[Col}> Pelabola con alma de bolero / Soledad Morillo Belloso

15-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Pelabola con alma de bolero

En el escenario diario del venezolano, donde la escasez se disfraza de creatividad y el humor hace las veces de chaleco antibalas, “ser un pelabola” no es simplemente estar pelando. Es un modo de andar con la frente en alto y los bolsillos en huelga. Una filosofía con acento criollo, una forma de vivir con el monedero en ayuno, pero el alma rebosante de cuentos, refranes y anécdotas que se sueltan en la cola del pan o mientras se espera que el agua decida aparecer.

“Pelabola” y “pelar bolas” son locuciones verbales que no necesitan traducción ni explicación. Evocan la desnudez del bolsillo, ese espacio donde antes vivía el sencillo y ahora sólo queda aire y un recibo arrugado del año pasado. No hay vuelto, ni esperanza de aguinaldo. Sólo la bola pelada, como quien dice: “Aquí no hay, pero se inventa”.

Y se dice con una sonrisa ladeada, con tumbao’,  con ese humor que no pide permiso ni da explicaciones: “Soy pelabola, pero feliz”. O con la frente bien plantada: “Pelabola, sí, pero no vendido”. Porque no tener plata no significa no tener principios. El pelabola tiene cuentos, arepas de aire, café colado con fe y una dignidad que no se negocia ni en dólares.

Ser pelabola es una forma de resistencia poética con sabor a papelón con limón. Es hacer mercado con lo que se consiga, cocinar con lo que haya y convertir la carencia en relato. La nevera puede estar vacía, pero el repertorio de chistes está lleno.

En un país donde la desigualdad se maquilla con promesas y el salario se evapora como el gas doméstico, el pelabola observa, narra y denuncia con sabor a empanada con relleno imaginario.

Come con la mirada y sazona con recuerdos. Tiene más cuentos que billetes. Su cartera es como el bolívar: simbólica y en estado contemplativo. Su casa es un museo de la esperanza: el ventilador es un héroe que no se rinde, la vela es testigo de sobremesas eternas y el mueble roto es trono de historias compartidas, aunque tenga una pata coja y un cojín que ya no es cojín sino reliquia.

En la literatura y en la vida, abundan los pelabolas gloriosos: el tío que vive de contar historias en la mecedora, la vecina que hace milagros con un kilo de harina y una olla prestada, el estudiante que sobrevive a punta de café negro y fotocopias mal impresas. Son poetas sin tinta, cronistas sin papel, héroes del día a día que hacen del “no hay” un himno nacional.

Hay quienes creen que la elegancia se compra, que el estilo se mide en marcas y que la dignidad tiene precio. Pero aquí, donde el pelabola es figura central del paisaje emocional, nace otra estética: la del bolsillo roto. No es moda, es filosofía. No es tendencia, es resistencia con sabor a sopa sin carne pero con mucho cilantro.

Vestirse con lo que hay —camisas heredadas, zapatos que han visto más calles que promesas, pantalones que han sobrevivido más gobiernos que aguinaldos— es parte de esa estética. Cada prenda tiene su cuento, su cicatriz, su historia de sobrevivencia.

Cocinar con lo mínimo y lograr que un arroz con “lo que se consiga” huela a domingo también lo es. Habitar con creatividad, transformar el remiendo en manifiesto, la escasez en símbolo, es arte popular con olor a gasoil y esperanza.

El bolsillo roto no se esconde, se muestra como quien enseña una medalla. Es testigo de días en que se metió la mano esperando encontrar algo más que aire. Y aunque no encontró billetes, encontró ideas. Humor. Ironía. Filosofía de supervivencia. Es un poema sin rima pero con ritmo. Es la metáfora del país: desgastado, sí, pero aún capaz de guardar sueños y algún billetico de lotería vencido.

El pelabola es minimalista sin quererlo, pero con estilo. Su sarcasmo es más filoso que cualquier tarjeta de crédito. Su dignidad no se compra, se cultiva con paciencia, café colado y chistes reciclados. No presume, pero resiste. No tiene, pero sabe. No compra, pero crea.

Imágenes sobran: el joven que va a una entrevista con zapatos lustrados por él mismo, camisa prestada y mirada firme; la señora que vende empanadas con masa que aprendió a estirar como quien estira el tiempo; el abuelo que guarda fotos en una caja de zapatos porque el álbum se perdió, pero la memoria no.

Esta estética no se aprende en revistas de moda ni en blogs de diseño. Se aprende en la calle, en la cola del gas, en la conversación con la vecina que hace milagros con lo que tiene y un cucharón de fe. Se aprende en la risa que brota cuando no hay nada, pero igual se celebra.

Imagino que Cabrujas diría que ser pelabola en tiempos de enchufadismo y rastacuerismo con pésima ortografía y mala decoración sirve para muchas cosas, entre ellas como barrera a la cursilería, que bien sabemos se pega como el mal olor. Porque cuando no hay, no se finge.El pelabola no tiene tiempo para adornos, ni para frases hechas, ni para romanticismos de catálogo. Tiene lo justo, y con eso se dice todo.

El bolsillo roto no es sólo símbolo de escasez. Es una declaración de principios. Belleza en el remiendo. Dignidad sin presupuesto. Resistencia con humor. Es la estética del pelabola: un arte que no necesita adornos, sólo verdad… y quizás un hilo y aguja por si acaso.

En este país los pelabola tenemos alma de bolero.

[Col}> Viuda que escribe no se queda callada / Soledad Morillo Belloso

11-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Viuda que escribe no se queda callada

Mi viudez fue mi novela mal editada por un corrector con guayabo y sin diccionario.

Sí, lo admito: fue un texto desastroso. Con erratas por todos lados, escrito en tinta indeleble y papel de ese que no acepta tachones ni disculpas. Y no hubo lágrima, rabia ni tecla “delete” que lo corrigiera, aunque probé los tres, no necesariamente en ese orden, ni con elegancia.

Un día, mi historia de amor con mi príncipe rubio, ojos verdes y voz de Gregory Peck versión caraqueña, hizo punto y aparte. Y yo, como buena venezolana, pensé que si seguía escribiendo como quien pela papas sin saber que ya no hay sopa, eso me sacaría del hueco. Spoiler: no me sacó, pero me dejó con callos literarios.

Escribiendo me encontré en un capítulo nuevo sin el personaje principal. El “para siempre” estaba mal acentuado y el “hasta que la muerte nos separe” venía sin política de devolución ni ticket de cambio. Me quedé con los ojos claros y sin vista, escribiéndole a un buzón vacío… ¡y sin mi ISBN! El muy bandido se lo llevó, junto con mi mejor metáfora.

Mi duelo, lo confieso, tuvo mala gramática y peor ortografía emocional. El cuerpo pedía cama, el alma exigía explicaciones con tono de fiscal de tránsito, y el corazón no sabía conjugar “sola” sin meter la pata y llorar en subjuntivo.

Y ni hablemos de los recuerdos… paréntesis abiertos cada vez que encontraba nuestro playlist, con canciones que yo borraba como quien esconde el chocolate en Cuaresma.

Y claro, muchos saben que me encerré. Monja medieval, votos de silencio, silicio imaginario en la mano derecha y cara de “no estoy para nadie”. Me faltó el hábito, pero me sobraba drama.

Pasaron años y al fin logré salir del hueco. Así que aquí estoy, narrando mis crónicas con estilo de señora viuda que se maquilla los signos de interrogación, se pone los dos puntos bien puestos y sale a la calle con comas en los bolsillos y rímel resistente al llanto. Me río de mí misma, de mis propias erratas. Mis historias tienen tachaduras, sí, pero también tienen sabor a papelón con limón. Dignas de publicarse con portada dura y dedicatoria cursi tipo “A ti, que me enseñaste a amar sin manual de instrucciones”.

Ser viuda, dicen, es una historia con fallas ortográficas. Lo certifico con sello y firma. La mía arrancó con signos de admiración, siguió en puntos suspensivos y acabó con una tilde mal puesta que cambió todo el sentido. Y yo ahí, tratando de escribir en presente, pero me salía en pretérito y copretérito. Usé comas para respirar y me fui en paréntesis emocionales como quien se escapa a llorar al baño en plena fiesta familiar.

A veces gritaba con mayúsculas: “NO PUEDO MÁS”, “BAH, NO ERA TAN BUENMOZO”. Y otras, susurraba en cursiva: “¿Y qué hago si todavía lo escucho curucuteando en la nevera?”

Hubo días en que el duelo se ponía en modo editor. Me decía: “Eso no se dice”, “Eso no se olvida”, “Ese verbo no se reemplaza por otro que conjuga raro”. Pero ahora hay mañanas despeinadas en que escribo con faltas, porque así me nace y así me quiero. Porque sí, mi historia está llena de errores. Pero también tiene frases que nadie más escribió tan bonito. Abrazos entre líneas, besos entre sílabas, carcajadas entre quejas. Unos “te amo” sin correcciones.

Y entonces descubrí que sí, que puedo volver a escribir. En otros tiempos verbales, con nuevos signos, con menos miedo al borrador. Fue una historia imperfecta, sí. Pero quedó impresa en mi alma con portada brillante y dedicatoria sincera: “A ti, que me enseñaste que el amor no se corrige. Se vive”.

Y sí, sigo siendo viuda, sigo estando más sola que la una, sigo cometiendo muchos errores. Pero salí del monasterio imaginario. Flaca, sí. Más loca, también. Pero aunque medio chueca, vivita y coleando.

Yo creo en Dios. No lo entiendo, y por eso no le hago preguntas, no vaya a ser que me conteste: “No hagas preguntas idiotas”. Doy por sentado que si Él, el verdadero mandamás, me dejó aquí, por algo será. Y no creo que sea para recitar letanías tipo “en este valle de lágrimas”. Que yo no soy santa ni pretendo serlo. Creo que me dejó para escribir, aunque de vez en cuando se me escape un gazapo existencial.

Y escribo todos los días, por aquello de no dejar pendientes, no vaya a ser que me dé un patatús en medio del mercado y quede planchada en el piso cual dama de las camelias versión Pampatar. Cada día sale el sol, no importa lo que la noche refunfuñe, grite y patalee. Tan simple y sencillo como eso. Viuda que escribe, no se queda callada.

[Col}> ¿Con qué instrumento se cuenta la vida? / Soledad Morillo Belloso

10-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Con qué instrumento se cuenta la vida?

La vida no se cuenta con relojes. Eso lo sabe cualquiera que haya querido con ganas, perdido sin remedio, reído hasta que se le saltara el botón o llorado con la risa atravesada entre pecho y espalda. El reloj mide el tiempo, sí, pero no la vida. Es como ese señor de oficina que siempre anda con corbata apretada y cara de que nunca ha comido arepas con mantequilla: puntual, cuadrado, sin chispa.

La vida, en cambio, es como una señora, guapa ella, que canta boleros desafinados mientras barre la acera y cada vez que puede se pone los zapatos de tacón que le traen recuerdos y callos. La vida no se deja medir por manecillas ni por calendarios. Se mide con otras cosas, más rebeldes, más del corazón, de la piel y del estómago.

La risa es uno de los mejores medidores. Pero no esa risa de compromiso que uno suelta como quien paga el peaje. No. La risa buena es la que se escapa sin permiso, la que aparece en medio de un velorio porque alguien recuerda que el difunto odiaba los velorios y las flores, y ahí está como protagonista sin derecho a protesta.

Hablo de la risa que brota en la cocina mientras se revuelven cuentos junto al arroz y alguien dice “¡se te quemó otra vez!”. Esa risa deja huella, no en el reloj, sino en el alma. Cada carcajada de esas que te sacuden es como un segundo de eternidad con cosquillas.

En las casas donde se cocina con cariño y sin apuro, la vida se mide con cucharas de palo. No hay reloj que compita con el tiempo que tarda un guiso en agarrar el sabor de los aliños. Las abuelas sabían que el reloj no sirve ni para cocinar ni para vivir.

Ellas medían el tiempo por el olor que salía del caldero, por el silencio que se hacía cuando todos probaban la primera cucharada y alguien decía “¡esto está como para pedirle matrimonio!”. Y si el arroz se pasaba, no era un error: era una señal de que la vida también se pasa, y hay que estar pendiente antes de que se pegue al fondo.

Las arrugas también cuentan. No las que la gente trata de esconder con cremas carísimas que prometen milagros y entregan decepciones. No. Las que se lucen como medallitas ganadas en combate. Cada línea en la frente es una pregunta sin respuesta. Cada surco junto a los labios, una risa que se quedó a vivir.

Las arrugas no mienten. Son como espejos sin filtro, como selfies sin retoque. Y si uno las mira con cariño, puede leer en ellas toda la historia: los amores, los sustos, los viajes, los regresos, los días en que uno se sintió invencible y los días en que no se sintió ni sombra.

Ah, la vida también se mide con canciones. No por lo que duran, sino por lo que despiertan. Hay canciones que duran tres minutos,  pero guardan años de recuerdos, y hay silencios que duran segundos,  pero pesan como si fueran sacos de cemento.

Un buen abrazo, por ejemplo, no tiene tiempo fijo. Se mide por lo que cura. Hay abrazos que son como relojes de arena: uno siente cómo el dolor se va cayendo poco a poco, hasta que queda sólo el alivio y el olor a colonia.

Y sí, la vida también se mide con el miedo. El miedo que te paraliza, pero también el que te empuja. Porque si no hubo miedo, ¿hubo riesgo? Y si no hubo riesgo, ¿hubo vida? El miedo es como la sal: no se ve, pero si falta, todo sabe a cartón.

Los momentos en que uno se atrevió, a pesar del susto, son los que realmente valen. No por lo que duraron, sino por lo que te movieron por dentro, como cuando uno se lanza a bailar sin saber los pasos y termina inventando su propio ritmo.

Hay objetos que también miden la vida. Un par de zapatos gastados que recorrieron despedidas, regresos y caminos desconocidos. Una taza que aún se usa porque “tiene buena boca” y no hay otra que aguante el café caliente sin que se raje.

Un vestido que ya no se pone pero que guarda el olor de una noche pasional e inolvidable, aunque haya terminado con una picada de zancudo en la frente. La vida se mide con lo que queda después del desorden: los platos rotos, las cartas que nunca se mandaron, los sueños que todavía insisten.

Si algún día te da por repasar tu vida, no busques el calendario. Los años no están en las cifras ni en los relojes que dejaron de andar. Están en los objetos que decidiste no botar: la cucharita mellada de la abuela, el pañuelo con aroma a alguien que ya no vuelve, la libreta con recetas de cocina que parecen poemas caseros. Están en las cartas que nunca enviaste por miedo o por pudor, pero que aún guardan la tinta de lo que fuiste capaz de sentir.

Tu tiempo está en los silencios que decidiste respetar, en las risas que estallaron en los momentos más inadecuados, en los abrazos y los besos que duraron más de lo que la gente considera “normal”. Está en los días que parecían cualquier cosa, pero que ahora recuerdas con una ternura que te desarma.

Porque la vida no se mide por lo que pasó, sino por lo que se quedó pegado. Y si algo se quedó —aunque sea un aroma, un gesto, una frase que alguien te dijo sin saber que te marcaría para siempre— entonces viviste.

Viviste en cada decisión chiquita que rompió la costumbre. En cada vez que te quedaste cuando todos se iban, o te fuiste cuando nadie lo esperaba. Viviste en los errores que te enseñaron a reírte de ti mismo, en los amores que no duraron pero que te dejaron el corazón más grande, y en esas arrugas que son mapas de todo lo que te ha tocado sentir.

¿Y entonces? Entonces, si alguien te pregunta cuántos años tienes, o cuál es el puntaje de tu vida, no respondas con números. Di que tu vida se cuenta en historias. Que tienes cinco abrazos que te salvaron, tres canciones que te reconstruyeron, una risa que te cambió el destino, y una arruga que te recuerda que sobreviviste.

Di que estás hecho de cucharas de palo, de silencios compartidos, de miedo con sabor a aventura y de recuerdos que huelen a mango de bocado y a guayaba madura.

Porque la vida no se mide en años. Se mide en intensidad. En lo que uno se atreve a sentir, a perder, a recordar.

Tengo buena memoria. Todavía. Pero no es una memoria rencorosa ni contable: recuerda más lo que me ha hecho reír hasta doler el estómago que lo que me ha hecho fruncir el ceño. La risa alimenta; la rabia desgasta. Y yo prefiero nutrirme.

Estos días volvió a mí una escena que me narró una amiga judía, de esas que cuentan historias con acento, alma y un guiño de siglos. El episodio ocurre una tarde en un café caraqueño, donde se reúnen varias señoras —amigas, parientes, expertas en meriendas y recetas— para comentar el matrimonio al que asistieron días atrás.

“Los novios se fueron de luna de miel a Havai”, dice una de ellas, en ese español bordado con yiddish y acento de Europa oriental, como si las palabras vinieran envueltas en papel de seda.

La hija, que también está en la mesa, la corrige con cariño:

“Mamá, es con doble v.”

Y la madre, sin perder el compás ni el peinado, responde:

“Bueno, a Havavai.”

Cada vez que me río, mi vida se alarga como pompa de jabón. Se vuelve infinita.

[Col}> La vida no da reembolsos / Soledad Morillo Belloso

09-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La vida no da reembolsos

Si algo he aprendido en esta obra de teatro que es la vida —con sus actos improvisados y sus personajes que entran sin avisar— es que uno no debe arrepentirse de las cosas que hizo, aunque hayan salido como arepas insípidas, torcidas o quemadas por un lado. Porque al menos las hiciste, las viviste, las metiste en la sartén de la experiencia.

¿Que te lanzaste a decirle “te quiero” a alguien que terminó siendo más frío que nevera de pescadería? Bueno, al menos no te quedaste con la duda. ¿Que renunciaste a un trabajo para perseguir un sueño que terminó siendo más esquivo que el WiFi en la playa? Pues mira, por lo menos lo intentaste, y eso ya es mucho.

Lo que sí pesa —como bolsa de mercado sin carrito— son las cosas que uno no hizo. Esas que se quedaron en el “mañana lo hago”, “después me atrevo”, “cuando tenga tiempo”. Y así se va llenando el archivo de arrepentimientos con papeles que ni siquiera tienen historia, sólo tienen el sello de “nunca pasó”.

Por eso, yo prefiero equivocarme con estilo, tropezar con gracia, y meter la pata con dignidad. Porque, al final, la vida no es un examen de opción múltiple, sino una novela de realismo mágico donde uno tiene que escribir sus propios capítulos, aunque a veces se le corra la tinta.

Es curioso, pero resulta que, aunque el cuerpo diga lo contrario —con sus crujidos de bisagra vieja y sus protestas al subir escaleras—, yo hoy me siento más joven que hace 30 años. No sé si es que la juventud se mudó del espejo al alma, o si simplemente aprendí a vivir con menos miedo y más descaro.

La juventud no es una etapa, es una actitud con arrugas. Es saber que el tiempo no se detiene, pero uno puede caminar más lento y disfrutar el paisaje. Es tener el descaro de seguir soñando, aunque ya no te inviten a fiestas.

Así que sí, aunque el cuerpo se queje como radio mal sintonizada, yo me siento más viva, más ligera, más traviesa que nunca. Porque sé que la edad no se cuenta en años, sino en ganas.

Hoy, si pudiera, me iría de viaje por el mundo y así, sin itinerario, sin esas preocupaciones que la gente de mi edad carga como si fueran parte del equipaje obligatorio. Nada de pastillas organizadas por colores, ni de hablar del colesterol como si fuera un personaje de telenovela.

Me iría con una mochila ligera, un par de zapatos cómodos —pero no ortopédicos, por favor— y el corazón abierto como ventana en verano. Me sentaría en plazas desconocidas, comería cosas impronunciables, y me perdería a propósito en ciudades que no aparecen en los folletos turísticos.

No me importaría si el hotel tiene ascensor, si el desayuno es alto en azúcar, o si el clima afecta “las rodillas”. Me importaría reírme con desconocidos, aprender a decir “gracias” en diez idiomas, y descubrir que el mundo es más grande que los miedos que uno acumula con los años.

Porque hoy, si pudiera, no buscaría comodidad, buscaría vértigo. No buscaría certezas, buscaría historias. Y si al final del viaje me doliera todo el cuerpo, que sea de tanto vivir.

Y si me preguntaran por qué me fui en ese viaje, diría que me cansé de esperar el momento perfecto. Me fui porque entendí que la vida no da reembolsos, y que los sueños no tienen fecha de vencimiento, aunque uno sí.

No me llevaría reloj, porque ya bastante tiempo he perdido mirando cómo se escapa. No me llevaría agenda, porque quiero que los días me sorprendan como visita inesperada con torta incluida. Y no me llevaría miedo, porque ese sí que pesa más que cualquier maleta.

En este viaje imaginario —que quién sabe si mañana se vuelve real— no hay espacio para conversaciones sobre pensiones, ni para comparar marcas de cremas antiedad. Hablaría de atardeceres, de libros que huelen a polvo y magia, de canciones viejas  que uno pensaba olvidadas pero que vuelven como viejos amigos, y de canciones nuevas que hay que escuchar dos o tres veces para aprenderse la letra.

Y si me tocara dormir en un tren, en una posada con goteras, o en una playa con mosquitos, que sea. Porque prefiero eso a dormir en la comodidad de lo conocido, donde todo está en su lugar pero nada se mueve.

Yo me levanto todos los días como quien se sacude el polvo de los sueños rotos, buscando dejar atrás lo malo —lo que pesa, lo que pincha, lo que no suma ni enseña. Me preparo el café como si fuera un ritual de resurrección y, mientras el aroma me despierta el alma, pienso: ¿qué puedo hacer hoy para que las arrugas sean por risa y no por lágrimas?

Porque si algo quiero en esta vida es que mi cara sea un mapa de carcajadas, no un registro de tristezas, que de esas ya tuve bastante. Que cada línea en mi piel cuente una historia divertida, un chiste mal contado, una noche de baile improvisado, una conversación que terminó en ataque de risa.

Las lágrimas, cuando vengan, que sean de esas que limpian, no de las que empañan. Y si alguna se escapa, que se mezcle con el maquillaje y se convierta en arte abstracto.

Así que sí, me levanto todos los días con la firme intención de vivir bonito, de reírme aunque no haya motivo, de hacerle cosquillas al drama y de convertir cada arruga en una medalla de alegría.

Y si al final de todo me preguntan qué hice con mi vida, quiero poder decir que la viví con descaro y ternura, que lloré muchísimo pero me reí todavía más, que viajé aunque fuera con la imaginación, y que mis arrugas —esas queridas líneas del tiempo— no son marcas de tristeza, sino huellas de carcajadas, de asombro, de amor sin protocolo.

La mejor descripción que alguien puede dar de mí es: “Ella está flaca como un palo y loca como una cabra. Y no lo esconde”. Porque, ¿para qué esconder lo que da vida? La flacura es un dato, pero la locura es vocación. Y si la cordura consiste en vivir según el manual, yo prefiero escribir mis propias instrucciones en servilletas, con tinta de café y carcajadas.

No me interesa parecer sensata, aunque lo soy, me interesa ser feliz. Y si eso me hace parecer loca, pues que lo digan, porque lo estoy que lo llevo con estilo. La vida no da reembolsos, y yo no pido ninguno.

Uno de los mejores poetas de la historia, Henry David Thoreau, escribió sobre “vivir deliberadamente”. Así quiero vivir yo: deliberadamente.

[Col}> Prometer no cuesta, cocinar sí / Soledad Morillo Belloso

07-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Prometer no cuesta, cocinar sí

¿Política o Economía? En Venezuela, esa pregunta no se lanza como quien busca respuestas, sino como quien tantea el terreno antes de meter el pie en el charco. Se dice bajito, preguntando por el precio del queso a sabiendas de que va a salir con mortadela. “¿Política o Economía?” Aquí, ambas se mezclan como el ají dulce y el cilantro: uno da sabor, el otro especia, pero juntos hacen que el caldo tenga sentido…

La promesa y la cuenta

La política promete como vendedor de empanadas en la madrugada: con entusiasmo, con voz alta, con relleno incierto. La economía responde como la doñita que cuenta los billetes arrugados antes de entrar al mercado: sin palabras, con resignación, con la matemática del estómago. Una habla de futuro, la otra del desayuno —o de la arepa sin relleno, que ya se volvió  tradición.

Falsos dilemas y gallinas flacas

En realidad, es un falso dilema, ese truco retórico que te pone a escoger entre dos cosas que, en la práctica, vienen juntas. Te dicen “¿Política o Economía?” Es como que te pregunten si prefieres el calor o los zancudos, cuando ya estás sudando y rascándote al mismo tiempo.

El falso dilema es el “arte” de reducir la complejidad a una pelea de gallos entre dos gallinas flacas. En el barrio, el falso dilema se reconoce rápido: es ese momento en que te ofrecen elegir entre dos promesas que no se cumplen, como si el problema fuera de fe y no de nevera vacía.

Mecates, hamacas y caraotas invisibles

Política y economía no se pueden separar. Son como los dos extremos del mecate que sostiene la hamaca: si uno se rompe, el otro no sirve para colgar. Políticos y economistas se pelean por el mismo plato de arroz con caraotas, aunque a veces ni el arroz ni las caraotas aparecen. En los barrios, la política se discute con pasión, entre dominó y cafecito, pero la economía no es un ente abstracto; se vive con el silencio de la nevera vacía y el eco de la bombona que no llega.

Billetes, horóscopos y barquitos de papel

El billete venezolano se volvió papel de envolver ilusiones. Sirve para limpiar lágrimas, para abanicarse en la cola, para hacer barquitos que no navegan ni en charco. Y cuando el dólar sube, no lo hace sólo en los mercados: sube en los chistes, en los regaños, en los sueños que ya no se sueñan en bolívares. El tipo de cambio es como el horóscopo: todos lo consultan, nadie lo entiende, y siempre hay uno que dice “eso va a bajar, tú verás”.

Sabiduría de abasto y promesas domingueras

Los economistas dibujan curvas y proyecciones en 3D, pero la señora en el abasto lo resume con sabiduría ancestral: “Eso está carísimo, mijo”. La política se viste de promesa dominguera, la economía de saldo insuficiente. Una habla en programas de televisión que nadie ve, la otra en la cola del cajero, donde los minutos pesan más que los billetes y el sol te tuesta como tajada.

La tormenta y el humor como salvavidas

¿Y entonces? ¿Política o Economía? Tal vez la pregunta esté mal planteada. Es como elegir entre el trueno y el relámpago, cuando lo  que importa es la tormenta. Y en medio de ella, el venezolano sigue navegando, con rabia, con esperanza, con humor. Porque aquí, hasta la inflación tiene sentido del humor. Se disfraza de oferta, se cuela en los chistes, se convierte en personaje de telenovela que aparece en todos los capítulos, pero nunca muere.

La cocina como resistencia

La economía, piensa Casilda, es la nevera vacía, pero también el ingenio para llenarla con lo que haya: un mango del patio, un huevo prestado, un milagro improvisado. La política, agrega Casilda, es el discurso que promete llenarla, aunque a veces ni sabe dónde está la cocina. Y sin embargo, seguimos. En este país, la supervivencia es un arte. Aquí se cocina lo que haya, se ríe con ganas, y se vive con la certeza de que mañana siempre llega… aunque sea en burro.

Coreografía nacional

“¿Política o Economía?” no es una pregunta, es una coreografía. Un baile entre lo que se dice y lo que se vive. Entre el decreto y el trueque. Entre el plan anual y el plátano que se paga con un huevo. Y en esa danza, el venezolano improvisa, reinventa, y a veces, hasta se ríe. Porque si no se ríe, se oxida. Y aquí, hasta el óxido tiene sabor a resistencia con un toque de sarcasmo.

¿Y si se escuchara al estómago?

Sería bueno que los economistas aprendieran de política y los políticos, de economía. Tal vez así dejarían de hablar en idiomas distintos y empezarían a entender que el país no se gobierna con cifras ni con promesas, sino con la capacidad de escuchar el estómago ciudadano. Porque al final, entre la teoría y la arepa, siempre gana la arepa.

Hablando en serio

¿Y si los políticos aprendieran de economía y los economistas de política?  Hablando en serio  —y sin renunciar al derecho soberano a la ironía que nos salva del tedio— esa pregunta es más que pertinente: es urgente.

Si los políticos aprendieran de economía, tal vez dejarían de ver el presupuesto como una piñata electoral y empezarían a entender que detrás de cada cifra hay una vida, una arepa, una decisión cotidiana. Sabrían que imprimir dinero no es magia, que el subsidio sin producción es como echarle agua a la sopa sin meterle más verduras y proteínas, y que la inflación y la recesión no se combaten con decretos, sino con confianza, con inversión y reglas claras.

Y si los economistas aprendieran de política, quizás dejarían de hablar como si el país fuera una hoja de Excel. Entenderían que las decisiones económicas no se toman en laboratorios, sino en contextos humanos, sociales, históricos. Que no basta con saber qué hacer, sino cómo hacerlo, cuándo, y con quién. Que la gobernabilidad no es un “dato”, sino una atmósfera. Y que el pueblo no es una “variable”: es el protagonista.

En el fondo, política y economía son dos formas de administrar un país. Una sin la otra es como querer sembrar sin tierra o cosechar sin sol. Y cuando se ignoran mutuamente, el resultado es lo que ya conocemos: promesas que no se cocinan, cifras que no alimentan, discursos que no calientan la olla.

La economía venezolana es un rompecabezas al que le faltan piezas, y las que quedan están mojadas, dobladas y algunas hasta quemadas. Lo que alguna vez fue un país con músculo petrolero y vitrinas llenas, hoy se mueve entre la informalidad, el trueque y la supervivencia creativa. La inflación galopa como si no tuviera riendas, el salario mínimo es más simbólico que funcional, y el bolívar se ha vuelto un fantasma que aparece en los billetes.

El aparato productivo está desmantelado, la industria nacional se convirtió en nostalgia, y el mercado se rige por un dólar que sube como el sol: todos lo ven, nadie lo controla. Es un desastre con nombre propio, pero con consecuencias que se sienten en el estómago, en la nevera vacía, y en la mirada de quien calcula si hoy se come o se espera a mañana.

Hacen falta Rómulo, Teodoro, Cabrujas y Antonio Cova. Pero dejaron obra escrita. Digo, por si quieren leer…

 

[Col}> Por qué los judíos no se extinguen / Soledad Morillo Belloso

05-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Por qué los judíos no se extinguen

Yo no soy judía. Que se sepa. Aunque quién sabe si algún antepasado mío, en pleno despeluque de siglos, bailó una horá con sandalias de cuero y gritó “¡mazel tov!” mientras servía hallacas con pasas kosher. No me apellido Cohen ni Goldstein, pero tengo amigos judíos que me han enseñado que la eternidad no se escribe con mármol sino con chistes bien contados y tías que discuten sobre filosofía y recetas, todo en la misma oración.

Lo que sí sé es que los judíos tienen esa capacidad rara de hacerle trampa al olvido. La historia (con color de adversidad) los persigue con ganas de borrarlos, y ellos, en vez de esconderse, sacan otro texto, otra pregunta, otro plato, otra carcajada. Por siglos han querido que el pueblo judío se vuelva polvo de archivo. Les quemaron libros con tanto entusiasmo que parecían celebrar el Año Nuevo con confeti de Talmud. Les cerraron templos como quien cierra una panadería sin harina, y los deportaron como si fueran maletas extraviadas por aerolíneas sin alma.

Pero ahí siguen. No como estatuas con palomas en la cabeza, sino como fuego que chisporrotea debajo del mantel de cada generación. Porque el pueblo judío no desaparece. Se transforma, se cocina a fuego lento, se disfraza de silencio y cuando menos lo esperas, te lanza un proverbio que parece broma pero termina siendo filosofía pura.

Pactaron con el tiempo, no con el poder

Algunos pueblos firman acuerdos con reyes, políticos y publicistas. Los judíos firmaron con el tiempo. Y el tiempo, como buen perro leal, se quedó cerca, observando cómo pasaban imperios mientras ellos seguían estudiando, debatiendo y preguntando. No hay imperio que haya durado tanto como la memoria judía.

Su continuidad no se guarda en bóvedas ni en murallas. Está tatuada en textos, en interpretaciones, y sobre todo, en una ética del “cuida al otro, aunque te duela la espalda”. Como dijo Levinas —ese filósofo que escribía con brújula ética—: “La responsabilidad precede a la existencia”. Y los judíos decidieron existir con esa mochila en la espalda y un bagel en la mano.

El humor es su chaleco antibalas espiritual

El humor judío no se compra en la farmacia ni se vende por kilo. Es fino, incómodo y perfectamente neurótico. Es el tipo de humor que aparece cuando Kafka se cruza con Sarah Silverman en la carnicería y discuten sobre la existencia mientras esperan que les corten el pastrami.

Desde los shtetls —esas aldeas que parecen inventadas por un García Márquez en fase yiddish— hasta los comediantes de Broadway, el pueblo judío ha usado el humor como antídoto contra el totalitarismo, el hambre, el miedo y las dietas sin carbohidratos. Cuando el mundo quiere hacerlos desaparecer, ellos lanzan un chiste que los vuelve inolvidables.

Reír en medio del dolor no es frivolidad. Es resistencia. Es mirar al absurdo con lente de aumento y decir: “Estamos vivos. Y además, lúcidos”.

Su identidad cabe en sinfonía, no en etiquetas

“¿Qué significa ser judío?” es una pregunta que no tiene respuesta definitiva. Pero precisamente por eso sigue siendo poderosa. Cada intento de respuesta es una melodía que se suma a la sinfonía.

Ser judío es discutir sobre Dios en la carnicería, estudiar textos a medianoche, cocinar sopa con nombres que suenan a bendición, y preguntarse si el sufrimiento tiene sentido o simplemente buena iluminación escénica. Mientras alguien se lo pregunte —con rabia, dulzura o mientras prepara gefilte fish— habrá pueblo judío.

Tienen alma geológica, no biográfica

El poeta Yehuda Amichai lo dijo como quien acaricia una piedra con memoria: “El pueblo judío no es histórico, es geológico”. No se cuentan por fechas sino por capas. Exilio, renacimiento, persecución, fiesta, otra persecución, otro renacimiento… y así hasta la próxima sorpresa.

Cuando les tumbaron el Templo, inventaron el judaísmo rabínico como quien improvisa una sinfonía con una cucharita. Después convirtieron la diáspora en una red de significados. Y tras el Holocausto, respondieron no con silencio ni venganza, sino con arte, filosofía, música y películas que te hacen reír, llorar y pensar si no sería buena idea revisar tus propios prejuicios.

El pueblo judío es como la levadura con fe: cuando parece que se acaba, está empezando.

Convierten el duelo en lienzo, no en lápida

Muchos pueblos usan el sufrimiento como excusa para rendirse. Los judíos lo usan como tinta para escribir una nueva página. Han hecho del duelo una forma de reinvención. Sin mármoles solemnes ni flores marchitas. Lo hacen cocinando, enseñando, dudando, celebrando, y sobre todo, recordando con picardía.

Su memoria no los encierra, los impulsa. No congelan el pasado; lo editan como borrador vivo. No sólo heredan: reinterpretan, rediseñan, redibujan.

Saben que eternidad no es duración… es sentido

La eternidad no consiste en seguir existiendo por terquedad, sino en tener algo que decir aunque el mundo esté distraído. El pueblo judío no se aferra al tiempo por miedo, sino por convicción. Su continuidad es una narrativa que se escribe entre preguntas, risas, recetas y plegarias con ritmo de debate.

Mientras haya texto que los haga pensar, humor que los haga reír, alguien que los abrace aunque sea con ironía, algo que vender y otra cosa que contar… no se extinguirán.

Porque cada vez que alguien dice “ya fue”, ellos sacan una nueva edición con prólogo inesperado. Lo escriben en hebreo, en yiddish, en inglés, en español… o en el corazón de quien se atreve a leer sin prejuicios.

Y sí. Quisieron borrarlos. Pero olvidaron que el papel también resiste. No cualquier papel, ¡ojo! El judío es papel con actitud. Sobrevive a incendios, inquisiciones, pogromos y hasta a los que quisieran borrarlo porque no les conviene recordar.

Les quemaron libros como si fueran fuegos artificiales de ignorancia. Pero el pueblo judío ya sabía que la memoria no vive en bibliotecas, sino en cerebros con buena retención y chistes que atraviesan los siglos.

Improvisaron sinagogas en cocinas, salas de espera y carnicerías kosher donde el rabino usaba el mostrador como púlpito y el tofu como metáfora de la paciencia divina.

Ese papel contenía Talmudes, recetas de la abuela, cartas sin destinatario, y chistes que hicieron llorar a los verdugos por pura confusión teológica. Papel que, como dijo alguien, no se quema… se multiplica.

Dios le dictó a Moisés los diez mandamientos. Y Moisés, que no era taquígrafo ni cargador profesional, los escribió en piedra y bajó del cerro con ese peso ancestral, literal y simbólico. Entre el polvo, el sol y las dudas existenciales, le dio un ataque de caspa emocional y cuestionó el plan divino. Entonces Dios, con ese tono de padre cansado, decidió que Moisés no entraría en la tierra prometida—como quien castiga quitando el postre. Pero el liderazgo no se fue lejos: el nuevo guía fue su hermano, porque en los asuntos sagrados, como en los chismes, todo quedaba en familia.

Ah, y en cuanto a Jesús, vamos… era judío. No lo sabemos por documentos históricos. Lo sabemos porque sólo una madre judía puede estar convencida de que su hijo es Dios.

No… No se van a extinguir.

[Col}> Conclusiones / Soledad Morillo Belloso

29-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Conclusiones

Llevo semanas escribiendo estos soliloquios, y compartiéndolos con unos pocos lectores. No sé si es un acto de coraje o de necesidad. A veces pienso que escribir en soledad es una forma de hablarle al vacío con la esperanza de que el eco regrese con otro nombre. Otras, siento que estos textos no son tanto para ser leídos, sino para sostenerme —como se sostiene una vela en mitad de la niebla, aunque no alumbre mucho, aunque apenas caliente.

Me preguntan si es por desahogo, por vanidad, por fidelidad a lo que me habita. Yo no sé. Pero cada línea que dejo ir es como tender un puente hecho de hilos de voz, esperando que alguien lo cruce sin apuro, sin juicio. Tal vez para compartir silencio más que palabras.

He llegado a algunas conclusiones, pocas, y sin duda susceptibles de reforma o abandono. Porque sé de mí que lo que hoy pienso, mañana puede cambiar.

Pocas cosas sé hoy, o creo saber.  Y las escribo antes de que se me extravíen.

A veces, la esperanza se disfraza de tregua: se queda en silencio, pero no se rinde.

El alma también se cansa de fingir fortaleza. Necesita pausas. Treguas. Espacios donde sentarse en la orilla del pecho y mirar sin miedo lo que ya no está.

No todo lo que se rompe se pierde. Hay fragmentos que, al volverse a mirar, se tornan más ciertos. La fragilidad también es forma de resistencia, y la ternura, ese susurro sin pretensiones, es un acto de valentía cotidiana.

Hay gestos que el tiempo no borra. Hay silencios que no son ausencia, sino presencia que no ha aprendido aún a decirse. La tristeza, a veces, no se llora: se escribe.

La esperanza no es ingenua. Es obstinada. Y cuando se camina con el corazón como brújula, el alma también escribe, aunque no sepa nombrarse.

La ternura no es un lujo. Es abrigo. Una forma de estar sin prometer eternidades, de sostener sin juicio, de mirar sin huir.

Hay nostalgias que no duelen, pero pesan. Y hay palabras que no se dicen con la boca, sino con la piel que tiembla.

Aunque no haya mapa para el alma, se camina a tientas, con la dignidad como faro y la memoria como casa.

Gracias por la paciencia de haberme leído. Ahora, por un tiempo, no sé cuánto, entraré en prudente silencio. Con un cartel en el que se lee: “Perdone las molestias. Cerrado al público por inventario y restauración”.

 

 

[Col}> La inteligencia de los idiotas / Soledad Morillo Belloso

20-05-2025

Soledad Morillo Belloso 

La inteligencia de los idiotas 

Hay un tipo de inteligencia que no aparece en los libros de psicología, ni en los debates académicos, ni en los tests de coeficiente intelectual. Es una inteligencia peculiar, resistente al conocimiento, blindada contra la duda y ferozmente leal a la comodidad del pensamiento simplón. Es la inteligencia de los idiotas.

Dicen que la inteligencia es el arte de resolver problemas, de prever escenarios, de formular preguntas antes de obtener respuestas. Pero, en estos tiempos de ruido digital y opiniones fragmentadas, hemos descubierto esa nueva categoría: la de los idiotas inteligentes.

No hablamos aquí de simple ignorancia. La verdadera idiotez tiene una metodología, una estrategia, una lógica impecablemente defectuosa. Es el arte de hablar sin escuchar, de opinar sin saber, de imponer sin entender.

El idiota inteligente no es aquél que desconoce, sino el que cree saberlo todo sin necesidad de comprobar nada. Es el que reduce debates complejos a frases simplistas, el que confunde convicción con evidencia, el que eleva la necedad a virtud.

No es la torpeza común de la ignorancia, ni el despiste inocente de quien aún no ha aprendido. No. La inteligencia de los idiotas es un arte oscuro. Se cultiva en la repetición de frases sin contenido, se afila en la convicción absoluta y se proclama en la seguridad de que dudar es perder. Es un sistema perfecto de autoprotección: no corrige, no reflexiona, no evoluciona.

El idiota inteligente tiene sus propios axiomas. Cree que la complejidad es una amenaza y que los matices son innecesarios. Domina el arte de simplificar lo complejo hasta hacerlo irreconocible, de transformar la incertidumbre en certezas rotundas y de convertir el pensamiento en un monólogo eterno.

En la política, en las redes, en las conversaciones de esquina, este tipo de inteligencia florece. Se manifiesta en afirmaciones absolutas, en respuestas rápidas y en la feroz resistencia a cambiar de opinión. Los idiotas inteligentes son maestros de la falsa profundidad: expresan reflexiones enclenques  con tono solemne, sentencias absurdas con aire de erudición.

En esta era, donde la velocidad ha reemplazado la reflexión, los idiotas con inteligencia propia ocupan espacios privilegiados. Son los que construyen discursos sin sustancia, los que argumentan con falacias, los que convierten la certeza en una camisa de fuerza, los que recitan grandilocuencias que no resisten el más mínimo análisis.

Pero su mayor triunfo es el contagio. Porque la inteligencia de los idiotas tiene una ventaja sobre la genuina inteligencia: es fácil de reproducir. De que se pega, se pega. No requiere esfuerzo, no demanda reflexión, no exige revisar premisas. Es cómoda. Es viral.

Y así, quienes cuestionan, quienes dudan, quienes se atreven a cambiar de perspectiva son vistos como débiles, como erráticos, como prescindibles en la guerra de certezas.

¿Qué nos queda? Resistir, cuestionar, aprender. Porque en un mundo donde los idiotas creen ser los más inteligentes, la verdadera sabiduría está en la capacidad de admitir lo que no sabemos.

[Col}> La vaca en el ambulatorio / Soledad Morillo Belloso

03-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La vaca en el ambulatorio

Juan, venezolano de 50 años, es más que un personaje: es una colección de hábitos, olores, refranes y sorbos de cafecito colado en manga. Vive en una casa que no se cae porque está sostenida porrecuerdos, una virgencita en la pared y el escándalo de las guacamayas que sobrevuelan al mediodía como si fueran las alcaldesas del barrio.

Los días empiezan con el radio encendido, no para escuchar noticias (ya vencidas), sino porque “La hora del gallo” le recuerda que aún hay humor y culebrones en la vida. Se sienta en su mecedora heredada del abuelo Crisóstomo —esa que chirría más por costumbre que por dolor— y mira la calle como quien lee un poema lleno de rimas desajustadas, pero honestas.

Juan es emprendedor: cocina con sabor a pueblo y vende sus platos en oficinas del centro. El ají dulce manda en su cocina. “Si se ve bonito, sabe bonito”, decía su mamá. Su arroz con pollo tiene más cuento que ingredientes. “Este ají lo sembré yo con tierra de cuando la acera era nueva… por eso sale sabroso, tiene historia.”

En el mercado regatea por deporte: “¿Y ese precio tiene aire acondicionado o qué?”. La vendedora se ríe, le hace una rebajita y le da el tomate más rojo. Aquí la sonrisa también paga.

Los domingos son sagrados. Se pone su camiseta del Caracas F.C. (ya el logo parece mapa) y prepara yuca con mojo. Los vecinos llegan sin invitación, pero con hambre. Luego, todos se sientan en la acera y recuerdan la vez que cocinaban con lámpara de kerosén en pleno apagón.

Y si hay música, que no falten las gaitas en agosto ni los reguetones de Maluma y KarolG en noviembre. Juan dice que el reguetón actual no tiene sazón; antes Daddy Yankee era filósofo urbano. Si alguien pone música en inglés, él suelta: “Eso no alegra el hígado. Ponme una de Ricardo Montaner pa’ que me duela sabroso.”

Al caer la tarde, los niños juegan quemao’ y los adultos hacen lo mismo, pero con los políticos. Juan observa todo con humor estoico. Ha visto todas las versiones del mismo guión: promesas maquilladas y realidades con resaca. “Aquí lo único que progresa es el monte y los memes”, lanza como quien suelta una granada suave.

Pero Juan se queda. Porque ama hasta el chirrido de la silla, el olor a lluvia sobre tierra caliente, y saber que su país, con todos sus enredos, sigue siendo ese donde un saludo puede durar tres minutos y venir con abrazo, chisme y recomendación de yerba para la presión y sal de higuera para los pies hinchados.

Antes de que el sol despierte, Doña Yeya ya está regando sus matas con agua, café colado y esperanza. “Pa’ que me floreen hasta en los apagones”, dice. Juan la saluda: “¿Ese malojillo sirve pa’ políticos? Porque aquí hay unos con el alma descoyuntada”.

Por la esquina pasa Chucho el guayabero: “¡Guayaba dos por uno! Y si no te gusta la vida, devuélvela con ticket”. Juan se ríe. “Este país lo arreglamos a punta e’ chistes”.

Frente a la bodega, Toñita organiza la fila para la harina PAN como si fuera teatro: “No me hablen mal que se me corta la leche”.

En las tardes hay tertulia con don  Rafael, que tiene las manos llenas de grietas y cuentos del siglo pasado, cuando los héroes llevaban sombrero. Hablan de arepas, de aguacates con política interna, y de cómo la lluvia cuenta secretos.

Los niños corren tras un balón que ha rodado por más calles que promesas electorales. Juan, con su café recalentado, piensa: “Aquí nadie nos enseña a ser felices, pero todos sabemos improvisar”

.Por las noches, cada casa se convierte en universo propio. El ventilador canta su sinfonía de aspas cansadas, el televisor lanza novelas turcas traducidas con acento argentino, y Juan escribe en su servilleta más nueva:

“La Venezuela de hoy es como un sancocho con los ingredientes revueltos, pero mientras huela sabroso, uno se queda”.

Un día apareció una vaca en el segundo piso del ambulatorio. Nadie supo cómo llegó. Toñita la vio primero: “¡Juan! ¿Eso es una vaca o me dio efecto secundario el té de anís con parchita?”. “Una vaca en el segundo piso… Yo pensé que era señal del gobierno, tipo ‘producción vertical”.

El barrio se aglomeró. Don Rafael sacó sus binóculos. Chucho, filosofando, proclamó: “¡Eso no es una vaca común! Es metáfora del sistema: encerrada, en lo alto y sin saber cómo bajarse”.

Llegó un funcionario preguntando si alguien tenía carnet de autorización bovina. “¡Aquí ni el perro tiene carnet y tú me pides papeles pa’ la vaca!”, gritó Yeya.

Unos chamos intentaron transmitir la escena en vivo, pero justo se fue la señal. Juan soltó: “Bueno, si la vaca no baja, montamos una pollera al lado y resolvemos el conflicto con salsa de ajo”.

Finalmente, los bomberos bajaron a la vaca en camilla, como candidata del Miss Venezuela. El barrio aplaudió, y desde ese día, cada vez que algo inexplicable ocurre, se dice: “Esto está más raro que la vaca del ambulatorio.”

Y así, entre risas que desafían la lógica, consejos caseros con sabor a yerba buena, y vacas que toman turnos sin pedir cita, la calle El Milagro sigue latiendo como un corazón viejo pero terco. Juan no espera milagros grandilocuentes. Él cree en los pequeños absurdos que, día tras día, acaban armando una patria.