[Canarias}> El gentilicio indígena de Lanzarote y Fuerteventura: ¿majo o majorero?

01-07-2023

Luis Socorro

El gentilicio indígena de Lanzarote y Fuerteventura: ¿majo o majorero?

Las fuentes históricas sólo hablan de mahorero pero el término majo es muy común en documentos notariales de Fuerteventura

“El gentilicio histórico de los habitantes de Lanzarote y Fuerteventura, reconocido en las fuentes antiguas, es mahorero, no es ni majo ni maho. Eso es una construcción moderna y posterior”. Esta observación la hizo un lector cuando utilicé el vocablo majo en mi último reportaje.

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Baltasar Hernández, que así se llama el lector, acompañó su afirmación con tres citas para fundamentar su opinión. Con el propósito de arrojar luz a este asunto, hemos consultado a lingüistas y filólogos —no es exactamente lo mismo— de las dos universidades públicas de Canarias, a arqueólogos majoreros y lanzaroteños, a la Real Academia Española (RAE), al diccionario histórico del español de Canarias de la propia RAE y al diccionario básico de canarismos de la Academia Canaria de la Lengua.

La conclusión es clara. El lector tiene razón en la primera parte de su afirmación, pero no en la segunda porque hay matices. Y vamos a explicar por qué tras la investigación que hemos realizado. ¿Es correcto el gentilicio majorero —con jota— para los guanches de las dos islas orientales? Sí. De hecho debería de ser el predominante porque las fuentes históricas hablan de “mahorero”. ¿Es correcto el gentilicio majo para los primeros canarios de Lanzarote y Fuerteventura? No es incorrecto, tal como establece la Academia Canaria de la Lengua.

El sonido. Es fundamental aclarar este aspecto porque ayuda a clarificar el dilema que plantea este reportaje. La tradición oral es fundamental en la evolución de las palabras, también de la toponimia. Esta afirmación es incuestionable, como lo es la evolución de los sonidos en la pronunciación de cualquier palabra; ejemplos hay centenares en cualquier lengua del planeta. En el español, la letra H tiene orígenes distintos, de manera que en los textos antiguos pueden pronunciarse como aspirada o muda. No obstante, según nos comenta el lingüista Jonay Acosta, “la normalización ortográfica llevada a cabo por la RAE a mediados del siglo XVIII la convirtió en una grafía muda”. O sea, antes de esa fecha, la pronunciación era similar a la jota actual; de ahí la evolución lógica al término fonológico majorero.

El lector tiene razón al afirmar: “El gentilicio histórico de los habitantes de Lanzarote y Fuerteventura, reconocido en las fuentes antiguas, es mahorero”. En efecto, Alonso de Espinosa señala en un texto de 1594: “los mahoreros que assi se llamã los naturales de aquellas Islas de Lançarote, y Fuerte ventura” (sic). Las otras dos citas en las que se apoya Baltasar Hernández para defender que el gentilicio aborigen es mahorero son de Frutuoso -«Os islenhos destas duas ilhas se chamam mahoreros, que em nossa linguagem quere dizer criadores de gados, porque êste é seu oficio»- y de Torriani, que escribió en 1590: “Dalli antichi iso-//lani fu detta Maoh, dalla quale essi chiamaronsi Maohreri, come da Sicilia Siciliani”.

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Parece evidente que denominar majoreros —con jota, para adaptarnos a la norma ortográfica vigente— a los primeros habitantes de las dos islas orientales es acertado. El catedrático de la ULPGC, Maximiano Trapero, cuando le comuniqué: ‘quiero redactar una noticia sobre el gentilicio indígena de Lanzarote y Fuerteventura: ¿majo o mahorero (no sé si con j o con h)?’, me respondió lo siguiente: “En cuestiones de lengua, guíate siempre por la oralidad: no cabe otra que majorero”.

Un zapato llamado maoh o majo

El diccionario histórico del español de Canarias de la RAE aporta luz al debate. Certifica que el gentilicio original es mahorero y explica el origen de esta palabra. Obviamente se apoya en fuentes escritas. Abreu y Galindo dijo lo siguiente: “Los naturales destas dos islas, Lanzarote y Fuerteventura, se llaman mahoreros, porque traían calzados de los cueros de las cabras, el pelo afuera, unos como zapatos, a quien ellos llaman mahos; y algunos quieren decir que el nombre propio de la isla se dijo de este nombre, maho. Ibídem (lib. 1º, cap. xi, p.60): El vestido y hábito de los de esta isla era de pieles de carnero como salvajes, ropillas con mangas hasta el codo, calzón engosto hasta la rodilla, como los de los franceses, desnuda la rodilla, y de allí abajo cubierta la pierna con otra piel hasta el tubillo; y mahos, calzados, de donde son llamados mahoreros”.

El teldense Marín de Cubas, apoyándose en texto de Espinosa, escribió en 1694: “Traen todos en los pies majos, que es un pedazo de cuero por zapatos de donde son llamados majoreros. Venían delante de las andas cuatro capitanes con capotillos de badana llamados tamarcos, braguillas de junco, majos en los pies y guapiletes en la cabeza, y lo demás desnudo”.

Torriani también alude a un calzado llamado maoh: “Y por zapatos llevaban un pedazo de cuero de cabra envuelto a los pies, que llamaban maohs; y hasta hoy sigue esta costumbre, pero lo hacen de camello”.

Dos siglos después de la frase anterior de Torriani, el francés Bory señaló en 1803: “Quizás sea conveniente dar aquí una pequeña lista de palabras guanches que se han conservado, tomadas de diversos autores y de notas que han tenido a bien facilitarme. Maxo, zapatos”. Para añadir: “No encerraban sus pies en un zapato; todo su calzado consistía en una especie de sandalias, llamadas maxo, fijadas con ligaduras que se ataban en la parte superior del pie”. El dato de este autor francés —aunque escriba maho con equis— es muy interesante porque 400 años después de la conquista de Lanzarote y Fuerteventura se constata la pervivencia de palabras indígenas. Todavía hoy, en el siglo XXI, tenemos palabras aborígenes en nuestro léxico, como gofio.

Pero la pervivencia de la cultura guanche no es el objeto de este artículo. Lo que ponen de manifiesto los autores citados en el diccionario histórico del español de Canarias es que el origen del gentilicio mahorero —léase majorero, tal como se escribe en la actualidad y reconoce la RAE— procede del vocablo que definía el calzado de los indígenas. Ojo, no sólo en las islas orientales. En El Hierro, según detalla el filólogo Maximiano Trapero en su diccionario de guanchismos, “el término majo, siendo de origen guanche, ha pervivido en el habla popular de Canarias, pero sólo en la isla de El Hierro, y allí, justamente, con la significación que ya le asignaban Torriani y Abreu: majos llaman los pastores herreños al rústico calzado que ellos mismos usaron hasta tiempos recientes, siendo primero de cuero de ovejas o cabras y después de gomas de camiones”.

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El diccionario de canarismos de la Academia Canaria de la Lengua tiene dos acepciones de la palabra majo o maja. La primera es un adjetivo: “Se dice del individuo de los pueblos que habitaban las islas de Lanzarote y Fuerteventura al tiempo de la conquista de Canarias”. La segunda es un sustantivo masculino que se circunscribe a Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro: “Calzado rústico en cuya confección se emplean, entre otros materiales, piel sin curtir o goma de coche”.

¿Y qué dice ese diccionario del vocablo majorero/ra? Aporta ocho significados, pero ninguno alude al gentilicio de los aborígenes de las islas orientales. El primero refiere al natural de Fuerteventura; otra acepción es el adjetivo de perteneciente a la isla; en Tenerife y La Palma se usa para calificar a las cabras “con el lomo negro”, en Gran Canaria para definir a un pescado pequeño, salado y seco“ y también para calificar al perro bardino; en Lanzarote cuando se refiere al ”tiempo atemporalado del suroeste“, mientras que en La Gomera se usa como adjetivo ”de una cabra de color canelo“. Además, en Canarias, asevera Acosta, ”también se usa como cromónimo o nombre de color, no solo para designar animales, sino también accidentes geográficos, como sucede con unas montañas de El Hierro denominadas Las Majoreras debido a su color canelo“.

¿Qué aporta la RAE en este debate? La biblia de la lengua española afirma que majorero es un adjetivo, “natural de la isla de Fuerteventura” o “perteneciente o relativo a Fuerteventura”; no dice nada sobre el gentilicio aborigen, pero sí aporta un dato revelador sobre la etimología de majorero: “De Majorata, nombre indígena de la isla”. Respecto al vocablo majo, la RAE no lo vincula con Canarias; es un adjetivo con tres acepciones: “Que gusta por su simpatía, belleza o gracia” es la primera. Sinónimo de lindo, hermoso o vistoso, la segunda, y la tercera: “ataviado, compuesto, lujoso”.

Majo, presente en documentos notariales

El filólogo Jonay Acosta ha investigado el asunto y ha publicado interesantes trabajos al respecto. A modo de introducción, recuerda que los etnónimos y gentilicios, en muchas ocasiones, proceden del exterior y, según desde el lugar en el que se exprese, se puede decir de una manera u otra. Él se pone como ejemplo. De origen herreño de varias generaciones, tanto de padre como de madre, “en Tenerife soy herreño y en El Hierro soy tinerfeño porque nací en Tenerife”.

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Este experto sostiene que “como es muy improbable que hubiera contactos fluidos entre las poblaciones aborígenes de las diferentes islas, también lo es que existieran etnónimos de alcance insular (nesoetnónimos) antes del contacto con los europeos. Así pues, parece evidente que los nesoetnónimos canarios son fruto de las relaciones extra e interinsulares acaecidas, sobre todo, a raíz de la Conquista”.

En este sentido, las fuentes escritas le dan la razón ya que las primeras referencias del gentilicio de los primeros pobladores de Lanzarote y Fuerteventura es mahorero. Acosta explica que a diferencia de la palabra mahorero, “con registros desde el siglo XVI, de la palabra majo, como gentilicio, no hay ninguna referencia anterior al siglo XVII”. En consecuencia, majorero es el gentilicio original, pero majo también es válido, como veremos más adelante al analizar la toponimia.

Acosta aclara que “existen los dos gentilicios y se han utilizado para designar a la población de ambas islas; lo que no sabemos es si tienen el mismo origen por el problema de las grafías”. Por ello, “no es seguro que majo sea un acortamiento del primero. Se necesitan registros tempranos de majo para saberlo, ya que en el siglo XVI la j y la h representaban fonemas distintos en español y ambas grafías comenzaron a confundirse a partir de mediados del siglo XVII, debido al proceso denominado reajuste de sibilantes del español, que fue bastante tardío en las Islas y América”.

El historiador y arqueólogo José de León, originario de Lanzarote pero nacido en Uruguay, durante su tesis doctoral tampoco encontró registros de la palabra majo —con jota, equis o hache—, como gentilicio o etnónimo, anteriores al siglo XVII. Con todo, De León considera que “las dos fórmulas son válidas, majo y majorero. Las referencias documentales citan a los dos. Es verdad que en mi tesis no encontré el término majo en la documentación, pero sí es verdad que hay mucha toponimia referente a los majos en ambas islas”. El historiador cuenta con una documentación de 1590 “que habla de las chozas de los majoreros, en Tiagua (Lanzarote), pero puede ser majorero de Fuerteventura porque ahí vivió Alonso el de Jandía. Sin embargo, en documentos notariales de Fuerteventura es muy común el término majo”. En consecuencia, sentencia el investigador, “los términos majo y majorero está vigente en las dos islas desde tiempo inmemorial”.

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La toponimia, como bien dice De León, disipa dudas sobre el gentilicio majo para designar a los guanches de las dos islas orientales. El catedrático Trapero, en su diccionario de guanchismos, sostiene que “el término majo, con la referencia a sus respectivos aborígenes”, lo ha localizado en siete lugares “en Fuerteventura y en seis de Lanzarote, tanto en singular como en plural”. El filólogo aclara que “los toponimios no tienen que ser todos ellos de la época de la Conquista, pues han podido haber nacido más tarde para señalar aquella referencia”. Algunos de esos lugares son: Casita de los Majos, Lomo del Majo, Cueva de los Majos o Carrera de los Majos.

Majorero en Marruecos

El término majorero también se usa fuera de las fronteras de Canarias, concretamente en Marruecos. El director del Museo Arqueológico de Fuerteventura, Luis Mata, se quedó asombrado cuando hace ocho años, en Tarfaya —sur de Marruecos, a sólo 34 kilómetros de la frontera con Sahara Occidental—, “escuché a un señor mayor saharaui, natural de El Aiun, decir que la palabra majorero la usaban para definir a una persona que se dedicaba a un oficio vinculado con la artesanía”.

Tras este hallazgo casual, el historiador majorero empezó a indagar y confirmó que, en efecto, “el término fonológico majorero se mantiene en lugares de Marruecos, como sostiene el lingüista Ahmed Sabir, profesor de la universidad de Ibn Zohr”, en Agadir. Sabir relaciona el vocablo majorero, según Mata, “con un grupo étnico diferenciado por sus actividades artesanales”. “Aunque apenas se utilice”, sentencia Mata, “en la lengua bereber aún se puede escuchar el término majorero”. El libro de Sabir Las Canarias Preeuropeas y el Norte de África. El Ejemplo de Marruecos. Paralelismos Lingüísticos y Culturales, cita numerosas semejanzas entre la toponimia de origen guanche de Canarias con la de localidades norteafricanas, principalmente marroquíes. En este trabajo se recoge el término majorero.

Respecto al gentilicio de los primeros pobladores de las islas orientales, el director del MAF sostiene, como atesoran las fuentes históricas citadas en este reportaje, “la relación del término más aceptada es la que se relaciona con el tipo de calzado que utilizaban —maho— los mahoreros”. Luis Mata concluye que este calzado “debió ser tan excepcional que diferenció la nominación a los pobladores de las islas orientales del resto”, aunque como señala el catedrático Maximiano Trapero, majo también se usa en El Hierro.

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Es ilustrativo destacar que el vocablo majorero o majorera lo encontramos en la toponimia de islas como La Palma —Llano de las Majoreras, en el municipio de Puntallana—, El Hierro —Camino de las Majoreras, en Frontera— o Gran Canaria —Las Majoreras, un barrio de Ingenio, o Roque Majorero, en el municipio de Mogán—.

En definitiva, el gentilicio de los indígenas, aborígenes o guanches —la RAE designa este gentilicio a “un pueblo que habitaba las Islas Canarias al tiempo de su conquista”— de Lanzarote y Fuerteventura es majorero y majo indistintamente. De la misma manera que la cultura de los primeros pobladores de Canarias evolucionó durante los aproximadamente 1.300 años que perduró hasta la Conquista, el lenguaje y el sonido de las palabras también evoluciona. Así, tras la Conquista se usaba el vocablo mahorero, como reflejan los cronistas citados, evolucionó, no se sabe exactamente por qué, y surgió el gentilicio majo sin que se perdiera el majorero.

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[Canarias}> Los romanos llegaron a Lanzarote en el siglo I antes de Cristo

10/06/2023

Luis Socorro

Los romanos llegaron a Lanzarote en el siglo I antes de Cristo

Los romanos o poblaciones romanizadas, originarias del Mediterráneo occidental, recalaron en Lanzarote en el siglo I antes de la era común. Así lo ha confirmado a esta redacción Pablo Atoche, arqueólogo y catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Durante la última excavación realizada el verano pasado en el yacimiento El Bebedero (oeste de Lanzarote), Atoche y su equipo encontraron numerosos restos cerámicos “de indudable factura romana”, además de huesos de cabras y ovejas. El hallazgo más espectacular fue un ánfora completa, con la boca modificada para “reutilizarla para otro uso”, en El Bebedero. Hasta ahora, tan sólo había constancia científica de la presencia romana en Canarias en el islote de Lobos.

El profesor Atoche lleva más de treinta años investigando la presencia de culturas mediterráneas en Lanzarote. Los resultados de la última excavación en El Bebedero, realizada en el julio de 2022, confirmó investigaciones anteriores, en ese yacimiento y en el de Buenavista, y los presentó el pasado mes de abril en la Sociedad Económica Amigos del País de Las Palmas, en una conferencia titulada La colonización protohistórica del archipiélago canario a la luz de los hallazgos de Lanzarote.

Hasta ahora, Atoche cuenta con “27 dataciones de carbono 14 de restos animales y vegetales”, registros arqueológicos excavados en el yacimiento El Bebedero. Estos vestigios se han excavado “en seis niveles estratigráficos bien definidos”, con un marco cronológico —afirma el investigador— que va del “siglo I antes de Cristo al XIV de la era, justo en la centuria anterior a la conquista de Canarias, que se prolongó prácticamente a lo largo del siglo XV. Los arqueólogos han encontrado ”cerámica romana, molinos de piedra para moler cereales, material lítico para el tratamiento de pieles y bastantes restos de fauna —“el 90% son huesos de cabras y ovejas”— animal y marina, principalmente moluscos“.

El arqueólogo sitúa los materiales de factura romana entre los siglos I antes de la era común y el IV de la era, final del periodo de la cultura romana. “Se trata de bandejas y recipientes muy similares a los que hemos encontrado en el yacimiento de Buenavista”, a poco más de 500 metros de El Bebedero; ambos enclaves están en la misma comarca lanzaroteña, cerca de la playa de Famara, una zona en la que se podía fondear durante los meses de mar abierto, cuando las condiciones eran propicias para la navegación.

Ánfora tuneada

Pablo Atoche califica de “espectaculares” los hallazgos de la última campaña, la del pasado verano. “Tenemos seis grupos de diferentes tipos de pastas de cerámica que corresponden a seis tipos de ánforas, en algunos casos tenemos conteras, bordes, etcétera”. 2022 “ha sido espectacular en cuanto al número de fragmentos de ánforas y otros elementos de procedencia romana”.

Los análisis de los materiales indican la procedencia: “Las ánforas campaniformes son de Italia, pero hay restos procedentes de la antigua zona de Cartago o de la Bética”, sur de la Península Ibérica. Junto a los fragmentos cerámicos, se han excavado “elementos metálicos, sílex del norte de África, abalorios…”. Los recipientes anfóricos, añade el investigador, “contenían vino, aceite y salazones”.

Pero el hallazgo más sobresaliente se produjo cuando limpiaban un nuevo perfil en la parte oriental del yacimiento de El Bebedero. “Nos aparece un objeto y lo primero que pensamos es que se trata de una tubería de agua fecales, pero, a medida que vamos limpiando, la tubería se convierte en un recipiente”. La primera duda “es que no aparecía la contera, la base del recipiente”, relata el arqueólogo. El recipiente está hecho a torno, o sea, no es de factura indígena, y se localizó en el estrato cuatro, “que lo tenemos fechado justo en el cambio de era”. Finalmente, aparece la contera: “Estamos hablando de un ánfora completa de procedencia romana, fechada en torno al cambio de era”.

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Cuatro imágenes del proceso de excavación del ánfora romana en El Bebedero, en julio de 2022. Captura del vídeo de la conferencia de Atoche en la RSEAP de Las Palmas, en abril de 2023.

La tipología, explica Atoche, “es bastante curiosa, poco frecuente en el Mediterráneo”. El arqueólogo destaca la modificación que “le hicieron en la boca, la ampliaron para reutilizarla evidentemente”. De hecho, continúa el investigador, “la analítica del contenido nos está indicando que tuvo un contenido inicial” —este dato lo reserva hasta la publicación de los resultados en una revista científica— “y tuvo otro posteriormente y tuvo que ver con el mundo indígena, con unas costumbres que hemos detectado en el ámbito indígena en Lanzarote y Fuerteventura”.

Atoche precisa que se “trata de la primera ánfora completa que aparece en un contexto indígena”. Sin embargo, durante la conferencia el arqueólogo no aportó pruebas de que el origen del yacimiento sea aborigen y que después, como sostiene, llegaron los romanos. El profesor de la Universidad de Las Palmas aclara que está pendiente de publicar los resultados en una revista científica, motivo porque el que tampoco nos facilitó las fotografías de la ánfora y de otros fragmentos de cerámica encontrados en la excavación realizada el verano pasado en El Bebedero. “Quiero publicarlas primero en una revista especializada”, comentó a Canarias Ahora- elDiario.es.

Atoche es un profesional muy reservado en su trabajo y poco dado a difundir sus investigaciones en los medios de comunicación. De hecho, el autor de esta noticia le solicitó realizar un reportaje durante la última campaña arqueológica, en julio del año pasado, y no fue atendida su petición.

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Una arqueóloga toma notas junto a una de la estructuras del yacimiento de Buenavista. Foto cedida Ayuntamiento de Teguise.

Lo que no ha encontrado el equipo de Pablo Atoche, durante los aproximadamente treinta años de investigación en los enclaves de Buenavista y El Bebedero, son restos humanos, lo que induce a pensar a otros arqueólogos que esos asentamientos del oeste de Lanzarote, en el municipio de Teguise, no eran permanentes porque fueron construidos por esos navegantes que llegaron a Canarias cuando Roma controlaba la franja costera del norte de África. Estos dos yacimientos no fueron afectados por la erupción del volcán Timanfaya —1730-1736—, que sí sepultó varios pueblos y otros enclaves arqueológicos de los majos, denominación de los primeros pobladores de las islas de Lanzarote y Fuerteventura.

Hasta ahora, los vestigios humanos indígenas más antiguos del Archipiélago están fechados entre los años 207 y 260 de la era común, o sea, principios del siglos III después de Cristo. Fueron encontrados en 1968 en Lanzarote, en La Chifletera, un tubo volcánico en el municipio de Yaiza. La arqueóloga Verónica Alberto coordinó una investigación sobre todos los restos humanos localizados en yacimientos lanzaroteños. Se publicó en el otoño de 2021 en Anuario de Estudios Atlánticos, con el título Sobre el tiempo de los majos. Nuevas fechas para el conocimiento del poblamiento aborigen de Lanzarote, trabajo firmado por siete especialistas.

De lo que sí hay constancia documental es de las primeras navegaciones para explorar el Atlántico al sur de las Columnas de Hércules, al sur del Estrecho de Gibraltar. Juba II (52 o 50 a. C.-23 d. C.), el rey norteafricano de las provincias romanas de Numidia y Mauritania, financió varias expediciones que se realizaron aproximadamente en torno al año 20 antes de la era común. Los resultados de esas travesías las recogió Plinio el Viejo en su famosa enciclopedia Historia Natural, publicada en el año 77 de la era, en el siglo I.

Aunque los yacimientos de El Bebedero y Buenavista se encontraron antes que el de Lobos —islote al norte de Fuerteventura—, descubierto en 2013 cuando un turista encontró fragmentos de cerámica antigua, mientras que los enclaves lanzaroteños se empezaron a excavar a finales del siglo XX, el asentamiento de Lobos fue el primero en el que se demostró de manera irrefutable la presencia romana en Canarias. Es coetáneo a los citados yacimientos de Lanzarote.

Lobos, como afirma el doctor Ramón Cebrián, “es un regalo para la arqueología de Canarias”, al tratarse del único asentamiento romano de carácter económico construido por los romanos o por poblaciones romanizadas. Cebrián es autor de la única tesis doctoral realizada hasta ahora sobre el taller de producción de púrpura de Lobos. La púrpura era un tinte muy cotizado en el Imperio Romano.

En este yacimiento tampoco se han encontrado restos humanos. Era un taller estacional, ya que la zafra del molusco del que se extrae la púrpura duraba poco más de tres meses. Los historiadores consideran que la púrpura se trasladaba a Gades —la actual Cádiz—, ciudad muy importante en la civilización romana por su privilegiada posición geográfica, puerto de salida y llegada de las expediciones por el Océano Atlántico.

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[Canarias}> Cuando Nelson se llevó un susto / Á. Van den Brule A.

10-06-2023

Á. Van den Brule A.

Cuando Nelson se llevó un susto

“En breve, la gente será incapaz de pensar o razonar por sí misma. Serán capaces sólo de parlotear las noticias que se les dio la noche anterior.” – Zbigniew Brzezinski (Ex consejero de Seguridad Nacional de EE. UU.)

El cañón de bronce que hoy duerme sobre una enorme cureña en el Centro de Interpretación del Castillo de San Cristóbal en Tenerife, El Tigre, es una venerada celebridad con nombre propio. Como los cañones de la época no funcionaban solos, también hay que rendir homenaje al equipo de artilleros que lo dieron todo en una de las gestas militares más brillantes que se recuerdan, dirigida por un anciano general retirado, en perfecta combinación con la población, entregada a la defensa de la ciudad. Ellos, en un tándem perfectamente conjuntado, rompieron los pronósticos más pesimistas.

De eso va la historia de hoy.

No hay peor pesadilla para un soñador, que ver el deterioro de su físico menoscabado por amputaciones sin cuento y tener que asumir que sus expectativas serán hipotecadas para toda la eternidad, ni que del pulcro candor de la inocencia se pueda esperar que la Tierra, por un acto de voluntad, se ponga a girar al revés.

Esto es, lo que la mente del gran almirante Nelson, uno de los pocos ingleses que cumplía el precepto del buen caballero, hombre de palabra, la encarnación tópica del gentleman, la del marino perfecto, talentoso y respetado por propios y ajenos, padeció durante toda su existencia. Pero claro, a veces la percepción es engañosa por las muchas grietas en que se atrinchera obstinadamente la ignorancia. Cuanto más sabemos, cuanto más avanzamos, más se aleja el horizonte, pero, como decía el ilustre Eduardo Galeano (a pesar del sesgo tan poco imparcial de alguna de sus obras), esa línea que funde todos los azules siempre será una referencia que alimente la obstinación del ser humano y su innata curiosidad.

En la céntrica plaza de Trafalgar Square, cerca de Downing Street, la memoria del legendario almirante Nelson pervive en el imaginario del pueblo inglés como el héroe que tantas victorias dio a su bandera

Inglaterra en su concepción estratégica, veía las Islas Canarias como un reto con fuerte hándicap habida cuenta de la fuerte resistencia que venían demostrando los isleños. Drake, el infame amante de la reina Isabel I, finalmente defenestrado, y Blake y Jennings, veían las islas como el pastel de cumpleaños de un niño, o como un plato de gourmet. La idea era cortar las rutas trasatlánticas de los navíos españoles hacia América y, de paso, instalar sus posaderas. Pero a través de la historia se demostró que, conforme su ambición e insistencia se redoblaban, la indigestión de los sucesivos fracasos se fue haciendo de a poco, intolerable, hasta acabar consumiendo bicarbonato a espuertas.

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Horatio Nelson. (Wikimedia commons)

Corría el año 1797 cuando un carismático general de nombre Antonio Gutiérrez de Otero, retirado de tanto trasiego vital, reposaba en Tenerife los trabajados surcos de la experiencia. En una modesta casa en las faldas de La Cardonera, con un pequeño huerto esmeradamente cultivado, vivía plácidamente este honorable militar, muy querido por su pueblo por sus iniciativas a favor de la comunidad y por los sucesos que, más tarde, lo convertirían en una leyenda icónica.

Al amanecer del día 21 de julio, el vigía que estaba a cargo de las señales en el Alto de Anaga dio la alarma. Ocho grandes navíos con una dotación de más de dos mil hombres se acercaban de manera insolente ante lo que se suponía una víctima propiciatoria.

En el momento del intento de invasión, 300 soldados profesionales era todo lo que había en la isla. Un destacamento francés, la tripulación de una fragata que les había sido arrebatada por los ingleses en un golpe de mano, sumaban otro centenar. Con un entrenamiento muy breve, a manos de los sargentos, un millar de nativos formarían una milicia local. Antonio Gutiérrez, ya había aplicado un severo correctivo a los ingleses en las Malvinas y que, algo más tarde y para ponerse en forma, los desalojaría de Menorca, pues había que evitar a cualquier precio que se instalaran los británicos en una cabeza de puente.

Los isleños, a una, se pusieron a disposición del carismático general. Pero tras varios intentos de desembarco, se gestó el escandaloso desastre inglés, que no vino sólo por la unidad entre milicias y uniformados, sino por la suma de desconocimiento de las tablas de mareas, y una terrible sorpresa que aguardaba a estos tragaldabas. Una cadena de atalayas situadas estratégicamente a lo largo del perímetro marino de la isla, y una batería de cañones, entre las que estaba situado uno que se nutría ora de balas, ora de botes de metralla envasados en cartón y cera; lo cierto es que iban a ser una pesadilla para Nelson.

Los artilleros españoles buscaban a cualquier precio el tiro rasante (11º de elevación de la cureña dependiendo de la posición sobre el terreno) que llegaba obviamente más rápido que el tiro con curvatura hábil a su objetivo (45º). Los ingleses, si querían atacar con garantías, debían de situarse a menos de 1.600 metros de distancia de la costa, fuera de su zona de seguridad (4 km) para poder descargar la artillería naval con cierta precisión. Era evidente que en ocho segundos cualquier artillero con un entrenamiento correcto acabaría dando en el blanco.

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Busto del General Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana en Aranda de Duero, Burgos. (Wikimedia commons)

Con gran riesgo, pero amparados por su mayor capacidad de fuego, los ingleses se acercaron a esa distancia para posicionarse de cara al ataque posterior. Pero la solvencia acreditada de Nelson no había metido en la ecuación dos factores. El primero, la rapidísima organización de las milicias; el segundo, que las baterías estaban orientadas, en su mayoría, para barrer las playas en el momento del desembarco.

De esta manera, botes que tocaban arena, eran barridos horizontalmente con la metralla rasante. Esta táctica hizo estragos entre la marinería inglesa. El almirante Nelson, embarcado en uno de ellos, perdería su brazo derecho en el preciso momento de tocar tierra. El efecto psicológico entre los suyos fue demoledor.

Más de 600 marinos ingleses perecerían en aquel caótico desembarco; las cifras de los caídos españoles no llegaron a la décima parte. El Tigre cumplió con su deber. Es triste que, mientras Nelson o su memoria, habitan en una colosal columna de 50 metros de altura y este monumento es visitado por miles de personas a diario, el general Don Antonio Gutiérrez se perpetúa en el espíritu de los que le recordamos, pero en un discreto busto de una pequeña plaza tinerfeña.

Algo no encaja

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[Canarias}> Ocho apellidos canarios / Ana de Armas

29 May 2023

Ana de Armas

8 Apellidos canarios

Ni 8 apellidos catalanes, ni 8 apellidos vascos…Si hay apellidos de los que más orgullosos debemos estar son de los canarios. Se remontan al origen de grandes familias que vivieron en las Islas o a antiguos reyes que provenían de diferentes lugares del mundo. Descubre cuáles son los más comunes en cada Isla.

El Hierro: Padrón

Hoy en día, el apellido Padrón es el más común y numeroso entre los habitantes de El Hierro, y su presencia sigue siendo significativa en la comunidad local.

La familia Padrón en Canarias tiene sus raíces en Portugal, aunque se cree que tiene un origen remoto en Asturias. Esta familia es una de las más antiguas y prominentes en la isla de El Hierro. En Lisboa, los miembros de este linaje construyeron una torre que posiblemente se representa en su escudo de armas actual.

En el siglo XVI, se establecieron en las Islas Canarias, siendo Pedro Padrón Acosta Salgado uno de los primeros miembros destacados. Pedro era vecino de La Palma y pertenecía a la familia del Santo Oficio. Se casó con Leonor de Acosta, quien era descendiente de un hijo ilegítimo de los reyes portugueses, tiempo después se trasladaron al hierro y tuvieron descendencia. Después de vivir en La Palma, la pareja se trasladó a El Hierro, donde su hija, Francisca Padrón Acosta Salgado, contrajo matrimonio con un hidalgo portugués llamado Pedro Gonzales, originario de Riotorto.

La isla de El Hierro ha tenido una población relativamente aislada y estable a lo largo de los años, lo que ha permitido la preservación de apellidos como “Padrón” y su continuidad en las generaciones posteriores. Esto ha contribuido a la identidad cultural y la historia de la isla.

La Palma: Pérez. (Falta uno. Ver al final)

El apellido Pérez es uno de los apellidos más comunes en la isla de La Palma, en Canarias. Es un apellido de origen español y tiene una larga historia en la región.

El apellido Pérez se deriva del nombre propio “Pedro”, que a su vez proviene del latín “Petrum”. Es un apellido patronímico, lo que significa que se forma a partir del nombre del padre. En este caso, “Pérez” indica la descendencia o filiación de alguien cuyo padre se llamaba Pedro.

En La Palma, el apellido “Pérez” tiene una presencia significativa y ha sido transmitido a través de generaciones. Muchas familias de la isla llevan este apellido y tienen vínculos históricos con la tierra y la comunidad local.

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La Gomera: Chinea

Chinea es el apellido de origen indígena canario más común en las Islas pues se estima que alrededor de 4.500 personas lo llevan. Sin embargo, es el único apellido que proviene de los aborígenes gomeros, lo que le otorga una singularidad especial en la región.

Según varios trabajos y estudios, la tradición oral de la zona todavía evoca el nombre ancestral de una princesa gomera llamada Echirea o Echinea, que tiene una posible conexión con el apellido.

El apellido “Chinea” ha sido transmitido de generación en generación en la isla y ha sido llevado por muchas familias locales.

Gran Canaria: Santana

Se debe a que en Gran Canaria normalmente los niños huérfanos provenientes de la Casa de Expósitos o del Hospicio de Las Palmas de Gran Canaria (o Casa Cuna) estaban bajo la advocación de Santa Ana, lo que lo convierte en un apellido muy frecuente.

También se dice que el apellido Santana tiene raíces en el idioma guanche, la lengua aborigen de las Islas Canarias antes de la llegada de los conquistadores. En guanche, “santana” significa “tierra alta” o “lugar alto”, lo cual puede estar relacionado con la geografía montañosa de Gran Canaria y la existencia de lugares con elevada altitud en la isla.

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Tenerife: González

Uno de los apellidos con más historia en la isla de Tenerife es el apellido González. Este apellido, de origen hispano-guanche, ha dejado una profunda huella en la historia y la cultura de la isla, convirtiéndose en un símbolo de identidad para muchas familias tinerfeñas.

El apellido González tiene sus raíces en la época de la conquista de las Islas Canarias por parte de los españoles en el siglo XV. Durante ese tiempo, los conquistadores se establecieron en Tenerife y se mezclaron con la población guanche, los antiguos habitantes de la isla. Como resultado de esta mezcla cultural, surgieron nuevos linajes que adoptaron apellidos españoles, entre ellos el apellido González.

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Lanzarote: Betancort

El apellido Betancort es un símbolo de la historia y la identidad de Lanzarote. Representa la fusión de culturas y la herencia guanche y española en la isla. A lo largo de las generaciones, las familias Betancort han contribuido al crecimiento y desarrollo de Lanzarote, dejando un legado perdurable que sigue influyendo en la sociedad actual.

Fuerteventura: Martín

Cabe destacar que, si bien el apellido Martín es el más común en Fuerteventura, también existen otros apellidos que son frecuentes en la isla, como Rodríguez, Morales, Hernández, García, Cabrera, entre otros. Estos apellidos reflejan la diversidad de las familias que han habitado y contribuido al desarrollo de Fuerteventura a lo largo de su historia.

La Graciosa: Toledo

En el caso de La Graciosa, es posible que algunas familias con el apellido Toledo se hayan establecido en la isla procedentes de otras áreas de España, principalmente de Lanzarote o de otras islas cercanas. Estos primeros colonos probablemente buscaron oportunidades económicas en la pesca y en la explotación de los recursos marinos, actividades que históricamente han sido fundamentales en la vida de la isla.

A lo largo del tiempo, las familias con el apellido Toledo que se asentaron en La Graciosa se integraron en la comunidad local y contribuyeron al desarrollo y crecimiento de la isla. Sus descendientes han mantenido el apellido y han formado parte de la identidad “gracianera”, preservando las tradiciones y el legado de sus antepasados.

Algunas de las primeras familias en establecerse en La Graciosa fueron los Martín, los Pérez, los García y los Morales, entre otros.

Fuente (Cortesía de Ricardo Lorenzo Fernández)

Falta “La Palma: Los otros Padrón”

Todo lo que acerca del Padrón de El Hierro cuentan al comienzo de este artículo, se encuentra en el artículo “Datos sobre genealogía de la familia PADRÓN, de El Paso (La Palma, Canarias)” que, escudo incluído, publiqué en este mi blog el 24-05-2006.

Según entonces conté, el apellido Padrón que tengo y que, por tanto, también tuvieron mis antepasados y tienen mis descendientes y los descendientes de otros Padrón con quienes comparto ancestro, es fake porque debería ser un apellido holandés.

Ésta es la mejor foto que de uno de mis antepasados Padrón tengo.

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Se trata de Tomás Padrón Felipe, hermano de mi abuelo Luis. Tomás medía, según me contó un pariente que lo conoció, más de 2 metros, y sus manos eran tan grandes que podía coger con facilidad objetos del tamaño y forma de un balón de fútbol. Vivió en San Pedro, Breña Alta, y allí fue juez de paz durante 30 años sin que nadie osara jamás objetar una sentencia suya.

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Esta foto, junto a su cónyuge Josefa Rodríguez, quien no era precisamente mujer de baja estatura, da idea del tamaño de Tomás.

Entre sus descendientes, de los cuales conocí a muchos y sigo en contacto con algunos, abundan los altos a muy altos, rubios o pelirrojos, de tez muy blanca y ojos claros, rasgos que no se dan entre los auténticos Padrón.

Una de mis hijas, que vive en USA, solicitó el análisis de su ADN, uno que hacen mediante el pago de 100 dólares y envio de muestra de saliva. El resultado indicó que el mayor porcenaje de su ADN corresponde a genes holandeses y el segundo a italianos. Los otros porcentajes son muy bajos.

[Canarias}> La batalla del barranco de Acentejo, último hito de la conquista de Canarias

27/05/2023

Á. Van den Brule A.

La batalla del barranco de Acentejo, último hito de la conquista de Canarias

La isla de La Palma fue sometida en 1493 y, tras ella, el conjunto de las islas fue quedando, ya fuera por la fuerza o por los pactos de paz, bajo el dominio de la Corona de Castilla

La quietud era abrumadora y el silencio inquietante. Sólo el ruido metálico de los morriones, petos y su botonadura, cascos de la reata de caballos y las espadas, rompían la monotonía. Una tropa de centenar y medio de caballeros y no más de un millar de soldados sin mucha preparación y cogidos a lazo en las islas cercanas, caminaban en lenta procesión por aquel paisaje lunar. La tropa, admirada, veía cómo las estrellas fugaces pasaban de largo y la bóveda celeste seguía ahí, impertérrita, sin más respuesta que su imponente presencia.

Hacia mayo, en las cercanías de lo que hoy es Tenerife, aquella tropa de gentes castellanas con presencia regular en el Hierro y la Gomera y algunos reclutados en el sur de la península, se adentraban de manera un tanto informal y sin las debidas precauciones. En las alturas del barranco de Acentejo, había muchas miradas escrutando a aquellos extraños invasores que portaban unos perros grandes y feos y unas extrañas armas metálicas.

Aquella tropa de gentes castellanas con presencia regular en el Hierro y La Gomera y algunos reclutados en el sur de la península, se adentraban de manera un tanto informal y sin las debidas precauciones

Hoy se sabe por historiadores isleños y peninsulares que la infantería iba muy cargada. Las tradicionales alabardas, con el peso añadido de las espadas y dagas, más que elementos de defensa eran lastres para una movilidad rápida y suelta. En los lances por venir, los ballesteros, que, si tenían un excelente entrenamiento, harían un papel digno, pues la cadencia de tiro era muy superior a la del arcabucero. Sin embargo, las más eficaces armas de fuego a pesar de la carnicería que provocaban tendrían un papel muy secundario, pues el planteamiento guanche tendría una contundencia brutal por el factor sorpresa y a los arcabuceros sólo les daría tiempo a disparar un “apóstol”.

Mientras tanto, los nativos guanches usaban un pequeño escudo de factura derivada del Drago. Venablo y lanzas tratadas al fuego eran sus herramientas más usuales para estos menesteres de la guerra. Asimismo, eran extraordinariamente hábiles en el arte de pegarte una soberana pedrada y dejarte “aviao pa’ los restos”. A todo esto, había que añadir unas mazas de aquí te espero, y se manejaban en el cuerpo a cuerpo con una facilidad asombrosa, usando como protección añadida su indumentaria personal enrollada en el antebrazo. Eran auténticos luchadores. Vamos, que no iban de picnic.

Un grupo de nativos gomeros, guerreros probadamente valientes, un centenar de guerreros guanches liderados por su antiguo rey e insertados en los bandos de paces, tratados que exigían a los isleños cristianizarse y cierta subordinación administrativa dependiendo de los acuerdos logrados con los aborígenes de cada isla, cerraban la comitiva.

Era el año 1494. Castilla estaba en el apogeo de su elaborada grandeza. En su haber, estaba la fusión de los dos grandes reinos peninsulares, la difícil aproximación a las islas Canarias, las capitulaciones de la rendición del Reino Nazarí, el descubrimiento de América; en fin, una retahíla de logros impresionante.

La isla de La Palma fue sometida en 1493 y, tras ella, el conjunto de las islas fue quedando, ora por la fuerza ora por pactos de paz, bajo el dominio de la Corona de Castilla. Tenerife, era muy complicada por la heroica resistencia planteada por los guanches. Estudios demográficos hechos “a ojo de buen cubero “por el cronista portugués Gomes Eanes, indican que en el conjunto de la isla no podía haber más de seis mil hombres en situación de armas. Mujeres y niños obviamente no entraban en la ecuación.

Aunque no hay quorum sobre la zona exacta, pues las descripciones del lugar de la batalla hechas por los historiadores van den Heede y Rumeu de Armas, ambos con una potente y encomiable carga de trabajo de campo, se concluye que con una alta probabilidad se desarrolló en lo que hoy es el barrio de San Antonio y a una cota de unos 500 metros de altura y un espacio muy reducido para la maniobra.

En línea con lo anterior, los castellanos cometieron dos errores tácticos solapados. Uno, que, conforme iban penetrando en los territorios del Mencey Bencomo, el que más peso político tenía entre sus pares, iban recogiendo cabras en cantidades industriales para cebarse en el camino. Dos, que la caballería no podía dar mucho de si en un terreno tan abrupto y, en consecuencia, la protección que podía dar a los infantes era más testimonial que otra cosa. Estos dos errores les costarían caros a los peninsulares.

El médico y poeta canario, Antonio de Viana, amigo de Lope de Vega en su paréntesis sevillano, relata en su particular correspondencia, la estrategia que siguió el Mencey Bencomo sobre el desarrollo de los acontecimientos.

Tenerife

Mientras Tinguaro, con cerca de tres centenares de guerreros, seguía a la tropa invasora desde las alturas de los cerros, Bencomo comenzó a llamar a todos los primos de su enorme familia (los lazos de parentesco en aquel tiempo y lugar era muy amplios) al amparo de un espíritu comunal y de reciprocidad desconocido entre los peninsulares. Tinguaro, el hermano pequeño del mencey, usó el arte del camuflaje de forma magistral. Cociendo barro, enredados con finas tiras de cuero vuelto y aderezados de chajorras y alamillos de Acentejo, plantas endémicas tinerfeñas, avanzaban hacia el barranco donde ocurrió la tragedia. Era imposible de detectar a aquellas gentes pues sabían situarse perfectamente sobre el terreno, mientras que los castellanos eran bastante escandalosos en su caminar.

A los primeros silbos, los chivos y cabras, presas de los conquistadores, tiraron monte arriba creando una confusión extraordinaria entre la abigarrada tropa situada en una parte muy angosta del desfiladero. Chivos y cabras subían, guanches bajaban. A criterio de los nativos, que se habían ido deslizando hacia la hondonada, la sorpresa fue mayúscula. Los cronistas castellanos edulcoraron un poco lo acontecido, pero la descripción es esencialmente concordante.

Dios se había despertado cabreado

Ese día, Dios se había despertado cabreado. Enormes bloques de lava petrificada movidas con palancas corrían hacia el seno de la angostura, a ello había que sumar una granizada de piedras de tamaño gigante, dardos, venablos y un griterío coral infernal que rebotaba su eco en aquel trágico lugar. Según describe el cronista Rumeu de Armas, aquello se parecía más a un seísmo. Adicionalmente, como el trayecto de ida era inicialmente norte–sur, el sol, declinante en el momento del ataque, favorecía a los aborígenes canarios; todo era redondo.

Cuando parecía que el tema iba a quedar en tablas, apareció Bencomo con cerca de (hay mucha discrepancia entre historiadores) setecientos primos primeros, segundos y terceros; un batallón, vamos. La huida hacia el mar según cronistas fue muy desorganizada y sólo la caballería actuaria con cierto orden. El mencey Bencomo tuvo el gesto de devolver muchísimos prisioneros. El comandante castellano, a la sazón Alfonso Fernández de Lugo, se retiró a la isla de Gran Canaria a urdir un nuevo ataque, la segunda batalla de Acentejo; pero eso es ya otra historia.

Castilla sufría su primera derrota en un lugar absolutamente inadecuado para la maniobra y los golpes tácticos de la caballería. Someter al pueblo guanche llevaría más de un siglo. Hoy, afortunadamente España cuenta con un lugar en el paraíso: Canarias.

A lo largo de los siglos posteriores, el pueblo canario defendió las islas para la Corona, expulsando sin despeinarse en épicas batallas a los ingleses en varias ocasiones, berberiscos, piratas de toda laya, etc. No se le puede pedir más a un pueblo tan entregado; si acaso una atención adicional del gobierno central orientada hacia las inversiones, no sólo del turismo se puede vivir.

¡Ah! Y con un ojo puesto en el vecino de enfrente… No es fácil ser un fulcro entre el ideal del pacifismo y tratar de resolver los problemas dialogando y, por otro lado, ser un pasota observando a su vecino armarse mientras se hace más fuerte y ambicioso a pasos agigantados.

Es necesario atender como Dios manda a las oleadas de emigración provenientes del este, la hospitalidad no es sinónimo de carta blanca, hay una honda preocupación entre las gentes del archipiélago, éstas están tensionadas con lo que ya tiene visos de invasión.

Fuente

[Canarias]> Palabras del habla canaria que se dicen de otro modo en el resto de España

23-05-2023

Palabras del habla canaria que se dicen de otro modo en el resto de España

Éstas son algunas de las palabras más comunes que desconciertan a nuestros compatriotas del resto del país

No sólo el seseo es el gran elemento identificador y diferenciador del los canarios. No podemos evitar tener un vocablo propio y muy rico, a la par que divertido, que hace que los canarios destaquemos allá por donde vamos.

Hay palabras para designar conceptos que en el resto de España se dicen de otro modo y palabras que no significan lo mismo aquí que allá, por lo que muchas veces no se nos entiende y es necesario explicar a qué nos referimos. De hecho, no debemos irnos muy lejos porque incluso nosotros, en el propio archipiélago, usamos una misma palabra para diferentes ámbitos.

Hemos elegido algunas de las palabras más comunes que desconciertan a nuestros compatriotas del resto del país. En total te presentamos 26 de esos términos.

Y para ti, ¿cuál es la palabra más característica del léxico canario?

  1. Papa. Tubérculo venido de América básico de la cocina canaria y que en la Península se denomina patata. Sin papas y mojo difícilmente se puede degustar una de las delicatesen canarias, las papas arrugás (arrugadas) con mojo picón (rojo o verde).
  2. Millo. Otro producto traído del otro lado del Atlántico y que Canarias adoptó de tal manera que su gastronomía no se entiende sin él pues es una de las materias primas del gofio, aunque se puede hacer gofio de diversos cereales, siempre tostados y molidos. El millo es el maíz, y en torno a él tenemos otras palabras como la piña para designar a la mazorca o el caroso para hablar de mazorca desgranada.
  3. Beletén. Dícese de la primera leche que da una cabra recién parida. El beletén es más espeso que la leche, porque tiene más grasas y consistencia, es decir, mayor concentración de todos los nutrientes. La naturaleza es sabia y es lo que necesita para salir adelante el pequeño cabrito o debería decir…
  4. Baifo. Es la cría de la cabra, es decir, un cabrito. Así que si en la carta de un restaurante canario ve que sirven guiso de baifo, baifo en salsa o asado, no deje de pedirlo, es un manjar, una carne tierna y magra. También se usa la palabra en la expresión: «se me fue el baifo», para indicar que se le ha ido a uno el santo al cielo, o lo que es lo mismo, que ha perdido el hilo de una conversación, no recuerda lo que iba a decir o lo que iba a hacer.
  5. Frangollo. Ya que hablamos de comida, no podemos dejar atrás el postre. Tomemos un frangollo. Esta palabra se usa para denominar un postre de la cocina tradicional canaria, que se hace a base de una mezcla de harina de millo poco molido -de grano grueso-, leche, huevos, azúcar, limón, canela, pasas y almendras. Pero frangollo es algo más que un postre. La palabra se emplea también para referirse a algo que está revuelto o confuso, un revoltillo.
  6. Jilorio. Tanta comida, me ha dado jilorio. Vamos, que se me ha abierto el apetito. Se emplea para indicar que se tiene hambre o ganas de comer.
  7. Jolgorio. Dícese de una juerga o fiesta.
  8. Tenderete
  9. En canario es sinónimo de jolgorio y fiesta. Ya sabemos que, en el resto de España, es un puesto de venta en un mercadillo o rastro, instalado al aire libre.
  10. Pelete. Frío. Algo que no abunda mucho por estas tierras, como tampoco la…
  11. Garuja. Lluvia fina o llovizna. Eso que en otros lugares de España denominan chirimiri, sirimiri o calabobos.
  12. Bobomierda. Insulto típico cuyo significado no hace falta explicar. Está claro que su sentido lo toma de las dos palabras que lo componen. No es este el único insulto típico de Canarias. También tenemos:
  13. Godo y su acepción más fuerte, godo jediondo. Con la palabra godo se designa a los peninsulares enterados que vienen a Canarias dando lecciones y que no se adaptan al entorno. El añadido de la palabra jediondo, con ‘j’, viene a enfatizar el insulto. Jediondo, con ‘j’, es lo mismo que hediondo, con ‘h’, pero más auténtico o de escribir como se habla y, en cualquier caso, apestoso.
  14. Papafrita. No estamos hablando de patatas fritas, no. Estamos hablando de una persona enterada o que dice tonterías, alguien que, si fuera peninsular, sería un godo.
  15. Tolete. Se dice de una persona torpe o lerda. Nada que ver con el significado de palo o garrote que tiene en el resto de España.
  16. Paquete. Otra palabra para decir que alguien es torpe o inútil. También se usa para hablar de algo, como una obra de arte, libro o una película, con el fin de indicar que no vale para nada. Muy lejos de su significado habitual de objeto envuelto o conjunto de objetos dentro de un contenedor, como, por ejemplo, un paquete de tabaco.
  17. Machango. Puede ser un monigote, pero también es otro de los insultos típicos, para decirle a alguien que tiene poca cabeza y que resulta ridículo o que se comporta como un niño pequeño o un niño…
  18. Chico. Niño chico es sinónimo de niño pequeño, lo mismo que…
  19. Chinijo. Niño pequeño en Lanzarote. La palabra para designar a los pequeños surge por mimetismo con las islitas situadas al norte de Lanzarote, denominadas Archipiélago Chinijo. A este conjunto de islas pertenece la octava isla canaria, La Graciosa. Otras islas del Archipiélago Chinijo son Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste.
  20. Cambado. Referencia a una persona o cosa que no está derecha, que se encuentra mal o que va por mal camino.
  21. Jeringado. Persona que no goza de buena salud o que está fastidiado o molesto por alguna razón.
  22. Callao. Piedra, guijarro con los cantos rodados o lisos.
  23. Choso. Casa.
  24. Guagua. Autobús.
  25. Magua. Nada que ver con guagua aunque suene parecido. La magua es como la saudade portuguesa, la morriña gallega o la nostalgia española.
  26. Afilador. Sacapuntas o tajalápiz, que dirían en Asturias. También en Canarias, como en la Península, el afilador es la persona que afila cuchillos y tijeras, una profesión en retroceso.
  27. Juyona. Como afilador, existe en Canarias todo un vocabulario en torno a la educación y la enseñanza. Así, cuando un estudiante no quiere ir a clase se dice que «se ha pegado una juyona», es decir, una huida o escapada, lo que viene a ser hacer pellas en la Península, pero aquí, como todo canario sabe, si se hace una pella tiene que ser de gofio.

Éstas son algunas de nuestras propuestas. Si ves que se nos ha quedado alguna atrás, no dudes en hacérnoslo saber en los comentarios de esta noticia.

Fuente

Cortesía de Juan Antonio Pino Capote