[Col]> El trabajo creador del canario Tomás Felipe Camacho / Estela Hernández Rodríguez

26-08-2009

La provincia de Pinar del Río, en el occidente cubano, guarda una de las historias humanas y sensibles que reviven la belleza de las flores, y es precisamente allí donde se atesora gran parte de la belleza ecológica de nuestra isla.

Tal afirmación la pude constatar un día en que la visité, junto con un matrimonio que vino de España, y porque fue un día gris y de lluvia no se hizo tedioso el traslado de los más de 160 kilómetros de recorrido desde la capital hasta esa provincia.

Allí recorrimos varios lugares. El primero un cafetal, del siglo XIX, que perteneció a un francés y que todavía guarda restos de los barracones donde vivían los esclavos. También pueden verse todavía los implementos rústicos con que despulpaban el café y que les hacía duro ese trabajo. También, en Viñales, un lugar dibujado con la belleza de mogotes, visitamos la Casa del Veguero, la que se encuentra en un área de tierra que donó un descendiente de isleño, José Manuel Sixto, de setenta y siete años. La hija de éste explica a los visitantes todo el proceso de siembra y cosecha del tabaco. Y también “Las Terrazas”, que es otro lugar turístico donde vivió el cantautor Polo Montañés y que, luego de su muerte, se conserva esa casa como museo.

Pero uno de los lugares que nos llamó la atención, por la vinculación que guarda con un nativo canario, fue Soroa, ubicada en la Sierra del Rosario, en Pinar del Río. Un entorno montañoso con alturas de hasta 500-600 metros sobre el nivel del mar y que ha sido declarado reserva de la biosfera. Allí pude conocer, por los guías que nos atendieron, esta historia de la creación y legado de lo que llaman “orquideario”, un patrimonio nacional.

Tomás Felipe Camacho fue un Canario que emigró a Cuba, y en esta isla que lo acogió, no le fue económicamente mal, pues llegó a ser un acaudalado abogado. Era casado y tenía cuatro hijos: tres hembras y un varón.

La vida le propinó un fuerte golpe cuando una de sus hijas murió de parto. Desde ese momento se dio a la tarea de crear un lugar en homenaje a ella y a su propia esposa, pues a ambas les gustaban muchos las flores. Por este motivo se trasladó a vivir desde La Habana a Soroa, y esa provincia pinareña se instaló.

En 1943 comenzó a traer de todo el mundo plantas y flores, preferentemente orquídeas. Entre otras especies de plantas se conservan en ese lugar el Cuerno de Alce, Pata de Elefante, Zapatilla de Baile, Rosa de Porcelana, y, sobre todo, un algarrobo que tiene más de 200 años, árbol que ya se encontraba en ese sitio antes de la creación de ese jardín inmenso y natural, y por el conocimiento que tengo acerca del garoé, nada hay más parecido a él que este algarrobo.

Para nosotros fue una sorpresa cuando una de las guías nos convidó a oler una orquídea pequeña, que tiene como perfume el olor del chocolate, y ver otra que vive en una mata de café. Eso sin olvidar uno que otro colibrí, que al parecer no querían dejar de participar en la foto, de ahí que de cuando en vez apareciera alguno entre las plantas.

Para construir este maravilloso lugar, que hoy es la atracción de todo el que lo visita, el canario Tomás Felipe Camacho trabajó nueve años e invirtió un millón y medio de pesos.

El orquideario está dentro de la extensa área de la casa donde vivía. Una belleza que expone más de 700 especies, una verdadera joya de colorido ecológico que puede apreciarse desde la entrada al lugar hasta la bajada que por unas escaleras lleva a la salida. Hoy se utiliza como centro de investigaciones, de exhibición y también de experimentación por los Ministerios de Educación y de Ciencia de Cuba.

El orquideario de Soroa también posee una biblioteca especializada en esas flores, y cuenta con volúmenes valiosos que datan del siglo pasado.

Al paso por Cuba de dos feroces huracanes, Gustav e Ike, el orquideario fue casi totalmente destruido, pero las manos laboriosas de sus científicos y trabajadores hicieron posible, seis meses después, que la obra del tinerfeño Tomás Felipe Camacho no se perdiera. Ellos realizaron el saneamiento del arbolado, aplicando la reproducción in vitro en coordinación con el resto del sistema de jardines botánicos de Cuba, y gracias a ello el lugar exhibe nuevamente, en sus pabellones y jardines, las numerosas especies que el tinerfeño legó a la Isla.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[Col}– El paso de tormentas en casa de mi abuela Canaria / Estela Hernández Rodríguez

07-08-09

Ahora que en Cuba estamos en temporada ciclónica hasta el mes de noviembre, este tiempo me hace recordar algunos de momentos en mi casa cuando hacía un fuerte vientecito, y ni se diga si se anunciaba un huracán.

Cuando el cielo se iba poniendo gris, allá iban mi abuela y mi madre, con sábanas y sobrecamas, o lo que encontraran por el camino, para tapar los espejos, pues decían que el azogue de éstos atraía el rayo.

Recuerdo una tarde en que, siendo yo niña, una de esas tormentas que lo viran todo al revés y que con fuerza son capaces de abrir puertas y ventanas, así lo hizo en uno de los cuartos o dormitorios donde vivíamos en aquel entonces. Los gritos de abuela Lola y mi madre asustaban más que aquellos vientos.

De momento vi que mi abuela fue al viejo chiforrober, que así llamaban a un pequeño escaparate que ella tenía en su también pequeño cuarto donde dormíamos las dos, de una de las gavetas de ese mueble sacó un guano bendito, ya seco por el tiempo, y comenzó a quemarlo mientras rezaba el Padrenuestro, y otras oraciones que parecían ser de su terruño canario.

Pero como los truenos y los relámpagos cada vez se hacían más fuertes, al ver que el guano no daba solución a aquel problema atmosférico, mi abuela buscó las tijeras y las puso en cruz con un cuchillo. Decía que eso era bueno para los rayos, que los cortaba y alejaba.

Cuando crecí me di cuenta del peligro que en eso había, pues el metal atrae al rayo.

Al rato de todo ese aspaviento ya se atenuaba la tormenta y volvía la calma. Las tensiones de mi madre y abuela se iban, y mi hermana Graciela y yo seguíamos sin entender tanto alboroto, aunque no dejábamos de sentir miedo.

Y si se trataba de un ciclón, ahí se armaba la fiesta. Sí, porque tal parecía que lo que venía era eso, pues toda la familia se reunía en la casa, se mataba algún cochino y, mientras se esperaba el huracán, el olor de los chicharrones se paseaba por todo el recinto, y uno que otro de entre nosotros probaba el crujiente alimento. ¡Ah! y, sobre todo, el chocolate no podía faltar para por la noche. Se hacía en una cazuela grande para luego saborearlo con galletas.

Y así el miedo ya no era tanto, pues el susto se repartía entre todos. De esta forma, y un poco más, era cómo en la casa se enfrentaban las tormentas y ciclones… al estilo de mi abuela canaria.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba), 07-08-2009