[*Otros}– Investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) hallan las moléculas más complejas del Universo

29/01/2013

José Manuel Nieves

Un equipo de investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) ha hallado por primera vez evidencias de fullerenos complejos.

Están alrededor de las nebulosas planetarias Tc-1 y M1-20, entre 600 y 2.500 años luz de la Tierra.

Estas moléculas, denominadas «cebollas de carbono», son las más complejas observadas hasta el momento en el espacio exterior.

 

De ahí que su hallazgo tiene importantes implicaciones a la hora de entender la física y química del Universo, y del origen y composición de las bandas difusas interestelares (DIBs), uno de los fenómenos más enigmáticos de la astrofísica.

«Los fullerenos son moléculas tridimensionales estables y muy resistentes formadas en exclusiva por átomos de carbono. Los más comunes son C60 y C70. Los fullerenos C60 presentan unos patrones de hexágonos y pentágonos que se asemejan al diseño de un balón de fútbol, y los C70, al de una pelota de rugby. Los que hemos localizado son fullerenos enormes, multicapas complejas con C60 dentro de C240 y de C540»,

explica Aníbal García-Hernández, uno de los investigadores de este equipo y autor principal del estudio que se acaba de publicar en Astronomy and Astrophysics Letters.

La investigación, que combina observaciones astronómicas y física teórica, ha encontrado estas moléculas complejas en los alrededores de dos nebulosas planetarias ricas en el fullereno más común, el C60, lo cual sugiere que estos galácticos «balones de fútbol y rugby» pueden ser más comunes y abundantes de lo que se pensaba.

 

Considerados la tercera forma de carbono (tras el grafito y el diamante), los fullerenos recibieron este nombre en honor al arquitecto Richard Buckmister Fuller, creador de la cúpula geodésica, y fueron descubiertos hace 25 años en laboratorio, lo que valió el premio Nobel de Química a los profesores Richard Smalley y Harry Kroto.

Pero no ha sido hasta hace apenas un par de años cuando el telescopio Spitzer de la NASA detectó las primeras pruebas de su existencia cerca de nebulosas planetarias de nuestra Vía Láctea.

Las nebulosas planetarias están compuestas por restos de estrellas de masa baja o intermedia (hasta ocho veces la masa del Sol) que se van despojando de sus capas exteriores de gas y polvo conforme envejecen. El mismo proceso por el que pasará nuestro astro rey dentro de unos 5.000 millones de años, una pérdida de masa que enriquece el espacio interestelar con nuevas moléculas y compuestos.

«Las nebulosas planetarias producen moléculas orgánicas que acaban expulsando al espacio, y que resultan fundamentales para comprender los procesos moleculares del medio interestelar en el que se forman las estrellas y planetas, y además para entender los procesos de formación de moléculas precursoras de la vida»,

señala García Hernández.

Y es que este nuevo descubrimiento ahonda en una de las teorías más atrevidas de estos últimos años: la posibilidad de que los fullerenos se comporten como «jaulas transportadoras» de otras moléculas y átomos, y que sean, por tanto, los responsables de haber traído a la Tierra sustancias capaces de impulsar el inicio de la vida.

Una hipótesis que se sustenta en el hecho de que se han encontrado fullerenos en el interior de meteoritos, y que esos fullerenos transportaban gases extraterrestres. Además, en otros experimentos ya se había conseguido atrapar una molécula de agua dentro de un fullereno C60.

Cuanto más grandes y complejos sean los fullerenos, como los hallados ahora por el equipo del IAC, más estables y difíciles de destruir resultan, y más posibilidades tienen de llevar otras moléculas en su interior, y de sobrevivir indefinidamente en el espacio. Auténticas semillas de vida repartidas por el Universo y dispuestas a llover sobre los planetas.

«El hallazgo de fullerenos y cebollas de carbono cerca de viejas estrellas da paso a la excitante posibilidad de que otras formas de carbono sean habituales en el espacio. Algo que implicaría que los procesos físicos básicos que dan origen a la vida, tal cual la conocemos y basada en el carbono, podrían ser más comunes de lo que creíamos. Lo que nos sugiere que podría crearse vida en cualquier rincón del Universo. No obstante, hay que aclarar que, por el momento, no son más que especulaciones»,

precisa el investigador del IAC.

Bandas difusas interestelares

La investigación también aporta nuevas claves para entender uno de los fenómenos más enigmáticos de la astrofísica: el origen y composición de las bandas difusas interestelares (DIBs).

Descubiertas hace 90 años, están presentes en cualquier lugar del espacio hacia el que enfoquemos un telescopio (se conocen hasta 500 diferentes), y atrapan parte de la luz visible emitida por las estrellas. Nubes de gas y polvo se interponen entre ellas y nosotros, conformando una espectografía única, algo así como su huella dactilar.

Los científicos sospechan desde hace tiempo que las DIBs podrían estar generadas por moléculas basadas en carbono. Las observaciones del IAC confirman esta teoría y sugieren, además, la existencia de fullerenos complejos.

«Desentreñar el secreto de las bandas difusas interestelares nos permitirá entender de qué está compuesto el medio interestelar en todos los rincones del Universo»,

augura Jairo Díaz-Luis. coautor del estudio.

Fuente: ABC

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[*Otros}– Canarias esconde un tesoro de 1.390 millones de barriles de petróleo

2013-01-29

RWE calcula que los yacimientos que va a prospectar con Repsol en el Atlántico, entre Canarias y la costa de Marruecos, tienen un potencial de producción de al menos 1.390 millones de barriles.

Esto, según explica la propia compañía alemana en un folleto dirigido a captar inversores.

Ese folleto, difundido a la prensa por el Cabildo de Fuerteventura, que se opone a la actividad petrolera, explica que la zona en la que se van a hacer los sondeos se puede considerar la prolongación norte de la misma placa submarina que ha deparado descubrimientos de petróleo en Mauritania (pozos de Chinguetti) y Liberia y Sierra Leona (pozos Mercury y Venus).

RWE confía en poder comenzar las prospecciones en 2014. En la actualidad, están pendientes de la estimación de impacto ambiental, y deposita sus mayores expectativas sobre varias zonas de fondos marinos procedentes de los periodos Cretácico y Terciario.

En este sentido, precisa que en los fondos que pretenden perforar hay «significativas» áreas de ambos periodos con unas reservas potenciales de 1.390 millones de barriles de crudo, en una estimación que considera conservadora.

Y añade que tienen identificadas tres áreas del Terciario «listas para perforar» con un potencial de 482 millones de barriles, que sitúan frente a la costa norte de Fuerteventura.

RWE da a conocer estos datos en un folleto dirigido a captar inversores para las prospecciones, en el que además destaca el «favorable» contexto fiscal en el que se van a desarrollar.

El Ministerio de Industria ya había adelantado que las estimaciones de las compañías que van a hacer las prospecciones (Repsol, la australiana Woodside, y la alemana RWE Dea) atribuían a esa zona un potencial de producción de 150.000 barriles de petróleo diarios, el equivalente al 10% del consumo total de España.

Los permisos concedidos por el Consejo de Ministros se han encontrado con la oposición del Gobierno de Canarias y de los Cabildos de Fuerteventura y Lanzarote, pero hasta el momento el Tribunal Supremo ha rechazado todos las demandas que estas instituciones han presentado para suspender cautelarmente su ejecución, hasta que se determine si cumplen o no la legislación.

El Cabildo de Fuerteventura ha hecho público este folleto de RWE, que la propia empresa califica de «estrictamente confidencial» y dirigido súlo a inversores, para expresar su rechazo a que se comercialice con estos permisos y a que se publicite, entre otros atractivos, el favorable marco fiscal con el que contarán.

Fuente: Libre Mercado

NotaCMP.- A estas alturas, exploren o no, si lo de este petróleo es cierto, ya es seguro que Canarias tendrá problemas por esto.

[*Otros}– Fernando López, jesuita palmero: Una existencia profética

Santa Cruz de La Palma, enero 20, 2013

Un rato de conversación con Fernando López te deja sin defensas.

Su discurso y, sobre todo, su vida, desmontan cualquier dogmatismo acomodaticio construido para afrontar la realidad.

Su existencia es profética, ahora incluso más que nunca, en un contexto occidental en el que la crisis ha puesto patas arriba todas las seguridades de nuestro mundo, o de esta “selva”, que es como al jesuita palmero, que vive con los indígenas en plena Amazonía, le gusta llamar también a este otro lado del Atlántico.

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El jesuita palmero durante una celebración de los indios yanomamis, con quienes comparte su vida. / DA

Compartió el destino de los pueblos inundables y del basural de Paraguay, país al que llegó en 1985, en plena dictadura de Stroessner, donde encontró una Iglesia “plantada” ante el terror impuesto por el tirano.

También acompañó, bajo los puentes de las urbes brasileñas, a los meninos da rua (los niños de la calle), y ahora lleva más de una década con los indígenas de la selva amazónica.

“Dios me dio muchas facilidades para hacer lo que hago; me costaría mucho más insertarme en la selva de Madrid. Y hay que hacerlo, porque una selva sin la otra no tiene solución; si aquello se rompe, nos cargamos el planeta”, comenta.

Un licenciado en Física por la Universidad de Sevilla, con una fuerte proyección intelectual, decidió hace veintiocho años responder al interrogante que le asaltaba desde su adolescencia por las calles de Santa Cruz de La Palma, la capital palmera.

“Una pregunta que, con quince años, le hacía yo a mis papás, era si es una cuestión de suerte este asunto de nacer en una familia que tiene condiciones, o en otra que no. Si fuese así, Dios es injusto, pero si no es así, la pregunta que Dios nos invita a hacernos es de qué lado nos queremos poner”.

Y cuando terminó la carrera lo vio claro y decidió situarse en los márgenes, con los olvidados y desheredados de la Tierra. Una opción por los pobres que los jesuitas se han marcado como “preferencial” en sus estatutos, y que Fernando López ha llevado al límite, que es donde también Ignacio de Loyola quería que se situaran sus seguidores.

Ahora pasa unos meses en La Palma, acompañando a sus padres, y se ha encontrado con la realidad socioeconómica que padece Europa con la crisis.

“Aquí hay mucha gente pasándolo mal, es verdad, pero ¡qué bueno que la crisis llegó!, porque eso significa, de forma clara, que el sistema no da más de sí. Hasta ahora, aquí vivían en esta burbuja a base de pisar los últimos 500 años el despegue del Sur. En algo nos hemos equivocado, hermano”, sentenció.

Giro epistemológico

Para Fernando López, esta situación está contribuyendo a generar una especie de “conciencia global, que me llena de esperanza”. “No vivo la crisis como desengaño, sino qué bueno que está tocando fondo el sistema, porque hay que parir una nueva historia. En estos tiempos fuertes nos tenemos que embarazar y soñar una nueva historia, empujar y parirla, y no dejar que un puñado de gente, los que controlan el sistema financiero, sigan imponiendo su lógica”, argumentó entre sorbos de mate.

Una forma de estar en el mundo que asegura haber aprendido con los pueblos americanos.

“¿Cómo es posible que 20.000 indios se enfrenten con empresas madereras y consigan ganar, después de que les ha costado la vida de líderes asesinados, mujeres violadas y pueblos quemados? ¿Qué tienen ellos que a nosotros se nos ha cortado? ¿Por qué ellos se plantan así, pero nosotros estamos tan acomodados en un sistema donde la democracia todavía está por inventar?”,

se pregunta.

En este sentido, expresó su temor cuando ve que la gente se queja de que los políticos no resuelven las cosas.

“¿Queremos un modo paternalista, donde la solución venga de arriba? No, estamos equivocados; tiene que venir de abajo, de tus opciones de vida. Los pueblos indígenas no esperan en sus aldeas a que los gobiernos le solucionen los problemas”,

añadió.

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Pintan el cuerpo del jesuita antes de la celebración de un ritual. / DA

Insurgencia

El jesuita palmero tiene claro que “lo que hay que promover en Occidente es la insurgencia; y aquí soy profundamente no violento. Por ninguna cosa estoy dispuesto a matar”.

En esta línea, recordó que las propuestas más insurgentes que se han planteado en la América de los últimos cincuenta años vienen de los movimientos indígenas: Chiapas, los gobiernos de Ecuador y Bolivia, los mapuches en Chile.

“¿Qué tienen ellos que a nosotros nos falta? Necesitamos profecía, que levantemos la cabeza por encima de las nubes grises del sistema, que entendamos que la historia no se acabó y que no podemos esperar a que los de arriba pongan la solución, que vendrá cuando tú y yo nos posicionamos y nos la juguemos”,

propuso López.

Indígenas

En esta visión global ha sido decisiva su introducción en el camino chamánico, que empezó con los guaraníes, en Paraguay, y continuó con los yanomamis.

“Comienzo, con 52 años que tengo, en estos últimos años amazónicos, a poder vivir algo que el mundo occidental no me enseñó, y que me coloca en una relación de sacralidad con el entorno”, explicó el jesuita, que ha entrado a fondo en la cultura indígena en ese diálogo interreligioso que fomenta la Compañía de Jesús.

Fernando López sostiene que “esta sabiduría relacional”, donde la realidad está estrechamente conectada como una tela de araña, “en Occidente nos la hemos cargado”.

“Tenemos que sabernos cuidar, dejar de ser depredadores y pasar a ser cuidadores de algo tan misterioso como es la vida, las relaciones, el universo, Dios. Si en Occidente no somos capaces de recuperar el sentido mistérico de la realidad, estamos perdidos”.

En este encuentro con el otro es cuando se produce esa quiebra epistemológica por la que aboga para Occidente.

“¡Cuánta vergüenza he pasado cuando en los pueblos indígenas me preguntan por qué somos así! He sentido vergüenza de ser occidental, blanco y de ojos azules. Un chamán indígena respeta el agua, y no se le ocurre mear donde va a beber; otros echan mercurio en los ríos”.

El buen vivir

El buen vivir —o Sumak kawsay, en quichua ecuatoriano—, de donde se adoptó este principio que promovieron los foros sociales y hoy recogen las constituciones de Bolivia y Ecuador, desmonta el sistema de valores de Occidente, edificado sobre el modelo de progreso y desarrollo indefinido, gestado bajo la luz de la Ilustración.

“Los occidentales dicen que quieren vivir mejor, mientras otros vivirán peor; nosotros queremos buen vivir para todos”, explica López, quien sostiene que el reto de la sociedad actual, entendida desde el punto de vista global, está en cómo construir esta “trama de reciprocidad”.

Defiende además que el paradigma del buen vivir introduce, junto con los Derechos Humanos, “los derechos ambientales y los derechos cósmicos”. “Tenemos que sabernos parte de la telaraña de una vida profundamente frágil, que hay que saber cuidar”.

A juicio de López, un referente para tener esa mirada global sobre la realidad son los pueblos indígenas de Amazonía. “Mientras no aceptemos que los pueblos indígenas son semillas de solución a los problemas que tenemos, no avanzaremos. A lo largo de su historia, Occidente ha aportado cosas buenas que hay que conservar, pero que no se piense que tales cosas son solución”.

Fuente: Diario de Avisos

Cortesía de Juan Antonio Pino Capote

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COMENTARIOS

Estela
También desde el punto de vista de conocer un poco más de estas culturas, y precisamente sobre este tema, la Casa de las Américas, en Cuba, en su “Programa de estudios sobre culturas originarias de América”, tiene entre sus objetivos trazar una red de colaboradores, espacios de reflexión y núcleos intelectuales en sus comunidades.

La institución, con el programa creado en 2011, realiza acciones encaminadas a conocer de esas culturas en un momento histórico de gran importancia para ellas. Entre los principales encuentros organizados en torno al tema en los cuales ha estado representada Casa de las Américas, están el Encuentro de la Nación Guaraní, en Paraguay, y el Congreso José María Arguedas, de los pueblos quechuas de hoy, con sede en la milenaria ciudad peruana del Cuzco.

Estela
Pienso que es una reflexión profunda que marca muy bien nuestros tiempos, en los que los de abajo han despertado y han decidido buscar una solución a este mundo, que está de cabezas, decir ‘basta de atropellos, y abusos’, y luchar por lo que es de ellos, su tierra, sus recursos, su propia naturaleza.

Olga Mazza
¡QUÉ BELLO ARTÍCULO! ESTÁ EN CADA UNO DE NOSOTROS REVERTIR ESA SITUACIÓN DE AHOGO QUE ESTÁN SUFRIENDO PUEBLOS ENTEROS.

[*Otros}– Tenerife, primer puerto Canario del Atlántico, y uno más de Europa

Fotos de cómo era el puerto de la una vez única provincia de Canarias, y de cómo es al momento. Ahora sí pueden entrar los mayores cargueros y cruceros que hay navegando.

Gracias a la demanda de más de 40.000 firmas de los tinerfeños y de algunos palmeros, se consiguió lo que el gobierno Canario, encabezado por Coalición Canaria, daba por hecho hasta el año 2050: que sólo sería considerado el puerto de Las Palmas.

Pero la denuncia ante Europa ha sido tomada en cuenta, y Tenerife también contará como puerto de apoyo al tráfico mundial.

También cuenta mucho el que Tenerife dispone de dos grandes aeropuertos, que serán aun de mayor importancia dado que la nueva pista del aeropuerto de Gando, el de Las Palmas, queda relegada, como mínimo, hasta 2020.

Cortesía de Mary Carmen Barbuzano

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Después

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COMENTARIOS

CMP
En respuesta a Roberto.

Gracias a ti, Roberto. Veré de corregirlo.

Rechazar | Responder | Edición rápida | Editar | Spam | Papelera

Roberto
El título llama a error puesto que Santa Cruz de Tenerife no es el primer puerto del Atlántico.
Las fotos muy interesantes. Gracias, Mary Carmen y Carlos

[Col}– 26 versos para 2013 / Oswaldo Izquierdo Dorta

16-01-13

Versos del poeta Canario Oswaldo Izquierdo que, por la crisis generalizada, tanto pueden servir para los españoles como para los ciudadanos de casi cualquier otro país.

Carlos M. Padrón

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26 VERSOS PARA 2013

Que los oscuros augurios
no colonicen tu mente.
Que ajusten TODAS las hormas.
Que el compartir sea norma.
Que no pare tanta gente.

Rechaza datos espurios.
Criterios falsos revoca.
Que no te tapien los ojos,
que no te enclaustren la boca.

Que no recorten ahora
los que el derroche han causado.
Que no pongan a su antojo
orejeras ni sordinas.
Que no te vendan auroras
rotas de papel mojado
Camina enhiesto, camina.

Cree aún en la utopía
con atrevida ilusión.
Confirma la osadía
de luchar por la mudanza.
Cuelga tu imaginación
al viento de la esperanza.

Sé de alegrías testigo.
Crea optimismos de acero.
Que la paz halle senderos.
Que el amor esté contigo.

OSWALDO IZQUIERDO DORTA
Diciembre de 2012

[*Otros}– El Teide visto desde La Gomera

De mi viaje a La Gomera en 1994 me quedó el desconsuelo de no haber tomado esta foto, pero cuando en ferry llegué a un punto en el que, como en la foto adjunta, me pareció que el Teide se me venía encima, me quedé tan impresionado que no caí en cuenta de que llevaba conmigo una buena cámara fotográfica.

Me prometí volver al lugar para tomar esa foto, pero no pude. Sin embargo, ahora el amigo Roberto González me ha hecho llegar ésta que, sin duda, es mejor que la que yo hubiera podido tomar.

 

Cortesía de Roberto González Rodríguez

[Col}– Las crisálidas que se volvieron mariposas / Susana Tibaldi

05-01-13

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(Esta foto me fue tomada en China cuando fui allá para ver, en su origen, todo el proceso de la seda)

En  abril   de  2012   di   con  un   libro  que revivió en mí nítidos recuerdos de infancia relacionados con los gusanos de seda.

Pocos meses después de leerlo pensé comentarlo con mi hermano, pero él murió repentinamente sin poder reencontrarnos como teníamos planeado.  

En las noches siguientes a su muerte fui escribiendo el relato que sigue, en la certeza de que mi hermano tampoco recordaba lo de los gusanos de seda, y luego, en mi búsqueda de otras personas que hubieran pasado por parecidas vivencias, encontré, en el laberinto inasible que es internet y este bello blog, el artículo La seda en los recuerdos de mi infancia que precisamente cuenta los recuerdos de otro niño.

Aquí van los míos.

***

«Destino» llamamos a algo desconocido que empuja a aquéllos que se asoman a los bordes más alejados, mientras sus contemporáneos pasan tranquilos en sus espacios seguros y parejos mirando la tierra que pisan, y no saben que mas allá existe la línea del horizonte.

¿Qué divide la rutina de la aventura?

¿Qué dibuja la conjunción de astros en el cielo imaginario de la astrología, que al momento en que nacemos están justo sobre la cabecera de nuestra cuna?

¿Qué produce la convocatoria de genes de miles de ancestros que se citan para construir el cuerpo de cada nuevo humano diferente?

¿Qué llamado recibe el ángel misterioso al que le toca apadrinarnos desde lo invisible?

¿Qué…?

Mi querido hermano Newin tuvo en su partida de nacimiento un nombre desproporcionado. Lo inventó mi padre descuartizando Newton y Darwin, como las brujas medievales cuando en sus conjuros unían la piel de un sapo con los ojos de una lechuza y la médula de un gusano. El hechizo esta vez tuvo un resultado y dio un ejemplar distinto.

Cuando yo era niñita, Newin, que me llevaba más de diez años, era alguien a quien yo quería mucho. La bondad desmedida fue su primer sino diferenciador del resto de las mayorías.

Vivíamos en un pueblo donde pasaba lo mismo que en otros. Vientos terrosos que cubrían los tomates y desprendían las tiernas flores de los olivos.

Tal vez lo más importante que sucedió allí para mí fue que nací una noche, bajo un signo astrológico fatal y un ascendente inasible que determinarían, juntos, todos los días del resto de mi vida.

Una mañana —creo que era la hora en que el sol se filtra por las rendijas del enorme portón del galpón de chapas acanaladas y pintado de rojo—, Newin me propuso que lo ayudara en una empresa. No me invitó a ser socia, grave error, porque es posible que yo hubiera podido aportarle algo de luz de lo que más tarde se percibiría como mi estrella de la suerte: ese sol que iluminaria todo mi universo con la precisión de tener un Destino fijo.

Me explicó que utilizaría como materia prima gratis algo que abundaba en las calles y las riberas del río: hojas de moreras.

La moreras eran unos árboles tan grandes que formaban un túnel con sus copas a lo largo del camino al dique, una ruta de tierra polvorosa donde se hunden las gomas de los pocos autos, y que, cuando llovía, se volvían atroces, sólo transitables a caballo.

A uno de sus costados estaba nuestra casa, la única casa del pueblo pintada de rojo, a la que queríamos tanto, sin saberlo, hasta que todos nos fuimos, y mientras vivíamos en ella nuestro único pensamiento era irnos. Ésa fue una gran muesca en la personalidad de los dos, un punto en que éramos gemelos: el no poder entender la felicidad de lo simple, y que lo único que ansiábamos eran momentos diferentes al común.

Aquí, allá o en cualquier parte, la vida transcurre, y no entendimos que buscar desasosiego es una de las formas de ser distintos, de alejarnos del punto central y acercarnos a los extremos de la desdicha.

La sombra de esas moreras es un recuerdo definitivo; nunca volví a sentir otro frescor igual que el de abrazar sus manojos de hojas tiernas en plena siesta. Los frutos de aquellas moreras fueron los más dulces de todos los que luego pudimos probar.

No sé por qué este verbo lo pongo en plural, pero sentí siempre que Newin recorrió el planeta y, cuando volvió a buscar las moreras, que ya estaban secas, aceptó la precisa certeza de que aquellas moras fueron lo más dulce que llegó a su boca.

Nada dijo, pero sus miradas buscaron por doquier los troncos desaparecidos, y sus brazos hubieran querido estirarse para encontrar en sus ausentes ramas tal vez aquellos pocos años perdidos.

Estas historias, pequeñas como filigranas chinas, y terribles, suceden sólo en los pueblos polvorientos.

Newin compró los huevos en un japonés que vivía a 140 km, y los trajo como pudo. Los acomodamos en los cajones y nos miramos. A mi él me producía ternura porque ya tenía en los ojos amarillos la madeja de dolor de un futuro que él soñaba construir por sí mismo, pero que estaba allí agazapado desde el 3 de agosto en que llegó su cuerpo a esta tierra.

Cuando aparecieron los gusanos, yo, que siempre supe que mi vida seria intensa, no dormí esa noche contemplándolos. Como en un caleidoscopio, sus largos cuerpos aterciopelados fueron una pasarela hacia otro espacio y otro tiempo.

Esos gusanos, ¡que comían día y noche, y que sólo comían!, me fascinaron. De ellos aprendí que la infancia es una estadía donde lo que importa es el futuro. Para los gusanos el presente es sólo un puente entre la inmovilidad del no ser más que un huevo, y la libertad de volar como una mariposa. Ellos fueron mis mejores maestros.

Los gusanos aterciopelados. ¡Cuánto los amé! ¡Cuánto los amo aún 59 años después de la mañana en que los vi nacer! Esos seres insignificantes que nadie veía, o casi nadie. Siempre fue y será maravilloso estar entre ese número diminuto de los “casi” que ven aquellas cosas que son inexistentes a los “todos”.

Mientras mis amigas aprendían de sus padres, sus familiares o los docentes, yo aprendía las bases de la vida observando los gusanos de Newin. Seguros de sí mismos, sin asistir a un psicólogo ni hacer test vocacionales sabían para qué habían nacido. Conocían que el objetivo está dentro de cada uno, y estaban decididos a cumplirlo, como yo a los 7 años decidí cumplir el mío.

***

Cruzando el mar, mirando el cielo que se pierde sin perder su color, recuerdo los ojos celestes del librero cuando me miró sonriendo y me dijo: “Tengo un libro para usted”, y puso en mis manos “Seda”. ¡Qué bueno que haya libreros de cabecera que sepan de mí tanto como yo misma, o más!

«Seda» es uno de esos pocos libros que con certeza me han buscado; es un espejo retrovisor. ¿Cómo ese hombre de ojos azules llegó a conocerme tanto, a intuir un pasado que estaba borrado por completo?

En el lugar donde alguna vez nos vimos a lo largo de 20 o más años, fue en su librería donde, mientras yo hojeaba libros, él atendía clientes. Luego, yo me decidía por uno, pagaba y decía adiós. Así el rito se repitió casi sin palabras extras.

Ahora advierto que es posible conocer a una persona por los libros que la eligen ¿Qué es una librería sino un lugar de encuentros? ¿un lugar donde los libros acechan a quienes necesitan llegar? ¿Qué es un librero sino una Celestina que propicia y observa el instante del encuentro, como enseñó Borges?

«Seda» esta allí en el anaquel, sin piernas para correr tras de mí, sin brazos para asirme, sin voz para gritar mi nombre al verme pasar por la vereda. Los chinos y los libros son dueños de la paciencia del Universo, y, a la hora precisa, consiguen su objetivo.

Me bastó abrirlo y, como quien levanta una caja cerrada repleta de aceites florares esenciales y todos los aromas se sueltan en el aire, así fue. Pero ¿todos esos recuerdos estuvieron en mi memoria intactos, y el desconcertante Baldabiou, personaje de las páginas de «Seda», pudo desatarlos? Pero ¡si es sólo un nombre, tal vez inventado por un escritor!

Así, leyendo un libro que no busqué, me reencontré con mis gusanos sabios, los amados gusanos de Newin, descendientes de los perfectos huevos que Hervé Joncour buscó en Japón en 1860.

El camino de la seda a mediados del siglo IXX era casi impenetrable. Un europeo debía poseer un carácter especial, un sino de viajero, una estrella marcada, para animarse a recorrerlo.

Hervé «cruzó la frontera cerca de Metz, atravesó Württemberg y Baviera, entró en Austria, y llegó en tren a Viena y Budapest para proseguir después hasta Kiev.

Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal al que la gente del lugar llamaba mar. Descendió por el curso del río Amur, bordeando la frontera china hasta el océano y, cuando llegó al océano, se detuvo en el puerto de Sabirk durante once días hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a Cabo Teraya en la costa oeste del Japón.

A pie, viajando por caminos, atravesó las provincias de Ishikawa, Toyama, y Niigata, entró en la de Fukushima y llegó a la ciudad de Shirakawa, la rodeó por el lado este, y esperó durante dos días a un hombre vestido de negro que le vendó los ojos y lo llevó a una aldea en las colinas donde permaneció una noche, y a la mañana siguiente negoció los huevos con un hombre que no hablaba y llevaba la cara cubierta con un velo de seda negra.

Al anochecer escondió los huevos entre sus maletas, dio la espalda al Japón y se dispuso a emprender el camino de vuelta».

Éste fue el itinerario que recorrió el francés que se atrevería a traer a Lavilledié los primeros huevos de las mejores hebras de seda. Y lo recorrería de ida y regreso cuatro veces en su vida.

Pero para que las empresas gigantes pasen a ser parte de la Historia se advierte que debe darse primero una conjunción perfecta de un hombre llamado Baldaviú, que tenga un sueño, y de un hombre llamado Hervé, que no tema cumplirlo.

Allí, en ese puntito del espacio-tiempo, es posible encontrar el pasadizo para arrancar a los japoneses algo que guardaron por milenios, y nosotros, mirándolo ciento cincuenta años más tarde, empezar a entender que el Destino es la sumatoria de destinos individuales, pequeños, insignificantes, que se cruzan y producen un hecho único que los sobrevivirá mas allá de sus nombres.

Para ello los dos debían encontrarse en el bar Verdum a beber Pernod y mirar juntos un atlas donde estaba fijo, esperando a Hervé, un pueblo montañoso de Japón en el que se escondían celosamente «los huevos de gusanos que, al hacerse capullos, darían una seda tan fina que en las manos se volvía aire».

No hay elección. El Destino es una obra que está escrita antes de saber que nosotros seremos sus actores, ni cuando se alcanzará el “clímax” ni cuáles serán sus diálogos ni en qué teatro tendremos que representarla ni con quien… Vivimos sin saberlo. O, al menos, sin saber que algo nos espera y que puede tirarnos en medio de lo increíble para salir de los «todos» y empezar a ser parte de los “casi”. Volvernos otro de lo que teníamos pensado que seríamos.

Newin y yo vinimos marcados para ser, en pequeña escala, parte de los “casi”, pero él nunca lo sabría, y yo lo supe cuando ya él no estaba para contárselo.

***

El calor en aquel pueblo es normal, y las horas de sol se llaman siesta, y las siestas son para dormir. Newin y yo amábamos esa hora: el calor intenso, el silencio del resto de los humanos que desaparecían dejando un vacío maravilloso donde él me leía la historia de Aníbal Barca, el cruce de los Alpes en Elefante, la Gran Marcha de Mao por la Manchuria desolada, y la huida desesperada de Chang Kai Shek a su isla refugio.

Pasábamos juntos por la Historia desde el 300 a. C. al siglo XX con la serenidad de dos fantasmas para quienes el tiempo y el espacios son invenciones inútiles. Mirábamos los dos un globo terráqueo imaginario, porque los dos lo conocíamos de memoria milímetro a milímetro, y soñábamos dónde empezar a cavar un pozo profundo, profundo, profundo para cruzar por el medio del planeta hasta llegar a China y decirle a Chang Kai Shek que lo admirábamos, colgar una cinta roja en el Árbol de la Felicidad que está en el centro de Shangai, y regresar corriendo para alimentar a los gusanos.

Mi pueblo quedaba exactamente en las antípodas de Pekín, y parecía lógico que un túnel, en línea recta por el centro de la Tierra, era una idea fantástica. Lo mejor de mi infancia es que fue la etapa en la cual no tuve miedo a nada. Luego empezaría por temer a las arañas, después a los ascensores, y más tarde a las alturas, a los precipicios, a los túneles bajo tierra, a las cavernas llenas de estalactitas, al silencio, al ruido intenso, a los humanos perversos,… y luego temeré a mi sombra y terminaré por hundirme en ella para no verla más.

A veces yo leía poemas infantiles de Germán Berdiales, sentada bajo el emparrado donde miraba balancearse los racimos de moscatel —había tanta uva que resultaba una fruta cansadora; simplemente estaban, y nos aburrían el sólo verlas— y las ollas de dulce acaramelado que preparaba mi madre y que hoy pagaría cualquier precio por volver a comerlas.

Me impresionaba tanto la certeza con que Berdiales afirmaba en su poema «un día seré herrero dueño de una herrería». Yo también, cuando el aburrimiento me atrapó y fue un virus atroz que nunca me dejaría, entendí que también me iría para siempre de ese piso de ladrillos donde el sol dibujaba mandalas con formas simétrica al filtrarse entre las hojas de las parras.

Yo también tendría «una fragua donde atizaría preciosas pedrerías… con los brazos desnudos, abierta la camisa…». Trabajaría incansablemente para construir mi propio castillo de sueños y encontrar el hada mágica que me ayudara a volverlo real.

Berdiales escribió su poema con una increíble metáfora donde se planteaba la lucha imaginaria de un niño para conseguir consolidar un deseado futuro en el cual lograr, por sus propias fuerzas y trabajo, un objetivo. Yo lo repetía una y mil veces como si fuera el preámbulo de la Constitución que regiría mi vida.

En esos años tenía yo una hamaca que los Reyes Magos, que existen cuando se tienen 7 años, me habían traído un 6 de enero. Esa hamaca fue gloriosa, algo con lo que llegué a identificarme tanto que a veces siento hoy que sigo balanceándome en ella, que tengo las manos apretadas sobre sus cadenas, y todo se mueve al mismo ritmo. Colgaba precisamente de la rama de una morera, una morera macho que nunca dio frutos pero sirvió para sostenerla.

Balanceándome preparé gran parte de todo, o, mejor, de lo que entonces eran imágenes y que, avanzando hacia adelante, se volvieron vivencias.

¿Por qué mis proyectos descabellados, esas fantasías que llegaban montadas sobre los grandes copos de nubes blancas que traían los vientos del sur, se cumplieron con la puntualidad de un mandato, y los de Newin se deshilacharon como los pañuelos de colores repletos de peticiones incumplidas que cuelgan los tibetanos en las laderas del Monte Everest?

En esas tardes, hamacándome, no lo sabía y no hubiera podido hacer nada por evitarlo. Allí supe que no dejaría nunca de leer, y que el aburrimiento era una enfermedad congénita con la que sobreviviría sin encontrarle remedio.

***

Los gusanos de Newin crecían por minutos, y yo pasé ese verano observándolos. Ningún adulto conocido podía brindarme mejor experiencia ni mostrarme con mayor exactitud la puerta de entrada a la vida. Entendí por ellos que había una sala de espera, pero esa espera no era inútil y vana sino un inmejorable momento de crecimiento.

Mi padre y mi madre eran dos seres buenos, leían y tenían tantos libros como si ésa fuera una excelente razón para habitar este planeta. Nuestra casa era grande para los pocos humanos que la habitábamos, pero faltaba lugar para nuevos libros y discos.

Los discos eran de pasta, y luego long-plays. Ocupaban espacio físico cierto, y tenían para ellos dos habitaciones completas; un escritorio donde colgaban en las paredes mariposas que mi padre encontró en sus viajes, y que volvió cuadros; y algunas fotos de otros humanos, considerados importantes como Darwin, Newton, Curi, Montesori, o Erasmo.

Pienso que mis padres no estaban destinados ni al Cielo ni al Infierno, no eran parte de los «todos» ni de los «casi» sino de ese grupo que irremediablemente sería destinado al Limbo. Ahora el Papa decidió que el Limbo no existe más, oficialmente se decretó su abolición por las altas autoridades de la Iglesia Católica, por lo que todos los que por milenios fueron al Limbo, por el mismo decreto papal desaparecieron por toda la eternidad. Incluso mis padres, tal vez.

Ellos —a quienes observé leer tantas horas, y conversar sentados en la galería de baldosas con arabescos, y beber pineral y cerveza y fernet con quesos de sabores picantes, fiambres importados, aceitunas negras y amigos, amigos, tantos amigos, extraños y desasosegados como ellos—, ¿dónde estarán?

Claro, ahora encuentro la palabra para definir sus búsquedas: desasosiego. Daban la sensación constante de que recién entraban a vivir, que venían de una infancia sin gusanos, donde nada aprendieron sino el desconcierto de ser humanos, cuando en realidad estaban al final y no se daban cuenta de que, cerca, les esperaba la muerte.

Desconocían la palabra ahorro, organización, sistema. Yo los observaba desde mi hamaca como si fueran insectos bajo la lente de un microscopio: tan frágiles en esa pradera pequeñita de la que nunca saldrían, su dedicación al intelecto y el mundo de las ideas.

No, yo no sería como nadie de esta casa grande de paredes pintadas de rojo; no sería como nadie de todo mi pueblo; no sería como nadie. Sólo admiraba los gusanos de Newin.

Cuando iba a mis clases de piano le preguntaba a la Hermana Balbina qué es el Limbo. El lugar donde van los mas buenos, los puros de corazón. ¿Y qué hay allí? No lo sé.

El verano pasa muy lento en los pueblos polvorientos, y el mío no era una excepción.

Con Newin seguíamos cortando brazadas de hojas de morera, y yo asistía con atención a las clases magistrales que me daban sus gusanos: la espera debía aprovecharse para comer, para crecer, para fortalecer mente y cuerpo; lo demás llegaría si se tenía la precaución de prepararse correctamente.

***

Los primeros europeos en robar a los japoneses huevos de gusanos de seda fueron los italianos. Ninguno de mis ancestros en la Italia de 1860 debe haber soñado que 100 años más tarde yo usaría a los descendientes de aquellos gusanos como maestros para planificar mi pequeño e individual camino.

Ver como las láminas de clorofila eran devoradas por esos relucientes seres poseedores de una inteligencia diferente a todas las conocidas, era una diversión y un permanente trabajo de evolución.

Ellos sabían el para qué de estar en ese cajón, y hacia dónde irían después; algo que parecían no saber los humanos sobre sí mismos. Conocer el Destino es una ventaja porque permite marchar en línea recta.

Para los «casi» el Destino es un lobo hambriento que nos acecha en las encrucijadas; comprendemos que es nuestro, que está allí siempre y que no podemos dejar de cumplirlo, pero el desconocer cómo presentará cada jugada, asusta. Los “todos” parecería que no saben, o no les interesa saber que es posible tener un Destino.

***

He subido por el globo hasta casi el Polo Norte buscando las auroras boreales, para encontrar la permanente luz de los días sin noches.

He bajado hasta el Erg Chebbi, un campo de dunas móviles en el desierto de la frontera con Argelia, en un viaje que lo que más requiere es paciencia y espíritu de aventura, porque las carreteras de Marruecos están hechas para camellos.

Sola, cuando la oscuridad cae sobre el desierto es un manto protector; al dejar de ver las dunas desaparece el desierto y queda la soledad. Esto es una frase, pues siempre el miedo sigue allí, irremediable; es el mismo que sienten hasta los animales cuando van por lugares extraños.

Las aves migratorias, antes de iniciar sus viajes se reúnen nerviosas volando en grandes círculos, se llaman, se dan ánimo hasta que por fin se van. Ver el inicio de una gran migración es algo perfectamente maravilloso. El desorden previo se vuelve una formación compacta, precisa, alineada. Es un todo que se vuelve uno en la decisión de seguir un mandato ancestral que supera el miedo.

Aún en el siglo XXI, en Erg Chebbi, América parece estar tan lejos, tan lejos, que el sólo pensar en ver un rostro occidental es como si fueras a encontrarte con un amigo, con alguien que sabe mucho de tu vida porque ha vivido en los mismos lugares.

Hay una empatía celular: sólo basta sonreír para entender que en algún segmento del ADN tienes un pariente común; los ojos, la piel, el idioma, son plantas de una misma raíz . Pero no encontré ninguno, solo los bere-beres con sus mantos azules, mirándome con ojos de una negrura espeluznante.

Me conectaba con ellos sonriendo; no había muchas formas, pero en el elemental idioma de las necesidades que compartimos todos los humanos es fácil comprendernos sin palabras.

***

Una mañana los gusanos de Newin comenzaron a quedarse muy quietos y con las cabezas levantadas, como en un estado de trance. Así estuvieron largas 24 horas, hasta que fueron a pegarse a las ramas y envolverse rápidamente en un hilo tan fino que tejían formando un capullo que los iba aislando.

Ya no podíamos seguir tratándolos como animales, suministrándoles agua y comida y un lugar fresco y seco. No existía internet, y en la única librería del pueblo nos miraron asombrados.

—¿Un libro sobre cría de gusanos de seda? —preguntó Don Ortiz—. Pero, ¿quién cría eso acá?

—Nosotros— dijo Newin, involucrándome en su empresa.

Y a los pocos días el librero había traído un ejemplar, muy desojado y sin tapas, sobre el tema de nuestra preocupación.

En el desojado libro se explicaba que, según la tradición china, la seda se descubrió en el año 2640 a. C., en el jardín del emperador Huang Ti. Y, de acuerdo con la leyenda, Huang Ti pidió a su esposa Xi Lingshi que averiguara qué estaba acabando con sus plantas de morera.

La mujer descubrió que eran unos gusanos blancos que producían capullos brillantes. Y, al dejar caer accidentalmente un capullo en agua tibia, Xi Lingshi advirtió que podía descomponerlo en un fino filamento que podía enrollarse en un carrete.

Había descubierto el hilo de seda, secreto que mantuvieron guardado los chinos durante los siguientes 2.000 años. La Ley Imperial decretó que todo aquél que revelara ese secreto tendría la pena de muerte.

Pronto descubrieron que los gusanos poseían una personalidad definida: detestaban el frío, el desorden, el ruido, las personas nerviosas y tristes, las mujeres embarazadas, el humo del tabaco, y los olores fuertes. Cuanto más especial era el trato que se les daba, más especial era el capullo que producían.

Después de formados los capullos, las dos glándulas de seda que los gusanos tienen a lo largo del cuerpo empiezan a segregar una mezcla semilíquida, y las hebras de ambas glándulas se combinan en un solo filamento.

Primero se fijan haciendo una fina red. Luego, con un movimiento en forma de 8, los gusanos menean la cabeza de un lado a otro y lentamente van construyendo un capullo impermeable que los cubre por completo. Tardan unos tres días en hilarlo, proceso durante el cual sacuden la cabeza unas 300.000 veces.

Si la metamorfosis se completa, el gusano supera la etapa de crisálida y se convierte en mariposa al cabo de dos semanas, aproximadamente; en ese tiempo las enzimas segregadas por el capullo ablandan éste y sale la mariposa,… para iniciar un nuevo ciclo de vida.

En el caso de ser utilizados para obtener su seda, sólo se permite llegar a mariposa en pocos casos, para preservar la especie; a los demás se los mata en la etapa de crisálida. Se evita que el capullo se dañe al salir la mariposa, y puede recuperarse la fibra entera.

El desenrollado de la fibra se realiza remojando los capullos en agua tibia para encontrar la punta del filamento de seda, que se devana en un carrete. Las fibras de varios capullos —por lo general entre cinco y ocho— se enrollan en el mismo carrete, para obtener un hilo suficientemente grueso. Hoy se usan devanadoras automáticas.

La seda llegó a Occidente hace siglos, decía el libro desojado y sin autor visible. Ahora sé que la trajo Hervé, y que sigue siendo la tela más preciada. También explicaba que los gusanos de seda fueron bautizados con el nombre oficial de Bombyx mori, y que cada capullo daría un kilometro y medio de hilo.

En medio de estas enseñanzas, nos enteramos de una leyenda, y a esta altura de la información ya habíamos entendido los dos que más nos interesaban las leyendas que las técnicas.

En el año 550 d. C. llegaron a Constantinopla dos monjes y ofrecieron al emperador bizantino, Justiniano I, el secreto de la seda, para lo cual habían logrado sacar de China los huevos intactos dentro de unos bastones de bambú.

Pero además de los huevos debían conseguir las moreras para que comieran los gusanos al nacer, y allí sólo había robles para ofrecerles. Así, los primeros gusanos que comieron hojas de roble dieron una seda de muy inferior calidad.

Mientras esto ocurría, en forma oculta continuaba el trafico ilegal de telas por el largo y misterioso Camino de la Seda de más de 5.000 Km que los comerciantes recorrían, desde Luoyang hasta Italia, durante 8 meses, transportando la seda confeccionada en Japón y también en China.

Newin seguía leyendo el desojado libro, y yo lo escuchaba, más por el asombro, pues a esta altura ya el interés en la empresa había desaperecido. Sin decir palabra alguna los dos estábamos enfrentados a un horror para cuya comisión teníamos una incapacidad innata: habernos decidido a trabajar en algo para lo cual éramos esencialmente incapaces. Nunca jamás, por ningún dinero, mataríamos las crisálidas de esos gusanos inteligentes para vender los capullos.

El libro seguía explicando que las tierras de clima templado, con altitud de 100 metros y temperaturas de 16 a 25 grados, resultaban las mejores. Y la mejor estación de crianza era la primavera porque era el momento en que brotaban las moreras, por tratarse de un árbol caduco que pierde sus hoja en invierno.

La mejor seda es la que se logra con un proceso manual en el cual los capullos son introducidos en agua tibia, y el hilo se va desenrollando suavemente para no cortarlo.

Luego venia una explicación minuciosa de siete pasos perfectamente definidos para alcanzar una pieza de seda deliciosa, perfecta, artesanal, preciada y decididamente digna del traje ceremonial de un mandarín chino.

1. Cultivo del gusano de seda. En un espacio sombrío y aireado, y en una superficie aislada del suelo, se colocan los capullos, habitualmente en una cama de hojas de morera situada sobre cañas o cartón perforado. Durante los 45-50 días, desde que rompe el huevo hasta que se extrae el capullo, los gusanos necesitan ser atendidos permanentemente, alimentándolos dos veces al día, limpiando su lecho con frecuencia, y manteniendo una temperatura entre 19°C a 25°C.

2. Extracción. A partir del décimo día del capullaje se desmonta el entramado de hojas y se separa cada capullo, quitándole la borra y las impurezas. Como la crisálida sigue viva se ‘ahoga’ con vapor o aire caliente (tradicionalmente, una sábana al sol), y, si es necesario, se procede al secado y a la selección de los capullos para su venta o hilado. En este punto finaliza el trabajo de los agricultores.

4. Hilado o ‘sacado’. Con esta actividad se inician las labores de la industria textil o del artesano sedero. Para deshilar el capullo, que puede tener entre 800 y 1.500 metros de hilo, se cuece en una caldera de cobre con agua a una temperatura de 80 a 100°C, para que quede limpio del gres y afloje el hilo de seda, momento en que el artesano los deshila con una escobilla para pasarlos a un torno manual que va formando madejas. Al devanado simultáneo de varios capullos se le llama seda cruda o en greña ‘emparejar’. Las madejas se colocan en la devanadera grande, y de ahí a la zarja (torno más pequeño) con 2 o 4 ruedas según el número de hebras que se quieran obtener, hasta los cañones, y en este momento se introduce un huso en el cañón que se gira para formar con las 2 o 4 hebras un único hilo de mayor consistencia. Para evitar las asperezas de la seda, y que ésta coja más torcedura, se humedecen las hebras. Finalmente se obtienen madejas.

4. Guisado. Las madejas se cuecen y blanquean con agua y jabón para quitarles las asperezas debidas a la sericina, removiéndolas para que se blanqueen por igual. Se aclaran con agua y se secan al sol.

5. Teñido. En este momento se puede proceder a teñir la seda con tintes naturales, o dejarla en su color original (blanco, amarillo, verde o rosa pálido).

6. Trenzado. Todavía en madejas, la seda vuelve a los cañones para hacer la urdimbre.

7. Tejido. La trenza obtenida pasa al telar donde empieza la tejeduría».

Estábamos congelados, el corazón congelado, los ojos fijos en un punto perdido en cualquier parte del emparrado. Newin leía en voz alta, y yo sólo escuchaba por conocer lo que no haríamos, por conocer lo que debimos conocer antes y no ahora cuando esos miles de gusanos espeluzados se transformaron en una parte importante de nuestras estáticas e inmóviles vidas de pueblo.

Esos gusanos que nos mostraron lo que era la decisión, la voluntad de plantearse una meta, y luego el valor de cambiar, hacer un giro de 180 grados y dejar lo que sabían —que era comer y trepar entre las hojas y las ramas— para dedicarse a algo nuevo, diferente, increíblemente difícil, como tejer un capullo con 300.000 movimientos de su cabeza, de un equilibrio copernicano.

Con Newin no nos dijimos nada porque nuestro lenguaje más fluido siempre fue el silencio, y cada uno buscó su lugar favorito: él en la biblioteca leyendo Nietzche, y yo en mi hamaca contemplando los dibujos inciertos de los cúmulos–nimbos que subían del sur con sus cargas de agua.

El reloj no se detuvo; cada quien debía seguir cumpliendo su propio Destino.

Ya en esa primera juventud resultó evidente que él no tenía conciencia del fracaso, que esa palabra no estaba escrita en su diccionario, y que contaba con la incalculable ayuda de olvidar.

Diez días más tarde nos asomamos y, por el fino alambre de mosquitero que cubría los cajones, vimos un revoloteo de cientos de alas.

Nacieron con la puntualidad prevista, porque nada en ellos está librado al inconsciente azar. El tiempo para los gusanos de Newin no era una palabra más. Su férrea voluntad de respetarlo me hizo entender que allí estaba la clave, la clave que yo presentía, la clave que mis padres no habían encontrado, la cifra que Borges imaginó que se esconde en la piel del jaguar. A falta de jaguares, y sin buscarla por casualidad, la encontré: la clave de la vida es que todo es tiempo.

Abrió Newin la tapa de alambre y salieron en revoloteo; ninguna mariposa miró hacia la otra. Cada una se elevó por sí y se perdió entre las hojas de todos los árboles.

Ellas también tenían un Destino, sin duda muchas habrán caído al agua del río, y otras habrán buscado en vano donde unirse y dejar sus huevos. Sólo unas pocas encontraron las moreras y pudieron dejar sus huevos para una nueva generación, cerrando el círculo de sus vidas, saltando hacia el futuro y muriendo en paz, tan lejos de China.

Mi relación con el tiempo siempre fue desequilibrada y personal. No había leído a Einstein, y ya los días de mi infancia eran interminables, las horas se extendían en las tardes sin fin y entraba en un pánico de claustrofobia. Las tardes eran burbujas herméticas de las cuales no podía salir.

Leía hasta cansarme, y luego pensaba y me hamacaba y miraba el cielo y hablaba con los pájaros y buscaba iguanas entre los cañaverales azulados. Bajaba al río, que corría siempre con la misma agua sin terminar de irse, y los sauces se balanceaban.

Regresaba hacia las líneas de moreras y escuchaba al zorzal que llamaba a no sé quién con un silbido que también se petrificaba en el aire. Allí estaba aún el crepúsculo inacabable apresándome en la peor de las angustias: el aburrimiento.

Después que las crisálidas se volvieron mariposas, también se fue Newin. Lo miré alejarse con su maleta, con su Destino siguiéndole a pocos metros, y la soledad precediéndole para ayudarle a equivocar siempre su camino, hasta la misma noche de primavera en que la soledad se le hizo irresistible y prefirió la nada.

Susana Tibaldi (Córdoba, Argentina)

[Col}– España. Un caso real, un lamento generalizado

02-01-13

Natividad Recio

Hoy fue un día espeso.

Mi madre lleva 33 días hospitalizada. “El médico” pasa, cuando puede, entre las  9 y las 15, y si preguntas a la enfermera no sabe nada, dice que no está informada de las horas. 

Hoy he estado en espera desde las 10 a las 14:45. A esa hora se apareció por fin «el señor», y fue una suerte, pues era un tío legal. Cuando le pedí que se explicara, se sentó y se dignó contarnos, a mi madre y a mí misma, de qué se trataba la cosa. Mañana la trasladarán a Fuenfría (1), un hospital de larga estancia para curarle un herida que tiene en la pierna.

Hoy era un día raro en el hospital, fin de huelga de médicos. He conocido en estos 33 días a varios médicos que se iban  pasando la paciente a base de informe de computador y enfermera, por lo que hoy, que han llegado todos a la vez y con ganas, las enfermeras estaban desbordadas, y un poco pasadas —quemadas, diría yo— y los familiares también; todo era más lento.

Paciencia. En una de estas idas y venidas, me he acercado al garito de los médicos y allí me encontré con uno de estos los dioses derrotado: 38 años, médico, e imagino que con su real MIR (Médico Internista Residente), una especialidad. ¿Cuántos años ha dedicado a prepararse —me pregunto—, para llegar hasta aquí?

«O  haces   lo  que  te  digan   o te  vas  a  la  calle,   que  hay  muchos esperando; esto está mal. Dos hijos, y me moriré sin poder pagar la hipoteca. Su generación fue afortunada —me dijo, y yo me sentí mal—. ¿Qué nos pasó? Nos pasó que mi generación le hizo creer a nuestros hijos que éramos ricos, cuando en realidad crecimos sin agua corriente, con los segadores durmiendo en las cuadras durante el poco tiempo de la siega, y comiendo a diario cocido y sopas de ajo; de esto no hace tanto. Todo el dinero que nos llegó de Europa lo derrochamos en mármol, y ahora Macael (2) está en bancarrota».

Y en esto cayó en mis manos El Mundo de hoy donde leí acongojada que «El suicidio laboral desborda Francia – París. La línea de Metro que nace en La Défense, está acristalada».

Y me digo que hay que volver a leer El hombre en busca de sentido que nos ayudará quizás a retomar las ganas de vivir con ilusión y armonía.

Ante todo esto, he colgado en mi balcón una sábana blanca (3). Lo vi el otro día en Madrid en algunos balcones del Centro.

Os deseo un venturoso 2013, ya pasado y cerrado el 2012 sin fin de los tiempos; un 2012 que nos hizo darnos la vuelta para ver el entorno de forma diferente: todo patas arriba.

Ahora vamos a encarar el 2013 con la fortaleza de que disponemos para segar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas. El 2013 nos liberará de cosas vanas y, con la energía de nuestros huesos, saldremos hacia adelante sin que nada ni nadie pueda oponerse, y con el secreto de la vida en nuestro bolsillo.

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(1) Este hospital está muy lejos de Madrid; necesitamos dos horas y media para llegar, y otras tantas para volver. Eso significa que no podremos ir a ver a mi madre todos los días, como sí podíamos en el hospital en el que estaba ahora.

(2) Pueblo de Andalucía que vivía de la industria del mármol.

(3) Ahora en España existen distintos colores para las distintas mareas que protestan. El blanco es para la Sanidad.

[*Otros}– El lagarto gigante de La Gomera logra salvarse de la extinción

03/01/2013

Los conservacionistas lo daban por desaparecido, pero el esfuerzo de un grupo de profesores de la Universidad de Laguna ha conseguido que el lagarto gigante de la Gomera vuelva a poblar la isla Canaria.

Según explica Sonia Plasencia, técnico del Centro de Recuperación del Lagarto Gigante de La Gomera, recuperar la población de esta especie no ha sido una tarea fácil. Sin embargo, considera un éxito que hoy en día haya más de medio millar de ejemplares.

Un ejemplar de la especie ‘Gallotia bravoana’

 

Fue en el año 1999 cuando los profesores de la Universidad de la Laguna hicieron posible el redescubrimiento de ‘Gallotia bravoana‘, como se conoce a esta especie. Su nombre es un homenaje al paleontólogo y geólogo Canario Telesforo Bravo.

Llegaron a medir un metro de longitud

Hasta 1999, sólo se conocía esta especie a través de los fósiles encontrados, que muestran que el tamaño de estos lagartos hace cientos de años era muy superior al de los actuales. Según explican los responsables de este estudio, podían llegar a superar el metro de longitud.

No obstante, las dificultades para sobrevivir hicieron que mermara el tamaño de la especie hasta llegar al tamaño actual, que no llega a superar los 50 centímetros.

Los lagartos gigantes de La Gomera solían vivir por toda la geografía insular, exceptuando las zonas más frías y de mayor umbría debido a las brumas producidas por los vientos alisios.

Los protagonistas de esa húmeda zona, por el contrario, eran y siguen siendo los frondosos bosques de laurisilva y multitud de endemismos de flora y fauna que dan vida al Parque Nacional de Garajonay, joya del patrimonio natural Canario, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986.

El bosque de ‘El Cedro’, reliquia del Terciario

En este Parque emblemático de la naturaleza isleña se encuentra el bosque de ‘El Cedro’, verdadera reliquia del periodo Terciario, y desde donde parten multitud de senderos que atraen cada año a viajeros amantes de las actividades en la Naturaleza.

Con el objetivo de restablecer la población que originalmente habitaba gran parte de la costa de esta isla Canaria, el Centro de Recuperación del Lagarto Gigante de La Gomera ha anunciado que pondrá en libertad a más de 80 ejemplares que en estos momentos viven en cautividad.

Según los últimos censos realizados a la población de esta especie de lagarto, el número de ejemplares se ha multiplicado por diez en los últimos siete años, contabilizándose un total de 576, de los cuales 326 viven en cautividad, y unos 250 en libertad, estos últimos en la zona del risco de la Mérica, en Valle Gran Rey.

Pese a que los datos sobre el aumento de esta especie son alentadores, los conservacionistas están encontrando dificultades para reproducir a este animal en cautividad.

Asimismo, Sonia Plasencia destaca la necesidad de adecuar el entorno donde puedan vivir en libertad, debido a la presencia de depredadores. Asimismo, el Cabildo de la Gomera construirá un Centro de Interpretación del Lagarto Gigante para que los visitantes puedan conocer mejor esta desconocida especie de la que aún los científicos están descubriendo aspectos de su ciclo vital y comportamiento.

Fuente: El Mundo