[Otros}– Encuentran en La Palma (Canarias) una especie de lagarto gigante que se creía extinguida

19.12.07

SAN SEBASTIÁN DE LA GOMERA.- El lagarto gigante de La Palma —Gallotia auaritae— es una especie que se creía extinguida. Sin embargo, José Antonio Mateo, biólogo del Centro de Recuperación del lagarto gigante de La Gomera, ha obtenido fotografías de uno de esos ejemplares endémicos de la isla.

Con ser importante, no sería un descubrimiento demasiado original. Hace un cuarto de siglo se pensaba que la única especie de lagarto gigante que había sobrevivido a la llegada de los españoles era el de Gran Canaria. Pero desde entonces se han ido encontrando pequeñas colonias de lagartos de Tenerife, La Gomera y El Hierro. Ahora le ha tocado el turno a La Palma.

Según el relato de Mateo, el 13 de julio de este año Luis Enrique Mínguez, del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), en un recorrido a pie por el noreste de La Palma, se topó con un lagarto de gran tamaño junto a una pista forestal a 45 metros sobre el nivel del mar. El reptil apenas se inquietó, y se limitó a caminar sin sobresaltos hacia la vegetación próxima al camino, de forma que le pudo hacer varias fotografías.

Las imágenes muestran a un macho de lagarto canario de coloración dorsal muy oscura y sin manchas de colores. Por las referencias visuales del lugar (piedras y plantas), Mateo y el equipo de expertos que se desplazaron a La Palma creen que el animal tendría entre 157 y 167 milímetros desde el hocico a la cloaca, con una longitud total de entre 301 y 312 milímetros. Por el tamaño podría tratarse de un animal de unos cuatro años, y de unos 170 gramos de peso.

Sin embargo, el equipo no pudo obtener nuevas evidencias de su presencia en la isla. En declaraciones a ELMUNDO.ES, Mateo afirmó que, por la edad y el lugar en el que fue avistado “lo más probable es que esté ‘en dispersión’»; es decir, buscando un nuevo lugar de asentamiento, que no estará a más de 500 ó 1.000 metros del sitio en el que se le hicieron las fotografías. En su opinión, ahora lo más importante es desarrollar un programa intensivo de búsqueda.

Fuente

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (8/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

Este convenio fue acompañado para su ratificación en Caracas con el siguiente oficio:

“Después de haber destruido los ejércitos que en número de siete mil hombres oprimían las provincias de Santa Marta, Pamplona, Mérida, Trujillo, Barinas, y Caracas, nada me es más fácil que libertar la capital de Venezuela por la vía de las armas, pero la clemencia que distingue a todos los defensores de la justicia me hace olvidar que trato con los miembros de un gobierno infractor, y sólo atiendo a la humanidad doliente y a los clamores de los desdichados que imploran mi protección contra la justa vindicta a que se han hecho acreedores los tiranos de mi patria.

Por lo tanto, he accedido a la generosa capitulación que los comisionados Sres. Marqués de Casa-León, Don Fermín Paul, Don Vicente Galguera, Presbíteros Don Marcos Rivas y Don Francisco lturbe, han venido dirigidos por VV. SS. a tratar conmigo para mostrar al Universo que, aún en medio de las victorias, los nobles americanos desprecian los agravios y dan ejemplos raros de moderación de los mismos enemigos que han violado el derecho de gentes, y hollado los tratados más solemnes. Estas capitulaciones serán cumplidas religiosamente para oprobio del pérfido Monteverde, y honra del nombre americano. Lo que tengo el honor de decir a VV. SS. en contestación del oficio de ayer que han puesto en mis manos los negociadores de ese gobierno.

Dios guarde a VV.SS. muchos años.

Cuartel General de La Victoria, 4 de agosto de 1813, tercero de la independencia y primero de la guerra a muerte.

Simón Bolívar.
Sres. Gobernador y Municipalidad de Caracas.

El día 6 entró Bolívar en Caracas. Nombra una comisión compuesta por Felipe Fermín Paul, Francisco González Suárez, Salvador García de Ortigosa, Nicolás Peña, y Gerardo Patrullo, que se traslada a Puerto Cabello para presentar a Monteverde las capitulaciones con objeto de que diera su aprobación, pero éste, sarcásticamente, contestó: “No pudiendo don Manuel Fierro ni el Cabildo de Caracas facultar para misiones de capitulación, ni otras que son privativas del Capitán General de la Provincia, han sido nulas, y de ningún momento, todas las operaciones en su consecuencia obradas. Y yo jamás podré convenir en unas proposiciones impropias del carácter y espíritu de la nación grande y generosa de quien tengo el honor de depender, y es cuanto puedo contestar al oficio de V. Mds. de 10 del comente».

Este oficio lleva fecha del día 12, y este mismo día, en otra carta, dijo; “Jamás creí que en Caracas y en La Guaira se experimentase el desorden que ha sucedido de los que estoy sumamente avergonzado, y a su tiempo responderán los jefes que lo han ocasionado, etc.».

Ante estos hechos, Fierro desde Curaçao, con fecha del día 27 pasó a don Pedro Urquinaona y Pardo, Comisionado de la Regencia Española, el siguiente oficio: “Las circunstancias actuales me obligan a pedir a V. S. se sirva manifestarme su opinión sobre mi conducta política en los últimos acontecimientos de Caracas, y en los pocos días que desempeñé el cargo de Gobernador interino de una ciudad y territorio ya políticamente perdido».

Urquinaona calificó a Fierro de hombre intachable.

Fierro, restablecido algún tanto de su salud, pudo al fin realizar viaje a Santa Cruz de Tenerife, adonde hacía mucho tiempo estaba destinado, en el convoy que sale de La Guaira el 3 de diciembre de 1816, a bordo del buque “El Populo», al mando del capitán Navas, y e cual iban también la heroína venezolana doña Luisa Cáceres de Arismendi —esposa del ilustre prócer de la guerra de independencia hispanoamericana, General Juan Bautista Arismendi—, doña Mercedes de Arévalo, y otros prisioneros remitidos a la Metrópoli, en compañía de 12 buques más cargados de caudales y frutos del país.

Cuando se hallan mar afuera, más allá de las islas Bermudas y con rumbo al norte, avistan un buque corsario, que creen es el General Arismendi que viene a liberar a su esposa, y los viajeros se precipitan a solicitar la intervención de doña Luisa, entregándole algunas prendas para que las guarde en su poder, pero se trata de un corsario de Buenos Aires mandado por un estadounidense que apresa a la tripulación y se apodera de las naves y de su rico cargamento, y le brinda a doña Luisa la oportunidad de restituirla a la isla de Margarita, pero ella, carente de recursos, rechaza el colocar su destino en manos de un desconocido y comunica su resolución al capitán Navas, quien se hace cargo de la prisionera.

Fierro aprueba esta resolución y juzga conveniente prestarle ayuda, y en la Villa de Santa María, en la isla de Portuguesa, una de las del archipiélago de las Azores, donde arriban, hace instruir una justificación en la que consta que doña Luisa renuncia a la libertad que le brinda el corsario para seguir el destino que le había ordenado el gobierno monárquico de Venezuela.

En la Villa de Santa María varios pasajeros se reúnen para comprar y armar un buque que allíse hallaba abandonado, y en él siguen, rumbo a España, Fierro, la señora de Arévalo, Lorenzo Gabani —capitán de uno de los buques capturados—, y Navas, quien lleva consigo a doña Luisa.

Lo borrascoso de la navegación y lo inseguro del barco hacen que estuvieran a punto de naufragar, sufriendo los pasajeros, durante la travesía, las consiguientes angustias y penalidades.

A los cuarenta y cinco días de haber zarpado de La Guaira, arriban a Sanlúcar de Barrameda, y Fierro puede luego arribar a Santa Cruz de Tenerife.

Poco después fue a Santa Cruz de La Palma, su ciudad natal, apoyado en un joven, de triste celebridad en aquella isla, que le servía de lazarillo, pues Fierro estaba ciego.

Gracias a las atenciones y cuidados de su familia pudo vivir algunos años, a pesar de sus padecimientos físicos y morales, y a consecuencia de los cuales falleció en la ciudad de su nacimiento el 14 de febrero de 1828. Murió en estado célibe y había otorgado testamento ante el escribano don Jose Mariano López el 7 de diciembre de 1827.

La Real Junta establecida en Madrid para examinar la conducta observada en América por los oficiales del ejército, le expidió certificación, de fecha 10 de abril de 1828, acreditativa de haber sido purificado de su conducta política y militar durante su mando en Caracas. Pero Fierro no tuvo la satisfacción de ver aprobada su conducta por el Gobierno de la Nación, porque al llegar a su destino la Real Orden, ya él había muerto.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (7/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

En la mañana del día 4 amaneció el pueblo patriota conmovido, y las autoridades realistas se hallaban sin fuerzas para contenerlo. Fierro dio órdenes a Budía, que se había encargado del destino de Mayor General del Ejército, para que se retirase a La Guaira con todo el orden debido, saliendo él inmediatamente para dicho destino.

Cuando desde la cumbre descubrió el mar, quedó dolorosamente sorprendido al ver que todos los buques mayores que había en el puerto se hacían a la vela con celeridad. Entonces es cuando Fierro comprendió la tamaña traición de Pareja.

Llegó a La Guaira, y no quedando en aquel puerto más que una fragata inglesa, acudió a su capitán, Mr. John Wation, a fin de que le facilitase un buque para transportar a Puerto Cabello las pocas tropas que aún quedaban en Caracas y en aquella plaza, pero dicho capitán se negó a ello bajo pretexto especioso.

La Guaira estaba también sublevada porque habiendo sido abiertas las bóvedas en que estaban presos los patriotas, éstos salieron de ellas y se oían en algunas partes disparos de fusil. En el muelle estuvieron a punto de ser asesinados La-Ginestier, las familias de los oidores Vidal y Costa, y el mismo Fierro.

Ante este estado de cosas no quedó otro remedio que la retirada en la forma que pudiera hacerla, y apeló al recurso extremo de embarcar en un solo bote a todos los que cupieran en él; incluso esperar al Regente Heredia. De esta embarcación pudieron aprovecharse porque, estando casi inútil y haciendo mucha agua, nadie se había dignado hacer uso de ella.

Los fugitivos se hicieron al mar con rumbo a Puerto Cabello sin tener a bordo alimento alguno, y cuando al siguiente día quisieron acercarse a la costa para aprovisionarse de agua que les apagase los ardores de la sed producida por el continuo ejercicio de achicar agua, y de la incesante y penosa boga, fueron rechazados por una falúa armada que les salió al encuentro, y de la que pudieron defenderse con dificultad, empleando sus armas.

Rendidos de fatiga, por el cansancio y el insomnio, logran llegar a Puerto Cabello el día 6. Fierro da cuenta inmediata a Monteverde de todo lo sucedido en Caracas, y, por disposición de éste, sale el día 7 por la noche, en comisión de servicio para Curaçao, en donde permanece mucho tiempo enfermo y acogido a la benévola protección del Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General de la isla de Curaçao y sus dependencias, Oral. John Hodgson, inglés.

La comisión nombrada para capitular ante Bolívar llega a La Victoria el día 4 y firman en aquel lugar la capitulación. He aquí el tenor del convenio: “Capitulación concluida entre el ciudadano General en Jefe del Ejército de la Unión, Brigadier Simón Bolívar, y el Marqués de Casa-León, Presbítero Maestro Don Marcos de Rivas, Don Francisco de lturbe, Don Vicente Galguera, y Doctor Don Felipe Fermín de Paul, enviados por el gobierno de Caracas y su cuerpo capitular.

Artículo 1°.- Deseosos de proporcionar la tranquilidad pública, evitar la dispersión de las familias, la confusión y horror de la guerra, y economizar la sangre humana, con arreglo a las instrucciones de nuestros comitentes hacemos las propuestas siguientes:

Que se establezca y plantee en la ciudad de Caracas, y demás de Venezuela, la Constitución de las Españas, y que se elija para llevar las riendas del gobierno la persona que merezca la confianza de todas las clases en general.

Contestación.- Que aunque poseído de los mismos benéficos sentimientos, y conceptuando para ejercerlos, es inconducente la propuesta, no defiere a ella, y que a su llegada a la ciudad de Caracas, se establecerá la forma de gobierno que parezca más justa y adaptable.

Artículo 2°.- Que haya una reconciliación general olvidándose todo lo pasado respecto de todos los habitantes, sin distinción de origen ni de clases, de modo que no podrán sufrir extorsión, ni en sus personas ni en sus bienes, por la adhesión que hayan manifestado al gobierno español, con cuya condición y comprometimiento se entregará pacifícamente la ciudad de Caracas y todos los pueblos que comprende la provincia de este nombre, con el Puerto de La Guaira.

Contestación.- Concedido, y se observará religiosamente.

Articulo 3°– Que sea libre la emigración de todos los que pretendan retirarse con sus intereses donde mas les acomode.

Contestación.- Concedido con calidad de que haya de presentarse dentro de un mes a solicitar el correspondiente pasaporte, y, dentro de otro, realizar su salida, no habiendo embarazo por falta de buques, y pudiendo constituir apoderados de su confianza para la recaudación de sus intereses y conclusión de sus negocios.

Artículo 4°.- Que la entrada de las tropas a la capital no haya de verificarse hasta pasados quince días contados desde la fecha de la ratificación de este convenio, en cuyo intermedio podrán las tropas españolas evacuarlas con todo el honor que corresponde a la Nación a que pertenecen, siendo del cargo del gobierno que se establezca el satisfacerle el transporte.

Contestación.- Que no pudiendo detener la marcha de las tropas de su mando pasarán inmediatamente a la Capital, luego que reciba la ratificación de este tratado, que deberá hacerse dentro del término preciso de veinticuatro horas, que correrán desde la hora en que le entreguen al Gobierno de Caracas los comisionados que lo ejecutarán en todo el día de mañana; y que los militares españoles serán comprendidos en la emigración concedida, dejando armas y pertrechos, y permitiendo sólo a los oficiales su espada, cuya entrega se verificará en el cantón de Capuchinos, como también la de las existencias de áreas públicas, archivos y demás correspondientes al Estado en sus respectivas oficinas luego que tomen posesión las tropas de la Unión.

Firmado, por duplicado, en el pueblo de La Victoria a 4 de agosto de 1813.

Simón Bolívar
El Marqués de Casa-León
Marcos Rivas
Francisco de lturbe
Felipe Fermín Paul
Jose Vicente Galguera

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (6/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

El teniente coronel Izquierdo fue derrotado por Bolívar en la Sabana de Los Pegones, cerca de Tinaquillo.

Todo fue deshecho: el mismo Izquierdo quedó muerto en el campo de batalla, y fusilados todos los oficiales prisioneros. La noticia llegó a Valencia con la celeridad del rayo. Monteverde se decidió a esperar a Bolívar en aquel punto con las fuerzas reunidas, pero muy pronto conoció la imposibilidad de hacerlo, ya que casi todos habían desaparecido, pues tos vecinos realistas de aquellos pueblos, reunidos allí, no pensaron sino en salvarse en la plaza de Puerto Cabello, y en la misma noche llevaron esto a cabo, por lo que Monteverde se vio obligado a volar igualmente a Puerto Cabello no sin antes habérselo comunicado a Fierro.

El 1° de agosto los realistas de Caracas ignoraban los sucesos dichos, pero un rumor sordo que corría de boca en boca, y la alegría de los patriotas, puso en agitación la ciudad durante todo el día y toda la noche.

El día 2, a las siete de la mañana aparecieron fijados en !as esquinas carteles por medio de los cuales Fierro manifestaba haber recibido aviso de Valencia en el que se le manifestaba que Monteverde estaba en marcha con tres mil hombres para batir a Bolívar. Con estas noticias desapareció el sobresalto de los realistas, pero este mismo día recibió Fierro, enviado por el Comandante Militar de La Victoria, teniente coronel don Juan Budía, un oficio dándole parte de la derrota de Los Pegones.

El día 3 por la mañana se le presentó a Fierro el capitán don Sebastián Alvarado dándole cuenta de la pérdida de Valencia, de la retirada de Monteverde a Puerto Cabello, y de que la independencia estaba declarada hasta Maracaibo.

En la tarde del mismo día recibió el parte oficial que decía así: “Consecuente a que mis Jefes de División las han perdido, he quedado en el más deplorable estado, y mis cortas o ningunas fuerzas ni recursos me obligan a retirarlas a Puerto Cabello con el objeto de conservar tan interesante plaza. Lo que participo a V. S. para que tome las medidas que le permitan la situación de las cosas».

Con este oficio recibió Fierro la siguiente carta confidencial de Monteverde:

“Sr. D. Manuel Fierro. Valencia, 1° de agosto de 1813. Mi estimado paisano: Después de la derrota de Izquierdo me he quedado sin tropas y con la ciudad en confusión; por lo que me he visto en la precisión de irme a Puerto Cabello, que se halla abandonado, dejando esta plaza con el mayor dolor, y tal vez toda la provincia. Usted puede, si le parece, ponerse en el mejor estado de defensa porque los enemigos irán inmediatamente sobre esa ciudad. Yo estoy como Vd., se puede figurar, y sabe Dios si sobreviviré a tanta desgracia. De Vd. desgraciado amigo, q. b. s. m.- Domingo Monteverde».

Cuando Fierro recibía estas comunicaciones todo el pueblo estaba conmovido, pues Caracas tenía las tres cuartas partes de patriotas y sólo una tercera parte de realistas. En estos momentos de consternación y de apuro, Fierro convocó una junta, en su casa, formada por el Arzobispo, el Intendente, el Fiscal don José Costa y Gali, el Oidor Benito y Vidal, el Cabildo, los Oficiales Militares, y algunos vecinos respetables.

Esta junta, que examinó los recursos militares con que se contaba para la defensa de la ciudad, halló que no pasaban de trescientos cincuenta hombres de tropa reglada, muchos de los cuales eran criollos que no merecían la confianza de los realistas, y sólo sesenta eran españoles europeos.

Tampoco inspiraba seguridad un batallón de voluntarios de Femando VII que eran españoles y canarios, mercaderes y pulperos, cuyo numero llegó a subir hasta mil doscientos hombres, pero que, habiéndose difundido las noticias de aquel día, desertaron en su mayor parte, ocupándose en salvar sus intereses, sus familias y sus personas.

Con tales noticias, la Junta, por mayoría de votos, acordó que se capitulara. Se publicó una proclama para aplazar el temor de los realistas, conmovidos por la notoriedad de los sucesos del día, y habiéndose ofrecido en la misma Junta don Francisco de Paula Pareja, que había sido Oficial de la Marina y ahora era empleado de Hacienda, a disponer embarcaciones en La Guaira para hacer una retirada ordenada, se le autorizó completamente para todo y se le dieron las órdenes oportunas para el comandante de aquella plaza.

Pareja, lejos de cumplir con el encargo de la Junta, lo que hizo fue proporcionarse, por encargo de la misma comisión que se le diera, el escape con su familia, dejando a todos en el mayor abandono.

Este mismo día, también, Fierro dio las disposiciones para la retirada y nombró Comandante Político y Militar de Caracas al doctor don Francisco Antonio Paul, más conocido por Coto Paul, y que era uno de los más notables patriotas, quien presentó sus excusas aconsejando a Fierro que esperara a que fuera ratificada la capitulación. Pero Fierro, temiendo la rápida entrada de Bolívar en Caracas, y recordando el Decreto de Guerra a Muerte dado por éste hacía muy poco tiempo, obligó al doctor Paul a aceptar el cargo, y anunció por bando que dejaba a los venezolanos libres y mandados por un compatriota suyo.

En la noche de este día 3, dispuso Fierro que la división que estaba en Capuchinos se situase con toda la artillería en la Alcabala de La Pastora, y que en el Castillo de la Cumbre, en el trayecto del viejo camino de Caracas a La Guaira, se destacase una compañía para contener cualquier posible ataque de los patriotas por la retaguardia.

Cual no sería la sorpresa de Fierro al presentársele los capitanes don Manuel Tapia y don Salvador Gorrín, dándole parte de la deserción de las tropas, incluso de la misma guardia de Fierro de la cual sólo quedaron tres de los sesenta que la componían. Para colmo, aquella misma noche recibió parte de la pérdida de Cumaná, y ya entonces vio que todo estaba en el último peligro.

[*Otros}– Tormenta eléctrica en El Sauzal

Foto, cortesía de Roberto González, tomada por su amigo José (Pepe) Pérez el miércoles 21 de noviembre durante una tormenta eléctrica en El Sauzal (Tenerife, Canarias).

Felicitaciones a Pepe, y que cuide bien esa cámara que tiene un obturador con la velocidad necesaria para captar así la luz de un rayo.

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 Comentarios

Comentario por maría chacón [Visitor]
Fecha10/12/2007 at

Realmente esta imagen es de ésas que nos dejan boquiabiertos. ¡Es extraordinaria!

Comentario por Chris [Visitor]
Fecha 29/02/2008 at

Que pedazo de foto!… Esta increible, esta es esas que sacas una vez en la vida… Felicitaciones! te invito a conozcas esta pagina… http://www.panoramio.com … te gustará y si subes esta foto avisame! ya tienes mi cuenta ;)

Un gran saludo y felicitaciones

Comentario por willyfox [Visitor]
Fecha 12/03/2008 at

Esta foto NO ES del tal Jose pepe pepin.. eso NUNCA puede ser el sauzal.está sacada en el litoral SUR de santa cruz.. que poca verguenza de algunos como se apropian de lo que no es suyo..

La próxima vez tienes que poner el autor.. y te puedo jurar que no es el tal Pepín….

Abur

Comentario por juan ki paz [Visitor]
Fecha 18/05/2008 at

que importa de quien sea la foto . lo que si el que la saco felicitaciones, cuando la vi me dio envidia pero sana, de estar ahi observando la maravilla de la naturaleza. ya valechau

Comentario por RAPERO
Fecha 15/01/2009 at

EL AUTOR DE LA FOTOGRAFÍA SE LLAMA WILHEM MEDINA, Y NO FUE REALIZADA DESDE EL SAUZAL, SE HIZO DESDE LA URBANIZACIÓN ACORÁN. LOS ADOSADOS QUE SE PUEDEN VER EN LA PARTE INFERIOR IZQUIERDA CORRESPONDEN A LA URBANIZACIÓN REFERIDA.

NO OBSTANTE, ESTA FOTO SE LA ADJUDICAN OTRAS MUCHAS PERSONAS. “LA OPINIÓN”, DE TENERIFE, LA PUBLICÓ EN PRIMERA PAÁGINA SIN AUTORIZACIÓN DEL AUTOR LEGÍTIMO Y PROPIETARIO DE LA MISMA.

Comentario por CMP
Fecha 15/01/2009 at

Gracias, Rapero, por la aclaratoria.

Comentario por Angelita
Fecha 21/07/2009 at

¿Qué importa quién haya tomado la foto? Esta genialísima. Me la robo para ponerla de fondo de escritorio xD

Comentario por CMP
Fecha 21/07/2009 at

Bien hecho, Angelita, mujer pragmática.

Comentario por Angelito
Fecha 08/11/2009 at

¿¡Pragmática!? ¡¡Jajajá!! Sí, sí. Yo diría otra cosa.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (5/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

Ningún efecto hicieron en Monteverde estas amistosas reflexiones, porque el 23 de abril, y cuando Fierro se disponía a pasar a Canarias, lo llamó a su casa para invitarlo a que lo acompañase a Barcelona, porque trataba de atacar Maturín y no tenía otro oficial de confianza de qué valerse.

A pesar de sus dolencias, condescendió Fierro porque no se creyera que se negaba al servicio del Rey y de la Nación, y a pesar de que presumía que todo esto era una intriga para separarlo de Caracas y poder dejar el mando de la plaza a Tiscar, que era de menos graduación que él.

Llegaron a Barcelona, y el 5 de mayo se le confió a Fierro el mando militar de aquella plaza, que la tenia el coronel de milicias don Jose María Hurtado, pues el de la Provincia estaba a cargo del capitán de fragata don Pedro Cabrera, quedando aquél bajo las inmediatas órdenes de éste.

No se ocultaban a Fierro estas estratagemas, y pasó a Monteverde el siguiente oficio, fechado en Barcelona el 5 de mayo: “Por el oficio que acabo de recibir de V, S. quedo en cuenta de tomar el mando militar de esta Ciudad, por ahora por convenio del mejor servicio, no obstante que mis deseos son los de acompañar a V.S. en el campo del honor».

Con mucho agrado recibieron los barceloneses a su nuevo Gobernador Militar, y las activas y eficaces medidas que para mantener el orden en la población y recoger los soldados dispersos tomó en el momento mismo en que supo de la derrota del ejército en Maturín.

Cabrera, el Gobernador Civil de la Provincia, había fallecido en el ínterin, y Monteverde, en oficio de 26 de mayo, nombró a Fierro para el cargo. El 27 por la noche se le presentó con dicho oficio el comisionado doctor Antonio Gómez, quien traía, de parte de Monteverde, instrucciones y medidas que allí debían tomarse. Por éste supo Fierro que la derrota de Maturín había sido ocasionada por haber precipitado el ataque, viéndose precisado a ello Monteverde para regresar luego a Caracas que se hallaba en el mayor desorden por las medidas tomadas por Tiscar,

En carta fechada en La Guaira a las dos de la madrugada del 8 de mayo, por el doctor Jose Manuel Oropesa y dirigida a Monteverde, después de infornarle de algunos desatinos cometidos por Tiscar, agrega; “Harto siento que Fierro, y todos aquéllos con quienes Vd. chocó por dejar a Tiscar de su segundo, tengan este motivo de complacencia».

El 7 de junio llegó Monteverde, desolado, a Barcelona y con la misma fecha pasó a Fierro el oficio siguiente: “Siéndome urgente el pasar a la Ciudad de Caracas a los fines de reunir fuerzas suficientes para destruir a los insurgentes de Maturín y poner esta Provincia en estado de quietud y participación que asegure la existencia de sus honrados vecinos, he tenido por conveniente en nombrar de Comandante de la Provincia y del Ejército al Sr. Mariscal de Campo Don Juan Manuel Cagigal, y de Comandante Militar interino de esta capital al Señor Don Lorenzo Fernández de la Hoz, por necesitar el que V. S. me acompañe a la Ciudad de Caracas al intento de que en ella pueda llenar V. S. con más utilidad los sagrados deberes del servicio Nacional».

Fierro, al recibir este oficio, trató de eludir este compromiso basándose en su inutilidad para todo servicio activo, pues apenas podía caminar apoyado en su bastón, y así se lo manifestó a Monteverde, diciéndole que obedecería aquella orden siempre que se dejase allí a La-Ginestier para que cuidase del servicio militar.

El Cabildo se opuso también a esta salida, fundado en las pocas tropas que quedaban guarneciendo la plaza. Y para vencer esta oposición, Monteverde convocó una junta compuesta del Arzobispo y demás autoridades, las cuales, persuadidas de la precisa e
indispensable necesidad de sostener la plaza de San Carlos —por ser la llave de Los Llanos, y si ésta fuera tomada estaría perdida toda la Provincia— convinieron en ello.

Causas económicas impidieron hasta el 4 de julio la salida de Monteverde de Caracas, desde cuya fecha quedó encargado del mando Fierro con sólo doscientos ochenta y dos hombres útiles para el servicio, la mayoría de los cuales eran criollos y continuamente daban muestras de simpatizar con los patriotas.

El día 14 se intentó, sin consecuencias, la Revolución de La Guaira. El el mismo día debió estallar también en Caracas, de lo que hubo señales ostensibles, pero debido al celo y vigilancia de Fierro no pudo verificarse aquélla.

Le causaba cuidado a Fierro la sospecha de que parte de las tropas del país, que formaban la guarnición de La Guaira, estuvieran complicadas en la revolución, y para evitarlo tuvo que crear de allí la Compañía de Maracaibo, que envió a la orden de Monteverde y mandó otra a reforzar la guarnición de Caracas.

Estas medidas debilitaron en parte las fuerzas de los revolucionarios a lo que se debió, sin duda, que la intentona del día 26 —llevada a cabo en la plaza de La Guaira por Juan José Ayala y sus partidarios, quienes, después de haber asesinado al Sargento de Brigada Alarcón, trataron de apoderarse del Cuartel del Colorado—, hubiese fracasado con la muerte del mismo Ayala y la prisión de sus compañeros que más tarde fueron pasados por las armas.

El día 28 dio parte el Intendente Fierro de que había recibido de Monteverde oficio para que con todos los intereses de la venta del tabaco se trasladaran a Valencia, a donde se había dispuesto que también fuesen, en el término de pocas horas, aquellos habitantes de los Valles de Aragua que se habían mantenido fieles a la corona.

Esta resolución de Monteverde llenó de consternación a las autoridades de Caracas, y, por indicación de las mismas, Fierro le escribió a Monteverde haciéndole presente que el punto interesante para la Provincia era San Carlos, porque si éste se perdía, aunque hubiera muchas fuerzas en Valencia, los patriotas se harían dueños de todo, sin que se les pudiera impedir, y se internarían por Coro, a Caracas, Ocumare y hasta el mar.

Monteverde oyó al fin un consejo amigo, y quiso hacer lo que se le indicaba, pero era ya tarde. El día 27 entraron los patriotas en San Carlos. Fierro redobló la vigilancia de Caracas temiendo un alzamiento general; aunque sin fuerzas con que sostener su puesto, ni dinero con que pagar a las tropas, que se le habían mantenido fieles.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (4/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

El doctor Gómez fue el primero que hizo uso de la palabra en aquella asamblea de notables, manifestando que Monteverde debía asegurar en prisión a todos los individuos que en dos años de revolución habían sido más exaltados.

Vidal y Fierro combatieron la proposición del doctor Gómez, manifestando, así mismo, que la Constitución, recientemente publicada, prohibía las medidas de rigor sin formación de causa que las justificara, y que la aprobación de las capitulaciones, y la palabra OLVIDO solemnemente dada y ratificada en las proclamas, debía cumplirse.

Estas razones hicieron efecto en el ánimo de Monteverde, y, comprendiéndolo así sus consejeros, propusieron otra medida más benigna, esto es: que los mismos patriotas, ya que no encarcelados, fueran expulsados de la Provincia. Con los mismos argumentos combatió Fierro esta proposición, pero, sin embargo, fue aceptada por la mayoría de los concurrentes, acordándose que cada uno de los presentes hiciera aquella misma noche una lista de todas las personas que debían ser expulsadas. Fierro, de regreso a su casa, pasó a Monteverde el oficio siguiente:

“En conformidad de lo acordado por los señores que han compuesto la junta celebrada en la mañana de este día, en la habitación de V. S., para tomar medidas de seguridad pública, creo de mi deber y rigurosa justicia hacer presente que estando ya presos, o en inspección del Gobierno, las causas de las personas que concurrieron activamente a los sucesos del 19 de abril de 1810, y habiendo sido yo expulsado inmediatamente de esta Provincia sin haber vuelto a ella, hasta que las armas del Sr. Monteverde tomaron posesión de la misma, nada puedo decir acerca de los que posteriormente hayan tenido una parte activa y son acreedores a estas medidas, por carecer absolutamente de conocimientos en materia tan delicada, y creo de mi obligación manifestarlo así a V. S.”.

Este oficio le acarreó la odiosidad de los que, de buena o mala fe, creían que la tranquilidad pública sólo se aseguraba con la prisión o extrañamiento de sus enemigos. Y Fierro era el único que había tenido la dignidad de salvar su voto en aquella junta.

Antes de esto, se había dispuesto que muchos de los presos que existían en las cárceles fueran trasladados a las Bóvedas de La Guaira para poder encarcelar a los que nuevamente iban a serlo; y en el mismo día en que en el Templo de San Francisco se estaba celebrando la función en acción de gracias por haber sido publicada la Constitución, se vieron en las puertas de la Cárcel de Corte y en Capuchinos más de cincuenta mulas cargadas de provisiones, y multitud de presos con grillos y cadenas que iban a ser trasladados a su destino.

Fierro, heciéndose eco del clamor popular, pasó a la casa habitación del oidor Vidal, y le informó del gran escándalo que se estaba dando en la población, y a la vez le suplicó que interesase a Monteverde a que evitara aquel contraste, puesto que al mismo tiempo que se publicaba la Constitución, se hacían prisiones por orden de los mismos que habían jurado guardarla.

Encaminándose Vidal al alojamiento de Monteverde, y después de breve conferencia, mandó a recoger a los presos prontamente, sorprendido de aquella disposición, puesto que el no había ordenado que la traslación se hiciese a semejante hora sino por la noche, corno después se realizó.

Por fin se hicieron las listas, acordadas por la junta de notables, comprensivas de las personas que había que asegurar, y, sin previa formación de causa ni de otra de enjuiciamiento, se allanaron las casas de los vecinos. Personas de todas clases y condiciones fueron encarceladas; y como las expresadas listas no estaban firmadas ni autorizadas por nadie, sucedió que cuando alguna de estas mismas personas se querellaba de la injusticia con ella cometida, probando sus servicios y amor al Gobierno de España, se ponía a su demanda esta ridícula y vejatoria providencia: “Informe quien lo puso preso».

No podía darse mayor desmoralización. La aflicción de la familia y el estupor que estas medidas arbitrarias produjeron en el pueblo son indescriptibles. La misma informalidad observada para hacer las prisiones se vio después en las encarcelaciones.

El 11 de febrero de 1813 se anunció al público, por bando y una proclama impresa, el descubrimiento de una conspiración que debía ejecutarse aquel día en la cual, se decía, iban a perecer las personas de las autoridades entre el trastorno del gobierno. Para el castigo de esto creó Monteverde una comisión militar compuesta por Fierro, Tiscar, el Mayor General don Juan La-Ginestier, y otros dos oficiales, con un secretario y el abogado doctor Isidro González por asesor, reservándose Monteverde la aprobación de la sentencia. Esta junta no condenó a nadie.

Conocida de las personas que rodeaban a Monteverde, la oposición de Fierro hacia las medidas de rigor adoptadas, influyeron en él para que le enviara a su destino, lo que dio motivo a que se le pasase el 23 de marzo el siguiente oficio: “En el I° de noviembre último dejé que V. S. permaneciese en esta Capital hasta otra disposición mía, por la escasez de oficiales que tenía para el servicio; y hallándome ya con número suficiente de aquéllos, está V. S. expedito para trasladarse a la plaza de Santa Cruz de Tenerife, a donde se le ha destinado, según lo que me informó el 6 del mismo mes».

Cuando Fierro recibió este oficio se hallaba enfermo en cama, y en cuanto experimentó algún alivio fue a visitar a Monteverde para darle las gracias por la determinación que había tornado de enviarle a su destino, significándole al mismo tiempo su extrañeza de que en aquellas circunstancias prescindiera de sus servicios.

Monteverde le contestó que estaba muy resentido contra él porque le habían asegurado que desaprobaba su providencia. Entonces Fierro le manifestó que en efecto había visto con mucho dolor como se daban a cometer muchos excesos, a nombre de Monteverde, las personas que lo rodeaban, y como no era conforme a la justicia que tuviera presos tanto tiempo a los que lo estaban por orden suya, sin haberlos entregado al tribunal competente, y concluyó aconsejándole que apartara de si a todos aquellos malos consejeros, que, a la vez que procuraban enemistarlo con los jefes con quienes más íntimamente debía estar ligado, lo exponían a la critica y odiosidad del pueblo.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (3/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

El oficio que de parte de Miyares entregó Fierro a Monteverde, fechado en Puerto Cabello el 26 de julio, decía: “Mi carácter es, por fortuna mía, bastante pacífico para desear que estas desagradables ocurrencias terminen del modo que conviene al servicio del Rey, a la tranquilidad de estas provincias y al honor de entrambos, y a fin de que así pueda conseguir sin estrépito, sin escándalo público y sin dilaciones perjudiciales, he comisionado al coronel don Manuel Fierro para que, entregándole este oficio, pueda enterar a usted de los sentimientos que me animan y ser nuestro iris de paz».

Asi, provisto de los pliegos de instrucciones necesarias, llegó Fierro a Caracas el 2 de agosto, y allí, auxiliado por el Arzobispo de la Diócesis y el Marqués de Casa-León, procuró cortar las diferencias que existían entre Monteverde y Miyares, haciendo comprender al primero que podía ocasionar a la nación graves perjuicios la desunión de ambos jefes.

De estas conferencias no pudo sacar resultado positivo alguno, y sí la convicción de la existencia del oculto complot que se fraguaba y las consecuencias funestas que de él iban a resultar. En el oficio con que Monteverde respondió a Miyares decía: “En esta virtud, después de haber conferenciado detenidamente con el coronel don Manuel Fierro, a quien V. S. destinó a este efecto, estoy convencido de que es indispensable insistir en mi anterior insinuación».

De regreso a Puerto Cabello, dio cuenta a Miyares de lo infructuoso de su comisión, y así como Monteverde había creído que las reflexiones de Fierro para que entregara el mando a Miyares habían nacido más de su inclinación a este General que del escándalo que causaría la separación de la Provincia de la autoridad del Jefe nombrado por el Supremo Gobierno de España, así también Miyares creyó que Fierro no había llenado
cumplidamente su cometido por ser pariente, aunque lejano, de Monteverde. ¡Desesperada y dolorosa situación!

Miyares dispuso inmediatamente su salida para Coro, y con fecha 13 de agosto pasó oficio a Fierro ordenándole que se quedase en Caracas a las órdenes de Monteverde. Resentido Fierro de la conducta de su General hacia él, contestole dicho oficio el mismo día con otro, enviado desde Puerto Cabello, que decía: “Respecto de que V. S. considera el que en obsequio del servicio me quede en esta plaza a la disposición del Comandante en Jefe, don Domingo de Monteverde, obedezco a V. S. con la seguridad del acierto; pero en atención de que tengo entendido está despachada mi solicitud de retiro a las Islas Canarias, y que la postración en que me tiene el achaque que padezco no me permite ocupaciones activas, aguardaré que V. S. me comunique aquella gracia y solicitar mi pasaporte para efectuarlo».

Miyares accedió a los deseos de Fierro, y, en cumplimiento de su deber como caballero, le remitió, en oficio de 10 de septiembre, su Real Despacho de Brigadier de los Reales Ejércitos, y le participaba su agregación de Coronel con el sueldo de reglamento, al Estado Mayor de la plaza de Santa Cruz de Tenerife, tan satisfactoria noticia la comunicó el nuevo brigadier a Monteverde, manifestando que pasaría personalmente a presentarle su Real Despacho tan pronto como se lo permitiera su quebrantada salud.

Pronto estuvo en estado de hacer el viaje, y el 20 de octubre 1egó a Caracas con objeto de arreglar y poner en orden los cuantiosos bienes que aquí había heredado de su tío don José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz, y se impuso, con sorpresa, de que las proclamas de Monteverde publicadas en los días 2, 3 y 5 de agosto ofreciendo a los caraqueños un completo olvido de lo pasado, no se habían cumplido, antes, por el contrario, se estaban haciendo multitud de prisiones.

No quería que estos habitantes, entre quienes había vivido trece años, le confundiesen con aquellos violadores. Y dada la circunstancia de que había sido expulsado de Caracas el 19 de abril de 1810, y podían creer que venía para ejercer crueles venganzas, aceleró el arreglo de sus asuntos con objeto de regresar a Canarias cuanto antes. Pero Monteverde no se lo permitió, disponiendo que, en atención a la falta de jefes y oficiales que había en Caracas, continuase aquí a sus órdenes.

Este mandato contrarió mucho a Fierro, porque, viendo por una parte el clamor general del vecindario, de que se faltaba a lo capitulado, y por la otra la discordia que mediaba entre las autoridades, algunas de las cuales influirían poderosamente en el ánimo de Monteverde para que usara el rigor con el pueblo, llegando a hacerse sospechosas a éste aquellas personas que opinaban de distinto modo, y mirándose como un crimen el visitar a los patriotas y tener trato con ellos, estaría expuesto el honor militar de Fierro por ser partidario de la conciliación y de la paz. Sin embargo, en fuerza de aquella orden superior, fue preciso quedarse en Caracas a las órdenes de Monteverde y arrastrar las consecuencias de los acontecimientos que se preparaban.

El 29 de noviembre se publicó la Constitución Política de la Monarquía por el Estado Militar, el 2 de diciembre lo hizo el Cabildo, v el 3 fue la función en la Iglesia, y en estos mismos días dio parte el Comandante Militar de La Victoria, de que allí se tramaba llevar a cabo para la Nochebuena una conspiración en contra del Gobierno.

Esta noticia inquietó mucho a Monteverde y le sugirió la idea de celebrar una junta para tomar las medidas de seguridad oportunas. Esta junta la formaban Monteverde; don Femando Monteverde, tío de don Domingo; Fierro; don Gonzalo María de Orea, comerciante; don Antonio Gómez, médico; fray Juan José García, de la Orden de Predicadores; don Vicente Linares; don Juan Esteban Echezuría; don Pedro de la Mata; don Jaime Bolet; don Juan Manuel Tejada; don Manuel Rubín; don Pedro Benito Vidal, Oidor; don Antonio Tiscar, Oficial de Marina; el Marqués de Casa-León; don Luis Escalona; doctor José Manuel Oropesa, abogado asesor; los presbíteros, doctor don Juan Antonio Rojas Queipo, y doctor don Manuel Vicente de
Maya; y don Manuel Linares.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (2/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

El 19 de abril de 1810 fue arrestado Fierro, en su casa, por el doctor Vicente Tejera quien cumplía órdenes del Cabildo, y le fue dejada una guardia mandada por el capitán Galindo.

A las dos y media de la tarde fue conducido Fierro desde su casa hasta la Sala Capitular, y después lo encerraron en un cuarto del mismo Cabildo con el jefe del campo volante, teniente coronel Lorenzo Fernández de la Hoz. A las seis se les permitió regresar a sus respectivas casas, acompañado cada uno de ellos de dos diputados, a Emparan y demás funcionarios, pero se hizo excepción de Fierro y Fernández de la Hoz, quienes quedaron presos en la sala concejal, y a las nueve de la noche fueron trasladados desde el Cabildo al cuartel veterano, situado entonces entre las actuales esquinas caraqueñas de Panteón y Dos Pilitas.

Como es sabido, al formarse la Junta Suprema, el 19 de abril de 1810, una de sus primeras medidas fue la expulsión de las autoridades depuestas:

• don Vicente Emparan, Capitán General de la Provincia;
• don Felipe Martínez de Aragón, oidor decano de la Real Audiencia;
• don Antonio Julián Álvarez y don José Gutiérrez de Rivero, oidores de la Real Audiencia:
• el brigadier don Agustín García de Carragliedo, comandante genera de Artillería;
• don Vicente Basadre, intendente general:
• el comandante licenciado don José Vicente de Anca, teniente gobernador y auditor de guerra;
• Fierro,
• Fernández de la Hoz, y
• el tenientes coronel don Joaquín Osorno, comandante del cuerpo volante.

El 21 a las cinco de la mañana salieron a caballo, bajo guardia de honor, del Cuartel Veterano camino a La Guaira y escoltado cada uno de ellos por un oficial y seis soldados de caballería: Fierro, Basadre, Martínez de Aragón, García de Carrasquedo, Osorno, y Fernández de la Hoz; y en el camino, un cuarto de hora después, se les unió Emparan, quien venía de su casa con igual escolta.

Además acompañaron en este viaje a las últimas autoridades del régimen colonial “cuarenta o cincuenta paisanos, nobles y empleados” (dice Basadre) “todos a caballo con armas blancas o de fuego».

A las once de la mañana llegaron a Maiquetía, desayunaron en la casa del Corregidor, y montaron nuevamente a las tres de la tarde, y al cuarto de hora arribaban al puerto de La Guaira, donde fueron embarcados el día 27 en el bergantín “Nuestra Señora del Pilar», escoltados por un paquebot del corso al mando de Juan Valenzuela, y rumbo hacia los Estados Unidos de América, excepto Gutiérrez de Rivero, que, a causa de hallarse su consorte con nueve meses cumplidos de embarazo, se le permitió quedarse en Caracas hasta el 1° de mayo, pero viendo el Cabildo que no había resultado alguno se le obligó a partir para La Guaira ese día, con todos los miramientos que necesitaba la señora, escoltada por un piquete de caballería.

También Basadre y Anca fueron dejados en La Guaira con sus correspondientes familias y en compañía de Fierro que había sido desembarcado y pasado al castillo del Zamuro. La guardia de Basadre, Anca y Fierro, compuesta de caballeros mantuanos de Caracas, se relevaba todos los días a las diez de la mañana, y la comida que le suministraban procedía de la fonda y era pagada del tesoro público.

El 5 de mayo se dieron a la vela, en la fragata “Fortuna», mandada por el capitán Pablo Domenec, Fierro, Basadre, Anca, y Gutiérrez de Rivero, estos tres últimos con sus familias. Eran por todo cuatro familias que hacían un total de 28 personas: 10 mujeres, 10 niños y 8 hombres con los criados. La “Fortuna” había salido con rumbo a Cádiz, pero los pasajeros rogaron al capitán del buque que los condujera a Puerto Rico, librándose así de ser víctimas de una epidemia de que se tenia noticias se sufría allá.

Accedió aquél, y el viernes, 11 de mayo, dieron fondo en el puerto de la Aguadilla, en la costa de Puerto Rico. Aquí, según opinión de Basadre, debería uno de los cuatro, seguir viaje a Cádiz para informar al Supremo Consejo de la Regencia de lo ocurrido en Caracas. Los otros tres manifestaron que se quedarían en Puerto Rico, resolviéndose que Basadre siguiera solo a la Metrópolis a pesar de la persuasión que le hacían su mujer, su suegra, y el llanto de sus pequeños hijos.

El 13 de mayo se hizo a la mar Basadre, llegando a Cádiz, a bordo de la corbeta “Fortuna», el 4 de julio de 1810.

Fierro y Gutiérrez de Rivero siguieron a San Juan para ponerse bajo la protección del gobernador de la isla, don Salvador Meléndez; y Anca se quedó con su familia en la Aguadilla, desde donde dirigió al Supremo Consejo de la Regencia, con fecha 15 de mayo, una interesante relación de los sucesos ocurridos en Caracas el 19 de abril anterior.

El 29 de abril de 1810, el Consejo de Regencia de Cádiz nombró al Mariscal de Campo don Femando Miyares y González, que a la sazón era Gobernador de la Provincia de Maracaibo, para sustituir al Gobernador de la Provincia de Caracas, Mariscal de Campo don Vicente Emparan.

Y para dar mayor vigor a la autoridad de Miyares, encargó al Comisionado Regio para la pacificación de Venezuela, don Antonio Ignacio de Cortavarria, para que le diese sus instrucciones; se circularon órdenes al Virrey de México, y a los Capitanes Generales de Cuba y Puerto Rico, para que le protegieran con toda clase de socorros, y a fin de que las operaciones militares tuvieran todo el éxito que se esperaba, le nombraron por consultores al brigadier don Juan Manuel Cagigal y al coronel don Francisco Carabaño, y le recomendaron para su colocación en el ejército a Fierro y a los tenientes coroneles Fernández de la Hoz y Emeterio Ureña.

El 23 de mayo de 1812, Fierro fue nombrado Brigadier de Infantería de los Reales Ejércitos. El 22 de julio de 1812, llegó Fierro a Puerto Cabello acompañando a Miyares, en unión de los demás oficiales que habían salido de Puerto Rico destinados a Venezuela; y el 29 del mismo mes fue comisionado por Miyares, para salir al encuentro del Comandante de las Tropas, don Domingo de Monteverde, con objeto de que ajustase con él las peligrosas diferencias que ocurrían, en razón de no haberle éste querido entregar el mando de la Provincia al repetido Miyares.