[Canarias}> De Tenerife a fundar São Paulo y Río de Janeiro: así es la increíble historia del misionero de La Laguna

16-11-2025

Helena Ros

De Tenerife a fundar São Paulo y Río de Janeiro: así es la increíble historia del misionero de La Laguna

El lagunero que viajo al otro lado del Atlántico para fundar dos de las ciudades más importantes del mundo

José de Anchieta nació en San Cristóbal de La Laguna en 1534, en una familia de origen vasco-portugués. A los 14 años se trasladó a Portugal para estudiar en la Universidad de Coímbra, donde destacó por su inteligencia, su espíritu humanista y su pasión por la literatura.

Con apenas 18 años, ingresó en la Compañía de Jesús, y dos años después viajó como misionero a Brasil, donde comenzaría una de las aventuras más transcendentales de la historia de la evangelización en América.

Fundador de São Paulo y Río de Janeiro

En 1533, Anchieta llegó a Piratininga, donde fundó un colegio para enseñar a los niños indígenas y redactó una cartilla en lengua tupí. Años más tarde, participó en la fundación de São Paulo y colaboró en la construcción del primer hospital y colegio de Río de Janeiro.

Además de misionero, fue poeta, dramaturgo, lingüista y defensor de los pueblos indígenas, oponiéndose al maltrato de los colonizadores portugueses.

Su talento literario lo llevó a escribir poemas y obras teatrales en latín, portugués, castellano y tupí, y a redactar la primera gramática en la lengua tupí, publicada en Coímbra en 1595.

Un legado cultural

El misionero falleció el 9 de junio de 1597, en el municipio brasileño de Anchieta, el cual lleva su nombre. Su funeral congregó a miles de indígenas, mostrando un profundo respeto.

En 2014, fue canonizado por el papa Francisco y hoy es reconocido como compatrono de Brasil, junto a Nuestra Señora de la Concepción Aparecido.

Cada 9 de junio, el país celebra el Día Nacional de Anchieta, en honor a su figura y su papel como apóstol de Brasil.

Un símbolo en Tenerife

En su ciudad natal, La Laguna, su espíritu sigue muy presente. Se conserva su casa familiar como un museo, y su nombre aparece en centros educativos, fundaciones, asociaciones y calles.

Uno de los símbolos más reconocidos es la estatua Padre Anchieta, una figura de bronce de cinco metros de altura que lo representa como peregrino y que ahora se encuentra en la plaza de la Facultad de Biología de la Universidad de La Laguna.

Estatua de San José de Anchieta. / María Pisaca

En Santa Cruz de Tenerife, también cuenta con una parroquia y una calle que recuerdan su legado.

Un tinerfeño con recuerdo eterno

Más de cinco siglos después, José de Anchieta continúan siendo un ejemplo para los tinerfeños. Su legado en dos de las ciudades más importantes del mundo convierte al misionero lagunero en uno de los canarios más influyentes de la historia universal.

Fuente

[Col}> Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron

¡Ah, los italianos! Llegaron a Venezuela con una receta de salsa escondida en el bolsillo, una foto de la nona pegada con cinta en la maleta y una terquedad que ni el calor de La Guaira logró derretir. No vinieron a ver si les gustaba el clima. Vinieron a quedarse, como quien planta albahaca en maceta y dice: “Aquí me quedo, y que me sirvan café con acento”.

Trajeron la comida, pero no cualquier comida. Nada de pasta de sobre ni salsa aguada. Era espagueti con cuentos, con vino, con la nona gritando desde la cocina: “¡No le pongas ketchup, per Dio!”. Y la pizza… que ya se volvió platillo nacional. A la pasta le metimos carne molida y mayonesa. Un sacrilegio para Roma, una gloria para el paladar criollo.

También trajeron pan, y no cualquier pan. Pan sobado, pan con aceitunas, pan que huele a domingo. Y los quesos… ¡mamma mia! Provolone, parmesano, pecorino. Que aquí, como buenos tropicalizadores, los mezclamos con guayaba, con casabe, con lo que haya en la nevera. Porque en Venezuela todo se fusiona, todo se reinventa, todo se vuelve fiesta.

Pero no todo fue cocina. Trajeron oficio. Manos que sabían hacer zapatos, relojes, muebles, mosaicos. Fundaron negocios con nombres que parecen sacados de telenovela: “La Bella Napoli”, “Ferretería Roma”, “Pastelería Sicilia”. Y ahí siguen, atendidos por hijos y nietos que ya dicen “chévere” y “epa, chamo” con acento ítalo-criollo.

Trajeron sus dotes como albañiles, jardineros, carpinteros, plomeros, ebanistas y ese talento innato de tener siempre “un proyecto”. Laureano Márquez no se equivocó: el italiano sin proyecto no existe. Si no está construyendo algo, está planificando cómo construirlo.

Nos enseñaron a celebrar con máscaras, comparsas, vino en botellas metidas en cestas y canciones que todos cantamos con voz de drama. Nos regalaron cine, teatro, ópera. Y refranes que se mezclaron con los nuestros: “Chi madruga, Dio lo ayuda… pero el que no madruga también desayuna”, versión sabanera del refranero napolitano.

En las ciudades dejaron huella: fachadas con arcos, patios con mosaicos, fuentes que parecen sacadas de Roma pero con loros y matas de mango. Fundaron clubes donde se juega dominó con acento italiano y se baila merengue criollo con vino tinto. Porque aquí todo se mezcla, todo se vuelve ritual.

Y los apellidos… Di Stefano, Di Parsia, Di Giacomo, Boccanera, Bombaci, Stanzione, Simonato, Mancini, Rossi. Hoy se pronuncian con sabor a papelón y están en todas partes: en los restaurantes, en el banco, en la radio, en la política. No sólo se quedaron: se multiplicaron como panettone en diciembre. Y ahora somos una mezcla deliciosa de casabe con carpaccio, de joropo con tarantela.

Pero más allá de lo tangible, nos trajeron una manera de vivir: intensa, familiar, sabrosa. Nos enseñaron que la mesa es sagrada, que el domingo se come en grupo, que el trabajo se hace con las manos pero también con el corazón.

Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio, cariño y plátano frito.

Nos trajeron música, como quien trae semillas en los bolsillos: pequeñas, listas para florecer. Y florecieron. La radio se llenó de voces que pronto se volvieron nuestras.

La televisión se vistió de melodías nuevas, los teatros se encendieron con ritmos que no sabíamos que necesitábamos, y las salas de fiesta se convirtieron en altares donde el cuerpo celebraba lo que el alma reconocía.

Entre esas voces que cruzaron el mar llegaron artistas como Nino Moruzzi, figura de la ópera venezolana; Gino Renni, que trajo humor y música con acento italiano; y Carlos Scoffio, que tejió puentes líricos entre dos orillas. Cantaron a  Verdi, Puccini, Rossini, pero también canzones que se volvieron parte del repertorio del país.

Fue como si la radio se hubiera convertido en una puerta abierta al corazón de Italia. Adamo nos visitó con su melancolía elegante, esa voz que parecía susurrar desde un balcón veneciano en plena lluvia caraqueña. Cantaba “Cae la nieve”, “Mis manos en tu cintura” y “Es mi vida”, y cada canción era como un copo que se posaba en la nostalgia, una estampa sonora que nos envolvía con ternura.

Mina, con su potencia vocal y mirada de esfinge, nos enseñó que una mujer podía cantar como si estuviera tallando mármol con las cuerdas vocales. “Grande grande grande”, “Parole parole” y “Il cielo in una stanza” se volvieron himnos de lo que no se dice pero se siente, como secretos que flotan en el aire entre el café y la sobremesa.

Domenico Modugno apareció como un vendaval azul, volando alto con los brazos abiertos en “Volare (Nel blu dipinto di blu)”, y nos dejó “Meraviglioso” y “La lontananza” como postales de un amor que se canta desde lejos, con voz de viento y corazón de viajero. Gianni Morandi, con su voz de noches de sábado, nos abrazó con su “Non son degno di te”.. Bobby Solo hizo que muchos estrenaran besos con su “Se piangi, se ridi”.

Y apareció Gigliola Cinquetti, con su voz cristalina que parecía venir de una fuente escondida en Verona. “Non ho l’età”, “Dio, come ti amo”, “La pioggia” y “Alle porte del sole” eran canciones que se escuchaban como quien abre una carta escrita con pétalos. Ella cantaba como si el amor fuera una promesa hecha en domingo, con vestido blanco y zapatos nuevos.

Nicola Di Bari trajo consigo la ternura de los que cantan con los ojos cerrados. “El último romántico”, “Il cuore è uno zingaro” y “Los días del arcoíris” eran como cartas escritas con vino tinto y papel de arroz, mensajes que llegaban desde lejos pero sabían a casa. Riccardo Cocciante convirtió cada canción en una caricia que a veces se volvía grito, como si el alma se le escapara por la garganta.

“Bella senza anima” y “Sincerità” eran confesiones que se decían con la voz quebrada y el pecho abierto, como quien canta para no romperse. Umberto Tozzi nos puso a brincar como locos con su “Gloria”.

Eros Ramazzotti, con ese timbre  que mezcla pasión y nostalgia, se volvió banda sonora de amores que empezaban en la pastelería, entre vitrinas de merengue y suspiros robados. “Piú bella cosa”, “Otra como tú” y “Qué fantástico” se colaban en las radios como si fueran cartas sin sobre, confesiones que se escuchaban mientras se elegía un pastel.

Laura Pausini, fuerza dulce y voz de confesionario, se metió en nuestras historias de amor y desamor como quien entra en la cocina y se sienta a escuchar mientras se prepara café. “Se fue”, “La soledad”, y “En cambio no” nos enseñaron que llorar también puede ser un acto de belleza, una forma de recordar sin perder la alegría.

Y no olvidemos a nuestros ítalo-venezolanos de oro: Franco De Vita y Yordano. Hijos de la mezcla, poetas del asfalto, músicos del alma nacional. Sus letras son mapas de nuestras emociones, sus melodías retratos de nuestras calles. Son prueba viva de que cuando la raíz se mezcla, florece más fuerte.

Todos tenemos amigos italianos. Muchos se casaron con venezolanos. Nuestros ADN de sangre liviana, de risa fácil y enamorados del amor se juntaron Y así, entre criollos y tanos, entre refranes, recetas y abrazos, se tejió una historia compartida. Una historia que huele a salsa di pomodoro, suena a acordeón y sabe a hogar.

Los italianos no sólo llegaron a Venezuela. Se volvieron parte de ella. Y nosotros, encantados, les hicimos un huequito en el alma. ¿Es imaginable Venezuela sin los descendientes de italianos? No.

Perdón por lo largo. Pero tratándose de los italianos, ¿cómo se cuenta una historia corta si todo lo que traen viene con sobremesa? “Non è vero, amore?”

[Col}> Lo que nos trajeron los colombianos / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los colombianos

Pienso en los colombianos y de inmediato me encuentro en los brazos de mi tata. Se llamaba Constancia, pero yo, con mi lengua de trapo, le decía “Costa”, como quien le pone mar a la ternura.

Hasta que se fue, no hubo recuerdo mío sin ella. Y cuando evoco a los colombianos que llegaron a Venezuela, se me alborota todo lo bueno que tengo dentro. Se me despierta el alma como cuando suena un porro sabanero, una cumbia, un vallenato, y los hombros se mueven solos, como si la alegría viniera en oleadas.

Miles, decenas de miles cruzaron ríos, trochas, silencios y esperanzas. Vinieron buscando paz, trabajo, un pedacito de futuro. Y no llegaron con las manos vacías, ¡qué va! Trajeron arepas de maíz pelao, cumbias que hacen que hasta el abuelo se levante a bailar, recetas que mezclan cilantro con fe, cuentos que nacen en el Magdalena y terminan en los rincones de nuestras cocinas.

Nos regalaron su manera de decir “hermano”, como quien dice “no estás solo”. Nos enseñaron el arte del café fuerte, la conversación larga y el chiste breve. Nos mostraron que una buena empanada se mide por el crujido, y que la música no se escucha: se vive. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la nostalgia en parranda.

 

Y si me preguntan por qué se me alborota el alma cuando pienso en ellos, les cuento que mi hermana se casó con uno. Bumangués, con sonrisa de aguacero fresco y manos que saben sembrar futuro. Vino buscando trabajo, y encontró familia. Se quedó echando raíces, como quien planta guayaba en tierra fértil. Hoy, cuando lo escucho hablar con acento santandereano, pienso que el amor también migra, también se mezcla, también se vuelve costumbre.

En nuestras reuniones familiares, entre hallacas y carimañolas, entre gaitas y bambucos, se arma una fiesta donde nadie pregunta de dónde viene uno, sino con qué ritmo quiere brindar. Y en esa casa, nunca falta el aguardientico, listo para cualquier asunto que requiera conversa.

Pienso en los colombianos y me acuerdo de la señora Mariela, que decía que en Cúcuta las arepas se hacen más delgaditas, más tostadas, más cantarinas. Me acuerdo de don Efraín, que arreglaba zapatos y corazones con la misma ternura. De la señora Luz, que bordaba mientras cantaba “era la piragua” como si fuera un rezo. Y de los niños que aprendieron a decir “chévere” sin dejar de decir “bacano”.

Y entonces me acuerdo de mi Costa, que decía que la mezcla es bendición. Que cuando uno junta el ají colombiano con el papelón venezolano, lo que sale es puro sabor de pueblo. Ella decía que los colombianos no vinieron: se quedaron. Se quedaron en nuestras canciones, en nuestras cocinas, en nuestras maneras de querer.

Porque la mezcla no resta, multiplica. Porque cuando uno se junta con quien viene de lejos, se le ensancha el alma y se le afina el oído para escuchar otras memorias. Y entonces, como quien se sirve un café con panela y le pone un pedacito de queso adentro, me digo: bendita sea Costa, mi tata, que me enseñó que la ternura no tiene fronteras. Con ella fui a Cúcuta, a Pamplona, a Cartagena, a Bogotá. Y nos quedaron pendientes otros viajes por la linda Colombia.

Benditos sean los que cruzaron la frontera para traernos su alegría, su trabajo y su manera de decir “hermano” como si fuera un conjuro contra la soledad. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la tristeza en canción. Y si no me creen, escuchen a Juanes cantando que la vida es un ratico, a Santiago Cruz cuando le pone piano a la melancolía, a Aterciopelados cuando convierten Bogotá en ritual sonoro. Escuchen a Carlos Vives que nos enseñó que el vallenato también se baila con tenis, a Shakira que hizo del Caribe un idioma global, a Sebastián Yatra que canta como si el amor fuera arequipe, a Andrés Cepeda que le pone vino tinto a la nostalgia, a Fonseca que hace del pop y las baladas una fiesta de sonidos de ensueño, a Jorge Celedón que convierte cada verso de sus canciones en parranda y abrazo. Y se me quedan tantos en el tintero, como se quedan los nombres de los que uno ama, pero no ha escrito aún.

No hay cosa más absurda que el pleito inventado entre Colombia y Venezuela. Inventado, sí, achacándole a Bolívar y Santander una pelea que sólo vive en chismes de esquina. Ese supuesto desencuentro entre el Libertador y el Hombre de las Leyes se ha convertido en novela de pasillo, con más especulación que evidencia.

Que si Bolívar lo miró feo, que si Santander le negó un café, que si uno quería más centralismo y el otro más legalismo… ¡Bah! Lo que hubo fue diferencia de visión, no enemistad de pueblo. Y de ahí, algunos con vocación de telenovelistas se pusieron a inventar un drama que nunca tuvo libreto.

Ese pleito es como una pelea entre hermanos por una herencia que nunca existió. Y mientras algunos se empeñan en repetir el chisme, millones de colombianos y venezolanos se casan, se abrazan, se mezclan, se celebran. Como mi hermana, que se enamoró de un bumangués y con eso le dio un puntapié a la historia mal contada.

Así que propongo un brindis: por Bolívar y Santander, que seguramente estarían hartos de que los usen como excusa para peleas ajenas. Por los pueblos que se mezclan sin pedir permiso. Y por ti, colombo-venezolano, que conviertes la historia en fiesta y el chisme en refrán: “Pleito inventado no tiene raíz, y si la tiene, que la agarre el tambor y la vuelva canción”.

[Canarias}> ¿Trancar, en su sentido de ‛cerrar’, significa en Canarias algo diferente que en la Península?

05-11-2025

¿Trancar, en su sentido de ‛cerrar’, significa en Canarias algo diferente que en la Península?

El Diccionario de la Real Academia Española define el verbo trancar, en su primera acepción, como «Cerrar una puerta con una tranca o un cerrojo». Sin embargo, en Canarias, por extensión, nuestra palabra ha adquirido un nuevo significado: ‛cerrar con llave’.

Desaparecido prácticamente el procedimiento de cerrar con una tranca, sentido primitivo de trancar, la voz ha pasado a tener en nuestro Archipiélago (y seguramente en otras latitudes hispanohablantes) una acepción más general.

Esto sucede en la lengua muy a menudo: en Hispanoamérica, carro pasó de su sentido inicial a ‛vehículo automóvil’; la tapa, de significar trozo de embutido que se ponía «tapando» la copa de bebida alcohólica, ha pasado a ‛pequeña porción de algún alimento que se sirve como acompañamiento de una bebida’.

En definitiva, que hay que tomar como una circunstancia enteramente natural el hecho de que, aun dentro de una misma lengua (incluso entre zonas cercanas), haya diferencias dialectales o regionales que afecten a palabras o expresiones.

Palabras nuestras

embostar

  1. Ensuciar con bosta. U. m. c. prnl. Se metió en la cuadra, y se embostó los zapatos.
  2. Ensuciar, enlodar, pringar. U. m. c. prnl. Estuvo arreglando el coche, y se embostó toda la ropa.
  • prnl. Hartarse, comer hasta la saciedad. Cada vez que iba a la dulcería con el abuelo, se embostaba.
  • prnl. Ganar o conseguir gran cantidad de dinero, forrarse. Con la venta de aquellos terrenos, los herederos se embostaron de mala manera.

Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)

Fuente

[Col}> Los besos / Soledad Morillo Belloso

28-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Los besos

Los besos son un idioma sin reglas, una música que se toca con los labios y se escucha con el alma. Son el primer lenguaje que aprendemos antes de hablar, antes de escribir, antes de comprender el amor. Como el vapor que sube de una olla en la cocina: tibios, envolventes, plenos de memoria. Hay tantos como personas besando, porque cada uno es una invención, una forma de decir “te siento” sin palabras. Cada beso tiene su acento, su ritmo, su modo.

Pueden ser suspiros detenidos, caricias suspendidas, promesas que se derriten como mantequilla sobre pan caliente. Algunos saben a fruta madura, a sal de mar en la piel. Se dan en la penumbra, entre jazmines y sonidos lejanos de radios encendidas. En cocinas donde se revuelve el guiso y se prueba la salsa con el dedo. En plazas con heladeros y niños corriendo. En universidades entre libros abiertos y utopías compartidas. En madrugadas, mientras el mundo duerme y el alma se despereza.

Hay besos que llegan con la urgencia de quien regresa de la guerra, y otros que se ofrecen como café en la mañana: con pausa, con ternura, con el deseo de que el otro se quede. Se dan en la frente como bendición, en la mejilla como saludo, en la boca como estremecimiento. Son refugio, altar, trinchera. Algunos curan, otros duelen, muchos enseñan a esperar. Se entregan con los ojos cerrados, como quien se lanza al abismo confiando en que el otro será red.

Están los de madre, que huelen a talco y promesa. Los de abuela, que saben a caramelo y a bendición. Los de amigos, como hamacas que sostienen sin exigir. Los de amantes, que son selva, vértigo, pasión. Y los que no se dieron, que flotan como cometas sin hilo, esperando ser reclamados, también cuentan. Porque el deseo de besar es ya una forma de ternura. Algunos se guardan en la nuca, en la espalda, en la comisura. Vuelven en sueños, como ecos de algo que no terminó.

Un beso puede durar un segundo o toda la vida. Ser prólogo o epílogo. Bienvenida, despedida, tregua. Hay besos que el cuerpo recuerda aunque la mente los haya olvidado. Porque la piel tiene su propio archivo de afectos, su glosario de temblores. Algunos se esconden como semillas, esperando la lluvia de un reencuentro.

Besarse es un acto vital. Es decirle al mundo: “aquí hay afecto, aquí hay pausa, aquí hay necesidad de sensación”. Es aplaudir la lentitud, la diferencia, la comunión. Convertir la piel en altar, la boca en ofrenda, el tiempo en abrazo. Detener el reloj y decir: “En este instante, todo está bien”. Hacer del cuerpo un refugio, del roce una plegaria, del instante una eternidad.

En poesía, los besos son temblores que hablan, silencios que arden, gestos que condensan el universo en un roce. Metáfora viva, símbolo de comunión, deseo, despedida. Pueden oler a albahaca, a papel viejo, a lluvia sobre tierra caliente. Sonar como suspiro largo, crujir de hoja seca, eco de canción lenta en la madrugada. Sentirse como primer sorbo de vino, brisa que entra por la ventana, roce de hamaca en la siesta.

Algunos se quedan tatuados en la memoria como el olor del primer hogar, como la canción que nos salvó sin saberlo. No fueron solo roce de labios, sino estremecimiento de alma, vértice donde el mundo se detuvo. Viven en la comisura de una sonrisa, en la piel que recuerda aunque la mente quiera esquivar. Tienen sabor a dulzura, a lluvia caliente, a chocolate derretido en taza de porcelana.

Y hay otros que no ameritan recuerdo. Dados por costumbre, por protocolo, por prisa. Insípidos, irrelevantes. Sin huella ni eco, como sombra sin cuerpo, saludo sin alma. No fueron altar ni refugio, sino trámite, gesto vacío, roce sin temblor. No dolieron, no curaron, no cantaron. Como cucharadas de sopa tibia sin sal: suficientes para llenar, pero no para quedarse.

La memoria, que es selectiva y sensorial, guarda lo que fue liturgia, lo que tuvo aroma, ritmo, vértigo. Y deja ir lo que no se atrevió a ser poema.

Cada beso es un instante irrepetible. En poesía, se convierte en fuego que no quema, agua que no moja, tiempo que no pasa. Es el punto donde el reloj se detiene y el alma se asoma. Hay besos que no se dan con los labios, sino con la mirada, la voz, la espera. La poesía los nombra como presencias sutiles, caricias que no tocan pero abrazan. Susurros que flotan en el aire, aromas que se cuelan por la ventana, canciones que se cantan sin voz.

Los besos no envejecen. No se arrugan, no se oxidan, no se vencen. Un beso dado hace décadas puede seguir latiendo en la comisura de una sonrisa, en la piel que recuerda aunque la mente haya partido. No tienen edad ni fecha de caducidad, porque no pertenecen al tiempo, sino al temblor. Son como semillas que germinan en la memoria, como ecos que se repiten en la piel cuando el cuerpo se estremece ante otro roce parecido.

Un beso puede sobrevivir al olvido, al silencio, al exilio. Puede cruzar océanos, resistir mudanzas, acompañar duelos. Hay besos que aún huelen. Besos dados en cocinas, en plazas, en estaciones de tren, que todavía se escuchan como sinfonía en la penumbra. No envejecen porque no se guardan en relojes, sino en la piel. No se archivan en calendarios, sino en el alma.

Y cuando vuelven —en sueños, en música, en aromas— no regresan como recuerdo, sino como presencia. Porque un beso verdadero no se gasta, no se borra, no se pierde. Se queda vibrando en algún rincón del cuerpo, como una luz tibia que no se apaga.

Cada beso es texto sensorial, sobremesa compartida, canción que se canta con los labios y se escucha con el alma. Son ritos sagrados. Se sirven como desayuno en domingo, con chocolate caliente y pan de horno. Se escuchan como bolero en plaza, como susurro en radio, como poema leído en voz baja. Son temblor de hoja al viento, calor que queda en la taza después del último sorbo.

Besar es escribir con la boca. Narrar sin tinta, sin papel, sin micrófono. Decir “te quiero” con la piel, “te honro” con la boca húmeda, “te espero” con el estremecimiento. Y en ese gesto, breve y eterno, cabe el mundo entero. Porque en cada beso hay una hoguera encendida, una felicidad secreta, una memoria que se despierta. Y cuando dos bocas se encuentran, el universo se detiene a escuchar.

Nunca es temprano ni tarde para un beso. El beso acude cuando el alma lo llama, cuando la piel lo presiente, cuando el cuerpo lo precisa. Nunca sobra un beso. Nunca sobra porque siempre hay algo que decir sin palabras. Y a veces, lo que no se dice con la boca, se dice con la boca.

[Col}> Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron

¡Ah, los portugueses! Navegantes del bacalao y del fado que llegaron a Venezuela con una maleta llena de sueños, una foto de la abuela en blanco y negro y un pan de trigo que parecía tallado por Miguel Ángel.

Llegaron a Venezuela con la brújula apuntando al trabajo duro y el corazón lleno de saudade. Muchos venían de Madeira, de aldeas donde el mar era vecino y la tierra se ganaba con las uñas. Aquí se metieron en todo: ferreterías, bodegas, abastos, supermercados, construcción, agricultura, floristerías y jardinerías, y hasta en la venta de repuestos donde sabían más de carburadores que de castellano.

Los portugueses no vinieron con pompa ni discursos, pero trajeron algo mejor: sabor, terquedad, y una manera muy suya de convertir cualquier esquina en una panadería que huele a gloria celestial.

Entonces, hablemos del pan. Porque si algo hicieron los portugueses fue enseñarnos que el pan no es sólo pan. Es ritual, es abrazo, es desayuno con mantequilla y café en vasito.

Nos trajeron el pan campesino, el pan de leche, el pan que cruje como chisme de vecina. Y no sólo lo trajeron: lo perfeccionaron. ¿Quién no ha hecho una cola de media hora en una panadería un domingo por la mañana, con la esperanza de que todavía quede algo caliente? Y si no queda, igual uno se lleva un golfiao con queso e’ mano, porque el alma portuguesa también sabe de eso.

Pero no todo fue pan. También trajeron el bacalao, ese pescado seco que parece un ladrillo pero que, milagrosamente, se convierte en manjar cuando lo cocinan con papas, cebolla y aceite de oliva.

La ensalada de bacalao es como una declaración de principios: sencilla, honesta y con carácter. Y si uno tiene suerte, le toca probar el bacalao espiritual, que no tiene nada de místico, pero sí mucho de sabroso.

Los portugueses también trajeron una manera muy suya de mirar el mundo: con paciencia, con trabajo duro y con una fe inquebrantable en que todo se puede resolver con la Virgen de Fátima y un buen café.

Porque el café portugués no es cualquier café. Es fuerte, oscuro y servido con una sonrisa que dice: “Isto vai mexer contigo até às lembranças mais guardadas”. Y si uno se queda conversando, seguro te ofrecen un pastelito de nata, que es como un abrazo en forma de postre.

Y qué decir de los nombres. Porque los portugueses tienen esa costumbre de ponerle nombres largos a sus hijos, con apellidos que parecen trabalenguas. Pero también tienen el don de los apodos.

Así, en cualquier lugar venezolano, hay un “Portu” (dicho con toneladas de cariño) que no se llama Portu, sino João Pedro, Tiago Manuel, João Martim, pero que todo el mundo conoce como “el señor que hace los mejores cachitos del mundo”. El cachito tiene jamón y una masa que parece hecha por ángeles panaderos que seguramente son portugueses. Y la manera como lo hacen es imposible de reproducir en casa.

Y trajeron refranes, aunque a veces no los entendemos del todo. Cosas como “quem não tem cão, caça com gato”, que uno traduce como puede y aplica cuando se le acaba el papel toilette. Porque el humor portugués es seco, directo, y con una pizca de melancolía. Como si siempre estuvieran recordando algo que pasó en Madeira o en Oporto, pero sin dejar de sonreír.

También trajeron una estética: azulejos, santos con cara de primo lejano, y una manera de decorar que mezcla lo barroco con lo práctico. Las casas portuguesas tienen ese encanto de lo vivido, lo útil, y lo bonito sin pretensiones. Y si uno entra a una, seguro hay una imagen de Fátima y de San Antonio, porque los portugueses creen en los milagros, pero también en el trabajo duro.

Los portugueses nos trajeron esa cultura de las letras de sus grandes escritores y poetas. ¡Y vaya letras!  Desembarcaron con una maleta invisible llena de palabras que saben a mar, a saudade, a vinho verde y a tardes de lluvia.

Nos trajeron la cadencia melancólica de Fernando Pessoa, que escribía como quien conversa con sus propios fantasmas; la fuerza lírica de Sophia de Mello Breyner, que hablaba del mundo como si fuera un poema en voz baja. ¡Y cómo no incluir a don Luis de Camões, ese poeta que escribía como quien navega entre tormentas y amores imposibles!

Los portugueses que llegaron a Venezuela no sólo trajeron manos para el trabajo y alma para el fado, también venían con una herencia literaria que sabe a mar abierto y a versos tallados en piedra.

Camões, con su Os Lusíadas, nos enseñó que la épica no está solo en las guerras, sino también en el alma que resiste. Sus palabras cruzaron el Atlántico como quien lanza botellas con mensajes, y aquí encontraron eco en los que también venían buscando nuevos mundos.

Esa tradición de letras exquisitas se coló en nuestras sobremesas, en los cuentos de abuelos que hablaban de Lisboa como si fuera parte del mapa emocional de Venezuela. Pessoa nos trajo la melancolía filosófica y Camões ese fuego antiguo que convierte la lengua en espada y caricia.

Y aunque muchos portugueses que llegaron no eran poetas de oficio, hablaban con una musicalidad que parecía escrita en endecasílabos. Porque cuando un madeirense dice “A minha casa é tua casa”, lo dice con la misma solemnidad con la que Camões hablaba del amor y del destino.

Así que sí, los portugueses nos trajeron letras que no se leen sólo con los ojos, sino con el alma. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos papelón, cariño y espacio en nuestras bibliotecas del corazón. Esa tradición literaria, tan rica y profunda, se coló en Venezuela como quien deja una carta debajo de la puerta.

Muchos portugueses que llegaron aquí llevaban la poesía en la manera de hablar, en los cuentos que contaban en las sobremesas, en los dichos que mezclaban el portugués con el castellano y que terminaban sonando como refranes nuevos. Y así, sin hacer ruido, nos enseñaron que la palabra también puede ser hogar.

Discretos pero constantes, como el café colado en manga: sin alarde, pero siempre presente. Convirtieron su “bom dia” en “buenos días, vecino” y el fado “Estranha Forma de Vida”, interpretado por Amália Rodrigues —“Foi por vontade de Deus / Que eu vivo nesta ansiedade…”— que no es canción: es confesión, es herida cantada con dignidad.

En él, el destino no se discute, se canta. Y Amália lo hizo eterno, como si cada palabra llevara el peso de Lisboa en la voz, en un fondo musical para sembrar raíces. La música portuguesa tiene algo único.

En 2017, Salvador Sobral entonó “Amar pelos dois” como quien acaricia una cicatriz con la yema de los dedos. Compuesta por su hermana Luísa, esta balada de jazz susurrado y bossa contenida se volvió plegaria de los que aman sin retorno, de los que ofrecen el corazón entero, aunque el otro ya no esté.

En Eurovisión de ese año, entre el ruido y la parafernalia, Salvador apareció como un suspiro: voz íntima, mirada baja, y una ternura que desarmó a Europa. No cantó para impresionar, cantó para entregar. Y esa entrega, desnuda y sin artificios, convirtió la canción en un acto de amor absoluto. Desde entonces, “Amar pelos dois” vive como un fado sin guitarra, sembrado en el alma de quienes saben que hay amores que no se gritan, se murmuran.

Y no podemos olvidar el acento. Ese acento que suena a mar y a montaña, que convierte la “r” en una caricia y la “s” en suspiro. El portugués venezolano habla con una cadencia que parece canción, y cuando se emociona, mezcla el español con el portugués y uno no entiende nada, pero igual se ríe.

Los inmigrantes portugueses se trajeron a sí mismos, con todo lo que eso implica: sabores, costumbres, manías y una manera de vivir que se fue mezclando con la nuestra hasta que ya no sabemos dónde termina lo portugués y empieza lo venezolano.

Porque en este país, el pan “de a locha” (que no cuesta una locha) ya es tan nuestro como la arepa, y el bacalao espiritual se sirve en Navidad junto al pernil y la ensalada de gallina.

Así que gracias, Portus queridos. Gracias por el pan, por el marroncito a primera hora en una panadería, por el bacalao, por las letras, por el fado, por los negocios, por la gentileza, por la Virgen de Fátima, por las flores y por enseñarnos que la vida se vive mejor si se empieza con una buena masa y se hornea con cariño.

[Canarias}> Poyo está bien dicho en Canarias

23-10-2025

José Antonio Felipe

Poyo está bien dicho en Canarias, aunque es una palabra que se está perdiendo

El poyo de la cocina es algo que «no tienen» en el resto del Estado

Muchas personas al leer poyo creen que se trata de un error, que realmente queremos referirnos a pollo, pero nada más lejos de la realidad en Canarias. Es cierto que en la Península también existe la palabra poyo, aunque con un significado diferente al de las Islas.

En el resto del Estado, poyo es, según la definición de la Real Academia de la Lengua (RAE), una “especie de pilón rectangular relleno de tierra en el que se plantan flores. Suele delimitar el patio al que da la cocina“, pero en Canarias tiene otro significado.

Cuando en las Islas nos referimos a poyo lo estamos haciendo a una “repisa de cemento, granito u otro material, que sirve, en la cocina, para preparar la comida” o, como refleja la Academia Canaria de la Lengua, una “obra de albañilería que consiste en una repisa de cemento, granito u otro material, que generalmente va colocada entre el fregadero y el hornillo de la cocina”.

Es decir, en Canarias decimos poyo a lo que en la Península se referien como encimera.

Fuente

[Canarias}> El misterio del Valbanera: el Titanic canario en el que murieron 488 personas

20-10-2025

Ricardo Herrera

El misterio del Valbanera: el Titanic canario en el que murieron 488 personas

Eran, sobre todo, canarios y canarias que migraban para encontrar un futuro mejor

Desde tiempos remotos, el mar ha sido fuente de inspiración para mitos y leyendas. De sus profundidades han surgido relatos sobre sirenas, criaturas marinas y maldiciones. Sin embargo, en Canarias no es necesario recurrir a la fantasía para encontrar historias tan asombrosas como trágicas. Una de ellas tocó muy de cerca a Canarias: el hundimiento del Valbanera, un vapor que hizo escala en La Palma, Tenerife y Gran Canaria, y en el que 577 canarios emprendieron un viaje sin retorno.

Un viaje sin testigos

Del final del Valbanera apenas existen detalles. Cuando el huracán azotó la embarcación el 10 de septiembre de 1919, ninguno de los 488 pasajeros que permanecían a bordo sobrevivió. Más de 200 eran emigrantes canarios que buscaban prosperar en Cuba.

El historiador y periodista Juan Carlos Díaz Lorenzo recuerda que esta tragedia se enmarca en el contexto migratorio de la época: “No todos los indianos regresaron con fortuna; hubo muchos que lucharon por sobrevivir y nunca pudieron volver”.

Entre las historias personales destaca la de su propio tío abuelo, Antonio Hernández de Paz, natural de Fuencaliente (La Palma), que se embarcó con apenas 18 años. “El viaje era incómodo y el hacinamiento insoportable, así que él y otros 19 vecinos decidieron desembarcar en Santiago de Cuba y continuar en tren hacia Cabaiguán y Zaza del Medio, donde iban a trabajar en las vegas de tabaco”, relata Díaz Lorenzo.

Mientras tanto, en Fuencaliente, su familia temía lo peor al conocer las noticias del naufragio. “En cuanto supo lo ocurrido, mi tío abuelo envió un telegrama para avisar que estaba vivo”, recuerda. Curiosamente, aquel joven que escapó del destino del Valbanera llegó a vivir hasta los 94 años.

Presentimiento en el Valbanera

El hecho de que 742 pasajeros decidieran abandonar el barco antes del último tramo ha alimentado numerosas teorías con el paso del tiempo. El escritor y político Juan Manuel García Ramos, nieto de uno de los pasajeros, asegura que su abuelo poseía una “intuición especial” para leer el cielo. “Me contaba que al llegar a Santiago de Cuba no le gustaron los cielos atlánticos ni los del Caribe. Aquel mal presentimiento lo llevó a desembarcarse de un barco que consideró maldito”, explica.

El Valbanera incluso ha sido mencionado en relatos de Ernest Hemingway y en numerosas fábulas populares, algunas que hablan de castigos divinos o almas en pena que pedían auxilio en alta mar. “A veces me pregunto si mi abuelo realmente percibió la formación del huracán”, reflexiona García Ramos, un siglo después del desastre.

Un barco moderno para su tiempo

El cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Ledesma, ha documentado con detalle la historia del buque. El Valbanera fue construido en 1906 en los astilleros Coneel & Co de Glasgow para la Naviera Pinillos Izquierdo. Tenía 121,9 metros de eslora, 14,6 de manga y 6,5 de calado, y estaba propulsado por dos máquinas de triple expansión que le permitían alcanzar los 12 nudos de velocidad.

El capitán del navío, Ramón Martín Cordero, contaba con 34 años y estaba acompañado por una tripulación de 88 personas. En el verano de 1919, el barco había pasado por Santa Cruz de La Palma y Las Palmas de Gran Canaria, y anunció su paso por Santa Cruz de Tenerife con destino a Santiago de Cuba y La Habana.

A bordo, la diferencia de clases marcaba el viaje: los billetes iban desde 1.250 pesetas en primera clase hasta 75 pesetas en clase emigrante, donde los pasajeros dormían hacinados en literas metálicas. Muchos de los canarios llevaban consigo gofio, higos pasados y pescado seco para sobrevivir durante la travesía.

Ledesma también desmiente algunos mitos: el capitán no era consciente del huracán que se gestaba en el Golfo, ya que no existían predicciones meteorológicas fiables, y el barco había sido revisado y declarado en perfectas condiciones de navegabilidad apenas doce días antes del fatídico viaje.

Fuente

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles

Ah, los españoles… Cuando llegaron como inmigrantes a Venezuela, no sólo trajeron maletas llenas de ropa bien doblada, santos envueltos en papel periódico y fotos de abuelos con cara de “no me hables antes del café”. Trajeron una manera de estar en el mundo. Una forma de hablar distinguiendo las ces y las zetas de las eses, de regañar con cariño, de cocinar con abundancia y de contar historias que empiezan en Galicia, pasan por Oviedo y Barcelona, y terminan en Ciudad Bolívar, con escala en un bodegón de Chacao y alguna fiesta patronal en Valencia (la nuestra).

Los gallegos llegaron con esa mezcla de terquedad y ternura que los hace únicos. Montaron panaderías donde el pan sobado se convirtió en religión, y si el pan no estaba caliente, mejor ni lo mencionaras. “¡Ese pan está frío, respeta!”, decían con tono de juez supremo.

Y nosotros, que no somos bobos, aprendimos que el pan se come calientico, con mantequilla, y acompañado de cuentos largos que empiezan con “Cuando yo llegué a este país…”

Los asturianos trajeron gaitas, fabada y esa nostalgia que se cura con sidra y trabajo duro. Montaron negocios donde el olor a chorizo se mezclaba con el de la empanada criolla. Y si había fiesta, sacaban la gaita y armaban tremendo jolgorio: mezcla de romería y parranda caraqueña. “Esto no es Asturias, pero se le parece”, decían mientras brindaban con papelón con limón.

Los catalanes llegaron con precisión, con orden, con esa manera de hacer las cosas que parece coreografía. Montaron pastelerías donde el brazo gitano se volvió primo hermano del quesillo, y tiendas donde todo estaba etiquetado, contado, medido. “Això està bé”, decían, y nosotros respondíamos “¡Está chévere!” sin saber que estábamos hablando el mismo idioma del afecto.

Y los refranes… ¡Ay, los refranes! Nos trajeron una enciclopedia de sabiduría popular: “Más vale pájaro en mano que cien volando”, “A quien madruga, Dios lo ayuda”, “Donde fueres, haz lo que vieres”.

Nosotros los agarramos, los mezclamos con los nuestros y creamos unos híbridos que ni Cervantes entendería. “Más vale arepa en mano que jamón ibérico en vitrina”. Porque aquí todo se tropicaliza, se sazona, se vuelve fiesta.

También trajeron esa costumbre sabrosa de montar negocios con nombres que parecen sacados de una novela picaresca: “Ferretería El Gallego”, “Bodegón La Española”, “Carnicería Don Pepe”. Y si el negocio prosperaba, le añadían “y algo más”. Así nacieron joyas como “Panadería La Ibérica y algo más”, donde vendían pan, café, chucherías, papel higiénico y hasta consejos matrimoniales.

Pero si hay algo que nos une con España —como el arroz con la leche y el azúcar en el arroz con leche— es la música. Mi papá alucinaba con Sarita Montiel, una mujer que cantaba cuplés con voz de terciopelo, fumaba puros como quien recita poesía, y vivía como quien sabe que la vida es un escenario. Saritísima no sólo era diva, sino género propio.

El Poliedro de Caracas, el Teresa Carreño, el Forum de Valencia y cuanto teatro, club y sala de shows y fiestas existe en Venezuela han sido testigos de conciertos que se volvieron rituales. Raphael, con su voz de drama y terciopelo, nos enseñó que un “yo soy aquel” podía sonar como bolero y como zarzuela.

Cuando yo era una niña con pretensiones de gente grande (ya no soy niña y sigo sin ser grande) Fórmula V —con su pop alegre y contagioso— nos hacía bailar como si estuviéramos en una fiesta de pueblo, con papelillos y cotillón. Cuando sonaba “Eva María se fue buscando el sol en la playa” o “Cuéntame”, más de uno se enamoraba sin saberlo.

Las canciones de Fórmula V se volvieron parte del paisaje sonoro de nuestras vacaciones, nuestras fiestas con picó, nuestras tardes de radio AM. Y aunque eran de España, se volvieron nuestros. Donde suena Fórmula V, hay memoria, hay alegría y hay corazón.

Rocío Dúrcal, que ya nos había enamorado con su “Amor en el aire”, nos cantó rancheras con acento madrileño y nos hizo llorar con “Amor eterno”. Julio Iglesias vino con su sonrisa de galán y nos dejó tarareando “Me olvidé de vivir” mientras hacíamos cola en el abasto. Nino Bravo, con su “Libre como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar”, con esa voz de viento y montaña, nos enseñó que la libertad no se explica: se canta. Su música cruzó el Atlántico y se quedó en nuestras radios, en nuestros corazones.

“¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti?” Con esa sola línea, inolvidable, Perales convirtió el desamor en una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez. Su música se siente como carta escrita a mano, como suspiro en la ventana. Es la España que nos canta desde el alma y se nos metió en el cuerpo.

Tenemos la mente y el corazón inundados de canciones que nos marcaron de por vida. Los Hombres G, con sus letras de rebeldes del destape, nos hicieron brincar en el CCCT como si estuviéramos en Madrid. Melendi, con su acento asturiano y sus “Likes y cicatrices”, llenó el Poliedro y nos recordó que la melancolía también se canta con ritmo. Mocedades volvió después de 36 años y nos regaló “Eres tú” como si el tiempo no hubiera pasado.

Serrat, con su voz de mar y sus versos de calle, nos cantó “Mediterráneo” y nosotros lo hicimos nuestro, aunque el mar que nos baña sea el Caribe. Serrat y Sabina nos enseñaron que la nostalgia puede tener ritmo, que la memoria se canta, y que un español puede sonar como si hubiese nacido en El Hatillo.

Ah, Alejandro Sanz, con sus letras que duelen bonito. “Corazón partío” se volvió himno de despecho, y “Amiga mía” sonó en radios, taxis y serenatas improvisadas. Porque cuando Sanz canta “Y si fuera ella”, todos tenemos una historia que nos aprieta el pecho. Y cuando dice “No es lo mismo”, entendemos que “lo mismo “ es  una enfermedad del lomo y que hay canciones que no se oyen: se sienten.

Cuando Plácido Domingo cantó “Caballo Viejo” junto a Simón Díaz, la ópera se vistió con liqui liqui y el joropo se volvió sinfónico. Fue en el Teresa Carreño, con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela, donde el tenor español se dejó llevar por el alma llanera y convirtió ese clásico en un puente entre dos mundos. Un momento en que la música venezolana se sintió universal, y la voz de Domingo galopó con elegancia por los versos de Tío Simón.

En Venezuela, la afición taurina ha sido más que espectáculo: ha sido rito, herencia y tertulia.  Desde las ferias de San Cristóbal y Mérida hasta la Maestranza de Maracay, la Fiesta Brava ha reunido generaciones enteras que celebran el arte del toreo como quien honra una tradición que cruzó el Atlántico con acento español y se sembró en tierra andina y maracayera. Las plazas se llenaban de emoción, de pañuelos blancos, de olés que retumbaban como ecos de siglos.

Y junto a esa pasión por el toro, late también el corazón flamenco. Porque aquí, cuando suena una guitarra rasgueada y una voz se quiebra en quejío, no importa si estamos en Caracas o en Maracaibo: el alma se nos va detrás del zapateo.

El flamenco, con su duende y su drama, encontró en Venezuela tierra fértil para el aplauso. Desde tablaos improvisados en El Hatillo hasta noches de cante jondo en Margarita, el arte flamenco se volvió nuestro, como si el taconeo también llevara arepa en el alma. Porque aquí, el toro embiste con dignidad, y el flamenco se canta con ron y sentimiento.

Lo más hermoso que trajeron fue la costumbre de reunirse. De hacer de la comida un acto sagrado. La paella llegó como ritual dominical: arroz, reunión, cuentos y ese tío que siempre dice “Esto no es paella, pero está bueno”. Porque lo importante no es la receta, sino el acto de compartir.

Los inmigrantes españoles nos enseñaron que la nostalgia se cura con trabajo, que el humor es medicina, y que el hogar se construye con refranes, recetas, canciones y rituales compartidos.

Nos enseñaron a hablar con carácter, a discutir con pasión, a celebrar con comida y a llorar con dignidad. Y nosotros agarramos todo eso, lo mezclamos con tambor, con ron, con hallaca y con chisme, y lo convertimos en identidad.

Así que cuando alguien diga “los españoles nos trajeron muchas cosas”, tú responde: “¡Claro que sí! Nos trajeron sabores que se volvieron nuestros, como si el aceite de oliva aprendiera a bailar joropo y el ajo se mezclara con papelón sin perder su acento.

Llegaron con sus churros, sus pucheros, sus empanadas gallegas, sus paellas con aroma a mar y memoria. En sus maletas venían recetas que se transformaron al calor del fogón criollo: el arroz con mariscos se volvió más picante, el gazpacho se tropicalizó, y hasta el turrón encontró rival en el dulce de lechosa.

En cada mesa venezolana hay un eco de esa herencia: un sofrito que recuerda a la abuela española, un jamón serrano que se come con arepa, un vino de Rioja que se besuquea con las  hallacas en diciembre. La comida española no se quedó en nostalgia: se volvió mezcla y sabor con pasaporte venezolano.

Nos trajeron cultura, las tabernas de La Candelaria que se replicaron en todo el país, refranes con garbo, canciones inolvidables y una manera de vivir que se nos metió en la piel.

Y nosotros, como buenos venezolanos, lo mezclamos todo y lo convertimos en fiesta. Porque al final, donde canta un asturiano, baila un margariteño. Donde cocina un catalán, come un caraqueño. Donde cuenta un gallego, se ríe un guayanés. Y cuando canta Alejandro Sanz corea toda la familia. Porque en Venezuela, la historia no se escribe: se canta, se cocina, se celebra.

Adrede, he dejado por fuera a los canarios y a los vascos, porque merecen capítulos especiales.