[Col}> El boleto bajo la almohada / Soledad Morillo Belloso

05-08-2025

Soledad Morillo Belloso

El boleto bajo la almohada

A ti, que te fuiste como quien se despide con el último suspiro del atardecer. Que hiciste la maleta con más preguntas que ropa, más miedos que mapas. Que te despediste con un “nos vemos pronto”, con las ojeras mojadas y chistes malos para disimular el nudo en el pescuezo.

Acá, los días siguen oliendo a mango maduro, a cafecito colado en media, a pan calentico que alguien trae sin saber que salva una  mañana. Las paredes están igual de escarapeladas, pero les hemos colgado más sueños para que no se caigan del todo.

Y sí, el ventilador todavía suena como helicóptero nervioso, pero uno se acostumbra. Lo que no cambia es que Venezuela sigue queriéndote como se quiere la medallita de la virgen que se perdió en una fiesta y uno ruega que aparezca al día siguiente.

No, no te hemos borrado. Estás en el saludo del kioskero que pregunta si allá también hay empanadas de pabellón, si el queso se derrite igual, si el “quihubo” se entiende o hay que traducirlo. Estás en el que dice “mi primo vive afuera”, como si “afuera” fuese un planeta.  Estás en los abuelos que no entienden los horarios de otro país, pero igual te mandan bendiciones a cualquier hora.

Sabemos que allá estás aprendiendo a vivir con reglas que no incluyen regatear en el mercado,  o buscar el USB con las novelas turcas. Que allá nadie grita “¡pasajeros pa’l centro!” en la calle, ni te regalan un chiste con el vuelto. Que allá no hay ron con nombre de héroe patrio ni apagones que terminan en cuentos con velas.

Pero también sabemos que allá estás haciendo patria, hecho el zoquete, en silencio, con tu acento que se resiste a irse, con tus canciones que suenan muy fuerte los domingos, con esa manía de decir “gracias” y “por favor” aunque nadie lo espere.

Queremos que estés bien. De verdad. Que te abracen sin tanta preguntadera, que te besuqueen los cachetes y la frente, que el metro o el autobús lleguen a tiempo, que el pan no tenga más inflación que levadura. Pero también queremos que no nos olvides. Ni a tus amigos con apodos inexplicables. Ni al perro que te sigue aunque ya no vivas en la esquina. Ni al sonido de las olas diciéndote “pana, no todo se rompe”.

Guarda en tu bolsillo un boleto de regreso. Aunque sea imaginario. Aunque lo uses sólo para soñar. Por si un día te despiertas con ganas de guayaba, con nostalgia de reggaetón mal cantado en la buseta, o con el deseo inexplicable de un abrazo de esos que duran más de lo necesario.

Aquí seguimos. Con los mismos problemas y otros nuevos, pero, ya sabes, sabaneando  improvisaciones. Con el humor intacto, medio desdentado pero aún mordiendo. Con ganas de verte llegar con acento mezclado y cara de “yo también pasé trabajo, vale”.

Sé que allá “no te hace falta na’, aparentemente na’”, como canta Maluma, pero sé también que ese lugar aún no ha aprendido a quererte como te quiere esta tierra. Venezuela no te exige, no te reclama, te espera. Con las luces intermitentes, pero encendidas. Te quiere con tus aciertos y tus errores, con tu acento que va mutando sin querer, con tu nostalgia pintada de logros.

Y aunque no te lo digamos siempre, queremos que tengas bajo la almohada el boleto de deseo de regreso. Por si un día el corazón se te sale del pecho pidiendo volver. Por si se te antoja el ruido de las motos sin silenciador o las peleas por quién tiene la mejor hallaca. Por si acaso, por si todo.

Regresa cuando quieras, cuando  puedas. Pero, mientras tanto, deja que el recuerdo del merengón de níspero y de esta tierra te haga cosquillas en el alma.

[Col}> La Otra / Soledad Morillo Belloso

12-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La Otra 

*Escrito para las mujeres, pero es bueno que lo lean los hombres

Ella no madruga por gusto. Madruga porque el mundo insiste. Pero mientras se cepilla los dientes, está imaginando una vida alternativa donde es estrella de cabaret y desayuna champagne con fresas.

Le fascina hablar sola, porque es la única que siempre le da la razón. Le hace ojitos a los desconocidos, no por flirt, sino por deporte. Le gusta desordenar gavetas cuando busca “algo que no sabe qué es”. Siempre lo encuentra.

A esa otra mujer le importan tres pepinos lo que opinan los influencers. Su influencer de cabecera es la tía loca que baila salsa sola en las fiestas familiares. Esa mujer colecciona momentos, no evidencias. Por eso tiene mil recuerdos y ninguna foto.

Cuando entra al supermercado, va por detergente y sale con tacos y esmalte de uñas. A veces aparece disfrazada de carcajada, de silencio incómodo, de mirada que dice “sé más de lo que parezco”. Le gusta sabotear la rutina con ideas absurdas tipo “¿y si dejo todo y me voy a aprender gastronomía en La Toscana?” No lo hace. Pero por cinco minutos, lo vive.

Esa mujer está hecha de magia cotidiana. Es la voz que te dice “no pidas permiso”. Es la que se escapa por la ventana de tus pensamientos cada vez que la vida se pone seria. Es la versión sin filtros, sin excusas.

Y cada vez que la dejas salir… te recuerda que ser mujer también es un acto de comedia divina.

A veces la diferencia está en el tono. Si quien te habla es seria, organizada, preocupada por si ya pagaste el seguro del carro, probablemente sea “tú oficial”. Pero si la voz se ríe antes de terminar la frase, si propone locuras tipo “vamos a fingir un acento ruso en la reunión”, entonces sí, es la otra.

Una pista segura es que la otra mujer no da consejos… hace  invitaciones. No te dice “ten cuidado”, sino “¿y si lo hacemos igual, pero con seda y encaje?”. Hay quienes aprenden a reconocerla por el cosquilleo previo a una decisión poco lógica pero absolutamente deliciosa. Ella no razona, ella provoca. Y no responde con argumentos, sino con carcajadas que suenan a permiso.

Hay días en que te despiertas con una voz que te dice: “Hoy ponte los zapatos de tacón, aunque vayas  al abasto”. Y ahí sabes: ésa no eres tú-tú, la que organiza el calendario y paga la luz. Ésa es la otra, la que se aburre de lo sensato y busca el efecto sorpresa. La misma que sugiere mensajes misteriosos, como “Me acordé de ti sin razón”, sólo para ver qué pasa.

¿La quieres identificar? Fácil: la otra no te habla, te guiña. No te exige nada, pero te da ganas de hacer todo. Es esa voz bajita que aparece cuando el silencio se pone interesante. A veces la sientes como cosquilleo en las costillas antes de hacer algo que nunca harías. Otras veces, entra como tromba marina con una idea loca que te hace reír sola.

Y si dudas de quién lleva el volante interno… basta con mirar tu outfit: ¿práctico o provocador? ¿Rutina o aventura? Si hay color, riesgo, o una decisión innecesariamente teatral… ya sabes quién está al mando.

Algunas mujeres la confunden con un impulso. O con el efecto del café mal colado. Pero ella no es una ocurrencia: es una presencia. No hace ruido, hace efecto. Se manifiesta cuando estás a punto de decir “no puedo”, y de pronto te sale un “pues claro que sí, y con brillo”.

Cuando le hablas a alguien y no sabes si eres tú o la otra, hay formas de averiguarlo. Por ejemplo, si usas palabras como “imposible”, probablemente sea la versión de ti que organiza las prioridades. Pero si la frase empieza con “no sé por qué, pero tengo ganas de…”… Ya estás cruzando a terreno prohibido. La otra mujer vive en esas frases que no esperan permiso, ni explicación.

Una vez al mes (o a la semana, si anda inspirada), se asoma en conversaciones inocentes. Tú dices: “sólo voy a mirar”, y ella compra. Tú susurras “tengo que comportarme”, y ella grita “¡Aburridooo!”. A veces, aparece cuando lees un mensaje que no deberías responder, y ella teclea el emoji antes de que tu juicio despierte.

¿Y sabes qué? Tiene excelente timing. No interrumpe cuando estás en modo responsable. Pero cuando se abre una rendijita de libertad, entra como brisa con olor a fiesta, y te recuerda que vivir también es permitirse el desorden ocasional. Por eso, no siempre sabrás si quien está hablando es “la tú de todos los días”… o esa otra tú que lleva puesta la piel de secreto.

Eres tú y eres la otra. Y a tu pareja le gusta una, pero mucho más la otra. Y claro que le gusta la una: la que organiza los domingos, recuerda cumpleaños, y sabe que los granos se cocinan a fuego lento. Esa eres tú, sin adornos. Pero cuando aparece la otra —con su humor impertinente, su risa de medio lado y su capacidad para convertir una cena cualquiera en escena de película— entonces él se derrite como mantequilla en arepa caliente.

La otra no pregunta “¿te parece bien?”… simplemente lo arrastra. Le dice “vamos a hacer algo irresponsablemente divertido”, y él ya está buscando las llaves. A ella le celebra el descaro, la falta de horarios, el vestidito innecesario un martes por la tarde. Y tú lo ves, y entiendes: a veces la pasión no se enamora de la lógica, sino de ese disparate que no avisa.

Pero lo sabroso es que no hay que elegir. Porque tú eres las dos. La que sirve sopa y la que improvisa un viaje con lo que hay en el bolso. Él cree que tiene una, pero está con un dúo que se turnan el protagonismo según el clima emocional. Y aunque diga que le gusta más “la otra”, lo que de verdad lo cautiva… es no saber cuál aparecerá al abrir la puerta y a  cuál desvestirá en la cama esa noche.

[Col}> Manual para no fallar buscando novio para la viuda / Soledad Morillo Belloso

10-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Manual para no fallar buscando novio para la viuda

Mucha gente me busca novio. Lo hacen por razones que van desde el cariño que me tienen, hasta el genuino deseo de sacarme del ostracismo. Pero, hasta ahora, los candidatos que me ofrecen, pues, digamos, parecen soufflé de chayota y saben a carato de parcha.

No se ofendan, pero la oferta parece mezcla de yogur sin azúcar con sopa sin sal: cero sazón, y ni una pizca de travesura. Por eso, aclaro los requisitos antes de que me lancen otro espécimen con olor a aburrido.  Expongo con claridad requisitos para que el “boyfriend hunting” en el que están empecinados mis amigos (que fueron amigos de mi difunto) no se convierta en un fracaso.

  1. No clones, gracias. Ya tuve mi porción gourmet: el difunto, modelo cinco estrellas con ojos verdes y elegancia de vals vienés. Pero ya fue. No quiero remakes ni nostalgia con patas. Que venga con sazón propia y receta inédita.
  2. Cero manual de uso. Nada de “¿dónde está el botón de emociones?” Si necesita instrucciones para entenderme, que se dedique a armar estanterías de Ikea. Yo soy de intuiciones, no de tutoriales.
  3. Debe bailar bajo la lluvia. Nada de “eso no tiene sentido”. Si llueve y me escucha decir “vamos a caminar”, que traiga paraguas y actitud. Y si nos empapamos, que prepare empanadas y descorche vino como todo caballero improvisado.
  4. Vacaciones estilo servilleta. Itinerarios en Excel son agresiones emocionales. Quiero mapas dibujados a mano, planes nacidos en la sobremesa y destinos que incluyan perderse a propósito.
  5. No se aceptan celos con fantasmas. Sí, fui feliz. Sí, hay recuerdos. No, no invito espectros a cenar. Que se acomode en el presente sin necesidad de vencer al pasado, que bastante ocupado está en ser memoria.
  6. Coqueta y con licencia. Uso vestidos con intención, ceja levantada con elegancia, y “buenas” que podrían ser “buenísimas”. El candidato debe saber que la coquetería no es pecado sino patrimonio emocional.
  7. Abrazos lentos y desorden delicioso. Nada de emociones estériles. Quiero locura con límite difuso, risas que no pidan permiso, y abrazos que se tarden en despedirse. Que me sorprenda, que no me catalogue, y que se quede si trae algo nuevo que contar.
  8. Debe saber que soy viuda… no momia. Mis recuerdos están enmarcados, no encadenados. Que entienda que sí, fui feliz. Pero eso no impide que lo sea otra vez, con otro guión, otro actor, y otro tipo de vino.
  9. Que venga con humor, no con solemnidad. Si busca una santa, que vaya a misa. Si quiere conversación con picante, baile emocional y sobremesas que deriven en aventuras, entonces que se acerque. Pero que venga sin miedo, con ganas de improvisar y sin pretensión de dominar la escena. Yo no soy perita en dulce… soy más bien postre intrigante: crujiente por fuera, sabroso por dentro y con sorpresa escondida.
  10. Debe tener sentido del humor… y resistencia al mío. Río fuerte, hago chistes raros y a veces me burlo del drama con elegancia venenosa. Si se ofende fácil, que pase al siguiente aviso. Se necesita alguien que se ría conmigo, incluso cuando no entienda el chiste.
  11. Debe saber cocinar al menos una cosa decente. No pido chef de estrella Michelin, pero sí que sepa hacer una pasta que no tenga sabor a castigo de Dante. Porque seducir el paladar también es arte, y si lo acompaña con conversación inteligente, puede que tenga cita asegurada.
  12. Debe tener vocación de cómplice, no de juez. Mi vida está llena de capítulos fascinantes —algunos intensos, otros absurdos— y quien se acerque no está aquí para emitir veredictos. Que se acomode en la trama, que aporte a la aventura, y que entienda que esto es novela, no juicio sumario.

Extra: Debe entender que la música no es fondo… es protagonista. Nada de “pon lo que sea” ni playlists genéricas que parecen elevador de centro comercial. Quiero que se emocione cuando suene esa canción que nos mira como si supiera algo. Que respete el silencio entre notas, que le dé play a la vida con banda sonora propia. Porque no hay historia sin ritmo ni escena sin melodía. Si no sabe qué canción nos representa… que no se preocupe: yo tengo una lista, y está llena de pasiones esperando primer acorde.

Una amiga muy querida —viuda, coqueta y con más estilo que un desfile de Milán— me contó una escena digna de comedia romántica con giro inesperado. Luego de años lidiando con el duelo como quien entrena para maratón emocional, decidió darle otra oportunidad al amor… o al menos al flirteo civilizado.

Tuvo varias “primeras citas” que no llegaron ni al calentamiento. Pero un día apareció uno con buena curva: conversador, decente en el coqueteo, con swing verbal y potencial de hit. Y así, poco a poco, fueron avanzando por las bases. Primera, segunda, tercera… hasta que llegó la gran oportunidad: bases llenas, emoción en aumento, luces tenues, expectativa a tope.

Y ahí, justo en el borde de la cama —literalmente— el caballero en cuestión se volvió clérigo. “Ya fue mala señal que se dejara las medias puestas”, me contó mi amiga.

Pero el desastre vino a seguir: el hombre puso cara solemne, bajó el tono de voz y soltó: “Perdóname, Señor, que estoy a punto de pecar”.

Silencio absoluto. Suspensión del juego. Se apagaron las luces del estadio y se guardaron los bates. Desde entonces, mi amiga no volvió a invitarlo al campo, y con razón. Le puso el apodo perfecto: “Matalibido”. Porque si algo puede acabar con la pasión en un segundo, es convertir el deseo en acto penitente.

Advertencia: Aburridos, favor abstenerse.

[Col}> Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice / Soledad Morillo Belloso

06-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice

Yo conocí a Alejandro Rivero una tarde caraqueña de 1979, de esas que huelen a humedad, tráfico y nervios. Era como la tercera —o quizás la cuarta, ya ni me acuerdo— entrevista para entrar en IBM, esa empresa que sonaba a futuro, a computadoras misteriosas y a aire acondicionado que te mantenía bien las ideas.

Ese día me vestí como quien va a conocer al suegro millonario: traje sastre, maquillaje justo, peinado con arte y dignidad. Elegante, pero sin parecer que me iba a casar con el trabajo… todavía.

Llegué al edificio, pasé los controles como una espía con tacones, y cuando vi el gentío frente al ascensor, decidí que las escaleras eran mi vía rápida al éxito. Error garrafal. En el tercer tramo, mi pie hizo huelga y ¡zas! rodé como tomate de camión verdulero sin frenos. Se me despeinó el alma, la cartera explotó como cotillón y mi tobillo gritó “¡renuncio!”.

Pero primero muerta que sin clase, así que recogí mis cosas con la dignidad de una reina destronada, me puse el zapato como quien ensaya una escena de telenovela, y caminé hasta la puerta como si nada. El dolor era real, pero mi orgullo tenía anestesia.

Me identifiqué con solemnidad, como si no tuviera un tobillo que ya parecía una arepa inflándose en el budare, y esperé. Una secretaria amable —ángel sin alas— me llevó hasta la oficina del señor Rivero, ese hombre que tenía el poder de decidir si yo iba a tener cafecito corporativo.

Me hizo todas las preguntas de manual, esas que uno responde con frases ensayadas frente al espejo mientras se cepilla los dientes. Pero luego, como quien lanza una piedra en un charco para ver si salpica, me soltó:

—¿Qué quieres hacer en la vida? ¿Por qué quieres trabajar en IBM?

Y ahí, mi tobillo se calló por un segundo. Porque esa pregunta no estaba en el libreto, y yo, con el maquillaje intacto pero el alma revuelta como guarapo en licuadora, tuve que improvisar.

Con el tobillo haciendo acústica —una sinfonía de quejidos que sólo  yo escuchaba— me enderecé en la silla como quien se prepara para dar el discurso de su vida. Porque si me iba a desmayar, que fuera con estilo. Lo miré directo, sin pestañear, y le solté:

—Bueno, yo tengo 22 años. Quiero aprender, viajar, soñar en español y en inglés, y montarme en el futuro. Y esta compañía podría tener eso en el menú.

Así, sin adornos ni reverencias. Porque aunque mi tobillo pedía auxilio y mi cartera aún tenía secuelas del desastre, yo estaba ahí, entera. Con ganas de comerme el mundo, aunque fuera a mordiscos lentos. Y Alejandro Rivero, ese señor de traje impecable y mirada de escáner, se quedó callado un segundo. No sé si fue por la respuesta o porque notó que yo estaba a punto de convertirme en estatua para no mover el pie.

Pero ese segundo de silencio fue mío. Como un aplauso sin sonido. Porque a veces, cuando una se cae por las escaleras, lo que realmente sube es la convicción.

Una semana después me fui a Nueva York y a Boston de vacaciones, con el tobillo medio resentido pero el ego en forma. Y al regresar tres semanas más tarde, empecé a trabajar en IBM. Ese primer día no me caí por la escalera. Pero por si acaso, llevé zapatos de buena estabilidad y la cartera bien cerrada.

Alejandro Rivero fue mi jefe, sí. Pero también fue mi amigo, mi compinche, mi cómplice. El tipo que sabía cuándo yo llegaba con el tobillo torcido y cuándo con el corazón revuelto. Tenía ese radar que no se aprende en ningún curso de liderazgo: el de saber cuándo una necesita un reto, y cuándo un café con risas.

Me enseñó a navegar el mundo corporativo sin perder el acento, a hablar inglés sin dejar de pensar en español, y a entender que el futuro no siempre viene en traje y corbata. A veces viene en forma de una conversación inesperada, de una pregunta que te saca del guion, o de una carcajada compartida en medio de una junta que prometía ser eterna.

Con él aprendí que ser profesional no significa dejar de ser humana. Que se puede ser brillante y bromista, exigente y empático, jefe y cómplice. Y que a veces, los mejores aliados no son los que te dan órdenes, sino los que te dan alas.

Alejandro no sólo me abrió la puerta de IBM. Me abrió la puerta a mí misma. Y eso, ni el tobillo torcido ni el tiempo lo olvidan.

Fuimos amigos siempre. De esos que no necesitan protocolo ni permiso para llamarse a cualquier hora. Confidentes, cómplices, aliados en la vida y en las travesuras. Muchas de las cosas que nos contamos el uno al otro están bajo secreto sumarial, selladas con risas, silencios y miradas que decían más que mil correos corporativos.

Tengo mil anécdotas con él, sembradas de ataques de risa, que me darían para un libro. Cada quien tenía su vida, sus líos, pero hablábamos con frecuencia, como si el tiempo entre una llamada y otra fuera apenas una coma. Nuestras conversaciones no tenían punto final, sólo pausas largas que sabían a “seguimos después”.

Hace un bojote de años —cuando los teléfonos todavía sonaban con timbre y no con notificación— suena el mío. Era Alejandro.

—¿Quihubo?

—Épale, ¿cómo andas?

—Una pregunta… ¿qué te parece si me caso?

—¿Con Blanquita?

—Sí.

—Me parece que tienes que dejar de hacer preguntas bobas. O te casas, o la pierdes. Click.

Así, sin más. Porque cuando uno conoce el corazón del otro, no hace falta discurso. Y Alejandro, que podía ser jefe, amigo, filósofo de pasillo y poeta de oficina, sabía que yo no le iba a endulzar la píldora. Le dije lo que tenía que oír, sin adornos ni rodeos. Y él, como siempre, entendió el mensaje detrás del tono.

Yo quiero mucho a Blanquita. Por ella misma, por su dulzura sin empalago, por su forma de mirar con calma y decir lo justo. Pero muy especialmente porque ella hizo muy feliz a Alejandro. Y eso, para mí, es razón suficiente para quererla con el corazón completo.

No estuve en esa celebración de vida que se le hizo, pero Blanquita sabe —porque lo sabe— que yo estuve ahí, con ella. En espíritu, en memoria, en ese rincón invisible donde se sientan los que no pudieron llegar, pero están más presentes que muchos de los que sí. Si hubiera estado, alguien habría tenido que llamar a los bomberos para manejar la inundación. Y seguro, entre susurros y pañuelos, algunos hubieran preguntado:

—¿Quién es esa señora que llora como Magdalena revivida?

Pues esa señora sería yo. La que rodó por las escaleras antes de conocerlo. La que le dijo que dejara de hacer preguntas bobas y se casara con Blanquita. La que compartió secretos, risas, silencios y llamadas sin punto final. La que lo quiso como se quiere a los amigos que se vuelven parte del mapa emocional de una vida.

Porque Alejandro no fue sólo un jefe, ni sólo un amigo. Fue una presencia. Una voz que decía “¿Quihubo?” y con eso ya te cambiaba el día. Y Blanquita, que lo acompañó con amor y con gracia, sabe que mi cariño por él se extiende como sombra fresca hacia ella.

[Col}> Manual de estilo para viudas en entrenamiento / Soledad Morillo Belloso

03-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Manual de estilo para viudas en entrenamiento

Edición comentada por la experiencia y corregida con algo de humor

Prólogo involuntario

Dicen que la viudez es una historia de amor con muchos errores ortográficos. Te enamoras con signos de admiración, te comprometes entre comillas y terminas corrigiendo lo vivido con una goma emocional que ya no borra.

Pero ser viuda no es un género literario: es una colección de borradores, tachaduras emocionales, y pie de página en momentos que nadie vio. Y si estás leyendo esto, es porque la vida —sin consultar al comité editorial— te inscribió en el taller intensivo de “Reescribirte sin él”. Bienvenida. Aquí no hay reglas, pero sí estilo.

Capítulo 1: Gramática afectiva básica

* Punto y aparte: Se usa cuando te cancelan el plan de vida sin previo aviso. También cuando aceptas comprarte una cafetera nueva.
* Comas: Sirven para respirar. Y para evitar enviar mensajes impulsivos a alguien.
* Signos de interrogación: ¿Y si salgo con ese señor del supermercado con quien constantemente me cruzo en el pasillo de bombillas? ¿Y si mejor adopto un gato?

Capítulo 2: Tiempos verbales del duelo (y del despeje emocional)

* Pretérito imperfecto: “Yo lo amaba, él odiaba el comino.” Amor con condimentos.
* Futuro dudoso: “Tal vez mañana aprenda a dormir en diagonal.”
* Condicional melancólico: “Si él estuviera, estaría regando las matas y criticando mi playlist.”

Capítulo 3: Ortografía con glamour

Una viuda en entrenamiento sabe que los errores no se corrigen: se decoran.

* El dolor no se edita, se maquilla con lápiz labial resistente a preguntas incómodas.
* No se dice “estoy rota”. Se afirma: “me estoy rediseñando con estilo”. Cuidado con escribir “superación” demasiado pronto. Mejor reemplaza por “reinvención gradual y con pausas dramáticas”.

Capítulo 4: Accesorios sintácticos recomendados

* Libreta para anécdotas: especialmente útil para escribir frases como “Hoy lo olvidé por tres horas y me sentí culpable pero también gloriosa.”
* Lentes de sol grandes: por si lloras en el parque o simplemente quieres parecer misteriosa mientras caminas por el supermercado.
* Labial rojo: se aplica cuando la tristeza quiere protagonismo. Tú decides quién abre el telón.

Capítulo 5: Glosario fundamental

* Fantasmacorreo: Mensaje que nunca mandaste, pero mentalmente discutiste con él.
* Subtítulo nuevo: “Hoy no me quebré. Sólo me incliné con elegancia.”
* Tilde emocional: Acentuar momentos bonitos para que no pasen desapercibidos.

Apéndice: Erratas felices (porque sí, se puede reír entre lágrimas)

* “Me siento tan sola que hasta el WiFi me ignora”. Diagnóstico: soledad con interferencia técnica.
* “Él me dio todo… menos la contraseña del banco”. Lección aprendida: el amor necesita backup.
* “Nunca pensé que lo iba a extrañar hasta en sus ronquidos. Ahora me dan ternura los perros ruidosos.” El corazón busca ruido familiar en cualquier especie.
* “Me enamoré de mí. Aunque admito que soy intensa y me reviso el celular”. Autoamor con llamadas perdidas.
* “Ya no lloro en público. Ahora lo hago en el pasillo de productos de limpieza. Porque nadie pregunta ahí.” Tristeza desinfectada.

Epílogo para viudas en entrenamiento

Este manual no viene con índice temático ni capítulos cerrados. Porque tú vas escribiendo en tiempo real. Corrigiendo a lápiz, tachando culpas, añadiendo risas.

La viudez en entrenamiento no es un error tipográfico: es una nueva edición de ti, con prólogo valiente, párrafos imperfectos y una dedicatoria que siempre permanecerá intacta. “A mí. Porque sigo escribiendo, aunque me tiemble la mano.”

[Col}> Descalza por dentro / Soledad Morillo Belloso

27-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Descalza por dentro

La serenidad no se conquista, se revela. No es una cima a la que se asciende con esfuerzo, sino un claro al que se llega cuando uno se detiene en mitad del bosque interior y decide escuchar. Es el susurro de lo eterno en medio del ruido de lo urgente, una forma de estar sin desbordarse, de sentir sin aferrarse.

Es como un lago al amanecer, donde el tiempo parece contener la respiración. No hay prisa en sus aguas, pero tampoco estancamiento. Todo fluye, lento,  lúcido. La serenidad es ese estado donde el alma deja de pelear con el mundo y empieza a bailar con él, sin que le importe llevar el paso perfecto.

Ser sereno no es estar ajeno al dolor, sino mirarlo sin permitir que devore. Es tomar entre las manos la incertidumbre, no para controlarla, sino para comprender su lección. Es encontrar abrigo en lo invisible: en un rayo de luz que atraviesa la ventana, en una palabra dicha con intención, en el silencio que no incomoda, sino abraza.

Hay quienes confunden la serenidad con la pasividad, pero nada hay más activo que el espíritu que elige no reaccionar desde el miedo. Sereno es quien ha hecho las paces con sus sombras y les ha cedido asiento sin permitirles el timón. Es quien puede llorar sin desesperación, reír sin euforia, y amar sin posesión.

Cultivar la serenidad es deshojar la ansiedad que crece como hiedra en la mente. Es soltar el ancla del pasado y no dejarse arrastrar por la marea del porvenir. Es caminar descalzo por dentro, habitando con gentileza cada rincón del ser.

La serenidad no llega con estruendo ni se anuncia con fanfarrias. Camina descalza por los bordes del alma, acariciando con pasos de seda las heridas que aún no han cicatrizado del todo. No exige; se posa. No conquista; florece.

Es como una abuela sabia sentada al borde de mi conciencia, tejiendo en silencio con hilos de aceptación. En sus ojos hay siglos de espera paciente. Cuando todo a mi alrededor se acelera, ella me toma la mano y me recuerda que también puedo quedarme quieta, que respirar es suficiente.

Estar serena es aprender a tocar la vida con los dedos del alma, sin apretar. Es descubrir que no todas las batallas son mías, y que  rendirme ante lo inevitable no es cobardía ni  debilidad, sino amor propio. Es darme permiso de llorar sin romperme, de detenerme sin sentir culpa, de ser sin tener que demostrarlo.

La serenidad vive en los rituales simples: en el primer sorbo de café  al amanecer, en el roce del viento sobre la piel, en mi voz que canta bajito mientras cocino. Habita en la ternura de hablarme bonito, como quien le susurra al mar para calmar su oleaje.

No siempre está conmigo, lo admito. A veces me olvido de ella cuando la prisa me traga o cuando el miedo me grita más fuerte. Pero cuando regreso —porque siempre regreso— la encuentro esperándome, como si supiera que tarde o temprano volvería a necesitarla.

Serena estoy cuando dejo de exigirle respuestas a la vida y empiezo a abrazarla como es: impredecible, salvaje, preciosa. Y entonces comprendo que la serenidad no es un destino, es un modo de andar… con los pies descalzos, el pecho abierto y el alma en calma.

Y así, me reconozco: mujer que ha aprendido a quedarse con lo esencial, a sostenerse con dulzura en medio del torbellino. La serenidad no me ha hecho invulnerable, pero sí más verdadera. Es mi refugio y mi elección. Porque en este mundo que a veces parece desbordarse, he decidido ser río que fluye con calma y no tormenta que arrasa.

Serenidad. No como escapatoria, sino como raíz. No como renuncia, sino como abrazo. Y en ese abrazo, encuentro —por fin— un hogar dentro de mí, un lugar donde escribo descalza.

[Col}>La insoportable apatía de algunos / Soledad Morillo Belloso

24-07-2025

Soledad Morillo Belloso

La insoportable apatía de algunos 

El mundo arde, pero algunos ni siquiera sienten calor. La indiferencia es la enfermedad más insidiosa y terrible de los tiempos modernos, un letargo que anestesia conciencias y embalsama voluntades.

Pero hay una apatía más perjudicial, más silenciosa, más devastadora: la que se instala en las relaciones, en los afectos, en esos lazos que deberían ser refugios pero que, sin cuidado, se convierten en espacios vacíos.

Es la apatía que transforma reuniones familiares en trámites, que convierte amistades en nombres en una lista de contactos que ya no marcan llamadas. Es la distancia disfrazada de rutina, la frialdad envuelta en excusas.

Nos acostumbramos a no preguntar. A no insistir. A no escuchar más allá del «estoy bien» mecánico que es la respuesta que nada revela. Nos volvemos expertos en el arte de la presencia superficial, en la convivencia sin conexión.

Y así, los afectos se van marchitando lentamente, no por grandes conflictos o traiciones, sino por la ausencia de interés, por la negligencia emocional, por la pereza de sentir.  ¿Cuántas relaciones mueren no por una pelea, sino por la indiferencia? ¿Cuántos abrazos se vuelven más fríos simplemente porque dejamos de darlos con intención? ¿Cuántos «te quiero» pierden peso porque se dicen sin pensarlo y sin sentirlo?

Hay un momento en que la apatía ya no es una mera falta de acción, sino una dolorosa forma de abandono. Un abandono silencioso, que no grita, que no enfrenta, que simplemente deja ir. La apatía es la gran traición muda. Nos roba momentos, nos distancia de quienes amamos, nos convierte en meros espectadores de una vida que deberíamos estar viviendo con intensidad.

Lo peor de la apatía es que no siempre se nota de inmediato. Es un enemigo paciente, que se infiltra en los días, las semanas, los meses y los años, que convierte conversaciones en burda burocracia y miradas en tediosa rutina. Y cuando finalmente nos damos cuenta, ya hemos perdido demasiado.

La vida no es una suma de ausencias, sino una oportunidad para construir presencias. Para estar, para sentir, para demostrar que el afecto necesita esfuerzo. Y si la apatía es una sombra, el compromiso es la única luz capaz de disiparla.

Siempre hay tiempo para reconstruir lo que se ha ido desmoronando, para mirar a los ojos y decir con verdad: «Estoy aquí. Me importas.» El amor, la amistad, la familia, no son sentimientos automáticos, sino decisiones que se renuevan con cada gesto, con cada palabra, con cada presencia real. Despertar es posible. Rehacer los lazos es posible. Basta un gesto, una palabra, una mirada que diga: «Estoy aquí. Te veo. Te escucho. Me importas. Me duele lo que te duele, me alegra lo que te alegra.»

La historia no sólo olvida a los indiferentes, también los olvidan sus seres queridos. Y ese olvido, ese vacío, es quizás el precio más alto de la apatía.

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón… “; ¿haremos algo hoy mismo para no dejar que nos volvamos esclavos del olvido?

[Col}> Cuando lo estático no es paz, sino vacío / Soledad Morillo Belloso

21-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Cuando lo estático no es paz, sino vacío 

Hay un espejismo peligroso en la inmovilidad, en esa ausencia de perturbación que algunos confunden con paz. Nos acostumbramos a la idea de que la ausencia de ruido es sinónimo de tranquilidad, pero hay silencios que pesan, que ahogan más que el estruendo. Hay momentos en los que lo estático no representa equilibrio ni serenidad, sino vacío.

La historia —tanto la que se escribe en los libros como la que cada individuo esculpe en su alma— está llena de pausas que no fueron descanso, sino abandono. De tiempos en los que se dejó de preguntar, de imaginar, de desafiar lo impuesto. En esos momentos, el aire se torna denso, como si la ausencia de movimiento robara incluso el oxígeno necesario para la reflexión.

El ser humano es, por naturaleza, una criatura de impulso, de búsqueda, de acción. Cuando el pensamiento deja de fluir, cuando la inquietud es sofocada por la apatía, algo esencial se desmorona. Porque la paz verdadera no es la ausencia de conflicto, sino el resultado de su resolución. No es el estancamiento, sino el fluir armónico de ideas, emociones y voluntades que construyen algo más grande que la simple supervivencia.

El peligro de lo estático es que se disfraza de refugio. Nos hace creer que hemos encontrado un lugar seguro, un puerto sin tormentas. Pero si ese puerto nos impide zarpar, si sus aguas se tornan cenagosas por la falta de corriente, entonces no es un refugio, sino una trampa. Y lo que antes fue descanso, ahora es prisión.

La pregunta que debemos hacernos, como individuos y como sociedad, no es si estamos cómodos o si estamos vivos, sino qué clase de vida cabe en lo estático. No si la superficie está en calma, sino si debajo de ella todavía hubiera mareas que impulsen. Porque la vida no es un lago estancado. Es un río en perpetuo movimiento, con corrientes que nos retan, que nos enseñan, que nos obligan a  evolucionar.

El verdadero riesgo no está en el conflicto. Está en lo estático de la  indiferencia. No está en el ruido, sino en la parálisis. Porque lo estático puede parecer paz, pero si ha apagado el pulso, entonces no es más que vacío.

El verdadero dilema no estaba entre votar o no votar.  La esencia del dilema probablemente radicaba en el significado del voto más que en el acto mismo de votar. No se trataba sólo de marcar una casilla con el dedo en una pantalla, sino de decidir si el voto tenía poder real, si era una herramienta de transformación o simplemente una formalidad inocua dentro de un sistema que ya tenía su curso decidido.

Muchas veces, el dilema profundo no está en la acción, sino en la expectativa. ¿Votar significaba elegir o simplemente legitimar lo inevitable? ¿Era una expresión de voluntad o un inútil acto simbólico de resistencia? ¿Qué se decía,  decidía o cambiaba con ir a votar o con no hacerlo? En ciertos momentos de la historia, el voto se convierte en una falsa encrucijada donde la verdadera decisión no está en acudir o no a las urnas, sino en creer o no en que votar es la posibilidad del cambio.

Cuando el voto pierde su capacidad de decidir, deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en un ritual sin sustancia.

La democracia no se mide sólo en la existencia del sufragio, sino en el impacto que ese sufragio tiene en la realidad política, social y económica. Un voto que no cambia nada es apenas una sombra de lo que debería ser. Es peligroso porque se presta a trapisondas, genera una falsa sensación de estabilidad, cuando en realidad es apenas una pieza más dentro de un engranaje que ya tiene su rumbo trazado.

Cuando el resultado está determinado antes de que el primer voto sea contabilizado, el ejercicio deja de ser elección y se convierte en imposición y resignación. El ciudadano deja de ser protagonista y pasa a ser espectador atado en la butaca presenciando una obra cuya trama ya ha sido escrita por otros.

La gran pregunta es cómo se revierte esa situación. ¿Cómo se restaura el poder del voto para que realmente decida? Porque si el voto no define el destino de una sociedad, si no puede inclinar la balanza, entonces esa sociedad no  es libre y no decide. Y todo se vuelve estático.

La verdadera amenaza no radica en el fraude explícito o en la represión directa, sino en la indiferencia disfrazada de normalidad que genera costumbre. Cuando el voto deja de decidir, la democracia se convierte en una apariencia, un teatro donde las reglas del juego están escritas de antemano.

Y en ese escenario, el ciudadano corre el riesgo de perder no sólo su voz, sino su fe en la posibilidad de cambio. Su mente se inunda de un pensamiento que se condensa en una muy corta frase: “Esto no tiene remedio”. Porque cuando el destino de una nación se vuelve ajeno a la voluntad de su gente, no hay elección, sólo resignación. Recuperar el poder del voto no es apenas una cuestión política, sino un acto de resistencia contra el vacío, contra la inercia, contra la renuncia a la esperanza.

[Col}> El viento que no responde / Soledad Morillo Belloso

20-07-2025

Soledad Morillo Belloso

El viento que no responde

La soledad no es el vacío de una habitación, ni la quietud que se instala cuando cae la noche. Es un silencio que resuena dentro, una presencia intangible que acompaña incluso en medio de la multitud. Es la certeza de que nadie escucha lo que se grita hacia dentro, la ausencia de un reflejo en la mirada de otro.

Estar a solas es una condición más simple, más tangible. Se puede estar a solas en una casa vacía, en un café cualquiera donde nadie nos conoce, en un camino donde los pasos se mezclan con el polvo y la brisa.

La soledad tiene sombras que alcanzan los rincones donde antes había luz. Es el rumor de una conversación que quedó a medias, el peso invisible de una silla que no se mueve, la huella de unas manos que ya no acarician. La soledad tiene memoria, guarda el archivo de cada instante compartido y lo  despliega como páginas de un libro que nunca se termina.

No todos los días son iguales. Hay días en que la soledad muerde, días en que su peso aplasta el pecho, días en que su presencia se convierte en el único sonido reconocible. Y luego, están los días en que es simplemente un velo tenue, una brisa tibia que toca sin destruir, una compañía que ya no es una extraña.

Estar a solas puede ser una elección, como quien escoge guarecerse en un refugio. La soledad, en cambio, es una tormenta que llega sin preguntar, un invierno sin tregua, un amanecer sin promesas.

La soledad enseña, muchas cosas. A escuchar el propio pensamiento, a entender el lenguaje del viento, a comprender lo que dice el olor del café, es el mensaje que alberga la textura del papel bajo los dedos, lo que vemos cuando cerramos los ojos.

La soledad no pregunta, sólo se sienta en el alma y deja un vacío que ninguna voz logra llenar.

Es el nombre que ya nadie pronuncia, el reflejo que vive en la bruma de la memoria. La soledad no grita, observa en silencio cómo pasa el tiempo. En realidad, no es vacío, es todo lo que ya no está.

Es ese otoño que se queda, aunque el mundo insista en que ha llegado la primavera. Es un diálogo truncado, una pregunta suspendida en el aire, esperando una voz que nunca vuelve. Es ese espacio entre las palabras no dichas. Es una herida abierta que no sangra, un vacío sin pretextos, una penumbra que continúa cuando el día amanece. Es un reloj sin agujas, un calendario sin fechas. Es una carta sin respuesta, un verso incompleto, un poema que nunca encuentra su última línea

La soledad convive con la vida. Se  hace costumbre. Es el viento que no responde. Habla, pero no devuelve palabras. Tiene el poder del silencio. La soledad es un pacto silencioso, una conversación sin palabras entre el tiempo que sigue y la ausencia que pesa. Es aprender a caminar con sombras, a reconstruir espacios sin olvidar lo que los llenó alguna vez. La soledad no pide permiso. Y el alma, poco a poco, aprende a vivir con ella.

Y así, en algún rincón del silencio, descubrimos que aún queda algo por hacer, algo por vivir. Aunque sea distinto, aunque sea frágil. Aunque sea sólo nuestro.