[Otros}– El enemigo del matrimonio / Antonio Pino Pérez

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba, el 8 de abril de 1930)

Me consta que huyó de la realización de unos amores honrados, aquel solterón empedernido que sufrió la desventura de no poder casarse y el desconsuelo infinito de no tener hijos. Si transcribo aquí sus dolorosas reflexiones es porque encierran una enseñanza y describen con rasgos vigorosos su tragedia íntima y silenciosa que, por verdadera y honrada, acabó por convertirlo en misántropo y melancólico.

«Jamás he pensado seriamente en casarme, y es muy posible que en lo venidero siga pensando igual. Antes, se explicaba que no tuviese tales ideas, pues era demasiado joven, bastante banal y divertido, y optimista hasta la exageración de este vocablo. Ahora, que ya me voy sintiendo viejo, y en mis insomnios he meditado largamente sobre las tristezas de mi soledad y abandono; ahora, que me voy haciendo pesimista frente al espectáculo desconsolador de la vida; ahora, que no tengo una voz familiar que me consuele con dulzura y sepa engañarme con amor, sigo a pesar de todo rebelándome ante el matrimonio. Y no es porque me desagrade el matrimonio en sí, es por las consecuencias fatales del mismo. No es porque tema no hacer feliz a una mujer determinada que me fascina, ni porque me asusten los celos propios y los ajenos, ni porque sea exigente en el momento de elegir compañera: es sencillamente por los hijos. Esos hijos tan queridos y tan idolatrados por mí, qué aún sin haberme nacido ya me prohíben que los traiga a la vida, ya que me vedan que busque la compañera que necesito para descansar en ella mis dolores, para consolarme de mis tristezas y desventuras, para que comparta con dulzura mis alegrías, y qué sé yo para cuantas cosas más.

Los que tenemos la certeza de ser buenos padres, los que examinados serenamente, fríamente, no tenemos la certidumbre de poder dar a nuestros hijos, no tan sólo aquello que se merecen sino aquello que les es necesario y, bajo todos los aspectos, imprescindible, no podemos ni debemos casarnos; pecaríamos al traer hijos al mundo, y nos envileceríamos y nos depreciaríamos ante nosotros mismos al contemplar los pedazos palpitantes y puros de nuestras entrañas, consumiéndose lentamente por el hambre y tiritando inconsolables por el fío.

El matrimonio es santo; lo sé. La paternidad es sublime; no lo dudo. Pero yo no quiero ni ser santo ni ser sublime. No quiero que mis hijos me puedan decir algún día, sin palabras o con odio y desesperación reconcentrada: “Te casaste por egoísmo, me trajiste al mundo por placer, y luego, como consecuencia de tus pasiones, me condenaste a la miseria que me devora y a un dolor incurable que me mata”.

El matrimonio dicen que padece una crisis terrible en todas partes. Esto nos dice que los hombres se han vuelto más juiciosos, tal vez las mujeres, o ellos y ellas a la vez. Casarnos ¿para qué? Como no sea para tener hijos desgraciados y ser infelices contemplando impotentes y descorazonados su desgracia. Que se casen los ricos y los poderosos y los vencedores, aunque no tengan la preparación bastante para ser padres y la personalidad debida para tener hijos; ellos, por lo menos, podrán darles con qué cubrir sus necesidades materiales, y dinero con que se perviertan. Los desheredados, los vencidos, los parias, los que ganamos fortuitamente el pan que nos alimente y desconocemos el techo que nos cubrirá mañana, ésos no debemos casarnos, aunque podamos darle a nuestros hijos todo lo que espiritualmente necesiten. La sociedad que condena a centenares de hombres honrados a vivir de un salario miserable, o los castiga indiferente con el paro forzoso, no puede exigirnos que le demos hijos, ni puede pedirnos que dignifiquemos debidamente a nuestras mujeres.

Que se queden ellas solteronas, trabajando en las oficinas y en los talleres, y nosotros adustos y esquivos, apartados de ellas aunque piensen y digan que las odiamos o tememos que disminuya la población y que se desmorone el poderío de la Patria; a los ciudadanos conscientes, ¿qué nos importa todo esto? Tenemos hamb, y los gobiernos no escuchan nuestros ayes; buscamos trabajo. y no existe en ninguna parte. Con las privaciones a que se nos condena, se fabrican tuberculosos y se crean enfermedades. ¡Menos mal que por caridad vienen luego a consolarnos y a enseñarnos a morir con resignación!

Nosotros preferimos que aumenten los conventos y las congregaciones religiosas, a que lloren las madres inconsolables. Ya es hora de que de una vez se cierren los hospicios, y de que se acaben por siempre los cuadros desconsoladores que forman por esas calles los niños hambrientos. ¡Antes que vivir muriendo, es preferible no haber nacido!

Desgraciadamente, no piensan así todos los hombres. Sé que una inmensa mayoría sigue aventurándose al matrimonio, fascinados por una ilusión placentera o impelidos por sus pasiones, para más tarde llorar impotentes en medio del frío de una sociedad inmoral. De mí puedo afirmar honradamente que antes de aventurarme a tener unos hijos desgraciados —que me exigirían robar y quién sabe si cometer algún crimen ignominioso, juzgado por mis semejantes— preferiré convertirme voluntariamente en eunuco o hacer voto perpetuo de castidad.

Si la sociedad está desorganizada y los gobiernos no aciertan desconcertados a gobernar con justicia, y los pensadores no han sabido sino dar fórmulas estériles para cambiar el ritmo triste de la sociedad, y cada vez la lucha por la vida va siendo más cruel, y haciendo depender más del azar nuestro posible bienestar, eso no justifica que los hombres conscientes nos abalancemos al matrimonio para correr el riesgo de ser malos padres, esposos injustos, malos hombres condenados por la humanidad, fieras enjauladas, e inútiles para satisfacer el hambre de unas bocas inocentes que piden siempre con llanto.

Los hombres que piensan no se casan en este siglo inquietante; ya sabéis por qué. Las mujeres que les correspondan por esposas, que se hagan Hermanitas de la Caridad o de los Pobres, para que cuando sean viejos, vengan a celebrar sus bodas consolándolos. De seguro tendrán entonces mucho de que ser consolados. Antes que deshojar flores y pisotear alegrías y desvanecer ilusiones, es preferible verlas marchitarse; y antes que lamentar las desventuras de aquéllas que podríamos encadenar a nuestra suerte por amor, preferimos llorar inconsolables en la tragedia increíble de nuestras soledades, el abandono por sacrificio de los más caros ideales y la pesadumbre adusta de nuestras almas por haber huido de lo que buscábamos febriscentes, impelidos por nuestra naturaleza viril y paternal. Así, por lo menos tendremos algo de que vanagloriarnos en las postrimerías de nuestras existencia, y así mis hijos, incorpóreos e informes, me bendecirán desde lo incierto del caos donde moran».

Así me habló un día aquel amigo triste que murió solo, mientras brillaba en sus ojos una chispa de luz, y vigorizaba con sus palabras un fervor creciente.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Gaspar Mateo de Acosta (2/4)

David W. Fernández

Gaspar Mateo de Acosta
(1645-1706)

No sabemos cuál fue su ocupación en la «Perla de las Antillas» en sus primeros años. Después de corta temporada en La Habana, y aconsejado por su paisano el referido Fernández de Lima, abrazó la honrosa carrera de las armas y, siendo ya oficial, fue destinado a la isla de Santo Domingo, donde en lucha con los piratas y filibusteros franceses, que ya empezaban a apoderarse de la parte oeste de aquella isla, pasó por todos los grados y jerarquías de la milicia.

Pero no creamos que su carrera fue rápida, o que el favor le auxilió en sus primeros pasos, sino que, por el contrario, con exposición de su vida y demostrando repetidas veces un valor y arrojo poco comunes, sus ascensos ie fueron dados en recompensa de heroicos servicios, o por rigurosa antigüedad.

Ya maestre de campo, se casó en el Sagrario de la Catedral de Santo Domingo —Primada de las Américas, en la ciudad de Santo Domingo, en la hoy República Dominicana— el 18 de mayo de 1669, con doña Catalina Martínez de Lerma, natural de Olmosalbos, ayuntamiento de la provincia de Burgos (Castilla la Vieja), e hija del Capitán don Manuel Martínez de Lerma y de doña María de la Cruz Perez.

Según se desprende del testamento de la madre de nuestro biografiado, otorgado ante Pedro de Escobar el 5 de julio de 1675, antes de esta fecha Acosta había vuelto a visitar su isla natal. En 1680 tenía el grado de capitán y era dueño del navío «Jesús Nazareno, Nuestra Señora del Carmen y el Rey San Femando», y, al parecer, de otras embarcaciones que se dedicaban al comercio entre La Guaira, San Juan de Ulúa y otros puertos.

En 1683 lo hallamos con el grado de Capitán de Infantería ejerciendo el cargo de Alcaide de la Fortaieza de San Salvador de la Punta, en La Habana (Cuba), de donde, con el grado de Maestre de Campo y General del Ejército de las Antillas, pasó a Gobernador y Capitán General de Cumaná y Costas de Tierra Firme, en una época en que la Corona necesitaba nombrar para los puestos de confianza a los jefes de notoria fidelidad. Y como hasta las gradas del trono había llegado el alto concepto de valiente y pundonoroso soldado que habia alcanzado en la guerra, y la fama de hombre instruido y de talento que adquiriera luego en la paz, viose nombrado con el dicho empleo.

Se le expidió el título de “Gobernador y Capitán General de Cumaná y Costas de Tierra Firme” el 6 de septiembre de 1683, y pasó a tomar posesión de dicho gobiemo el 15 de agosto de 1686, como él mismo lo manifiesta en carta del 5 de febrero de 1687. Y a su arribo halló implicada aquella provincia con los pleitos y disensiones que habían ocasionado sus antecesores. Fue su antecesor don Juan de Padilla y Guardiola Guzmán que había sucedido interinamente a don Francisco Rivero y Galindo. Estaban las voluntades de los españoles muy discordes, los castillos desprovistos de víveres y los soldados desnudos y hambrientos.

Proveyó de bastimentos al Castillo de Santiago de Arroyo de la Real Fuerza de Araya (1), y dio algunos socorros a los soldados. Puso la artilleria en el Castillo de San Antonio de la Eminencia (2) y le hizo en circunferencia una estacada muy fuerte para su mayor estabilidad y defensa, de cuyos trabajos informó al Rey por carta del 6 de abril de 1687. En el Castillo de Santa María de la Cabeza (3) hizo una aijibe, almacén con cuarteles para los soldados y algunas cureñas que ie hacían notable falta.

For real cédula, dada en el Buen Retiro el 11 de noviembre de 1687, se le mandaba que, sin dilación, procediese a establecer el Fuerte de Clarines, puesto defensivo que se hallaba abandonado, a orillas del río Unare (Anzoátegui), y luego se le ordenó, desde Panamá, aumentar su dotacion para elevar de siete a veintitrés el número de hombres de armas del mismo, a lo que, en 1692, Acosta respondió que el fuerte había sido demolido por su inutilidad. Concluyó unos autos creados por su antecesor Padilla, informado de los cuales Carlos II despachó su Real Cédula refrendada por don Antonio Ortiz de Otalora, ordenando se fundase un pueblo en el valle de Bordones, distante unos dieciséis kilómetros, aproximadamente, al este de Cumaná.

A la llegada de esta Real Cédula, dio las providencias para la dirección de dicho pueblo, y estando ya el Padre Ruiz Blanco electo Comisario Provincial de las Misiones de Píritu, tomó éste a su cargo la fundacion del mismo, lo cual comenzó a fines de 1687 dándole el nombre de San Buenaventura del Roldanillo (4), de cuya fundacion mandó testimonio al Rey el 19 de noviembre de 1687, y el Rey lo aprobó por real cédula dada en Madrid a 9 de septiembre de 1688.

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NOTAS

(1) El Castillo de Santiago de Arroyo de la Real Fuerza de Araya fue una de la meJores fortaiezas de la América española. Los holandeses ocuparon en forma más o menos continuada, a partir do 1540, durante cincuenta anos, las salinas de Araya, y no fueron sacados del lugar, sino después de un ataque llevado a cabo por una flota de guerra venida expresamente de España. Para evitar nuevas incursiones, se procedió a la construcción de este castillo. Para tener idea de lo costoso de su inantenimiento, baste decir que para mantener la guamición se recibían anualmente de Méjico cuarenta mil pesos. Las obras de la fortaleza se iniciaron, cumpliendo orden dada en 1622, bajo la dirección del ingeniero don Cristóbal de Roda y del Gobemador don Diego de Arroyo Daza, y tres años después se montaba en ella la artillería, quedando en condiciones de prestar servicio. El castillo fue destruido en 1762 por orden de la metrópoli, por considerarse que ya no era de ulilidad, y, seguramente, para evitar el mantener a gran costo su guarnición.

(2) El Castillo de San Antonio de la Eminencia, levantado entre 1659 y 1669, fue destruido en 1684 por un terremoto y reconstruido entre 1684 y 1686. En él establecio Humboldt su observatorio. Hospedó a Páez como prisionero desde el 1 de noviembre de I849 hasta el 23 de mayo de 1850. En parte fue reducido a escombros por la catástrofe del 15 de julio de 1853, cuando la Revolución de los Azules estuvo al mando del General Olivo. Castro lo visitó en 1905 y lo mandó a reconsiruir. Dicha reconstrucción, dirigida por el doctor Bartolomé Milá de la Roca Himiob, fue inaugurada el 23 de mayo de 1906. Fue destruido nuevamente por el lerremoto del 17 de enero de 1929. En 1957, siendo gobemador del estado Sucre el Dr. José Salazar Domínguez (1902-1966), y por disposición del Consejo Municipal presidido por el Sr. Norberto Sanabria Tucker, se ie iniciaron trabajos de reconstrucción a este castillo para que sirviera de asiento a un Museo de Historia.

(3) El Castillo de Santa María de la Cabeza fue la segunda fortaleza de Cumaná y su ciudadela, situada en el cerro de Quetepe, cerca del río Manzanares. Lo construyó el Ciobemador Angulo y Sandoval en el periodo de 1669 a 1673. En 1681 el Gobemador Padilla ie hizo importantes restauraciones. En 1720 era residencia de los gobernadores de la provincia. En el recinto que ocupaba la Plaza de Armas de este castillo se construyó, a fines del sigio XVIII, una ermita de tres naves bajo la advocacion de N. S. del Carmen, ermita que fue destruida por el terremoto del 15 de julio de 1853. En este mismo sitio se cunstruyó el Templo de Santa lnés, cuyas obras comenzaron en noviembre de 1862, y concluyeron el 6 de octubre de 1866. Muchas e importantes reformas le han sido hechas posteriormente. Al costado sur del templo de Santa Inés, y reclinada en los vetustos muros del viejo castillo, se construyó la gruta de N. S. de Lourdes, cuyas obras comenzaron el 15 de julio de 1908 y concluyeron el 15 de julio de 1910. En la cima de dicho castillo se levantó la capilla de N. S. del Carmen, construida entre 1912 y 1913, fecha en que fueron restaurados también los muros del castillo, embelleciéndolos con hermosas balaustradas de cemento para la cómoda ascensión a él. Tanto esta capilla como la dicha gruta son dependencias de la iglesia de Santa Inés. La catástrofe del 17 de nero de 1929 destruyó la capilla y causó serios desperfectos en las paredes del castillo.

(4) Bordones o Roldanillo estaba situado a unos dieciséis kilómetros del mar, en las márgenes de la quebrada de Roldanillo, que corre entre las pequeñas sierras que forman el valle de Bordones. El 9 de marzo de 1688 se realizó el primer bautizo en este pueblo, y en ese mismo año, con la ayuda del friale lego Juan Solano, fueron dados los materiales para una hermosa iglesia que fue la primera de teja que hubo en las Misiones de Píritu. Teniendo ya seicientos habitantes, atacó el pueblo una epidemia de viruela que diezmó en pocos días a la mayor parte de sus habitantes por lo que fue decayendo hasta que fue agregado al de Nuestra Señora del Amparo de Pozuelos, por ser el más próximo. Hoy Pozuelos es un municipio del distrito Sotillo (Anzoátegui) con cerca de cincuenta mil habitantes.

[Otros}– Las dos emigraciones / Antonio Pino Pérez

Cabaiguán (Cuba), Abril de 1930

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba).

Todos salen de la tierra por la puerta anchurosa de los puertos; todos se van. He asistido a la gran partida de los canarios, con el alma expectante y el corazón dolido, y sentí la tristeza esperanzada de las despedidas y el fervor confiado de los que se iban y la tortura angustiosa de los que se quedaban.

Estuve paseándome por los muelles abarrotados de mercancías que se iban también, y me atormentaban los lamentos de las sirenas, la gritería de los pitos, el ronco fragor de los mares y las estridencias de las grúas. Estuve paseándome por los muelles y los he visto marchar incesantemente. Aquel barco gigantesco, de estupendo avanzar, que hace viajes trasatlánticos, es el que servirá de casa ambulante a nuestros campesinos. Hacinados, maltrechos, mal vestidos y pobres, en la última clase de ese barco van a buscarse “el pan nuestro de cada día” hasta lejanas tierras.

En aquel otro barco que sirve de correo entre Canarias y España, se alejan temporalmente nuestras juventudes sedientas de saber. Los primeros van a metalizar sus esfuerzos, van a cambiar en billetes de barco lo mejor de sus vidas. Los segundos van a pagar su dinero —el dinero de sus padres que, de seguro, fueron o son emigrantes— por el lastre cerebral de una proporción de conocimientos científicos acreditados por un título universitario. Los unos se van campesinos, viven lejos como campesinos, y cuando regresan —¡si regresan!— siguen siendo campesinos, ¡campesinos siempre! Los otros se van optimistas y seguros, y retornan médicos, abogados, ingenieros, etc.

Cualquiera que haya estado en las Islas ha contemplado desde siempre esta doble partida, y ha podido distinguirlos cuando se van y reconocerlos aún cuando retornan. ¡Que no se confunden fácilmente los unos con los otros!

Se podría hablar mucho,… mucho acerca de los unos y, sobre todo, de los otros, pero aquí sólo habremos de referirnos a los sentimientos patrióticos de todos.

Los intelectuales canarios educados en la Península, queridos y respetados en España, aman a la Patria grande; se interesan por la política española, reciben sus grandes diarios, están al corriente de todos sus progresos,… Son españoles. Allí donde robustecieron sus ideales y aprendieron a pensar más hondo, donde hicieron sus carreras y vivieron los años más risueños de sus existencias, allí donde quedó sepultada su ignorancia y de donde guardan el recuerdo agradecido de lo que aprendieron, allí está su verdadera Patria. Ellos sienten así. Nosotros no podemos menos de reconocer estos hechos, que se nos antojan tristes. Y, a pesar de todo, nos llena de orgullo que haya en España un canario ministro, otro canario catedrático, o juez, alguno militar o maestro, etc. Esto demuestra que Canarias tiene intelectuales bastantes para competir en proporción con España; esto dice que ya España no invade intelectualmente a Canarias. Las Canarias son dos provincias españolas, y los canarios no sólo son queridos en España sino que también se les admira. De ello podemos estar seguros. Ésta es la primera de nuestras dos grandes emigraciones: emigración triunfal y promesa esplendorosa de la patria chica.

La otra emigración es la de los hombres oscuros y desconocidos. Es la emigración viril de nuestros honrados y sufridos campesinos que, arrostrando las dificultades crueles del anónimo, se han paseado riendo por el mundo. Sin dinero para gozar el privilegio de los turistas, y sin cultura para defenderse, se marchan con valor decidido hacia lo ignorado, y de esta turba desamparada que para vencer sólo ha contado con la confianza que tuvo en sus propias fuerzas, han salido no pocos intelectuales, y bastantes investigadores científicos, que se igualan a los que partieron hacia España, impelidos y dignificados por el dinero de sus progenitores.

Los pobres campesinos de Canarias no tuvieron dinero bastante para mandar a sus hijos a la Península, y cuando éstos se sintieron hombres y comprendieron que no tenían ni tierra en qué rendir su tributo al trabajo, avizoraron un más allá que el horizonte les cerraba, y se abalanzaron a él, contribuyendo con eficacia a terminar la obra de Colón, conquistando los campos vírgenes y bravíos del Nuevo Mundo, para su redención profunda por el trabajo.

La patria grande de estos hombres no puede ser España. Ellos no han asimilado la grandeza ideal de Don Quijote, ni se han identificado con Sancho Panza. Que no les hablen de caballeros andantes, ni de hidalguías, ni noblezas hereditarias, ni tradiciones. Habladles de la tierra enjuta y seria que fecundan con sus esfuerzos. Cantadles el poema rudo de sus sementeras, y enseñadles que, más allá de los surcos que ellos escriben con el arado sobre la faz inmutable de los campos, otros labradores más terribles abrirán surcos más profundos y más tristes todavía, para enterrarlos a ellos mismos como simiente.

Alentadlos para que persistan en la redención paciente de sus labores, pero no les habléis de Numancia y San Martín, ni de sus majestades Atila, Don Rodrigo, Felipe II, Fernando VI, ni de toros y gitanos, ni de cristianos y moros, porque perderíais el tiempo. España, para ellos, es como una ilusión que se desvanece, o como un sueño más o menos bello, que vivieron o vivirán un día. En cambio, para no pocos de nuestros intelectuales, España es una realidad más querida que aún por los mismos españoles. ¡Esta amarga verdad la llevamos clavada en el alma desde hace tiempo!

Los intelectuales canarios españolizados y amantes entusiastas de la cultura española, nos orientan hacia adelante en la ruta preclara del saber, pero, si por ellos fuera, perderíamos las valiosas virtudes que recibimos como herencia de nuestros antepasados, convirtiendo nuestro pueblo a un semi-españolismo detestable. Vendríamos a ser, después de adulterados, mitad indígenas y mitad postizos. Meditad si debemos permitirlo los que soñamos con el porvenir del Archipiélago.

Por el contrario, nuestros campesinos agrandan y abrillantan todo lo que típicamente es nuestro, y gracias a ellos seguimos siendo canarios. Se nos reconocerá en todas partes como tales, porque a ellos les debemos ser inconfundibles. Que los intelectuales canarios hayan olvidado el terruño, bien limitado por el mar, ¡es triste!. Que lo sigan olvidando, ¡es doloroso! Pero no perdamos las esperanzas. Estos hombre que se curvan, como interrogaciones mudas sobre la tierra, abrigan en lo más profundo de sus almas los designios secretos de nuestro pueblo. Es preciso conservar las características diferenciales de las Islas, y es necesario avanzar al Progreso por una senda nuestra, genuinamente nuestra, que ningún compatriota nos ha bosquejado. Nos hace falta quien nos oriente hacia el futuro, y existe un número de intelectuales y pseudointelectuales que actúan como detractores de esta obra nuestra, que debiera ser la suya. Nos quieren someter a una hegemonía cerebral que no podremos reconocer nunca, y someternos a una dependencia cultural que no queremos permitir.

Queremos, sobre todo, y ante todo, lo nuestro, y levantaremos, sobre los potentes sillares de lo propio, la individualidad exótica de nuestras actividades.

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NotaCMP.- Los resaltes en negrilla los puse yo como una forma de de expresar mi acuerdo con lo que dicen las frases así destacadas. Un acuerdo que, hasa donde sé, comparten todas las generaciones de canarios «de la otra emigración» desde 1492 hasta al menos la mía.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Gaspar Mateo de Acosta (1/4)

David W. Fernández

Gaspar Mateo de Acosta
(1645-1706)

Allá, al otro lado del Atlántico, en África, geográficamente hablando, está situado el archipiélago canario.

De las islas que lo conforman, la que está más al noroeste, con forma de corazón —como dicen los poetas, que casi nunca han visto un corazón humano—, o con forma de inmensa lengua —como alguien más bien pueda pensar— es la llamada La Palma. Esta isla lingüiforme tiene algunas singularidades: es la ínsula «afortunada» con menor porcentaje de analfabetos; y en ella está el cráter más grande y más hermoso del mundo, llamado Caldera de Taburiente.

La capital de la isla es Santa Cruz de La Palma, y en ella nació don Gaspar Mateo de Acosta el 22 de septiembre de 1645. Es el mismo año en que nació La Bruyere y murió Quevedo. En aquella época, la pequeña urbe palmense tenía ciento cincuenta y dos años de haber sido fundada, y noventa y seis de ostentar el titulo de Muy Noble y Leal Ciudad. Ya su riqueza había tentado la voracidad de los piratas y corsarios que infectaban sus aguas, y en sus costas habían sido derrotados Jambe de Bois, Drake y Van-der-Doez. También se había establecido ya en ella —hacía ochenta y siete años, y por ser la más comercial del archipiélago— el primer Juzgado de Indias que hubo en Canarias, para despachar el registro de los buques que de su puerto salían para las Indias, y yendo a despacharse a él los que de las demás islas salían. Pero todavía le faltaban ciento veintiséis años para que, derrocando el carcomido gobierno de los regidores perpetuos, fuera el primer municipio del Imperio Español que tuvo Ayuntamiento, o Cabildo, por elección popular.

Acosta nació en una casa de la calle principal de la Ciudad, la hoy número 26 de la calle Real. Es hijo de los artesanos de aquella localidad, Francisco de Acosta, y de su legítima esposa Melchora Van de Walle, la cual tampoco desdeña apellidarse de los Reyes, ya que es hija de padres ignotos.

Nuestro biografiado fue bautizado, a los ocho días de nacido, en la parroquia matriz de El Salvador por el licenciado don Gabriel de Palacios, Beneficiado de dicha Parroquia, y siendo su padrino el Capitán Monteverde, Regidor de la isla. El joven Gaspar Mateo tenía nueve años de edad cuando el Capitán General de Canarias, don Alonso Dávila y Guzmán, y el Maestre de Campo don Francisco de Castejón realizan con gran crueldad una leva forzosa de gente para destinar al ejército de Flandes, y en ella fue comprendido el padre de nuestro biografiado, pero no como soldado disponible u obligado al servicio militar, sino por sorpresa y a viva fuerza, porque el derecho de tropelía y arbitrariedad se había sobrepuesto a la Ley, a la razón y a la justicia.

Regresó a La Palma después de largos años de ausencia, pero mientras tanto tuvo el niño Gaspar Mateo la suerte de que, al serle arrebatado el cariño paterno, le quedara una madre que supo cuidar solícita de su educación e instrucción.

En estos años correteaba por las pintorescas calles de la quebrada y pequeña ciudad, y por los patios, empedrados con guijarros basálticos, de los conventos dominico y franciscano en cuyas aulas cursó sus primeros aprendizajes, y en las cuales, el poco tiempo que durara su paso por ellas, le bastó para dejar sentada fama de ser el amparo del débil, a quien tomaba bajo su protección, y de lograr inspirar respeto y consideración al fuerte, dando así desde niño grandes y repetidas pruebas de la nobleza y bondad que le distinguían,
y que tuvo ocasión de demostrar también en sus años de hombre.

Joven aún, Acosta, ambicionando procurarse un futuro que su país le negaba, o acaso pensando aquello de que nadie es profeta en su tierra, concibe la idea de emigrar a las Indias, idea, por otra parte, muy común en aquella epoca. Y la Historia se repite. América ha sido siempre el pañuelo en que las Canarias han enjugado sus penurias económicas. Y venciendo la natural oposición materna, que trataba de retenerlo a su lado, parte de la rada y puerto de Santa Cruz de La Palma, rumbo a Cuba, en calidad de pasajero a bordo del bergantín «Ratonero», de la propiedad y mando de don Manuel Fernández de Lima.

[*Otros}– Canarias, un caso de debilidad estratégica estructural / Julio Trujillo

01 de Junio de 2007

Cataluña y el País Vasco aparecen como los principales riesgos “territoriales” en España-

Y ciertamente lo son desde el punto de vista político, sociológico y de la estrategia de grupos secesionistas de larga historia, determinación clara y violencia terrorista sostenida, pero Canarias presenta un flanco débil desde el punto de vista estratégico sobre el que no se suele reflexionar abiertamente ni en las islas ni en el resto de España, donde, además, el desconocimiento de aquella realidad insular, adornado de tópicos y lugares comunes, funciona como un eficaz mecanismo de adormecimiento de la atención, y tal vez de la alarma, a que nos deberían llevar algunos datos o hechos que a veces pasan de puntillas.

El caso de Canarias no tiene nada que ver con los citados anteriormente, ni siquiera en algunos momentos en que algunos de los elementos de aquellas regiones parecen asomarse al escenario político insular.

Los elementos clave de la debilidad de Canarias han sido siempre exteriores. Aunque más o menos agravados por factores internos en cada momento de la historia.

El alejamiento de territorio geográficamente europeo, su situación en las rutas hacia América y hacia Asia, su mayor importancia estratégica en ausencia o bloqueo del Canal de Suez, su cercanía a la costa africana, su clima, sus bahías y su orografía hicieron siempre del archipiélago una plaza codiciada por quienes aspiraban a controlar esas rutas y comunicaciones marítimas así a como sostener una plataforma de retaguardia frente a los continentes africano y europeo.

Las islas sufrieron ataques constantes, desde el descubrimiento de América hasta el siglo XVIII, por parte de británicos, holandeses y franceses, además de otras expediciones piratas por encargo de unos o de otros; sintieron débiles estímulos independentistas desde el exterior tras el desastre de 1898 en que España perdió sus últimos territorios extra europeos; fueron miradas con lupa por las potencias combatientes en la I Guerra Mundial; utilizadas por los alemanes, y estudiada su ocupación por los británicos, durante la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial y, mas tarde, el escasamente renacido nacionalismo radical canario ha sido estimulado desde los años setenta por países del Magreb. Esta dependencia canaria de los factores exteriores es el principal elemento de su realidad existencial.

Pero en toda situación confluyen factores externos e internos, objetivos y subjetivos, y éstos se entrelazan para formar un escenario que, en el caso canario, no deja de ser preocupante en la escena internacional y nacional actual.

Lejanía geográfica, debilidad política

Entre los factores objetivos ya hemos señalado la lejanía del territorio peninsular como un factor de debilidad y preocupación. Este hecho exige, y ha exigido siempre, capacidad del Estado para vigilar y defender las rutas; una estrategia de alerta, disponibilidad y despliegue militar suficiente; una actividad exterior, diplomática y de inteligencia, para alertar de riesgos y prevenir agresiones, y una política socioeconómica que tenga en cuenta la dependencia de las islas respecto a los mercados exteriores y su, también, delicada y debilitada estructura económica exactamente por las mismas razones que lo demás: la dependencia de factores externos a las islas.

No hay que olvidar que actualmente la economía de las islas pivota sobre el turismo en un contexto de limitación de suelo, débiles equilibrios ecológicos, escasez de agua e infraestructuras deficientes. El impacto sobre este tejido de la creciente presencia en las islas de mafias diversas, básicamente —aunque no exclusivamente— del Este de Europa, está en los medios de comunicación.

Pero esta actividad estatal imprescindible ha sido desigual a lo largo de los años y más tendente a reaccionar compulsiva y atolondradamente en momentos de crisis aguda que a poner en marcha mecanismos de prevención y actuación sostenidos en el tiempo. Aunque en los sucesivos planes estratégicos de España figura la consideración como vital del Eje Baleares-Estrecho-Canarias y su vigilancia y su defensa como pilar básico, los recursos puestos a disposición de este eje estratégico no han dejado de disminuir o perder importancia, y la errática política exterior hacia el norte de África y sus potenciales focos de agresión a intereses españoles ha debilitado aquella estrategia de defensa nacional.

Pero hay más. La dispersión del territorio en islas, agrupadas éstas en dos provincias que siempre se han mirado de reojo, con rivalidad y recelo, añade elementos de debilidad. En Canarias, el elemento emocional de apego al territorio es fundamentalmente la isla, y más desde el siglo XIX en que se creó esa instancia administrativa, gobierno real de la Isla, el Cabildo, que gestiona, recauda, distribuye, alienta, protege, subvenciona y genera poder, clientela y, por todo ello, votos.

Aunque esto merezca un estudio detallado, valga decir que las estructuras de poder, los métodos personalistas y los mecanismos clientelares han variado poco desde el franquismo, aunque ahora el sistema de acceso al gobierno insular sea democrático. Y esto no depende en absoluto de opciones políticas sino de quién ostenta el poder.

Hay poca diferencia de métodos entre las islas gobernadas por autoproclamados nacionalistas y las que lo son por socialistas o populares, aunque el nivel de arbitrariedad es mayor cuanto mas pequeña es la isla. Esto conforma un tejido de poder a la venezolana, preñado de favores y contraprestaciones, ayudas o ausencia de ellas, que vacían la legitimidad democrática y crean un caldo de cultivo propenso a la corrupción y, con ella, al ninguneo del Estado y de la legalidad y protección de los ciudadanos.

Un entorno inestable

Y, finalmente, un factor objetivo que es en estos momentos especialmente importante: la inestabilidad geopolítica del entorno africano que ha empezado a influir de manera directa en las islas con la llegada masiva de inmigrantes con sus secuelas de preocupaciones demográficas, laborales y sanitarias, sin que las fuerzas políticas ni las autoridades hayan logrado trasmitir las dosis de seguridad exigidas por la población. Las playas de Senegal y las costas mauritanas se han convertido en plataformas de partida de miles de desesperados hacia Europa. Llegan empujados por la miseria, la intolerancia y la venta de paraísos imaginados para mejor negocio de las mafias. Pero también por el discurso blando, que hace más insistencia en un supuesto humanitarismo que en la defensa de la legalidad, y por unas decisiones administrativas que miran más a la opinión pública a corto plazo que a los problemas que puedan presentarse en el horizonte.

Las recurrentes imágenes de llegada de cayucos y pateras, a veces a playas repletas de turistas europeos con su despliegue de bienestar y alegre relax, son un escarnio permanente para los que llegan, y una señal de alarma y vergüenza para los que viven en las islas. Esto está incubando una lenta, pero perfectamente perceptible desconfianza hacia el otro, hacia el extraño, que a medio plazo puede cristalizar en actitudes políticas muy preocupantes. De hecho, sectores del nacionalismo canario han ido avanzando propuestas, cada vez menos tímidas, de leyes de residencia restrictivas no sólo a la inmigración ilegal sino incluso hacia europeos de la UE y hasta a españoles procedentes de la península. Por increíble que parezca, en la próxima legislatura autonómica vamos a asistir al debate de alguna de estas iniciativas.

Pero la llegada masiva de inmigrantes no es más que una de las expresiones de esa inestabilidad africana. El hecho de que los inmigrantes que ahora llegan masivamente provengan de culturas radicalmente distintas a la de la población insular, con el correspondiente choque de valores, no deja de añadir sensación de inseguridad. Ya en la guerra del Golfo, en los años 90 hubo una situación de amenaza bélica real sobre las islas cuando saltó la sospecha de que el gobierno de Mauritania, entonces aliado de Sadam Hussein, tuviera misiles Scud susceptibles de alcanzar objetivos insulares. Pero ni siquiera ésa es la amenaza principal sino una de sus consecuencias. Es más importante, fundamental de hecho, la creciente influencia del islamismo radical en la zona, en un contexto de conflicto sostenido entre marroquíes, argelinos y saharauis.

Este fenómeno creciente del islamismo va a originar escenarios cada vez mas complicados en el África occidental, con actividad terrorista y acciones internacionales de respuesta de las que España, con Canarias en el centro estratégico en este caso, no va a poder evadirse.

El islamismo radical no hace más que crecer en el África occidental musulmana en una progresión constante que se desplaza en el continente africano desde el Este al oeste y desde el norte hacia el sur. No es casual lo que el profesor Carlos Echeverría llama la creciente visualización militar de Estados Unidos en el Cuerno de África y en el Sahel, a lo que hay que añadir la constitución de un mando militar unificado para África y la elaboración de planes para África noroccidental en concreto. Como tampoco lo es la cada vez mayor implicación militar y política francesa, ya importante de hecho, en sus ex colonias del África Occidental, con una política escasamente eficiente, por otra parte, en Costa de Marfil.

El recientemente elegido Nicolás Sarkozy, en el discurso eufórico de celebración en la misma noche de su victoria en la plaza de la Concorde, ya anunció una ofensiva de política exterior hacia el Mediterráneo. Francia, a pesar de su enorme influencia en el norte de África, ha conocido retrocesos de la misma en Argelia y necesita un espacio propio de protagonismo indubitado en una zona que supone un flanco débil de la seguridad europea.

España, por el contrario, vive en medio de sus contradicciones. Se ha producido un acercamiento a Marruecos a costa de los saharauis, se ha desandado parte del camino recorrido junto a los argelinos en la legislatura anterior, y se ha olvidado prematuramente la deslealtad francesa durante la crisis de Perejil y sus intentos de echarnos fuera del terreno o, al menos, mantenernos fuera del área. Ciertamente, no han faltado, por parte del actual gobierno, los intentos de redefinir las relaciones con Francia respeto al norte de África.

Pero, por parte española, esos intentos no han constituido hasta ahora más que una serie de iniciativas de buenas intenciones que Francia, cuyos intereses nacionales no son nunca perdidos de vista y constituyen la esencia de su acción exterior, ha manejado en su casi exclusivo beneficio. Estas iniciativas, defendidas pomposamente en nombre de la voluntad de “acabar con la tradicional confrontación que franceses y españoles han mantenido durante buena parte del siglo XX en el norte de África, desde los tiempos de sus respectivas experiencias coloniales”, no han puesto en marcha ni un solo instrumento, ni una sola idea, ni un solo proyecto.

Y éste, el norte y el occidente de África, donde crece a ojos vistas el islamismo radical y las actividades terroristas asociadas al mismo es, posiblemente, el temido escenario de inestabilidad y terrorismo de las próximas décadas.

Discurso oportunista frente a discurso nacional

Junto a todo esto hay una serie de factores que podríamos llamar subjetivos, internos, algunos de los cuales han sido señalados de pasada.

En primer lugar, y como producto del debate nacional y la errática política del gobierno socialista respecto s los nacionalismos identitarios y la estructura misma del Estado, en Canarias se ha agudizado la debilitación de la visualización del Estado en las islas, apenas sustituido por una administración autonómica con un discurso victimista, oportunista y siempre orientado a conseguir de la debilidad central ventajas políticas y presupuestarias.

Esto trae, como consecuencia directa, un elemento emocional contradictorio: la percepción de una mayor inseguridad combinada con la sensación, alimentada por las fuerzas políticas, de que “en el fondo, no pasa nada grave”.

En segundo lugar, unas fuerzas políticas que no alertan sobre esa debilidad de la presencia estatal sino que, por el contrario, hacen de ella su palanca de poder. Contrariamente a lo que pasa en otros lugares de España, y de lo que proclama con más intensidad que rigor la propaganda gubernamental y de la izquierda en general, en Canarias se da una curiosa paradoja histórico-sociológica: los herederos familiares, sociológicos y administrativos del franquismo son los ahora llamados nacionalistas que, desde la UCD y a través de las agrupaciones insulares, han confluido con ex comunistas y otras tribus políticas en Coalición Canaria.

Y esta formación, que de una u otra forma está en todos los poderes del archipiélago desde su fundación, es el principal ejemplo de relativismo ideológico y de debilidad de ideas frente a los grandes problemas, aunque ciertamente ha desplegado gestiones municipales brillantes que son bien apreciadas por la población y consolidan su base electoral. Aún está en la memoria visual de los canarios la ridícula figura de un diputado nacionalista, Luis Mardones Sevilla, ex gobernador civil en Tenerife, asistente habitual a reuniones de la OTAN, y supuesto experto en Defensa, celebrando el voto negativo a la integración de España en la Alianza Atlántica, mayoritario en las islas, en el referéndum auspiciado por la irresponsabilidad política de Felipe González cuando intentaba enmendar con apoyo popular su demagógica campaña electoral anti-OTAN que le llevó al poder en 1982.

El Sáhara, y los recursos energéticos, al fondo

Unas líneas, necesarias, sobre el conflicto marroquí-saharaui que tanta importancia ha tenido en las islas y puede tener más aún, y el cambio de algunas posturas políticas tradicionales que pueden añadir elementos de confusión y alarma a la sociedad canaria.

Tras la retirada, vergonzante, precipitada, poco meditada y acobardada de España del territorio del Sáhara Occidental, la izquierda en Canarias convirtió la bandera saharaui y del Frente Polisario en bandera propia, con bastante éxito en la población canaria, donde los reflejos históricos anti marroquíes son perfectamente perceptibles. Y eso ocurrió a pesar de que, en el conflicto entre saharauis y marroquíes, los ataques sufridos por pesqueros canarios en su caladero tradicional fueron mas frecuentemente protagonizados por los independentistas saharauis.

Sólo algunas voces aisladas entre los socialistas —Jerónimo Saavedra, por ejemplo— se atrevieron a señalar entonces que quizá era más conveniente a los intereses españoles un acercamiento a Marruecos que a la mano argelina de los saharauis. Pero entonces Argelia era del bloque “socialista” aliado de la URSS y esa postura tenía poco porvenir en la izquierda y en un exótico y mas publicitado que real independentismo canario que llegó a postular la extraordinaria idea de una futura confederación canario-saharaui.

En esa misma idea de estrechar lazos con los saharauis, pero desde posiciones no ideológicas sino estratégicas y pragmáticas, estaban algunos políticos y especialistas en asuntos militares que estimaban que ante la persistente reclamación marroquí de Ceuta y Melilla y sus viejos diferendos con España, tener relaciones con el levantisco flanco sur marroquí no era una idea despreciable.

Décadas después, muchas cosas han cambiado. El PSOE parece haber sacrificado al Polisario a su alianza con Marruecos, y la URSS no existe; Argelia, sometida al acoso del terrorismo islamista, es socio comercial de España; y las relaciones con Marruecos, ahora bajo peligro islamista, han variado algo pero poco. Dicho de paso, cierto independentismo canario, siempre virtual y exótico aunque potencialmente agresivo, ha variado curiosamente de posición, y ahora es promarroquí; un dato inquietante si eso responde a apoyos de algún tipo del sombrío entramado de poder del reino marroquí.

A la luz de estos datos tal vez sea oportuno reconsiderar un acercamiento al movimiento saharaui, igualmente agitado entre una tendencia al compromiso con Marruecos, una cierta influencia islamista y el padrinazgo de un gobierno argelino en situación de debilidad. Y a eso hay que añadir la existencia de posibles recursos petrolíferos en el mar de Canarias, en la línea de demarcación de la soberanía entre España y Marruecos. No se conoce la importancia real de los mismos pero hay que sumar ese dato al dossier donde ya están el gas argelino y los recursos por explorar en el Sahara y en la misma Mauritania.

Una de las claves de la importancia del Sahara Occidental para el gobierno del rey Mohamed VI radica precisamente en el control de tales recursos naturales. Esto se vuelve aún mas importante para una economía frágil e incontrolable debido a la intensa migración hacia España, causada por la pobreza y la falta de empleo en el país, y al crecimiento de los movimientos que tienen el islamismo político como bandera y que se aprovechan de la falta de estabilidad política y la permanente distribución desigual de la riqueza económica.

Y en eso estamos. En este complicado escenario, mientras las potencias occidentales reflexionan, elaboran planes y adelantan peones —no siempre coordinadamente, y a veces en competencia entre Francia y Estados Unidos, para un escenario africano occidental que se adivina especialmente complicado en los próximos años—, España parece estar ausente de esa reflexión en la que, de una manera u otra, Canarias va a estar en el centro de gravedad.

GEES

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Jerónimo de Guisla Boot

David W. Fernández

Jerónimo de Guisla Boot
(1639-1695)

El capitán don Jerónimo de Guisia Boot es un personaje palmero del sigio XVII que tuvo actuación militar en las entonces llamadas Indias.

Nació en Santa Cruz de La Palma el 13 de enero de 1639, y fue bautizado, el 25 del mismo mes y año, en la parroquia matriz de El Salvador, de su ciudad natal.

Era hijo de don Juan de Guisla Van de Walle —capitán de Infantería española, regidor perpetuo del cabildo de La Palma y alcaide del castillo principal de Santa Catalina y castellano de todas las fortalezas de dicha isla—, y de doña Jerónima de Boot y Monteverde, señora de los feudos y estados de Wesembec y Ophen, en Flandes.

Nieto por línea paterna de don Diego de Guisia Van de Walle Ruiz de Torres y Grimón —maestro de campo de la Infantería española y gobernador de las armas de La Palma, regidor perpetuo y depositario de su Cabildo, y familiar del Santo Tribunal de la Inquisición—, y de su tercera esposa y prima, doña María Van de Walle de Cervellón y Fernández de Aguiar.

Y nieto por línea materna de don Jerónimo de Boot —regidor de Bruselas (Bélgica), señor de Wesembec y Ophen, y maestre de campo de la Infantería española—, y de su segunda esposa, doña Jacoma de Monteverde Roberto de Monserrat Benavente Cabeza de Vaca, de la Casa de Groenenberg, de Flandes, señores de Benecis-Quatemart.

Fue don Jerónimo cuarto señor de los estados de Wesembec y Ophen, incorporados a la Casa de Guisla por el matrimonio de sus nombrados padres, de los cuales habían hecho Mayorazgo mediante escritura del 15 de abril de 1600, Jerónimo Boot, secretario del Consejo de Brabante (Bélgica), y su mujer Isabel Cochaerts Van Paris, abuelos de la ya mencionada doña Jerónima de Boot y Monteverde.

Don Jerónimo fue, además, regidor perpetuo y hereditario del Cabildo de La Palma, capitán de Infantería española, alcaide del castillo principal de Santa Catalina, y castellano de todas las fortalezas de dicha isla.

Se casó el 23 de julio de 1656, cuando apenas había cumplido los 16 años de edad, con doña Antonia de Campos y Castilla, nacida el 19 de mayo de 1636, e hija de don Bartolomé de Campos y Fonseca —natural de Cádiz (Andalucía), maestre de campo de la Infantería española y del Tercio de Milicias de La Palma, alcaide de todas las fortalezas de la referida isla, por el Rey, y regidor prominente de su Cabildo—, y de doña María de Castilla Valdés, nieta por línea materna de don Simón García de Castilla, séptimo nieto del rey de Castilla don Pedro I, el Justiciero o el Cruel, regidor perpetuo del Cabildo de La Palma, y maestre de campo de Milicias de la misma isla, y de doña Clara de Valdés y Miranda.

Pasó a América y fue gobernador y capitán general de Popayán (Colombia), donde tuvo meritoria actuación.

Hallándose en la actual Venezuela, lo sorprendió la muerte en Maracaibo (Estado Zulia), el 28 de marzo de 1695, después de haber testado, dicho día, ante el escribano de gobernación, Lucas Moreno de Santisteban. Antes había otorgado otra escritura, el 23 de noviembre de 1691, también en Maracaibo, ante el escribano Pedro de Bustos. En aquellos tiempos era gobernador y capitán general de esta provincia, de Mérida y La Grita y ciudad de Maracaibo (1694-1701), don Gaspar Mateo de Acosta (1645-1705), ambos nacidos en Santa Cruz de La Palma.

Su esposa había fallecido en Santa Cruz de La Palma el 10 de mayo de 1682, y fue sepultada en la capilla de San José, en el convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, de la orden franciscana, en dicha ciudad.

Fueron los padres de,

A. Don Juan de Guisia Boot y Campos Castilla —quinto señor de Wesembec y Ophen, maestre de campo de la Infantería española, coronel de los Reales Ejércitos, gobernador de las armas de La Palma—, nacido en Santa Cruz de La Palma el 16 de diciembre de 1657. Sirvió en Flandes (1668-1682), y en las guerras contra Francia, actuando con heroísmo en la defensa de Cambray. Luego pasó a la actual Colombia y fue jefe de las fuerzas de Bogotá.

Se casó, el 21 de febrero de 1694, con su sobrina doña Beatriz Hermenegilda Lorenzo de Monteverde y Salazar de Frías, nacida el 13 de abril de 1673, e hija única del capitán don Domingo Lorenzo de Monteverde Salgado y Guisia —descendiente de nobles portugueses, conquistadores y pobladores de La Palma—, y de doña Leonor Salazar de Frías y Sotomayor Topete, su mujer, de la Casa de los Condes del Valle de Salazar, señores de Nogales y de Valmayor.

Falleció el 30 de junio de 1713, después de haber testado ante Antonio de Acosta, el 28 de marzo de 1707, y de fundar Mayorazgo de la Casa de Guisla en La Palma. Sus restos yacen —junto a los de su esposa, que falleció el 14 de julio de 1703— en la capilla de San José, del referido convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción.

Los títulos, feudos, estados y mayorazgos, así como la honrosísima representación de la Casa de Guisla, pasaron, a la muerte del tercer Marqués de Guisia Ohiselin, a la Casa de Van de Walle, que los ostenta hasta el presente.

B. Don Bartolomé de Guisia Boot y Campos Castilla, amparado en su nobleza, falleció célibe el 15 de julio de 1681.

C. Don Antonio de Guisia Boot y Campos Castilla, también murió soltero.

D. Doña María de San Antonio Guisia Boot y Campos Castilla, monja clarisa; y,

E. Doña Jerónima de Santa Inés Guisia Boot y Campos Castilla, también monja clarisa.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito

David W. Fernández

Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito
(1624-16¿?)

Uno de los personajes de alta significación política en lo que es actualmente el territorio nacional de Venezuela, lo fue en el siglo XVII el canario don Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito, Gobernador y Capitán General de Cumaná y Nueva Barcelona, de 1653 a 1654, pero cuyo nombre aparece omitido generalmente en las nóminas que de dichos gobernadores elaboran los historiadores, por lo que creemos útil consignar algunos apuntes acerca del mismo.

Don Francisco nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), en cuya parroquia matriz de El Salvador fue bautizado el 10 de noviembre de 1624. Era hijo de don Francisco de Castilla Corbalán, Sargento Mayor por el Rey y Regidor Perpetuo de la isla de La Palma, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición y Alcaide de las fortalezas de dicha isla; y de doña Juana Espino de Brito y Herrera, su legitima esposa; nieto por línea paterna del Maestre de Campo Don Domingo Corbalán y Cervellón, Regidor Perpetuo de la isla de La Palma, y de doña Inés de Castilla Riverol, su legítima mujer; y nieto por línea materna de don Baltasar Espino Moreno y Brito Herrera, y de su señora esposa, doña Juana de Herrera Encinoso, descendientes éstos de conquistadores de la isla de La Palma por los Reyes Católicos, y de hijodalgos y nobles caballeros, de distinguida calidad y solar notorio, de España y Portugal.

Doña Inés de Castilla y Riverol, la abuela paterna de don Francisco, era hija del licenciado don Bernardino de Riverol y Lugo, Alférez Mayor de la isla de La Palma por el Rey, y de doña María de Castilla, quien, a su vez, lo era de don Femando de Castilla y Mendoza, natural de Alcalá de Henares, primero de la egregia familia de Castilla establecido en Canarias, Regidor Perpetuo y Alférez Mayor de la isla de La Palma, el cual, en 1514, en Alcalá de Henares y ante Luis Suárez, escribano del Rey, probó ser nieto tercero legítimo, y directo de varón en varón, de don Diego de Castilla (hijo del Rey de Castilla y de León, don Pedro I el Justiciero), que por disposición de su tío, el Rey don Enrique II, estuvo prisionero cincuenta y cinco años en la fortaleza de Curiel, y obtuvo Real Carta Ejecutoria de su regia calidad, mandándose, tanto en Alcalá de Henares como en Santa Cruz de La Palma, que se le guardasen las exenciones y privilegios que a tan alto origen correspondían y eran de guardar.

Don Francisco, personaje de sangre real perteneciente a la familia regia de Castilla, era hermano entero de don Pedro de Castilla Corbalán y Espino de Brito, Tesorero General y Juez Real de la isla de Margarita, en el actual Estado Nueva Esparta (Venezuela).

En su juventud debió pasar nuestro don Francisco a la isla de Santo Domingo, en la hoy Republica Dominicana, ya que en el Sagrario de la Catedral, en la capital de dicha isla, se casó, en 1647, con doña Ana Coelho Jardim, y fueron padres de don Francisco de Castilla Coelho, nacido en dicha capital y bautizado, en 1649, en el mismo Sagrario en que se casaron sus progenitores.

Fue Capitán de los Reales Ejércitos, y nombrado interinamente, en 1653 y por la Real Audiencia de Santo Domingo, Gobernador y Capitán General de Cumaná y Nueva Barcelona, desempeño dicho cargo hasta el 24 de septiembre de 1654, cuando tomo posesión del mismo don Pedro de Brizuela, Caballero de la Orden de Santiago.

De su gobierno tenemos pocas noticias, pero dejó constancia epistolar de su opinión favorable a la actuación de los capuchinos que habían estado establecidos en Barcelona, actual capital del Estado Anzoátegui, así como de su deseo de que éstos volvieran a instalarse en la misma ciudad, de lo cual nos da conocimiento el Padre Francisco de Tauste (1626-1685) en su obra “Misión de los Religiosos Capuchinos de la Provincia de Aragón en la Provincia de Cumaná”.

En resumen, don Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito fue un palmero, emparentado con la familia real de Castilla, que ocupó el cargo de Gobenador y Capitán General de Cumaná y Nueva Barcelona de 1653 a 1654, pero de cuya actuación poseemos muy poca información.

***

NotaCMP.- Don Guillermo Lira R. ha tenido la cortesía de darme el acceso a información sobre un descendiente chileno de Domingo Corbalán Castilla, de nombre Manuel de Salas y Corbalán.

A parte de esta información se accede al clicar en el nombre de Salas Corbalán, resaltado en el párrafo precedente, y otra parte la copio a continuación por cuanto el correspondiente link/enlace no funciona en automático

***

Manuel de Salas Corbalán (1754-1841)

Patriota, ilustrado y progresista.

Durante toda su vida, Manuel de Salas Corbalán se destacó por su constante trabajo en favor del bien público. Esta vocación la volcó en su permanente preocupación por los más necesitados y en su activa participación en el proceso de independencia de Chile.

Nació en Santiago en 1754, al interior de una acomodada familia chilena. En 1759, su padre, don José Perfecto de Salas, fue nombrado asesor del Virrey del Perú, y la familia debió trasladarse a Lima. Allí, Manuel de Salas ingresó a la Real Universidad de San Marcos, donde obtuvo el grado de Bachiller en Cánones Sagrados, en 1773. Al año siguiente, la real Audiencia de Lima le otorgó el título de abogado.

De regreso en Chile, su vocación y su preparación lo llevaron a ocupar diferentes cargos públicos, como alcalde del Cabildo de Santiago (1775); superintendente de la población indígena de La Calera (1775); regidor del Cabildo de Santiago (1782); superintendente de obras públicas y Director General de Minería. Su aporte fue fundamental en el progreso del comercio, la industria de la época y en el desarrollo de las obras públicas, como fueron la reconstrucción del tajamar del río Mapocho, en 1783, y la creación de un paseo público llamado la Alameda Vieja.

Manuel de Salas consideró la educación como el único camino que llevaba al desarrollo del individuo y al progreso de la sociedad, que y debía orientarse hacia la formación de ciudadanos con profundos valores nacionales, y responder a las necesidades propias de cada país. Sus objetivos fundamentales eran el fomento del progreso, la prosperidad económica y el desarrollo de la industria. Este convencimiento lo llevó a fundar, en 1797, la Real Academia de San Luis.

Sus ideas ilustradas y progresistas no siempre fueron bien recibidas por las autoridades coloniales, lo cual lo llevó a sumarse, con la convicción de sus escritos, a la lucha por la independencia. Cuando el ejército realista recuperó el poder, Manuel de Salas fue deportado a la Isla Juan Fernández, junto a otros patriotas. En 1818, durante la Patria Nueva, Salas desempeñó diversos cargos públicos y, como congresista, impulsó la simbólica ley sobre la libertad de vientres, que terminó con la esclavitud en Chile.

Manuel de Salas fue uno de los precursores del debate nacional en torno a la cuestión social, que se manifestaría con fuerza hacia fines del siglo XIX. Su espíritu filantrópico y su visión de futuro le permitieron tener una clara conciencia de los problemas sociales de un país que iniciaba su vida independiente.

Su obra y pensamiento, que tuvo entusiastas seguidores en hombres como Juan Egaña y Andrés Bello, contribuyeron a sentar las bases culturales de la sociedad chilena de los siglos XIX y XX.

Fuente: Memoria Chilena.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal (4/4)

David W. Fernández

Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal
(1594-1652)

En la sublevación de Cataluña, durante el asedio de catorce meses que sufrió Barcelona, fue Díaz-Pimienta el jefe de la escuadra que por mar estrechaba el bloqueo de Ia plaza, y en aquel sangriento sitio una bala de arcabuz le hirió en el pecho y le quitó la vida a bordo de la nave capitana, el 1° de septiembre de 1652. Hacia poco que había cumplido los 58 anos de edad. Había testado el 26 de mayo de 1652, a bordo de la Capitana de Nápoles, que servía de Capitana del Mar Océano, surta en Barcelona. Sus restos fueron sepultados en la ermita de San Andrés, de Barcelona, propiedad y patronato de la casa de los Marqueses de Villarreal de Burriel.

File autor de importantes dictámenes acerca de construcción naval, así:

• En 1645, sobre consulta que se le hacía por la superioridad, lo hizo acerca de las “Medidas y fortificaciones que al General Francisco Díaz-Pimienta le parecen deben fener los galeones que el capitán Agustín de Barahona se obliga a fabricar y entregar en el puerto de Cartagena a quien Su Magestad mandase”, y aquí, con toda minuciosidad y detalle, expone las medidas que deben tener los galeones y las dimensiones y clases de maderas que debieran emplear en las fortificaciones de los galeones y navíos para Cartagena de Indias.

• En 1650 también dictamina sobre la “lnstrucción reglamentada para los navíos que haíian de hacerse en el Astillero de Guarnizo (Santander)”.

Aunque era de carácter enérgico y poco acomodadizo, nadie le negaba sus relevantes dotes de marino, por lo que su muerte causó general aflicción entre los suyos, y el generalísimo don Juan José de Austria, en carta al Rey, su padre, manifestó el sentimiento de esta muerte, la que juzgaba una gran pérdida para la Corona por la extraordinaria experiencia y capacidad de que era poseedor Díaz-Pimienta.

Como ya vimos, después de su muerte, su esposa se vio honrada con el título de Castilla de primera marquesa de Villarreal de Burriel. De su matrimonio dejó cuatro hijos que fueron:

A. Don Martín Díaz-Pimienta y Vallecillo. Caballero de la Orden de Calatrava y Colegial Mayor de Cuencía, en Salamanca, que se casó en Nápoles.

B. Reverendo Padre Fray Nicolás, Religioso de la Orden de la Merced.

C. Sor Teresa, Monja profesa de uno de los monasterios de Sevilla, y,

D. Don Francisco Díaz-Pimienta y Vallecillo, natural de Portugalete, Caballero de la Orden de Santiago y segundo Marqués de Villarreal de Burriel, que se estableció en Bilbao (Provincia de Vizcaya), donde contrajo matrimonio.

En memoria suya y de la de su padre, ambos ilustres marinos de igual nombre, que dieron gloria a su isla natal de La Palma (Canarias), el Excelentísimo Ayuntamiento de la Muy Noble y Leal Ciudad de Santa Cruz de La Palma, capital de dicha isla, tomó el acuerdo, en sesión del 3 de marzo de 1894, de rotular con el nombre de «Díaz-Pimienta» la antigua calle de la Cuna, de dicha ciudad, por ser tradición que en la casa marcada con el número 14, de dicha calle, vivió el soldado de Lepanto, aunque en documento del siglo XVI consta que tenía su domicilio en la calle Real del Puerto, número 20, de la misma ciudad.

Para Canarias es timbre de gloria ser cuna de quien ha sido llamado «el oficial más sobresaliente de la Armada de Felipe IV», y «verdadera gloria nacional» por haber sido el mejor marino de su tiempo, por su conducta, experiencia, valor y arrojo, además de competente constructor naval, llegando a sobresalir por sus revolucionarias ideas en esta clase de construcciones, las cuales hicieron variar las dimensiones y tipos de barcos que se venían fabricando, y, muchos años después de su muerte, todavía se tenian en cuenta las reformas que propuso. También para los pueblos bañados por las aguas del mar Caribe, es digno del recuerdo y de la difusión de su vida y de su obra, la del glorioso marino Díaz-Pimienta, que supo limpiar sus costas de los ataques filibusteros en la primera mitad del siglo XVI].

De Díaz-Pimienta se ha dicho «… Su nombre, querido y respetado de los suyos, fue temido de las demás naciones de Europa, porque el pabellón de Castilla ondeó siempre con gloria en el mástil de su buque. No hubo combate naval ni hecho alguno de Armas en su tiempo, en los que nuestro general-almirante no tuviera parte activa y saliera vencedor…”.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal (3/4)

David W. Fernández

Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal
(1594-1652)

El 17 de mayo divisaron el archipiélago, pero hasta el día 19 no penetraron los arrecifes, que eran su principal defensa, quedando mal parada la urca «San Marcos», que tuvo que volver a Cartagena con 270 hombres de tropa, bastimentos y municiones, El día 20, el almirante propuso a los jefes de la escuadra el plan que, a su juicio, mejor convenía, consistente en el desembarco de 1.200 hombres en dos tandas cerca del Castillo. El plan fue aprobado, pero el estado del mar impidió su ejecución, tanto aquel día como el siguiente.

Al amanecer el día 24 comenzó el asalto a las trincheras enemigas que cedieron ante el impulso de la infantería, replegándose hacia nuevas posiciones, de las que fueron también desalojados, siendo ocupadas las alturas y estrechado el Castillo, cuando sus ocupantes, ante tal situación, despacharon dos parlamentarios para ofrecer la capitulación, que les fue aceptada, tomando posesión del Castillo el día 25, y así, con pocas pérdidas, se logró un completo triunfo.

Es tradición, no confirmada documentalmente, que predominando la idea de que el ataque debía realizarse de frente a la pequeña ensenada próxima al Castillo, mientras otros jefes eran partidarios de hacerlo por otra parte, para esquivar los disparos del Fuerte, Díaz-Pimienta se lanzó personalmente al mar, en un bote, con muy pocos tripulantes, en direccion a aquella playa para ir, sondalla en mano, marcando la ruta sin escollos por donde debían ir avanzando, sin peligro, los navíos, y así iba adelantándose bajo el intenso fuego de las baterías de tierra que cruzaban sobre su cabeza con los disparos que detrás de sí hacían desde su propia escuadra, hasta acercarse lo necesario para poder facilitar el desembarco de sus hombres.

En 1642 regresó a Cádiz con sus galeones cargados de dinero, y el Rey, para premiar sus hazañas, lo hizo Caballero de la Orden de Santiago, a la que ingresó el 28 de julio de 1642, y en cuyo expediente de ingreso hay algunas inexactitudes respecto a su genealogía. Publicó la “Relación del svcesso qve tuvo Francisco Díaz-Pimienta. General de la Real Armada de las Indias, en la lfla de S. Catalina. Dafe cuenfa de como la fomó a los enemigos que la poffeian, echándolos della. y la eftimación de los despojos, u número de prifioneros”.

Con licencia del feñor don Miguel de Luna y Arellano, Cavallero del Abito de Santiago, del Consejo de fu Magestad, y fu Oidor en la Real Audiencia de Sevilla lo imprimió Francisco de Lyra. Año 1642. 4°, 12 pp., s.f. Parece que hay otra edición del mismo año pero de distinto editor; En Madrid. Por Juan Sánchez. Año 1642. Fol., 6 pp.

Entre los despojos que tomó en aquella memorable gesta, se hallan algunas banderas inglesas, dos de las cuales envió, junto con un cuadro representativo de las islas tomadas, para que todo ello fuera colocado en la capilla de Santa Ana, de la parroquia matriz de El Salvador, de Santa Cruz de La Palma. Dicha capilla había sido comprada por su padre a Andrés de Armas, Procurador de causas, y a Inés de Llanes, su mujer, mediante escritura del 8 de enero de 1601, ante el escribano Bartolomé Morel, y su dicho padre la reedificó y fue sepultado en ella, pero al ser colocada en la misma, en 1818, el Paso de la Negación de San Pedro, comenzó a dársele el nombre de dicho Apóstol. En efecto, el 25 de enero de 1644, después de una solemne función religiosa con asistencia de numeroso público, fueron colocadas, con pomposa ceremonia, las dos banderas y el cuadro, pero en 1850, cuando el gobierno de la Nación reclamó dichas banderas y cuadro para su colocación en el Museo Naval, de Madrid, ya no existían ni el uno ni las otras,

Por sus grandes servicios a su patria Díaz-Pimienta fue también nombrado Maestre del Consejo de Guerra y AImirante Genera] de la Real Armada del Mar Océano, Gobernador General de elIa, en propiedad, con honores de Capitán General. Por ello, habiendo dado Felipe IV orden para que en Granada se hiciera leva de gente con destino a su servicio naval, la ciudad nombró por capitán de la compañía de cien hombres que había puesto en pie de guerra, a don Andrés Perez, la cual fue incorporada por orden de Díaz-Pimienta al tercio del marqués de Falses, destinado a su armada, y el 22 de julio de 1645, hallándose en Cartagena Díaz-Pimienta con la escuadra de su mando, concedió licencia al mismo don Andrés Pérez para volver a Granada por falta de salud.

En 1648 visitó Nápoles, y en 1650 tomo parte activa y se distinguió en la expedición que, capitaneada por don Juan de Austria, recuperó brillantemente las plazas de Plombino y Puerto Logón.

A sus expresados títulos agregó el de Señor de la Villa de Puerto Real, fundada por los Reyes Católicos en 1484, y la cual compró a la Corona, aprobado por Real Cédula del 20 de mayo de 1646, pero luego fue reincorporada, y dado en compensación a sus sucesores el Señorío de Vicálvaro, aprobado por Real Cédula del 2 de mayo de 1664, y posteriormente quedo sin efecto, por lo que recompensaron a su viuda con la merced del título de Castilla con la denominación de Marquesado de Villarreal de Burriel, por decreto del 14 de diciembre de 1671, el cual unió al condado de Hervias, que ya poseía, y a su primogénito, don Francisco Díaz-Pimienta y Vallecillos, lugares de Burriel, Albilla y Renuncio, de la jurisdicción de la ciudad de Burgos, además de poseer ya el mayorazgo fundado por su padre y de ser el sucesor de su madre en el marquesado que, por Real Provisión del 12 de abril de 1672 se determinó habíia de ser Vizcondesa de Villarreal y, por otra del 10 de mayo del mismo año, por el de Marquesa de la misma denominación, Interrumpido este título en 1886, por morir sin sucesión don Luis Díaz-Pimienta y Ramírez de Arellano, lo solicitó, en 1915, don Felipe Morentes y García-Alesson, descendiente, por linea femenina, del fundador del título, y le fue concedido. Desde 1957 lo posee don Antonio de Morenes y Medina.

Fue asimismo Díaz-Pimienta gobernador y capitán general de la isla de Menorca (Baleares), y Virrey de Sicilia.