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05-04-2026
Soledad Morillo Belloso
Amazing Grace
A veces una canción nace como un susurro que nadie escucha, como una grieta por donde empieza a filtrarse la luz. Así nació “Amazing Grace”: no como himno, no como bandera, sino como un temblor íntimo en el pecho de un hombre que se descubrió en el peor espejo posible. John Newton venía de mares bravos y culpas pesadas, de esas que se te pegan a la piel como sal seca. Había vivido en la dureza, había sido parte de un mundo que convertía vidas en carga. Y una noche, cuando el mar decidió sacudirlo como quien despierta una conciencia dormida, sintió que la muerte le respiraba cerquita. Allí, en ese filo donde se quedó sin excusas, algo en él se quebró para bien.
De ese quiebre salió un poema. No un sermón, no una lección. Un poema que decía, con la voz bajita de quien se atreve a admitir lo que nunca había dicho: me perdí; me encontré; fui ciego; ahora veo. Era la confesión de un hombre que entendió que la vida siempre deja una rendija para volver a empezar, incluso cuando uno cree que ya no merece nada.
Con el tiempo, ese poema encontró música, y la música encontró gargantas, y las gargantas encontraron comunidades enteras que necesitaban un canto que no hablara de santos, sino de sobrevivientes. “Amazing Grace” se volvió un abrazo colectivo, un recordatorio de que todos hemos tenido una tormenta que casi nos parte en dos. Un canto que no exige credenciales ni purezas: sólo pide que uno reconozca que ha estado perdido alguna vez y que siempre hay posibilidad de una segunda oportunidad.
Y allí entro yo. Porque cuando escucho “Amazing Grace”, algo en mí se afloja. No sé si es el pecho, la memoria o ese rincón del alma donde guardo lo que nunca digo en voz alta. La canción me toca como una mano tibia que no pide explicaciones. Me dice: respira, que aquí estoy.
Siento que me limpia por dentro. No como quien borra, sino como quien acomoda. Es una marea suave que entra, recoge los restos de mis días difíciles y se los lleva sin hacer escándalo. Me deja más liviana, más clara, más yo. Me despierta una nostalgia que no duele, una nostalgia que abraza. Me recuerda todas las veces que me he perdido —en decisiones, en silencios, en duelos— y todas las veces que, sin saber cómo, he encontrado un camino de regreso. Me hace sentir que mis grietas no son fallas, sino ventanas.
Cuando suena, no me siento tan sola. Aunque esté en mi casa, aunque nadie más la escuche, aunque la tarde esté callada. La canción se sienta a mi lado como una amiga que no necesita palabras. Me acompaña sin invadir. Me sostiene sin cargarme. Me permite ser vulnerable sin vergüenza, llorar si hace falta, reír si me nace, quedarme quieta si el cuerpo me lo pide. Me recuerda que no tengo que ser fuerte todo el tiempo, que también puedo ser débil, frágil, imperfecta.
Y hay algo más: me conecta con la vida. Con mi vida. Con esa brisa que entra por la ventana y mueve las cortinas como si también quisiera cantar. Con mis caminatas, mis rituales de sol, mis silencios que no son tristeza sino refugio. “Amazing Grace” me hace sentir que mi otra yo respira conmigo, que me entiende, que me arropa.
Pero también me conecta con mi país. Con ese país que llevo en el pecho como quien lleva una cicatriz y una promesa. Con el país que se ha perdido mil veces y aun así insiste en encontrarse. Con la gente que ha tenido que renacer tantas veces que ya perdió la cuenta. Con esa mezcla de dolor, terquedad, humor y ternura que nos define.
Cuando escucho la canción, siento a Venezuela entera respirando conmigo: los que están, los que se fueron, los que sueñan con volver, los que sostienen la vida con las uñas y la risa, los que siguen buscando una luz aunque la noche sea larga. Siento que la canción abraza a mi país como me abraza a mí: sin juicio, sin exigencias, sin condiciones. Sólo diciendo: todavía hay gracia, todavía hay camino, todavía hay luz.
En el fondo, lo que siento es esto: Que la vida, con todo y sus tormentas, todavía tiene gracia. Que yo, con todo y mis pérdidas, sigo renaciendo. Que mi país, con todo y sus heridas, sigue buscando su claridad. Que siempre hay una luz —pequeña, testaruda, fiel— que nos acompaña incluso cuando no la buscamos.
Esta versión es extraordinaria. Profundamente hermosa. Ojalá les acompañe.
Pentatonix – Amazing Grace (My Chains Are Gone) (Official Video)
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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