[Otros}– Las dos emigraciones / Antonio Pino Pérez

Cabaiguán (Cuba), Abril de 1930

Antonio Pino Pérez
(Artículo publicado en “Tierra canaria”, La Habana, Cuba).

Todos salen de la tierra por la puerta anchurosa de los puertos; todos se van. He asistido a la gran partida de los canarios, con el alma expectante y el corazón dolido, y sentí la tristeza esperanzada de las despedidas y el fervor confiado de los que se iban y la tortura angustiosa de los que se quedaban.

Estuve paseándome por los muelles abarrotados de mercancías que se iban también, y me atormentaban los lamentos de las sirenas, la gritería de los pitos, el ronco fragor de los mares y las estridencias de las grúas. Estuve paseándome por los muelles y los he visto marchar incesantemente. Aquel barco gigantesco, de estupendo avanzar, que hace viajes trasatlánticos, es el que servirá de casa ambulante a nuestros campesinos. Hacinados, maltrechos, mal vestidos y pobres, en la última clase de ese barco van a buscarse “el pan nuestro de cada día” hasta lejanas tierras.

En aquel otro barco que sirve de correo entre Canarias y España, se alejan temporalmente nuestras juventudes sedientas de saber. Los primeros van a metalizar sus esfuerzos, van a cambiar en billetes de barco lo mejor de sus vidas. Los segundos van a pagar su dinero —el dinero de sus padres que, de seguro, fueron o son emigrantes— por el lastre cerebral de una proporción de conocimientos científicos acreditados por un título universitario. Los unos se van campesinos, viven lejos como campesinos, y cuando regresan —¡si regresan!— siguen siendo campesinos, ¡campesinos siempre! Los otros se van optimistas y seguros, y retornan médicos, abogados, ingenieros, etc.

Cualquiera que haya estado en las Islas ha contemplado desde siempre esta doble partida, y ha podido distinguirlos cuando se van y reconocerlos aún cuando retornan. ¡Que no se confunden fácilmente los unos con los otros!

Se podría hablar mucho,… mucho acerca de los unos y, sobre todo, de los otros, pero aquí sólo habremos de referirnos a los sentimientos patrióticos de todos.

Los intelectuales canarios educados en la Península, queridos y respetados en España, aman a la Patria grande; se interesan por la política española, reciben sus grandes diarios, están al corriente de todos sus progresos,… Son españoles. Allí donde robustecieron sus ideales y aprendieron a pensar más hondo, donde hicieron sus carreras y vivieron los años más risueños de sus existencias, allí donde quedó sepultada su ignorancia y de donde guardan el recuerdo agradecido de lo que aprendieron, allí está su verdadera Patria. Ellos sienten así. Nosotros no podemos menos de reconocer estos hechos, que se nos antojan tristes. Y, a pesar de todo, nos llena de orgullo que haya en España un canario ministro, otro canario catedrático, o juez, alguno militar o maestro, etc. Esto demuestra que Canarias tiene intelectuales bastantes para competir en proporción con España; esto dice que ya España no invade intelectualmente a Canarias. Las Canarias son dos provincias españolas, y los canarios no sólo son queridos en España sino que también se les admira. De ello podemos estar seguros. Ésta es la primera de nuestras dos grandes emigraciones: emigración triunfal y promesa esplendorosa de la patria chica.

La otra emigración es la de los hombres oscuros y desconocidos. Es la emigración viril de nuestros honrados y sufridos campesinos que, arrostrando las dificultades crueles del anónimo, se han paseado riendo por el mundo. Sin dinero para gozar el privilegio de los turistas, y sin cultura para defenderse, se marchan con valor decidido hacia lo ignorado, y de esta turba desamparada que para vencer sólo ha contado con la confianza que tuvo en sus propias fuerzas, han salido no pocos intelectuales, y bastantes investigadores científicos, que se igualan a los que partieron hacia España, impelidos y dignificados por el dinero de sus progenitores.

Los pobres campesinos de Canarias no tuvieron dinero bastante para mandar a sus hijos a la Península, y cuando éstos se sintieron hombres y comprendieron que no tenían ni tierra en qué rendir su tributo al trabajo, avizoraron un más allá que el horizonte les cerraba, y se abalanzaron a él, contribuyendo con eficacia a terminar la obra de Colón, conquistando los campos vírgenes y bravíos del Nuevo Mundo, para su redención profunda por el trabajo.

La patria grande de estos hombres no puede ser España. Ellos no han asimilado la grandeza ideal de Don Quijote, ni se han identificado con Sancho Panza. Que no les hablen de caballeros andantes, ni de hidalguías, ni noblezas hereditarias, ni tradiciones. Habladles de la tierra enjuta y seria que fecundan con sus esfuerzos. Cantadles el poema rudo de sus sementeras, y enseñadles que, más allá de los surcos que ellos escriben con el arado sobre la faz inmutable de los campos, otros labradores más terribles abrirán surcos más profundos y más tristes todavía, para enterrarlos a ellos mismos como simiente.

Alentadlos para que persistan en la redención paciente de sus labores, pero no les habléis de Numancia y San Martín, ni de sus majestades Atila, Don Rodrigo, Felipe II, Fernando VI, ni de toros y gitanos, ni de cristianos y moros, porque perderíais el tiempo. España, para ellos, es como una ilusión que se desvanece, o como un sueño más o menos bello, que vivieron o vivirán un día. En cambio, para no pocos de nuestros intelectuales, España es una realidad más querida que aún por los mismos españoles. ¡Esta amarga verdad la llevamos clavada en el alma desde hace tiempo!

Los intelectuales canarios españolizados y amantes entusiastas de la cultura española, nos orientan hacia adelante en la ruta preclara del saber, pero, si por ellos fuera, perderíamos las valiosas virtudes que recibimos como herencia de nuestros antepasados, convirtiendo nuestro pueblo a un semi-españolismo detestable. Vendríamos a ser, después de adulterados, mitad indígenas y mitad postizos. Meditad si debemos permitirlo los que soñamos con el porvenir del Archipiélago.

Por el contrario, nuestros campesinos agrandan y abrillantan todo lo que típicamente es nuestro, y gracias a ellos seguimos siendo canarios. Se nos reconocerá en todas partes como tales, porque a ellos les debemos ser inconfundibles. Que los intelectuales canarios hayan olvidado el terruño, bien limitado por el mar, ¡es triste!. Que lo sigan olvidando, ¡es doloroso! Pero no perdamos las esperanzas. Estos hombre que se curvan, como interrogaciones mudas sobre la tierra, abrigan en lo más profundo de sus almas los designios secretos de nuestro pueblo. Es preciso conservar las características diferenciales de las Islas, y es necesario avanzar al Progreso por una senda nuestra, genuinamente nuestra, que ningún compatriota nos ha bosquejado. Nos hace falta quien nos oriente hacia el futuro, y existe un número de intelectuales y pseudointelectuales que actúan como detractores de esta obra nuestra, que debiera ser la suya. Nos quieren someter a una hegemonía cerebral que no podremos reconocer nunca, y someternos a una dependencia cultural que no queremos permitir.

Queremos, sobre todo, y ante todo, lo nuestro, y levantaremos, sobre los potentes sillares de lo propio, la individualidad exótica de nuestras actividades.

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NotaCMP.- Los resaltes en negrilla los puse yo como una forma de de expresar mi acuerdo con lo que dicen las frases así destacadas. Un acuerdo que, hasa donde sé, comparten todas las generaciones de canarios «de la otra emigración» desde 1492 hasta al menos la mía.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Gaspar Mateo de Acosta (1/4)

David W. Fernández

Gaspar Mateo de Acosta
(1645-1706)

Allá, al otro lado del Atlántico, en África, geográficamente hablando, está situado el archipiélago canario.

De las islas que lo conforman, la que está más al noroeste, con forma de corazón —como dicen los poetas, que casi nunca han visto un corazón humano—, o con forma de inmensa lengua —como alguien más bien pueda pensar— es la llamada La Palma. Esta isla lingüiforme tiene algunas singularidades: es la ínsula «afortunada» con menor porcentaje de analfabetos; y en ella está el cráter más grande y más hermoso del mundo, llamado Caldera de Taburiente.

La capital de la isla es Santa Cruz de La Palma, y en ella nació don Gaspar Mateo de Acosta el 22 de septiembre de 1645. Es el mismo año en que nació La Bruyere y murió Quevedo. En aquella época, la pequeña urbe palmense tenía ciento cincuenta y dos años de haber sido fundada, y noventa y seis de ostentar el titulo de Muy Noble y Leal Ciudad. Ya su riqueza había tentado la voracidad de los piratas y corsarios que infectaban sus aguas, y en sus costas habían sido derrotados Jambe de Bois, Drake y Van-der-Doez. También se había establecido ya en ella —hacía ochenta y siete años, y por ser la más comercial del archipiélago— el primer Juzgado de Indias que hubo en Canarias, para despachar el registro de los buques que de su puerto salían para las Indias, y yendo a despacharse a él los que de las demás islas salían. Pero todavía le faltaban ciento veintiséis años para que, derrocando el carcomido gobierno de los regidores perpetuos, fuera el primer municipio del Imperio Español que tuvo Ayuntamiento, o Cabildo, por elección popular.

Acosta nació en una casa de la calle principal de la Ciudad, la hoy número 26 de la calle Real. Es hijo de los artesanos de aquella localidad, Francisco de Acosta, y de su legítima esposa Melchora Van de Walle, la cual tampoco desdeña apellidarse de los Reyes, ya que es hija de padres ignotos.

Nuestro biografiado fue bautizado, a los ocho días de nacido, en la parroquia matriz de El Salvador por el licenciado don Gabriel de Palacios, Beneficiado de dicha Parroquia, y siendo su padrino el Capitán Monteverde, Regidor de la isla. El joven Gaspar Mateo tenía nueve años de edad cuando el Capitán General de Canarias, don Alonso Dávila y Guzmán, y el Maestre de Campo don Francisco de Castejón realizan con gran crueldad una leva forzosa de gente para destinar al ejército de Flandes, y en ella fue comprendido el padre de nuestro biografiado, pero no como soldado disponible u obligado al servicio militar, sino por sorpresa y a viva fuerza, porque el derecho de tropelía y arbitrariedad se había sobrepuesto a la Ley, a la razón y a la justicia.

Regresó a La Palma después de largos años de ausencia, pero mientras tanto tuvo el niño Gaspar Mateo la suerte de que, al serle arrebatado el cariño paterno, le quedara una madre que supo cuidar solícita de su educación e instrucción.

En estos años correteaba por las pintorescas calles de la quebrada y pequeña ciudad, y por los patios, empedrados con guijarros basálticos, de los conventos dominico y franciscano en cuyas aulas cursó sus primeros aprendizajes, y en las cuales, el poco tiempo que durara su paso por ellas, le bastó para dejar sentada fama de ser el amparo del débil, a quien tomaba bajo su protección, y de lograr inspirar respeto y consideración al fuerte, dando así desde niño grandes y repetidas pruebas de la nobleza y bondad que le distinguían,
y que tuvo ocasión de demostrar también en sus años de hombre.

Joven aún, Acosta, ambicionando procurarse un futuro que su país le negaba, o acaso pensando aquello de que nadie es profeta en su tierra, concibe la idea de emigrar a las Indias, idea, por otra parte, muy común en aquella epoca. Y la Historia se repite. América ha sido siempre el pañuelo en que las Canarias han enjugado sus penurias económicas. Y venciendo la natural oposición materna, que trataba de retenerlo a su lado, parte de la rada y puerto de Santa Cruz de La Palma, rumbo a Cuba, en calidad de pasajero a bordo del bergantín «Ratonero», de la propiedad y mando de don Manuel Fernández de Lima.

[*Otros}– Canarias, un caso de debilidad estratégica estructural / Julio Trujillo

01 de Junio de 2007

Cataluña y el País Vasco aparecen como los principales riesgos “territoriales” en España-

Y ciertamente lo son desde el punto de vista político, sociológico y de la estrategia de grupos secesionistas de larga historia, determinación clara y violencia terrorista sostenida, pero Canarias presenta un flanco débil desde el punto de vista estratégico sobre el que no se suele reflexionar abiertamente ni en las islas ni en el resto de España, donde, además, el desconocimiento de aquella realidad insular, adornado de tópicos y lugares comunes, funciona como un eficaz mecanismo de adormecimiento de la atención, y tal vez de la alarma, a que nos deberían llevar algunos datos o hechos que a veces pasan de puntillas.

El caso de Canarias no tiene nada que ver con los citados anteriormente, ni siquiera en algunos momentos en que algunos de los elementos de aquellas regiones parecen asomarse al escenario político insular.

Los elementos clave de la debilidad de Canarias han sido siempre exteriores. Aunque más o menos agravados por factores internos en cada momento de la historia.

El alejamiento de territorio geográficamente europeo, su situación en las rutas hacia América y hacia Asia, su mayor importancia estratégica en ausencia o bloqueo del Canal de Suez, su cercanía a la costa africana, su clima, sus bahías y su orografía hicieron siempre del archipiélago una plaza codiciada por quienes aspiraban a controlar esas rutas y comunicaciones marítimas así a como sostener una plataforma de retaguardia frente a los continentes africano y europeo.

Las islas sufrieron ataques constantes, desde el descubrimiento de América hasta el siglo XVIII, por parte de británicos, holandeses y franceses, además de otras expediciones piratas por encargo de unos o de otros; sintieron débiles estímulos independentistas desde el exterior tras el desastre de 1898 en que España perdió sus últimos territorios extra europeos; fueron miradas con lupa por las potencias combatientes en la I Guerra Mundial; utilizadas por los alemanes, y estudiada su ocupación por los británicos, durante la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial y, mas tarde, el escasamente renacido nacionalismo radical canario ha sido estimulado desde los años setenta por países del Magreb. Esta dependencia canaria de los factores exteriores es el principal elemento de su realidad existencial.

Pero en toda situación confluyen factores externos e internos, objetivos y subjetivos, y éstos se entrelazan para formar un escenario que, en el caso canario, no deja de ser preocupante en la escena internacional y nacional actual.

Lejanía geográfica, debilidad política

Entre los factores objetivos ya hemos señalado la lejanía del territorio peninsular como un factor de debilidad y preocupación. Este hecho exige, y ha exigido siempre, capacidad del Estado para vigilar y defender las rutas; una estrategia de alerta, disponibilidad y despliegue militar suficiente; una actividad exterior, diplomática y de inteligencia, para alertar de riesgos y prevenir agresiones, y una política socioeconómica que tenga en cuenta la dependencia de las islas respecto a los mercados exteriores y su, también, delicada y debilitada estructura económica exactamente por las mismas razones que lo demás: la dependencia de factores externos a las islas.

No hay que olvidar que actualmente la economía de las islas pivota sobre el turismo en un contexto de limitación de suelo, débiles equilibrios ecológicos, escasez de agua e infraestructuras deficientes. El impacto sobre este tejido de la creciente presencia en las islas de mafias diversas, básicamente —aunque no exclusivamente— del Este de Europa, está en los medios de comunicación.

Pero esta actividad estatal imprescindible ha sido desigual a lo largo de los años y más tendente a reaccionar compulsiva y atolondradamente en momentos de crisis aguda que a poner en marcha mecanismos de prevención y actuación sostenidos en el tiempo. Aunque en los sucesivos planes estratégicos de España figura la consideración como vital del Eje Baleares-Estrecho-Canarias y su vigilancia y su defensa como pilar básico, los recursos puestos a disposición de este eje estratégico no han dejado de disminuir o perder importancia, y la errática política exterior hacia el norte de África y sus potenciales focos de agresión a intereses españoles ha debilitado aquella estrategia de defensa nacional.

Pero hay más. La dispersión del territorio en islas, agrupadas éstas en dos provincias que siempre se han mirado de reojo, con rivalidad y recelo, añade elementos de debilidad. En Canarias, el elemento emocional de apego al territorio es fundamentalmente la isla, y más desde el siglo XIX en que se creó esa instancia administrativa, gobierno real de la Isla, el Cabildo, que gestiona, recauda, distribuye, alienta, protege, subvenciona y genera poder, clientela y, por todo ello, votos.

Aunque esto merezca un estudio detallado, valga decir que las estructuras de poder, los métodos personalistas y los mecanismos clientelares han variado poco desde el franquismo, aunque ahora el sistema de acceso al gobierno insular sea democrático. Y esto no depende en absoluto de opciones políticas sino de quién ostenta el poder.

Hay poca diferencia de métodos entre las islas gobernadas por autoproclamados nacionalistas y las que lo son por socialistas o populares, aunque el nivel de arbitrariedad es mayor cuanto mas pequeña es la isla. Esto conforma un tejido de poder a la venezolana, preñado de favores y contraprestaciones, ayudas o ausencia de ellas, que vacían la legitimidad democrática y crean un caldo de cultivo propenso a la corrupción y, con ella, al ninguneo del Estado y de la legalidad y protección de los ciudadanos.

Un entorno inestable

Y, finalmente, un factor objetivo que es en estos momentos especialmente importante: la inestabilidad geopolítica del entorno africano que ha empezado a influir de manera directa en las islas con la llegada masiva de inmigrantes con sus secuelas de preocupaciones demográficas, laborales y sanitarias, sin que las fuerzas políticas ni las autoridades hayan logrado trasmitir las dosis de seguridad exigidas por la población. Las playas de Senegal y las costas mauritanas se han convertido en plataformas de partida de miles de desesperados hacia Europa. Llegan empujados por la miseria, la intolerancia y la venta de paraísos imaginados para mejor negocio de las mafias. Pero también por el discurso blando, que hace más insistencia en un supuesto humanitarismo que en la defensa de la legalidad, y por unas decisiones administrativas que miran más a la opinión pública a corto plazo que a los problemas que puedan presentarse en el horizonte.

Las recurrentes imágenes de llegada de cayucos y pateras, a veces a playas repletas de turistas europeos con su despliegue de bienestar y alegre relax, son un escarnio permanente para los que llegan, y una señal de alarma y vergüenza para los que viven en las islas. Esto está incubando una lenta, pero perfectamente perceptible desconfianza hacia el otro, hacia el extraño, que a medio plazo puede cristalizar en actitudes políticas muy preocupantes. De hecho, sectores del nacionalismo canario han ido avanzando propuestas, cada vez menos tímidas, de leyes de residencia restrictivas no sólo a la inmigración ilegal sino incluso hacia europeos de la UE y hasta a españoles procedentes de la península. Por increíble que parezca, en la próxima legislatura autonómica vamos a asistir al debate de alguna de estas iniciativas.

Pero la llegada masiva de inmigrantes no es más que una de las expresiones de esa inestabilidad africana. El hecho de que los inmigrantes que ahora llegan masivamente provengan de culturas radicalmente distintas a la de la población insular, con el correspondiente choque de valores, no deja de añadir sensación de inseguridad. Ya en la guerra del Golfo, en los años 90 hubo una situación de amenaza bélica real sobre las islas cuando saltó la sospecha de que el gobierno de Mauritania, entonces aliado de Sadam Hussein, tuviera misiles Scud susceptibles de alcanzar objetivos insulares. Pero ni siquiera ésa es la amenaza principal sino una de sus consecuencias. Es más importante, fundamental de hecho, la creciente influencia del islamismo radical en la zona, en un contexto de conflicto sostenido entre marroquíes, argelinos y saharauis.

Este fenómeno creciente del islamismo va a originar escenarios cada vez mas complicados en el África occidental, con actividad terrorista y acciones internacionales de respuesta de las que España, con Canarias en el centro estratégico en este caso, no va a poder evadirse.

El islamismo radical no hace más que crecer en el África occidental musulmana en una progresión constante que se desplaza en el continente africano desde el Este al oeste y desde el norte hacia el sur. No es casual lo que el profesor Carlos Echeverría llama la creciente visualización militar de Estados Unidos en el Cuerno de África y en el Sahel, a lo que hay que añadir la constitución de un mando militar unificado para África y la elaboración de planes para África noroccidental en concreto. Como tampoco lo es la cada vez mayor implicación militar y política francesa, ya importante de hecho, en sus ex colonias del África Occidental, con una política escasamente eficiente, por otra parte, en Costa de Marfil.

El recientemente elegido Nicolás Sarkozy, en el discurso eufórico de celebración en la misma noche de su victoria en la plaza de la Concorde, ya anunció una ofensiva de política exterior hacia el Mediterráneo. Francia, a pesar de su enorme influencia en el norte de África, ha conocido retrocesos de la misma en Argelia y necesita un espacio propio de protagonismo indubitado en una zona que supone un flanco débil de la seguridad europea.

España, por el contrario, vive en medio de sus contradicciones. Se ha producido un acercamiento a Marruecos a costa de los saharauis, se ha desandado parte del camino recorrido junto a los argelinos en la legislatura anterior, y se ha olvidado prematuramente la deslealtad francesa durante la crisis de Perejil y sus intentos de echarnos fuera del terreno o, al menos, mantenernos fuera del área. Ciertamente, no han faltado, por parte del actual gobierno, los intentos de redefinir las relaciones con Francia respeto al norte de África.

Pero, por parte española, esos intentos no han constituido hasta ahora más que una serie de iniciativas de buenas intenciones que Francia, cuyos intereses nacionales no son nunca perdidos de vista y constituyen la esencia de su acción exterior, ha manejado en su casi exclusivo beneficio. Estas iniciativas, defendidas pomposamente en nombre de la voluntad de “acabar con la tradicional confrontación que franceses y españoles han mantenido durante buena parte del siglo XX en el norte de África, desde los tiempos de sus respectivas experiencias coloniales”, no han puesto en marcha ni un solo instrumento, ni una sola idea, ni un solo proyecto.

Y éste, el norte y el occidente de África, donde crece a ojos vistas el islamismo radical y las actividades terroristas asociadas al mismo es, posiblemente, el temido escenario de inestabilidad y terrorismo de las próximas décadas.

Discurso oportunista frente a discurso nacional

Junto a todo esto hay una serie de factores que podríamos llamar subjetivos, internos, algunos de los cuales han sido señalados de pasada.

En primer lugar, y como producto del debate nacional y la errática política del gobierno socialista respecto s los nacionalismos identitarios y la estructura misma del Estado, en Canarias se ha agudizado la debilitación de la visualización del Estado en las islas, apenas sustituido por una administración autonómica con un discurso victimista, oportunista y siempre orientado a conseguir de la debilidad central ventajas políticas y presupuestarias.

Esto trae, como consecuencia directa, un elemento emocional contradictorio: la percepción de una mayor inseguridad combinada con la sensación, alimentada por las fuerzas políticas, de que “en el fondo, no pasa nada grave”.

En segundo lugar, unas fuerzas políticas que no alertan sobre esa debilidad de la presencia estatal sino que, por el contrario, hacen de ella su palanca de poder. Contrariamente a lo que pasa en otros lugares de España, y de lo que proclama con más intensidad que rigor la propaganda gubernamental y de la izquierda en general, en Canarias se da una curiosa paradoja histórico-sociológica: los herederos familiares, sociológicos y administrativos del franquismo son los ahora llamados nacionalistas que, desde la UCD y a través de las agrupaciones insulares, han confluido con ex comunistas y otras tribus políticas en Coalición Canaria.

Y esta formación, que de una u otra forma está en todos los poderes del archipiélago desde su fundación, es el principal ejemplo de relativismo ideológico y de debilidad de ideas frente a los grandes problemas, aunque ciertamente ha desplegado gestiones municipales brillantes que son bien apreciadas por la población y consolidan su base electoral. Aún está en la memoria visual de los canarios la ridícula figura de un diputado nacionalista, Luis Mardones Sevilla, ex gobernador civil en Tenerife, asistente habitual a reuniones de la OTAN, y supuesto experto en Defensa, celebrando el voto negativo a la integración de España en la Alianza Atlántica, mayoritario en las islas, en el referéndum auspiciado por la irresponsabilidad política de Felipe González cuando intentaba enmendar con apoyo popular su demagógica campaña electoral anti-OTAN que le llevó al poder en 1982.

El Sáhara, y los recursos energéticos, al fondo

Unas líneas, necesarias, sobre el conflicto marroquí-saharaui que tanta importancia ha tenido en las islas y puede tener más aún, y el cambio de algunas posturas políticas tradicionales que pueden añadir elementos de confusión y alarma a la sociedad canaria.

Tras la retirada, vergonzante, precipitada, poco meditada y acobardada de España del territorio del Sáhara Occidental, la izquierda en Canarias convirtió la bandera saharaui y del Frente Polisario en bandera propia, con bastante éxito en la población canaria, donde los reflejos históricos anti marroquíes son perfectamente perceptibles. Y eso ocurrió a pesar de que, en el conflicto entre saharauis y marroquíes, los ataques sufridos por pesqueros canarios en su caladero tradicional fueron mas frecuentemente protagonizados por los independentistas saharauis.

Sólo algunas voces aisladas entre los socialistas —Jerónimo Saavedra, por ejemplo— se atrevieron a señalar entonces que quizá era más conveniente a los intereses españoles un acercamiento a Marruecos que a la mano argelina de los saharauis. Pero entonces Argelia era del bloque “socialista” aliado de la URSS y esa postura tenía poco porvenir en la izquierda y en un exótico y mas publicitado que real independentismo canario que llegó a postular la extraordinaria idea de una futura confederación canario-saharaui.

En esa misma idea de estrechar lazos con los saharauis, pero desde posiciones no ideológicas sino estratégicas y pragmáticas, estaban algunos políticos y especialistas en asuntos militares que estimaban que ante la persistente reclamación marroquí de Ceuta y Melilla y sus viejos diferendos con España, tener relaciones con el levantisco flanco sur marroquí no era una idea despreciable.

Décadas después, muchas cosas han cambiado. El PSOE parece haber sacrificado al Polisario a su alianza con Marruecos, y la URSS no existe; Argelia, sometida al acoso del terrorismo islamista, es socio comercial de España; y las relaciones con Marruecos, ahora bajo peligro islamista, han variado algo pero poco. Dicho de paso, cierto independentismo canario, siempre virtual y exótico aunque potencialmente agresivo, ha variado curiosamente de posición, y ahora es promarroquí; un dato inquietante si eso responde a apoyos de algún tipo del sombrío entramado de poder del reino marroquí.

A la luz de estos datos tal vez sea oportuno reconsiderar un acercamiento al movimiento saharaui, igualmente agitado entre una tendencia al compromiso con Marruecos, una cierta influencia islamista y el padrinazgo de un gobierno argelino en situación de debilidad. Y a eso hay que añadir la existencia de posibles recursos petrolíferos en el mar de Canarias, en la línea de demarcación de la soberanía entre España y Marruecos. No se conoce la importancia real de los mismos pero hay que sumar ese dato al dossier donde ya están el gas argelino y los recursos por explorar en el Sahara y en la misma Mauritania.

Una de las claves de la importancia del Sahara Occidental para el gobierno del rey Mohamed VI radica precisamente en el control de tales recursos naturales. Esto se vuelve aún mas importante para una economía frágil e incontrolable debido a la intensa migración hacia España, causada por la pobreza y la falta de empleo en el país, y al crecimiento de los movimientos que tienen el islamismo político como bandera y que se aprovechan de la falta de estabilidad política y la permanente distribución desigual de la riqueza económica.

Y en eso estamos. En este complicado escenario, mientras las potencias occidentales reflexionan, elaboran planes y adelantan peones —no siempre coordinadamente, y a veces en competencia entre Francia y Estados Unidos, para un escenario africano occidental que se adivina especialmente complicado en los próximos años—, España parece estar ausente de esa reflexión en la que, de una manera u otra, Canarias va a estar en el centro de gravedad.

GEES

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Jerónimo de Guisla Boot

David W. Fernández

Jerónimo de Guisla Boot
(1639-1695)

El capitán don Jerónimo de Guisia Boot es un personaje palmero del sigio XVII que tuvo actuación militar en las entonces llamadas Indias.

Nació en Santa Cruz de La Palma el 13 de enero de 1639, y fue bautizado, el 25 del mismo mes y año, en la parroquia matriz de El Salvador, de su ciudad natal.

Era hijo de don Juan de Guisla Van de Walle —capitán de Infantería española, regidor perpetuo del cabildo de La Palma y alcaide del castillo principal de Santa Catalina y castellano de todas las fortalezas de dicha isla—, y de doña Jerónima de Boot y Monteverde, señora de los feudos y estados de Wesembec y Ophen, en Flandes.

Nieto por línea paterna de don Diego de Guisia Van de Walle Ruiz de Torres y Grimón —maestro de campo de la Infantería española y gobernador de las armas de La Palma, regidor perpetuo y depositario de su Cabildo, y familiar del Santo Tribunal de la Inquisición—, y de su tercera esposa y prima, doña María Van de Walle de Cervellón y Fernández de Aguiar.

Y nieto por línea materna de don Jerónimo de Boot —regidor de Bruselas (Bélgica), señor de Wesembec y Ophen, y maestre de campo de la Infantería española—, y de su segunda esposa, doña Jacoma de Monteverde Roberto de Monserrat Benavente Cabeza de Vaca, de la Casa de Groenenberg, de Flandes, señores de Benecis-Quatemart.

Fue don Jerónimo cuarto señor de los estados de Wesembec y Ophen, incorporados a la Casa de Guisla por el matrimonio de sus nombrados padres, de los cuales habían hecho Mayorazgo mediante escritura del 15 de abril de 1600, Jerónimo Boot, secretario del Consejo de Brabante (Bélgica), y su mujer Isabel Cochaerts Van Paris, abuelos de la ya mencionada doña Jerónima de Boot y Monteverde.

Don Jerónimo fue, además, regidor perpetuo y hereditario del Cabildo de La Palma, capitán de Infantería española, alcaide del castillo principal de Santa Catalina, y castellano de todas las fortalezas de dicha isla.

Se casó el 23 de julio de 1656, cuando apenas había cumplido los 16 años de edad, con doña Antonia de Campos y Castilla, nacida el 19 de mayo de 1636, e hija de don Bartolomé de Campos y Fonseca —natural de Cádiz (Andalucía), maestre de campo de la Infantería española y del Tercio de Milicias de La Palma, alcaide de todas las fortalezas de la referida isla, por el Rey, y regidor prominente de su Cabildo—, y de doña María de Castilla Valdés, nieta por línea materna de don Simón García de Castilla, séptimo nieto del rey de Castilla don Pedro I, el Justiciero o el Cruel, regidor perpetuo del Cabildo de La Palma, y maestre de campo de Milicias de la misma isla, y de doña Clara de Valdés y Miranda.

Pasó a América y fue gobernador y capitán general de Popayán (Colombia), donde tuvo meritoria actuación.

Hallándose en la actual Venezuela, lo sorprendió la muerte en Maracaibo (Estado Zulia), el 28 de marzo de 1695, después de haber testado, dicho día, ante el escribano de gobernación, Lucas Moreno de Santisteban. Antes había otorgado otra escritura, el 23 de noviembre de 1691, también en Maracaibo, ante el escribano Pedro de Bustos. En aquellos tiempos era gobernador y capitán general de esta provincia, de Mérida y La Grita y ciudad de Maracaibo (1694-1701), don Gaspar Mateo de Acosta (1645-1705), ambos nacidos en Santa Cruz de La Palma.

Su esposa había fallecido en Santa Cruz de La Palma el 10 de mayo de 1682, y fue sepultada en la capilla de San José, en el convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, de la orden franciscana, en dicha ciudad.

Fueron los padres de,

A. Don Juan de Guisia Boot y Campos Castilla —quinto señor de Wesembec y Ophen, maestre de campo de la Infantería española, coronel de los Reales Ejércitos, gobernador de las armas de La Palma—, nacido en Santa Cruz de La Palma el 16 de diciembre de 1657. Sirvió en Flandes (1668-1682), y en las guerras contra Francia, actuando con heroísmo en la defensa de Cambray. Luego pasó a la actual Colombia y fue jefe de las fuerzas de Bogotá.

Se casó, el 21 de febrero de 1694, con su sobrina doña Beatriz Hermenegilda Lorenzo de Monteverde y Salazar de Frías, nacida el 13 de abril de 1673, e hija única del capitán don Domingo Lorenzo de Monteverde Salgado y Guisia —descendiente de nobles portugueses, conquistadores y pobladores de La Palma—, y de doña Leonor Salazar de Frías y Sotomayor Topete, su mujer, de la Casa de los Condes del Valle de Salazar, señores de Nogales y de Valmayor.

Falleció el 30 de junio de 1713, después de haber testado ante Antonio de Acosta, el 28 de marzo de 1707, y de fundar Mayorazgo de la Casa de Guisla en La Palma. Sus restos yacen —junto a los de su esposa, que falleció el 14 de julio de 1703— en la capilla de San José, del referido convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción.

Los títulos, feudos, estados y mayorazgos, así como la honrosísima representación de la Casa de Guisla, pasaron, a la muerte del tercer Marqués de Guisia Ohiselin, a la Casa de Van de Walle, que los ostenta hasta el presente.

B. Don Bartolomé de Guisia Boot y Campos Castilla, amparado en su nobleza, falleció célibe el 15 de julio de 1681.

C. Don Antonio de Guisia Boot y Campos Castilla, también murió soltero.

D. Doña María de San Antonio Guisia Boot y Campos Castilla, monja clarisa; y,

E. Doña Jerónima de Santa Inés Guisia Boot y Campos Castilla, también monja clarisa.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito

David W. Fernández

Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito
(1624-16¿?)

Uno de los personajes de alta significación política en lo que es actualmente el territorio nacional de Venezuela, lo fue en el siglo XVII el canario don Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito, Gobernador y Capitán General de Cumaná y Nueva Barcelona, de 1653 a 1654, pero cuyo nombre aparece omitido generalmente en las nóminas que de dichos gobernadores elaboran los historiadores, por lo que creemos útil consignar algunos apuntes acerca del mismo.

Don Francisco nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), en cuya parroquia matriz de El Salvador fue bautizado el 10 de noviembre de 1624. Era hijo de don Francisco de Castilla Corbalán, Sargento Mayor por el Rey y Regidor Perpetuo de la isla de La Palma, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición y Alcaide de las fortalezas de dicha isla; y de doña Juana Espino de Brito y Herrera, su legitima esposa; nieto por línea paterna del Maestre de Campo Don Domingo Corbalán y Cervellón, Regidor Perpetuo de la isla de La Palma, y de doña Inés de Castilla Riverol, su legítima mujer; y nieto por línea materna de don Baltasar Espino Moreno y Brito Herrera, y de su señora esposa, doña Juana de Herrera Encinoso, descendientes éstos de conquistadores de la isla de La Palma por los Reyes Católicos, y de hijodalgos y nobles caballeros, de distinguida calidad y solar notorio, de España y Portugal.

Doña Inés de Castilla y Riverol, la abuela paterna de don Francisco, era hija del licenciado don Bernardino de Riverol y Lugo, Alférez Mayor de la isla de La Palma por el Rey, y de doña María de Castilla, quien, a su vez, lo era de don Femando de Castilla y Mendoza, natural de Alcalá de Henares, primero de la egregia familia de Castilla establecido en Canarias, Regidor Perpetuo y Alférez Mayor de la isla de La Palma, el cual, en 1514, en Alcalá de Henares y ante Luis Suárez, escribano del Rey, probó ser nieto tercero legítimo, y directo de varón en varón, de don Diego de Castilla (hijo del Rey de Castilla y de León, don Pedro I el Justiciero), que por disposición de su tío, el Rey don Enrique II, estuvo prisionero cincuenta y cinco años en la fortaleza de Curiel, y obtuvo Real Carta Ejecutoria de su regia calidad, mandándose, tanto en Alcalá de Henares como en Santa Cruz de La Palma, que se le guardasen las exenciones y privilegios que a tan alto origen correspondían y eran de guardar.

Don Francisco, personaje de sangre real perteneciente a la familia regia de Castilla, era hermano entero de don Pedro de Castilla Corbalán y Espino de Brito, Tesorero General y Juez Real de la isla de Margarita, en el actual Estado Nueva Esparta (Venezuela).

En su juventud debió pasar nuestro don Francisco a la isla de Santo Domingo, en la hoy Republica Dominicana, ya que en el Sagrario de la Catedral, en la capital de dicha isla, se casó, en 1647, con doña Ana Coelho Jardim, y fueron padres de don Francisco de Castilla Coelho, nacido en dicha capital y bautizado, en 1649, en el mismo Sagrario en que se casaron sus progenitores.

Fue Capitán de los Reales Ejércitos, y nombrado interinamente, en 1653 y por la Real Audiencia de Santo Domingo, Gobernador y Capitán General de Cumaná y Nueva Barcelona, desempeño dicho cargo hasta el 24 de septiembre de 1654, cuando tomo posesión del mismo don Pedro de Brizuela, Caballero de la Orden de Santiago.

De su gobierno tenemos pocas noticias, pero dejó constancia epistolar de su opinión favorable a la actuación de los capuchinos que habían estado establecidos en Barcelona, actual capital del Estado Anzoátegui, así como de su deseo de que éstos volvieran a instalarse en la misma ciudad, de lo cual nos da conocimiento el Padre Francisco de Tauste (1626-1685) en su obra “Misión de los Religiosos Capuchinos de la Provincia de Aragón en la Provincia de Cumaná”.

En resumen, don Francisco de Castilla Corbalán y Espino de Brito fue un palmero, emparentado con la familia real de Castilla, que ocupó el cargo de Gobenador y Capitán General de Cumaná y Nueva Barcelona de 1653 a 1654, pero de cuya actuación poseemos muy poca información.

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NotaCMP.- Don Guillermo Lira R. ha tenido la cortesía de darme el acceso a información sobre un descendiente chileno de Domingo Corbalán Castilla, de nombre Manuel de Salas y Corbalán.

A parte de esta información se accede al clicar en el nombre de Salas Corbalán, resaltado en el párrafo precedente, y otra parte la copio a continuación por cuanto el correspondiente link/enlace no funciona en automático

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Manuel de Salas Corbalán (1754-1841)

Patriota, ilustrado y progresista.

Durante toda su vida, Manuel de Salas Corbalán se destacó por su constante trabajo en favor del bien público. Esta vocación la volcó en su permanente preocupación por los más necesitados y en su activa participación en el proceso de independencia de Chile.

Nació en Santiago en 1754, al interior de una acomodada familia chilena. En 1759, su padre, don José Perfecto de Salas, fue nombrado asesor del Virrey del Perú, y la familia debió trasladarse a Lima. Allí, Manuel de Salas ingresó a la Real Universidad de San Marcos, donde obtuvo el grado de Bachiller en Cánones Sagrados, en 1773. Al año siguiente, la real Audiencia de Lima le otorgó el título de abogado.

De regreso en Chile, su vocación y su preparación lo llevaron a ocupar diferentes cargos públicos, como alcalde del Cabildo de Santiago (1775); superintendente de la población indígena de La Calera (1775); regidor del Cabildo de Santiago (1782); superintendente de obras públicas y Director General de Minería. Su aporte fue fundamental en el progreso del comercio, la industria de la época y en el desarrollo de las obras públicas, como fueron la reconstrucción del tajamar del río Mapocho, en 1783, y la creación de un paseo público llamado la Alameda Vieja.

Manuel de Salas consideró la educación como el único camino que llevaba al desarrollo del individuo y al progreso de la sociedad, que y debía orientarse hacia la formación de ciudadanos con profundos valores nacionales, y responder a las necesidades propias de cada país. Sus objetivos fundamentales eran el fomento del progreso, la prosperidad económica y el desarrollo de la industria. Este convencimiento lo llevó a fundar, en 1797, la Real Academia de San Luis.

Sus ideas ilustradas y progresistas no siempre fueron bien recibidas por las autoridades coloniales, lo cual lo llevó a sumarse, con la convicción de sus escritos, a la lucha por la independencia. Cuando el ejército realista recuperó el poder, Manuel de Salas fue deportado a la Isla Juan Fernández, junto a otros patriotas. En 1818, durante la Patria Nueva, Salas desempeñó diversos cargos públicos y, como congresista, impulsó la simbólica ley sobre la libertad de vientres, que terminó con la esclavitud en Chile.

Manuel de Salas fue uno de los precursores del debate nacional en torno a la cuestión social, que se manifestaría con fuerza hacia fines del siglo XIX. Su espíritu filantrópico y su visión de futuro le permitieron tener una clara conciencia de los problemas sociales de un país que iniciaba su vida independiente.

Su obra y pensamiento, que tuvo entusiastas seguidores en hombres como Juan Egaña y Andrés Bello, contribuyeron a sentar las bases culturales de la sociedad chilena de los siglos XIX y XX.

Fuente: Memoria Chilena.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal (4/4)

David W. Fernández

Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal
(1594-1652)

En la sublevación de Cataluña, durante el asedio de catorce meses que sufrió Barcelona, fue Díaz-Pimienta el jefe de la escuadra que por mar estrechaba el bloqueo de Ia plaza, y en aquel sangriento sitio una bala de arcabuz le hirió en el pecho y le quitó la vida a bordo de la nave capitana, el 1° de septiembre de 1652. Hacia poco que había cumplido los 58 anos de edad. Había testado el 26 de mayo de 1652, a bordo de la Capitana de Nápoles, que servía de Capitana del Mar Océano, surta en Barcelona. Sus restos fueron sepultados en la ermita de San Andrés, de Barcelona, propiedad y patronato de la casa de los Marqueses de Villarreal de Burriel.

File autor de importantes dictámenes acerca de construcción naval, así:

• En 1645, sobre consulta que se le hacía por la superioridad, lo hizo acerca de las “Medidas y fortificaciones que al General Francisco Díaz-Pimienta le parecen deben fener los galeones que el capitán Agustín de Barahona se obliga a fabricar y entregar en el puerto de Cartagena a quien Su Magestad mandase”, y aquí, con toda minuciosidad y detalle, expone las medidas que deben tener los galeones y las dimensiones y clases de maderas que debieran emplear en las fortificaciones de los galeones y navíos para Cartagena de Indias.

• En 1650 también dictamina sobre la “lnstrucción reglamentada para los navíos que haíian de hacerse en el Astillero de Guarnizo (Santander)”.

Aunque era de carácter enérgico y poco acomodadizo, nadie le negaba sus relevantes dotes de marino, por lo que su muerte causó general aflicción entre los suyos, y el generalísimo don Juan José de Austria, en carta al Rey, su padre, manifestó el sentimiento de esta muerte, la que juzgaba una gran pérdida para la Corona por la extraordinaria experiencia y capacidad de que era poseedor Díaz-Pimienta.

Como ya vimos, después de su muerte, su esposa se vio honrada con el título de Castilla de primera marquesa de Villarreal de Burriel. De su matrimonio dejó cuatro hijos que fueron:

A. Don Martín Díaz-Pimienta y Vallecillo. Caballero de la Orden de Calatrava y Colegial Mayor de Cuencía, en Salamanca, que se casó en Nápoles.

B. Reverendo Padre Fray Nicolás, Religioso de la Orden de la Merced.

C. Sor Teresa, Monja profesa de uno de los monasterios de Sevilla, y,

D. Don Francisco Díaz-Pimienta y Vallecillo, natural de Portugalete, Caballero de la Orden de Santiago y segundo Marqués de Villarreal de Burriel, que se estableció en Bilbao (Provincia de Vizcaya), donde contrajo matrimonio.

En memoria suya y de la de su padre, ambos ilustres marinos de igual nombre, que dieron gloria a su isla natal de La Palma (Canarias), el Excelentísimo Ayuntamiento de la Muy Noble y Leal Ciudad de Santa Cruz de La Palma, capital de dicha isla, tomó el acuerdo, en sesión del 3 de marzo de 1894, de rotular con el nombre de «Díaz-Pimienta» la antigua calle de la Cuna, de dicha ciudad, por ser tradición que en la casa marcada con el número 14, de dicha calle, vivió el soldado de Lepanto, aunque en documento del siglo XVI consta que tenía su domicilio en la calle Real del Puerto, número 20, de la misma ciudad.

Para Canarias es timbre de gloria ser cuna de quien ha sido llamado «el oficial más sobresaliente de la Armada de Felipe IV», y «verdadera gloria nacional» por haber sido el mejor marino de su tiempo, por su conducta, experiencia, valor y arrojo, además de competente constructor naval, llegando a sobresalir por sus revolucionarias ideas en esta clase de construcciones, las cuales hicieron variar las dimensiones y tipos de barcos que se venían fabricando, y, muchos años después de su muerte, todavía se tenian en cuenta las reformas que propuso. También para los pueblos bañados por las aguas del mar Caribe, es digno del recuerdo y de la difusión de su vida y de su obra, la del glorioso marino Díaz-Pimienta, que supo limpiar sus costas de los ataques filibusteros en la primera mitad del siglo XVI].

De Díaz-Pimienta se ha dicho «… Su nombre, querido y respetado de los suyos, fue temido de las demás naciones de Europa, porque el pabellón de Castilla ondeó siempre con gloria en el mástil de su buque. No hubo combate naval ni hecho alguno de Armas en su tiempo, en los que nuestro general-almirante no tuviera parte activa y saliera vencedor…”.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal (3/4)

David W. Fernández

Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal
(1594-1652)

El 17 de mayo divisaron el archipiélago, pero hasta el día 19 no penetraron los arrecifes, que eran su principal defensa, quedando mal parada la urca «San Marcos», que tuvo que volver a Cartagena con 270 hombres de tropa, bastimentos y municiones, El día 20, el almirante propuso a los jefes de la escuadra el plan que, a su juicio, mejor convenía, consistente en el desembarco de 1.200 hombres en dos tandas cerca del Castillo. El plan fue aprobado, pero el estado del mar impidió su ejecución, tanto aquel día como el siguiente.

Al amanecer el día 24 comenzó el asalto a las trincheras enemigas que cedieron ante el impulso de la infantería, replegándose hacia nuevas posiciones, de las que fueron también desalojados, siendo ocupadas las alturas y estrechado el Castillo, cuando sus ocupantes, ante tal situación, despacharon dos parlamentarios para ofrecer la capitulación, que les fue aceptada, tomando posesión del Castillo el día 25, y así, con pocas pérdidas, se logró un completo triunfo.

Es tradición, no confirmada documentalmente, que predominando la idea de que el ataque debía realizarse de frente a la pequeña ensenada próxima al Castillo, mientras otros jefes eran partidarios de hacerlo por otra parte, para esquivar los disparos del Fuerte, Díaz-Pimienta se lanzó personalmente al mar, en un bote, con muy pocos tripulantes, en direccion a aquella playa para ir, sondalla en mano, marcando la ruta sin escollos por donde debían ir avanzando, sin peligro, los navíos, y así iba adelantándose bajo el intenso fuego de las baterías de tierra que cruzaban sobre su cabeza con los disparos que detrás de sí hacían desde su propia escuadra, hasta acercarse lo necesario para poder facilitar el desembarco de sus hombres.

En 1642 regresó a Cádiz con sus galeones cargados de dinero, y el Rey, para premiar sus hazañas, lo hizo Caballero de la Orden de Santiago, a la que ingresó el 28 de julio de 1642, y en cuyo expediente de ingreso hay algunas inexactitudes respecto a su genealogía. Publicó la “Relación del svcesso qve tuvo Francisco Díaz-Pimienta. General de la Real Armada de las Indias, en la lfla de S. Catalina. Dafe cuenfa de como la fomó a los enemigos que la poffeian, echándolos della. y la eftimación de los despojos, u número de prifioneros”.

Con licencia del feñor don Miguel de Luna y Arellano, Cavallero del Abito de Santiago, del Consejo de fu Magestad, y fu Oidor en la Real Audiencia de Sevilla lo imprimió Francisco de Lyra. Año 1642. 4°, 12 pp., s.f. Parece que hay otra edición del mismo año pero de distinto editor; En Madrid. Por Juan Sánchez. Año 1642. Fol., 6 pp.

Entre los despojos que tomó en aquella memorable gesta, se hallan algunas banderas inglesas, dos de las cuales envió, junto con un cuadro representativo de las islas tomadas, para que todo ello fuera colocado en la capilla de Santa Ana, de la parroquia matriz de El Salvador, de Santa Cruz de La Palma. Dicha capilla había sido comprada por su padre a Andrés de Armas, Procurador de causas, y a Inés de Llanes, su mujer, mediante escritura del 8 de enero de 1601, ante el escribano Bartolomé Morel, y su dicho padre la reedificó y fue sepultado en ella, pero al ser colocada en la misma, en 1818, el Paso de la Negación de San Pedro, comenzó a dársele el nombre de dicho Apóstol. En efecto, el 25 de enero de 1644, después de una solemne función religiosa con asistencia de numeroso público, fueron colocadas, con pomposa ceremonia, las dos banderas y el cuadro, pero en 1850, cuando el gobierno de la Nación reclamó dichas banderas y cuadro para su colocación en el Museo Naval, de Madrid, ya no existían ni el uno ni las otras,

Por sus grandes servicios a su patria Díaz-Pimienta fue también nombrado Maestre del Consejo de Guerra y AImirante Genera] de la Real Armada del Mar Océano, Gobernador General de elIa, en propiedad, con honores de Capitán General. Por ello, habiendo dado Felipe IV orden para que en Granada se hiciera leva de gente con destino a su servicio naval, la ciudad nombró por capitán de la compañía de cien hombres que había puesto en pie de guerra, a don Andrés Perez, la cual fue incorporada por orden de Díaz-Pimienta al tercio del marqués de Falses, destinado a su armada, y el 22 de julio de 1645, hallándose en Cartagena Díaz-Pimienta con la escuadra de su mando, concedió licencia al mismo don Andrés Pérez para volver a Granada por falta de salud.

En 1648 visitó Nápoles, y en 1650 tomo parte activa y se distinguió en la expedición que, capitaneada por don Juan de Austria, recuperó brillantemente las plazas de Plombino y Puerto Logón.

A sus expresados títulos agregó el de Señor de la Villa de Puerto Real, fundada por los Reyes Católicos en 1484, y la cual compró a la Corona, aprobado por Real Cédula del 20 de mayo de 1646, pero luego fue reincorporada, y dado en compensación a sus sucesores el Señorío de Vicálvaro, aprobado por Real Cédula del 2 de mayo de 1664, y posteriormente quedo sin efecto, por lo que recompensaron a su viuda con la merced del título de Castilla con la denominación de Marquesado de Villarreal de Burriel, por decreto del 14 de diciembre de 1671, el cual unió al condado de Hervias, que ya poseía, y a su primogénito, don Francisco Díaz-Pimienta y Vallecillos, lugares de Burriel, Albilla y Renuncio, de la jurisdicción de la ciudad de Burgos, además de poseer ya el mayorazgo fundado por su padre y de ser el sucesor de su madre en el marquesado que, por Real Provisión del 12 de abril de 1672 se determinó habíia de ser Vizcondesa de Villarreal y, por otra del 10 de mayo del mismo año, por el de Marquesa de la misma denominación, Interrumpido este título en 1886, por morir sin sucesión don Luis Díaz-Pimienta y Ramírez de Arellano, lo solicitó, en 1915, don Felipe Morentes y García-Alesson, descendiente, por linea femenina, del fundador del título, y le fue concedido. Desde 1957 lo posee don Antonio de Morenes y Medina.

Fue asimismo Díaz-Pimienta gobernador y capitán general de la isla de Menorca (Baleares), y Virrey de Sicilia.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal (2/4)

David W. Fernández

Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal
(1594-1652)

En el puerto de La Habana (Cuba), ya había construido, en 1622 —o tal vez antes— un navío de 200 toneladas, al que puso por nombre «Nuestra Señora de las Aguas Santas», cuando el 12 de febrero de 1625 celebró contrato en Madrid para construir y equipar dos galeones en el mismo puerto. Con este fin se traslado al año siguiente a La Habana y, en 1627, ya había concluido los dos galeones cuya construcción le había sido ordenada por el Rey.

Siendo ya un consumado constructor de galeones, y con el fin de que los buques construidos en La Habana se ajustasen a las ordenanzas vigentes y fueran fabricados con la perfección y con la calidad que se requería, el 18 de diciembre de 1629 fue nombrado superintendente de las fábricas de navíos del referido puerto y de los demás de Barlovento.

Sus méritos hicieron que el gobierno le confiara el encargo de perseguir a los filibusteros que asolaban las costas de América, cuya orden recibió hallándose en La Habana, donde aprestó tres naves y zarpó hacia la isla de Santo Domingo con la intención de destruir el establecimiento de los bucaneros o filibusteros en la isla de la Tortuga, como lo comunicó al gobernador de Santo Domingo. Ppero la debilidad de dicho funcionario dificultó el proyecto y permitió a los piratas ponerse sobre aviso y colocar a buen recaudo su botín.

Hallándose invadida la población de Maracaibo por un gran número de filibusteros, y habiendo abandonado el reducto la escasa guarnición que formaba la avanzada de la rada, prestó muy valioso auxilio al gobernador de la Provincia de Maracaibo, pues al llegar con su buque embarcó parte de su tripulación en los botes y se apoderó del fortín que las tropas españolas habían abandonado. y con cuatro piezas de artillería que la guarnecían abrió fuego contra el poderoso enemigo que, creyéndose atacado por la retaguardia, huyó precipitadamente, dejando abandonado parte del botín.

En 1633 fue nombrado Almirante de la Flota de Nueva España, la cual se hallaba entonces a cargo del general don Lope de Hoces y Córdoba.

En 1634 regresó a la España peninsular, donde una enfermedad del pecho lo obligó a permanecer en tierra durante algunos años, en los cuales contrajo matrimonio con doña Alfonsa Jacinta de Vallecillo Ojeda y Velazco, natural de Portugalete (Provincia de Vizcaya).

Durante este tiempo sabemos que, en 1639, se le concedió licencia para fabricar navíos de quinientas a setecientas toneladas.

En 1640, hallándose en Sevilla, recibió el despacho de “General y Almirante de las Flotas y Armada Real de la Guarda de las Indias, Mar Océano y de las Costas de Andalucía”, las más altas graduaciones de la Marina de Guerra española de los tiempos de Felipe IV, lo cual lo obligó a lanzarse nuevamente al mar para traer el dinero a la metrópoli y enfrentarse a los piratas ingleses que, con sus constantes amenazas, inquietaban la navegación por las costas y los mares de América.

Con su escuadra arribó a la isla de Santo Domingo, en 1641, y habiendo recibido la orden de ocupar el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, en el ínterin llegaba el tiempo de volver a España metropolitana con el dicho dinero.

El archipiélago formado por las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, y por el cayo El Cangrejo, constituye hoy en día una de las intendencias de la República de Colombia, con el nombre oficial de San Andrés y Providencia, una extensión superficial de 44 Km2 y una población de 27.000 habitantes, situada a 480 millas de Cartagena (Colombia) y a 180 millas de Puerto Cabezas (Nicaragua). Fue descubierto por los navegantes españoles el 30 de noviembre de 1527, día de San Andrés, lo que hizo que se le diera este nombre a la mayor de las islas.

En 1629, presbiterianos ingleses y esclavos jamaicanos se instalaron en él y albergó a piratas y corsarios ingleses, franceses y holandeses, que abordaban las naves españolas que conducían el oro de América a la península española, y sirvió de cuartel general, establecido por los ingleses, para dirigir desde allí los ataques contra Cartagena, puerto donde se almacenaban el oro y otras grandes riquezas de las colonias para ser enviadas a la metrópoli.

Desde allí, el inglés Morgan (1635-1686) preparó el ataque a Panamá y se apoderó de la plaza, partiendo con su inmenso tesoro hacia Jamaica. Pero, abordado en alta mar por los piratas del Caribe, logró salvar parte del tesoro y refugiarse en San Andrés, al sur de cuya isla se abre una cueva bañada por el mar, llamada de Morgan, por creerse que fue el lugar donde él escondió aquel tesoro. Desde su ocupación por los extranjeros, intentaron los españoles desalojarlos por el Sargento Mayor don Antonio Maldonado, en 1640, pero lo impidieron lo bien defendidas que se hallaban y las dificultades que presentó un desembarco en ellas. Después de haber Díaz-Pimienta desalojado de allí a los ocupantes, volvieron a poder de los españoles.

E n 1822 se incorporaron a la República de Colombia como cantón dependiente de Cartagena. San Andrés tiene 27 Km2 de superficie, 13 Km. de largo y 3.5 Km. de ancho; Providencia, 17 Km2. Santa Catalina es apenas una muy pequeña isla próxima a Providencia; y El Cangrejo es sólo un cayo próximo a dichas islas.

Nicaragua pretendió incluir estas islas, situadas a unas cien millas de su costa oriental, en su departamento de Zelaya, pero por el tratado Esguerra-Bárcenas de 1982, que aspiró a solucionar todos los diferendos territoriales entre ambos países, le fueron concedidas a perpetuidad a Colombia.

El 6 de marzo de 1641 salió de Cartagena de Indias (Colombia) la expedición de Díaz-Pimienta para la toma de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. La componían unos 1.000 hombres montados en 12 barcos: los galeones «San Juan», de 400 toneladas, y «Jesus Maria de Castilla», del mismo porte; el «Santa Ana», de 350 toneladas; el «Convoy» y la «Teatina», de 300 toneladas; las urcas «Sanson» de 800, y «San Marcos», de 400; el «Jesús María de Agreda», barco portugués de 230, mandado por el conde de Castelmelhor; la charrúa «San Pedro», y tres pataches de 70 y 80 toneladas. lba el almirante en el «San Juan», y su segundo, Jerónimo de Ojeda, en el «Sansón».

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal (1/4)

David W. Fernández

Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal
(1594-1652)

Glorioso marino palmero cuya vida toda está jalonada de heroicos hechos de armas, algunos de los cuales tienen por escenario las costas americanas que baña el mar Caribe.

Nació don Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal en Tazacorte (La Palma), el 14 de agosto de 1594, y fue bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Remedios, en los Llanos de Aridane (La Palma), a cuya jurisdicción eclesiástica pertenecía entonces su pueblo natal, siendo hijo natural del ilustre capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco, y de doña Juana Pérez de Mendiáabal, y nieto por línea patema del capitán don Diego Díaz-Pimienta y de doña Mayor Franco, naturales de Cuba (Portugal).

La familia Díaz-Pimienta era originaria de Vidigueira, en la actual provincia de Beja, en Bajo Alemtejo (Portugal), y se había establecido en la isla de La Palma, en el archipiélago canario, hacia la segunda mitad del siglo XVI.

Su padre, el capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco, natural de Puntallana (La Palma), era ilustre marino de la Armada española, donde había actuado con heroísmo, participando en gloriosos hechos bélicos, tales como la batalla naval de Lepanto (1571), en la que participó también, cubriéndose de gloria, el inmortal don Miguel de Cervantes Saavedra. Fue luego maestre de campo de la Compañía de Milicias de Puntallana, su pueblo natal, así como de las de San Andrés y Sauces, y Barlovento, en la misma isla de La Palma, y también regidor perpetuo del Cabildo de la dicha isla (1609), por renuncia de su yerno, el alférez mayor don Gabriel González del Valle y Gutiérrez de la Sierra, castellano de la fortaleza de Santa Catalina.

Sus méritos los reconoce Felipe III, en Real Cédula dada en Madrid el 6 de marzo de 1606, por la cual lo faculta para instituir dos Mayorazgos en las personas de sus dos hijas legítimas. De su legítimo matrimonio con doña Beatriz Rodríguez de Acosta, hija de don Miguel Rodríguez, natural de Alcázar Resales (Portugal), y de su mujer doña Ana de Acosta, tuvo el referido capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco, cinco hijos, de los cuales tres murieron en edad púber, por lo que le quedaron dos hijas:

• Doña Inés, poseedora del primer mayorazgo de su Casa. Fue bautizada en la parroquia matriz del Salvador, de Santa Cruz de La Palma, el 15 de marzo de 1581, y casó dos veces: la primera con el capitán don Garcia de las Muñecas, y la segunda con el capitán don Pablo de Brito y Lugo, en la citada iglesia el 12 de mayo de 1613, y no tuvo sucesión de sus dos matrimonios; y,

• Doña Lucia, poseedora del segundo mayorazgo de Díaz-Pimienta, y una de las llamadas por su hermano natural para suceder en el importante mayorazgo que instituyó de sus bienes en 1652. Fue bautizada en la iglesia matriz del Salvador el 20 de diciembre de 1587, y se casó —en la misma parroquia y el 20 de septiembre de 1602— con don Gabriel González del Valle y Gutiérrez de la Sierra, Señor del Alferazgo Mayor de La Palma, Teniente de Gobernador, Alguacil mayor y Alcalde mayor de dicha isla, con ilustre descendencia en la isla de La Palma que llega a nuestros días.

Parece que desde su niñez don Francisco Díaz-Pimienta y Pérez de Mendizábal había sentido la misma vocación marinera de su padre, y le había pedido a éste que lo destinara a la Marina de Guerra española, pero su progenitor pretendió disuadirlo y lo envió a Sevilla para que allí siguiera la carrera eclesiástica, sufragando los gastos de sus estudios, los cuales ascendían a mil doscientos ducados anuales, y tuvo él tan buena disposición natural para los estudios que a los sólo catorce años de edad traducía con toda soltura los clásicos latinos.

El 12 de febrero de 1610, al testar su padre, se encontraba en Sevilla consagrado al aprendizaje teológico, y en él se hallaba cuando falleció su padre, en el referido año de 1610. Esta circunstancia le permitió abandonar dichos estudios e ingresar en la Armada en la categoría de Guardia Marina, siendo destinado a Flandes.

En las costas de Flandes realizó su primera campaña.

Durante una tormenta, las tempestuosas olas hicieron caer al mar, desde el alcázar de popa, al comandante de su buque. Díaz-Pimienta se lanzó al mar cuando su jefe estaba a punto de ahogarse, se aferró con él a uno de los toneles que la tripulación arrojaba al mar con este fin, y logró así dar tiempo a la llegada del bote que los auxiliara, salvándolo de una muerte segura. Este gesto de valor y humanidad le valió el ascenso a alférez, que fue el punto de partida de una serie de hechos heroicos en los que puso a prueba sus condiciones.

Luego tomó parte en algunos abordajes contra buques holandeses, después de los cuales le fue dado el mando de uno de los buques de la vanguardia del convoy que, al mando del marqués de Andújar, salió en protección de los galeones cargados de oro que se dirigían desde el Perú a la España peninsular, pudiendo evitar que los poderosos cruceros ingleses se apoderaran de él, en las proximidades de las costas de Galicia, cuando sabiéndose perseguido por dos navíos ingleses que le cortaban el paso, les presentó batalla y los venció, pudiendo así entrar triunfante el convoy a El Ferrol.

Luchó también en aguas de Nápoles, tomando parte activa en la protección que la escuadra de España dio al asalto y rendición de los sublevados que ocupaban las fortalezas de Nápoles, llevada a cabo por el duque de Onate. Alli le tocó comandar a la Armada española, por haber sustituido, a su muerte, a don Jerónimo Gornez de Sandoval en el mando de los navíos de alto borde, viniendo esta armada a las órdenes del generalísimo don Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV, compuesta de 22 galeras, 12 naves gruesas y 14 buques menores, y montando 4.000 hombres.

Esta armada, cuya misión era defender y proteger a las tropas leales a la Corona atacadas por los insurrectos, se avistó frente al golfo de Nápoles, el 1° de octubre de 1617, a la armada del duque de Richelieu, enviado desde Francia con el objeto de oponerse a la de España. La escuadra española le dio el frente y se trabó en combate parcial sin decisión alguna, pero, al pretender reanudar el combate, la escuadra francesa lo rehuyó y se esfumó por completo. En todo este tiempo, Díaz-Pimienta estuvo asesorando en el mar a don Juan Jose de Austria.