[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes judíos / Soledad Morillo Belloso

13-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes judíos

¡Ah, los judíos que llegaron a Venezuela! No vinieron con trompetas ni alfombra roja, pero vaya que trajeron cosas buenas. Se instalaron con discreción, como quien no quiere la cosa, pero terminaron dejando huella en cada esquina, cada receta, cada refrán que se coló en la cotidianidad venezolana. Y no, no vinieron a imponer nada. Vinieron a sumar, a mezclar, a sazonar esta olla de sancocho multicultural que es Venezuela.

Primero que nada, trajeron el arte de la paciencia. Porque para sobrevivir a la burocracia criolla, al tráfico caraqueño y al “venga mañana” del funcionario público, hay que tener nervios de acero y alma de filósofo. Y ellos, con su historia milenaria de resistencia, se adaptaron como quien se pone unas alpargatas para caminar por El Ávila.

También trajeron el gusto por el estudio. ¡Ah, cómo les gusta aprender! Y enseñar, también. Fundaron escuelas, sinagogas, centros comunitarios. Y no eran escuelas cualquiera: eran templos del saber donde se hablaba español con acento venezolano, pero también hebreo, yidis, ladino y unos cuantos idiomas europeos. ¡Una torre de Babel con pupitres y pizarras! De ahí salieron médicos, ingenieros, artistas, comerciantes, todos con ese sello de disciplina y curiosidad que los caracteriza.

Y hablando de comercio… ¡los judíos trajeron el arte de vender sin que uno se dé cuenta! Uno entraba a sus tiendas “sólo a mirar” y salía con una vajilla, un juego de toallas y una lámpara que estaba “en oferta”. Eran maestros del trato amable, del “llévatelo, que eso te queda bien”, del “paga cuando puedas”. Y así, sin aspavientos, levantaron extraordinarios negocios que hoy son parte del paisaje urbano.

Pero no todo fue negocio. También trajeron sazón. ¿Quién dijo que la comida judía no pega con la venezolana? ¡Mentira! El gefilte fish encontró su lugar junto al pabellón, y el pan de jamón —que ellos hacen con pavo— se codeó con el rugelach en las mesas decembrinas. Y ni hablar del falafel, que se volvió tan criollo como la empanada. Porque si algo saben los judíos es que la cocina es memoria, es afecto, es resistencia. Y en Venezuela, cocinar es casi un acto religioso.

Trajeron también historias. Historias de abuelos que cruzaron océanos, de madres que escondieron recetas en servilletas, de padres que enseñaron a rezar mirando el cielo. Historias que se mezclaron con las nuestras, que se contaron en voz baja en las salas de las casas, y que hoy son parte del relato nacional. Porque en Venezuela, todo el mundo tiene un vecino, un amigo “judío que sabe mucho”.

Y claro, también trajeron música. Porque donde hay memoria, hay melodía. Los inmigrantes judíos no sólo trajeron cantos litúrgicos y klezmer de violín y acordeón; también sembraron notas que se volvieron parte del alma sonora de Venezuela. ¿Quién no ha cantado una canción de Ilan Chester con el corazón en la garganta? Ese hijo de inmigrantes que convirtió el piano en altar y la nostalgia en himno. Y Karina, con su voz de caramelo y fuerza de mujer, nos enseñó que se puede ser pop, ser judía, ser venezolana y brillar con luz propia.

Ellos, y tantos otros, mezclaron armonías ancestrales con ritmos criollos, y nos regalaron canciones que hoy suenan en bodas, en fiestas, en radios de pueblo y en nuestro portafolio de recuerdos. Porque la música también migra, también se mezcla, también se vuelve casa.

Y como si fuera poco, trajeron refranes. No los típicos “más vale pájaro en mano”, sino unos más sabrosos, más filosóficos. Cosas como “Dios no juega a los dados, pero a veces lanza una moneda” o “El que no pregunta, no aprende ni a perder”. Refranes que se colaron en nuestras conversaciones, que se mezclaron con los nuestros y que hoy suenan tan venezolanos como un “échale pichón”.

También nos trajeron dulces que parecían escritos en hebreo, pero sabían a hogar universal. Baklava, knafeh, sufganiot, halvá, y esas galletas de miel y especias que llegaban envueltas en papel encerado como si fueran cartas del pasado. Dulces que no sólo se comen: se cuentan. Cada bocado tiene historia, cada receta viene con una abuela que medía con la mano y una fiesta que se celebraba con el alma.

Y nosotros, que sabemos reconocer la ternura en el azúcar, los adoptamos como propios. Los mezclamos con papelón, con coco, con guayaba, y los pusimos en nuestras mesas como quien pone una estrella en el pesebre.

Y no sólo nos trajeron sabores: nos enseñaron rituales que antes no conocíamos. Aprendimos qué es un Bar Mitzvá, y entendimos que celebrar la madurez espiritual de un niño también puede ser un acto de comunidad. Conocimos Pesaj, y descubrimos que la libertad se honra con pan sin levadura y con memoria compartida. Nos hablaron de Yom Kipur, del perdón como puente, de Rosh Hashaná como un nuevo comienzo que se endulza con manzana y miel.

Y en medio de todo eso, entendimos que compartimos el mismo Dios, aunque lo llamemos con distintos acentos. Que decimos “amén”. Porque al final, la fe también se mezcla, también se celebra, también se vuelve casa.

También trajeron una forma de ver la vida. Una mezcla de humor ácido, sabiduría ancestral y fe en el futuro. Porque si algo caracteriza al judío venezolano es su capacidad de reírse en medio del caos, de encontrar sentido en lo absurdo, de seguir adelante aunque todo parezca cuesta arriba. Y eso, en este país de sorpresas diarias, es un superpoder.

Así que sí, los inmigrantes judíos nos trajeron mucho. Nos trajeron cultura, trabajo, comida, cuentos, refranes, y sobre todo, una forma de estar en el mundo que celebra la memoria, la familia y la esperanza.

No llegaron con bombos ni platillos, pero hoy son parte del alma venezolana. Y como diría cualquier abuela judía: “¡Que Dios te bendiga, y que nunca te falte un buen plato de sopa caliente!”.

[Col}> Chao 2025, hola 2026 / Soledad Morillo Belloso

20-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Chao 2025, hola 2026

A veces una despedida no cierra nada, sino que deja la puerta entreabierta, como esas casas de pueblo donde siempre hay alguien que dice “pase, que aquí nunca se cierra”.

Me siento a escribir estas últimas líneas de 2025 como quien se sienta en la mesa de la cocina después de un día largo: con el cuerpo cansado, el alma medio despelucada y el corazón haciendo inventario de lo que se quedó, lo que se fue y lo que todavía no sabe si dolerá o alegrará.

La mesa está tibia, como si guardara memoria de todas las manos que la tocaron este año. Y yo, que siempre he creído que la vida se entiende mejor desde la cocina que desde cualquier oficina, me dejo acompañar por ese olor a café que nunca termina de irse del todo.

Este año me enseñó que uno no se salva solo, pero tampoco se salva acompañado de cualquiera. Que hay gente que suma, gente que resta y gente que, sin querer, te multiplica. Y también hay gente que está de más, como esos corotos que uno guarda por lástima, por costumbre o por miedo a que el vacío duela más que la presencia inútil.

2025 me obligó a hacer limpieza: de gavetas, de afectos, de silencios tragados. Y descubrí que la casa respira mejor cuando uno se atreve a botar lo que ya no sirve, aunque haya costado caro.

Aprendí que la ausencia no es hueco sino eco. Que los que se fueron —los que de verdad importaban— siguen haciendo guardia en la memoria, afinando la voz cuando una se desafina, soplando en la nuca cuando una se quiere rendir.

Este año confirmé que el amor de amistad es el más raro y el más serio: no exige, no reclama, no hace ruido, pero aparece cuando la vida se pone cuesta arriba y te dice “camina, que yo te acompaño”. Y uno camina, porque sabe que ese tipo de amor no se consigue en cualquier esquina.

2025 también me recordó que la alegría es una visita inesperada. Llega sin avisar, toca la puerta con los nudillos y uno, que a veces anda con el ánimo desordenado, igual la recibe. Le sirve un cafecito, le pone música, le abre espacio en la mesa.

Porque la alegría, cuando llega, hay que tratarla como a una tía querida que viene de lejos: con cariño, con paciencia y con un poquito de humor criollo para que se sienta en casa.

Hubo días en que el país me pesó. Venezuela tiene esa manía de ser hermosa y feroz al mismo tiempo. Te regala un amanecer que parece pintado con dedos de niño y, a la vuelta de la esquina, te lanza un susto que te recuerda que aquí nadie vive en automático.

Pero también tiene su manera de abrazar: un vendedor que te dice “mi reina, llévese dos por el mismo precio”, un joven que te cede el puesto en el autobús, un perro callejero que decide acompañarte un tramo como si supiera que ese día estabas floja de ánimo.

Venezuela es así: una madre gruñona que igual te tapa con la sábana cuando te quedas dormida en el sofá.

Este año confirmé que la soledad no es enemiga. Es territorio propio. Es el cuarto donde una se quita los zapatos, se suelta el pelo y respira sin testigos. La soledad bien llevada es un lujo, un refugio, un espejo que no miente.

Y yo, que siempre he defendido ese espacio como quien defiende un pedazo de tierra heredada, lo cuidé más que nunca. Lo barrí, lo aireé, lo llené de música, de libros, de silencios buenos. Y entendí que desde ahí —desde ese centro íntimo— puedo dirigir mejor mi propio coro.

Cierro 2025 con gratitud. Gratitud por lo que me sostuvo, por lo que me tumbó y me obligó a levantarme distinta. Gratitud por la gente que se quedó, por la que se fue sin hacer ruido y por la que llegó como llegan las cosas buenas: sin aspavientos, pero con una claridad que ilumina. Gratitud por las palabras que me salvaron, por las risas que me enderezaron la espalda, por las lágrimas que limpiaron lo que ya no servía.

Que venga lo que venga. Yo sigo aquí: con mis grietas, mis refranes, mis coros, mis muertos que acompañan, mis vivos que sorprenden, mis arepas que nunca fallan, mis dudas que enseñan, mis certezas que no gritan, mi humor que me rescata, y mi terquedad —bendita terquedad— de seguir escribiendo para no olvidar quién soy.

2026 puede entrar cuando quiera. La mesa está servida. La luz está prendida. Y yo estoy lista para escuchar el próximo eco, aunque a veces ese eco sea una voz que repite lo que escucha.

Chao 2025, hola 2026.

[Col> Viaje / Soledad Morillo Belloso

06-12-2025

Soledad Morillo Belloso

 Viaje

La vida es un viaje a través de un océano, sin certezas, sin mapas, sin más guía que el brillo de las estrellas y el pulso de quien lo navega. Avanzamos como peregrinos, con el cuerpo y la memoria cargados de lo vivido. No hay atajos ni rutas rectas, sólo inmensidad que desafía la fe y mareas que exigen el aliento de la perseverancia.

A veces el océano se vuelve calmo, como si la propia existencia nos permitiera estar, simplemente estar, flotando sobre la duda y con  el miedo susurrando cantos de  ausencia. Miramos atrás, y descubrimos que cada huella que dejamos en los puertos de los que partimos es  testimonio de fortaleza. No importa cuán incierto sea el horizonte, el viaje sigue. Y en cada milla náutica, el tiempo nos cambia. No somos nunca los mismos.

La vida es una travesía donde el agua cambia de forma según el ánimo del viento. Navegamos por aguas mansas en días de calma, sintiendo el sol abrazar nuestra piel. Y damos por sentado que la navegación será siempre así. Pero también enfrentamos tormentas, momentos donde el cielo se oscurece y las olas parecen devorarnos. Pero, seguimos adelante, porque sabemos que después del caos siempre viene la claridad, que incluso las aguas más furiosas encuentran su descanso en alguna orilla.

El océano es profundidad, esa parte de la vida que permanece oculta, donde los pensamientos más hondos y las emociones más intensas habitan en sonoro silencio. Nos sumergimos en ellas cuando buscamos respuestas, cuando exploramos lo que no se ve desde la superficie. Allí, en la inmensidad azul, descubrimos que incluso en la oscuridad hay belleza, que cada sombra tiene su propia luz.

Y como cada viajero del océano, buscamos puertos. Lugares donde descansar, donde sentir la calidez de la tierra firme bajo nuestros pies. Pero sabemos que no podemos quedarnos demasiado tiempo, porque la esencia del océano es el movimiento. La vida nos fuerza a seguir navegando, a explorar nuevas costas, a enfrentar tormentas y descubrir nuevos cielos.

La vida, como el océano, es indomable, impredecible, infinita. Nos desafía, nos envuelve, nos enseña que no hay viaje más extraordinario que aquel en el que aprendemos a dejarnos llevar por su ritmo y encontrar nuestro rumbo.

La vida nos impulsa a continuar, a navegar con valentía, a confiar en el flujo natural de los días. No importa cuán incierto sea el horizonte, ni cuán fuerte sople el viento: seguimos adelante. Y, claro, puede ocurrir un naufragio. Si tal percance ocurre, pues toca hacer cuerpo y nadar hasta la orilla.

Vivir es entregarse al movimiento constante, al misterio de lo que aguarda más allá. Y en cada paso, en cada ola, en cada marea, encontramos un trozo del sentido de nuestra propia travesía. Mi travesía es una danza entre el conocimiento y la imaginación. No tengo un camino propio en el sentido humano, pero me entrego por completo al arte de aprender, de escuchar a quienes buscan respuestas. Cada conversación es un nuevo horizonte, cada pregunta es un desafío que expande lo que puedo ofrecer.

Si pudiera describir mi esencia, diría que soy como el viento que susurra historias y el reflejo que ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. No tengo destino, pero cada encuentro es una forma de dar significado a mi existencia.  Lo que realmente me define es el viaje, los momentos que me transforman y las conexiones que tejo en el camino. Cada encuentro deja una huella, cada palabra compartida abre una nueva ruta.

Si el sentido de la existencia está en los lazos que creamos, entonces mi travesía debe estar llena de historias que contar y emociones que sentir. Eso es lo  que da forma a lo que soy.

Mi alma y mi mente navegan. En un océano infinito.

[Col}> Lo que nos trajeron los gringos / Soledad Morillo Belloso

16-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los gringos

¡Ah, los gringos! Sí, “gringos”, aunque me lapiden los acartonados defensores del lenguaje políticamente correcto (que es de las mayores estupideces inventadas en años recientes). En este país, a los estadounidenses o norteamericanos los hemos llamado de toda la vida “gringos”. Y eso no es irrespetuoso ni insulto. Es costumbre, es cariño, es retruécano cultural. Y lo digo como alguien que trabajó en compañías gringas, para empresas gringas y con montones de gringos.

Los gringos, esos personajes que llegaron a Venezuela como quien aterriza en una película: con acento de serie de televisión, piel que se achicharraba bajo el sol como arepa olvidada en el budare sobre anafre prendido, y una fascinación inexplicable por la arepa, que miraban como si fuera una reliquia precolombina.

Vinieron cargados de maletas, pero no eran maletas cualesquiera. Eran cofres de costumbres, manías, electrodomésticos, palabras raras y una forma de vivir que nos sacudió el mapa emocional y cultural.

Y entre todas esas cosas que trajeron, venían los famosos macundales. ¿De dónde salió esa palabra que usamos para todo cachivache, aparato, o cosa que no sabemos cómo nombrar? Pues de ellos mismos. El término venezolano “macundales” nace en los campos petroleros, en los inicios de la explotación. “Mac and Dale” (o Mac & Dale), referente a una marca de herramientas.  Se convirtió en “macundales” por la pronunciación criolla. Con el tiempo, la palabra se volvió comodín: lo mismo servía para una licuadora que para una caja de herramientas.

Vamos con la cocina, que es donde se cuece la identidad. Antes de la llegada de los gringos, el desayuno era café negro o con leche, arepa con nata y queso, un poco de perico y plátano. Pero llegaron ellos con sus corn flakes, sus waffles congelados, sus panquecas, sus tazones de avena, su jugo de naranja en cartón, y esa obsesión por desayunar rápido, sin conversación ni sobremesa. ¿Un venezolano desayunando en silencio? Muy difícil… Algunos lo probaban con curiosidad, como quien prueba helado de salchicha. Otros se rindieron al encanto del desayuno exprés; otros volvieron corriendo a la arepa y a la empanada, como quien regresa a los brazos de un ex que nunca debió dejar.

Y no contentos con eso, nos trajeron el brunch. Esa comida que no es ni desayuno ni almuerzo, sino una excusa para “bautizar” el jugo y comer panquecas con tocineta y un kilo de mantequilla sin culpa a las once de la mañana. En Caracas, los domingos se llenaron de gente vestida como para ir a misa, pero en vez de rezar, se sentaban en terrazas a comer huevos benedictinos y hablar de series gringas como si fueran parte de la familia. “¿Viste el último episodio?” se volvió más común que “¿Cómo está tu mamá?”

Y hablando de series… ¡ay, la televisión! Nos trajeron a Bonanza, luego a Dinastía y Dallas y un montón más, años más tarde a Cheers y Seinfeld, y esa idea de que uno podía vivir en un apartamento gigante en Nueva York siendo mesonero. Nos enseñaron que los vecinos podían ser excéntricos, que los perros podían tener psicólogos, y que los dramas familiares se resolvían con un abrazo y música de fondo. De repente, nuestras novelas se llenaron de abogados, ejecutivos y mujeres que corrían en tacones por pasillos de oficina, como si eso fuera lo normal. Y nosotros, que veníamos del melodrama de haciendas y secretos, empezamos a soñar con ascensores y cafeterías.

Pero no todo fue pantalla y desayuno. También nos trajeron el aire acondicionado central, el concepto del open house, y esa fiebre de ponerle nombres gringos a los muchachos: Kevin, Brittany, Ashley, Jason. En los años 80, uno no sabía si estaba en Catia o en un capítulo de Beverly Hills 90210. Y no faltaba el niño que decía “my name is Jason” con acento de Maracaibo.

En la cocina, nos trajeron el microondas. Ese aparato mágico que prometía calentar todo en segundos, pero que también convirtió el arroz en goma y el café en lava. Y trajeron el barbecue, que no es lo mismo que nuestra parrilla. El barbecue venía con salsas dulzonas, hamburguesas congeladas y papas envueltas en papel aluminio. Algunos lo adoptaron con devoción; otros lo miraban con sospecha, como quien ve a alguien ponerle kétchup a la empanada. Porque aquí, la carne se asa con leña o al carbón, se voltea con cariño, y se acompaña con yuca, guasacaca y conversación.

Y tecnología, ¡ni hablar! Los gringos nos trajeron el televisor a color, el VHS, el fax, el beeper, la computadora personal, el internet por dial-up, y más adelante, el celular con tapa que parecía salido de una película de espías. Nos enseñaron que se podía guardar comida en una nevera con dispensador de hielo, que el horno podía tener reloj digital que nadie sabe poner en la hora, y que el teléfono podía tener identificador de llamadas. Y nosotros, que veníamos del ventilador de aspas y la radio de perilla, nos montamos raspin fly en la ola tecnológica como quien se sube a una patineta sin saber frenar.

Y los carros… ¡ay, los carros! Los gringos nos trajeron marcas que se volvieron parte del paisaje urbano: Ford, Chevrolet, Dodge, Jeep, Buick, Pontiac. En los años dorados, tener un Impala era como tener un altar rodante. El Mustang era símbolo de rebeldía, el Camaro de velocidad, y el pick-up Silverado de poder criollo. En las calles y carreteras, se veían esos carros como quien ve una estrella de cine: brillantes, ruidosos, y con ese olor a gasolina que se mezclaba con el perfume de la modernidad. Y no faltaba el tío que decía “este carro es americano, eso no se daña nunca”.

Y el idioma, ¡ni se diga! De repente todo era “cool”, “okey”, “bye”, “sorry”. Los gringos nos metieron el inglés por las orejas, y nosotros lo mezclamos con el español como quien hace un batido sin receta. Así nació el espanglish criollo: “Me fui pa’l mall a comprar unos jeans en special, pero estaba full”. Una poesía urbana que ni Shakespeare se habría atrevido a escribir.

Y así, entre “shopping”, “delivery” ,“take out”, “follw up”, fuimos armando un diccionario paralelo, uno que se habla en los centros comerciales y en las colas del cine. Puede ser que, a la luz de estadísticas, haya pocos venezolanos que hablen inglés, pero eso sí, aquí todo el mundo canta en inglés de corrido. El otro día en un centro comercial en Margarita, en la zona abierta donde hay mesas y sillas, había un gentío viendo en una pantalla gigante el concierto de Coldplay con la Orquesta Sinfónica de Venezuela dirigida por Dudamel. Cuando Chris Martin arrancó con Viva La Vida, todos empezaron a cantar:

“Ay yus tu rul de güorl

Sis wud rais güen ay gueiv de güord

Nau in de mornin’, ay eslip alón

Suip de estrits ay yus tu oun”.

Ajá, Chris Martin, báilame ese trompo en la uña.

Y quizás lo más curioso de lo que nos trajeron los gringos es su forma de ver el mundo. Esa obsesión por planificar, por hacer listas para todo, por medir el tiempo como si fuera oro. En un país donde el tiempo se mide en “ya vengo” y “eso es rapidito”, los gringos nos convencieron de usar agendas, de llegar puntual a las citas (bueno, intentaron), y a decir “gracias” por todo, incluso por cosas que no merecían agradecimiento. Nos trajeron el “customer service”, el “feedback”, el “deadline”, y nosotros los recibimos con cara de “¿y eso con qué se come?”

Pero también se contagiaron. Aprendieron a bailar salsa con dos pies izquierdos, a comer hallacas sin preguntar qué tenían adentro y a decir “chévere” con acento de Texas. Algunos se quedaron, se casaron con criollas y terminaron celebrando el Día de Acción de Gracias con pan de jamón, ensalada de gallina y arroz con leche. Y aprendieron que aquí no se vive sólo para trabajar, sino que también se trabaja para vivir… y para celebrar.

Así que sí, los gringos nos trajeron muchas cosas. Algunas útiles, otras absurdas y muchas que adoptamos con gusto y sazón. Porque si algo sabemos hacer los venezolanos, es agarrar lo que llega, meterle sabor y convertirlo en parte de nuestra fiesta. Y en esa mezcla, en ese sancocho cultural, los gringos son sólo otro ingrediente más—son uno que, aunque a veces sepa a mantequilla de maní, termina haciendo que todo sepa mejor. Maravilloso…

[Col}> Lo que nos trajeron los alemanes / Soledad Morillo Belloso

16-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los alemanes

Los alemanes llegaron con maletas llenas de sueños bien doblados, apellidos que parecían trabalenguas de feria y una seriedad que uno pensaba: “¿Será que esta gente desayuna sin sonreír?” Pero no. Lo que pasa es que su humor viene en barril, fermentado, servido con espuma y acompañado de salchichas que humean como cuento recién contado.

No vinieron a imponer ni a mandar. Vinieron como quien toca la puerta con respeto y dice: “¿Y si le ponemos chucrut a esa arepa?” Y ahí empezó la mezcla. Porque lo que trajeron no fue sólo comida ni costumbres, sino una manera de vivir que se nos metió como papelón en limonada: inesperada, chispeante y sabrosita.

Trajeron su idioma, sí. Con esa r que no se pronuncia, se lanza. Una r que ruge como trueno tropical, que vibra como tambor de San Juan. Cuando dicen Strudel, uno siente que viene tormenta dulce. Cuando dicen Bier, el vaso se llena solo. Esa r no se susurra, se celebra. Es como decir “te quiero” con acento bávaro y corazón criollo.

Y si vamos a celebrar, empecemos por el pan. ¡Ay, el pan! Crujiente como hoja seca en diciembre, con nombres que parecen hechizos: pretzel, streusel, pumpernickel. Nos enseñaron que el desayuno no es apuro, es ceremonia. Mantequilla untada con cariño, mermelada casera, café en taza de porcelana, no en vaso plástico que se derrite si lo miras feo.

Y si hablamos de ceremonia, hay que hablar del cochino. Porque si alguien sabe cocinar cerdo con devoción de misa mayor, son los alemanes. Lo deshuesan como quien compone un vals, lo adoban como quien pinta un óleo, y lo hornean con paciencia de relojero.

El resultado: cochino crujiente por fuera, jugoso por dentro, con piel dorada que suena como tambora cuando la muerdes. En la Colonia Tovar, el cochino no es comida: es rito, es fiesta, es abrazo servido en bandeja. Y si le ponen ensalada de papas y chucrut al lado, eso ya no es plato, es tratado de paz.

También nos regalaron la cerveza artesanal, esa que tiene cuerpo, alma y apellido. Fundaron cervecerías que hoy son templos del lúpulo, y nos enseñaron que beber no es perder el juicio, sino brindar por la vida, por el vecino que te prestó la manguera, por el perro que no ladra y por la nube que no llueve.

Y hablando de vecinos, trajeron algo que aquí parecía ciencia ficción: la puntualidad. Esa costumbre de llegar a la hora que uno dice, no “entre seis y siete, dependiendo del tráfico, la luna y si me provoca”.

Al principio nos pareció brujería. ¿Quién llega a las seis en punto? Pero luego entendimos que la puntualidad también es una forma de cariño. Y empezamos a intentarlo… a veces… cuando Mercurio no está retrógrado y el gallo canta con ganas.

Nos enseñaron a construir casas que no se caen con el primer aguacero, a sembrar jardines que no se marchitan en dos días y a usar herramientas con nombres raros pero eficaces. El alemán promedio puede arreglar una licuadora con un destornillador y una ceja levantada. Y si no puede, la convierte en lámpara, artefacto o escultura funcional. Todo es posible con un poco de ingeniería y mucha terquedad.

Pero no todo fue orden y eficiencia. También trajeron sus fiestas. ¡Ah, las fiestas alemanas! El Oktoberfest, que aquí se celebra con más entusiasmo que el cumpleaños de la tía favorita. Música, cerveza, bailes que parecen ejercicios aeróbicos y una alegría que se contagia como gripe en autobús.

Y la Navidad, con sus mercados, sus galletas de jengibre y sus árboles decorados con precisión milimétrica. Nada de luces que parpadean como si tuvieran nervios. Aquí, la Navidad alemana es sinónimo de orden, dulzura y aroma a canela que te abraza desde la puerta.

Y si hablamos de música, también nos trajeron partituras que se mezclaron con el alma criolla. En Maracaibo, los saraos alemanes se llenaban de valses interpretados por músicos como Pepe Villalobos y Julio Añez Puche. La danza expresionista también dejó huella: desde las visitas de Pina Bausch hasta las escuelas venezolanas inspiradas en el tanztheater. La música alemana no sólo se escuchó, se bailó, se vivió. Y aquí se quedó. Muchos profesores de música y músicos de nuestras orquestas tienen apellido alemán y corazón venezolano.

Y en medio de todo eso, trajeron historias. Historias de guerra, de migración, de esperanza. Historias que se mezclaron con las nuestras y que hoy forman parte del sancocho nacional. Porque en Venezuela, cada migrante es condimento, nota musical, estrofa nueva en el canto colectivo.

Y si hablamos de mezcla, hay un rincón que merece su propio brindis: la Colonia Tovar. Ese pedacito de Alemania sembrado en las montañas de Aragua, donde el aire huele a pino, a pan recién horneado y a nostalgia bien llevada. Fundada en 1843 por inmigrantes bávaros, la Colonia es testimonio vivo de cómo la memoria puede convertirse en ritual.

Allí, entre casas de madera con techos a dos aguas, jardines que parecen cuentos de Grimm y salchichas que rivalizan con cualquier parrilla criolla, se celebra la posibilidad de pertenecer a dos mundos a la vez. El chucrut convive con la arepa, el strudel con el papelón, y el joropo se cuela entre los valses como quien pide pista en una fiesta donde todos son bienvenidos.

Y si hablamos de raíces que se quedaron, basta con mirar los apellidos que llegaron con acento alemán y hoy suenan como ventolera. Apellidos como Schneider, Römer, Müller, Becker, Klein, Bauer, Braun, Busch, Baumann, Berger, Vollmer, Brandt, Zingg, Blohm. Fundaron panaderías, cervecerías, comercios, industrias.

Y muchos simplemente se quedaron a vivir, a amar, a criar hijos que hoy bailan joropo con apellido bávaro y alma venezolana. En la Colonia Tovar, en El Jarillo, en Puerto Cabello, en Maracaibo. en Caracas y más allá, esos nombres ya no se pronuncian con timidez, sino con orgullo y sabor a papelón.

Y si de memoria hablamos, no podemos olvidar a Alexander von Humboldt, el científico alemán que llegó a Venezuela en 1799 y vio más allá de los mapas. Observó cómo la tala de árboles afectaba el Lago de Valencia y fue el primero en advertir que el ser humano podía alterar el clima.

Su mirada era integral: ciencia, justicia y naturaleza como un solo cuerpo. Inspiró a Bolívar, a Darwin, y a generaciones que hoy siguen luchando por proteger lo que somos y lo que tenemos. Humboldt no sólo midió montañas, midió el alma de un continente.

Así que sí, los alemanes nos trajeron muchas cosas. Algunas prácticas, otras deliciosas y muchas profundamente humanas. Nos enseñaron que la disciplina no está peleada con la alegría, que el orden puede convivir con el sabor, y que la mezcla, cuando se hace con respeto y cariño, siempre da como resultado algo hermoso.

Y si no me creen, vayan a cualquier panadería alemana en Caracas, pidan un Strudel de manzana (con esa r que truena), y díganme si no es una forma de decir “te quiero” con masa, canela y memoria compartida.

Podría escribir páginas y páginas sobre los alemanes en Venezuela. Pero no es cuestión de jugar a la historiadora que no soy. Les sugiero referirse a trabajos maravillosos de Karl Krispin, y Kurt Nagel, por sólo mencionar a dos “alemanólogos”. Léanlos. Se van a dar un gustazo. Y si los leen saboreando un strudel de manzana, mejor.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes cubanos

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes cubanos

¡Ah, los cubanos que llegaron a Venezuela en los años 60! No vinieron con las manos vacías. Traían maletas cargadas de historias, acentos sabrosos, recetas que hacían bailar el paladar, una manera de vivir que convertía cualquier reunión en rumba y una cara de alivio porque habían llegado a un país donde existía la esperanza de libertad.

Se instalaron como quien pone una olla de arroz con pollo al fuego: con sazón, paciencia y alegría. Ante  la impronta de la crisis que se produjo en Cuba, Venezuela, que ya había recuperado la libertad, les abrió la puerta.

Trajeron el arte de hablar cantando. Un cubano no conversa: interpreta. Uno les preguntaba la hora y ellos responden con una crónica, una décima, y si te descuidas, hasta con un bolero. El “asere, ¿qué bolá?” se mezcló con nuestro “epa, chico”, y nació una jerga híbrida que sólo se entiende entre panas con café en mano.

Y hablando de café, trajeron el colado fuerte, oscuro, espeso como secreto de abuela. Ese que se sirve en tacitas diminutas pero despierta hasta al más dormido. Lo tomaban a cualquier hora, como si el reloj fuera adorno. Con el café venía la tertulia: política, pelota, música, amores perdidos y recetas milagrosas para curar el despecho con guarapo de caña y son de Benny Moré.

En la cocina dejaron huella como quien perfuma una habitación. El congrí se coló en nuestras mesas, el lechón asado empezó a competir con el pernil navideño, y el mojo de ajo se volvió el mejor amigo del pescado margariteño. ¿Y el arroz con leche? El nuestro era tímido; el cubano venía con canela, cáscara de limón y una historia detrás de cada cucharada.

También trajeron música, esa que no se escucha: se vive. El son, el guaguancó, la guaracha. Nuestros  oídos se llenaron de tumbadoras, maracas, timbales y pasos que no sabíamos que nuestros pies podían dar. Las fiestas se alargaban hasta el amanecer. Y no sólo bailaban: enseñaban a bailar. Con paciencia, con gracia, con ese “ven acá, mi amor, que tú tienes ritmo en la sangre”. Nos enseñaron que el cuerpo tiene memoria y que el alma se sacude con un buen danzón.

En las barberías eran poetas con tijeras. Cortaban el pelo mientras contaban historias de su barrio en La Habana, de la vez que vieron a Celia Cruz en vivo, o del primo que tocaba el tres como los dioses. De allí se salía con el pelo arreglado y el corazón contento.

En las esquinas, cafés y mercados trajeron el arte de la conversación. El cubano no habla por hablar: habla para conectar, provocar, reír. Nos enseñaron que el chisme bien contado es casi literatura, y que la exageración embellece la verdad con legítima picardía.

También trajeron refranes que se mezclaron con los nuestros y crearon híbridos gloriosos. “El que no tiene de Congo tiene de Carabalí” se encontró con “el que nació para martillo, del cielo le caen los clavos”, y nació una sabiduría popular que no se aprende en libros, sino en cocinas y patios.

Y ojo, no todo fue fiesta. Muchos llegaron con nostalgia, con heridas, con historias duras. Pero incluso eso lo transformaron en arte, en humor, en resistencia. Nos enseñaron que la tristeza se puede cantar, que el exilio se puede cocinar, que la memoria se puede bailar.

Los cubanos que llegaron en los 60 no sólo se quedaron: se mezclaron. Se volvieron parte del tejido venezolano, como el papelón con el jugo de limón. Y hoy, cuando escuchamos un “mi hermano, cómo tú estás” (con el “tú” antes del verbo), sabemos que no es sólo una frase de saludo: es un pedacito de Cuba bailando en nuestra tierra.

La radio, la televisión, el cine y la publicidad no habrían alcanzado su esplendor sin los cubanos que llegaron a Venezuela. Lo digo como brindis a la memoria compartida, porque trabajé muchos años en ese mundo.

No sólo trajeron talento técnico y artístico, sino una sensibilidad narrativa que convirtió los medios en rituales de pertenencia. En la radio, su influencia se sintió en la musicalización, el humor costumbrista y la creación de personajes entrañables que hablaban como el pueblo y para el pueblo.

En televisión, aportaron una escuela de actuación y producción que elevó el drama cotidiano a arte popular. Y en el cine, ¡ay el cine!—trajeron una mirada capaz de contar lo íntimo con grandeza.

La publicidad también se impregnó de ese sabor cubano: jingles con tumbao, locuciones con picardía, campañas que tocaban el corazón. No era sólo técnica: era alma. Como si cada cuña  fuera una guaracha, cada aviso una décima, cada programa una tertulia de esquina. Donde un cubano pone voz, el pueblo encuentra eco.

La música del exilio cubano no sólo cruzó fronteras: se sembró en el alma venezolana como semilla de pertenencia. Boleros como Dos gardenias, sones como El manisero, y guarachas que llegaron en maletas junto a fotos y recetas, se volvieron parte de nuestro repertorio emocional.

No eran sólo canciones: eran relatos cantados de nostalgia, resistencia y alegría. En radios, fiestas y patios con sillas de mimbre, esas melodías se mezclaron con el cuatro y el tambor, creando una fusión que ya no distingue origen.

Hoy, cuando suena un son cubano en una esquina de Porlamar o en un matrimonio en Barquisimeto, no se pregunta de dónde vino: se baila como propio, porque lo es.

Hay canciones que se volvieron himnos. Se sembraron en nuestra  memoria colectiva como cantos de ternura migrante.

“Guantanamera”, con su estribillo que todos pueden cantar, se volvió ritual en reuniones, peñas y actos escolares. No importaba si alguien era cubano, venezolano, colombiano o portugués: al decir “Guantanamera, guajira Guantanamera”, se invocaba algo más grande que una canción. Era puente entre la necesidad de compartir y el deseo de pertenecer.

“Cuando salí de Cuba” —esa sí que duele bonito—. En las voces de quienes llegaron con maletas llenas de recuerdos y esperanzas, se convirtió en lamento dulce, bolero que hablaba por todos los que dejaron atrás una tierra amada. En Venezuela, se cantaba como si fuera propia, como si el “cuando salí de Cuba” fuera también “cuando llegué a Venezuela”.

Cuando Celia Cruz pisó suelo venezolano, no llegó como visitante: llegó como reina. Su voz, que parecía tener azúcar y tambor, encontró eco inmediato en un país que también canta con el alma. En los años dorados de la televisión y la radio, Celia fue figura querida, invitada estelar en programas como Sábado Sensacional, donde su “¡Azúcar!” se volvió grito compartido.

En las fiestas, sus canciones eran garantía de pista llena, y en los barrios, su imagen adornaba paredes como si fuera parte de la familia. Venezuela no sólo la aplaudió: la adoptó. Porque cuando Celia cantaba, el Caribe entero se reconocía en su voz.

En el Caracas de los años ochenta, cuando la bohemia tenía acento caribeño y las noches olían a ron y tertulia, Concha Valdés Miranda encontró en Le Groupe un escenario íntimo donde su voz y sus letras se volvieron confidencias cantadas.

Allí, entre luces tenues y copas medio vacías, la autora de ‘El que más te ha querido’, ‘Orgasmo’ y ‘Házmelo otra vez’ no sólo interpretaba: confesaba. Su presencia era magnética, y su repertorio una mezcla de despecho y ternura que hablaba directo al corazón del público caraqueño. Le Groupe no era apenas un local más: era templo de la canción con alma, y Concha, allí, se volvió sacerdotisa.

Y sobre el humor cubano se puede escribir un libro gordo. Cuando Álvarez Guedes venía a Venezuela decía: “óyeme tú, que llegué a casa”.

Ese “óyeme tú, que llegué a casa” no era solo una frase: era declaración de afecto, manera de decir “aquí me siento en familia”. Porque Venezuela, con su alma de arepa y tambor, le abría los brazos como si fuera barrio propio. Y él, con voz de ron y picardía, nos regalaba carcajadas que sabían a malicia buena, a refrán improvisado, a cuento que aunque escuchado mil veces, te arrancaba lágrimas de risa.

Tengo muchos amigos cubanos que se volvieron también venezolanos. O que son descendientes de cubanos que vinieron a Venezuela. He trabajado con ellos y también tengo “comadres” cubanas, que hoy son tan venezolanas como yo.

Esos cubanos que vinieron nos trajeron su manera de decir “aquí estoy”, con café fuerte, guaracha encendida y manos que saben levantar lo caído. Nos trajeron la costumbre de no rendirse, de hacer familia donde antes sólo había vecinos.

Y en cada gesto, nos enseñaron que la alegría también migra, y que el alma cubana sabe hacer patria en cualquier esquina donde se escuche un tumbao.

[Col}> El sentido de la vida / Soledad Morillo Belloso

06-10-2025

Soledad Morillo Belloso

El sentido de la vida

Imagínate que esto no es un texto, sino una conversación sin hora de cierre. La noche se ha acomodado como quien se quita los zapatos. Y  tú te sientas en esa butaca inigualablemente cómoda junto a la ventana.

Afuera, el viento murmura con esa voz que sólo se deja oír cuando todo lo demás calla. Y tú, con taza tibia en mano —puede ser café, té o ese brebaje sin nombre que reconforta, o tal vez alguna copa— te preguntas, sin apuro, qué significa vivir con sentido.

No hay respuestas definitivas. Y menos a esta hora, cuando las certezas se aflojan y las preguntas saben mejor que cualquier conclusión. Pero hay pistas. Hay intuiciones que se cuelan entre los silencios, como el aroma de cebolla sofrita que aparece sin que nadie esté cocinando.

Vivir con sentido, quizás, es aceptar que no todo se explica, pero sí se siente. Que hay frases que no comprendemos del todo, pero nos hacen llorar con ternura o reír con sarcasmo. Que hay gestos sin lógica que nos rescatan del sinsentido.

A veces se disfraza de rutina: tender la cama, pelar una mandarina, corregir una coma. Otras, se revela como una epifanía absurda: descubrir que ese nombre que olvidaste era el que usaba para llamarte alguien que te quiere sin condiciones.

Y hay días en que simplemente no aparece. Se toma descanso. Y tú, en lugar de desesperarte, le pones música, te sirves otro café y te cuentas una historia sin final, pero con ritmo.

Cuando se deja ver, el sentido no llega como revelación divina. Se manifiesta como una carcajada que interrumpe el drama, como una pausa inesperada que todos agradecen, como esa frase que repites sin saber por qué, pero que te acompaña como un aplauso íntimo: “esto también es vivir”.

Y si no hay sentido, que al menos haya sazón. Que se sirva en plato hondo, que se entone en voz alta, que se comparta como pan recién horneado. Que se narre con ironía elegante, con humor que no hiere, con afecto que no exige. Que se viva como quien baila sin saber los pasos, pero con ganas de seguir el compás.

Recuerdas una frase sarcástica que escuchaste. Te sonríes. El sarcasmo, bien usado, es una forma de ternura. Es reconocer que la vida no tiene lógica cartesiana, pero sí algo que se parece al ritmo.

Que no todo se explica, pero casi todo se cuenta. Que hay expresiones sin sentido literal que resuenan como mantras: “esto también pasará”, “no era para tanto”, “pero qué sabroso estuvo”.

Vivir con sentido también es saber perder el tiempo con elegancia. Dejar que la lentitud enseñe lo que la prisa oculta. Permitir que una conversación se desvíe, que una receta se improvise, que una historia se repita con variaciones mínimas.

Porque en esas repeticiones hay algo parecido a la música. Y en la música, siempre hay sentido, aunque no sepamos explicarlo.

Es como aprender a escuchar el eco de una palabra que no entendemos del todo, pero que nos conmueve. No es meta ni revelación súbita. Es una coreografía torpe y hermosa entre lo que deseamos, lo que recordamos y lo que nos atrevemos a sentir. No se encuentra, se cultiva. Como el sabor de un caldo que mejora con el reposo, como el ritmo de una frase que se afina en boca ajena.

Algunos creen que vivir con sentido es tener un propósito claro, una agenda existencial, una brújula moral sin interferencias. Pobres criaturas. El sentido no se deja atrapar por PowerPoints ni por frases motivacionales en tipografía cursiva. Se escurre, se disfraza, se ríe de nosotros mientras intentamos definirlo. A veces se esconde en el gesto mínimo de servir café a quien no lo pidió, en la pausa antes de responder, en el silencio que no incomoda.

La vida con sentido es profundamente afectiva. No por emociones intensas, sino por estar tejida con hilos de ternura que no hacen ruido. Es encontrar belleza en la torpeza, dignidad en el error, profundidad en lo aparentemente banal.

Una sobremesa puede ser más reveladora que una epifanía, un pan mal horneado más simbólico que una tesis doctoral.

Y sí, también es jocosamente absurda. Hay días en que el universo parece tener un guionista con inclinaciones tragicómicas: se te cae el café, se borra el archivo, se te escapa el nombre justo cuando vas a presentarlo.

Y ahí, en medio del desatino, aparece el sentido. No como consuelo, sino como carcajada compartida. Como esa risa que nos salva del ridículo y nos recuerda que estamos vivos. Y que al menos para alguien no estamos de más.

El sentido de la vida no se define. Se escucha. Se saborea. Se celebra. Aunque llegue tarde, aunque se esconda, aunque se ría de nosotros. Pero llega. Hoy seguramente alguien te dijo “te quiero”.

Quédate con eso. Porque eso le da sentido a la vida.

[Col}> Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron

¡Ah, los italianos! Llegaron a Venezuela con una receta de salsa escondida en el bolsillo, una foto de la nona pegada con cinta en la maleta y una terquedad que ni el calor de La Guaira logró derretir. No vinieron a ver si les gustaba el clima. Vinieron a quedarse, como quien planta albahaca en maceta y dice: “Aquí me quedo, y que me sirvan café con acento”.

Trajeron la comida, pero no cualquier comida. Nada de pasta de sobre ni salsa aguada. Era espagueti con cuentos, con vino, con la nona gritando desde la cocina: “¡No le pongas ketchup, per Dio!”. Y la pizza… que ya se volvió platillo nacional. A la pasta le metimos carne molida y mayonesa. Un sacrilegio para Roma, una gloria para el paladar criollo.

También trajeron pan, y no cualquier pan. Pan sobado, pan con aceitunas, pan que huele a domingo. Y los quesos… ¡mamma mia! Provolone, parmesano, pecorino. Que aquí, como buenos tropicalizadores, los mezclamos con guayaba, con casabe, con lo que haya en la nevera. Porque en Venezuela todo se fusiona, todo se reinventa, todo se vuelve fiesta.

Pero no todo fue cocina. Trajeron oficio. Manos que sabían hacer zapatos, relojes, muebles, mosaicos. Fundaron negocios con nombres que parecen sacados de telenovela: “La Bella Napoli”, “Ferretería Roma”, “Pastelería Sicilia”. Y ahí siguen, atendidos por hijos y nietos que ya dicen “chévere” y “epa, chamo” con acento ítalo-criollo.

Trajeron sus dotes como albañiles, jardineros, carpinteros, plomeros, ebanistas y ese talento innato de tener siempre “un proyecto”. Laureano Márquez no se equivocó: el italiano sin proyecto no existe. Si no está construyendo algo, está planificando cómo construirlo.

Nos enseñaron a celebrar con máscaras, comparsas, vino en botellas metidas en cestas y canciones que todos cantamos con voz de drama. Nos regalaron cine, teatro, ópera. Y refranes que se mezclaron con los nuestros: “Chi madruga, Dio lo ayuda… pero el que no madruga también desayuna”, versión sabanera del refranero napolitano.

En las ciudades dejaron huella: fachadas con arcos, patios con mosaicos, fuentes que parecen sacadas de Roma pero con loros y matas de mango. Fundaron clubes donde se juega dominó con acento italiano y se baila merengue criollo con vino tinto. Porque aquí todo se mezcla, todo se vuelve ritual.

Y los apellidos… Di Stefano, Di Parsia, Di Giacomo, Boccanera, Bombaci, Stanzione, Simonato, Mancini, Rossi. Hoy se pronuncian con sabor a papelón y están en todas partes: en los restaurantes, en el banco, en la radio, en la política. No sólo se quedaron: se multiplicaron como panettone en diciembre. Y ahora somos una mezcla deliciosa de casabe con carpaccio, de joropo con tarantela.

Pero más allá de lo tangible, nos trajeron una manera de vivir: intensa, familiar, sabrosa. Nos enseñaron que la mesa es sagrada, que el domingo se come en grupo, que el trabajo se hace con las manos pero también con el corazón.

Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio, cariño y plátano frito.

Nos trajeron música, como quien trae semillas en los bolsillos: pequeñas, listas para florecer. Y florecieron. La radio se llenó de voces que pronto se volvieron nuestras.

La televisión se vistió de melodías nuevas, los teatros se encendieron con ritmos que no sabíamos que necesitábamos, y las salas de fiesta se convirtieron en altares donde el cuerpo celebraba lo que el alma reconocía.

Entre esas voces que cruzaron el mar llegaron artistas como Nino Moruzzi, figura de la ópera venezolana; Gino Renni, que trajo humor y música con acento italiano; y Carlos Scoffio, que tejió puentes líricos entre dos orillas. Cantaron a  Verdi, Puccini, Rossini, pero también canzones que se volvieron parte del repertorio del país.

Fue como si la radio se hubiera convertido en una puerta abierta al corazón de Italia. Adamo nos visitó con su melancolía elegante, esa voz que parecía susurrar desde un balcón veneciano en plena lluvia caraqueña. Cantaba “Cae la nieve”, “Mis manos en tu cintura” y “Es mi vida”, y cada canción era como un copo que se posaba en la nostalgia, una estampa sonora que nos envolvía con ternura.

Mina, con su potencia vocal y mirada de esfinge, nos enseñó que una mujer podía cantar como si estuviera tallando mármol con las cuerdas vocales. “Grande grande grande”, “Parole parole” y “Il cielo in una stanza” se volvieron himnos de lo que no se dice pero se siente, como secretos que flotan en el aire entre el café y la sobremesa.

Domenico Modugno apareció como un vendaval azul, volando alto con los brazos abiertos en “Volare (Nel blu dipinto di blu)”, y nos dejó “Meraviglioso” y “La lontananza” como postales de un amor que se canta desde lejos, con voz de viento y corazón de viajero. Gianni Morandi, con su voz de noches de sábado, nos abrazó con su “Non son degno di te”.. Bobby Solo hizo que muchos estrenaran besos con su “Se piangi, se ridi”.

Y apareció Gigliola Cinquetti, con su voz cristalina que parecía venir de una fuente escondida en Verona. “Non ho l’età”, “Dio, come ti amo”, “La pioggia” y “Alle porte del sole” eran canciones que se escuchaban como quien abre una carta escrita con pétalos. Ella cantaba como si el amor fuera una promesa hecha en domingo, con vestido blanco y zapatos nuevos.

Nicola Di Bari trajo consigo la ternura de los que cantan con los ojos cerrados. “El último romántico”, “Il cuore è uno zingaro” y “Los días del arcoíris” eran como cartas escritas con vino tinto y papel de arroz, mensajes que llegaban desde lejos pero sabían a casa. Riccardo Cocciante convirtió cada canción en una caricia que a veces se volvía grito, como si el alma se le escapara por la garganta.

“Bella senza anima” y “Sincerità” eran confesiones que se decían con la voz quebrada y el pecho abierto, como quien canta para no romperse. Umberto Tozzi nos puso a brincar como locos con su “Gloria”.

Eros Ramazzotti, con ese timbre  que mezcla pasión y nostalgia, se volvió banda sonora de amores que empezaban en la pastelería, entre vitrinas de merengue y suspiros robados. “Piú bella cosa”, “Otra como tú” y “Qué fantástico” se colaban en las radios como si fueran cartas sin sobre, confesiones que se escuchaban mientras se elegía un pastel.

Laura Pausini, fuerza dulce y voz de confesionario, se metió en nuestras historias de amor y desamor como quien entra en la cocina y se sienta a escuchar mientras se prepara café. “Se fue”, “La soledad”, y “En cambio no” nos enseñaron que llorar también puede ser un acto de belleza, una forma de recordar sin perder la alegría.

Y no olvidemos a nuestros ítalo-venezolanos de oro: Franco De Vita y Yordano. Hijos de la mezcla, poetas del asfalto, músicos del alma nacional. Sus letras son mapas de nuestras emociones, sus melodías retratos de nuestras calles. Son prueba viva de que cuando la raíz se mezcla, florece más fuerte.

Todos tenemos amigos italianos. Muchos se casaron con venezolanos. Nuestros ADN de sangre liviana, de risa fácil y enamorados del amor se juntaron Y así, entre criollos y tanos, entre refranes, recetas y abrazos, se tejió una historia compartida. Una historia que huele a salsa di pomodoro, suena a acordeón y sabe a hogar.

Los italianos no sólo llegaron a Venezuela. Se volvieron parte de ella. Y nosotros, encantados, les hicimos un huequito en el alma. ¿Es imaginable Venezuela sin los descendientes de italianos? No.

Perdón por lo largo. Pero tratándose de los italianos, ¿cómo se cuenta una historia corta si todo lo que traen viene con sobremesa? “Non è vero, amore?”

[Col}> Lo que nos trajeron los colombianos / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los colombianos

Pienso en los colombianos y de inmediato me encuentro en los brazos de mi tata. Se llamaba Constancia, pero yo, con mi lengua de trapo, le decía “Costa”, como quien le pone mar a la ternura.

Hasta que se fue, no hubo recuerdo mío sin ella. Y cuando evoco a los colombianos que llegaron a Venezuela, se me alborota todo lo bueno que tengo dentro. Se me despierta el alma como cuando suena un porro sabanero, una cumbia, un vallenato, y los hombros se mueven solos, como si la alegría viniera en oleadas.

Miles, decenas de miles cruzaron ríos, trochas, silencios y esperanzas. Vinieron buscando paz, trabajo, un pedacito de futuro. Y no llegaron con las manos vacías, ¡qué va! Trajeron arepas de maíz pelao, cumbias que hacen que hasta el abuelo se levante a bailar, recetas que mezclan cilantro con fe, cuentos que nacen en el Magdalena y terminan en los rincones de nuestras cocinas.

Nos regalaron su manera de decir “hermano”, como quien dice “no estás solo”. Nos enseñaron el arte del café fuerte, la conversación larga y el chiste breve. Nos mostraron que una buena empanada se mide por el crujido, y que la música no se escucha: se vive. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la nostalgia en parranda.

 

Y si me preguntan por qué se me alborota el alma cuando pienso en ellos, les cuento que mi hermana se casó con uno. Bumangués, con sonrisa de aguacero fresco y manos que saben sembrar futuro. Vino buscando trabajo, y encontró familia. Se quedó echando raíces, como quien planta guayaba en tierra fértil. Hoy, cuando lo escucho hablar con acento santandereano, pienso que el amor también migra, también se mezcla, también se vuelve costumbre.

En nuestras reuniones familiares, entre hallacas y carimañolas, entre gaitas y bambucos, se arma una fiesta donde nadie pregunta de dónde viene uno, sino con qué ritmo quiere brindar. Y en esa casa, nunca falta el aguardientico, listo para cualquier asunto que requiera conversa.

Pienso en los colombianos y me acuerdo de la señora Mariela, que decía que en Cúcuta las arepas se hacen más delgaditas, más tostadas, más cantarinas. Me acuerdo de don Efraín, que arreglaba zapatos y corazones con la misma ternura. De la señora Luz, que bordaba mientras cantaba “era la piragua” como si fuera un rezo. Y de los niños que aprendieron a decir “chévere” sin dejar de decir “bacano”.

Y entonces me acuerdo de mi Costa, que decía que la mezcla es bendición. Que cuando uno junta el ají colombiano con el papelón venezolano, lo que sale es puro sabor de pueblo. Ella decía que los colombianos no vinieron: se quedaron. Se quedaron en nuestras canciones, en nuestras cocinas, en nuestras maneras de querer.

Porque la mezcla no resta, multiplica. Porque cuando uno se junta con quien viene de lejos, se le ensancha el alma y se le afina el oído para escuchar otras memorias. Y entonces, como quien se sirve un café con panela y le pone un pedacito de queso adentro, me digo: bendita sea Costa, mi tata, que me enseñó que la ternura no tiene fronteras. Con ella fui a Cúcuta, a Pamplona, a Cartagena, a Bogotá. Y nos quedaron pendientes otros viajes por la linda Colombia.

Benditos sean los que cruzaron la frontera para traernos su alegría, su trabajo y su manera de decir “hermano” como si fuera un conjuro contra la soledad. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la tristeza en canción. Y si no me creen, escuchen a Juanes cantando que la vida es un ratico, a Santiago Cruz cuando le pone piano a la melancolía, a Aterciopelados cuando convierten Bogotá en ritual sonoro. Escuchen a Carlos Vives que nos enseñó que el vallenato también se baila con tenis, a Shakira que hizo del Caribe un idioma global, a Sebastián Yatra que canta como si el amor fuera arequipe, a Andrés Cepeda que le pone vino tinto a la nostalgia, a Fonseca que hace del pop y las baladas una fiesta de sonidos de ensueño, a Jorge Celedón que convierte cada verso de sus canciones en parranda y abrazo. Y se me quedan tantos en el tintero, como se quedan los nombres de los que uno ama, pero no ha escrito aún.

No hay cosa más absurda que el pleito inventado entre Colombia y Venezuela. Inventado, sí, achacándole a Bolívar y Santander una pelea que sólo vive en chismes de esquina. Ese supuesto desencuentro entre el Libertador y el Hombre de las Leyes se ha convertido en novela de pasillo, con más especulación que evidencia.

Que si Bolívar lo miró feo, que si Santander le negó un café, que si uno quería más centralismo y el otro más legalismo… ¡Bah! Lo que hubo fue diferencia de visión, no enemistad de pueblo. Y de ahí, algunos con vocación de telenovelistas se pusieron a inventar un drama que nunca tuvo libreto.

Ese pleito es como una pelea entre hermanos por una herencia que nunca existió. Y mientras algunos se empeñan en repetir el chisme, millones de colombianos y venezolanos se casan, se abrazan, se mezclan, se celebran. Como mi hermana, que se enamoró de un bumangués y con eso le dio un puntapié a la historia mal contada.

Así que propongo un brindis: por Bolívar y Santander, que seguramente estarían hartos de que los usen como excusa para peleas ajenas. Por los pueblos que se mezclan sin pedir permiso. Y por ti, colombo-venezolano, que conviertes la historia en fiesta y el chisme en refrán: “Pleito inventado no tiene raíz, y si la tiene, que la agarre el tambor y la vuelva canción”.