[Col}> Fabulosa / Soledad Morillo Belloso

02-10-2025

Soledad Morillo Belloso

Fabulosa

No me miro al espejo y me veo joven. Me veo fabulosa. Y eso no es vanidad. Es reconocimiento. Porque lo joven era otra cosa. Era promesa, era ensayo, era vértigo. Hoy soy resultado. Soy el producto de todo lo que he vivido, de lo bueno y de lo malo, pero sobre todo de lo que he aprendido.

Soy la suma de mis errores, de mis aciertos, de mis duelos, de mis fiestas, de mis silencios. Soy la mujer que se ha caído y se ha levantado, no una ni dos, sino muchas veces, y cada vez con más dignidad, con más lentitud, con más certeza.

La viudez, que es la peor experiencia imaginable, me arrancó el suelo, me dejó sin aire, me vació los cajones del alma y los bolsillos. Pero también me enseñó a desprenderme. A soltar todo lo que me impedía salir del hueco.

A dejar atrás las versiones de mí que ya no me servían. Y aunque el dolor no se va, se transforma. Se vuelve brasa, se vuelve impulso, se vuelve trampolín. En cierta forma, siento que es él, mi marido, quien desde el más allá me empuja con ternura.

Él me veía, y me lo decía, como una mujer fantástica. “Yo te quiero, pero, además, me encantas”.  Y yo, ahora, empiezo a creerle. No por vanidad, sino por justicia, porque él veía en mí lo que yo, por razones incomprensibles, no veía en mí misma.

No me veo bonita. Me veo fabulosa. Y eso no tiene que ver con la piel ni con la moda. Tiene que ver con la historia que cargo, con la manera en que camino, con la forma en que digo “no” sin culpa y “sí” sin miedo.

Tiene que ver con la forma en que me río con la boca abierta, sin miedo a mostrar los dientes, porque cada carcajada es una victoria. Tiene que ver con la forma en que me visto, no para gustar, sino para contar quién soy. Un vestido de seda puede ser mi armadura. Un pañuelo, mi bandera. Una risa escandalosa, mi mejor tarjeta de presentación.

A los treinta o a los cuarenta quizás tenía más firmeza en el cuerpo, pero menos firmeza en las decisiones. Hoy hay otra belleza: la que no se suplica, la que no se negocia. La que se planta en la mitad del cuarto y dice “aquí estoy, con todo lo que soy, y eso es suficiente”.

La que no pide permiso para brillar. La que no se esconde detrás de la juventud, sino que se muestra con todas sus cicatrices, como quien muestra sus medallas.

Sentirse fabulosa es una certeza que se instala en el pecho y se expande como perfume que no pide permiso. Es bailar sola en la cocina, con la música alta y el corazón en llamas.

Es escribir textos que nadie pidió, pero que el mundo necesita leer. Es llorar con elegancia, con rabia, con ternura, y luego secarse las lágrimas con un pañuelo bordado. Es cocinar para una sola persona y poner la mesa como si viniera la reina.

Es hablar con las plantas, con los muertos, con los recuerdos. Es saber que cada año vivido me afina el oído, me pule la mirada, me ensancha el corazón.

Es entender que la juventud no es un privilegio, es una etapa. Y que la plenitud no tiene edad, tiene actitud. Es mirar el espejo no como juez, sino como testigo. No veo juventud, veo historia.

Veo la mujer que ha vivido, que ha perdido el miedo, que ha aprendido a decir “esto sí, esto no”. Veo las arrugas como líneas de guion, como partituras de una sinfonía que solo yo sé  interpretar. Veo los ojos más lentos, pero más sabios. Veo la boca más serena, y con marcas, pero que sabe lo que quiere decir.

Sentirse fabulosa es un acto poético, profundamente amoroso y que recomiendo sin tapujos. Porque cuando una se siente fabulosa, contagia. Se vuelve faro, se vuelve abrazo. Y no hay quien pueda apagar esa luz. Es una cuestión de actitud.

Es decirle al mundo: “No me rendí. Me desabaraté y me transformé.” Es vivir con la certeza de que cada día puede ser carta abierta.

Y esto no es pedantería. Todo lo contrario. Porque la pedantería es mirar al mundo por encima del hombro. Y yo lo miro de frente, con respeto. Y me miro con respeto. Porque he aprendido que la dignidad no está en la perfección, sino en la mirada que se posa con ternura sobre lo vivido. Y yo, hoy, me miro con ternura. Me reconozco. Me celebro. Me abrazo.

Hoy no me miro al espejo para buscar juventud o la belleza que alguna vez tuve. Me miro para reconocerme. Para decirme: “Aquí estás. Y estás fabulosa.”

Y quizás, porque me veo a mí misma con bondad, veo la bondad en un mundo que tiene muchas cosas estupendas, muchas más que las que no lo son. Un mundo que me invita a acompañarlo en la aventura de vivir. Y para ese viaje tengo la cabeza llena de textos que no he escrito, de sueños y proyectos.

[Col}> Sentir de pronto amanecer / Soledad Morillo Belloso

22-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Sentir de pronto amanecer

Quizás tenía que sumergirme. No en cualquier tristeza, sino en una densa, espesa, que llega como la marea cuando nadie la espera. Una tristeza como guarapo fermentado, como sombra que se posa en la espalda sin pedir permiso.

Tuve que bajar, sí. Bajar como quien busca raíces en la tierra húmeda, como quien se deja tragar por el pozo para ver si al fondo hay eco, o canto, o algo que se parezca a sí misma.

Y allí, en lo hondo, el alma y el cuerpo se encontraron. No como aliados, sino como sobrevivientes. Se miraron con ojos de barro, con costillas temblando, y entendieron que no podían quedarse allí. Que la tristeza, aunque legítima, no era morada. Era umbral. Era semilla. Era impulso.

Entonces, sin aviso, sin preludio, sin redoble de tambores, sentí de pronto amanecer.

No fue el sol. Fue algo más antiguo. Fue como si el cuerpo recordara que sabe danzar. Como si el alma, que había estado muda, decidiera cantar. El mundo, que hasta hace un segundo dormía en su propio silencio, abrió los ojos. Y yo con él.

La luz no llegó caminando. Llegó bailando. Como quien entra a una fiesta con los pies descalzos y el corazón en la mano. Como quien trae arepas calientes envueltas en servilletas bordadas por la abuela. Como quien dice “aquí estoy” sin decirlo.

Sentir de pronto amanecer es como oír un tambor lejano que de pronto está dentro del pecho. Es el olor a café antes de que alguien lo prepare. Es el canto de un gallo que no vive cerca, pero que igual te despierta. Es el cuerpo que se despereza sin que tú se lo pidas, como si supiera que hay que celebrar algo.

Y ahí está el sol, sin pedir permiso, entrando por la rendija, tocando la mejilla suavemente, como diciendo “ya es hora”. No hay solemnidad. Hay picardía. El amanecer no llega con trompetas.

Llega con suspiros, con estirarse en la cama, con sonrisa, con el murmullo del día  que empieza a vivir.  Llega con olor a salitre, con el canto de las sardinas, con el susurro de las madres que preparan desayuno mientras tararean boleros.

Sentir de pronto amanecer es recordar que la oscuridad no es enemiga, sino antesala. Que la tristeza puede ser semilla. Que el cuerpo y el alma, cuando se encuentran en el fondo, también pueden encontrar el impulso para subir. Y cuando suben, no hay cielo que los detenga.

Es un ritual íntimo. Los ojos se abren, la piel se estira, el alma se acomoda. Y todo lo que parecía roto empieza a tener ritmo. No se trata de olvidar la noche. Se trata de entender que la noche fue necesaria para que el día tuviera sentido.

Porque hay amaneceres que no se ven. Se sienten. Se llevan dentro. Se paren con dolor, pero también con júbilo. Y cuando llegan, no hay sombra que los opaque. Son luz que se sabe merecida. Son canto que se sabe cuerpo. Son memoria que se sabe ritual.

Porque a veces hay que tocar el abismo con los dedos, dejar que la tristeza nos desarme como lluvia sobre papel, para que el alma y el cuerpo, en su desnudez más honesta, recuerden que están hechos también de fuego, de tambor, de semilla. Y entonces, sin aviso, sin permiso, sin explicación, ocurre el milagro: sentimos de pronto amanecer.

[Canarias}> ¿Debería decir ‘Esta mañana compré el pan’ o ‘Esta mañana he comprado el pan’?

06-10-2025

En el habla de Canarias se emplea tanto la forma verbal simple (pretérito simple, comí) como la forma compuesta (pretérito perfecto, he comido), aunque, por lo general, con sentidos algo diferentes de los que presentan en el español general de la Península.

La diferencia más llamativa está en el distinto uso que se hace del perfecto simple, el canario lo emplea si considera que la acción, el proceso, está acabado. Frente a Hoy me levanté con dolor de espalda, que diría un canario, un peninsular diría Hoy me he levantado con dolor de espalda.

El canario emplea el pretérito simple aun cuando la acción acabada sea inmediatamente anterior al presente: Se marchó hace un momento.

Esto no quiere decir que el canario no emplee el pretérito compuesto. Se emplea, y con bastante frecuencia, para expresar la acción pasada reiterada, considerada desde el presente: Se lo he dicho muchas veces y no me hace caso; Lo he llamado más de cuatro veces, pero no contesta.

También se usa en Canarias el pretérito compuesto para expresar un proceso iniciado en el pasado que se continúa en el presente: Por ellos lo he soportado todo, pero estoy cansado; Todavía no ha llegado; Hoy ha calentado el sol muchísimo.

Palabras nuestras

Desarmar

  1. v. Quedar el cuerpo maltrecho por una caída, por exceso de trabajo o por cualquier otra causa. U. t. c. prnl. Pintó cuatro habitaciones en una tarde y se desarmó todo.
  2. v. Deteriorar o quedar una cosa en malas condiciones por falta de mantenimiento. U. t. c. prnl. Esta casa hace tiempo que no se habita, y por eso está toda desarmada.
  3. prnl. Lz. y GC. Engordar una persona exageradamente. Después de que dejó de hacer deporte, se desarmó.

 Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)
  • Or: Islas orientales (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria)
  • Tf: Tenerife

Fuente

[Col}> Un gato sin apellido / Soledad Morillo Belloso

25-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Un gato sin apellido

No nació en ninguna casa, ni en cuna ni en colchón heredado. Su primer techo fue una caja de cambures detrás del mercado, justo al lado del puesto de las cebollas moradas que lloraban solas, como viudas sin duelo. La caja, empapada por la lluvia de la noche anterior, olía a fruta madura, cartón mojado y ese perfume dulzón que tienen los comienzos sin testigos.

Allí, entre cáscaras tibias y moscas con alma de trovadoras, abrió los ojos por primera vez. No tenía nombre, pero sí hambre. Y una curiosidad que le zumbaba en las patas como si el mundo fuera una cocina abierta y él, el único comensal sin cucharilla.

Lo llamaban “el rayado”, “el que se mete en la panadería”, “el gato ese que duerme en la repisa de los jabones, justo al lado del azul añil”. Nunca tuvo apellido, pero sí una fama que se paseaba por las esquinas como chisme fresco, de esos que se cuentan entre guarapita y empanada.

Aprendió a caminar entre piernas humanas, esquivando chancletas, caricias distraídas y algún que otro balde de agua con vocación de castigo. El asfalto caliente le enseñó a medir distancias con las almohadillas, y el olor a guiso de las casas le enseñó a esperar con dignidad. Sabía distinguir el sonido de una olla destapada del de una puerta que no quiere visitas. Sabía cuándo maullar y cuándo hacerse el invisible.

Una vez vivió tres días debajo del altar de la iglesia. Le gustaba el silencio, el olor a cera derretida y ese Jesús de yeso que lo miraba sin pedirle nada. Se acurrucaba entre las faldas de las rezanderas, como quien busca consuelo sin palabras. Se fue cuando llegó la procesión, porque los tambores lo asustan más que los perros.

El retumbar le recordaba a los portazos de la señora que lo echó de su patio por robarle un pedazo de pastel de chucho. Desde entonces, cada tambor le parece una amenaza con ritmo y con eco.

Tuvo amores. Una gata tricolor que vivía en la azotea del señor Ramón, el que vendía hielo y hablaba con las matas. Ella lo miraba como si él fuera dueño de algo más que su pelaje. Le llevó sardinas robadas y versos que maullaba en la madrugada, con voz de bolero y cola erguida. Ella se fue cuando Ramón se mudó a Cumaná.

Desde entonces, aprendió que el abandono también tiene pelaje, y que el amor, como el gas doméstico, a veces se acaba sin previo aviso. Nunca volvió a enamorarse, pero sí a mirar con ternura y ganas de besuqueo. Que no es lo mismo, pero se parece.

Fue testigo de peleas, nacimientos, incendios, y una vez, de un eclipse que dejó a medio pueblo sin palabras. Nadie le preguntó qué vio, pero lo guardó en los ojos. Porque los gatos no olvidan, sólo disimulan.

Vio llorar a una niña en la plaza, vio reír a un borracho que hablaba con las palomas, vio cómo misia Eloísa enterraba cartas en su jardín como si fueran semillas de lechosa. Él lo vio todo, desde lo alto del tejado, como un vigía sin uniforme. Y cada escena se le quedó pegada al pelaje como el olor a leña en camisa de domingo.

Una tarde, lo encontraron dormido sobre el busto de Bolívar. El mármol le parecía frío, pero digno. Desde allí observaba el desfile de vendedores ambulantes, los discursos sin micrófono, los niños que jugaban a ser grandes y los grandes que jugaban a no recordar.

Le gustaba ese lugar porque nadie lo molestaba. Porque desde allí podía ver cómo la patria se deshilachaba en conversaciones de plaza, en promesas de campaña, en empanadas sin relleno y en arepas que todavía saben a maíz.

Hoy, viejo y con la oreja rota, se sienta en la plaza como un abuelo sin nietos. El sol le calienta los huesos y el viento le peina los bigotes. Los niños lo acarician sin saber que fue leyenda.

Que una vez salvó a un bebé del fuego, que otra vez guió a una señora ciega hasta su casa, que tiene más vidas que cuentos y más cuentos que vidas. Su andar es lento, pero su mirada sigue afilada. Observa como quien ya ha vivido demasiado, pero aún se permite el lujo de sorprenderse.

No tiene casa, pero sí territorio. No tiene nombre, pero sí memoria. Y cada cicatriz es una crónica que aún no se ha escrito. Su cuerpo es un mapa de historias que no caben en los libros, pero sí en las esquinas, en los tejados, en los silencios que huelen a sopa de mediodía.

Si alguna vez lo ves, no le regales lástima. Dale conversación. Porque él, aunque sin apellido, tiene más patria en sus patas que muchos en sus discursos escritos con almidón.

Ya es de noche en Pampatar. El murmullo del mar se cuela entre las piedras como un secreto viejo que no se cansa de contarse. El gato sin apellido se acomoda en su murito de siempre, ese que da justo frente al ir y venir de las olas, como si fuera balcón de teatro para quien ya ha visto todas las funciones.

Se estira, bosteza sin apuro, y deja que la brisa le peine los recuerdos. No hay luna, pero sí estrellas que parecen migajas de historias que aún no ha contado. Desde allí, con la cola enroscada y los ojos entrecerrados, observa cómo el mar respira, cómo la noche se hace patria, y cómo él, sin nombre ni dueño, sigue siendo testigo de todo lo que importa.

[Col}> Cosas que sólo saben las abuelas / Soledad Morillo Belloso

24-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Cosas que sólo saben las abuelas

Las abuelas saben cosas que no vienen en ningún manual, ni en los libros de autoayuda, ni en los podcasts de crianza positiva. Son saberes que se transmiten por ósmosis, por regaño con cariño. Cosas que se aprenden mientras se pela yuca, se dobla ropa con esmero o se escucha cómo el café sube en la greca como quien anuncia milagros. Porque sí, el café subiendo es como la abuela hablando bajito: algo importante está por pasar.

Una abuela sabe que el dolor de cabeza no se cura con pastillas, sino con sombra, silencio y una infusión de hojas que sólo ella reconoce por el olor. “Tómate esto y acuéstate… y déjate de pensar tanto”, dice, y hay que obedecer, porque en su voz hay más ciencia que en cualquier prospecto farmacéutico.

La abuela sabe que el amor no se mide en promesas, sino en cucharadas de sopa caliente, en el pedacito de pollo que te guarda sin decir nada, en el “¿comiste?” que suena más profundo que un “te quiero”. Y si la respuesta es no, ella no pregunta por qué: se para, revuelve, y sirve sin sermón.

Sabe la abuela que el respeto empieza por no interrumpir cuando alguien está contando algo, aunque lo haya contado mil veces. Porque para ella, cada historia es una ofrenda, y cada repetición, una forma de mantener vivo lo que el tiempo quiere borrar. “Déjenla que hable, que el alma también necesita desahogo”, dice, mientras mira con esa ceja levantada que educa sin palabras.

Las abuelas tienen un radar que no falla. Detectan tristezas camufladas detrás de sonrisas, visitas que traen malas noticias aunque lleguen con torta, y nietos que necesitan perdón aunque no lo pidan. Ellas no preguntan, ellas saben. Y si preguntan, es para dar chance de  confesión sin juicio. “Dime la verdad, que yo no me escandalizo. Ya he visto de todo”, suelta, y hay que rendirse sin discutir, porque es bien sabido que una abuela es refugio.

Una abuela sabe que el arroz se lava “hasta que el agua hable claro”, que no se barre de noche porque se espanta la suerte, y que el despecho se cura con una buena llorada seguida de sopa con huesito, servida en plato hondo y con cucharón generoso. “Está bien, llora, pero come”, aconseja, pues sabe que el consuelo empieza por el estómago.

Sabe la abuela que la fe cabe en una estampita doblada en cuatro, guardada en la cartera junto a una receta de hallacas, una foto de alguien que ya no está, y un billete de cinco dólares “por si acaso”. Y si falta la fe, ella presta la suya. “Yo le pedí a San Antonio por ti, aunque tú no creas en santos”, dicen, y algo se acomoda en el universo.

Las abuelas cuentan historias sin saber que están haciendo historia. Dicen que el bisabuelo tenía “una mirada que tumbaba gobiernos” y que la tía-abuela bailaba guaracha  con los pies descalzos y era el alma de la fiesta. Y los nietos, sin darse  cuenta, aprenden geografía emocional, política doméstica, y filosofía de familia. Las abuelas echan cuentos de cosas que pasaron hace un montón de años, y  no se olvidan de cómo era el vestido de fulanita, “que era muy simpática pero bailaba malísimo”.

Saben que el tiempo no se pierde si se está bordando, que la tristeza se disimula con arepas recién hechas, y que el perdón se sirve caliente, con un poquito de azúcar y una cucharada de paciencia. “No te quedes con eso en el pecho, que eso se pudre”, advierten, mientras sirven café con leche y acarician el alma.

Saben que la dignidad empieza por no salir con los zapatos sucios, que la elegancia no depende del vestido sino del modo en que se recibe a la visita, y que la belleza se hereda, pero el carácter se cocina a fuego lento. “La mujer se ve por cómo trata a los demás, no por lo que lleva puesto”, sentencia, mientras se acomoda el cuello de la camisa.

Las abuelas también saben cuándo callar. Y ese silencio, ay, ese silencio… tiene más peso que cien discursos. Es el silencio que dice “yo sé, pero no te voy a juzgar”. El que acompaña sin invadir. El que cura sin tocar. “No voy a decir nada, pero aquí estoy”, murmuran, y el resultado es que la soledad sale por la ventana.

Y cuando están lejos, siguen enseñando. En el modo en que se  acomodan los platos, en el impulso de guardar “el pedacito más blandito del pollo”, en esa costumbre del “Dios te bendiga”. Estan en el olor del guiso que sale sin receta, en el gesto de doblar las toallas como si fueran promesas. En el consejo que aparece sin que nadie lo diga: “No te metas donde no te llaman, pero si te llaman, ve con dignidad”.

Las abuelas saben cosas que no se olvidan. Y por eso, pensar en ellas acomoda el pecho. El mundo vuelve a tener sentido, aunque sea por un ratico. Como si el alma se pusiera su mejor vestido de domingo, y saliera al patio a tomar café con ellas, aunque no estén. Porque las abuelas están en el refrán que se repite sin saber por qué, en el olor a alcanfor, en el eco de un “cuídate, mi amor” que protege.

Las abuelas saben es cómo leer el cuerpo ajeno sin necesidad de estetoscopio. “Tienes la mirada caída, eso es cansancio del alma”, diagnostican mientras te ponen a reposar con una toalla tibia en la frente y una oración bajita que parece susurro de monte. “No te tragues la rabia, que eso da acidez”, “No duermas con el corazón apretado, que los sueños se revuelven”. Son curanderas del ánimo, terapeutas del silencio.

También saben que la vida no se puede vivir con apuro. “El que corre mucho, se tropieza con su sombra”, dicen mientras amasan con calma, como si el tiempo fuera harina. Saben que hay que dejar reposar las decisiones como se deja reposar el pan, que no todo se resuelve en el momento, y que a veces lo mejor es “dormirlo y mañana se ve”. Para ellas, la prisa es cosa de gente que no ha aprendido a escuchar el canto de los pájaros ni el chisme del viento.

Lo que las abuelas saben no se pierde: se queda bordado en la memoria, como servilleta con iniciales, como receta sin medidas. Y cuando la vida aprieta, basta con recordar una de sus frases para que el alma respire hondo y se acomode, como quien se sienta en el porche a esperar que pase la tormenta.

Y aunque hoy muchas abuelas se pasean en jeans, con celular en mano y lentes de sol como quien va a conquistar el mundo, hay momentos en que se ríen solas y piensan: “¡Caray, estoy igualita a mi mamá!”. Y esa risa, entre nostalgia y travesura, es puro homenaje sin decirlo.

Desde que nace el primer nieto, toda mujer pierde su nombre: ya no es Carmen, ni Teresa, ni Magdalena. Tampoco es Mamá o Mami. Ahora es “la abuela”, “mamama”, “mima”, “ahí”, “meme”, “abu”, o “la que guarda caramelos en la cartera”. Es como si la maternidad tuviera segunda vuelta  con bautizo incluido.

Porque convertirse en abuela es una transformación mágica: se les suaviza el carácter, se les afina el oído para detectar travesuras, y se les multiplica el amor como si lo sirvieran en cucharones. Y ese nuevo nombre, el que el nieto pronuncie primero, se queda para siempre.

[Canarias}> La palabra canaria que creías que era de las Islas

30-09-2025

Ni cotufa ni guagua: la palabra canaria que creías que era de las Islas pero tiene su origen en Aragón

La Academia Canaria de la Lengua la considera un canarismo

El español de Canarias es muy rico. Existen muchos términos surgidos en las Islas que fueron llevados, por ejemplo, a América, como también se llevó a cabo el camino inverso. En este caso, hablamos de una palabra canaria… que no lo es.

La Academia Canaria de la Lengua, fundación pública dependiente del Gobierno de Canarias, tiene como principales objetivos el estudio y descripción de la variedad canaria de la lengua española y de la producción literaria desarrollada en las Islas y es allí donde se encargan de mimar esas palabras canarias que, seguro, tendrían que usar en la Península por su sonoridad.

En Canarias la palabra fonil equivale al embudo español, es decir, al “Instrumento hueco, ancho por arriba y estrecho por abajo, en forma de cono y rematado en un canuto, que sirve para transvasar líquidos” (Diccionario de la Lengua Española, s. v. embudo).

En español general, fonil alude a un tipo particular de embudo, concretamente a aquél con que se envasan líquidos en las pipas o toneles que sirven para transportar o guardar vino. Por tanto, aunque relacionados, el significado de ambos es distinto, lo que justifica su consideración como canarismo.

Esta palabra canaria es muchas veces usada en las Islas como un sinónimo de embudo, pero, realmente, para encontrar el origen de fonil hay que ir hasta Aragón. Eso sí, precisamente, al tratarse de un significado distinto, la Academia Canaria de la Lengua considera que se trata de un canarismo de manera justificada. A su vez, fonil proviene del inglés funnel.

Fuente

[Canarias}> La descomunal y salvaje playa de Canarias entre realidad y ficción que inspiró ‘Exodus’ y ‘Star Wars’: dónde está y cómo llegar

La descomunal y salvaje playa de Canarias entre realidad y ficción que inspiró ‘Exodus’ y ‘Star Wars’: dónde está y cómo llegar

Al sur de la isla, en la península de Jandía, Cofete es uno de los arenales más atractivos, rodeado de montañas, de arena dorada y difícil acceso

[Col}> Aderezar el lenguaje / Soledad Morillo Belloso

22-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Aderezar el lenguaje

Con frecuencia converso con argentinos que nunca han pisado suelo venezolano. Y en medio del cafecito y la charla, aparece una pregunta que ya es casi ritual porteño: “Che, nena, ¿me podés explicar qué significa…?”

La curiosidad viene de haber escuchado a dos venezolanos en una mesa vecina, hablando con ese tono que mezcla sabana y picardía, soltando frases que en Buenos Aires suenan a acertijo. Imagino la escena: una tertulia con aroma a nostalgia y una lluvia de refranes cayendo como aguacero en techo de zinc.

Entonces, aquí va, una explicación para los del Cono Sur y para los que creen que hablar es sólo juntar palabras.

En Venezuela, todo se refranea. Desde que uno dice “mamá”, ya está oyendo que “el que no llora, no mama”, y ahí comienza el entrenamiento. Porque aquí, hablar sin refrán es como comer arepa sin relleno: se puede, sí, pero ¿a santo de qué? El refrán no es adorno, es herramienta. Es brújula, escudo, espejo y hasta abanico. Es la forma en que el país le pone poesía a la cotidianidad, y humor al drama.

Los refranes en Venezuela son como los vecinos de toda la vida: no se escogen, pero siempre están. Uno va por la vida y de repente, ¡zas!, te cae un “más vale tarde que nunca” como advertencia disfrazada de ternura.

Y si te quejas porque no te alcanza lo que tienes, te sueltan un “el que mucho abarca, poco aprieta”, y te dejan pensando si de verdad necesitabas ese tercer cargo, ese segundo novio o ese cuarto préstamo. Son frases que no piden permiso, se instalan en la conversación como quien se sienta en la sala y se acomoda sin quitarse los zapatos.

El hablar venezolano es colorido, sabroso, teatral. En la cola del banco, en la consulta del médico, en el velorio y hasta en el baby shower, los refranes hacen acto de presencia. Son como los sancochos domingueros: cada quien le mete lo suyo, pero todos terminan sudando y filosofando.

“A falta de pan, buenas son tortas”, dice la señora que no consiguió harina pero igual hizo arepas con plátano. “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, advierte el mototaxista que ya te vio cara de turista. Y “el que tiene rabo de paja, que no se acerque a la candela”, murmura la vecina cuando pasa el concejal con cara de yo-no-fui. Si el personaje reincide, se sentencia con un “perro que come manteca, mete la lengua en tapará”.

Hay refranes para cada ocasión, como si la vida viniera con subtítulos criollos. Si alguien se mete en lo que no le importa, se le advierte que “el que se mete a redentor, sale crucificado”. Si hay muchos que quieren mandar pero pocos que obedezcan, se suelta un “mucho cacique y poco indio”. Y si alguien espera que todo se le dé sin mover un dedo, se le lanza un “el que quiere pescado, que se moje el rabo”.

Pero no todo es regaño. Hay refranes que son como caricias con picante. “No hay mal que por bien no venga”, dice la abuela cuando se va la luz y por fin todos se sientan a conversar. “Dios aprieta pero no ahorca”, asegura el señor del abasto mientras acomoda los tomates como si fueran lingotes. Y “el que ríe último, ríe mejor”, sentencia la tía que fue soltera hasta los 50 y ahora tiene marido buenmozo, finca y grupo de WhatsApp con emojis románticos.

Los refranes también sirven para enamorar. Aquí no se dice “me gustas”, se dice “contigo, pan y cebolla”. No se dice “te extraño”, se dice “como el cochino al barro”. Y si la cosa se pone seria, se suelta un “contigo, aunque me lleve el diablo”.

Porque en Venezuela el amor no se mide en flores, sino en frases que han sobrevivido gobiernos, colas y aguaceros. El romanticismo aquí no es cursi, es sabroso. Es ese “te quiero” que viene envuelto en papel de periódico y huele a café recién colado.

Y cuando la vida se pone cuesta arriba, no se llora: se refranea. “Al mal tiempo, buena cara”, le dicen a uno cuando quieren animarlo. La mamá le dice a la hija sobre ese novio que no convenía: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y si en otros países se dice “cuando no es una cosa, es la otra”, aquí se versiona como “cuando no es Juana, es la hermana”.

Es como si el país tuviera un manual de supervivencia oral, pasado de generación en generación, sin copyright pero con mucha sazón. Porque aquí, hasta el dolor se dice cantando, y hasta la rabia se disfraza de refrán.

Los refranes son también una forma de democracia lingüística. No importa si tienes estudios o no, si vienes del cerro o del centro, si eres joven o viejo. Si sabes decir “más vale pájaro en mano que cien volando”, ya estás dentro del club.

Es el idioma secreto de los que entienden que la sabiduría no siempre viene en libros, sino en frases que han pasado de boca en boca, de patio en patio. Es el diccionario sentimental del pueblo, el GPS de quienes aprendieron a navegar la vida con humor, con estilo y sudando la gota gorda.

Y hay algo más: los refranes son memoria. Son archivo. Y son acumulativos. A la voz de la abuela se suma la del tío que vendía lotería, la del vecino que arreglaba neveras y daba consejos como quien da caramelos.

Son el eco de un país que aprendió a reírse de sí mismo para no llorar todos los días. Son la manera en que el papá advierte con un “no te metas en camisa de once varas” cuando alguien quiere arreglar lo que no tiene arreglo. Son la forma en que el pueblo se cuenta a sí mismo, sin necesidad de micrófonos ni editoriales.

Así que cuando un argentino me pregunta “¿Me podés explicar qué significa eso?”, yo sonrío. Porque no se trata sólo de traducir palabras, sino de traducir una forma de ser y de vivir.

Uno de mis amigos argentinos me contó esta conversación que escuchó entre dos venezolanas. Una le decía a la otra (y mi amigo grabó la conversación):

—Mira, chama… En la oficina de la municipalidad, donde los papeles se pierden más rápido que los buenos modales en hora pico, Gladys encontró un arroz con mango. La carpeta del señor tenía planos de 1982 mezclados con recibos de condominio. Un pasticho, pues…

Mientras tanto, el pasante nuevo, un chamo que al rompe se ve que come más que lima nueva, se estaba bajando un desayuno triple como si la barriga le pagara por metro cuadrado…. Y claro, cuando le preguntó si el documento estaba listo, la mandó a ver si el gallo puso. Se nota que el tipo estaba más perdío que el hijo de Lindbergh.

“Che, Sole… media hora escuchándolas y no entendí nada. Como si hablaran en otro idioma”.

Luego de soltar la carcajada, le dije: “Mira, tienes razón. Esto no es sólo lenguaje. Esto es ritmo caribeño, sabiduría con humor y filosofía con sabor a pabellón con baranda. Y, ¿sabés qué? Es contagioso…”

En Argentina hay alrededor de 270.000 venezolanos. Aderezan el lenguaje como quien le pone guasacaca al alma.