[Col}> Aderezar el lenguaje / Soledad Morillo Belloso

22-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Aderezar el lenguaje

Con frecuencia converso con argentinos que nunca han pisado suelo venezolano. Y en medio del cafecito y la charla, aparece una pregunta que ya es casi ritual porteño: “Che, nena, ¿me podés explicar qué significa…?”

La curiosidad viene de haber escuchado a dos venezolanos en una mesa vecina, hablando con ese tono que mezcla sabana y picardía, soltando frases que en Buenos Aires suenan a acertijo. Imagino la escena: una tertulia con aroma a nostalgia y una lluvia de refranes cayendo como aguacero en techo de zinc.

Entonces, aquí va, una explicación para los del Cono Sur y para los que creen que hablar es sólo juntar palabras.

En Venezuela, todo se refranea. Desde que uno dice “mamá”, ya está oyendo que “el que no llora, no mama”, y ahí comienza el entrenamiento. Porque aquí, hablar sin refrán es como comer arepa sin relleno: se puede, sí, pero ¿a santo de qué? El refrán no es adorno, es herramienta. Es brújula, escudo, espejo y hasta abanico. Es la forma en que el país le pone poesía a la cotidianidad, y humor al drama.

Los refranes en Venezuela son como los vecinos de toda la vida: no se escogen, pero siempre están. Uno va por la vida y de repente, ¡zas!, te cae un “más vale tarde que nunca” como advertencia disfrazada de ternura.

Y si te quejas porque no te alcanza lo que tienes, te sueltan un “el que mucho abarca, poco aprieta”, y te dejan pensando si de verdad necesitabas ese tercer cargo, ese segundo novio o ese cuarto préstamo. Son frases que no piden permiso, se instalan en la conversación como quien se sienta en la sala y se acomoda sin quitarse los zapatos.

El hablar venezolano es colorido, sabroso, teatral. En la cola del banco, en la consulta del médico, en el velorio y hasta en el baby shower, los refranes hacen acto de presencia. Son como los sancochos domingueros: cada quien le mete lo suyo, pero todos terminan sudando y filosofando.

“A falta de pan, buenas son tortas”, dice la señora que no consiguió harina pero igual hizo arepas con plátano. “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, advierte el mototaxista que ya te vio cara de turista. Y “el que tiene rabo de paja, que no se acerque a la candela”, murmura la vecina cuando pasa el concejal con cara de yo-no-fui. Si el personaje reincide, se sentencia con un “perro que come manteca, mete la lengua en tapará”.

Hay refranes para cada ocasión, como si la vida viniera con subtítulos criollos. Si alguien se mete en lo que no le importa, se le advierte que “el que se mete a redentor, sale crucificado”. Si hay muchos que quieren mandar pero pocos que obedezcan, se suelta un “mucho cacique y poco indio”. Y si alguien espera que todo se le dé sin mover un dedo, se le lanza un “el que quiere pescado, que se moje el rabo”.

Pero no todo es regaño. Hay refranes que son como caricias con picante. “No hay mal que por bien no venga”, dice la abuela cuando se va la luz y por fin todos se sientan a conversar. “Dios aprieta pero no ahorca”, asegura el señor del abasto mientras acomoda los tomates como si fueran lingotes. Y “el que ríe último, ríe mejor”, sentencia la tía que fue soltera hasta los 50 y ahora tiene marido buenmozo, finca y grupo de WhatsApp con emojis románticos.

Los refranes también sirven para enamorar. Aquí no se dice “me gustas”, se dice “contigo, pan y cebolla”. No se dice “te extraño”, se dice “como el cochino al barro”. Y si la cosa se pone seria, se suelta un “contigo, aunque me lleve el diablo”.

Porque en Venezuela el amor no se mide en flores, sino en frases que han sobrevivido gobiernos, colas y aguaceros. El romanticismo aquí no es cursi, es sabroso. Es ese “te quiero” que viene envuelto en papel de periódico y huele a café recién colado.

Y cuando la vida se pone cuesta arriba, no se llora: se refranea. “Al mal tiempo, buena cara”, le dicen a uno cuando quieren animarlo. La mamá le dice a la hija sobre ese novio que no convenía: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y si en otros países se dice “cuando no es una cosa, es la otra”, aquí se versiona como “cuando no es Juana, es la hermana”.

Es como si el país tuviera un manual de supervivencia oral, pasado de generación en generación, sin copyright pero con mucha sazón. Porque aquí, hasta el dolor se dice cantando, y hasta la rabia se disfraza de refrán.

Los refranes son también una forma de democracia lingüística. No importa si tienes estudios o no, si vienes del cerro o del centro, si eres joven o viejo. Si sabes decir “más vale pájaro en mano que cien volando”, ya estás dentro del club.

Es el idioma secreto de los que entienden que la sabiduría no siempre viene en libros, sino en frases que han pasado de boca en boca, de patio en patio. Es el diccionario sentimental del pueblo, el GPS de quienes aprendieron a navegar la vida con humor, con estilo y sudando la gota gorda.

Y hay algo más: los refranes son memoria. Son archivo. Y son acumulativos. A la voz de la abuela se suma la del tío que vendía lotería, la del vecino que arreglaba neveras y daba consejos como quien da caramelos.

Son el eco de un país que aprendió a reírse de sí mismo para no llorar todos los días. Son la manera en que el papá advierte con un “no te metas en camisa de once varas” cuando alguien quiere arreglar lo que no tiene arreglo. Son la forma en que el pueblo se cuenta a sí mismo, sin necesidad de micrófonos ni editoriales.

Así que cuando un argentino me pregunta “¿Me podés explicar qué significa eso?”, yo sonrío. Porque no se trata sólo de traducir palabras, sino de traducir una forma de ser y de vivir.

Uno de mis amigos argentinos me contó esta conversación que escuchó entre dos venezolanas. Una le decía a la otra (y mi amigo grabó la conversación):

—Mira, chama… En la oficina de la municipalidad, donde los papeles se pierden más rápido que los buenos modales en hora pico, Gladys encontró un arroz con mango. La carpeta del señor tenía planos de 1982 mezclados con recibos de condominio. Un pasticho, pues…

Mientras tanto, el pasante nuevo, un chamo que al rompe se ve que come más que lima nueva, se estaba bajando un desayuno triple como si la barriga le pagara por metro cuadrado…. Y claro, cuando le preguntó si el documento estaba listo, la mandó a ver si el gallo puso. Se nota que el tipo estaba más perdío que el hijo de Lindbergh.

“Che, Sole… media hora escuchándolas y no entendí nada. Como si hablaran en otro idioma”.

Luego de soltar la carcajada, le dije: “Mira, tienes razón. Esto no es sólo lenguaje. Esto es ritmo caribeño, sabiduría con humor y filosofía con sabor a pabellón con baranda. Y, ¿sabés qué? Es contagioso…”

En Argentina hay alrededor de 270.000 venezolanos. Aderezan el lenguaje como quien le pone guasacaca al alma.

[Col}> La señora del enchufado: diva del disimulo / Soledad Morillo Belloso

20-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La señora del enchufado: diva del disimulo

Ella no nació enchufada, pero agarró el tumbao rápido. Tiene el olfato fino para detectar oportunidades y por eso cazó un marido con vocación y carrera de enchufado.

Esta señora es experta en la disciplina ancestral del disimulo con glamur. No pregunta, no firma, no opina. Ella simplemente disfruta. ¿Quién pagó el viaje a Qatar? ¿Cómo se costea el yate en Los Roques? ¿De dónde salió el penthouse en Dominicana con vista al mar y jacuzzi con luces LED?

Eso no le incumbe. Eso es asunto del marido. Ella está ocupada eligiendo entre el Balenciaga o el Versace, mientras se hace el facial con células madre de unicornio en un spa que no aparece ni en el GPS. Si en la merienda en el club le le hacen alguna pregunta complicada, se encoge de hombros y dice “no vale, yo no sé nada de esas cosas”.

Su look es una declaración de inocencia con estilo barroco: uñas como vitrales bizantinos, pestañas que podrían batir récords de aerodinámica, y una cartera que cuesta lo mismo que el sueldo anual de un médico rural. Todo original, por supuesto. Nada de copias. Si no es de forma auténtica, no entra en su closet.

Su papel en la obra de teatro nacional es claro: posar, brindar, lanzar risitas estratégicas y cambiar de tema con una destreza que ni los políticos más curtidos. Si alguien menciona “licitación”, ella responde con un “¡ay, qué bello tu vestido!” y una carcajada que suena a perfume francés comprado en la Rive Gauche. Tiene más tablas que el Teresa Carreño, y sabe que, en este país, el que pregunta mucho termina en alguna lista negra.

No tiene un pelo de tonta. Es astuta. Sabe que la curiosidad mató al gato y que aquí, preguntar mucho puede terminar en Fiscalía. Por eso, su filosofía es simple: a mí que no no me pregunten, yo no sé. Y si le preguntan, se hace la loca con una elegancia que debería tener su propia cátedra en la universidad.

Ella no se mete en líos. Ella observa, calla y sonríe. Porque en este país, saber demasiado es casi un deporte extremo. Y ella no está para saltos mortales ni para jugar a la espía. Si algo le incomoda, cambia de tema con una sutileza que haría sonrojar a un diplomático.

Sabe que los secretos no se guardan en cajas fuertes, sino en miradas que no se cruzan y en silencios bien colocados. Por eso, cuando alguien, con mala intención, le muestra las fotos —esas donde el marido aparece muy sonriente al lado de la catira del escote imposible— ella sólo dice: “Ay, qué frío hace en Rusia, ¿no?” y se sirve otro vino de verano. Porque si algo ha aprendido en esta vida es que la verdad no siempre libera. A veces, la verdad compromete y no suma.

Tiene frases que deberán inmortalizarse en un libro de aforismos:

  • “Yo no me meto en política, pero mi esposo sí sabe moverse”
  • “Es que tú no entiendes, esto no es suerte… es visión empresarial”
  • “A mí no me gusta alardear, pero este reloj me lo regaló el embajador cuando estuvimos en Esmirna”
  • “Yo no tengo culpa de que a mi esposo lo respeten hasta los ministros”
  • “Lo importante es mantener la vibra alta, aunque el país esté como esté”
  • “Es que tú sigues en modo escasez, amiga. Hay que desbloquear la abundancia”
  • “Nos vamos a Madrid porque aquí el ambiente está muy polarizado”
  • “Es que en Europa valoran el talento, no como aquí”
  • “Mi hija estudia en Suiza porque aquí no hay futuro”
  • “Yo no discuto de política, eso baja la frecuencia”
  • “Mi esposo trabaja mucho, pero también medita. Por eso le va bien”
  • “La gente critica porque no sabe lo que es vivir en paz con uno mismo”

En las fiestas, ella es la reina del brindis. Siempre con copa en mano. Se mueve entre embajadores, empresarios y funcionarios como pez en agua mineral importada. Habla de arte, de moda, de astrología, pero jamás del presupuesto nacional. Si alguien menciona “sobrecostos”, ella se distrae con el DJ. Si alguien insinúa “corrupción”, ella se toma una selfie con filtro de mariposas y pone “viviendo mi mejor vida”.

Viaja más que el pasaporte diplomático: Dubái, Bombay, Kuala Lumpur, París, Madrid, Miami. Pero nunca en clase turista. Ella no conoce lo que es hacer cola en migración. Tiene acceso VIP hasta en el aeropuerto de Tucupita.

Su existencia parece sacada de una telenovela de lujo, pero con guión escrito en tinta invisible. Se mueve entre reformas eternas, peelings milagrosos y brunches donde el aguacate es orgánico y las verdades, procesadas.

Sus amigas, igual de bien conectadas, comparten más que tips de belleza: comparten el arte de callar. Todas saben, pero ninguna habla. Porque en ese ecosistema dorado, la lealtad no se mide en valores, sino en la destreza de borrar huellas y sonreír sin pestañear.

Y cuando el clima social se enturbia —cuando los titulares insinúan allanamientos y los vecinos susurran sobre cuentas congeladas—, ella recurre, con impecable serenidad, a su mantra de cabecera: “Yo no me meto en esas cosas”.

Acto seguido, emprende una travesía espiritual hacia Tulum, donde el silencio se acompaña de jugos prensados en frío, cuencos tibetanos y mandalas. Regresa transformada, claro está: con una nueva línea de bikinis eco-chic y un podcast sobre “energías femeninas y abundancia consciente”.

Porque si algo domina esta mujer con maestría es el arte del rebranding emocional. Sabe que el escándalo no se enfrenta, se estiliza. Y que la memoria colectiva, tan volátil como un story de Instagram, se distrae con facilidad ante una postal en la playa y una frase motivacional escrita en cursiva sobre fondo pastel.

En su universo paralelo, las crisis no existen: son “procesos de introspección”. La inflación es una “oportunidad para reinventarse”. Mientras el país se apaga entre colas y cortes de luz, ella ilumina las redes desde rooftops con vista al mar, brindando con champagne auténtico —de Reims, por supuesto— y etiquetando marcas.

Y si algún día el castillo de naipes se desploma, nada de lágrimas ni temblores: hay guión ensayado. “Yo sólo soy una mujer que ama la belleza”, declarará, con voz de terciopelo y mirada angelical, como quien posa para una portada en medio del derrumbe.

Luego se lavará las manos con jabón de rosas, se ajustará el turbante de lino —color marfil, por supuesto— y se irá , impecable, a su próxima sesión de microblading, porque hasta las cejas deben estar listas para el perdón.

En su mundo, no hay necesidad de absolución ni de explicaciones. Las leyes son anecdóticas; lo que importa son los likes. No vive en la república: vive en la vitrina. Mientras el país se desgasta entre denuncias y apagones, ella permanece intacta, inalcanzable, perfectamente maquillada, como una virgen del look, elevada por algoritmos y patrocinada por el olvido.

“No soy cómplice”, dirá , con tono de inocencia curada en spa. “Sólo espectadora.” Pero todos sabemos que en este teatro, hasta el silencio tiene tarifa. Y ella, con su risa de boutique y su alma blindada en ignorancia selectiva, ya ha cobrado todo: el viaje, el vestido, la discreción. También tiene su cuenta cifrada en las Islas Cayman, como quien guarda el rosario junto al pasaporte diplomático.

Porque ella no sabe nada, claro. Pero está preparada. Y en este país donde la caída siempre es posible, ella tiene lo esencial: un segundo celular, número privado, y un piloto de confianza en speed dial. Por si acaso hay que huir con estilo.

Ah, cantaba la Lupe y canta Mariaca Semprún: “Teatro, tu vida es puro teatro…”

[Col}> Histología del empresario enchufado / Soledad Morillo Belloso

17-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Histología del empresario enchufado

El empresario enchufado no nace ni se hace: se consigue por recomendación. Es el ahijado del decreto, el compadre del presupuesto, el primo segundo del contrato sin licitación. No cree en la competencia ni en el liderazgo, cree en el compadrazgo. Su modelo de negocio es tan sencillo como un par de whiskies en una barra de moda: tener panas en alto cargo y cobrar por debajo de la mesa, pero con recibo timbrado y sello húmedo.

Capitalismo con carnet

Su ética empresarial es una mezcla de viveza criolla y pragmatismo con perfume de impunidad. Habla del libre mercado como quien habla de la dieta: con entusiasmo, pero sin aplicarla. Promueve el desarrollo nacional mientras importa tornillos desde China con escala en La Habana. Genera empleo, sí… pero sólo entre sus primos, cuñados y el sobrino que estudió “algo de sistemas”.

Cuando dice “creemos en el país”  quiere decir “creemos en el país como cliente fijo, sin derecho a reclamo”. No negocia: pacta. No invierte: gestiona. No innova: copia y pega. Su lema es “si ya está hecho, ¿para qué hacerlo bien?”. La calidad es opcional; la factura, urgente. Y si llega la auditoría, saca su carpeta llena de firmas, sellos y  sonrisa que huele a exoneración.

Estética con salvoconducto

Viste como quien quiere parecer millonario sin lucir sospechoso. Camisas italianas que no conocen el sudor, zapatos que no pisan tierra y relojes que podrían financiar una escuela rural por cinco años. Su carro tiene más blindaje que su conciencia, y su oficina parece un altar de favores acumulados: sillones de cuero, cafetera de cápsulas y una pared llena de fotos con gente que cambia según quien sea el visitante.

Su lenguaje mezcla tecnicismo y jerga institucional: “tenemos  sinergia con el ministerio”, “estamos alineados con el plan país”, “esto lo aprobó el alto nivel”.

Facturar sin producir

Desayuna con ministros, almuerza con diputados y cena con asesores políticos y jurídicos, oficialistas y de oposición. Su dieta incluye sushi de protocolo, vino de importación y postre de comisión. No tiene clientes, tiene aliados. No vende productos, firma convenios. Y si alguna vez entrega algo, es porque la foto ya salió en prensa.

Cuando viaja, lo hace en nombre del desarrollo. Cuando habla, lo hace en nombre de la empresa. Y cuando mete la pata, lo hace en nombre del país. Su contabilidad es creativa, su nómina es familiar, y su declaración de impuestos es una novela de realismo mágico.

Mística

Cree en el emprendimiento, pero sólo si viene con decreto. Su espiritualidad empresarial se basa en la fe del “yo tengo cómo entrar”. No cree en el mercado, cree en el contacto directo. Su mantra es “todo se puede resolver”, y su altar tiene estampitas de ministros y algún general con cara de “yo te resuelvo eso”.

Y si alguna vez lo investigan, no se inmuta: tiene plan B, testaferro en “speed dialing”, abogado de confianza y una carpeta con fotos de inauguraciones donde aparece sonriendo junto a gente que tiene poder.

Diversiones y viajes

No viaja, se traslada con propósito institucional. Su pasaporte tiene más sellos que una cartelera de comercio, y su maleta no lleva ropa: carga convenios, memorandos y una chaqueta que dice “delegación oficial”. Cuando sale del país, no lo hace por placer, sino por “misión técnica”, aunque la única técnica que domina es la de pedir habitación con vista al mar.

Se hospeda en hoteles donde el desayuno tiene salmón y el wifi no conoce bloqueos. Pide “room service” con acento neutro y paga con tarjeta de la fundación que preside “ad honorem”. En París, habla de “alianzas estratégicas”; en Madrid, de “cooperación bilateral”; y en Cancún, de “reunión informal con actores clave”, mientras se broncea con protector solar de marca suiza.

Sus diversiones no son ocio, son “actividades de integración”. Juega golf con ministros, navega en yate con asesores, y asiste a conciertos “como parte del acercamiento cultural”. Si va al teatro, es porque “la obra refleja los valores del plan país”. Si va a un spa, es porque “el estrés institucional requiere atención preventiva”. Y si lo ven en un casino, dirá que estaba “explorando modelos de inversión turística”.

Cada viaje viene con su álbum: fotos con corbata frente a banderas, selfies en salones dorados, y una que otra imagen en la piscina que luego se borra “por seguridad diplomática”. Su Instagram parece una revista de relaciones exteriores, pero con subtítulos como “trabajando por Venezuela” y “cerrando acuerdos por el bienestar colectivo”. Pero luego borra todo… porsia.

Come como quien firma decretos con el tenedor. Su paladar es internacional, pero su estómago es criollo: pide sushi, pero extraña la empanada de cazón. En cada cena oficial, brinda por el país, por el progreso y por el contrato que está por firmarse. Su copa nunca está vacía, y la cuenta nunca llega a sus manos.

Al volver, maletas llenas de folletos, botellas de vino y promesas de inversión que nunca se concretan. Cuentos de ascensores con embajadores, de cafés con directores de organismos multilaterales, y de la vez que casi lo confundieron con un diplomático. Su anécdota favorita es la de “cuando me ofrecieron ser asesor internacional, pero preferí quedarme por amor al país”.

El enchufe es global

Pero no nos pongamos presumidos: el empresario enchufado no es un invento criollo ni una rareza tropical. Es una especie universal, con dialectos propios en cada geografía y traje típico según el presupuesto. Lo hay en todos los mapas y épocas: desde el cortesano que vendía favores en la corte de Felipe II hasta el asesor que factura consultorías en nombre del desarrollo sostenible.

Cambian los nombres, los sellos y los acrónimos, pero el guión es el mismo: cercanía al poder, habilidad para el disimulo y vocación innata para convertir lo público en privado con sonrisa institucional. El enchufado no envejece: se recicla, se adapta y siempre encuentra enchufe dónde meterse.

[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare (VII): Tenagua

17-09-2025

Felipe Jorge Pais Pais

Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare (VII): Tenagua

Sus dominios no eran demasiado extensos, si bien se extendían por una gran variedad de paisajes en los que la población benahoarita podía desarrollar una vida relativamente cómoda en años normales, climatológicamente hablando

El cantón de Tenagua, que coincide con el actual municipio de Puntallana, apenas cuenta con datos en las fuentes etnohistóricas, puesto que se limitan a señalar que: “El séptimo señorío y término, Tenagua hasta el término de Adeyahamen, y era señor Atabara”. (J. Abreu Galindo, 1977, 268). Este topónimo tiene el significado de “…madurez, sazón” (I. Reyes García, 2011: 403). El antropónimo de su capitán, Atabara, se puede traducir por “…he aquí el que abre”. (I. Reyes García, 2011: 99).

Sus dominios no eran demasiado extensos, si bien se extendían por una gran variedad de paisajes en los que la población benahoarita podía desarrollar una vida relativamente cómoda en años normales, climatológicamente hablando. Se pueden distinguir, claramente, dos áreas bastante distintas: una mitad sur más seca, debido a que la Montaña de Samagallo actuaba de pantalla a la influencia directa del alisio, en la que el pinar ocupa espacios entre el monteverde y otra mucho más húmeda que se extendía hasta el cantón de Adeyahamen, en la que una frondosa laurisilva cubre las zonas medias-altas del territorio.

Panorámica del cantón de Tenagua desde Montaña Grande (La Galga) (Foto: Jorge Pais Pais)

No obstante, a pesar de su pequeña extensión, contaba con recursos naturales suficientes para posibilitar que los rebaños de otros cantones tuviesen acceso a sus abundantes y jugosos pastizales. Ello parece desprenderse de esta cita textual: “Los vasallos de la isla del Hierro … con codicia de la presa que en esta isla se hallaba de cueros y sebo, solían muchas veces pasar de la isla del Hierro a la de La Palma, a cautivar palmeros y robarles los ganados. Y entre otros saltos que dieron, fue uno en el término del capitán Atavara (Tenagua), donde al presente dicen la Puntallana; y cautivaron al capitán Chentire (Ahenguareme), que a la sazón había pasado con su ganado. Pero, después de preso, con solo un brazo que tenía, …, se desasió de ellos y se les huyó …” (J. Abreu Galindo, 1977: 278).

Es decir, que el capitán de Ahenguareme, actual municipio de Fuencaliente se trasladó con su ganado al noreste de Benahoare, atravesando los cantones de Tigalate (Villa de Mazo) y Tedote (Breña Baja, Breña Alta y Santa cruz de La Palma).

Desconocemos qué tipo de acuerdo posibilitó este aprovechamiento pastoril en una zona muy alejada de su residencia habitual, aunque con toda probabilidad, ocurriría durante la época estival cuando escaseaban los pastos, especialmente en las zonas más áridas del sur.

Esculturas de cabras en el Mirador de las Curvas de San Juanito (Tenagua). Foto: Jorge Pais Pais

En los dominios de este cantón se desarrolla una de las leyendas más bonitas de La Palma, si bien no podemos precisar si tuvo lugar en la etapa prehispánica o tras la conquista de Benahoare. Nos estamos refiriendo a la leyenda del Salto del Enamorado en la que un joven cabrero, enamorado sin corresponder por parte de una muchacha, acepta someterse a una prueba de amor suicida.

El desafío consistió en clavar el regatón de su lanza sobre la orilla del impresionante acantilado costero y dar tres vueltas sobre el vacío regresando al punto de apoyo. Al tercer intento se despeñó por los riscos que caen directamente al embravecido mar del norte, desapareciendo su cuerpo entre las olas y la espuma.

Todavía hoy se conservan los topónimos Topo del Salto del Enamorado, Riscos del Salto y Salto del Enamorado (La Galga). El topo y los riscos del Salto del Enamorado son impresionantes y permiten imaginarnos perfectamente la dificultad de la empresa y su triste final.

En este lugar, junto al que pasa el Camino Real de La Costa, es dónde, en nuestra opinión, debiera colocarse la estatua que nos encontramos en el Mirador de San Bartolo, donde está absolutamente descontextualizada y fuera de lugar. Los símbolos de nuestra identidad deben colocarse dónde realmente ocurrieron los hechos a que hacen referencia.

Topo del Salto del Enamorado (Acantilado de La Galga) (Foto: Jorge Pais Pais)

Puntallana es uno de los municipios palmeros que aún no cuenta con carta arqueológica, si bien una serie de hallazgos casuales nos indican que se trata de un lugar con una enorme y variada riqueza en vestigios prehispánicos de todo tipo desde la orilla del mar a los bordes de la Caldera de Taburiente: piletas marinas, cuevas de habitación, yacimientos funerarios, conjuntos de canalillos-cazoletas y estaciones de grabados rupestres (F. J. Pais Pais y F. Herrera García, 2004: 185-222).

Todos estos datos apuntan en el sentido de que fue intensamente explotado por la población benahoarita, ya que contaba con numerosos recursos naturales esenciales en su vida cotidiana: abundantes pastizales, gran riqueza en fuentes y manantiales permanentes, así como rezumes y goteos de agua estacionales, una costa rica en pescado y marisco, etc.

Grabados de Lomo Pablo III (Cumbre de Puntallana) (Foto: Jorge Pais Pais)

En este trabajo solo nos vamos a detener, sucintamente, en algunos de los conjuntos arqueológicos más interesantes que, hasta la fecha, se conocen en el cantón de Tenagua. Y, sin ningún género de dudas, uno de los hallazgos más importantes de la arqueología palmera tuvo lugar en una necrópolis del Barranco del Espigón en 1973 debido, sobre todo, al descubrimiento de varios cuerpos con restos de momificación o “mirlado”.

El yacimiento fue excavado por Dimas Martín Socas y Mauro Hernández Pérez y “… Se hallaron, además, en las proximidades de los restos humanos fragmentos cerámicos sin decorar, ”mocas“, patellas, punzones, un pequeño cuenco de madera y algunas ramas de palmera y de otros árboles, en ocasiones atadas con cuerdas vegetales” (M. Hernández Pérez, 1977: 45) que, en su gran mayoría, están en paradero desconocido.

Los restos humanos, que han sido estudiados por la paleoantropóloga Nuria Álvarez Rodríguez, nos indican que se depositaron los cuerpos de 13 personas, de las que sólo dos presentan un tratamiento funerario diferenciado, lo cual nos habla de un estatus social más elevado respecto a los demás. Estos materiales están expuestos en el Museo Arqueológico Benahoarita (Los Llanos de Aridane).

Restos humanos momificados del Barranco del Espigón (Puntallana) (Foto: Jorge Pais Pais)

En el cantón de Tenagua se encuentra una de las estaciones de grabados rupestres más enigmáticas de la antigua Benahoare. Se trata de los petroglifos del Barranco de Nogales, descubiertos en 1972 por Mauro Hernández Pérez, entre los que sobresalen varios grupos de grecas, de los que uno tiene “… más de dos metros …” (1977: 57). En este yacimiento destacan varias cuestiones: 1) Su ubicación en la parte alta de un escarpe a más de 5 metros por encima del cauce actual del barranco; 2) El soporte es una gran veta de granzón compactado; 3) Consta de un único panel con dos grupos bien diferenciados en los que sobresalen las grecas y los cruciformes (F. J. Pais Pais y F. Herrera García, 2004: 204-205) y 4) también aparecen una serie de inscripciones que podrían ser motivos alfabetiformes (F. J. Pais Pais, 2019: 79-81), aunque al tratarse de un soporte tan frágil están muy alterados por los procesos erosivos.

Grabados rupestres del Barranco de Nogales. (Foto: Jorge Pais Pais)

El cantón de Tenagua también alberga uno de los yacimientos arqueológicos benahoaritas que mayor cantidad y variedad de restos prehispánicos de todo tipo ha suministrado en una sola cavidad. Se trata de un lugar conocido por Cueva Chica, excavado pacientemente durante muchos años por Domingo Acosta Felipe, que fue utilizado, esencialmente, como cueva de habitación si bien, en algún momento, también se aprovechó para enterrar a varios de sus moradores.

Los materiales, depositados en el Museo Arqueológico benahoarita (Los Llanos de Aridane), consisten en una enorme cantidad de vasijas reconstruidas de todas las fases cerámicas características de la arqueología palmera; una industria lítica realmente extraordinaria con piezas de todas las formas y tamaños elaborada en basalto, obsidiana, gabros, etc; una industria ósea y malacológica con centenares de piezas utilizadas en multitud de tareas cotidianas o como adornos personales sin parangón con lo que ocurre en otros yacimientos benahoaritas; etc.

Industria ósea de Cueva Chica (Puntallana). (Foto: Domingo Acosta Felipe)

Finalmente, solo nos queda por hacer una breve referencia a los límites territoriales, que ya establecimos en el anterior capítulo con el cantón de Tedote. Ahora nos vamos a centrar en la demarcación en la parte septentrional, que lo separa del bando de Adeyahamen (San Andrés y Sauces).

En la actualidad, ese límite se establece en el Barranco de La Galga que, muy bien, podría ser la frontera durante la etapa prehispánica, aunque es probable, que estuviese algo más hacia el norte llegando hasta el Barranco de La Puente. Ambos cauces, de una gran profundidad, discurren paralelos durante la mayor parte de su recorrido, confluyendo en el tramo inferior, muy cerca de la desembocadura.

Confluencia de los barrancos de La Galga y La Puente. (Foto: Jorge Pais Pais)

Bibliografía general

-ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.

-ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).

-HERNÁNDEZ PÉREZ, M.: La Palma prehispánica, (Las Palmas de Gran Canaria) 1977.

-PAIS PAIS, F. J.: Los petroglifos benahoaritas: símbolos de vida y fertilidad, (Madrid), 2019.

-PAIS PAIS, F. J. y HERRERA GARCIA, F.: Las manifestaciones rupestres del municipio de Puntallana (La Palma): una aproximación a la prehistoria del Cantón de Tenagua, “Revista de Estudios Generales de la Isla de La Palma”, Número 0, (Madrid), 2004, Págs. 185-222.

-REYES GARCÍA, Ignacio: Diccionario ínsuloamaziq, (Islas Canarias), 2011.

Fuente

 

[Col}> Por qué los gentiles no entendemos a los judíos / Soledad Morillo Belloso

16-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Por qué los gentiles no entendemos a los judíos

Los gentiles —esa categoría tan amplia que incluye desde el primo que cree que el Bar Mitzvah es una marca de whisky, hasta la tía que pregunta si los judíos celebran Navidad “pero sin arbolito”— llevamos siglos intentando descifrar el misterio judío. Y fallando catastróficamente, pero con estilo. No por falta de ganas, sino porque hay cosas que no se entienden con Google Translate ni con documentales narrados por Morgan Freeman.

En Venezuela, por ejemplo, hay gentiles que pasan por la sinagoga de Maracaibo y preguntan si es una iglesia “con arquitectura moderna”. Otros creen que el mercado de Catia vende matzá en Semana Santa porque “todo lo que es plano es judío, ¿no?”. Y así vamos, con buena intención y poca precisión.

Porque ellos tienen memoria, y nosotros… Wi-Fi

Los judíos recuerdan. Todo. Desde el éxodo hasta lo que les dijo la abuela en 1947 sobre no casarse con alguien que no sepa hacer kugel. Tienen una memoria que no se borra ni con tres guerras, cuatro exilios y una mudanza a Miami. Mientras tanto, los gentiles olvidamos dónde dejamos las llaves, el aniversario, y que el antisemitismo no es una moda retro.

Ellos cargan la historia como quien lleva una sinfonía en la espalda; nosotros, como quien lleva un ringtone. Y no es sólo que recuerden: es que ritualizan el recuerdo. Lo convierten en canto, en ayuno, en discusión familiar con vino y argumentos que parecen tesis doctorales. Nosotros, en cambio, recordamos el pasado sólo  cuando Facebook nos lo recuerda con una foto borrosa y el mensaje “Hace 10 años”.

Porque su espiritualidad tiene calendario, receta y resistencia

Ellos tienen Shabat, que no es sólo  un día de descanso, sino una coreografía sagrada entre velas, vino y silencio. Nosotros tenemos brunch y ansiedad. Ellos ayunan por el alma; nosotros por vernos flacos en la foto. Ellos celebran el Año Nuevo en septiembre, y nosotros seguimos creyendo que el 31 de diciembre tiene algún tipo de poder cósmico, como si el conteo regresivo y el “faltan cinco pa’ las doce” borrara los errores del año anterior.

La espiritualidad judía no se improvisa: se cocina, se canta, se estudia. Tiene sabor a jalá recién horneado y a vino dulce que no se toma por gusto, sino por tradición. Nosotros, los gentiles, tenemos espiritualidad de microondas: rápida, tibia y sin instrucciones claras.

La abuela gentil, por ejemplo, quiso hacer latkes con yuca porque “la papa está muy cara y la yuca es más criolla”. El resultado fue un híbrido entre buñuelo y tortilla que nadie se atrevió a criticar… por respeto a su entusiasmo. Ella también preguntó si podía prender una vela de Shabat con una velita de cumpleaños, “porque es lo que hay”.

Porque su humor es más viejo que nuestras excusas

El humor judío es filosófico, autocrítico, y a veces parece escrito por Kafka con ratón. Es un humor que no busca carcajadas fáciles, sino incomodidades sabrosas. Los gentiles hacemos chistes de suegras y de políticos corruptos. Ellos hacen chistes sobre Dios, el dolor, la burocracia celestial y la culpa con apellido. Y nos reímos, claro, pero sin entender del todo si estamos invitados a la risa o sólo a la reflexión incómoda.

Es el tipo de humor que te hace reír y luego preguntarte si deberías haber llorado. Como cuando el rabino  —que baila salsa en secreto los viernes por la noche— dice: “No te preocupes, todo saldrá mal… pero sobreviviremos”. Y luego explica el Talmud con metáforas de béisbol: “El mundo es como un juego largo, con muchas entradas. Dios es el pitcher, tú eres el bateador, y la culpa… la culpa es del árbitro que nunca se equivoca”.

Porque su historia no cabe en una serie de Netflix

Intentar entender al pueblo judío sin leer al menos tres libros, sobrevivir a una cena de Pesaj y discutir con un rabino sobre el sentido del Universo es como querer entender el vallenato leyendo sólo los subtítulos. No se puede. Hay que vivirlo, o al menos acercarse con humildad, curiosidad y buen apetito.

Su historia no es lineal ni cómoda. Es una espiral de resistencia, migración, reinvención y fe. Nosotros, los gentiles, solemos preferir historias con final feliz y moraleja clara. Ellos saben que la vida no siempre ofrece eso, pero igual la celebran con canciones, debates y sopa de matzá.

El sobrino gentil, por ejemplo, pensaba que “kosher” era una marca de shampoo anticaspa. Y cuando le explicaron que era una forma de vida, una ética alimentaria y una filosofía espiritual, preguntó si eso también aplicaba a las empanadas de cazón.

Y luego está el tío que, en plena cena de Shabat, preguntó si podía acompañar el jalá con queso amarillo fundido “porque eso sí es celestial”. La cara del rabino parecía una mezcla entre Moisés viendo el becerro de oro y un contador público descubriendo una auditoría fallida. El tío, sin inmutarse, agregó que el jalá “sería perfecto si tuviera orégano y viniera relleno de jamón”. Hubo silencio. Luego vino la risa. Y después, el exilio voluntario al sofá, con una copa de vino kosher y una advertencia: “No todo lo plano es pizza, ni todo lo relleno es permitido”.

¿Y si no se trata de entender?

Tal vez el error gentil está en querer entender como quien quiere armar un mueble de IKEA sin leer las instrucciones. Quizás lo que toca es admirar, compartir el pan (o el jalá), y aceptar que hay culturas que no se explican: se celebran.

Porque si algo nos enseñan los judíos —con sus historias, sus silencios, sus canciones en yidish o hebreo y sus debates eternos sobre si el pepino va en la ensalada de Shabat— es que la identidad no es un acertijo, sino una sinfonía. Y nosotros, los gentiles, podemos ser parte del coro… aunque desafinemos un poco.

Yo tengo muy buenos amigos judíos. Trato de entender sus complicaciones existenciales y ellos las mías, con paciencia, cariño y una buena dosis de ironía compartida. Para mí son héroes, no sólo por todo lo que ya sabemos —la historia, la resistencia, la sabiduría— sino porque hay que ser muy fuerte y valiente, y tener una voluntad de hierro para renunciar voluntariamente a los sanduchitos de pernil, a la tocineta tostada y a unas gloriosas lonjas de jamón ibérico.

Eso, en mi escala de valores tropicales, es casi místico. Y si después de todo eso aún pueden reír, bailar salsa en secreto y debatir sobre el universo con metáforas de béisbol, entonces no sólo merecen nuestro respeto… merecen una ovación de pie. Aunque sea con empanadas de cazón kosher.

Escribo esto en viernes por la tarde, justo cuando el sol ya se puso su pijama y se fue a dormir sin decir buenas noches. Algunos amigos judíos no lo leerán hasta que termine el Shabbat, porque están ocupados haciendo lo que muchos de nosotros deberíamos aprender a hacer: desconectarse del mundo, encender velas, comer rico y discutir con elegancia si el universo tiene sentido… o si simplemente necesita más jalá.

[Canarias}> ¿Qué podría hacer la Academia Canaria de la Lengua para evitar el uso de ‘vosotros’ en las islas?

15-09-2025

 ¿Qué podría hacer la Academia Canaria de la Lengua para evitar el uso de ‘vosotros’ en las islas?

En Canarias existen zonas donde el uso del pronombre vosotros es tradicional. Así ocurre en la isla de La Gomera, en la mitad norte, aproximadamente, de la isla de La Palma, y en algunos municipios de las medianías de Tenerife, sobre todo del sur de la isla, aunque en estos últimos se mantiene fundamentalmente entre hablantes de zonas rurales y de avanzada edad.

No obstante, es cierto que hay hablantes canarios que, influidos por la norma imperante en algunas zonas peninsulares, utilizan el pronombre vosotros en situaciones en las que sus padres o sus paisanos utilizarían, sin dudarlo, la forma ustedes.

Frente a esta realidad, que seguramente es síntoma de la inseguridad lingüística de algunos hablantes canarios, la Academia Canaria de la Lengua considera que la única acción posible debe ser la formación y la información.

Nuestra Fundación trabaja en distintos frentes (la escuela, los medios de comunicación, la publicación de investigaciones, etc.) para hacer llegar al conjunto de la sociedad canaria la idea fundamental de que nuestra variedad de español es tan válida y correcta como cualquier otra de las habladas en el mundo hispánico y que su uso es adecuado en cualquier circunstancia.

Hay que señalar, también, que algunos hablantes canarios, debido a una interpretación errónea, emplean vosotros como plural de usted, es decir, como pronombre de cortesía.

Palabras nuestras

tablonear

  1. v. Lz. y Fv. Retirar con una atabladera el jableque se ha acumulado delante de las casas o en las calles.
  2. v. Lz. y Fv.Realizar algún movimiento de tierra con una atabladera en las faenas agrícolas.
  3. Se pronuncia generalmente tabloniar.

 Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)
  • Or: Islas orientales (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria)
  • Tf: Tenerife

Fuente

[Col}> Pelabola con alma de bolero / Soledad Morillo Belloso

15-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Pelabola con alma de bolero

En el escenario diario del venezolano, donde la escasez se disfraza de creatividad y el humor hace las veces de chaleco antibalas, “ser un pelabola” no es simplemente estar pelando. Es un modo de andar con la frente en alto y los bolsillos en huelga. Una filosofía con acento criollo, una forma de vivir con el monedero en ayuno, pero el alma rebosante de cuentos, refranes y anécdotas que se sueltan en la cola del pan o mientras se espera que el agua decida aparecer.

“Pelabola” y “pelar bolas” son locuciones verbales que no necesitan traducción ni explicación. Evocan la desnudez del bolsillo, ese espacio donde antes vivía el sencillo y ahora sólo queda aire y un recibo arrugado del año pasado. No hay vuelto, ni esperanza de aguinaldo. Sólo la bola pelada, como quien dice: “Aquí no hay, pero se inventa”.

Y se dice con una sonrisa ladeada, con tumbao’,  con ese humor que no pide permiso ni da explicaciones: “Soy pelabola, pero feliz”. O con la frente bien plantada: “Pelabola, sí, pero no vendido”. Porque no tener plata no significa no tener principios. El pelabola tiene cuentos, arepas de aire, café colado con fe y una dignidad que no se negocia ni en dólares.

Ser pelabola es una forma de resistencia poética con sabor a papelón con limón. Es hacer mercado con lo que se consiga, cocinar con lo que haya y convertir la carencia en relato. La nevera puede estar vacía, pero el repertorio de chistes está lleno.

En un país donde la desigualdad se maquilla con promesas y el salario se evapora como el gas doméstico, el pelabola observa, narra y denuncia con sabor a empanada con relleno imaginario.

Come con la mirada y sazona con recuerdos. Tiene más cuentos que billetes. Su cartera es como el bolívar: simbólica y en estado contemplativo. Su casa es un museo de la esperanza: el ventilador es un héroe que no se rinde, la vela es testigo de sobremesas eternas y el mueble roto es trono de historias compartidas, aunque tenga una pata coja y un cojín que ya no es cojín sino reliquia.

En la literatura y en la vida, abundan los pelabolas gloriosos: el tío que vive de contar historias en la mecedora, la vecina que hace milagros con un kilo de harina y una olla prestada, el estudiante que sobrevive a punta de café negro y fotocopias mal impresas. Son poetas sin tinta, cronistas sin papel, héroes del día a día que hacen del “no hay” un himno nacional.

Hay quienes creen que la elegancia se compra, que el estilo se mide en marcas y que la dignidad tiene precio. Pero aquí, donde el pelabola es figura central del paisaje emocional, nace otra estética: la del bolsillo roto. No es moda, es filosofía. No es tendencia, es resistencia con sabor a sopa sin carne pero con mucho cilantro.

Vestirse con lo que hay —camisas heredadas, zapatos que han visto más calles que promesas, pantalones que han sobrevivido más gobiernos que aguinaldos— es parte de esa estética. Cada prenda tiene su cuento, su cicatriz, su historia de sobrevivencia.

Cocinar con lo mínimo y lograr que un arroz con “lo que se consiga” huela a domingo también lo es. Habitar con creatividad, transformar el remiendo en manifiesto, la escasez en símbolo, es arte popular con olor a gasoil y esperanza.

El bolsillo roto no se esconde, se muestra como quien enseña una medalla. Es testigo de días en que se metió la mano esperando encontrar algo más que aire. Y aunque no encontró billetes, encontró ideas. Humor. Ironía. Filosofía de supervivencia. Es un poema sin rima pero con ritmo. Es la metáfora del país: desgastado, sí, pero aún capaz de guardar sueños y algún billetico de lotería vencido.

El pelabola es minimalista sin quererlo, pero con estilo. Su sarcasmo es más filoso que cualquier tarjeta de crédito. Su dignidad no se compra, se cultiva con paciencia, café colado y chistes reciclados. No presume, pero resiste. No tiene, pero sabe. No compra, pero crea.

Imágenes sobran: el joven que va a una entrevista con zapatos lustrados por él mismo, camisa prestada y mirada firme; la señora que vende empanadas con masa que aprendió a estirar como quien estira el tiempo; el abuelo que guarda fotos en una caja de zapatos porque el álbum se perdió, pero la memoria no.

Esta estética no se aprende en revistas de moda ni en blogs de diseño. Se aprende en la calle, en la cola del gas, en la conversación con la vecina que hace milagros con lo que tiene y un cucharón de fe. Se aprende en la risa que brota cuando no hay nada, pero igual se celebra.

Imagino que Cabrujas diría que ser pelabola en tiempos de enchufadismo y rastacuerismo con pésima ortografía y mala decoración sirve para muchas cosas, entre ellas como barrera a la cursilería, que bien sabemos se pega como el mal olor. Porque cuando no hay, no se finge.El pelabola no tiene tiempo para adornos, ni para frases hechas, ni para romanticismos de catálogo. Tiene lo justo, y con eso se dice todo.

El bolsillo roto no es sólo símbolo de escasez. Es una declaración de principios. Belleza en el remiendo. Dignidad sin presupuesto. Resistencia con humor. Es la estética del pelabola: un arte que no necesita adornos, sólo verdad… y quizás un hilo y aguja por si acaso.

En este país los pelabola tenemos alma de bolero.

[Col}> Viuda que escribe no se queda callada / Soledad Morillo Belloso

11-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Viuda que escribe no se queda callada

Mi viudez fue mi novela mal editada por un corrector con guayabo y sin diccionario.

Sí, lo admito: fue un texto desastroso. Con erratas por todos lados, escrito en tinta indeleble y papel de ese que no acepta tachones ni disculpas. Y no hubo lágrima, rabia ni tecla “delete” que lo corrigiera, aunque probé los tres, no necesariamente en ese orden, ni con elegancia.

Un día, mi historia de amor con mi príncipe rubio, ojos verdes y voz de Gregory Peck versión caraqueña, hizo punto y aparte. Y yo, como buena venezolana, pensé que si seguía escribiendo como quien pela papas sin saber que ya no hay sopa, eso me sacaría del hueco. Spoiler: no me sacó, pero me dejó con callos literarios.

Escribiendo me encontré en un capítulo nuevo sin el personaje principal. El “para siempre” estaba mal acentuado y el “hasta que la muerte nos separe” venía sin política de devolución ni ticket de cambio. Me quedé con los ojos claros y sin vista, escribiéndole a un buzón vacío… ¡y sin mi ISBN! El muy bandido se lo llevó, junto con mi mejor metáfora.

Mi duelo, lo confieso, tuvo mala gramática y peor ortografía emocional. El cuerpo pedía cama, el alma exigía explicaciones con tono de fiscal de tránsito, y el corazón no sabía conjugar “sola” sin meter la pata y llorar en subjuntivo.

Y ni hablemos de los recuerdos… paréntesis abiertos cada vez que encontraba nuestro playlist, con canciones que yo borraba como quien esconde el chocolate en Cuaresma.

Y claro, muchos saben que me encerré. Monja medieval, votos de silencio, silicio imaginario en la mano derecha y cara de “no estoy para nadie”. Me faltó el hábito, pero me sobraba drama.

Pasaron años y al fin logré salir del hueco. Así que aquí estoy, narrando mis crónicas con estilo de señora viuda que se maquilla los signos de interrogación, se pone los dos puntos bien puestos y sale a la calle con comas en los bolsillos y rímel resistente al llanto. Me río de mí misma, de mis propias erratas. Mis historias tienen tachaduras, sí, pero también tienen sabor a papelón con limón. Dignas de publicarse con portada dura y dedicatoria cursi tipo “A ti, que me enseñaste a amar sin manual de instrucciones”.

Ser viuda, dicen, es una historia con fallas ortográficas. Lo certifico con sello y firma. La mía arrancó con signos de admiración, siguió en puntos suspensivos y acabó con una tilde mal puesta que cambió todo el sentido. Y yo ahí, tratando de escribir en presente, pero me salía en pretérito y copretérito. Usé comas para respirar y me fui en paréntesis emocionales como quien se escapa a llorar al baño en plena fiesta familiar.

A veces gritaba con mayúsculas: “NO PUEDO MÁS”, “BAH, NO ERA TAN BUENMOZO”. Y otras, susurraba en cursiva: “¿Y qué hago si todavía lo escucho curucuteando en la nevera?”

Hubo días en que el duelo se ponía en modo editor. Me decía: “Eso no se dice”, “Eso no se olvida”, “Ese verbo no se reemplaza por otro que conjuga raro”. Pero ahora hay mañanas despeinadas en que escribo con faltas, porque así me nace y así me quiero. Porque sí, mi historia está llena de errores. Pero también tiene frases que nadie más escribió tan bonito. Abrazos entre líneas, besos entre sílabas, carcajadas entre quejas. Unos “te amo” sin correcciones.

Y entonces descubrí que sí, que puedo volver a escribir. En otros tiempos verbales, con nuevos signos, con menos miedo al borrador. Fue una historia imperfecta, sí. Pero quedó impresa en mi alma con portada brillante y dedicatoria sincera: “A ti, que me enseñaste que el amor no se corrige. Se vive”.

Y sí, sigo siendo viuda, sigo estando más sola que la una, sigo cometiendo muchos errores. Pero salí del monasterio imaginario. Flaca, sí. Más loca, también. Pero aunque medio chueca, vivita y coleando.

Yo creo en Dios. No lo entiendo, y por eso no le hago preguntas, no vaya a ser que me conteste: “No hagas preguntas idiotas”. Doy por sentado que si Él, el verdadero mandamás, me dejó aquí, por algo será. Y no creo que sea para recitar letanías tipo “en este valle de lágrimas”. Que yo no soy santa ni pretendo serlo. Creo que me dejó para escribir, aunque de vez en cuando se me escape un gazapo existencial.

Y escribo todos los días, por aquello de no dejar pendientes, no vaya a ser que me dé un patatús en medio del mercado y quede planchada en el piso cual dama de las camelias versión Pampatar. Cada día sale el sol, no importa lo que la noche refunfuñe, grite y patalee. Tan simple y sencillo como eso. Viuda que escribe, no se queda callada.

[Col}> ¿Con qué instrumento se cuenta la vida? / Soledad Morillo Belloso

10-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Con qué instrumento se cuenta la vida?

La vida no se cuenta con relojes. Eso lo sabe cualquiera que haya querido con ganas, perdido sin remedio, reído hasta que se le saltara el botón o llorado con la risa atravesada entre pecho y espalda. El reloj mide el tiempo, sí, pero no la vida. Es como ese señor de oficina que siempre anda con corbata apretada y cara de que nunca ha comido arepas con mantequilla: puntual, cuadrado, sin chispa.

La vida, en cambio, es como una señora, guapa ella, que canta boleros desafinados mientras barre la acera y cada vez que puede se pone los zapatos de tacón que le traen recuerdos y callos. La vida no se deja medir por manecillas ni por calendarios. Se mide con otras cosas, más rebeldes, más del corazón, de la piel y del estómago.

La risa es uno de los mejores medidores. Pero no esa risa de compromiso que uno suelta como quien paga el peaje. No. La risa buena es la que se escapa sin permiso, la que aparece en medio de un velorio porque alguien recuerda que el difunto odiaba los velorios y las flores, y ahí está como protagonista sin derecho a protesta.

Hablo de la risa que brota en la cocina mientras se revuelven cuentos junto al arroz y alguien dice “¡se te quemó otra vez!”. Esa risa deja huella, no en el reloj, sino en el alma. Cada carcajada de esas que te sacuden es como un segundo de eternidad con cosquillas.

En las casas donde se cocina con cariño y sin apuro, la vida se mide con cucharas de palo. No hay reloj que compita con el tiempo que tarda un guiso en agarrar el sabor de los aliños. Las abuelas sabían que el reloj no sirve ni para cocinar ni para vivir.

Ellas medían el tiempo por el olor que salía del caldero, por el silencio que se hacía cuando todos probaban la primera cucharada y alguien decía “¡esto está como para pedirle matrimonio!”. Y si el arroz se pasaba, no era un error: era una señal de que la vida también se pasa, y hay que estar pendiente antes de que se pegue al fondo.

Las arrugas también cuentan. No las que la gente trata de esconder con cremas carísimas que prometen milagros y entregan decepciones. No. Las que se lucen como medallitas ganadas en combate. Cada línea en la frente es una pregunta sin respuesta. Cada surco junto a los labios, una risa que se quedó a vivir.

Las arrugas no mienten. Son como espejos sin filtro, como selfies sin retoque. Y si uno las mira con cariño, puede leer en ellas toda la historia: los amores, los sustos, los viajes, los regresos, los días en que uno se sintió invencible y los días en que no se sintió ni sombra.

Ah, la vida también se mide con canciones. No por lo que duran, sino por lo que despiertan. Hay canciones que duran tres minutos,  pero guardan años de recuerdos, y hay silencios que duran segundos,  pero pesan como si fueran sacos de cemento.

Un buen abrazo, por ejemplo, no tiene tiempo fijo. Se mide por lo que cura. Hay abrazos que son como relojes de arena: uno siente cómo el dolor se va cayendo poco a poco, hasta que queda sólo el alivio y el olor a colonia.

Y sí, la vida también se mide con el miedo. El miedo que te paraliza, pero también el que te empuja. Porque si no hubo miedo, ¿hubo riesgo? Y si no hubo riesgo, ¿hubo vida? El miedo es como la sal: no se ve, pero si falta, todo sabe a cartón.

Los momentos en que uno se atrevió, a pesar del susto, son los que realmente valen. No por lo que duraron, sino por lo que te movieron por dentro, como cuando uno se lanza a bailar sin saber los pasos y termina inventando su propio ritmo.

Hay objetos que también miden la vida. Un par de zapatos gastados que recorrieron despedidas, regresos y caminos desconocidos. Una taza que aún se usa porque “tiene buena boca” y no hay otra que aguante el café caliente sin que se raje.

Un vestido que ya no se pone pero que guarda el olor de una noche pasional e inolvidable, aunque haya terminado con una picada de zancudo en la frente. La vida se mide con lo que queda después del desorden: los platos rotos, las cartas que nunca se mandaron, los sueños que todavía insisten.

Si algún día te da por repasar tu vida, no busques el calendario. Los años no están en las cifras ni en los relojes que dejaron de andar. Están en los objetos que decidiste no botar: la cucharita mellada de la abuela, el pañuelo con aroma a alguien que ya no vuelve, la libreta con recetas de cocina que parecen poemas caseros. Están en las cartas que nunca enviaste por miedo o por pudor, pero que aún guardan la tinta de lo que fuiste capaz de sentir.

Tu tiempo está en los silencios que decidiste respetar, en las risas que estallaron en los momentos más inadecuados, en los abrazos y los besos que duraron más de lo que la gente considera “normal”. Está en los días que parecían cualquier cosa, pero que ahora recuerdas con una ternura que te desarma.

Porque la vida no se mide por lo que pasó, sino por lo que se quedó pegado. Y si algo se quedó —aunque sea un aroma, un gesto, una frase que alguien te dijo sin saber que te marcaría para siempre— entonces viviste.

Viviste en cada decisión chiquita que rompió la costumbre. En cada vez que te quedaste cuando todos se iban, o te fuiste cuando nadie lo esperaba. Viviste en los errores que te enseñaron a reírte de ti mismo, en los amores que no duraron pero que te dejaron el corazón más grande, y en esas arrugas que son mapas de todo lo que te ha tocado sentir.

¿Y entonces? Entonces, si alguien te pregunta cuántos años tienes, o cuál es el puntaje de tu vida, no respondas con números. Di que tu vida se cuenta en historias. Que tienes cinco abrazos que te salvaron, tres canciones que te reconstruyeron, una risa que te cambió el destino, y una arruga que te recuerda que sobreviviste.

Di que estás hecho de cucharas de palo, de silencios compartidos, de miedo con sabor a aventura y de recuerdos que huelen a mango de bocado y a guayaba madura.

Porque la vida no se mide en años. Se mide en intensidad. En lo que uno se atreve a sentir, a perder, a recordar.

Tengo buena memoria. Todavía. Pero no es una memoria rencorosa ni contable: recuerda más lo que me ha hecho reír hasta doler el estómago que lo que me ha hecho fruncir el ceño. La risa alimenta; la rabia desgasta. Y yo prefiero nutrirme.

Estos días volvió a mí una escena que me narró una amiga judía, de esas que cuentan historias con acento, alma y un guiño de siglos. El episodio ocurre una tarde en un café caraqueño, donde se reúnen varias señoras —amigas, parientes, expertas en meriendas y recetas— para comentar el matrimonio al que asistieron días atrás.

“Los novios se fueron de luna de miel a Havai”, dice una de ellas, en ese español bordado con yiddish y acento de Europa oriental, como si las palabras vinieran envueltas en papel de seda.

La hija, que también está en la mesa, la corrige con cariño:

“Mamá, es con doble v.”

Y la madre, sin perder el compás ni el peinado, responde:

“Bueno, a Havavai.”

Cada vez que me río, mi vida se alarga como pompa de jabón. Se vuelve infinita.