucho, filosofando, proclamó: “¡Eso no es una vaca común! Es metáfora del sistema: encerrada, en lo alto y sin saber cómo bajarse”.

Llegó un funcionario preguntando si alguien tenía carnet de autorización bovina. “¡Aquí ni el perro tiene carnet y tú me pides papeles pa’ la vaca!”, gritó Yeya.

Unos chamos intentaron transmitir la escena en vivo, pero justo se fue la señal. Juan soltó: “Bueno, si la vaca no baja, montamos una pollera al lado y resolvemos el conflicto con salsa de ajo”.

Finalmente, los bomberos bajaron a la vaca en camilla, como candidata del Miss Venezuela. El barrio aplaudió, y desde ese día, cada vez que algo inexplicable ocurre, se dice: “Esto está más raro que la vaca del ambulatorio.”

Y así, entre risas que desafían la lógica, consejos caseros con sabor a yerba buena, y vacas que toman turnos sin pedir cita, la calle El Milagro sigue latiendo como un corazón viejo pero terco. Juan no espera milagros grandilocuentes. Él cree en los pequeños absurdos que, día tras día, acaban armando una patria.

[Canarias}> Así era la antigua isla perdida de Canarias que ya no existe, pero que dejó un rastro geológico visible

17/08/2025

Roberto Ruiz Anderson

Así era la antigua isla perdida de Canarias que ya no existe, pero que dejó un rastro geológico visible

Durante milenios formó una sola unidad con varias islas actuales, pero el aumento del nivel del mar al final de la última glaciación acabó fragmentándola

La historia de Canarias es también la historia del tiempo, de la piedra y del agua. El archipiélago, que hoy conocemos dividido en ocho islas principales y varios islotes, no siempre tuvo su forma actual.

En el extremo oriental del mapa, entre Fuerteventura y Lanzarote, las teorías científicas respaldan la existencia deuna antigua isla unificada que surgió hace unos 40 millones de años y desapareció al final del Pleistoceno, cuando el mar subió y la naturaleza la dividió en varias. Antes de eso, era la isla más grande de Canarias.

Ese territorio desaparecido ha sido bautizado modernamente como Mahan, un nombre de resonancia aborigen que alude a la fuerza primigenia de la isla y al imaginario colectivo de los majoreros (es el nombre de un legendario gigante aborigen).

Aunque no se trata de una denominación científica, sí es útil para referirse a una realidad geológica demostrada: hasta hace algo más de 10.000 años, el nivel del mar era mucho más bajo, lo suficiente como para que Fuerteventura, Lanzarote, la isla de Lobos y el Archipiélago Chinijo fueran parte de una misma plataforma emergida.

Unidas por tierra firme y especies comunes

La hipótesis está respaldada por diversos estudios y evidencias. El canal entre Lanzarote y Fuerteventura, conocido comoLa Bocaina, tiene una profundidad variable que oscila entre los 30 y los 60 metros, mientras que el estrecho que separa Lobos de Corralejo apenas alcanza los 10 metros en su punto más profundo.

Esta poca distancia marina, junto a las similitudes de las formaciones volcánicas y los materiales basales de ambas islas, refuerzan la teoría de una conexión terrestre durante el Pleistoceno tardío.

Además, los científicos destacan que numerosas especies de flora y fauna endémicas coinciden en esas dos islas. Algunos ejemplos son la Crocidura canariensis (musaraña canaria), o plantas como Pulicaria canariensis y Sideritis pumila, entre otras, que confirman que en el pasado existía una continuidad ecológica.

La ruptura definitiva se produjo tras la última glaciación, cuando el deshielo global provocó una elevación del nivel del mar de más de 100 metros y sumergió las conexiones naturales que existían.

Aunque a menudo se presenta con cierto aire de leyenda, la antigua isla de Mahan no es ningún mito, sino algo que los expertos llevan años estudiando como una realidad geológica.

Se estima que la superficie emergida de Mahan pudo alcanzar los 5.000 kilómetros cuadrados, superando por tanto a cualquier otra isla actual del archipiélago. Esta cifra incluiría los terrenos hoy sumergidos que formaban el espacio entre las islas actuales, y da una idea de la magnitud del territorio perdido. Aunque hoy ya no esté en los mapas, su huella sigue presente en cada roca y cada especie compartida.

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[Canarias}> Una isla sin muros ni celdas que sirvió como cárcel durante los siglos más oscuros de España

13-08-2025

Jorge Siverio

Una isla sin muros ni celdas que sirvió como cárcel durante los siglos más oscuros de España

 Su geografía, su aislamiento y la precariedad de sus conexiones marítimas eran suficientes para garantizar que quienes llegaban allí como exiliados rara vez pudieran escapar

En la historia de España, hay cárceles que nunca tuvieron rejas. Lugares donde el aislamiento fue más eficaz que los muros de piedra, y el silencio actuó como grillete. Uno de ellos fue El Hierro, la más occidental de Canarias, utilizada durante más de 150 años como destino de destierro político. Aunque hoy se asocia con la tranquilidad del turismo rural y la belleza de sus paisajes, hubo un tiempo en que en esta ínsula fue escenario de represión, exilio forzoso y olvido.

Lejos de los focos históricos que han visibilizado el papel represivo de otras islas como Fuerteventura, El Hierro permaneció en la penumbra de la memoria colectiva. Sin embargo, desde finales del siglo XVIII hasta bien entrado el franquismo, esta pequeña isla, de apenas 270 km² y escasos medios de comunicación, sirvió como un eficiente mecanismo de castigo para regímenes que buscaban apartar a quienes incomodaban con sus ideas, su ciencia o su pensamiento libre.

Cárcel sin muros

 El Hierro no contaba con penitenciarías ni garitas. Su geografía, su aislamiento y la precariedad de sus conexiones marítimas eran suficientes para garantizar que quienes llegaban allí como exiliados rara vez pudieran escapar. No se necesitaban barrotes: la isla entera funcionaba como una prisión natural.

Durante el reinado de Fernando VII, y posteriormente bajo distintas formas de gobierno, desde monarquías autoritarias hasta la dictadura franquista, intelectuales, médicos, maestros y políticos fueron enviados al exilio insular. Muchos no habían cometido más delito que pensar de forma diferente

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[Col}> Santiago Schnell: el rector con olor a papelón / Soledad Morillo Belloso

16-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Santiago Schnell: el rector con olor a papelón

En un rincón de Nueva Inglaterra, donde las estaciones se instalan como huéspedes temporales, aterrizó un rector con sabor a mango maduro y mirada de explorador. Santiago Schnell no desembarcó con discursos de cartón ni con trajes de catálogo. Llegó como llegan los que han vivido: con cicatrices, con cuentos, con ciencia en la maleta y Caribe en el corazón.

No es un académico de manual. Schnell viene de donde estudiar es un acto de resistencia, donde los libros se leen con velas y la curiosidad es más fuerte que la escasez. Nacido en Venezuela, su inglés es muy bueno, pero a veces se le escapa un “chamo” como quien deja caer un verso en medio de una fórmula. Porque hay acentos que no se mudan, que se quedan como tatuajes sonoros.

A los quince, la vida le lanzó una tremenda curva: cáncer, seguido de un desfile de enfermedades autoinmunes. Pero en vez de rendirse, se volvió alquimista del conocimiento. Se enamoró de la biología como otros se enamoran del jazz: con devoción y ritmo. Las enzimas le hablan, las ecuaciones le cantan. Donde otros ven datos, él ve poesía molecular.

Estudió en la Simón Bolívar, donde las ideas se cuecen con café negro y los sueños tienen acento latino. Luego cruzó el océano hasta Oxford, donde aprendió a dialogar con científicos de todos los continentes sin perder el sabor de su tierra. Y de ahí brincó el cjharco y llegó a la Universidad de Notre Dame. Hoy, en Dartmouth, camina entre edificios longevos como quien pasea por una playa de Macanao: con calma, con respeto, con alegría.

Pero lo que lo hace único no está en su impresionante  hoja de vida. Está en su forma de ser y estar. Schnell no dirige desde el pedestal, sino desde la conversación. Mira a los estudiantes como quien reconoce batallas invisibles. Escucha más de lo que habla. Y cuando habla, lo hace como quien comparte un secreto entre amigos.

En sus clases, los conocimientos se mezclan con anécdotas. Las células se convierten en personajes de una novela. Y cuando le preguntan por su filosofía, responde con una frase que parece sacada de una parranda familiar, que todo tiene su música. Que hayy que saber escucharla.

Schnell cree que el conocimiento no tiene fronteras. Que la física puede bailar con la poesía, que la ingeniería puede tener alma, que la química y la biología tienen gramática. Por eso Dartmouth lo imaginó en sus pasillos.

Aunque ahora vive entre estaciones y nombres impronunciables, sigue siendo el chamo que venció al cáncer con curiosidad. El que convirtió su acento en estandarte. El que llegó a la Ivy League con sabor a papelón y con la convicción de que el saber, cuando se comparte con humildad, puede encender luces en los rincones más oscuros.

Dicen que cuando Schnell habla, el silencio se afina. No porque imponga, sino porque su voz tiene algo que no se aprende: autenticidad. Y eso, en tiempos de máscaras mundiales y discursos prefabricados cargados de prejuicios, vale más que cualquier diploma.

Schnell: conversa con células y con el misterio

En Dartmouth, donde los laboratorios parecen naves espaciales y los estudiantes debaten física cuántica como si fueran recetas de abuela, el rector cree en algo más que números. Científico de prestigio, también cree en lo invisible. Cree en Dios. Y lo dice sin escudos, sin manuales, como quien sabe que la fe no compite con la ciencia, sino que la complementa como el bajo se habla con el piano y el tambor.

Su espiritualidad no es de púlpito ni de dogma. Es de pasillo, de conversación, de mirada. Es la fe del que ha estado al borde, del que ha sentido que la vida es frágil como una célula. Del que agradece la vida.

En sus clases, las células se convierten en milagros cotidianos. Lo molecular se narra con la emoción de un gol en el último minuto. Y cuando alguien le pregunta si la ciencia puede probar a Dios, él sonríe. Porque sabe que hay cosas que no caben en una fórmula. Que hay misterios que se sienten, no se miden.

Schnell conversa con todos. Con creyentes, con escépticos, con quienes buscan y con quienes dudan. No impone, no juzga. Escucha. Y en ese escuchar, construye puentes. Porque para él, la ciencia y la fe son dos formas de mirar el mismo horizonte.

Dicen que los estudiantes se le acercan no sólo para hablar de tesis, sino para hablar de la vida. Porque Schnell no es sólo rector. Es brújula. Es amigo. Es el tipo que puede explicarte una reacción química y luego preguntarte si crees en algo más grande que tú.

¡Y cómo no sentir orgullo!

Ese fresquito de orgullo venezolano se cuela como brisa de montaña en la tarde, como el olor a arepa tostada en la cocina de la abuela. Es ese calorcito en el pecho que aparece cuando uno ve a alguien de su tierra brillando lejos, sin perder el acento ni el alma.

Schnell no sólo representa a Venezuela en la Ivy League; la encarna. Con cada “pana” que se le escapa, con cada mirada que mezcla ciencia y humanidad, nos recuerda que el talento criollo no tiene fronteras. Que desde los salones de la Simón Bolívar hasta los pasillos de Dartmouth, hay una historia que nos pertenece a todos.

Ese orgullo no es sólo por lo que ha logrado, sino por cómo lo ha logrado: con humildad, con sabrosura, con empeño. Y cuando un venezolano triunfa sin olvidar de dónde viene, el país entero se siente un poquito más grande.

Y sí, lo reconozco, siento una brisa sabrosa. Porque cuando un venezolano brilla sin olvidar de dónde viene,  el mundo se entera de lo que somos capaces. Schnell no sólo llegó lejos. Llegó con nosotros en el corazón.

[Col}> La patria cabe en una venta de empanadas / Soledad Morillo Belloso

02-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La patria cabe en una venta de empanadas

En Venezuela, el futuro más que una promesa parece un rumor persistente. Siempre está al llegar: en las conversaciones, en los titulares, en los discursos. Como ese autobús que anuncia llegada, pero nunca dobla la esquina.

“La esperanza es el calendario nacional”, diría alguien con más ternura que ironía.

A veces, uno siente que el futuro llega disfrazado de pasado. Proyectos fallidos, revoluciones incompletas, regresos con brillo de novedad. Se prometió un país potencia, luego uno soberano, después uno resistente. Todos siempre heroicos. Mientras tanto, el presente se convirtió en un bucle de ajustes.

Hoy el futuro se ha vuelto íntimo. Para algunos, comienza con un pasaporte. Para otros, cuando el dólar deja de regir sus días. Para muchos, se manifiesta cuando pueden dormir sin miedo, o imaginar un porvenir sin migrar.

El futuro aquí es leyenda oral. Se transmite como cuentos antes de dormir: con fe, con temor, con imaginación. Se habla de él como de un pariente lejano que prometió venir, pero siempre posterga el viaje.

Aquí, el futuro no tiene calendario, sólo frases célebres: “Ya viene el cambio”, “Esto no puede seguir así”, “La luz al final del túnel”. Sólo que el problema no está en esa luz que se quiere ver, sino en que el túnel parece haberse tapiado.

En otros países, el tiempo avanza linealmente. En Venezuela, se curva y se repite. El año 2025 puede ser 2002 con mejor internet y menos gasolina. El mañana se parece al ayer, aunque con nuevos términos: blockchain, diáspora. El futuro se reinventa como déjà vu con maquillaje.

Los líderes lo describen con entusiasmo y sin planos. Como quien vende parcelas en Marte. Mientras tanto, los ciudadanos han aprendido a vivir en lo provisional como si fuese definitivo.

El futuro es trámite pendiente: carpeta estacionada en alguna oficina pública en Caracas, susurros en el mercado. Se comenta que va a mejorar. Pero nadie dice cuándo, ni cómo, ni si va a traer pan.

A veces parece absurdo. Como un cuento de Ionesco tropicalizado: una nación donde las decisiones se toman por rumores, los apagones dictan la agenda y cada generación sabe que la realidad supera cualquier ficción.

Muchos tramitan su futuro en otras fronteras. Lo sellan en aeropuertos y lo solicitan en consulados. Se les llama emigrantes, pero quizás son visionarios buscando un mañana sin secuestro.

Y sin embargo, hay quienes siguen sembrando. Escriben, plantan tomates sin garantía, abren librerías donde la electricidad es una invitada caprichosa. Creen que el lenguaje puede sostener el porvenir aunque tiemble.

Cada gesto pequeño —una risa, un poema, una venta de empanadas sin soborno— es una declaración silenciosa de que el futuro existe, aunque sea microscópico. Aunque aún no es colectivo, se siembra en gestos privados.

Quizás el futuro en Venezuela no sea político ni económico: es narrativo. Habita en novelas aún no escritas, en monólogos, en una madre que plancha con esmero el uniforme escolar de su hijo.

En las universidades, imagino, se dicta una materia nueva: Cartografía del porvenir ausente. Aquí, el futuro se busca como quien busca señal en tormenta eléctrica. La brújula moral se desmagnetizó y el GPS dice: “Recalculando, espere unas décadas.”

Algunos cartógrafos se resisten: dibujan caminos con poesía, trazan rutas con humor, usan la ironía como machete para abrir brecha entre la desesperanza y el deseo.

A veces uno sospecha que el futuro ya llegó, pero disfrazado de influencer: con filtros, discursos motivacionales y una torpe obsesión por el éxito personal. Pero no habla de comunidad ni de justicia. Entonces uno lo mira y dice: “Este no es el futuro que pedí.”

Y sin embargo, los niños y jóvenes de hoy no conocen la Venezuela que fue. Su futuro es otro, inédito, libre de rasguños de nostalgia. Quizás el futuro no necesita comparación, sino invención.

Hay gestos que lo invocan: una señora vende jugo de patilla sin azúcar porque “así está la cosa pero igual refresca”. Jóvenes hacen teatro en plazas con más apagones que funciones. Un profesor da clases por WhatsApp porque el autobús se accidentó, pero sí llegó la fe.

Cada uno de esos gestos es una célula del futuro: imperfecta, valiente, rotundamente viva. Tal vez no llegue en horario estelar. Quizás se cuele por los márgenes, por las notas al pie, por los silencios entre una risa y un suspiro.

Hay países que no se entienden, se sienten. Y el nuestro, con cada herida abierta y cada gesto de ternura sin cursilería en mitad del caos, insiste en no rendirse. Lo contamos en cuentos porque el dolor pide ritmo y la esperanza, poesía. Porque nombrarlo así, entre metáforas y silencios, es sostener lo que aún no se ha caído.

Y mientras podamos seguir contando, todavía queda país. Y futuro. Y el futuro no llega por extravío ni por error. La patria, honesta, sincera, no se transa en una licencia escrita con errores gramaticales para traficar con el petróleo; cabe en los ojos de esa mujer que amasa en una venta de empanadas.

[Col}> El boleto bajo la almohada / Soledad Morillo Belloso

05-08-2025

Soledad Morillo Belloso

El boleto bajo la almohada

A ti, que te fuiste como quien se despide con el último suspiro del atardecer. Que hiciste la maleta con más preguntas que ropa, más miedos que mapas. Que te despediste con un “nos vemos pronto”, con las ojeras mojadas y chistes malos para disimular el nudo en el pescuezo.

Acá, los días siguen oliendo a mango maduro, a cafecito colado en media, a pan calentico que alguien trae sin saber que salva una  mañana. Las paredes están igual de escarapeladas, pero les hemos colgado más sueños para que no se caigan del todo.

Y sí, el ventilador todavía suena como helicóptero nervioso, pero uno se acostumbra. Lo que no cambia es que Venezuela sigue queriéndote como se quiere la medallita de la virgen que se perdió en una fiesta y uno ruega que aparezca al día siguiente.

No, no te hemos borrado. Estás en el saludo del kioskero que pregunta si allá también hay empanadas de pabellón, si el queso se derrite igual, si el “quihubo” se entiende o hay que traducirlo. Estás en el que dice “mi primo vive afuera”, como si “afuera” fuese un planeta.  Estás en los abuelos que no entienden los horarios de otro país, pero igual te mandan bendiciones a cualquier hora.

Sabemos que allá estás aprendiendo a vivir con reglas que no incluyen regatear en el mercado,  o buscar el USB con las novelas turcas. Que allá nadie grita “¡pasajeros pa’l centro!” en la calle, ni te regalan un chiste con el vuelto. Que allá no hay ron con nombre de héroe patrio ni apagones que terminan en cuentos con velas.

Pero también sabemos que allá estás haciendo patria, hecho el zoquete, en silencio, con tu acento que se resiste a irse, con tus canciones que suenan muy fuerte los domingos, con esa manía de decir “gracias” y “por favor” aunque nadie lo espere.

Queremos que estés bien. De verdad. Que te abracen sin tanta preguntadera, que te besuqueen los cachetes y la frente, que el metro o el autobús lleguen a tiempo, que el pan no tenga más inflación que levadura. Pero también queremos que no nos olvides. Ni a tus amigos con apodos inexplicables. Ni al perro que te sigue aunque ya no vivas en la esquina. Ni al sonido de las olas diciéndote “pana, no todo se rompe”.

Guarda en tu bolsillo un boleto de regreso. Aunque sea imaginario. Aunque lo uses sólo para soñar. Por si un día te despiertas con ganas de guayaba, con nostalgia de reggaetón mal cantado en la buseta, o con el deseo inexplicable de un abrazo de esos que duran más de lo necesario.

Aquí seguimos. Con los mismos problemas y otros nuevos, pero, ya sabes, sabaneando  improvisaciones. Con el humor intacto, medio desdentado pero aún mordiendo. Con ganas de verte llegar con acento mezclado y cara de “yo también pasé trabajo, vale”.

Sé que allá “no te hace falta na’, aparentemente na’”, como canta Maluma, pero sé también que ese lugar aún no ha aprendido a quererte como te quiere esta tierra. Venezuela no te exige, no te reclama, te espera. Con las luces intermitentes, pero encendidas. Te quiere con tus aciertos y tus errores, con tu acento que va mutando sin querer, con tu nostalgia pintada de logros.

Y aunque no te lo digamos siempre, queremos que tengas bajo la almohada el boleto de deseo de regreso. Por si un día el corazón se te sale del pecho pidiendo volver. Por si se te antoja el ruido de las motos sin silenciador o las peleas por quién tiene la mejor hallaca. Por si acaso, por si todo.

Regresa cuando quieras, cuando  puedas. Pero, mientras tanto, deja que el recuerdo del merengón de níspero y de esta tierra te haga cosquillas en el alma.

[Canarias}> El Barranco de Los Gomeros arroja luz sobre la ocupación aborigen temprana de La Palma

13-08-2025

Luis G. Morera

El Barranco de Los Gomeros arroja luz sobre la ocupación aborigen temprana de La Palma

La octava edición del Campus de Arqueología de Tijarafe, desarrollada en el Barranco de Los Gomeros, continúa arrojando luz sobre el pasado indígena de La Palma, constatando la población temprana de la cara oeste de la isla y la presencia de actividad agrícola que desapareció con el paso de los años.

Incluida en el Proyecto Occidente, la excavación en el entorno del Barranco de Los Gomeros ha permitido documentar nuevas evidencias de ocupación benahoarita y usos posteriores del espacio durante la etapa colonial, a través de un enfoque científico, formativo y divulgativo.

El arqueólogo responsable del sondeo principal, Pedro Sosa, ha detallado que los trabajos se han centrado en un corte de 3,80 por 2 metros, donde se ha analizado la estratigrafía para comprender cómo se han sucedido las ocupaciones a lo largo del tiempo.

“Nos encontramos en una interfaz arqueológica muy interesante, con estructuras de combustión, muros antiguos y rellenos que nos hablan de distintas fases de ocupación, incluyendo un hogar con restos materiales asociados a la etapa indígena y otra capa vinculada a su uso posterior como corral”, señala.

La lectura del terreno ha permitido identificar materiales desde el presente, como la ceniza del volcán Tajogaite, hasta niveles que, según estimaciones preliminares, podrían remontarse a los siglos V o VI.

“Aún es pronto para establecer una cronología definitiva, pero los indicios apuntan a una ocupación muy antigua. Será a través de los análisis posteriores cuando podamos precisar las dataciones con rigor”, ha añadido el arqueólogo Sosa.

La arqueóloga y coordinadora del proyecto, Agnès Louart, ha destacado que el campus permite acercar la arqueología a personas no profesionales.

“Contamos con 11 participantes de distintas edades y orígenes que aprenden rápido y adquieren una conciencia muy valiosa sobre la protección del patrimonio, lo cual es una excelente forma de divulgar el conocimiento desde la práctica”, ha afirmado Louart.

El director del campus y del Proyecto Occidente, el arqueólogo Fran Camaño, contextualiza estos trabajos dentro de una iniciativa más amplia que comenzó en 2017 con la excavación de la cueva de Las Mejoras.

Camaño ha recordado que el proyecto nació “con un enfoque integrador de investigación científica, enseñanza y divulgación, ya que el campus, que se celebra desde 2018, no está dirigido exclusivamente a estudiantes de arqueología, sino a cualquier persona interesada en conocer nuestro pasado desde dentro”, explica.

“En 2017 iniciamos aquí los trabajos, y desde entonces hemos excavado varias cuevas con resultados extraordinarios”, ha confirmado.

Entre esos hallazgos, uno de los más relevantes es la confirmación de un poblamiento indígena temprano en la comarca noroeste de la isla, ya que “siempre se había pensado que la colonización aborigen comenzó en la banda oriental de La Palma y se extendió luego hacia el oeste”.

Sin embargo, las excavaciones del Campus de Arqueología demuestran que el noroeste también estaba poblado desde más temprano, en torno al siglo IV o V d.C., según ha explicado el doctor.

Otro de los descubrimientos más importantes del campus es la constatación de actividad agrícola indígena en la cueva del Lomo de Las Viñas, lo que convierte al yacimiento en el tercero de la isla, tras El Tendal y Belmaco, con evidencias de cultivo.

“Hemos documentado semillas de cebada y habas en una estructura de combustión excavada en 2021, datada entre los siglos V y VI, que demuestra que hubo agricultura en La Palma antes del primer milenio, algo excepcional, porque después no vuelve a aparecer en los registros arqueológicos hasta la llegada de los europeos”, ha apuntado Camaño.

Este fenómeno, el abandono del conocimiento agrícola por parte de los indígenas palmeros, lo califica como “una rareza en el mundo”, que refuerza el valor singular de los hallazgos realizados.

De cara al futuro, Camaño ha mostrado su intención de proseguir las excavaciones en el barranco, donde aún quedan muchos yacimientos por estudiar, señalando que “solo en este entorno hay 38 yacimientos arqueológicos, la mayoría cuevas de habitación o sepulcrales, y muchas están intactas”.

“Éste fue un espacio para la vida y para la muerte, por lo que apenas estamos empezando”, ha sentenciado.

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