[Col}> La señora del enchufado: diva del disimulo / Soledad Morillo Belloso

20-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La señora del enchufado: diva del disimulo

Ella no nació enchufada, pero agarró el tumbao rápido. Tiene el olfato fino para detectar oportunidades y por eso cazó un marido con vocación y carrera de enchufado.

Esta señora es experta en la disciplina ancestral del disimulo con glamur. No pregunta, no firma, no opina. Ella simplemente disfruta. ¿Quién pagó el viaje a Qatar? ¿Cómo se costea el yate en Los Roques? ¿De dónde salió el penthouse en Dominicana con vista al mar y jacuzzi con luces LED?

Eso no le incumbe. Eso es asunto del marido. Ella está ocupada eligiendo entre el Balenciaga o el Versace, mientras se hace el facial con células madre de unicornio en un spa que no aparece ni en el GPS. Si en la merienda en el club le le hacen alguna pregunta complicada, se encoge de hombros y dice “no vale, yo no sé nada de esas cosas”.

Su look es una declaración de inocencia con estilo barroco: uñas como vitrales bizantinos, pestañas que podrían batir récords de aerodinámica, y una cartera que cuesta lo mismo que el sueldo anual de un médico rural. Todo original, por supuesto. Nada de copias. Si no es de forma auténtica, no entra en su closet.

Su papel en la obra de teatro nacional es claro: posar, brindar, lanzar risitas estratégicas y cambiar de tema con una destreza que ni los políticos más curtidos. Si alguien menciona “licitación”, ella responde con un “¡ay, qué bello tu vestido!” y una carcajada que suena a perfume francés comprado en la Rive Gauche. Tiene más tablas que el Teresa Carreño, y sabe que, en este país, el que pregunta mucho termina en alguna lista negra.

No tiene un pelo de tonta. Es astuta. Sabe que la curiosidad mató al gato y que aquí, preguntar mucho puede terminar en Fiscalía. Por eso, su filosofía es simple: a mí que no no me pregunten, yo no sé. Y si le preguntan, se hace la loca con una elegancia que debería tener su propia cátedra en la universidad.

Ella no se mete en líos. Ella observa, calla y sonríe. Porque en este país, saber demasiado es casi un deporte extremo. Y ella no está para saltos mortales ni para jugar a la espía. Si algo le incomoda, cambia de tema con una sutileza que haría sonrojar a un diplomático.

Sabe que los secretos no se guardan en cajas fuertes, sino en miradas que no se cruzan y en silencios bien colocados. Por eso, cuando alguien, con mala intención, le muestra las fotos —esas donde el marido aparece muy sonriente al lado de la catira del escote imposible— ella sólo dice: “Ay, qué frío hace en Rusia, ¿no?” y se sirve otro vino de verano. Porque si algo ha aprendido en esta vida es que la verdad no siempre libera. A veces, la verdad compromete y no suma.

Tiene frases que deberán inmortalizarse en un libro de aforismos:

  • “Yo no me meto en política, pero mi esposo sí sabe moverse”
  • “Es que tú no entiendes, esto no es suerte… es visión empresarial”
  • “A mí no me gusta alardear, pero este reloj me lo regaló el embajador cuando estuvimos en Esmirna”
  • “Yo no tengo culpa de que a mi esposo lo respeten hasta los ministros”
  • “Lo importante es mantener la vibra alta, aunque el país esté como esté”
  • “Es que tú sigues en modo escasez, amiga. Hay que desbloquear la abundancia”
  • “Nos vamos a Madrid porque aquí el ambiente está muy polarizado”
  • “Es que en Europa valoran el talento, no como aquí”
  • “Mi hija estudia en Suiza porque aquí no hay futuro”
  • “Yo no discuto de política, eso baja la frecuencia”
  • “Mi esposo trabaja mucho, pero también medita. Por eso le va bien”
  • “La gente critica porque no sabe lo que es vivir en paz con uno mismo”

En las fiestas, ella es la reina del brindis. Siempre con copa en mano. Se mueve entre embajadores, empresarios y funcionarios como pez en agua mineral importada. Habla de arte, de moda, de astrología, pero jamás del presupuesto nacional. Si alguien menciona “sobrecostos”, ella se distrae con el DJ. Si alguien insinúa “corrupción”, ella se toma una selfie con filtro de mariposas y pone “viviendo mi mejor vida”.

Viaja más que el pasaporte diplomático: Dubái, Bombay, Kuala Lumpur, París, Madrid, Miami. Pero nunca en clase turista. Ella no conoce lo que es hacer cola en migración. Tiene acceso VIP hasta en el aeropuerto de Tucupita.

Su existencia parece sacada de una telenovela de lujo, pero con guión escrito en tinta invisible. Se mueve entre reformas eternas, peelings milagrosos y brunches donde el aguacate es orgánico y las verdades, procesadas.

Sus amigas, igual de bien conectadas, comparten más que tips de belleza: comparten el arte de callar. Todas saben, pero ninguna habla. Porque en ese ecosistema dorado, la lealtad no se mide en valores, sino en la destreza de borrar huellas y sonreír sin pestañear.

Y cuando el clima social se enturbia —cuando los titulares insinúan allanamientos y los vecinos susurran sobre cuentas congeladas—, ella recurre, con impecable serenidad, a su mantra de cabecera: “Yo no me meto en esas cosas”.

Acto seguido, emprende una travesía espiritual hacia Tulum, donde el silencio se acompaña de jugos prensados en frío, cuencos tibetanos y mandalas. Regresa transformada, claro está: con una nueva línea de bikinis eco-chic y un podcast sobre “energías femeninas y abundancia consciente”.

Porque si algo domina esta mujer con maestría es el arte del rebranding emocional. Sabe que el escándalo no se enfrenta, se estiliza. Y que la memoria colectiva, tan volátil como un story de Instagram, se distrae con facilidad ante una postal en la playa y una frase motivacional escrita en cursiva sobre fondo pastel.

En su universo paralelo, las crisis no existen: son “procesos de introspección”. La inflación es una “oportunidad para reinventarse”. Mientras el país se apaga entre colas y cortes de luz, ella ilumina las redes desde rooftops con vista al mar, brindando con champagne auténtico —de Reims, por supuesto— y etiquetando marcas.

Y si algún día el castillo de naipes se desploma, nada de lágrimas ni temblores: hay guión ensayado. “Yo sólo soy una mujer que ama la belleza”, declarará, con voz de terciopelo y mirada angelical, como quien posa para una portada en medio del derrumbe.

Luego se lavará las manos con jabón de rosas, se ajustará el turbante de lino —color marfil, por supuesto— y se irá , impecable, a su próxima sesión de microblading, porque hasta las cejas deben estar listas para el perdón.

En su mundo, no hay necesidad de absolución ni de explicaciones. Las leyes son anecdóticas; lo que importa son los likes. No vive en la república: vive en la vitrina. Mientras el país se desgasta entre denuncias y apagones, ella permanece intacta, inalcanzable, perfectamente maquillada, como una virgen del look, elevada por algoritmos y patrocinada por el olvido.

“No soy cómplice”, dirá , con tono de inocencia curada en spa. “Sólo espectadora.” Pero todos sabemos que en este teatro, hasta el silencio tiene tarifa. Y ella, con su risa de boutique y su alma blindada en ignorancia selectiva, ya ha cobrado todo: el viaje, el vestido, la discreción. También tiene su cuenta cifrada en las Islas Cayman, como quien guarda el rosario junto al pasaporte diplomático.

Porque ella no sabe nada, claro. Pero está preparada. Y en este país donde la caída siempre es posible, ella tiene lo esencial: un segundo celular, número privado, y un piloto de confianza en speed dial. Por si acaso hay que huir con estilo.

Ah, cantaba la Lupe y canta Mariaca Semprún: “Teatro, tu vida es puro teatro…”

[Col}> Histología del empresario enchufado / Soledad Morillo Belloso

17-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Histología del empresario enchufado

El empresario enchufado no nace ni se hace: se consigue por recomendación. Es el ahijado del decreto, el compadre del presupuesto, el primo segundo del contrato sin licitación. No cree en la competencia ni en el liderazgo, cree en el compadrazgo. Su modelo de negocio es tan sencillo como un par de whiskies en una barra de moda: tener panas en alto cargo y cobrar por debajo de la mesa, pero con recibo timbrado y sello húmedo.

Capitalismo con carnet

Su ética empresarial es una mezcla de viveza criolla y pragmatismo con perfume de impunidad. Habla del libre mercado como quien habla de la dieta: con entusiasmo, pero sin aplicarla. Promueve el desarrollo nacional mientras importa tornillos desde China con escala en La Habana. Genera empleo, sí… pero sólo entre sus primos, cuñados y el sobrino que estudió “algo de sistemas”.

Cuando dice “creemos en el país”  quiere decir “creemos en el país como cliente fijo, sin derecho a reclamo”. No negocia: pacta. No invierte: gestiona. No innova: copia y pega. Su lema es “si ya está hecho, ¿para qué hacerlo bien?”. La calidad es opcional; la factura, urgente. Y si llega la auditoría, saca su carpeta llena de firmas, sellos y  sonrisa que huele a exoneración.

Estética con salvoconducto

Viste como quien quiere parecer millonario sin lucir sospechoso. Camisas italianas que no conocen el sudor, zapatos que no pisan tierra y relojes que podrían financiar una escuela rural por cinco años. Su carro tiene más blindaje que su conciencia, y su oficina parece un altar de favores acumulados: sillones de cuero, cafetera de cápsulas y una pared llena de fotos con gente que cambia según quien sea el visitante.

Su lenguaje mezcla tecnicismo y jerga institucional: “tenemos  sinergia con el ministerio”, “estamos alineados con el plan país”, “esto lo aprobó el alto nivel”.

Facturar sin producir

Desayuna con ministros, almuerza con diputados y cena con asesores políticos y jurídicos, oficialistas y de oposición. Su dieta incluye sushi de protocolo, vino de importación y postre de comisión. No tiene clientes, tiene aliados. No vende productos, firma convenios. Y si alguna vez entrega algo, es porque la foto ya salió en prensa.

Cuando viaja, lo hace en nombre del desarrollo. Cuando habla, lo hace en nombre de la empresa. Y cuando mete la pata, lo hace en nombre del país. Su contabilidad es creativa, su nómina es familiar, y su declaración de impuestos es una novela de realismo mágico.

Mística

Cree en el emprendimiento, pero sólo si viene con decreto. Su espiritualidad empresarial se basa en la fe del “yo tengo cómo entrar”. No cree en el mercado, cree en el contacto directo. Su mantra es “todo se puede resolver”, y su altar tiene estampitas de ministros y algún general con cara de “yo te resuelvo eso”.

Y si alguna vez lo investigan, no se inmuta: tiene plan B, testaferro en “speed dialing”, abogado de confianza y una carpeta con fotos de inauguraciones donde aparece sonriendo junto a gente que tiene poder.

Diversiones y viajes

No viaja, se traslada con propósito institucional. Su pasaporte tiene más sellos que una cartelera de comercio, y su maleta no lleva ropa: carga convenios, memorandos y una chaqueta que dice “delegación oficial”. Cuando sale del país, no lo hace por placer, sino por “misión técnica”, aunque la única técnica que domina es la de pedir habitación con vista al mar.

Se hospeda en hoteles donde el desayuno tiene salmón y el wifi no conoce bloqueos. Pide “room service” con acento neutro y paga con tarjeta de la fundación que preside “ad honorem”. En París, habla de “alianzas estratégicas”; en Madrid, de “cooperación bilateral”; y en Cancún, de “reunión informal con actores clave”, mientras se broncea con protector solar de marca suiza.

Sus diversiones no son ocio, son “actividades de integración”. Juega golf con ministros, navega en yate con asesores, y asiste a conciertos “como parte del acercamiento cultural”. Si va al teatro, es porque “la obra refleja los valores del plan país”. Si va a un spa, es porque “el estrés institucional requiere atención preventiva”. Y si lo ven en un casino, dirá que estaba “explorando modelos de inversión turística”.

Cada viaje viene con su álbum: fotos con corbata frente a banderas, selfies en salones dorados, y una que otra imagen en la piscina que luego se borra “por seguridad diplomática”. Su Instagram parece una revista de relaciones exteriores, pero con subtítulos como “trabajando por Venezuela” y “cerrando acuerdos por el bienestar colectivo”. Pero luego borra todo… porsia.

Come como quien firma decretos con el tenedor. Su paladar es internacional, pero su estómago es criollo: pide sushi, pero extraña la empanada de cazón. En cada cena oficial, brinda por el país, por el progreso y por el contrato que está por firmarse. Su copa nunca está vacía, y la cuenta nunca llega a sus manos.

Al volver, maletas llenas de folletos, botellas de vino y promesas de inversión que nunca se concretan. Cuentos de ascensores con embajadores, de cafés con directores de organismos multilaterales, y de la vez que casi lo confundieron con un diplomático. Su anécdota favorita es la de “cuando me ofrecieron ser asesor internacional, pero preferí quedarme por amor al país”.

El enchufe es global

Pero no nos pongamos presumidos: el empresario enchufado no es un invento criollo ni una rareza tropical. Es una especie universal, con dialectos propios en cada geografía y traje típico según el presupuesto. Lo hay en todos los mapas y épocas: desde el cortesano que vendía favores en la corte de Felipe II hasta el asesor que factura consultorías en nombre del desarrollo sostenible.

Cambian los nombres, los sellos y los acrónimos, pero el guión es el mismo: cercanía al poder, habilidad para el disimulo y vocación innata para convertir lo público en privado con sonrisa institucional. El enchufado no envejece: se recicla, se adapta y siempre encuentra enchufe dónde meterse.

[Col}> Por qué los gentiles no entendemos a los judíos / Soledad Morillo Belloso

16-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Por qué los gentiles no entendemos a los judíos

Los gentiles —esa categoría tan amplia que incluye desde el primo que cree que el Bar Mitzvah es una marca de whisky, hasta la tía que pregunta si los judíos celebran Navidad “pero sin arbolito”— llevamos siglos intentando descifrar el misterio judío. Y fallando catastróficamente, pero con estilo. No por falta de ganas, sino porque hay cosas que no se entienden con Google Translate ni con documentales narrados por Morgan Freeman.

En Venezuela, por ejemplo, hay gentiles que pasan por la sinagoga de Maracaibo y preguntan si es una iglesia “con arquitectura moderna”. Otros creen que el mercado de Catia vende matzá en Semana Santa porque “todo lo que es plano es judío, ¿no?”. Y así vamos, con buena intención y poca precisión.

Porque ellos tienen memoria, y nosotros… Wi-Fi

Los judíos recuerdan. Todo. Desde el éxodo hasta lo que les dijo la abuela en 1947 sobre no casarse con alguien que no sepa hacer kugel. Tienen una memoria que no se borra ni con tres guerras, cuatro exilios y una mudanza a Miami. Mientras tanto, los gentiles olvidamos dónde dejamos las llaves, el aniversario, y que el antisemitismo no es una moda retro.

Ellos cargan la historia como quien lleva una sinfonía en la espalda; nosotros, como quien lleva un ringtone. Y no es sólo que recuerden: es que ritualizan el recuerdo. Lo convierten en canto, en ayuno, en discusión familiar con vino y argumentos que parecen tesis doctorales. Nosotros, en cambio, recordamos el pasado sólo  cuando Facebook nos lo recuerda con una foto borrosa y el mensaje “Hace 10 años”.

Porque su espiritualidad tiene calendario, receta y resistencia

Ellos tienen Shabat, que no es sólo  un día de descanso, sino una coreografía sagrada entre velas, vino y silencio. Nosotros tenemos brunch y ansiedad. Ellos ayunan por el alma; nosotros por vernos flacos en la foto. Ellos celebran el Año Nuevo en septiembre, y nosotros seguimos creyendo que el 31 de diciembre tiene algún tipo de poder cósmico, como si el conteo regresivo y el “faltan cinco pa’ las doce” borrara los errores del año anterior.

La espiritualidad judía no se improvisa: se cocina, se canta, se estudia. Tiene sabor a jalá recién horneado y a vino dulce que no se toma por gusto, sino por tradición. Nosotros, los gentiles, tenemos espiritualidad de microondas: rápida, tibia y sin instrucciones claras.

La abuela gentil, por ejemplo, quiso hacer latkes con yuca porque “la papa está muy cara y la yuca es más criolla”. El resultado fue un híbrido entre buñuelo y tortilla que nadie se atrevió a criticar… por respeto a su entusiasmo. Ella también preguntó si podía prender una vela de Shabat con una velita de cumpleaños, “porque es lo que hay”.

Porque su humor es más viejo que nuestras excusas

El humor judío es filosófico, autocrítico, y a veces parece escrito por Kafka con ratón. Es un humor que no busca carcajadas fáciles, sino incomodidades sabrosas. Los gentiles hacemos chistes de suegras y de políticos corruptos. Ellos hacen chistes sobre Dios, el dolor, la burocracia celestial y la culpa con apellido. Y nos reímos, claro, pero sin entender del todo si estamos invitados a la risa o sólo a la reflexión incómoda.

Es el tipo de humor que te hace reír y luego preguntarte si deberías haber llorado. Como cuando el rabino  —que baila salsa en secreto los viernes por la noche— dice: “No te preocupes, todo saldrá mal… pero sobreviviremos”. Y luego explica el Talmud con metáforas de béisbol: “El mundo es como un juego largo, con muchas entradas. Dios es el pitcher, tú eres el bateador, y la culpa… la culpa es del árbitro que nunca se equivoca”.

Porque su historia no cabe en una serie de Netflix

Intentar entender al pueblo judío sin leer al menos tres libros, sobrevivir a una cena de Pesaj y discutir con un rabino sobre el sentido del Universo es como querer entender el vallenato leyendo sólo los subtítulos. No se puede. Hay que vivirlo, o al menos acercarse con humildad, curiosidad y buen apetito.

Su historia no es lineal ni cómoda. Es una espiral de resistencia, migración, reinvención y fe. Nosotros, los gentiles, solemos preferir historias con final feliz y moraleja clara. Ellos saben que la vida no siempre ofrece eso, pero igual la celebran con canciones, debates y sopa de matzá.

El sobrino gentil, por ejemplo, pensaba que “kosher” era una marca de shampoo anticaspa. Y cuando le explicaron que era una forma de vida, una ética alimentaria y una filosofía espiritual, preguntó si eso también aplicaba a las empanadas de cazón.

Y luego está el tío que, en plena cena de Shabat, preguntó si podía acompañar el jalá con queso amarillo fundido “porque eso sí es celestial”. La cara del rabino parecía una mezcla entre Moisés viendo el becerro de oro y un contador público descubriendo una auditoría fallida. El tío, sin inmutarse, agregó que el jalá “sería perfecto si tuviera orégano y viniera relleno de jamón”. Hubo silencio. Luego vino la risa. Y después, el exilio voluntario al sofá, con una copa de vino kosher y una advertencia: “No todo lo plano es pizza, ni todo lo relleno es permitido”.

¿Y si no se trata de entender?

Tal vez el error gentil está en querer entender como quien quiere armar un mueble de IKEA sin leer las instrucciones. Quizás lo que toca es admirar, compartir el pan (o el jalá), y aceptar que hay culturas que no se explican: se celebran.

Porque si algo nos enseñan los judíos —con sus historias, sus silencios, sus canciones en yidish o hebreo y sus debates eternos sobre si el pepino va en la ensalada de Shabat— es que la identidad no es un acertijo, sino una sinfonía. Y nosotros, los gentiles, podemos ser parte del coro… aunque desafinemos un poco.

Yo tengo muy buenos amigos judíos. Trato de entender sus complicaciones existenciales y ellos las mías, con paciencia, cariño y una buena dosis de ironía compartida. Para mí son héroes, no sólo por todo lo que ya sabemos —la historia, la resistencia, la sabiduría— sino porque hay que ser muy fuerte y valiente, y tener una voluntad de hierro para renunciar voluntariamente a los sanduchitos de pernil, a la tocineta tostada y a unas gloriosas lonjas de jamón ibérico.

Eso, en mi escala de valores tropicales, es casi místico. Y si después de todo eso aún pueden reír, bailar salsa en secreto y debatir sobre el universo con metáforas de béisbol, entonces no sólo merecen nuestro respeto… merecen una ovación de pie. Aunque sea con empanadas de cazón kosher.

Escribo esto en viernes por la tarde, justo cuando el sol ya se puso su pijama y se fue a dormir sin decir buenas noches. Algunos amigos judíos no lo leerán hasta que termine el Shabbat, porque están ocupados haciendo lo que muchos de nosotros deberíamos aprender a hacer: desconectarse del mundo, encender velas, comer rico y discutir con elegancia si el universo tiene sentido… o si simplemente necesita más jalá.

[Col}> Pelabola con alma de bolero / Soledad Morillo Belloso

15-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Pelabola con alma de bolero

En el escenario diario del venezolano, donde la escasez se disfraza de creatividad y el humor hace las veces de chaleco antibalas, “ser un pelabola” no es simplemente estar pelando. Es un modo de andar con la frente en alto y los bolsillos en huelga. Una filosofía con acento criollo, una forma de vivir con el monedero en ayuno, pero el alma rebosante de cuentos, refranes y anécdotas que se sueltan en la cola del pan o mientras se espera que el agua decida aparecer.

“Pelabola” y “pelar bolas” son locuciones verbales que no necesitan traducción ni explicación. Evocan la desnudez del bolsillo, ese espacio donde antes vivía el sencillo y ahora sólo queda aire y un recibo arrugado del año pasado. No hay vuelto, ni esperanza de aguinaldo. Sólo la bola pelada, como quien dice: “Aquí no hay, pero se inventa”.

Y se dice con una sonrisa ladeada, con tumbao’,  con ese humor que no pide permiso ni da explicaciones: “Soy pelabola, pero feliz”. O con la frente bien plantada: “Pelabola, sí, pero no vendido”. Porque no tener plata no significa no tener principios. El pelabola tiene cuentos, arepas de aire, café colado con fe y una dignidad que no se negocia ni en dólares.

Ser pelabola es una forma de resistencia poética con sabor a papelón con limón. Es hacer mercado con lo que se consiga, cocinar con lo que haya y convertir la carencia en relato. La nevera puede estar vacía, pero el repertorio de chistes está lleno.

En un país donde la desigualdad se maquilla con promesas y el salario se evapora como el gas doméstico, el pelabola observa, narra y denuncia con sabor a empanada con relleno imaginario.

Come con la mirada y sazona con recuerdos. Tiene más cuentos que billetes. Su cartera es como el bolívar: simbólica y en estado contemplativo. Su casa es un museo de la esperanza: el ventilador es un héroe que no se rinde, la vela es testigo de sobremesas eternas y el mueble roto es trono de historias compartidas, aunque tenga una pata coja y un cojín que ya no es cojín sino reliquia.

En la literatura y en la vida, abundan los pelabolas gloriosos: el tío que vive de contar historias en la mecedora, la vecina que hace milagros con un kilo de harina y una olla prestada, el estudiante que sobrevive a punta de café negro y fotocopias mal impresas. Son poetas sin tinta, cronistas sin papel, héroes del día a día que hacen del “no hay” un himno nacional.

Hay quienes creen que la elegancia se compra, que el estilo se mide en marcas y que la dignidad tiene precio. Pero aquí, donde el pelabola es figura central del paisaje emocional, nace otra estética: la del bolsillo roto. No es moda, es filosofía. No es tendencia, es resistencia con sabor a sopa sin carne pero con mucho cilantro.

Vestirse con lo que hay —camisas heredadas, zapatos que han visto más calles que promesas, pantalones que han sobrevivido más gobiernos que aguinaldos— es parte de esa estética. Cada prenda tiene su cuento, su cicatriz, su historia de sobrevivencia.

Cocinar con lo mínimo y lograr que un arroz con “lo que se consiga” huela a domingo también lo es. Habitar con creatividad, transformar el remiendo en manifiesto, la escasez en símbolo, es arte popular con olor a gasoil y esperanza.

El bolsillo roto no se esconde, se muestra como quien enseña una medalla. Es testigo de días en que se metió la mano esperando encontrar algo más que aire. Y aunque no encontró billetes, encontró ideas. Humor. Ironía. Filosofía de supervivencia. Es un poema sin rima pero con ritmo. Es la metáfora del país: desgastado, sí, pero aún capaz de guardar sueños y algún billetico de lotería vencido.

El pelabola es minimalista sin quererlo, pero con estilo. Su sarcasmo es más filoso que cualquier tarjeta de crédito. Su dignidad no se compra, se cultiva con paciencia, café colado y chistes reciclados. No presume, pero resiste. No tiene, pero sabe. No compra, pero crea.

Imágenes sobran: el joven que va a una entrevista con zapatos lustrados por él mismo, camisa prestada y mirada firme; la señora que vende empanadas con masa que aprendió a estirar como quien estira el tiempo; el abuelo que guarda fotos en una caja de zapatos porque el álbum se perdió, pero la memoria no.

Esta estética no se aprende en revistas de moda ni en blogs de diseño. Se aprende en la calle, en la cola del gas, en la conversación con la vecina que hace milagros con lo que tiene y un cucharón de fe. Se aprende en la risa que brota cuando no hay nada, pero igual se celebra.

Imagino que Cabrujas diría que ser pelabola en tiempos de enchufadismo y rastacuerismo con pésima ortografía y mala decoración sirve para muchas cosas, entre ellas como barrera a la cursilería, que bien sabemos se pega como el mal olor. Porque cuando no hay, no se finge.El pelabola no tiene tiempo para adornos, ni para frases hechas, ni para romanticismos de catálogo. Tiene lo justo, y con eso se dice todo.

El bolsillo roto no es sólo símbolo de escasez. Es una declaración de principios. Belleza en el remiendo. Dignidad sin presupuesto. Resistencia con humor. Es la estética del pelabola: un arte que no necesita adornos, sólo verdad… y quizás un hilo y aguja por si acaso.

En este país los pelabola tenemos alma de bolero.

[Col}> Viuda que escribe no se queda callada / Soledad Morillo Belloso

11-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Viuda que escribe no se queda callada

Mi viudez fue mi novela mal editada por un corrector con guayabo y sin diccionario.

Sí, lo admito: fue un texto desastroso. Con erratas por todos lados, escrito en tinta indeleble y papel de ese que no acepta tachones ni disculpas. Y no hubo lágrima, rabia ni tecla “delete” que lo corrigiera, aunque probé los tres, no necesariamente en ese orden, ni con elegancia.

Un día, mi historia de amor con mi príncipe rubio, ojos verdes y voz de Gregory Peck versión caraqueña, hizo punto y aparte. Y yo, como buena venezolana, pensé que si seguía escribiendo como quien pela papas sin saber que ya no hay sopa, eso me sacaría del hueco. Spoiler: no me sacó, pero me dejó con callos literarios.

Escribiendo me encontré en un capítulo nuevo sin el personaje principal. El “para siempre” estaba mal acentuado y el “hasta que la muerte nos separe” venía sin política de devolución ni ticket de cambio. Me quedé con los ojos claros y sin vista, escribiéndole a un buzón vacío… ¡y sin mi ISBN! El muy bandido se lo llevó, junto con mi mejor metáfora.

Mi duelo, lo confieso, tuvo mala gramática y peor ortografía emocional. El cuerpo pedía cama, el alma exigía explicaciones con tono de fiscal de tránsito, y el corazón no sabía conjugar “sola” sin meter la pata y llorar en subjuntivo.

Y ni hablemos de los recuerdos… paréntesis abiertos cada vez que encontraba nuestro playlist, con canciones que yo borraba como quien esconde el chocolate en Cuaresma.

Y claro, muchos saben que me encerré. Monja medieval, votos de silencio, silicio imaginario en la mano derecha y cara de “no estoy para nadie”. Me faltó el hábito, pero me sobraba drama.

Pasaron años y al fin logré salir del hueco. Así que aquí estoy, narrando mis crónicas con estilo de señora viuda que se maquilla los signos de interrogación, se pone los dos puntos bien puestos y sale a la calle con comas en los bolsillos y rímel resistente al llanto. Me río de mí misma, de mis propias erratas. Mis historias tienen tachaduras, sí, pero también tienen sabor a papelón con limón. Dignas de publicarse con portada dura y dedicatoria cursi tipo “A ti, que me enseñaste a amar sin manual de instrucciones”.

Ser viuda, dicen, es una historia con fallas ortográficas. Lo certifico con sello y firma. La mía arrancó con signos de admiración, siguió en puntos suspensivos y acabó con una tilde mal puesta que cambió todo el sentido. Y yo ahí, tratando de escribir en presente, pero me salía en pretérito y copretérito. Usé comas para respirar y me fui en paréntesis emocionales como quien se escapa a llorar al baño en plena fiesta familiar.

A veces gritaba con mayúsculas: “NO PUEDO MÁS”, “BAH, NO ERA TAN BUENMOZO”. Y otras, susurraba en cursiva: “¿Y qué hago si todavía lo escucho curucuteando en la nevera?”

Hubo días en que el duelo se ponía en modo editor. Me decía: “Eso no se dice”, “Eso no se olvida”, “Ese verbo no se reemplaza por otro que conjuga raro”. Pero ahora hay mañanas despeinadas en que escribo con faltas, porque así me nace y así me quiero. Porque sí, mi historia está llena de errores. Pero también tiene frases que nadie más escribió tan bonito. Abrazos entre líneas, besos entre sílabas, carcajadas entre quejas. Unos “te amo” sin correcciones.

Y entonces descubrí que sí, que puedo volver a escribir. En otros tiempos verbales, con nuevos signos, con menos miedo al borrador. Fue una historia imperfecta, sí. Pero quedó impresa en mi alma con portada brillante y dedicatoria sincera: “A ti, que me enseñaste que el amor no se corrige. Se vive”.

Y sí, sigo siendo viuda, sigo estando más sola que la una, sigo cometiendo muchos errores. Pero salí del monasterio imaginario. Flaca, sí. Más loca, también. Pero aunque medio chueca, vivita y coleando.

Yo creo en Dios. No lo entiendo, y por eso no le hago preguntas, no vaya a ser que me conteste: “No hagas preguntas idiotas”. Doy por sentado que si Él, el verdadero mandamás, me dejó aquí, por algo será. Y no creo que sea para recitar letanías tipo “en este valle de lágrimas”. Que yo no soy santa ni pretendo serlo. Creo que me dejó para escribir, aunque de vez en cuando se me escape un gazapo existencial.

Y escribo todos los días, por aquello de no dejar pendientes, no vaya a ser que me dé un patatús en medio del mercado y quede planchada en el piso cual dama de las camelias versión Pampatar. Cada día sale el sol, no importa lo que la noche refunfuñe, grite y patalee. Tan simple y sencillo como eso. Viuda que escribe, no se queda callada.

[Col}> ¿Con qué instrumento se cuenta la vida? / Soledad Morillo Belloso

10-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Con qué instrumento se cuenta la vida?

La vida no se cuenta con relojes. Eso lo sabe cualquiera que haya querido con ganas, perdido sin remedio, reído hasta que se le saltara el botón o llorado con la risa atravesada entre pecho y espalda. El reloj mide el tiempo, sí, pero no la vida. Es como ese señor de oficina que siempre anda con corbata apretada y cara de que nunca ha comido arepas con mantequilla: puntual, cuadrado, sin chispa.

La vida, en cambio, es como una señora, guapa ella, que canta boleros desafinados mientras barre la acera y cada vez que puede se pone los zapatos de tacón que le traen recuerdos y callos. La vida no se deja medir por manecillas ni por calendarios. Se mide con otras cosas, más rebeldes, más del corazón, de la piel y del estómago.

La risa es uno de los mejores medidores. Pero no esa risa de compromiso que uno suelta como quien paga el peaje. No. La risa buena es la que se escapa sin permiso, la que aparece en medio de un velorio porque alguien recuerda que el difunto odiaba los velorios y las flores, y ahí está como protagonista sin derecho a protesta.

Hablo de la risa que brota en la cocina mientras se revuelven cuentos junto al arroz y alguien dice “¡se te quemó otra vez!”. Esa risa deja huella, no en el reloj, sino en el alma. Cada carcajada de esas que te sacuden es como un segundo de eternidad con cosquillas.

En las casas donde se cocina con cariño y sin apuro, la vida se mide con cucharas de palo. No hay reloj que compita con el tiempo que tarda un guiso en agarrar el sabor de los aliños. Las abuelas sabían que el reloj no sirve ni para cocinar ni para vivir.

Ellas medían el tiempo por el olor que salía del caldero, por el silencio que se hacía cuando todos probaban la primera cucharada y alguien decía “¡esto está como para pedirle matrimonio!”. Y si el arroz se pasaba, no era un error: era una señal de que la vida también se pasa, y hay que estar pendiente antes de que se pegue al fondo.

Las arrugas también cuentan. No las que la gente trata de esconder con cremas carísimas que prometen milagros y entregan decepciones. No. Las que se lucen como medallitas ganadas en combate. Cada línea en la frente es una pregunta sin respuesta. Cada surco junto a los labios, una risa que se quedó a vivir.

Las arrugas no mienten. Son como espejos sin filtro, como selfies sin retoque. Y si uno las mira con cariño, puede leer en ellas toda la historia: los amores, los sustos, los viajes, los regresos, los días en que uno se sintió invencible y los días en que no se sintió ni sombra.

Ah, la vida también se mide con canciones. No por lo que duran, sino por lo que despiertan. Hay canciones que duran tres minutos,  pero guardan años de recuerdos, y hay silencios que duran segundos,  pero pesan como si fueran sacos de cemento.

Un buen abrazo, por ejemplo, no tiene tiempo fijo. Se mide por lo que cura. Hay abrazos que son como relojes de arena: uno siente cómo el dolor se va cayendo poco a poco, hasta que queda sólo el alivio y el olor a colonia.

Y sí, la vida también se mide con el miedo. El miedo que te paraliza, pero también el que te empuja. Porque si no hubo miedo, ¿hubo riesgo? Y si no hubo riesgo, ¿hubo vida? El miedo es como la sal: no se ve, pero si falta, todo sabe a cartón.

Los momentos en que uno se atrevió, a pesar del susto, son los que realmente valen. No por lo que duraron, sino por lo que te movieron por dentro, como cuando uno se lanza a bailar sin saber los pasos y termina inventando su propio ritmo.

Hay objetos que también miden la vida. Un par de zapatos gastados que recorrieron despedidas, regresos y caminos desconocidos. Una taza que aún se usa porque “tiene buena boca” y no hay otra que aguante el café caliente sin que se raje.

Un vestido que ya no se pone pero que guarda el olor de una noche pasional e inolvidable, aunque haya terminado con una picada de zancudo en la frente. La vida se mide con lo que queda después del desorden: los platos rotos, las cartas que nunca se mandaron, los sueños que todavía insisten.

Si algún día te da por repasar tu vida, no busques el calendario. Los años no están en las cifras ni en los relojes que dejaron de andar. Están en los objetos que decidiste no botar: la cucharita mellada de la abuela, el pañuelo con aroma a alguien que ya no vuelve, la libreta con recetas de cocina que parecen poemas caseros. Están en las cartas que nunca enviaste por miedo o por pudor, pero que aún guardan la tinta de lo que fuiste capaz de sentir.

Tu tiempo está en los silencios que decidiste respetar, en las risas que estallaron en los momentos más inadecuados, en los abrazos y los besos que duraron más de lo que la gente considera “normal”. Está en los días que parecían cualquier cosa, pero que ahora recuerdas con una ternura que te desarma.

Porque la vida no se mide por lo que pasó, sino por lo que se quedó pegado. Y si algo se quedó —aunque sea un aroma, un gesto, una frase que alguien te dijo sin saber que te marcaría para siempre— entonces viviste.

Viviste en cada decisión chiquita que rompió la costumbre. En cada vez que te quedaste cuando todos se iban, o te fuiste cuando nadie lo esperaba. Viviste en los errores que te enseñaron a reírte de ti mismo, en los amores que no duraron pero que te dejaron el corazón más grande, y en esas arrugas que son mapas de todo lo que te ha tocado sentir.

¿Y entonces? Entonces, si alguien te pregunta cuántos años tienes, o cuál es el puntaje de tu vida, no respondas con números. Di que tu vida se cuenta en historias. Que tienes cinco abrazos que te salvaron, tres canciones que te reconstruyeron, una risa que te cambió el destino, y una arruga que te recuerda que sobreviviste.

Di que estás hecho de cucharas de palo, de silencios compartidos, de miedo con sabor a aventura y de recuerdos que huelen a mango de bocado y a guayaba madura.

Porque la vida no se mide en años. Se mide en intensidad. En lo que uno se atreve a sentir, a perder, a recordar.

Tengo buena memoria. Todavía. Pero no es una memoria rencorosa ni contable: recuerda más lo que me ha hecho reír hasta doler el estómago que lo que me ha hecho fruncir el ceño. La risa alimenta; la rabia desgasta. Y yo prefiero nutrirme.

Estos días volvió a mí una escena que me narró una amiga judía, de esas que cuentan historias con acento, alma y un guiño de siglos. El episodio ocurre una tarde en un café caraqueño, donde se reúnen varias señoras —amigas, parientes, expertas en meriendas y recetas— para comentar el matrimonio al que asistieron días atrás.

“Los novios se fueron de luna de miel a Havai”, dice una de ellas, en ese español bordado con yiddish y acento de Europa oriental, como si las palabras vinieran envueltas en papel de seda.

La hija, que también está en la mesa, la corrige con cariño:

“Mamá, es con doble v.”

Y la madre, sin perder el compás ni el peinado, responde:

“Bueno, a Havavai.”

Cada vez que me río, mi vida se alarga como pompa de jabón. Se vuelve infinita.

[Col}> La vida no da reembolsos / Soledad Morillo Belloso

09-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La vida no da reembolsos

Si algo he aprendido en esta obra de teatro que es la vida —con sus actos improvisados y sus personajes que entran sin avisar— es que uno no debe arrepentirse de las cosas que hizo, aunque hayan salido como arepas insípidas, torcidas o quemadas por un lado. Porque al menos las hiciste, las viviste, las metiste en la sartén de la experiencia.

¿Que te lanzaste a decirle “te quiero” a alguien que terminó siendo más frío que nevera de pescadería? Bueno, al menos no te quedaste con la duda. ¿Que renunciaste a un trabajo para perseguir un sueño que terminó siendo más esquivo que el WiFi en la playa? Pues mira, por lo menos lo intentaste, y eso ya es mucho.

Lo que sí pesa —como bolsa de mercado sin carrito— son las cosas que uno no hizo. Esas que se quedaron en el “mañana lo hago”, “después me atrevo”, “cuando tenga tiempo”. Y así se va llenando el archivo de arrepentimientos con papeles que ni siquiera tienen historia, sólo tienen el sello de “nunca pasó”.

Por eso, yo prefiero equivocarme con estilo, tropezar con gracia, y meter la pata con dignidad. Porque, al final, la vida no es un examen de opción múltiple, sino una novela de realismo mágico donde uno tiene que escribir sus propios capítulos, aunque a veces se le corra la tinta.

Es curioso, pero resulta que, aunque el cuerpo diga lo contrario —con sus crujidos de bisagra vieja y sus protestas al subir escaleras—, yo hoy me siento más joven que hace 30 años. No sé si es que la juventud se mudó del espejo al alma, o si simplemente aprendí a vivir con menos miedo y más descaro.

La juventud no es una etapa, es una actitud con arrugas. Es saber que el tiempo no se detiene, pero uno puede caminar más lento y disfrutar el paisaje. Es tener el descaro de seguir soñando, aunque ya no te inviten a fiestas.

Así que sí, aunque el cuerpo se queje como radio mal sintonizada, yo me siento más viva, más ligera, más traviesa que nunca. Porque sé que la edad no se cuenta en años, sino en ganas.

Hoy, si pudiera, me iría de viaje por el mundo y así, sin itinerario, sin esas preocupaciones que la gente de mi edad carga como si fueran parte del equipaje obligatorio. Nada de pastillas organizadas por colores, ni de hablar del colesterol como si fuera un personaje de telenovela.

Me iría con una mochila ligera, un par de zapatos cómodos —pero no ortopédicos, por favor— y el corazón abierto como ventana en verano. Me sentaría en plazas desconocidas, comería cosas impronunciables, y me perdería a propósito en ciudades que no aparecen en los folletos turísticos.

No me importaría si el hotel tiene ascensor, si el desayuno es alto en azúcar, o si el clima afecta “las rodillas”. Me importaría reírme con desconocidos, aprender a decir “gracias” en diez idiomas, y descubrir que el mundo es más grande que los miedos que uno acumula con los años.

Porque hoy, si pudiera, no buscaría comodidad, buscaría vértigo. No buscaría certezas, buscaría historias. Y si al final del viaje me doliera todo el cuerpo, que sea de tanto vivir.

Y si me preguntaran por qué me fui en ese viaje, diría que me cansé de esperar el momento perfecto. Me fui porque entendí que la vida no da reembolsos, y que los sueños no tienen fecha de vencimiento, aunque uno sí.

No me llevaría reloj, porque ya bastante tiempo he perdido mirando cómo se escapa. No me llevaría agenda, porque quiero que los días me sorprendan como visita inesperada con torta incluida. Y no me llevaría miedo, porque ese sí que pesa más que cualquier maleta.

En este viaje imaginario —que quién sabe si mañana se vuelve real— no hay espacio para conversaciones sobre pensiones, ni para comparar marcas de cremas antiedad. Hablaría de atardeceres, de libros que huelen a polvo y magia, de canciones viejas  que uno pensaba olvidadas pero que vuelven como viejos amigos, y de canciones nuevas que hay que escuchar dos o tres veces para aprenderse la letra.

Y si me tocara dormir en un tren, en una posada con goteras, o en una playa con mosquitos, que sea. Porque prefiero eso a dormir en la comodidad de lo conocido, donde todo está en su lugar pero nada se mueve.

Yo me levanto todos los días como quien se sacude el polvo de los sueños rotos, buscando dejar atrás lo malo —lo que pesa, lo que pincha, lo que no suma ni enseña. Me preparo el café como si fuera un ritual de resurrección y, mientras el aroma me despierta el alma, pienso: ¿qué puedo hacer hoy para que las arrugas sean por risa y no por lágrimas?

Porque si algo quiero en esta vida es que mi cara sea un mapa de carcajadas, no un registro de tristezas, que de esas ya tuve bastante. Que cada línea en mi piel cuente una historia divertida, un chiste mal contado, una noche de baile improvisado, una conversación que terminó en ataque de risa.

Las lágrimas, cuando vengan, que sean de esas que limpian, no de las que empañan. Y si alguna se escapa, que se mezcle con el maquillaje y se convierta en arte abstracto.

Así que sí, me levanto todos los días con la firme intención de vivir bonito, de reírme aunque no haya motivo, de hacerle cosquillas al drama y de convertir cada arruga en una medalla de alegría.

Y si al final de todo me preguntan qué hice con mi vida, quiero poder decir que la viví con descaro y ternura, que lloré muchísimo pero me reí todavía más, que viajé aunque fuera con la imaginación, y que mis arrugas —esas queridas líneas del tiempo— no son marcas de tristeza, sino huellas de carcajadas, de asombro, de amor sin protocolo.

La mejor descripción que alguien puede dar de mí es: “Ella está flaca como un palo y loca como una cabra. Y no lo esconde”. Porque, ¿para qué esconder lo que da vida? La flacura es un dato, pero la locura es vocación. Y si la cordura consiste en vivir según el manual, yo prefiero escribir mis propias instrucciones en servilletas, con tinta de café y carcajadas.

No me interesa parecer sensata, aunque lo soy, me interesa ser feliz. Y si eso me hace parecer loca, pues que lo digan, porque lo estoy que lo llevo con estilo. La vida no da reembolsos, y yo no pido ninguno.

Uno de los mejores poetas de la historia, Henry David Thoreau, escribió sobre “vivir deliberadamente”. Así quiero vivir yo: deliberadamente.

[Col}> Prometer no cuesta, cocinar sí / Soledad Morillo Belloso

07-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Prometer no cuesta, cocinar sí

¿Política o Economía? En Venezuela, esa pregunta no se lanza como quien busca respuestas, sino como quien tantea el terreno antes de meter el pie en el charco. Se dice bajito, preguntando por el precio del queso a sabiendas de que va a salir con mortadela. “¿Política o Economía?” Aquí, ambas se mezclan como el ají dulce y el cilantro: uno da sabor, el otro especia, pero juntos hacen que el caldo tenga sentido…

La promesa y la cuenta

La política promete como vendedor de empanadas en la madrugada: con entusiasmo, con voz alta, con relleno incierto. La economía responde como la doñita que cuenta los billetes arrugados antes de entrar al mercado: sin palabras, con resignación, con la matemática del estómago. Una habla de futuro, la otra del desayuno —o de la arepa sin relleno, que ya se volvió  tradición.

Falsos dilemas y gallinas flacas

En realidad, es un falso dilema, ese truco retórico que te pone a escoger entre dos cosas que, en la práctica, vienen juntas. Te dicen “¿Política o Economía?” Es como que te pregunten si prefieres el calor o los zancudos, cuando ya estás sudando y rascándote al mismo tiempo.

El falso dilema es el “arte” de reducir la complejidad a una pelea de gallos entre dos gallinas flacas. En el barrio, el falso dilema se reconoce rápido: es ese momento en que te ofrecen elegir entre dos promesas que no se cumplen, como si el problema fuera de fe y no de nevera vacía.

Mecates, hamacas y caraotas invisibles

Política y economía no se pueden separar. Son como los dos extremos del mecate que sostiene la hamaca: si uno se rompe, el otro no sirve para colgar. Políticos y economistas se pelean por el mismo plato de arroz con caraotas, aunque a veces ni el arroz ni las caraotas aparecen. En los barrios, la política se discute con pasión, entre dominó y cafecito, pero la economía no es un ente abstracto; se vive con el silencio de la nevera vacía y el eco de la bombona que no llega.

Billetes, horóscopos y barquitos de papel

El billete venezolano se volvió papel de envolver ilusiones. Sirve para limpiar lágrimas, para abanicarse en la cola, para hacer barquitos que no navegan ni en charco. Y cuando el dólar sube, no lo hace sólo en los mercados: sube en los chistes, en los regaños, en los sueños que ya no se sueñan en bolívares. El tipo de cambio es como el horóscopo: todos lo consultan, nadie lo entiende, y siempre hay uno que dice “eso va a bajar, tú verás”.

Sabiduría de abasto y promesas domingueras

Los economistas dibujan curvas y proyecciones en 3D, pero la señora en el abasto lo resume con sabiduría ancestral: “Eso está carísimo, mijo”. La política se viste de promesa dominguera, la economía de saldo insuficiente. Una habla en programas de televisión que nadie ve, la otra en la cola del cajero, donde los minutos pesan más que los billetes y el sol te tuesta como tajada.

La tormenta y el humor como salvavidas

¿Y entonces? ¿Política o Economía? Tal vez la pregunta esté mal planteada. Es como elegir entre el trueno y el relámpago, cuando lo  que importa es la tormenta. Y en medio de ella, el venezolano sigue navegando, con rabia, con esperanza, con humor. Porque aquí, hasta la inflación tiene sentido del humor. Se disfraza de oferta, se cuela en los chistes, se convierte en personaje de telenovela que aparece en todos los capítulos, pero nunca muere.

La cocina como resistencia

La economía, piensa Casilda, es la nevera vacía, pero también el ingenio para llenarla con lo que haya: un mango del patio, un huevo prestado, un milagro improvisado. La política, agrega Casilda, es el discurso que promete llenarla, aunque a veces ni sabe dónde está la cocina. Y sin embargo, seguimos. En este país, la supervivencia es un arte. Aquí se cocina lo que haya, se ríe con ganas, y se vive con la certeza de que mañana siempre llega… aunque sea en burro.

Coreografía nacional

“¿Política o Economía?” no es una pregunta, es una coreografía. Un baile entre lo que se dice y lo que se vive. Entre el decreto y el trueque. Entre el plan anual y el plátano que se paga con un huevo. Y en esa danza, el venezolano improvisa, reinventa, y a veces, hasta se ríe. Porque si no se ríe, se oxida. Y aquí, hasta el óxido tiene sabor a resistencia con un toque de sarcasmo.

¿Y si se escuchara al estómago?

Sería bueno que los economistas aprendieran de política y los políticos, de economía. Tal vez así dejarían de hablar en idiomas distintos y empezarían a entender que el país no se gobierna con cifras ni con promesas, sino con la capacidad de escuchar el estómago ciudadano. Porque al final, entre la teoría y la arepa, siempre gana la arepa.

Hablando en serio

¿Y si los políticos aprendieran de economía y los economistas de política?  Hablando en serio  —y sin renunciar al derecho soberano a la ironía que nos salva del tedio— esa pregunta es más que pertinente: es urgente.

Si los políticos aprendieran de economía, tal vez dejarían de ver el presupuesto como una piñata electoral y empezarían a entender que detrás de cada cifra hay una vida, una arepa, una decisión cotidiana. Sabrían que imprimir dinero no es magia, que el subsidio sin producción es como echarle agua a la sopa sin meterle más verduras y proteínas, y que la inflación y la recesión no se combaten con decretos, sino con confianza, con inversión y reglas claras.

Y si los economistas aprendieran de política, quizás dejarían de hablar como si el país fuera una hoja de Excel. Entenderían que las decisiones económicas no se toman en laboratorios, sino en contextos humanos, sociales, históricos. Que no basta con saber qué hacer, sino cómo hacerlo, cuándo, y con quién. Que la gobernabilidad no es un “dato”, sino una atmósfera. Y que el pueblo no es una “variable”: es el protagonista.

En el fondo, política y economía son dos formas de administrar un país. Una sin la otra es como querer sembrar sin tierra o cosechar sin sol. Y cuando se ignoran mutuamente, el resultado es lo que ya conocemos: promesas que no se cocinan, cifras que no alimentan, discursos que no calientan la olla.

La economía venezolana es un rompecabezas al que le faltan piezas, y las que quedan están mojadas, dobladas y algunas hasta quemadas. Lo que alguna vez fue un país con músculo petrolero y vitrinas llenas, hoy se mueve entre la informalidad, el trueque y la supervivencia creativa. La inflación galopa como si no tuviera riendas, el salario mínimo es más simbólico que funcional, y el bolívar se ha vuelto un fantasma que aparece en los billetes.

El aparato productivo está desmantelado, la industria nacional se convirtió en nostalgia, y el mercado se rige por un dólar que sube como el sol: todos lo ven, nadie lo controla. Es un desastre con nombre propio, pero con consecuencias que se sienten en el estómago, en la nevera vacía, y en la mirada de quien calcula si hoy se come o se espera a mañana.

Hacen falta Rómulo, Teodoro, Cabrujas y Antonio Cova. Pero dejaron obra escrita. Digo, por si quieren leer…

 

[Col}> Por qué los judíos no se extinguen / Soledad Morillo Belloso

05-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Por qué los judíos no se extinguen

Yo no soy judía. Que se sepa. Aunque quién sabe si algún antepasado mío, en pleno despeluque de siglos, bailó una horá con sandalias de cuero y gritó “¡mazel tov!” mientras servía hallacas con pasas kosher. No me apellido Cohen ni Goldstein, pero tengo amigos judíos que me han enseñado que la eternidad no se escribe con mármol sino con chistes bien contados y tías que discuten sobre filosofía y recetas, todo en la misma oración.

Lo que sí sé es que los judíos tienen esa capacidad rara de hacerle trampa al olvido. La historia (con color de adversidad) los persigue con ganas de borrarlos, y ellos, en vez de esconderse, sacan otro texto, otra pregunta, otro plato, otra carcajada. Por siglos han querido que el pueblo judío se vuelva polvo de archivo. Les quemaron libros con tanto entusiasmo que parecían celebrar el Año Nuevo con confeti de Talmud. Les cerraron templos como quien cierra una panadería sin harina, y los deportaron como si fueran maletas extraviadas por aerolíneas sin alma.

Pero ahí siguen. No como estatuas con palomas en la cabeza, sino como fuego que chisporrotea debajo del mantel de cada generación. Porque el pueblo judío no desaparece. Se transforma, se cocina a fuego lento, se disfraza de silencio y cuando menos lo esperas, te lanza un proverbio que parece broma pero termina siendo filosofía pura.

Pactaron con el tiempo, no con el poder

Algunos pueblos firman acuerdos con reyes, políticos y publicistas. Los judíos firmaron con el tiempo. Y el tiempo, como buen perro leal, se quedó cerca, observando cómo pasaban imperios mientras ellos seguían estudiando, debatiendo y preguntando. No hay imperio que haya durado tanto como la memoria judía.

Su continuidad no se guarda en bóvedas ni en murallas. Está tatuada en textos, en interpretaciones, y sobre todo, en una ética del “cuida al otro, aunque te duela la espalda”. Como dijo Levinas —ese filósofo que escribía con brújula ética—: “La responsabilidad precede a la existencia”. Y los judíos decidieron existir con esa mochila en la espalda y un bagel en la mano.

El humor es su chaleco antibalas espiritual

El humor judío no se compra en la farmacia ni se vende por kilo. Es fino, incómodo y perfectamente neurótico. Es el tipo de humor que aparece cuando Kafka se cruza con Sarah Silverman en la carnicería y discuten sobre la existencia mientras esperan que les corten el pastrami.

Desde los shtetls —esas aldeas que parecen inventadas por un García Márquez en fase yiddish— hasta los comediantes de Broadway, el pueblo judío ha usado el humor como antídoto contra el totalitarismo, el hambre, el miedo y las dietas sin carbohidratos. Cuando el mundo quiere hacerlos desaparecer, ellos lanzan un chiste que los vuelve inolvidables.

Reír en medio del dolor no es frivolidad. Es resistencia. Es mirar al absurdo con lente de aumento y decir: “Estamos vivos. Y además, lúcidos”.

Su identidad cabe en sinfonía, no en etiquetas

“¿Qué significa ser judío?” es una pregunta que no tiene respuesta definitiva. Pero precisamente por eso sigue siendo poderosa. Cada intento de respuesta es una melodía que se suma a la sinfonía.

Ser judío es discutir sobre Dios en la carnicería, estudiar textos a medianoche, cocinar sopa con nombres que suenan a bendición, y preguntarse si el sufrimiento tiene sentido o simplemente buena iluminación escénica. Mientras alguien se lo pregunte —con rabia, dulzura o mientras prepara gefilte fish— habrá pueblo judío.

Tienen alma geológica, no biográfica

El poeta Yehuda Amichai lo dijo como quien acaricia una piedra con memoria: “El pueblo judío no es histórico, es geológico”. No se cuentan por fechas sino por capas. Exilio, renacimiento, persecución, fiesta, otra persecución, otro renacimiento… y así hasta la próxima sorpresa.

Cuando les tumbaron el Templo, inventaron el judaísmo rabínico como quien improvisa una sinfonía con una cucharita. Después convirtieron la diáspora en una red de significados. Y tras el Holocausto, respondieron no con silencio ni venganza, sino con arte, filosofía, música y películas que te hacen reír, llorar y pensar si no sería buena idea revisar tus propios prejuicios.

El pueblo judío es como la levadura con fe: cuando parece que se acaba, está empezando.

Convierten el duelo en lienzo, no en lápida

Muchos pueblos usan el sufrimiento como excusa para rendirse. Los judíos lo usan como tinta para escribir una nueva página. Han hecho del duelo una forma de reinvención. Sin mármoles solemnes ni flores marchitas. Lo hacen cocinando, enseñando, dudando, celebrando, y sobre todo, recordando con picardía.

Su memoria no los encierra, los impulsa. No congelan el pasado; lo editan como borrador vivo. No sólo heredan: reinterpretan, rediseñan, redibujan.

Saben que eternidad no es duración… es sentido

La eternidad no consiste en seguir existiendo por terquedad, sino en tener algo que decir aunque el mundo esté distraído. El pueblo judío no se aferra al tiempo por miedo, sino por convicción. Su continuidad es una narrativa que se escribe entre preguntas, risas, recetas y plegarias con ritmo de debate.

Mientras haya texto que los haga pensar, humor que los haga reír, alguien que los abrace aunque sea con ironía, algo que vender y otra cosa que contar… no se extinguirán.

Porque cada vez que alguien dice “ya fue”, ellos sacan una nueva edición con prólogo inesperado. Lo escriben en hebreo, en yiddish, en inglés, en español… o en el corazón de quien se atreve a leer sin prejuicios.

Y sí. Quisieron borrarlos. Pero olvidaron que el papel también resiste. No cualquier papel, ¡ojo! El judío es papel con actitud. Sobrevive a incendios, inquisiciones, pogromos y hasta a los que quisieran borrarlo porque no les conviene recordar.

Les quemaron libros como si fueran fuegos artificiales de ignorancia. Pero el pueblo judío ya sabía que la memoria no vive en bibliotecas, sino en cerebros con buena retención y chistes que atraviesan los siglos.

Improvisaron sinagogas en cocinas, salas de espera y carnicerías kosher donde el rabino usaba el mostrador como púlpito y el tofu como metáfora de la paciencia divina.

Ese papel contenía Talmudes, recetas de la abuela, cartas sin destinatario, y chistes que hicieron llorar a los verdugos por pura confusión teológica. Papel que, como dijo alguien, no se quema… se multiplica.

Dios le dictó a Moisés los diez mandamientos. Y Moisés, que no era taquígrafo ni cargador profesional, los escribió en piedra y bajó del cerro con ese peso ancestral, literal y simbólico. Entre el polvo, el sol y las dudas existenciales, le dio un ataque de caspa emocional y cuestionó el plan divino. Entonces Dios, con ese tono de padre cansado, decidió que Moisés no entraría en la tierra prometida—como quien castiga quitando el postre. Pero el liderazgo no se fue lejos: el nuevo guía fue su hermano, porque en los asuntos sagrados, como en los chismes, todo quedaba en familia.

Ah, y en cuanto a Jesús, vamos… era judío. No lo sabemos por documentos históricos. Lo sabemos porque sólo una madre judía puede estar convencida de que su hijo es Dios.

No… No se van a extinguir.