[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes cubanos

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes cubanos

¡Ah, los cubanos que llegaron a Venezuela en los años 60! No vinieron con las manos vacías. Traían maletas cargadas de historias, acentos sabrosos, recetas que hacían bailar el paladar, una manera de vivir que convertía cualquier reunión en rumba y una cara de alivio porque habían llegado a un país donde existía la esperanza de libertad.

Se instalaron como quien pone una olla de arroz con pollo al fuego: con sazón, paciencia y alegría. Ante  la impronta de la crisis que se produjo en Cuba, Venezuela, que ya había recuperado la libertad, les abrió la puerta.

Trajeron el arte de hablar cantando. Un cubano no conversa: interpreta. Uno les preguntaba la hora y ellos responden con una crónica, una décima, y si te descuidas, hasta con un bolero. El “asere, ¿qué bolá?” se mezcló con nuestro “epa, chico”, y nació una jerga híbrida que sólo se entiende entre panas con café en mano.

Y hablando de café, trajeron el colado fuerte, oscuro, espeso como secreto de abuela. Ese que se sirve en tacitas diminutas pero despierta hasta al más dormido. Lo tomaban a cualquier hora, como si el reloj fuera adorno. Con el café venía la tertulia: política, pelota, música, amores perdidos y recetas milagrosas para curar el despecho con guarapo de caña y son de Benny Moré.

En la cocina dejaron huella como quien perfuma una habitación. El congrí se coló en nuestras mesas, el lechón asado empezó a competir con el pernil navideño, y el mojo de ajo se volvió el mejor amigo del pescado margariteño. ¿Y el arroz con leche? El nuestro era tímido; el cubano venía con canela, cáscara de limón y una historia detrás de cada cucharada.

También trajeron música, esa que no se escucha: se vive. El son, el guaguancó, la guaracha. Nuestros  oídos se llenaron de tumbadoras, maracas, timbales y pasos que no sabíamos que nuestros pies podían dar. Las fiestas se alargaban hasta el amanecer. Y no sólo bailaban: enseñaban a bailar. Con paciencia, con gracia, con ese “ven acá, mi amor, que tú tienes ritmo en la sangre”. Nos enseñaron que el cuerpo tiene memoria y que el alma se sacude con un buen danzón.

En las barberías eran poetas con tijeras. Cortaban el pelo mientras contaban historias de su barrio en La Habana, de la vez que vieron a Celia Cruz en vivo, o del primo que tocaba el tres como los dioses. De allí se salía con el pelo arreglado y el corazón contento.

En las esquinas, cafés y mercados trajeron el arte de la conversación. El cubano no habla por hablar: habla para conectar, provocar, reír. Nos enseñaron que el chisme bien contado es casi literatura, y que la exageración embellece la verdad con legítima picardía.

También trajeron refranes que se mezclaron con los nuestros y crearon híbridos gloriosos. “El que no tiene de Congo tiene de Carabalí” se encontró con “el que nació para martillo, del cielo le caen los clavos”, y nació una sabiduría popular que no se aprende en libros, sino en cocinas y patios.

Y ojo, no todo fue fiesta. Muchos llegaron con nostalgia, con heridas, con historias duras. Pero incluso eso lo transformaron en arte, en humor, en resistencia. Nos enseñaron que la tristeza se puede cantar, que el exilio se puede cocinar, que la memoria se puede bailar.

Los cubanos que llegaron en los 60 no sólo se quedaron: se mezclaron. Se volvieron parte del tejido venezolano, como el papelón con el jugo de limón. Y hoy, cuando escuchamos un “mi hermano, cómo tú estás” (con el “tú” antes del verbo), sabemos que no es sólo una frase de saludo: es un pedacito de Cuba bailando en nuestra tierra.

La radio, la televisión, el cine y la publicidad no habrían alcanzado su esplendor sin los cubanos que llegaron a Venezuela. Lo digo como brindis a la memoria compartida, porque trabajé muchos años en ese mundo.

No sólo trajeron talento técnico y artístico, sino una sensibilidad narrativa que convirtió los medios en rituales de pertenencia. En la radio, su influencia se sintió en la musicalización, el humor costumbrista y la creación de personajes entrañables que hablaban como el pueblo y para el pueblo.

En televisión, aportaron una escuela de actuación y producción que elevó el drama cotidiano a arte popular. Y en el cine, ¡ay el cine!—trajeron una mirada capaz de contar lo íntimo con grandeza.

La publicidad también se impregnó de ese sabor cubano: jingles con tumbao, locuciones con picardía, campañas que tocaban el corazón. No era sólo técnica: era alma. Como si cada cuña  fuera una guaracha, cada aviso una décima, cada programa una tertulia de esquina. Donde un cubano pone voz, el pueblo encuentra eco.

La música del exilio cubano no sólo cruzó fronteras: se sembró en el alma venezolana como semilla de pertenencia. Boleros como Dos gardenias, sones como El manisero, y guarachas que llegaron en maletas junto a fotos y recetas, se volvieron parte de nuestro repertorio emocional.

No eran sólo canciones: eran relatos cantados de nostalgia, resistencia y alegría. En radios, fiestas y patios con sillas de mimbre, esas melodías se mezclaron con el cuatro y el tambor, creando una fusión que ya no distingue origen.

Hoy, cuando suena un son cubano en una esquina de Porlamar o en un matrimonio en Barquisimeto, no se pregunta de dónde vino: se baila como propio, porque lo es.

Hay canciones que se volvieron himnos. Se sembraron en nuestra  memoria colectiva como cantos de ternura migrante.

“Guantanamera”, con su estribillo que todos pueden cantar, se volvió ritual en reuniones, peñas y actos escolares. No importaba si alguien era cubano, venezolano, colombiano o portugués: al decir “Guantanamera, guajira Guantanamera”, se invocaba algo más grande que una canción. Era puente entre la necesidad de compartir y el deseo de pertenecer.

“Cuando salí de Cuba” —esa sí que duele bonito—. En las voces de quienes llegaron con maletas llenas de recuerdos y esperanzas, se convirtió en lamento dulce, bolero que hablaba por todos los que dejaron atrás una tierra amada. En Venezuela, se cantaba como si fuera propia, como si el “cuando salí de Cuba” fuera también “cuando llegué a Venezuela”.

Cuando Celia Cruz pisó suelo venezolano, no llegó como visitante: llegó como reina. Su voz, que parecía tener azúcar y tambor, encontró eco inmediato en un país que también canta con el alma. En los años dorados de la televisión y la radio, Celia fue figura querida, invitada estelar en programas como Sábado Sensacional, donde su “¡Azúcar!” se volvió grito compartido.

En las fiestas, sus canciones eran garantía de pista llena, y en los barrios, su imagen adornaba paredes como si fuera parte de la familia. Venezuela no sólo la aplaudió: la adoptó. Porque cuando Celia cantaba, el Caribe entero se reconocía en su voz.

En el Caracas de los años ochenta, cuando la bohemia tenía acento caribeño y las noches olían a ron y tertulia, Concha Valdés Miranda encontró en Le Groupe un escenario íntimo donde su voz y sus letras se volvieron confidencias cantadas.

Allí, entre luces tenues y copas medio vacías, la autora de ‘El que más te ha querido’, ‘Orgasmo’ y ‘Házmelo otra vez’ no sólo interpretaba: confesaba. Su presencia era magnética, y su repertorio una mezcla de despecho y ternura que hablaba directo al corazón del público caraqueño. Le Groupe no era apenas un local más: era templo de la canción con alma, y Concha, allí, se volvió sacerdotisa.

Y sobre el humor cubano se puede escribir un libro gordo. Cuando Álvarez Guedes venía a Venezuela decía: “óyeme tú, que llegué a casa”.

Ese “óyeme tú, que llegué a casa” no era solo una frase: era declaración de afecto, manera de decir “aquí me siento en familia”. Porque Venezuela, con su alma de arepa y tambor, le abría los brazos como si fuera barrio propio. Y él, con voz de ron y picardía, nos regalaba carcajadas que sabían a malicia buena, a refrán improvisado, a cuento que aunque escuchado mil veces, te arrancaba lágrimas de risa.

Tengo muchos amigos cubanos que se volvieron también venezolanos. O que son descendientes de cubanos que vinieron a Venezuela. He trabajado con ellos y también tengo “comadres” cubanas, que hoy son tan venezolanas como yo.

Esos cubanos que vinieron nos trajeron su manera de decir “aquí estoy”, con café fuerte, guaracha encendida y manos que saben levantar lo caído. Nos trajeron la costumbre de no rendirse, de hacer familia donde antes sólo había vecinos.

Y en cada gesto, nos enseñaron que la alegría también migra, y que el alma cubana sabe hacer patria en cualquier esquina donde se escuche un tumbao.

[Col}> El sentido de la vida / Soledad Morillo Belloso

06-10-2025

Soledad Morillo Belloso

El sentido de la vida

Imagínate que esto no es un texto, sino una conversación sin hora de cierre. La noche se ha acomodado como quien se quita los zapatos. Y  tú te sientas en esa butaca inigualablemente cómoda junto a la ventana.

Afuera, el viento murmura con esa voz que sólo se deja oír cuando todo lo demás calla. Y tú, con taza tibia en mano —puede ser café, té o ese brebaje sin nombre que reconforta, o tal vez alguna copa— te preguntas, sin apuro, qué significa vivir con sentido.

No hay respuestas definitivas. Y menos a esta hora, cuando las certezas se aflojan y las preguntas saben mejor que cualquier conclusión. Pero hay pistas. Hay intuiciones que se cuelan entre los silencios, como el aroma de cebolla sofrita que aparece sin que nadie esté cocinando.

Vivir con sentido, quizás, es aceptar que no todo se explica, pero sí se siente. Que hay frases que no comprendemos del todo, pero nos hacen llorar con ternura o reír con sarcasmo. Que hay gestos sin lógica que nos rescatan del sinsentido.

A veces se disfraza de rutina: tender la cama, pelar una mandarina, corregir una coma. Otras, se revela como una epifanía absurda: descubrir que ese nombre que olvidaste era el que usaba para llamarte alguien que te quiere sin condiciones.

Y hay días en que simplemente no aparece. Se toma descanso. Y tú, en lugar de desesperarte, le pones música, te sirves otro café y te cuentas una historia sin final, pero con ritmo.

Cuando se deja ver, el sentido no llega como revelación divina. Se manifiesta como una carcajada que interrumpe el drama, como una pausa inesperada que todos agradecen, como esa frase que repites sin saber por qué, pero que te acompaña como un aplauso íntimo: “esto también es vivir”.

Y si no hay sentido, que al menos haya sazón. Que se sirva en plato hondo, que se entone en voz alta, que se comparta como pan recién horneado. Que se narre con ironía elegante, con humor que no hiere, con afecto que no exige. Que se viva como quien baila sin saber los pasos, pero con ganas de seguir el compás.

Recuerdas una frase sarcástica que escuchaste. Te sonríes. El sarcasmo, bien usado, es una forma de ternura. Es reconocer que la vida no tiene lógica cartesiana, pero sí algo que se parece al ritmo.

Que no todo se explica, pero casi todo se cuenta. Que hay expresiones sin sentido literal que resuenan como mantras: “esto también pasará”, “no era para tanto”, “pero qué sabroso estuvo”.

Vivir con sentido también es saber perder el tiempo con elegancia. Dejar que la lentitud enseñe lo que la prisa oculta. Permitir que una conversación se desvíe, que una receta se improvise, que una historia se repita con variaciones mínimas.

Porque en esas repeticiones hay algo parecido a la música. Y en la música, siempre hay sentido, aunque no sepamos explicarlo.

Es como aprender a escuchar el eco de una palabra que no entendemos del todo, pero que nos conmueve. No es meta ni revelación súbita. Es una coreografía torpe y hermosa entre lo que deseamos, lo que recordamos y lo que nos atrevemos a sentir. No se encuentra, se cultiva. Como el sabor de un caldo que mejora con el reposo, como el ritmo de una frase que se afina en boca ajena.

Algunos creen que vivir con sentido es tener un propósito claro, una agenda existencial, una brújula moral sin interferencias. Pobres criaturas. El sentido no se deja atrapar por PowerPoints ni por frases motivacionales en tipografía cursiva. Se escurre, se disfraza, se ríe de nosotros mientras intentamos definirlo. A veces se esconde en el gesto mínimo de servir café a quien no lo pidió, en la pausa antes de responder, en el silencio que no incomoda.

La vida con sentido es profundamente afectiva. No por emociones intensas, sino por estar tejida con hilos de ternura que no hacen ruido. Es encontrar belleza en la torpeza, dignidad en el error, profundidad en lo aparentemente banal.

Una sobremesa puede ser más reveladora que una epifanía, un pan mal horneado más simbólico que una tesis doctoral.

Y sí, también es jocosamente absurda. Hay días en que el universo parece tener un guionista con inclinaciones tragicómicas: se te cae el café, se borra el archivo, se te escapa el nombre justo cuando vas a presentarlo.

Y ahí, en medio del desatino, aparece el sentido. No como consuelo, sino como carcajada compartida. Como esa risa que nos salva del ridículo y nos recuerda que estamos vivos. Y que al menos para alguien no estamos de más.

El sentido de la vida no se define. Se escucha. Se saborea. Se celebra. Aunque llegue tarde, aunque se esconda, aunque se ría de nosotros. Pero llega. Hoy seguramente alguien te dijo “te quiero”.

Quédate con eso. Porque eso le da sentido a la vida.

[Col}> Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron

¡Ah, los italianos! Llegaron a Venezuela con una receta de salsa escondida en el bolsillo, una foto de la nona pegada con cinta en la maleta y una terquedad que ni el calor de La Guaira logró derretir. No vinieron a ver si les gustaba el clima. Vinieron a quedarse, como quien planta albahaca en maceta y dice: “Aquí me quedo, y que me sirvan café con acento”.

Trajeron la comida, pero no cualquier comida. Nada de pasta de sobre ni salsa aguada. Era espagueti con cuentos, con vino, con la nona gritando desde la cocina: “¡No le pongas ketchup, per Dio!”. Y la pizza… que ya se volvió platillo nacional. A la pasta le metimos carne molida y mayonesa. Un sacrilegio para Roma, una gloria para el paladar criollo.

También trajeron pan, y no cualquier pan. Pan sobado, pan con aceitunas, pan que huele a domingo. Y los quesos… ¡mamma mia! Provolone, parmesano, pecorino. Que aquí, como buenos tropicalizadores, los mezclamos con guayaba, con casabe, con lo que haya en la nevera. Porque en Venezuela todo se fusiona, todo se reinventa, todo se vuelve fiesta.

Pero no todo fue cocina. Trajeron oficio. Manos que sabían hacer zapatos, relojes, muebles, mosaicos. Fundaron negocios con nombres que parecen sacados de telenovela: “La Bella Napoli”, “Ferretería Roma”, “Pastelería Sicilia”. Y ahí siguen, atendidos por hijos y nietos que ya dicen “chévere” y “epa, chamo” con acento ítalo-criollo.

Trajeron sus dotes como albañiles, jardineros, carpinteros, plomeros, ebanistas y ese talento innato de tener siempre “un proyecto”. Laureano Márquez no se equivocó: el italiano sin proyecto no existe. Si no está construyendo algo, está planificando cómo construirlo.

Nos enseñaron a celebrar con máscaras, comparsas, vino en botellas metidas en cestas y canciones que todos cantamos con voz de drama. Nos regalaron cine, teatro, ópera. Y refranes que se mezclaron con los nuestros: “Chi madruga, Dio lo ayuda… pero el que no madruga también desayuna”, versión sabanera del refranero napolitano.

En las ciudades dejaron huella: fachadas con arcos, patios con mosaicos, fuentes que parecen sacadas de Roma pero con loros y matas de mango. Fundaron clubes donde se juega dominó con acento italiano y se baila merengue criollo con vino tinto. Porque aquí todo se mezcla, todo se vuelve ritual.

Y los apellidos… Di Stefano, Di Parsia, Di Giacomo, Boccanera, Bombaci, Stanzione, Simonato, Mancini, Rossi. Hoy se pronuncian con sabor a papelón y están en todas partes: en los restaurantes, en el banco, en la radio, en la política. No sólo se quedaron: se multiplicaron como panettone en diciembre. Y ahora somos una mezcla deliciosa de casabe con carpaccio, de joropo con tarantela.

Pero más allá de lo tangible, nos trajeron una manera de vivir: intensa, familiar, sabrosa. Nos enseñaron que la mesa es sagrada, que el domingo se come en grupo, que el trabajo se hace con las manos pero también con el corazón.

Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio, cariño y plátano frito.

Nos trajeron música, como quien trae semillas en los bolsillos: pequeñas, listas para florecer. Y florecieron. La radio se llenó de voces que pronto se volvieron nuestras.

La televisión se vistió de melodías nuevas, los teatros se encendieron con ritmos que no sabíamos que necesitábamos, y las salas de fiesta se convirtieron en altares donde el cuerpo celebraba lo que el alma reconocía.

Entre esas voces que cruzaron el mar llegaron artistas como Nino Moruzzi, figura de la ópera venezolana; Gino Renni, que trajo humor y música con acento italiano; y Carlos Scoffio, que tejió puentes líricos entre dos orillas. Cantaron a  Verdi, Puccini, Rossini, pero también canzones que se volvieron parte del repertorio del país.

Fue como si la radio se hubiera convertido en una puerta abierta al corazón de Italia. Adamo nos visitó con su melancolía elegante, esa voz que parecía susurrar desde un balcón veneciano en plena lluvia caraqueña. Cantaba “Cae la nieve”, “Mis manos en tu cintura” y “Es mi vida”, y cada canción era como un copo que se posaba en la nostalgia, una estampa sonora que nos envolvía con ternura.

Mina, con su potencia vocal y mirada de esfinge, nos enseñó que una mujer podía cantar como si estuviera tallando mármol con las cuerdas vocales. “Grande grande grande”, “Parole parole” y “Il cielo in una stanza” se volvieron himnos de lo que no se dice pero se siente, como secretos que flotan en el aire entre el café y la sobremesa.

Domenico Modugno apareció como un vendaval azul, volando alto con los brazos abiertos en “Volare (Nel blu dipinto di blu)”, y nos dejó “Meraviglioso” y “La lontananza” como postales de un amor que se canta desde lejos, con voz de viento y corazón de viajero. Gianni Morandi, con su voz de noches de sábado, nos abrazó con su “Non son degno di te”.. Bobby Solo hizo que muchos estrenaran besos con su “Se piangi, se ridi”.

Y apareció Gigliola Cinquetti, con su voz cristalina que parecía venir de una fuente escondida en Verona. “Non ho l’età”, “Dio, come ti amo”, “La pioggia” y “Alle porte del sole” eran canciones que se escuchaban como quien abre una carta escrita con pétalos. Ella cantaba como si el amor fuera una promesa hecha en domingo, con vestido blanco y zapatos nuevos.

Nicola Di Bari trajo consigo la ternura de los que cantan con los ojos cerrados. “El último romántico”, “Il cuore è uno zingaro” y “Los días del arcoíris” eran como cartas escritas con vino tinto y papel de arroz, mensajes que llegaban desde lejos pero sabían a casa. Riccardo Cocciante convirtió cada canción en una caricia que a veces se volvía grito, como si el alma se le escapara por la garganta.

“Bella senza anima” y “Sincerità” eran confesiones que se decían con la voz quebrada y el pecho abierto, como quien canta para no romperse. Umberto Tozzi nos puso a brincar como locos con su “Gloria”.

Eros Ramazzotti, con ese timbre  que mezcla pasión y nostalgia, se volvió banda sonora de amores que empezaban en la pastelería, entre vitrinas de merengue y suspiros robados. “Piú bella cosa”, “Otra como tú” y “Qué fantástico” se colaban en las radios como si fueran cartas sin sobre, confesiones que se escuchaban mientras se elegía un pastel.

Laura Pausini, fuerza dulce y voz de confesionario, se metió en nuestras historias de amor y desamor como quien entra en la cocina y se sienta a escuchar mientras se prepara café. “Se fue”, “La soledad”, y “En cambio no” nos enseñaron que llorar también puede ser un acto de belleza, una forma de recordar sin perder la alegría.

Y no olvidemos a nuestros ítalo-venezolanos de oro: Franco De Vita y Yordano. Hijos de la mezcla, poetas del asfalto, músicos del alma nacional. Sus letras son mapas de nuestras emociones, sus melodías retratos de nuestras calles. Son prueba viva de que cuando la raíz se mezcla, florece más fuerte.

Todos tenemos amigos italianos. Muchos se casaron con venezolanos. Nuestros ADN de sangre liviana, de risa fácil y enamorados del amor se juntaron Y así, entre criollos y tanos, entre refranes, recetas y abrazos, se tejió una historia compartida. Una historia que huele a salsa di pomodoro, suena a acordeón y sabe a hogar.

Los italianos no sólo llegaron a Venezuela. Se volvieron parte de ella. Y nosotros, encantados, les hicimos un huequito en el alma. ¿Es imaginable Venezuela sin los descendientes de italianos? No.

Perdón por lo largo. Pero tratándose de los italianos, ¿cómo se cuenta una historia corta si todo lo que traen viene con sobremesa? “Non è vero, amore?”

[Col}> Lo que nos trajeron los colombianos / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los colombianos

Pienso en los colombianos y de inmediato me encuentro en los brazos de mi tata. Se llamaba Constancia, pero yo, con mi lengua de trapo, le decía “Costa”, como quien le pone mar a la ternura.

Hasta que se fue, no hubo recuerdo mío sin ella. Y cuando evoco a los colombianos que llegaron a Venezuela, se me alborota todo lo bueno que tengo dentro. Se me despierta el alma como cuando suena un porro sabanero, una cumbia, un vallenato, y los hombros se mueven solos, como si la alegría viniera en oleadas.

Miles, decenas de miles cruzaron ríos, trochas, silencios y esperanzas. Vinieron buscando paz, trabajo, un pedacito de futuro. Y no llegaron con las manos vacías, ¡qué va! Trajeron arepas de maíz pelao, cumbias que hacen que hasta el abuelo se levante a bailar, recetas que mezclan cilantro con fe, cuentos que nacen en el Magdalena y terminan en los rincones de nuestras cocinas.

Nos regalaron su manera de decir “hermano”, como quien dice “no estás solo”. Nos enseñaron el arte del café fuerte, la conversación larga y el chiste breve. Nos mostraron que una buena empanada se mide por el crujido, y que la música no se escucha: se vive. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la nostalgia en parranda.

 

Y si me preguntan por qué se me alborota el alma cuando pienso en ellos, les cuento que mi hermana se casó con uno. Bumangués, con sonrisa de aguacero fresco y manos que saben sembrar futuro. Vino buscando trabajo, y encontró familia. Se quedó echando raíces, como quien planta guayaba en tierra fértil. Hoy, cuando lo escucho hablar con acento santandereano, pienso que el amor también migra, también se mezcla, también se vuelve costumbre.

En nuestras reuniones familiares, entre hallacas y carimañolas, entre gaitas y bambucos, se arma una fiesta donde nadie pregunta de dónde viene uno, sino con qué ritmo quiere brindar. Y en esa casa, nunca falta el aguardientico, listo para cualquier asunto que requiera conversa.

Pienso en los colombianos y me acuerdo de la señora Mariela, que decía que en Cúcuta las arepas se hacen más delgaditas, más tostadas, más cantarinas. Me acuerdo de don Efraín, que arreglaba zapatos y corazones con la misma ternura. De la señora Luz, que bordaba mientras cantaba “era la piragua” como si fuera un rezo. Y de los niños que aprendieron a decir “chévere” sin dejar de decir “bacano”.

Y entonces me acuerdo de mi Costa, que decía que la mezcla es bendición. Que cuando uno junta el ají colombiano con el papelón venezolano, lo que sale es puro sabor de pueblo. Ella decía que los colombianos no vinieron: se quedaron. Se quedaron en nuestras canciones, en nuestras cocinas, en nuestras maneras de querer.

Porque la mezcla no resta, multiplica. Porque cuando uno se junta con quien viene de lejos, se le ensancha el alma y se le afina el oído para escuchar otras memorias. Y entonces, como quien se sirve un café con panela y le pone un pedacito de queso adentro, me digo: bendita sea Costa, mi tata, que me enseñó que la ternura no tiene fronteras. Con ella fui a Cúcuta, a Pamplona, a Cartagena, a Bogotá. Y nos quedaron pendientes otros viajes por la linda Colombia.

Benditos sean los que cruzaron la frontera para traernos su alegría, su trabajo y su manera de decir “hermano” como si fuera un conjuro contra la soledad. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la tristeza en canción. Y si no me creen, escuchen a Juanes cantando que la vida es un ratico, a Santiago Cruz cuando le pone piano a la melancolía, a Aterciopelados cuando convierten Bogotá en ritual sonoro. Escuchen a Carlos Vives que nos enseñó que el vallenato también se baila con tenis, a Shakira que hizo del Caribe un idioma global, a Sebastián Yatra que canta como si el amor fuera arequipe, a Andrés Cepeda que le pone vino tinto a la nostalgia, a Fonseca que hace del pop y las baladas una fiesta de sonidos de ensueño, a Jorge Celedón que convierte cada verso de sus canciones en parranda y abrazo. Y se me quedan tantos en el tintero, como se quedan los nombres de los que uno ama, pero no ha escrito aún.

No hay cosa más absurda que el pleito inventado entre Colombia y Venezuela. Inventado, sí, achacándole a Bolívar y Santander una pelea que sólo vive en chismes de esquina. Ese supuesto desencuentro entre el Libertador y el Hombre de las Leyes se ha convertido en novela de pasillo, con más especulación que evidencia.

Que si Bolívar lo miró feo, que si Santander le negó un café, que si uno quería más centralismo y el otro más legalismo… ¡Bah! Lo que hubo fue diferencia de visión, no enemistad de pueblo. Y de ahí, algunos con vocación de telenovelistas se pusieron a inventar un drama que nunca tuvo libreto.

Ese pleito es como una pelea entre hermanos por una herencia que nunca existió. Y mientras algunos se empeñan en repetir el chisme, millones de colombianos y venezolanos se casan, se abrazan, se mezclan, se celebran. Como mi hermana, que se enamoró de un bumangués y con eso le dio un puntapié a la historia mal contada.

Así que propongo un brindis: por Bolívar y Santander, que seguramente estarían hartos de que los usen como excusa para peleas ajenas. Por los pueblos que se mezclan sin pedir permiso. Y por ti, colombo-venezolano, que conviertes la historia en fiesta y el chisme en refrán: “Pleito inventado no tiene raíz, y si la tiene, que la agarre el tambor y la vuelva canción”.

[Col}> Los besos / Soledad Morillo Belloso

28-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Los besos

Los besos son un idioma sin reglas, una música que se toca con los labios y se escucha con el alma. Son el primer lenguaje que aprendemos antes de hablar, antes de escribir, antes de comprender el amor. Como el vapor que sube de una olla en la cocina: tibios, envolventes, plenos de memoria. Hay tantos como personas besando, porque cada uno es una invención, una forma de decir “te siento” sin palabras. Cada beso tiene su acento, su ritmo, su modo.

Pueden ser suspiros detenidos, caricias suspendidas, promesas que se derriten como mantequilla sobre pan caliente. Algunos saben a fruta madura, a sal de mar en la piel. Se dan en la penumbra, entre jazmines y sonidos lejanos de radios encendidas. En cocinas donde se revuelve el guiso y se prueba la salsa con el dedo. En plazas con heladeros y niños corriendo. En universidades entre libros abiertos y utopías compartidas. En madrugadas, mientras el mundo duerme y el alma se despereza.

Hay besos que llegan con la urgencia de quien regresa de la guerra, y otros que se ofrecen como café en la mañana: con pausa, con ternura, con el deseo de que el otro se quede. Se dan en la frente como bendición, en la mejilla como saludo, en la boca como estremecimiento. Son refugio, altar, trinchera. Algunos curan, otros duelen, muchos enseñan a esperar. Se entregan con los ojos cerrados, como quien se lanza al abismo confiando en que el otro será red.

Están los de madre, que huelen a talco y promesa. Los de abuela, que saben a caramelo y a bendición. Los de amigos, como hamacas que sostienen sin exigir. Los de amantes, que son selva, vértigo, pasión. Y los que no se dieron, que flotan como cometas sin hilo, esperando ser reclamados, también cuentan. Porque el deseo de besar es ya una forma de ternura. Algunos se guardan en la nuca, en la espalda, en la comisura. Vuelven en sueños, como ecos de algo que no terminó.

Un beso puede durar un segundo o toda la vida. Ser prólogo o epílogo. Bienvenida, despedida, tregua. Hay besos que el cuerpo recuerda aunque la mente los haya olvidado. Porque la piel tiene su propio archivo de afectos, su glosario de temblores. Algunos se esconden como semillas, esperando la lluvia de un reencuentro.

Besarse es un acto vital. Es decirle al mundo: “aquí hay afecto, aquí hay pausa, aquí hay necesidad de sensación”. Es aplaudir la lentitud, la diferencia, la comunión. Convertir la piel en altar, la boca en ofrenda, el tiempo en abrazo. Detener el reloj y decir: “En este instante, todo está bien”. Hacer del cuerpo un refugio, del roce una plegaria, del instante una eternidad.

En poesía, los besos son temblores que hablan, silencios que arden, gestos que condensan el universo en un roce. Metáfora viva, símbolo de comunión, deseo, despedida. Pueden oler a albahaca, a papel viejo, a lluvia sobre tierra caliente. Sonar como suspiro largo, crujir de hoja seca, eco de canción lenta en la madrugada. Sentirse como primer sorbo de vino, brisa que entra por la ventana, roce de hamaca en la siesta.

Algunos se quedan tatuados en la memoria como el olor del primer hogar, como la canción que nos salvó sin saberlo. No fueron solo roce de labios, sino estremecimiento de alma, vértice donde el mundo se detuvo. Viven en la comisura de una sonrisa, en la piel que recuerda aunque la mente quiera esquivar. Tienen sabor a dulzura, a lluvia caliente, a chocolate derretido en taza de porcelana.

Y hay otros que no ameritan recuerdo. Dados por costumbre, por protocolo, por prisa. Insípidos, irrelevantes. Sin huella ni eco, como sombra sin cuerpo, saludo sin alma. No fueron altar ni refugio, sino trámite, gesto vacío, roce sin temblor. No dolieron, no curaron, no cantaron. Como cucharadas de sopa tibia sin sal: suficientes para llenar, pero no para quedarse.

La memoria, que es selectiva y sensorial, guarda lo que fue liturgia, lo que tuvo aroma, ritmo, vértigo. Y deja ir lo que no se atrevió a ser poema.

Cada beso es un instante irrepetible. En poesía, se convierte en fuego que no quema, agua que no moja, tiempo que no pasa. Es el punto donde el reloj se detiene y el alma se asoma. Hay besos que no se dan con los labios, sino con la mirada, la voz, la espera. La poesía los nombra como presencias sutiles, caricias que no tocan pero abrazan. Susurros que flotan en el aire, aromas que se cuelan por la ventana, canciones que se cantan sin voz.

Los besos no envejecen. No se arrugan, no se oxidan, no se vencen. Un beso dado hace décadas puede seguir latiendo en la comisura de una sonrisa, en la piel que recuerda aunque la mente haya partido. No tienen edad ni fecha de caducidad, porque no pertenecen al tiempo, sino al temblor. Son como semillas que germinan en la memoria, como ecos que se repiten en la piel cuando el cuerpo se estremece ante otro roce parecido.

Un beso puede sobrevivir al olvido, al silencio, al exilio. Puede cruzar océanos, resistir mudanzas, acompañar duelos. Hay besos que aún huelen. Besos dados en cocinas, en plazas, en estaciones de tren, que todavía se escuchan como sinfonía en la penumbra. No envejecen porque no se guardan en relojes, sino en la piel. No se archivan en calendarios, sino en el alma.

Y cuando vuelven —en sueños, en música, en aromas— no regresan como recuerdo, sino como presencia. Porque un beso verdadero no se gasta, no se borra, no se pierde. Se queda vibrando en algún rincón del cuerpo, como una luz tibia que no se apaga.

Cada beso es texto sensorial, sobremesa compartida, canción que se canta con los labios y se escucha con el alma. Son ritos sagrados. Se sirven como desayuno en domingo, con chocolate caliente y pan de horno. Se escuchan como bolero en plaza, como susurro en radio, como poema leído en voz baja. Son temblor de hoja al viento, calor que queda en la taza después del último sorbo.

Besar es escribir con la boca. Narrar sin tinta, sin papel, sin micrófono. Decir “te quiero” con la piel, “te honro” con la boca húmeda, “te espero” con el estremecimiento. Y en ese gesto, breve y eterno, cabe el mundo entero. Porque en cada beso hay una hoguera encendida, una felicidad secreta, una memoria que se despierta. Y cuando dos bocas se encuentran, el universo se detiene a escuchar.

Nunca es temprano ni tarde para un beso. El beso acude cuando el alma lo llama, cuando la piel lo presiente, cuando el cuerpo lo precisa. Nunca sobra un beso. Nunca sobra porque siempre hay algo que decir sin palabras. Y a veces, lo que no se dice con la boca, se dice con la boca.

[Col}> Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron

¡Ah, los portugueses! Navegantes del bacalao y del fado que llegaron a Venezuela con una maleta llena de sueños, una foto de la abuela en blanco y negro y un pan de trigo que parecía tallado por Miguel Ángel.

Llegaron a Venezuela con la brújula apuntando al trabajo duro y el corazón lleno de saudade. Muchos venían de Madeira, de aldeas donde el mar era vecino y la tierra se ganaba con las uñas. Aquí se metieron en todo: ferreterías, bodegas, abastos, supermercados, construcción, agricultura, floristerías y jardinerías, y hasta en la venta de repuestos donde sabían más de carburadores que de castellano.

Los portugueses no vinieron con pompa ni discursos, pero trajeron algo mejor: sabor, terquedad, y una manera muy suya de convertir cualquier esquina en una panadería que huele a gloria celestial.

Entonces, hablemos del pan. Porque si algo hicieron los portugueses fue enseñarnos que el pan no es sólo pan. Es ritual, es abrazo, es desayuno con mantequilla y café en vasito.

Nos trajeron el pan campesino, el pan de leche, el pan que cruje como chisme de vecina. Y no sólo lo trajeron: lo perfeccionaron. ¿Quién no ha hecho una cola de media hora en una panadería un domingo por la mañana, con la esperanza de que todavía quede algo caliente? Y si no queda, igual uno se lleva un golfiao con queso e’ mano, porque el alma portuguesa también sabe de eso.

Pero no todo fue pan. También trajeron el bacalao, ese pescado seco que parece un ladrillo pero que, milagrosamente, se convierte en manjar cuando lo cocinan con papas, cebolla y aceite de oliva.

La ensalada de bacalao es como una declaración de principios: sencilla, honesta y con carácter. Y si uno tiene suerte, le toca probar el bacalao espiritual, que no tiene nada de místico, pero sí mucho de sabroso.

Los portugueses también trajeron una manera muy suya de mirar el mundo: con paciencia, con trabajo duro y con una fe inquebrantable en que todo se puede resolver con la Virgen de Fátima y un buen café.

Porque el café portugués no es cualquier café. Es fuerte, oscuro y servido con una sonrisa que dice: “Isto vai mexer contigo até às lembranças mais guardadas”. Y si uno se queda conversando, seguro te ofrecen un pastelito de nata, que es como un abrazo en forma de postre.

Y qué decir de los nombres. Porque los portugueses tienen esa costumbre de ponerle nombres largos a sus hijos, con apellidos que parecen trabalenguas. Pero también tienen el don de los apodos.

Así, en cualquier lugar venezolano, hay un “Portu” (dicho con toneladas de cariño) que no se llama Portu, sino João Pedro, Tiago Manuel, João Martim, pero que todo el mundo conoce como “el señor que hace los mejores cachitos del mundo”. El cachito tiene jamón y una masa que parece hecha por ángeles panaderos que seguramente son portugueses. Y la manera como lo hacen es imposible de reproducir en casa.

Y trajeron refranes, aunque a veces no los entendemos del todo. Cosas como “quem não tem cão, caça com gato”, que uno traduce como puede y aplica cuando se le acaba el papel toilette. Porque el humor portugués es seco, directo, y con una pizca de melancolía. Como si siempre estuvieran recordando algo que pasó en Madeira o en Oporto, pero sin dejar de sonreír.

También trajeron una estética: azulejos, santos con cara de primo lejano, y una manera de decorar que mezcla lo barroco con lo práctico. Las casas portuguesas tienen ese encanto de lo vivido, lo útil, y lo bonito sin pretensiones. Y si uno entra a una, seguro hay una imagen de Fátima y de San Antonio, porque los portugueses creen en los milagros, pero también en el trabajo duro.

Los portugueses nos trajeron esa cultura de las letras de sus grandes escritores y poetas. ¡Y vaya letras!  Desembarcaron con una maleta invisible llena de palabras que saben a mar, a saudade, a vinho verde y a tardes de lluvia.

Nos trajeron la cadencia melancólica de Fernando Pessoa, que escribía como quien conversa con sus propios fantasmas; la fuerza lírica de Sophia de Mello Breyner, que hablaba del mundo como si fuera un poema en voz baja. ¡Y cómo no incluir a don Luis de Camões, ese poeta que escribía como quien navega entre tormentas y amores imposibles!

Los portugueses que llegaron a Venezuela no sólo trajeron manos para el trabajo y alma para el fado, también venían con una herencia literaria que sabe a mar abierto y a versos tallados en piedra.

Camões, con su Os Lusíadas, nos enseñó que la épica no está solo en las guerras, sino también en el alma que resiste. Sus palabras cruzaron el Atlántico como quien lanza botellas con mensajes, y aquí encontraron eco en los que también venían buscando nuevos mundos.

Esa tradición de letras exquisitas se coló en nuestras sobremesas, en los cuentos de abuelos que hablaban de Lisboa como si fuera parte del mapa emocional de Venezuela. Pessoa nos trajo la melancolía filosófica y Camões ese fuego antiguo que convierte la lengua en espada y caricia.

Y aunque muchos portugueses que llegaron no eran poetas de oficio, hablaban con una musicalidad que parecía escrita en endecasílabos. Porque cuando un madeirense dice “A minha casa é tua casa”, lo dice con la misma solemnidad con la que Camões hablaba del amor y del destino.

Así que sí, los portugueses nos trajeron letras que no se leen sólo con los ojos, sino con el alma. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos papelón, cariño y espacio en nuestras bibliotecas del corazón. Esa tradición literaria, tan rica y profunda, se coló en Venezuela como quien deja una carta debajo de la puerta.

Muchos portugueses que llegaron aquí llevaban la poesía en la manera de hablar, en los cuentos que contaban en las sobremesas, en los dichos que mezclaban el portugués con el castellano y que terminaban sonando como refranes nuevos. Y así, sin hacer ruido, nos enseñaron que la palabra también puede ser hogar.

Discretos pero constantes, como el café colado en manga: sin alarde, pero siempre presente. Convirtieron su “bom dia” en “buenos días, vecino” y el fado “Estranha Forma de Vida”, interpretado por Amália Rodrigues —“Foi por vontade de Deus / Que eu vivo nesta ansiedade…”— que no es canción: es confesión, es herida cantada con dignidad.

En él, el destino no se discute, se canta. Y Amália lo hizo eterno, como si cada palabra llevara el peso de Lisboa en la voz, en un fondo musical para sembrar raíces. La música portuguesa tiene algo único.

En 2017, Salvador Sobral entonó “Amar pelos dois” como quien acaricia una cicatriz con la yema de los dedos. Compuesta por su hermana Luísa, esta balada de jazz susurrado y bossa contenida se volvió plegaria de los que aman sin retorno, de los que ofrecen el corazón entero, aunque el otro ya no esté.

En Eurovisión de ese año, entre el ruido y la parafernalia, Salvador apareció como un suspiro: voz íntima, mirada baja, y una ternura que desarmó a Europa. No cantó para impresionar, cantó para entregar. Y esa entrega, desnuda y sin artificios, convirtió la canción en un acto de amor absoluto. Desde entonces, “Amar pelos dois” vive como un fado sin guitarra, sembrado en el alma de quienes saben que hay amores que no se gritan, se murmuran.

Y no podemos olvidar el acento. Ese acento que suena a mar y a montaña, que convierte la “r” en una caricia y la “s” en suspiro. El portugués venezolano habla con una cadencia que parece canción, y cuando se emociona, mezcla el español con el portugués y uno no entiende nada, pero igual se ríe.

Los inmigrantes portugueses se trajeron a sí mismos, con todo lo que eso implica: sabores, costumbres, manías y una manera de vivir que se fue mezclando con la nuestra hasta que ya no sabemos dónde termina lo portugués y empieza lo venezolano.

Porque en este país, el pan “de a locha” (que no cuesta una locha) ya es tan nuestro como la arepa, y el bacalao espiritual se sirve en Navidad junto al pernil y la ensalada de gallina.

Así que gracias, Portus queridos. Gracias por el pan, por el marroncito a primera hora en una panadería, por el bacalao, por las letras, por el fado, por los negocios, por la gentileza, por la Virgen de Fátima, por las flores y por enseñarnos que la vida se vive mejor si se empieza con una buena masa y se hornea con cariño.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles

Ah, los españoles… Cuando llegaron como inmigrantes a Venezuela, no sólo trajeron maletas llenas de ropa bien doblada, santos envueltos en papel periódico y fotos de abuelos con cara de “no me hables antes del café”. Trajeron una manera de estar en el mundo. Una forma de hablar distinguiendo las ces y las zetas de las eses, de regañar con cariño, de cocinar con abundancia y de contar historias que empiezan en Galicia, pasan por Oviedo y Barcelona, y terminan en Ciudad Bolívar, con escala en un bodegón de Chacao y alguna fiesta patronal en Valencia (la nuestra).

Los gallegos llegaron con esa mezcla de terquedad y ternura que los hace únicos. Montaron panaderías donde el pan sobado se convirtió en religión, y si el pan no estaba caliente, mejor ni lo mencionaras. “¡Ese pan está frío, respeta!”, decían con tono de juez supremo.

Y nosotros, que no somos bobos, aprendimos que el pan se come calientico, con mantequilla, y acompañado de cuentos largos que empiezan con “Cuando yo llegué a este país…”

Los asturianos trajeron gaitas, fabada y esa nostalgia que se cura con sidra y trabajo duro. Montaron negocios donde el olor a chorizo se mezclaba con el de la empanada criolla. Y si había fiesta, sacaban la gaita y armaban tremendo jolgorio: mezcla de romería y parranda caraqueña. “Esto no es Asturias, pero se le parece”, decían mientras brindaban con papelón con limón.

Los catalanes llegaron con precisión, con orden, con esa manera de hacer las cosas que parece coreografía. Montaron pastelerías donde el brazo gitano se volvió primo hermano del quesillo, y tiendas donde todo estaba etiquetado, contado, medido. “Això està bé”, decían, y nosotros respondíamos “¡Está chévere!” sin saber que estábamos hablando el mismo idioma del afecto.

Y los refranes… ¡Ay, los refranes! Nos trajeron una enciclopedia de sabiduría popular: “Más vale pájaro en mano que cien volando”, “A quien madruga, Dios lo ayuda”, “Donde fueres, haz lo que vieres”.

Nosotros los agarramos, los mezclamos con los nuestros y creamos unos híbridos que ni Cervantes entendería. “Más vale arepa en mano que jamón ibérico en vitrina”. Porque aquí todo se tropicaliza, se sazona, se vuelve fiesta.

También trajeron esa costumbre sabrosa de montar negocios con nombres que parecen sacados de una novela picaresca: “Ferretería El Gallego”, “Bodegón La Española”, “Carnicería Don Pepe”. Y si el negocio prosperaba, le añadían “y algo más”. Así nacieron joyas como “Panadería La Ibérica y algo más”, donde vendían pan, café, chucherías, papel higiénico y hasta consejos matrimoniales.

Pero si hay algo que nos une con España —como el arroz con la leche y el azúcar en el arroz con leche— es la música. Mi papá alucinaba con Sarita Montiel, una mujer que cantaba cuplés con voz de terciopelo, fumaba puros como quien recita poesía, y vivía como quien sabe que la vida es un escenario. Saritísima no sólo era diva, sino género propio.

El Poliedro de Caracas, el Teresa Carreño, el Forum de Valencia y cuanto teatro, club y sala de shows y fiestas existe en Venezuela han sido testigos de conciertos que se volvieron rituales. Raphael, con su voz de drama y terciopelo, nos enseñó que un “yo soy aquel” podía sonar como bolero y como zarzuela.

Cuando yo era una niña con pretensiones de gente grande (ya no soy niña y sigo sin ser grande) Fórmula V —con su pop alegre y contagioso— nos hacía bailar como si estuviéramos en una fiesta de pueblo, con papelillos y cotillón. Cuando sonaba “Eva María se fue buscando el sol en la playa” o “Cuéntame”, más de uno se enamoraba sin saberlo.

Las canciones de Fórmula V se volvieron parte del paisaje sonoro de nuestras vacaciones, nuestras fiestas con picó, nuestras tardes de radio AM. Y aunque eran de España, se volvieron nuestros. Donde suena Fórmula V, hay memoria, hay alegría y hay corazón.

Rocío Dúrcal, que ya nos había enamorado con su “Amor en el aire”, nos cantó rancheras con acento madrileño y nos hizo llorar con “Amor eterno”. Julio Iglesias vino con su sonrisa de galán y nos dejó tarareando “Me olvidé de vivir” mientras hacíamos cola en el abasto. Nino Bravo, con su “Libre como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar”, con esa voz de viento y montaña, nos enseñó que la libertad no se explica: se canta. Su música cruzó el Atlántico y se quedó en nuestras radios, en nuestros corazones.

“¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti?” Con esa sola línea, inolvidable, Perales convirtió el desamor en una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez. Su música se siente como carta escrita a mano, como suspiro en la ventana. Es la España que nos canta desde el alma y se nos metió en el cuerpo.

Tenemos la mente y el corazón inundados de canciones que nos marcaron de por vida. Los Hombres G, con sus letras de rebeldes del destape, nos hicieron brincar en el CCCT como si estuviéramos en Madrid. Melendi, con su acento asturiano y sus “Likes y cicatrices”, llenó el Poliedro y nos recordó que la melancolía también se canta con ritmo. Mocedades volvió después de 36 años y nos regaló “Eres tú” como si el tiempo no hubiera pasado.

Serrat, con su voz de mar y sus versos de calle, nos cantó “Mediterráneo” y nosotros lo hicimos nuestro, aunque el mar que nos baña sea el Caribe. Serrat y Sabina nos enseñaron que la nostalgia puede tener ritmo, que la memoria se canta, y que un español puede sonar como si hubiese nacido en El Hatillo.

Ah, Alejandro Sanz, con sus letras que duelen bonito. “Corazón partío” se volvió himno de despecho, y “Amiga mía” sonó en radios, taxis y serenatas improvisadas. Porque cuando Sanz canta “Y si fuera ella”, todos tenemos una historia que nos aprieta el pecho. Y cuando dice “No es lo mismo”, entendemos que “lo mismo “ es  una enfermedad del lomo y que hay canciones que no se oyen: se sienten.

Cuando Plácido Domingo cantó “Caballo Viejo” junto a Simón Díaz, la ópera se vistió con liqui liqui y el joropo se volvió sinfónico. Fue en el Teresa Carreño, con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela, donde el tenor español se dejó llevar por el alma llanera y convirtió ese clásico en un puente entre dos mundos. Un momento en que la música venezolana se sintió universal, y la voz de Domingo galopó con elegancia por los versos de Tío Simón.

En Venezuela, la afición taurina ha sido más que espectáculo: ha sido rito, herencia y tertulia.  Desde las ferias de San Cristóbal y Mérida hasta la Maestranza de Maracay, la Fiesta Brava ha reunido generaciones enteras que celebran el arte del toreo como quien honra una tradición que cruzó el Atlántico con acento español y se sembró en tierra andina y maracayera. Las plazas se llenaban de emoción, de pañuelos blancos, de olés que retumbaban como ecos de siglos.

Y junto a esa pasión por el toro, late también el corazón flamenco. Porque aquí, cuando suena una guitarra rasgueada y una voz se quiebra en quejío, no importa si estamos en Caracas o en Maracaibo: el alma se nos va detrás del zapateo.

El flamenco, con su duende y su drama, encontró en Venezuela tierra fértil para el aplauso. Desde tablaos improvisados en El Hatillo hasta noches de cante jondo en Margarita, el arte flamenco se volvió nuestro, como si el taconeo también llevara arepa en el alma. Porque aquí, el toro embiste con dignidad, y el flamenco se canta con ron y sentimiento.

Lo más hermoso que trajeron fue la costumbre de reunirse. De hacer de la comida un acto sagrado. La paella llegó como ritual dominical: arroz, reunión, cuentos y ese tío que siempre dice “Esto no es paella, pero está bueno”. Porque lo importante no es la receta, sino el acto de compartir.

Los inmigrantes españoles nos enseñaron que la nostalgia se cura con trabajo, que el humor es medicina, y que el hogar se construye con refranes, recetas, canciones y rituales compartidos.

Nos enseñaron a hablar con carácter, a discutir con pasión, a celebrar con comida y a llorar con dignidad. Y nosotros agarramos todo eso, lo mezclamos con tambor, con ron, con hallaca y con chisme, y lo convertimos en identidad.

Así que cuando alguien diga “los españoles nos trajeron muchas cosas”, tú responde: “¡Claro que sí! Nos trajeron sabores que se volvieron nuestros, como si el aceite de oliva aprendiera a bailar joropo y el ajo se mezclara con papelón sin perder su acento.

Llegaron con sus churros, sus pucheros, sus empanadas gallegas, sus paellas con aroma a mar y memoria. En sus maletas venían recetas que se transformaron al calor del fogón criollo: el arroz con mariscos se volvió más picante, el gazpacho se tropicalizó, y hasta el turrón encontró rival en el dulce de lechosa.

En cada mesa venezolana hay un eco de esa herencia: un sofrito que recuerda a la abuela española, un jamón serrano que se come con arepa, un vino de Rioja que se besuquea con las  hallacas en diciembre. La comida española no se quedó en nostalgia: se volvió mezcla y sabor con pasaporte venezolano.

Nos trajeron cultura, las tabernas de La Candelaria que se replicaron en todo el país, refranes con garbo, canciones inolvidables y una manera de vivir que se nos metió en la piel.

Y nosotros, como buenos venezolanos, lo mezclamos todo y lo convertimos en fiesta. Porque al final, donde canta un asturiano, baila un margariteño. Donde cocina un catalán, come un caraqueño. Donde cuenta un gallego, se ríe un guayanés. Y cuando canta Alejandro Sanz corea toda la familia. Porque en Venezuela, la historia no se escribe: se canta, se cocina, se celebra.

Adrede, he dejado por fuera a los canarios y a los vascos, porque merecen capítulos especiales.

[Col}> ¿Qué es Latinoamérica? /Soledad Morillo Belloso

21-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Qué es Latinoamérica?

Latinoamérica no es sólo un subcontinente. Es una sobremesa que se alarga entre café colado, ron con hielo o vino, y mucha habladera de zoquetadas. Es el eco de una abuela que dice “no hay apuro” mientras pela mangos con la destreza de quien ha sobrevivido dictaduras, apagones y generaciones de hijos y nietos que partieron buscando futuro.

Aquí, la historia no se encierra en libros: se cocina en las esquinas, se canta en los velorios y se baila en las protestas. Es esperanza que aspira progreso y amnesia maquillada de modernidad.

Este territorio no se comprende con mapas, sino con oído y corazón. México no empieza en el Río Bravo, sino en el primer “ándale, pues” que provoca una sonrisa. Venezuela no termina en el Orinoco, sino en el aroma de arepa que se cuela por  rendijas.

Los países aquí se definen por refranes, poemas, ritmos y recetas. Es una tierra contradictoria, donde el tiempo se mide en aguaceros y el progreso en si el vecino logró reparar la nevera.

Latinoamérica no se define por sus gobiernos, sino por sus sobremesas y su cultura. Por mujeres que saben más que ministros, por niños que convierten piedras en tesoros, por hombres que lloran en silencio mientras reparan un camión.

Es un verbo en gerundio: resistiendo, soñando. Aquí, la tristeza se convierte en chiste y el chiste en himno. La memoria no se archiva: se canta.

Muchos creen que los latinoamericanos somos iguales. No lo somos, ni siquiera usamos el idioma de la misma forma. Decimos “hermano” con acento distinto, “guayabo” con significado diferente y “pendejo” con intención variable. Porque sí, hasta los insultos aquí tienen alma.

En México, “pendejo” es ingenuidad con ternura. En Venezuela, es grito de tráfico con el vidrio arriba y el alma caliente. En Argentina, es adolescencia eterna. En Perú, es error, torpeza o simplemente el otro. Y en Colombia, depende del tono: puede ser amigo, enemigo o uno mismo en un mal día.

Así es Latinoamérica: un carnaval de significados. Aquí no se habla español, se habla con rabia, con ritmo. Cada país tiene su propio diccionario clandestino, hecho de gestos, silencios y palabras que cambian de sentido según la latitud.

Afirmar que somos iguales es como decir que todas las empanadas saben igual. Hay dulces, saladas, con variedad de rellenos, fritas, horneadas, todas suculentas. Así somos: diversos, sabrosos, contradictorios.

Y si algo compartimos, es que ninguno quiere ser confundido con otro. Porque aquí, la identidad es exigencia, el lenguaje barricada y la cultura un grito que no pide permiso.

Desde afuera, la deshumanización es sutil pero constante. Se nos caricaturiza, se nos reduce a estereotipos, como si fuéramos un bloque homogéneo de caos y folklore. Nos ven sin mirarnos, nos oyen sin escucharnos. Como si nuestras voces no merecieran espacio en las conversaciones globales.

Pero Latinoamérica no es un planeta aparte. Es pensamiento crítico, arte que transforma, ciencia que innova y pueblos que  reinventan. Aquí se piensa, se crea, se lucha y se ama con una intensidad que no cabe en etiquetas simplistas.

Y sí, parte de la culpa también es nuestra. A veces, por cansancio, repetimos discursos que nos minimizan. Nos acostumbramos a ver lo nuestro como “menos”, como si la belleza y la inteligencia necesitaran sello extranjero para ser validadas.

Hemos contribuido a esa invisibilización cuando no defendemos nuestras voces, cuando creemos que el éxito sólo se alcanza lejos de nuestras raíces.

Somos el resultado de una historia tejida con hilos de sangre, resistencia y belleza. Nuestra independencia fue escrita con tinta de obituarios. Latinoamérica no es una sola piel ni una sola voz.

Es un mosaico donde conviven los cantos ancestrales de los pueblos originarios, el tambor africano que aún retumba en las costas, la herencia europea que se mezcla con contradicción y memoria, y el mestizaje que nos define sin pedir permiso. Somos indios, negros, blancos, mestizos.

Somos la mirada sabia del campesino, la fuerza de la mujer que cría y trabaja, el niño que juega en la acera como si fuera universo. Somos la mezcla de montañas que guardan secretos, valles que susurran historias, desiertos que enseñan paciencia y costas que celebran la vida con cada ola.

No hay una sola forma de ser latinoamericano. Hay millones. Y todas valen. Todas cuentan. Todas merecen ser vistas con respeto y escuchadas con atención. Porque en esta tierra, la diversidad no es problema: es potencia.

Pero algo está despertando. Cada vez más personas cuentan su historia desde su esquina del mundo, con honra y sin pedir permiso. Hay una generación que entiende que no se trata de competir con otros modelos, sino de mostrar que lo nuestro tiene valor por sí mismo.

La culpa puede doler, pero también puede ser semilla. Semilla de cambio, de reflexión, de acción. Porque cuando dejamos de repetir lo que nos dijeron que éramos y empezamos a decir lo que realmente somos, el mundo empieza a escucharnos distinto.

Necesitamos contarnos con dignidad, con memoria, con coraje. No desde el resentimiento, sino desde la conciencia. Mostrar lo que somos, sin maquillaje ni vergüenza. Con nuestras luces y sombras. Con más sonido y menos ruido. Con heridas abiertas, pero también con las manos llenas de futuro.

Sí, hemos tropezado. Hemos cometido errores. Hemos callado cuando debimos gritar y gritado cuando debimos pensar. Pero también hemos creado y amado con una intensidad que no se aprende en ningún manual. Cada caída nos ha dado una razón más para levantarnos.

Caminar con la frente en alto no es arrogancia. Es memoria. Es decir: “Aquí estoy, con todo lo que soy. Con mi acento, mi historia, mi contradicción.”

Y, sobre todo, es dejar claro que no somos “sudacas”. Ese término no nos define. Somos latinoamericanos. Con todas las letras. Con todas las culturas. Con todos los acentos. Con todas las luchas. No somos un estereotipo ni una frase hecha. Somos pueblos que piensan, que sienten, que transforman. Somos la voz que no se calla, la historia que no se borra, el alma que tiene carácter.

[Col}> Fabulosa / Soledad Morillo Belloso

02-10-2025

Soledad Morillo Belloso

Fabulosa

No me miro al espejo y me veo joven. Me veo fabulosa. Y eso no es vanidad. Es reconocimiento. Porque lo joven era otra cosa. Era promesa, era ensayo, era vértigo. Hoy soy resultado. Soy el producto de todo lo que he vivido, de lo bueno y de lo malo, pero sobre todo de lo que he aprendido.

Soy la suma de mis errores, de mis aciertos, de mis duelos, de mis fiestas, de mis silencios. Soy la mujer que se ha caído y se ha levantado, no una ni dos, sino muchas veces, y cada vez con más dignidad, con más lentitud, con más certeza.

La viudez, que es la peor experiencia imaginable, me arrancó el suelo, me dejó sin aire, me vació los cajones del alma y los bolsillos. Pero también me enseñó a desprenderme. A soltar todo lo que me impedía salir del hueco.

A dejar atrás las versiones de mí que ya no me servían. Y aunque el dolor no se va, se transforma. Se vuelve brasa, se vuelve impulso, se vuelve trampolín. En cierta forma, siento que es él, mi marido, quien desde el más allá me empuja con ternura.

Él me veía, y me lo decía, como una mujer fantástica. “Yo te quiero, pero, además, me encantas”.  Y yo, ahora, empiezo a creerle. No por vanidad, sino por justicia, porque él veía en mí lo que yo, por razones incomprensibles, no veía en mí misma.

No me veo bonita. Me veo fabulosa. Y eso no tiene que ver con la piel ni con la moda. Tiene que ver con la historia que cargo, con la manera en que camino, con la forma en que digo “no” sin culpa y “sí” sin miedo.

Tiene que ver con la forma en que me río con la boca abierta, sin miedo a mostrar los dientes, porque cada carcajada es una victoria. Tiene que ver con la forma en que me visto, no para gustar, sino para contar quién soy. Un vestido de seda puede ser mi armadura. Un pañuelo, mi bandera. Una risa escandalosa, mi mejor tarjeta de presentación.

A los treinta o a los cuarenta quizás tenía más firmeza en el cuerpo, pero menos firmeza en las decisiones. Hoy hay otra belleza: la que no se suplica, la que no se negocia. La que se planta en la mitad del cuarto y dice “aquí estoy, con todo lo que soy, y eso es suficiente”.

La que no pide permiso para brillar. La que no se esconde detrás de la juventud, sino que se muestra con todas sus cicatrices, como quien muestra sus medallas.

Sentirse fabulosa es una certeza que se instala en el pecho y se expande como perfume que no pide permiso. Es bailar sola en la cocina, con la música alta y el corazón en llamas.

Es escribir textos que nadie pidió, pero que el mundo necesita leer. Es llorar con elegancia, con rabia, con ternura, y luego secarse las lágrimas con un pañuelo bordado. Es cocinar para una sola persona y poner la mesa como si viniera la reina.

Es hablar con las plantas, con los muertos, con los recuerdos. Es saber que cada año vivido me afina el oído, me pule la mirada, me ensancha el corazón.

Es entender que la juventud no es un privilegio, es una etapa. Y que la plenitud no tiene edad, tiene actitud. Es mirar el espejo no como juez, sino como testigo. No veo juventud, veo historia.

Veo la mujer que ha vivido, que ha perdido el miedo, que ha aprendido a decir “esto sí, esto no”. Veo las arrugas como líneas de guion, como partituras de una sinfonía que solo yo sé  interpretar. Veo los ojos más lentos, pero más sabios. Veo la boca más serena, y con marcas, pero que sabe lo que quiere decir.

Sentirse fabulosa es un acto poético, profundamente amoroso y que recomiendo sin tapujos. Porque cuando una se siente fabulosa, contagia. Se vuelve faro, se vuelve abrazo. Y no hay quien pueda apagar esa luz. Es una cuestión de actitud.

Es decirle al mundo: “No me rendí. Me desabaraté y me transformé.” Es vivir con la certeza de que cada día puede ser carta abierta.

Y esto no es pedantería. Todo lo contrario. Porque la pedantería es mirar al mundo por encima del hombro. Y yo lo miro de frente, con respeto. Y me miro con respeto. Porque he aprendido que la dignidad no está en la perfección, sino en la mirada que se posa con ternura sobre lo vivido. Y yo, hoy, me miro con ternura. Me reconozco. Me celebro. Me abrazo.

Hoy no me miro al espejo para buscar juventud o la belleza que alguna vez tuve. Me miro para reconocerme. Para decirme: “Aquí estás. Y estás fabulosa.”

Y quizás, porque me veo a mí misma con bondad, veo la bondad en un mundo que tiene muchas cosas estupendas, muchas más que las que no lo son. Un mundo que me invita a acompañarlo en la aventura de vivir. Y para ese viaje tengo la cabeza llena de textos que no he escrito, de sueños y proyectos.