[Col}> Conclusiones / Soledad Morillo Belloso

29-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Conclusiones

Llevo semanas escribiendo estos soliloquios, y compartiéndolos con unos pocos lectores. No sé si es un acto de coraje o de necesidad. A veces pienso que escribir en soledad es una forma de hablarle al vacío con la esperanza de que el eco regrese con otro nombre. Otras, siento que estos textos no son tanto para ser leídos, sino para sostenerme —como se sostiene una vela en mitad de la niebla, aunque no alumbre mucho, aunque apenas caliente.

Me preguntan si es por desahogo, por vanidad, por fidelidad a lo que me habita. Yo no sé. Pero cada línea que dejo ir es como tender un puente hecho de hilos de voz, esperando que alguien lo cruce sin apuro, sin juicio. Tal vez para compartir silencio más que palabras.

He llegado a algunas conclusiones, pocas, y sin duda susceptibles de reforma o abandono. Porque sé de mí que lo que hoy pienso, mañana puede cambiar.

Pocas cosas sé hoy, o creo saber.  Y las escribo antes de que se me extravíen.

A veces, la esperanza se disfraza de tregua: se queda en silencio, pero no se rinde.

El alma también se cansa de fingir fortaleza. Necesita pausas. Treguas. Espacios donde sentarse en la orilla del pecho y mirar sin miedo lo que ya no está.

No todo lo que se rompe se pierde. Hay fragmentos que, al volverse a mirar, se tornan más ciertos. La fragilidad también es forma de resistencia, y la ternura, ese susurro sin pretensiones, es un acto de valentía cotidiana.

Hay gestos que el tiempo no borra. Hay silencios que no son ausencia, sino presencia que no ha aprendido aún a decirse. La tristeza, a veces, no se llora: se escribe.

La esperanza no es ingenua. Es obstinada. Y cuando se camina con el corazón como brújula, el alma también escribe, aunque no sepa nombrarse.

La ternura no es un lujo. Es abrigo. Una forma de estar sin prometer eternidades, de sostener sin juicio, de mirar sin huir.

Hay nostalgias que no duelen, pero pesan. Y hay palabras que no se dicen con la boca, sino con la piel que tiembla.

Aunque no haya mapa para el alma, se camina a tientas, con la dignidad como faro y la memoria como casa.

Gracias por la paciencia de haberme leído. Ahora, por un tiempo, no sé cuánto, entraré en prudente silencio. Con un cartel en el que se lee: “Perdone las molestias. Cerrado al público por inventario y restauración”.

 

 

[Col}> La inteligencia de los idiotas / Soledad Morillo Belloso

20-05-2025

Soledad Morillo Belloso 

La inteligencia de los idiotas 

Hay un tipo de inteligencia que no aparece en los libros de psicología, ni en los debates académicos, ni en los tests de coeficiente intelectual. Es una inteligencia peculiar, resistente al conocimiento, blindada contra la duda y ferozmente leal a la comodidad del pensamiento simplón. Es la inteligencia de los idiotas.

Dicen que la inteligencia es el arte de resolver problemas, de prever escenarios, de formular preguntas antes de obtener respuestas. Pero, en estos tiempos de ruido digital y opiniones fragmentadas, hemos descubierto esa nueva categoría: la de los idiotas inteligentes.

No hablamos aquí de simple ignorancia. La verdadera idiotez tiene una metodología, una estrategia, una lógica impecablemente defectuosa. Es el arte de hablar sin escuchar, de opinar sin saber, de imponer sin entender.

El idiota inteligente no es aquél que desconoce, sino el que cree saberlo todo sin necesidad de comprobar nada. Es el que reduce debates complejos a frases simplistas, el que confunde convicción con evidencia, el que eleva la necedad a virtud.

No es la torpeza común de la ignorancia, ni el despiste inocente de quien aún no ha aprendido. No. La inteligencia de los idiotas es un arte oscuro. Se cultiva en la repetición de frases sin contenido, se afila en la convicción absoluta y se proclama en la seguridad de que dudar es perder. Es un sistema perfecto de autoprotección: no corrige, no reflexiona, no evoluciona.

El idiota inteligente tiene sus propios axiomas. Cree que la complejidad es una amenaza y que los matices son innecesarios. Domina el arte de simplificar lo complejo hasta hacerlo irreconocible, de transformar la incertidumbre en certezas rotundas y de convertir el pensamiento en un monólogo eterno.

En la política, en las redes, en las conversaciones de esquina, este tipo de inteligencia florece. Se manifiesta en afirmaciones absolutas, en respuestas rápidas y en la feroz resistencia a cambiar de opinión. Los idiotas inteligentes son maestros de la falsa profundidad: expresan reflexiones enclenques  con tono solemne, sentencias absurdas con aire de erudición.

En esta era, donde la velocidad ha reemplazado la reflexión, los idiotas con inteligencia propia ocupan espacios privilegiados. Son los que construyen discursos sin sustancia, los que argumentan con falacias, los que convierten la certeza en una camisa de fuerza, los que recitan grandilocuencias que no resisten el más mínimo análisis.

Pero su mayor triunfo es el contagio. Porque la inteligencia de los idiotas tiene una ventaja sobre la genuina inteligencia: es fácil de reproducir. De que se pega, se pega. No requiere esfuerzo, no demanda reflexión, no exige revisar premisas. Es cómoda. Es viral.

Y así, quienes cuestionan, quienes dudan, quienes se atreven a cambiar de perspectiva son vistos como débiles, como erráticos, como prescindibles en la guerra de certezas.

¿Qué nos queda? Resistir, cuestionar, aprender. Porque en un mundo donde los idiotas creen ser los más inteligentes, la verdadera sabiduría está en la capacidad de admitir lo que no sabemos.

[Col}> La vaca en el ambulatorio / Soledad Morillo Belloso

03-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La vaca en el ambulatorio

Juan, venezolano de 50 años, es más que un personaje: es una colección de hábitos, olores, refranes y sorbos de cafecito colado en manga. Vive en una casa que no se cae porque está sostenida porrecuerdos, una virgencita en la pared y el escándalo de las guacamayas que sobrevuelan al mediodía como si fueran las alcaldesas del barrio.

Los días empiezan con el radio encendido, no para escuchar noticias (ya vencidas), sino porque “La hora del gallo” le recuerda que aún hay humor y culebrones en la vida. Se sienta en su mecedora heredada del abuelo Crisóstomo —esa que chirría más por costumbre que por dolor— y mira la calle como quien lee un poema lleno de rimas desajustadas, pero honestas.

Juan es emprendedor: cocina con sabor a pueblo y vende sus platos en oficinas del centro. El ají dulce manda en su cocina. “Si se ve bonito, sabe bonito”, decía su mamá. Su arroz con pollo tiene más cuento que ingredientes. “Este ají lo sembré yo con tierra de cuando la acera era nueva… por eso sale sabroso, tiene historia.”

En el mercado regatea por deporte: “¿Y ese precio tiene aire acondicionado o qué?”. La vendedora se ríe, le hace una rebajita y le da el tomate más rojo. Aquí la sonrisa también paga.

Los domingos son sagrados. Se pone su camiseta del Caracas F.C. (ya el logo parece mapa) y prepara yuca con mojo. Los vecinos llegan sin invitación, pero con hambre. Luego, todos se sientan en la acera y recuerdan la vez que cocinaban con lámpara de kerosén en pleno apagón.

Y si hay música, que no falten las gaitas en agosto ni los reguetones de Maluma y KarolG en noviembre. Juan dice que el reguetón actual no tiene sazón; antes Daddy Yankee era filósofo urbano. Si alguien pone música en inglés, él suelta: “Eso no alegra el hígado. Ponme una de Ricardo Montaner pa’ que me duela sabroso.”

Al caer la tarde, los niños juegan quemao’ y los adultos hacen lo mismo, pero con los políticos. Juan observa todo con humor estoico. Ha visto todas las versiones del mismo guión: promesas maquilladas y realidades con resaca. “Aquí lo único que progresa es el monte y los memes”, lanza como quien suelta una granada suave.

Pero Juan se queda. Porque ama hasta el chirrido de la silla, el olor a lluvia sobre tierra caliente, y saber que su país, con todos sus enredos, sigue siendo ese donde un saludo puede durar tres minutos y venir con abrazo, chisme y recomendación de yerba para la presión y sal de higuera para los pies hinchados.

Antes de que el sol despierte, Doña Yeya ya está regando sus matas con agua, café colado y esperanza. “Pa’ que me floreen hasta en los apagones”, dice. Juan la saluda: “¿Ese malojillo sirve pa’ políticos? Porque aquí hay unos con el alma descoyuntada”.

Por la esquina pasa Chucho el guayabero: “¡Guayaba dos por uno! Y si no te gusta la vida, devuélvela con ticket”. Juan se ríe. “Este país lo arreglamos a punta e’ chistes”.

Frente a la bodega, Toñita organiza la fila para la harina PAN como si fuera teatro: “No me hablen mal que se me corta la leche”.

En las tardes hay tertulia con don  Rafael, que tiene las manos llenas de grietas y cuentos del siglo pasado, cuando los héroes llevaban sombrero. Hablan de arepas, de aguacates con política interna, y de cómo la lluvia cuenta secretos.

Los niños corren tras un balón que ha rodado por más calles que promesas electorales. Juan, con su café recalentado, piensa: “Aquí nadie nos enseña a ser felices, pero todos sabemos improvisar”

.Por las noches, cada casa se convierte en universo propio. El ventilador canta su sinfonía de aspas cansadas, el televisor lanza novelas turcas traducidas con acento argentino, y Juan escribe en su servilleta más nueva:

“La Venezuela de hoy es como un sancocho con los ingredientes revueltos, pero mientras huela sabroso, uno se queda”.

Un día apareció una vaca en el segundo piso del ambulatorio. Nadie supo cómo llegó. Toñita la vio primero: “¡Juan! ¿Eso es una vaca o me dio efecto secundario el té de anís con parchita?”. “Una vaca en el segundo piso… Yo pensé que era señal del gobierno, tipo ‘producción vertical”.

El barrio se aglomeró. Don Rafael sacó sus binóculos. Chucho, filosofando, proclamó: “¡Eso no es una vaca común! Es metáfora del sistema: encerrada, en lo alto y sin saber cómo bajarse”.

Llegó un funcionario preguntando si alguien tenía carnet de autorización bovina. “¡Aquí ni el perro tiene carnet y tú me pides papeles pa’ la vaca!”, gritó Yeya.

Unos chamos intentaron transmitir la escena en vivo, pero justo se fue la señal. Juan soltó: “Bueno, si la vaca no baja, montamos una pollera al lado y resolvemos el conflicto con salsa de ajo”.

Finalmente, los bomberos bajaron a la vaca en camilla, como candidata del Miss Venezuela. El barrio aplaudió, y desde ese día, cada vez que algo inexplicable ocurre, se dice: “Esto está más raro que la vaca del ambulatorio.”

Y así, entre risas que desafían la lógica, consejos caseros con sabor a yerba buena, y vacas que toman turnos sin pedir cita, la calle El Milagro sigue latiendo como un corazón viejo pero terco. Juan no espera milagros grandilocuentes. Él cree en los pequeños absurdos que, día tras día, acaban armando una patria.

[Col}> Santiago Schnell: el rector con olor a papelón / Soledad Morillo Belloso

16-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Santiago Schnell: el rector con olor a papelón

En un rincón de Nueva Inglaterra, donde las estaciones se instalan como huéspedes temporales, aterrizó un rector con sabor a mango maduro y mirada de explorador. Santiago Schnell no desembarcó con discursos de cartón ni con trajes de catálogo. Llegó como llegan los que han vivido: con cicatrices, con cuentos, con ciencia en la maleta y Caribe en el corazón.

No es un académico de manual. Schnell viene de donde estudiar es un acto de resistencia, donde los libros se leen con velas y la curiosidad es más fuerte que la escasez. Nacido en Venezuela, su inglés es muy bueno, pero a veces se le escapa un “chamo” como quien deja caer un verso en medio de una fórmula. Porque hay acentos que no se mudan, que se quedan como tatuajes sonoros.

A los quince, la vida le lanzó una tremenda curva: cáncer, seguido de un desfile de enfermedades autoinmunes. Pero en vez de rendirse, se volvió alquimista del conocimiento. Se enamoró de la biología como otros se enamoran del jazz: con devoción y ritmo. Las enzimas le hablan, las ecuaciones le cantan. Donde otros ven datos, él ve poesía molecular.

Estudió en la Simón Bolívar, donde las ideas se cuecen con café negro y los sueños tienen acento latino. Luego cruzó el océano hasta Oxford, donde aprendió a dialogar con científicos de todos los continentes sin perder el sabor de su tierra. Y de ahí brincó el cjharco y llegó a la Universidad de Notre Dame. Hoy, en Dartmouth, camina entre edificios longevos como quien pasea por una playa de Macanao: con calma, con respeto, con alegría.

Pero lo que lo hace único no está en su impresionante  hoja de vida. Está en su forma de ser y estar. Schnell no dirige desde el pedestal, sino desde la conversación. Mira a los estudiantes como quien reconoce batallas invisibles. Escucha más de lo que habla. Y cuando habla, lo hace como quien comparte un secreto entre amigos.

En sus clases, los conocimientos se mezclan con anécdotas. Las células se convierten en personajes de una novela. Y cuando le preguntan por su filosofía, responde con una frase que parece sacada de una parranda familiar, que todo tiene su música. Que hayy que saber escucharla.

Schnell cree que el conocimiento no tiene fronteras. Que la física puede bailar con la poesía, que la ingeniería puede tener alma, que la química y la biología tienen gramática. Por eso Dartmouth lo imaginó en sus pasillos.

Aunque ahora vive entre estaciones y nombres impronunciables, sigue siendo el chamo que venció al cáncer con curiosidad. El que convirtió su acento en estandarte. El que llegó a la Ivy League con sabor a papelón y con la convicción de que el saber, cuando se comparte con humildad, puede encender luces en los rincones más oscuros.

Dicen que cuando Schnell habla, el silencio se afina. No porque imponga, sino porque su voz tiene algo que no se aprende: autenticidad. Y eso, en tiempos de máscaras mundiales y discursos prefabricados cargados de prejuicios, vale más que cualquier diploma.

Schnell: conversa con células y con el misterio

En Dartmouth, donde los laboratorios parecen naves espaciales y los estudiantes debaten física cuántica como si fueran recetas de abuela, el rector cree en algo más que números. Científico de prestigio, también cree en lo invisible. Cree en Dios. Y lo dice sin escudos, sin manuales, como quien sabe que la fe no compite con la ciencia, sino que la complementa como el bajo se habla con el piano y el tambor.

Su espiritualidad no es de púlpito ni de dogma. Es de pasillo, de conversación, de mirada. Es la fe del que ha estado al borde, del que ha sentido que la vida es frágil como una célula. Del que agradece la vida.

En sus clases, las células se convierten en milagros cotidianos. Lo molecular se narra con la emoción de un gol en el último minuto. Y cuando alguien le pregunta si la ciencia puede probar a Dios, él sonríe. Porque sabe que hay cosas que no caben en una fórmula. Que hay misterios que se sienten, no se miden.

Schnell conversa con todos. Con creyentes, con escépticos, con quienes buscan y con quienes dudan. No impone, no juzga. Escucha. Y en ese escuchar, construye puentes. Porque para él, la ciencia y la fe son dos formas de mirar el mismo horizonte.

Dicen que los estudiantes se le acercan no sólo para hablar de tesis, sino para hablar de la vida. Porque Schnell no es sólo rector. Es brújula. Es amigo. Es el tipo que puede explicarte una reacción química y luego preguntarte si crees en algo más grande que tú.

¡Y cómo no sentir orgullo!

Ese fresquito de orgullo venezolano se cuela como brisa de montaña en la tarde, como el olor a arepa tostada en la cocina de la abuela. Es ese calorcito en el pecho que aparece cuando uno ve a alguien de su tierra brillando lejos, sin perder el acento ni el alma.

Schnell no sólo representa a Venezuela en la Ivy League; la encarna. Con cada “pana” que se le escapa, con cada mirada que mezcla ciencia y humanidad, nos recuerda que el talento criollo no tiene fronteras. Que desde los salones de la Simón Bolívar hasta los pasillos de Dartmouth, hay una historia que nos pertenece a todos.

Ese orgullo no es sólo por lo que ha logrado, sino por cómo lo ha logrado: con humildad, con sabrosura, con empeño. Y cuando un venezolano triunfa sin olvidar de dónde viene, el país entero se siente un poquito más grande.

Y sí, lo reconozco, siento una brisa sabrosa. Porque cuando un venezolano brilla sin olvidar de dónde viene,  el mundo se entera de lo que somos capaces. Schnell no sólo llegó lejos. Llegó con nosotros en el corazón.

[Col}> La patria cabe en una venta de empanadas / Soledad Morillo Belloso

02-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La patria cabe en una venta de empanadas

En Venezuela, el futuro más que una promesa parece un rumor persistente. Siempre está al llegar: en las conversaciones, en los titulares, en los discursos. Como ese autobús que anuncia llegada, pero nunca dobla la esquina.

“La esperanza es el calendario nacional”, diría alguien con más ternura que ironía.

A veces, uno siente que el futuro llega disfrazado de pasado. Proyectos fallidos, revoluciones incompletas, regresos con brillo de novedad. Se prometió un país potencia, luego uno soberano, después uno resistente. Todos siempre heroicos. Mientras tanto, el presente se convirtió en un bucle de ajustes.

Hoy el futuro se ha vuelto íntimo. Para algunos, comienza con un pasaporte. Para otros, cuando el dólar deja de regir sus días. Para muchos, se manifiesta cuando pueden dormir sin miedo, o imaginar un porvenir sin migrar.

El futuro aquí es leyenda oral. Se transmite como cuentos antes de dormir: con fe, con temor, con imaginación. Se habla de él como de un pariente lejano que prometió venir, pero siempre posterga el viaje.

Aquí, el futuro no tiene calendario, sólo frases célebres: “Ya viene el cambio”, “Esto no puede seguir así”, “La luz al final del túnel”. Sólo que el problema no está en esa luz que se quiere ver, sino en que el túnel parece haberse tapiado.

En otros países, el tiempo avanza linealmente. En Venezuela, se curva y se repite. El año 2025 puede ser 2002 con mejor internet y menos gasolina. El mañana se parece al ayer, aunque con nuevos términos: blockchain, diáspora. El futuro se reinventa como déjà vu con maquillaje.

Los líderes lo describen con entusiasmo y sin planos. Como quien vende parcelas en Marte. Mientras tanto, los ciudadanos han aprendido a vivir en lo provisional como si fuese definitivo.

El futuro es trámite pendiente: carpeta estacionada en alguna oficina pública en Caracas, susurros en el mercado. Se comenta que va a mejorar. Pero nadie dice cuándo, ni cómo, ni si va a traer pan.

A veces parece absurdo. Como un cuento de Ionesco tropicalizado: una nación donde las decisiones se toman por rumores, los apagones dictan la agenda y cada generación sabe que la realidad supera cualquier ficción.

Muchos tramitan su futuro en otras fronteras. Lo sellan en aeropuertos y lo solicitan en consulados. Se les llama emigrantes, pero quizás son visionarios buscando un mañana sin secuestro.

Y sin embargo, hay quienes siguen sembrando. Escriben, plantan tomates sin garantía, abren librerías donde la electricidad es una invitada caprichosa. Creen que el lenguaje puede sostener el porvenir aunque tiemble.

Cada gesto pequeño —una risa, un poema, una venta de empanadas sin soborno— es una declaración silenciosa de que el futuro existe, aunque sea microscópico. Aunque aún no es colectivo, se siembra en gestos privados.

Quizás el futuro en Venezuela no sea político ni económico: es narrativo. Habita en novelas aún no escritas, en monólogos, en una madre que plancha con esmero el uniforme escolar de su hijo.

En las universidades, imagino, se dicta una materia nueva: Cartografía del porvenir ausente. Aquí, el futuro se busca como quien busca señal en tormenta eléctrica. La brújula moral se desmagnetizó y el GPS dice: “Recalculando, espere unas décadas.”

Algunos cartógrafos se resisten: dibujan caminos con poesía, trazan rutas con humor, usan la ironía como machete para abrir brecha entre la desesperanza y el deseo.

A veces uno sospecha que el futuro ya llegó, pero disfrazado de influencer: con filtros, discursos motivacionales y una torpe obsesión por el éxito personal. Pero no habla de comunidad ni de justicia. Entonces uno lo mira y dice: “Este no es el futuro que pedí.”

Y sin embargo, los niños y jóvenes de hoy no conocen la Venezuela que fue. Su futuro es otro, inédito, libre de rasguños de nostalgia. Quizás el futuro no necesita comparación, sino invención.

Hay gestos que lo invocan: una señora vende jugo de patilla sin azúcar porque “así está la cosa pero igual refresca”. Jóvenes hacen teatro en plazas con más apagones que funciones. Un profesor da clases por WhatsApp porque el autobús se accidentó, pero sí llegó la fe.

Cada uno de esos gestos es una célula del futuro: imperfecta, valiente, rotundamente viva. Tal vez no llegue en horario estelar. Quizás se cuele por los márgenes, por las notas al pie, por los silencios entre una risa y un suspiro.

Hay países que no se entienden, se sienten. Y el nuestro, con cada herida abierta y cada gesto de ternura sin cursilería en mitad del caos, insiste en no rendirse. Lo contamos en cuentos porque el dolor pide ritmo y la esperanza, poesía. Porque nombrarlo así, entre metáforas y silencios, es sostener lo que aún no se ha caído.

Y mientras podamos seguir contando, todavía queda país. Y futuro. Y el futuro no llega por extravío ni por error. La patria, honesta, sincera, no se transa en una licencia escrita con errores gramaticales para traficar con el petróleo; cabe en los ojos de esa mujer que amasa en una venta de empanadas.

[Col}> El boleto bajo la almohada / Soledad Morillo Belloso

05-08-2025

Soledad Morillo Belloso

El boleto bajo la almohada

A ti, que te fuiste como quien se despide con el último suspiro del atardecer. Que hiciste la maleta con más preguntas que ropa, más miedos que mapas. Que te despediste con un “nos vemos pronto”, con las ojeras mojadas y chistes malos para disimular el nudo en el pescuezo.

Acá, los días siguen oliendo a mango maduro, a cafecito colado en media, a pan calentico que alguien trae sin saber que salva una  mañana. Las paredes están igual de escarapeladas, pero les hemos colgado más sueños para que no se caigan del todo.

Y sí, el ventilador todavía suena como helicóptero nervioso, pero uno se acostumbra. Lo que no cambia es que Venezuela sigue queriéndote como se quiere la medallita de la virgen que se perdió en una fiesta y uno ruega que aparezca al día siguiente.

No, no te hemos borrado. Estás en el saludo del kioskero que pregunta si allá también hay empanadas de pabellón, si el queso se derrite igual, si el “quihubo” se entiende o hay que traducirlo. Estás en el que dice “mi primo vive afuera”, como si “afuera” fuese un planeta.  Estás en los abuelos que no entienden los horarios de otro país, pero igual te mandan bendiciones a cualquier hora.

Sabemos que allá estás aprendiendo a vivir con reglas que no incluyen regatear en el mercado,  o buscar el USB con las novelas turcas. Que allá nadie grita “¡pasajeros pa’l centro!” en la calle, ni te regalan un chiste con el vuelto. Que allá no hay ron con nombre de héroe patrio ni apagones que terminan en cuentos con velas.

Pero también sabemos que allá estás haciendo patria, hecho el zoquete, en silencio, con tu acento que se resiste a irse, con tus canciones que suenan muy fuerte los domingos, con esa manía de decir “gracias” y “por favor” aunque nadie lo espere.

Queremos que estés bien. De verdad. Que te abracen sin tanta preguntadera, que te besuqueen los cachetes y la frente, que el metro o el autobús lleguen a tiempo, que el pan no tenga más inflación que levadura. Pero también queremos que no nos olvides. Ni a tus amigos con apodos inexplicables. Ni al perro que te sigue aunque ya no vivas en la esquina. Ni al sonido de las olas diciéndote “pana, no todo se rompe”.

Guarda en tu bolsillo un boleto de regreso. Aunque sea imaginario. Aunque lo uses sólo para soñar. Por si un día te despiertas con ganas de guayaba, con nostalgia de reggaetón mal cantado en la buseta, o con el deseo inexplicable de un abrazo de esos que duran más de lo necesario.

Aquí seguimos. Con los mismos problemas y otros nuevos, pero, ya sabes, sabaneando  improvisaciones. Con el humor intacto, medio desdentado pero aún mordiendo. Con ganas de verte llegar con acento mezclado y cara de “yo también pasé trabajo, vale”.

Sé que allá “no te hace falta na’, aparentemente na’”, como canta Maluma, pero sé también que ese lugar aún no ha aprendido a quererte como te quiere esta tierra. Venezuela no te exige, no te reclama, te espera. Con las luces intermitentes, pero encendidas. Te quiere con tus aciertos y tus errores, con tu acento que va mutando sin querer, con tu nostalgia pintada de logros.

Y aunque no te lo digamos siempre, queremos que tengas bajo la almohada el boleto de deseo de regreso. Por si un día el corazón se te sale del pecho pidiendo volver. Por si se te antoja el ruido de las motos sin silenciador o las peleas por quién tiene la mejor hallaca. Por si acaso, por si todo.

Regresa cuando quieras, cuando  puedas. Pero, mientras tanto, deja que el recuerdo del merengón de níspero y de esta tierra te haga cosquillas en el alma.

[Col}> La Otra / Soledad Morillo Belloso

12-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La Otra 

*Escrito para las mujeres, pero es bueno que lo lean los hombres

Ella no madruga por gusto. Madruga porque el mundo insiste. Pero mientras se cepilla los dientes, está imaginando una vida alternativa donde es estrella de cabaret y desayuna champagne con fresas.

Le fascina hablar sola, porque es la única que siempre le da la razón. Le hace ojitos a los desconocidos, no por flirt, sino por deporte. Le gusta desordenar gavetas cuando busca “algo que no sabe qué es”. Siempre lo encuentra.

A esa otra mujer le importan tres pepinos lo que opinan los influencers. Su influencer de cabecera es la tía loca que baila salsa sola en las fiestas familiares. Esa mujer colecciona momentos, no evidencias. Por eso tiene mil recuerdos y ninguna foto.

Cuando entra al supermercado, va por detergente y sale con tacos y esmalte de uñas. A veces aparece disfrazada de carcajada, de silencio incómodo, de mirada que dice “sé más de lo que parezco”. Le gusta sabotear la rutina con ideas absurdas tipo “¿y si dejo todo y me voy a aprender gastronomía en La Toscana?” No lo hace. Pero por cinco minutos, lo vive.

Esa mujer está hecha de magia cotidiana. Es la voz que te dice “no pidas permiso”. Es la que se escapa por la ventana de tus pensamientos cada vez que la vida se pone seria. Es la versión sin filtros, sin excusas.

Y cada vez que la dejas salir… te recuerda que ser mujer también es un acto de comedia divina.

A veces la diferencia está en el tono. Si quien te habla es seria, organizada, preocupada por si ya pagaste el seguro del carro, probablemente sea “tú oficial”. Pero si la voz se ríe antes de terminar la frase, si propone locuras tipo “vamos a fingir un acento ruso en la reunión”, entonces sí, es la otra.

Una pista segura es que la otra mujer no da consejos… hace  invitaciones. No te dice “ten cuidado”, sino “¿y si lo hacemos igual, pero con seda y encaje?”. Hay quienes aprenden a reconocerla por el cosquilleo previo a una decisión poco lógica pero absolutamente deliciosa. Ella no razona, ella provoca. Y no responde con argumentos, sino con carcajadas que suenan a permiso.

Hay días en que te despiertas con una voz que te dice: “Hoy ponte los zapatos de tacón, aunque vayas  al abasto”. Y ahí sabes: ésa no eres tú-tú, la que organiza el calendario y paga la luz. Ésa es la otra, la que se aburre de lo sensato y busca el efecto sorpresa. La misma que sugiere mensajes misteriosos, como “Me acordé de ti sin razón”, sólo para ver qué pasa.

¿La quieres identificar? Fácil: la otra no te habla, te guiña. No te exige nada, pero te da ganas de hacer todo. Es esa voz bajita que aparece cuando el silencio se pone interesante. A veces la sientes como cosquilleo en las costillas antes de hacer algo que nunca harías. Otras veces, entra como tromba marina con una idea loca que te hace reír sola.

Y si dudas de quién lleva el volante interno… basta con mirar tu outfit: ¿práctico o provocador? ¿Rutina o aventura? Si hay color, riesgo, o una decisión innecesariamente teatral… ya sabes quién está al mando.

Algunas mujeres la confunden con un impulso. O con el efecto del café mal colado. Pero ella no es una ocurrencia: es una presencia. No hace ruido, hace efecto. Se manifiesta cuando estás a punto de decir “no puedo”, y de pronto te sale un “pues claro que sí, y con brillo”.

Cuando le hablas a alguien y no sabes si eres tú o la otra, hay formas de averiguarlo. Por ejemplo, si usas palabras como “imposible”, probablemente sea la versión de ti que organiza las prioridades. Pero si la frase empieza con “no sé por qué, pero tengo ganas de…”… Ya estás cruzando a terreno prohibido. La otra mujer vive en esas frases que no esperan permiso, ni explicación.

Una vez al mes (o a la semana, si anda inspirada), se asoma en conversaciones inocentes. Tú dices: “sólo voy a mirar”, y ella compra. Tú susurras “tengo que comportarme”, y ella grita “¡Aburridooo!”. A veces, aparece cuando lees un mensaje que no deberías responder, y ella teclea el emoji antes de que tu juicio despierte.

¿Y sabes qué? Tiene excelente timing. No interrumpe cuando estás en modo responsable. Pero cuando se abre una rendijita de libertad, entra como brisa con olor a fiesta, y te recuerda que vivir también es permitirse el desorden ocasional. Por eso, no siempre sabrás si quien está hablando es “la tú de todos los días”… o esa otra tú que lleva puesta la piel de secreto.

Eres tú y eres la otra. Y a tu pareja le gusta una, pero mucho más la otra. Y claro que le gusta la una: la que organiza los domingos, recuerda cumpleaños, y sabe que los granos se cocinan a fuego lento. Esa eres tú, sin adornos. Pero cuando aparece la otra —con su humor impertinente, su risa de medio lado y su capacidad para convertir una cena cualquiera en escena de película— entonces él se derrite como mantequilla en arepa caliente.

La otra no pregunta “¿te parece bien?”… simplemente lo arrastra. Le dice “vamos a hacer algo irresponsablemente divertido”, y él ya está buscando las llaves. A ella le celebra el descaro, la falta de horarios, el vestidito innecesario un martes por la tarde. Y tú lo ves, y entiendes: a veces la pasión no se enamora de la lógica, sino de ese disparate que no avisa.

Pero lo sabroso es que no hay que elegir. Porque tú eres las dos. La que sirve sopa y la que improvisa un viaje con lo que hay en el bolso. Él cree que tiene una, pero está con un dúo que se turnan el protagonismo según el clima emocional. Y aunque diga que le gusta más “la otra”, lo que de verdad lo cautiva… es no saber cuál aparecerá al abrir la puerta y a  cuál desvestirá en la cama esa noche.

[Col}> Manual para no fallar buscando novio para la viuda / Soledad Morillo Belloso

10-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Manual para no fallar buscando novio para la viuda

Mucha gente me busca novio. Lo hacen por razones que van desde el cariño que me tienen, hasta el genuino deseo de sacarme del ostracismo. Pero, hasta ahora, los candidatos que me ofrecen, pues, digamos, parecen soufflé de chayota y saben a carato de parcha.

No se ofendan, pero la oferta parece mezcla de yogur sin azúcar con sopa sin sal: cero sazón, y ni una pizca de travesura. Por eso, aclaro los requisitos antes de que me lancen otro espécimen con olor a aburrido.  Expongo con claridad requisitos para que el “boyfriend hunting” en el que están empecinados mis amigos (que fueron amigos de mi difunto) no se convierta en un fracaso.

  1. No clones, gracias. Ya tuve mi porción gourmet: el difunto, modelo cinco estrellas con ojos verdes y elegancia de vals vienés. Pero ya fue. No quiero remakes ni nostalgia con patas. Que venga con sazón propia y receta inédita.
  2. Cero manual de uso. Nada de “¿dónde está el botón de emociones?” Si necesita instrucciones para entenderme, que se dedique a armar estanterías de Ikea. Yo soy de intuiciones, no de tutoriales.
  3. Debe bailar bajo la lluvia. Nada de “eso no tiene sentido”. Si llueve y me escucha decir “vamos a caminar”, que traiga paraguas y actitud. Y si nos empapamos, que prepare empanadas y descorche vino como todo caballero improvisado.
  4. Vacaciones estilo servilleta. Itinerarios en Excel son agresiones emocionales. Quiero mapas dibujados a mano, planes nacidos en la sobremesa y destinos que incluyan perderse a propósito.
  5. No se aceptan celos con fantasmas. Sí, fui feliz. Sí, hay recuerdos. No, no invito espectros a cenar. Que se acomode en el presente sin necesidad de vencer al pasado, que bastante ocupado está en ser memoria.
  6. Coqueta y con licencia. Uso vestidos con intención, ceja levantada con elegancia, y “buenas” que podrían ser “buenísimas”. El candidato debe saber que la coquetería no es pecado sino patrimonio emocional.
  7. Abrazos lentos y desorden delicioso. Nada de emociones estériles. Quiero locura con límite difuso, risas que no pidan permiso, y abrazos que se tarden en despedirse. Que me sorprenda, que no me catalogue, y que se quede si trae algo nuevo que contar.
  8. Debe saber que soy viuda… no momia. Mis recuerdos están enmarcados, no encadenados. Que entienda que sí, fui feliz. Pero eso no impide que lo sea otra vez, con otro guión, otro actor, y otro tipo de vino.
  9. Que venga con humor, no con solemnidad. Si busca una santa, que vaya a misa. Si quiere conversación con picante, baile emocional y sobremesas que deriven en aventuras, entonces que se acerque. Pero que venga sin miedo, con ganas de improvisar y sin pretensión de dominar la escena. Yo no soy perita en dulce… soy más bien postre intrigante: crujiente por fuera, sabroso por dentro y con sorpresa escondida.
  10. Debe tener sentido del humor… y resistencia al mío. Río fuerte, hago chistes raros y a veces me burlo del drama con elegancia venenosa. Si se ofende fácil, que pase al siguiente aviso. Se necesita alguien que se ría conmigo, incluso cuando no entienda el chiste.
  11. Debe saber cocinar al menos una cosa decente. No pido chef de estrella Michelin, pero sí que sepa hacer una pasta que no tenga sabor a castigo de Dante. Porque seducir el paladar también es arte, y si lo acompaña con conversación inteligente, puede que tenga cita asegurada.
  12. Debe tener vocación de cómplice, no de juez. Mi vida está llena de capítulos fascinantes —algunos intensos, otros absurdos— y quien se acerque no está aquí para emitir veredictos. Que se acomode en la trama, que aporte a la aventura, y que entienda que esto es novela, no juicio sumario.

Extra: Debe entender que la música no es fondo… es protagonista. Nada de “pon lo que sea” ni playlists genéricas que parecen elevador de centro comercial. Quiero que se emocione cuando suene esa canción que nos mira como si supiera algo. Que respete el silencio entre notas, que le dé play a la vida con banda sonora propia. Porque no hay historia sin ritmo ni escena sin melodía. Si no sabe qué canción nos representa… que no se preocupe: yo tengo una lista, y está llena de pasiones esperando primer acorde.

Una amiga muy querida —viuda, coqueta y con más estilo que un desfile de Milán— me contó una escena digna de comedia romántica con giro inesperado. Luego de años lidiando con el duelo como quien entrena para maratón emocional, decidió darle otra oportunidad al amor… o al menos al flirteo civilizado.

Tuvo varias “primeras citas” que no llegaron ni al calentamiento. Pero un día apareció uno con buena curva: conversador, decente en el coqueteo, con swing verbal y potencial de hit. Y así, poco a poco, fueron avanzando por las bases. Primera, segunda, tercera… hasta que llegó la gran oportunidad: bases llenas, emoción en aumento, luces tenues, expectativa a tope.

Y ahí, justo en el borde de la cama —literalmente— el caballero en cuestión se volvió clérigo. “Ya fue mala señal que se dejara las medias puestas”, me contó mi amiga.

Pero el desastre vino a seguir: el hombre puso cara solemne, bajó el tono de voz y soltó: “Perdóname, Señor, que estoy a punto de pecar”.

Silencio absoluto. Suspensión del juego. Se apagaron las luces del estadio y se guardaron los bates. Desde entonces, mi amiga no volvió a invitarlo al campo, y con razón. Le puso el apodo perfecto: “Matalibido”. Porque si algo puede acabar con la pasión en un segundo, es convertir el deseo en acto penitente.

Advertencia: Aburridos, favor abstenerse.

[Col}> Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice / Soledad Morillo Belloso

06-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Alejandro Rivero: El jefe, el amigo, el cómplice

Yo conocí a Alejandro Rivero una tarde caraqueña de 1979, de esas que huelen a humedad, tráfico y nervios. Era como la tercera —o quizás la cuarta, ya ni me acuerdo— entrevista para entrar en IBM, esa empresa que sonaba a futuro, a computadoras misteriosas y a aire acondicionado que te mantenía bien las ideas.

Ese día me vestí como quien va a conocer al suegro millonario: traje sastre, maquillaje justo, peinado con arte y dignidad. Elegante, pero sin parecer que me iba a casar con el trabajo… todavía.

Llegué al edificio, pasé los controles como una espía con tacones, y cuando vi el gentío frente al ascensor, decidí que las escaleras eran mi vía rápida al éxito. Error garrafal. En el tercer tramo, mi pie hizo huelga y ¡zas! rodé como tomate de camión verdulero sin frenos. Se me despeinó el alma, la cartera explotó como cotillón y mi tobillo gritó “¡renuncio!”.

Pero primero muerta que sin clase, así que recogí mis cosas con la dignidad de una reina destronada, me puse el zapato como quien ensaya una escena de telenovela, y caminé hasta la puerta como si nada. El dolor era real, pero mi orgullo tenía anestesia.

Me identifiqué con solemnidad, como si no tuviera un tobillo que ya parecía una arepa inflándose en el budare, y esperé. Una secretaria amable —ángel sin alas— me llevó hasta la oficina del señor Rivero, ese hombre que tenía el poder de decidir si yo iba a tener cafecito corporativo.

Me hizo todas las preguntas de manual, esas que uno responde con frases ensayadas frente al espejo mientras se cepilla los dientes. Pero luego, como quien lanza una piedra en un charco para ver si salpica, me soltó:

—¿Qué quieres hacer en la vida? ¿Por qué quieres trabajar en IBM?

Y ahí, mi tobillo se calló por un segundo. Porque esa pregunta no estaba en el libreto, y yo, con el maquillaje intacto pero el alma revuelta como guarapo en licuadora, tuve que improvisar.

Con el tobillo haciendo acústica —una sinfonía de quejidos que sólo  yo escuchaba— me enderecé en la silla como quien se prepara para dar el discurso de su vida. Porque si me iba a desmayar, que fuera con estilo. Lo miré directo, sin pestañear, y le solté:

—Bueno, yo tengo 22 años. Quiero aprender, viajar, soñar en español y en inglés, y montarme en el futuro. Y esta compañía podría tener eso en el menú.

Así, sin adornos ni reverencias. Porque aunque mi tobillo pedía auxilio y mi cartera aún tenía secuelas del desastre, yo estaba ahí, entera. Con ganas de comerme el mundo, aunque fuera a mordiscos lentos. Y Alejandro Rivero, ese señor de traje impecable y mirada de escáner, se quedó callado un segundo. No sé si fue por la respuesta o porque notó que yo estaba a punto de convertirme en estatua para no mover el pie.

Pero ese segundo de silencio fue mío. Como un aplauso sin sonido. Porque a veces, cuando una se cae por las escaleras, lo que realmente sube es la convicción.

Una semana después me fui a Nueva York y a Boston de vacaciones, con el tobillo medio resentido pero el ego en forma. Y al regresar tres semanas más tarde, empecé a trabajar en IBM. Ese primer día no me caí por la escalera. Pero por si acaso, llevé zapatos de buena estabilidad y la cartera bien cerrada.

Alejandro Rivero fue mi jefe, sí. Pero también fue mi amigo, mi compinche, mi cómplice. El tipo que sabía cuándo yo llegaba con el tobillo torcido y cuándo con el corazón revuelto. Tenía ese radar que no se aprende en ningún curso de liderazgo: el de saber cuándo una necesita un reto, y cuándo un café con risas.

Me enseñó a navegar el mundo corporativo sin perder el acento, a hablar inglés sin dejar de pensar en español, y a entender que el futuro no siempre viene en traje y corbata. A veces viene en forma de una conversación inesperada, de una pregunta que te saca del guion, o de una carcajada compartida en medio de una junta que prometía ser eterna.

Con él aprendí que ser profesional no significa dejar de ser humana. Que se puede ser brillante y bromista, exigente y empático, jefe y cómplice. Y que a veces, los mejores aliados no son los que te dan órdenes, sino los que te dan alas.

Alejandro no sólo me abrió la puerta de IBM. Me abrió la puerta a mí misma. Y eso, ni el tobillo torcido ni el tiempo lo olvidan.

Fuimos amigos siempre. De esos que no necesitan protocolo ni permiso para llamarse a cualquier hora. Confidentes, cómplices, aliados en la vida y en las travesuras. Muchas de las cosas que nos contamos el uno al otro están bajo secreto sumarial, selladas con risas, silencios y miradas que decían más que mil correos corporativos.

Tengo mil anécdotas con él, sembradas de ataques de risa, que me darían para un libro. Cada quien tenía su vida, sus líos, pero hablábamos con frecuencia, como si el tiempo entre una llamada y otra fuera apenas una coma. Nuestras conversaciones no tenían punto final, sólo pausas largas que sabían a “seguimos después”.

Hace un bojote de años —cuando los teléfonos todavía sonaban con timbre y no con notificación— suena el mío. Era Alejandro.

—¿Quihubo?

—Épale, ¿cómo andas?

—Una pregunta… ¿qué te parece si me caso?

—¿Con Blanquita?

—Sí.

—Me parece que tienes que dejar de hacer preguntas bobas. O te casas, o la pierdes. Click.

Así, sin más. Porque cuando uno conoce el corazón del otro, no hace falta discurso. Y Alejandro, que podía ser jefe, amigo, filósofo de pasillo y poeta de oficina, sabía que yo no le iba a endulzar la píldora. Le dije lo que tenía que oír, sin adornos ni rodeos. Y él, como siempre, entendió el mensaje detrás del tono.

Yo quiero mucho a Blanquita. Por ella misma, por su dulzura sin empalago, por su forma de mirar con calma y decir lo justo. Pero muy especialmente porque ella hizo muy feliz a Alejandro. Y eso, para mí, es razón suficiente para quererla con el corazón completo.

No estuve en esa celebración de vida que se le hizo, pero Blanquita sabe —porque lo sabe— que yo estuve ahí, con ella. En espíritu, en memoria, en ese rincón invisible donde se sientan los que no pudieron llegar, pero están más presentes que muchos de los que sí. Si hubiera estado, alguien habría tenido que llamar a los bomberos para manejar la inundación. Y seguro, entre susurros y pañuelos, algunos hubieran preguntado:

—¿Quién es esa señora que llora como Magdalena revivida?

Pues esa señora sería yo. La que rodó por las escaleras antes de conocerlo. La que le dijo que dejara de hacer preguntas bobas y se casara con Blanquita. La que compartió secretos, risas, silencios y llamadas sin punto final. La que lo quiso como se quiere a los amigos que se vuelven parte del mapa emocional de una vida.

Porque Alejandro no fue sólo un jefe, ni sólo un amigo. Fue una presencia. Una voz que decía “¿Quihubo?” y con eso ya te cambiaba el día. Y Blanquita, que lo acompañó con amor y con gracia, sabe que mi cariño por él se extiende como sombra fresca hacia ella.