[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Francisco de Sales Hernández Oramas

Este digno y respetable sacerdote nació en San Juan de La Rambla, isla de Tenerife, de padres muy apreciables.

Emigró a México muy joven con el fin de unirse a sus parientes en el Estado de Tabasco, que gozaban de una brillantísima posición.

En los primeros años se dedicó al comercio, pero, no siendo ésta su vocación, volvió a reanudarlos estudios escolásticos que había abandonado en su pueblo natal.

Fue discípulo aventajado de su compatriota, el inolvidable obispo Estévez. Ejercitó su ministerio en Yucatán por espacio de más de cuarenta años, distinguiéndose por sus conocimientos y humanitario corazón.

Falleció a una edad avanzada, desempeñando el curato de la villa de Guacatán, altamente querido y respetado de sus feligreses.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: 60 – Los Pérez Galdós

Los licenciados en leyes Manuel y Miguel, tíos carnales del fecundo y universal novelista canario que lleva este apellido en Europa, se distinguieron igualmente por su saber, honradez y nunca desmentida probidad, lo mismo en la ciudad de La Habana que en las de Cienfuegos y Trinidad, donde ejercieron durante muchos anos su delicada profesión.

[*Otros}– Primer aniversario del Gran Telescopio Canarias (Grantecán)

07/09/2010

El Gran Telescopio Canarias (Grantecán), ubicado en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma, ha cumplido su primer año con la incorporación de su segundo instrumento científico, CanariCam, que será el ojo que buscará la formación de estrellas y de planetas.

El CanariCam implementará la capacidad del Gran Telescopio Canarias para la observación infrarroja en el mayor telescopio segmentado del mundo, un rango que es invisible para el ojo humano, informó el martes el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

Grantecán

Con el CanariCam se podrán estudiar los campos magnéticos y las características de los granos de polvo a partir de los que se forman las estrellas.

El Grantecán se inauguró el 24 de julio de 2009 y se trata del mayor telescopio óptico-infrarrojo del mundo, con un espejo primario de 10,4 metros de diámetro y con la tecnología más puntera de la astrofísica moderna.

El IAC (Instituto de Astrofísica de Canarias) señala que este instrumento se ha convertido en el trampolín para algunas d e las empresas españolas que lo construyeron y que ahora son proveedoras de esta tecnología para otros grandes proyectos.

Además, la Organización Europea para la Investigación Europea en el Hemisferio Austral (ESO) utiliza el Grantecán como banco de pruebas técnicas para el megatelescopio de 40 metros que piensa construir en Chile.

Tecnología puntera

Entre los hallazgos del Grantecán se encuentra el logro de elaborar un nuevo sistema de detección de planetas fuera del Sistema Solar, observar exóticas estrellas de neutrones, descubrir qué fenómenos hacen despertar a los cuásares o hacer interesantes seguimientos a asteroides, etc.

Grantecán es un gran prototipo, ya que muchos de sus elementos técnicos son únicos y han sido diseñados y fabricados para él dado que para este tipo de máquinas científicas no hay piezas fabricadas en serie ni soluciones anteriores que sirvan, por lo que es un reto técnico constante.

Como otras grandes instalaciones científicas como el LHC o el telescopio espacial Hubble, ha generado muchos problemas en este primer año de vida.

Por ello, durante los primeros meses tras su inauguración, el Grantecán ha tenido que dedicar el 50% de su tiempo sólo a ajustes técnicos, y en la actualidad continúa destinando un 20% de su tiempo a estos quehaceres.

Algunos de estos problemas han venido por ajustes en el instrumento de primera luz de Grantecán, Osiris, en su mayor parte ya solventados, y con la compuerta de observación de la cúpula que tiene dificultades en el sistema de apertura y cierre.

El Mundo

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[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Pedro Agustín Estévez Ugarte

Este ilustre hijo de las Canarias fue Obispo de Yucatán durante un largo periodo de más de treinta años, donde, por sus virtudes y vastos conocimientos, se hizo acreedor a la estimación general de los yucatecos, y donde, a pesar del transcurso del tiempo, la Iglesia Catedral y el honrado vecindario celebran anualmente honras fúnebres en memoria del dignísimo prelado.

El Sr. Estévez nació en la Villa de La Orotava (Tenerife), y falleció en la capital de México en 1829.

Le sucedió el ilustrísimo José María Guerra, discípulo muy apreciable del obispo canario e hijo de nuestro paisano Guerra, gobernador militar y político que fue durante muchos años del referido Estado de Yucatán.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: José Alonso y Delgado

He aquí otra de las figuras mas simpáticas e importantes entre la pléyade de canarios distinguidos que, lejos de la patria, han conquistado un nombre esclarecido y ornado de inmarcesibles lauros las páginas de nuestra historia.

Nació este ilustre paisano en la ciudad de La Laguna, Tenerife, desde donde pasó, contando aún pocos años de edad, a Cuba, teatro de su actividad, de su talento, de su grandeza, de sus desgracias y de sus crueles y amargos desengaños.

Dedicado casi desde niño al magisterio, fue elegido en 1843 para desempeñar la directiva de las escuelas lancasterianas de ambos sexos que en el pueblo de Regla sostenía la Junta de Fomento, habiendo merecido de este respetable cuerpo y del público en general la mayor aceptación y repetidos aplausos por los buenos resultados que siempre se obtuvieron, hasta que en 1857, habiéndose dado a estos establecimientos una forma distinta, no convino a sus convicciones continuar en la citada dirección.

Desde esta fecha, y con el nombre de Colegio de San Francisco de Asís, fundó en Regla este plantel de educación, a cuyos exámenes (16 de diciembre de 1859) asistieron el general Serrano (que con sus propias manos premió con diploma de primera clase y con medalla de oro a 17 alumnos, y con el mismo diploma y medalla de plata a 31); el obispo diocesano D. Antonio Zambrana, rector de la Universidad Literaria; el secretario del Gobierno Superior; varios regidores, profesores y personas distinguidas de ambos sexos, en tan crecido número que llenaban por completo aquel local.

El buen éxito obtenido, y las felicitaciones de respetables autoridades y otras personas inteligentes y entusiastas despertaron en Alonso Delgado una verdadera vocación, e hicieron nacer en su ánimo un pensamiento que después se convirtió en el anhelo constante e invariable de toda su vida.

Los colegios de esta Isla, faltos de local ad hoc y de condiciones de existencias propias, han sido la creación transitoria y fugaz de la iniciativa de sus directores, estando ligada hasta tal punto la existencia del uno a la del otro, que cuando desaparecía de la escena el creador, no tardaba en seguirle de cerca su obra.

Este convencimiento le hizo pensar en la creación de un colegio semejante a los que, en Europa y América, han alcanzado la importancia de instituciones públicas y permanentes.

Su idea fija fue plantear una que, por sus condiciones y recursos de todo género estuviera a la altura que reclamaban ya la riqueza y cultura de una capital como La Habana, para hacer de ella a su muerte un legado provechoso al país en que ha pasado la mayor y mejor parte de su vida, y bajo condiciones beneficiosas para niños huérfanos o destituidos de recursos

Y lleno de fe y ardimiento en la realización de su constante idea, resolvió trasladar el colegio desde Regla a un punto en el que pudiera darle mayor desarrollo, habiendo escogido al efecto a loma de Madrazo a donde lo trasladó en 1862.

Y cuando, una vez vencidas las dificultades, oposiciones y obstáculos que se levantan al paso de ciertas empresas, el colegio entraba en una marcha normal y próspera, una manga de viento y agua (04 de abril de 1864) voló los techos y destruyó gran parte de los dos extensos edificios que lo componían, completando la obra de destrucción comenzada por el viento la copiosa lluvia que sobrevino e inutilizó el abundante y escogido material de enseñanza que constituía una fortuna.

Mas no por este revés quebrantose la voluntad de Alonso Delgado, pues lleno de fe en su propósito, lanzose de nuevo tras otro local que reuniese las condiciones adecuadas para su plan preconcebido, encontrando uno en la calle del Ayuntamiento (Cerro) que escasamente las llenaba.

Pocos esfuerzos de imaginación se necesitan para apreciar el número y la magnitud de las dificultades que de nuevo tuvo que vencer, pero el colegio surgió también de nuevo y con el las esperanzas en el corazón del filántropo lagunero.

El colegio ocupaba toda una manzana, y en él se hospedaban más de 500 personas. Un mundo en pequeño.

A la mesa se sentaban 400 y pico de pupilos y 22 profesores y ayudantes; allí había una capilla con privilegio hasta para bautizar y casar; un telégrafo eléctrico ponía en comunicación todas las clases con el despacho del director; allí se hacían estudios de primera y segunda enseñanza, con validez académica; y en su aula magna, adornada regiamente, podían y se tomaban grados de bachiller.

Entre los adornos de este elegante salón figuraban los retratos de las autoridades y de los hombres que más habían trabajado por el desarrollo de la ilustración en el país. Aquella galería importó más de $6.000.

Dicho colegio tenia espléndidos gabinetes de Física, Química e Historia Natural; tenia litografía, imprenta y fotografía; en él se publicaba un periódico; allí había gimnasio, y picadero con más de 20 caballos propios; sala de esgrima, biblioteca y salón de pinturas; había huerta, jardín y baños; el alumbrado del colegio pasaba de ochenta luces; tenía cuatro encendedores y otros tantos serenos armados de lanza y farol; poseía un ómnibus (guagua) para conducir desde la estación a los alumnos y profesores; también tenía quitrines y caleseros, y magnificas parejas.

La despensa era un almacén; la cocina una fragua; se consumían tres arrobas diarias de arroz y tres de carne; la cafetera, hecha ad hoc, contenía como 400 tazas; había capellán, médico, administrador, mayordomo, enfermero, hortelano y despensero; cuatro cocineros y dos marmitones; los sirvientes pasaban de veinticinco; el pan y las galletas se traían por canastas; el carbón por carretones; y de aquella casa salían diariamente diez cantinas que se repartían, gratis, entre varias familias pobres; 70 niños recibían gratuitamente educación, vestido y alimento; más de $30 respondían diariamente a las esquelitas que recibía el director, y alguna vez, más de una gruesa suma salvó de un compromiso a un afligido padre de familia.

El huracán ocurrido en octubre de 1865 puso otra vez a dura prueba el sufrimiento de nuestro benemérito paisano. Destruyó todo el frente principal, causando no pocos desperfectos en el resto del edificio y en todo el mobiliario de la casa, especialmente en los gabinetes de Física, Química y Biblioteca.

Reparáronse los desastres del huracán, y las tareas literarias continuaron no sin que antes Delgado contrajese grandes compromisos, aunque no superiores a sus fuerzas.

Mas el Destino, siempre adverso, le tenía deparado para el porvenir dos nuevos martirios: la peste y la guerra. El cólera del 67-68, difundiendo la alarma consiguiente, le alejó a los alumnos, y la insurrección (octubre del 68) trajo la dispersión de las familias. Y, para complemento de la fatalidad que persiguió a este atleta de la enseñanza, los temporales del 7 y 18 de octubre de 1870 dejaron al edificio en un estado poco menos que ruinoso.

No obstante, por espacio de doce años más, Alonso Delgado, en medio de los mayores trastornos y a fuerza de sacrificios personales y pecuniarios, quiso sostener su colegio, hasta que en 1880 hubo de cerrar para siempre sus puertas, separándose del magisterio al cabo de cuarenta y cinco años de servicios a la causa de la enseñanza. Y como recompensa a tan larga labor y tantos sufrimientos, cúpole el único y dulce consuelo de contemplar a tan crecido número de sus discípulos desempeñando, en toda la Isla y fuera de ella, cargos distinguidos de abogados, magistrados, médicos, catedráticos, profesores, oficinistas, comerciantes, mecánicos, etc., siendo por su inteligencia, ilustración y honradez, gloria de la sociedad y honra de la patria.

Jamás dobló su frente al poderoso. Hombre de arraigadas convicciones, amó y continuo amando la libertad, y, ante la majestad de aquella frente ennoblecida por el talento, el saber y la virtud, en presencia del venerable anciano en cuya centellante mirada se descubría el hervidero de un cerebro gigante y fecundo, ante el poder de su palabra templada al fuego de una larga y sabia experiencia, siéntese el alma transportada lejos, muy lejos de este mundo de miserias donde suele pagarse tanta honradez, tanta sabiduría, tanto valor, tanta abnegación, tanta caridad, tanto amor al prójimo, con el más frío y criminal olvido, y la más negra ingratitud.

Ese anciano isleño que tanto bien prodigara, que a los 67 años de edad se vio solo y pobre, condimentaba con sus propias manos un plato de sopa en las soledades del edificio en ruinas de su colegio, en otro tiempo albergue de tanta grandeza.

Nosotros tuvimos el honor de oír de sus labios estas palabras en los últimos días de su vida: «Son tantos y tan grandes los desengaños que guardo, y tantos los reveses que he sufrido, que ya no tengo ni creencias políticas, ni creencias sociales, ni creencias religiosas; sólo aspiro a terminar los pocos días que me quedan de vida, en este rincón, entre cuyas ruinas quisiera hallar mi humilde tumba».

El 02 de noviembre el noble y generoso hijo de las Canarias cerró para siempre sus ojos en Ta tierra volando su espíritu hacia los infinitos espacios.

He aquí cómo La Revista de Canarias daba cuenta a sus lectores de aquel suceso:

«A las siete de la noche del lunes tres del actual, cuando las campanas de los templos católicos doblaban por el eterno descanso de los fieles difuntos, cerró para siempre los ojos el insigne canario, cuyo preclaro nombre sirve de honroso epígrafe a estos renglones. Y el martes cuatro, después de que el Sol hubo transpuesto el horizonte, hundiéndose en el ocaso, bajaban al seno de modesta tumba los tristes despojos de aquel grande hombre que, en vida, llenaba por completo la historia de una existencia todo honradez, virtud, talento, saber, trabajo, constancia, abnegación y consecuencia inconmovible en sus profundas y sanas convicciones. En el mundo de los vivos, luto; en la ciudad de los muertos, un cielo que pliega sus brillantes galas, para sepultarse en las densas tinieblas de la noche. ¿Existe acaso alguna misteriosa relación entre el ser y el no ser, cuando una gran figura humana se sepulta en las entrañas de la Tierra?

Lejos de su patria, huérfano del tierno afecto de la familia, solitario en las ruinas del vasto edificio que un tiempo fuera augusto templo de Minerva, adonde la juventud cubana —hoy legítima gloria de este infortunado país— acudía a recibir el alimento intelectual, y donde bajo el manto de la caridad hallaron calor y abrigo multitud de infelices,…

José Alonso y Delgado hubiera traspasado los umbrales de la eternidad sin que su lecho de muerte se viera ungido por una sola lágrima, ese bálsamo del corazón, ese rocío celestial que dulcifica y refresca el espíritu en los angustiosos momentos de la agonía… a no ser por dos huérfanos a quienes el filántropo lagunero prohijara, colocándolos bajo su amparo y protección, a una edad en que apenas podían articular una sílaba hasta el día en que la muerte vino a separarlo de ellos.

Varios de sus discípulos —y, en primer lugar, el Dr. Raimundo Cabrera— prodigaron al enfermo todo género de cuidados y atenciones, y tributaron al muerto homenajes dignos de su en otro tiempo alta representación social… mas aquella lujosa capilla, aquel sarcófago metálico de gran costo, aquellos plateados blandones, alegóricas y fúnebres alfombras, sí señalaban elocuentemente que el hombre que tanto bien hiciera en esta Tierra, no había muerto en brazos de un pueblo ingrato; un algo así como la imagen vaga de la patria llorosa flotaba en la atmósfera de aquel recinto, tal vez por la soledad relativa en que yacía el cadáver de un hijo esclarecido… aserto que en parte comprueba el hecho de ser sólo dos las coronas depositadas sobre su féretro, cuando doscientas no hubieran bastado para señalar los servicios prestados a su segunda patria. Y de estas dos coronas, la una fue dedicada por los inconsolables huérfanos, la otra por la Asociación Canaria; es decir, por dos amores inextinguibles: el amor filial y el de la patria.

Y si allá, en la capilla, la soledad a que nos referimos antes se hizo hasta cierto punto notable, no lo fue menos en el solemne acto de la inhumación del cadáver, acto que sólo presenció un reducido número de concurrentes, por más que la mayoría fuese compuesta de personas de valer y sabiduría, oyéndose sólo la voz de un canario que diese al ilustre muerto el eterno adiós de la despedida. Esto es, ¡siempre el eco de la patria ausente, salvando las distancias y la indiferencia de los hombres!».

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Dr. Francisco Campos y López

El auditor honorario de guerra y marina, Excmo. Sr. Dr. D. Francisco Campos y López, nació en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife hacia el año 1814.

Vino a Cuba después de haber cursado el bachillerato en la Universidad de San Cristóbal de La Laguna, concluyendo su brillante carrera literaria en la Universidad de La Habana, llegando a ocupar en la misma docta corporación el elevado puesto de vice-rector en propiedad y rector interino.

Durante muchos años desempeñó la cátedra de Derecho Patrio.

Fue varias veces concejal del Ayuntamiento de La Habana y perteneció a numerosas corporaciones literarias, científicas y de beneficencia.

Humanista consumado eminentísimo, su saber corría parejo con su modestia. Hablaba el ilustrado hijo de las Canarias siete idiomas con toda perfección, entre ellos el griego y el ruso.

El año de 1855 fue propuesto para diputado a cortes por uno de los partidos que en su provincia se disputaban el puesto, pero, vencido por el denominado «El Progresista», que a la sazón capitaneaban D. Pedro Mariano Ramírez y el Dr. D. Gregorio Suárez Morales, defendió su acta brillantemente desde la Barra.

Tenía nuestro sabio comprovinciano un corazón de dama, ornado de los más bellos sentimientos, y jamás se verificó que llegase a sus puertas ningún comprovinciano suyo solicitando justicia que el eminente jurisconsulto canario no se las dispensase saliendo en su defensa. Estaba condecorado con la gran Cruz de Isabel la Católica y otras varias distinciones.

Jamás el Dr. Campos dejó de tomar parte activa en todas cuantas suscripciones se promovieron en bien de su país, y comprovincianos en América.

Cuando se trató de las suscripciones para la construcción del Teatro de Santa Cruz de Tenerife —1847—, Hospital de Desamparados —1861—, de la de 1863 para socorrer a los huérfanos y viudas de la fiebre amarilla, etc., el distinguidísimo canario siempre estuvo en su puesto, influyendo con su poderosa palabra y con su dinero para la mas pronta realización de aquellas obras de fomento y de caridad.

Falleció este ilustre hombre en Madrid, hallándose entregado a sus asuntos particulares.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Domingo de León y Mora

A una edad avanzada y después de haber consagrado toda su vida al estudio, al trabajo, como abogado, y a la cátedra como maestro y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, nuestro distinguido compatriota León y Mora falleció en esta capital el 08-01-1881.

Acerca de la muerte del hijo de las Afortunadas, Domingo de León y Mora, notable campeón de las letras nacionales, dio cuenta al ilustrado claustro el erudito Dr. D. Leopoldo Berriel y Fernández. Inspirado estuvo el Dr. Berriel; sus pensamientos, llenos de erudición y saber, corrieron fáciles de su pluma, al abarcar en su vivaz imaginación las escenas de la vida del compañero que bajo el escudo de la virtud, del estudio y del amor a la humanidad, sólo derramó el bien moral y material sobre sus semejantes; cuyas máximas morales, reseñadas en los diversos párrafos del discurso, fueron otros tantos poemas de amor, de inteligencia y de virtud, fuentes de perenne gracia que entre sus discípulos, amigos y familia derramó purísima el tan sentido filósofo canario Domingo de León y Mora.

Pero dejemos hablar al Dr. D. Leopoldo Berriel y Fernández, quien se expresa como sigue, pues todo cuanto nosotros pudiéramos manifestar en honor de Domingo de León y Mora será pálido ante la magnitud de la oración fúnebre hecha por el Dr. Berriel:

«Filósofo eminente paseó su libre pensamiento por las más altas esferas de la especulación metafísica, y pudo discurrir en ellas sobre las cuestiones más abstrusas de igual a igual ciertamente con los González del Valle y los Caballeros. Como literato adquirió justo renombre, pudiendo expresarse de forma que cabía compararlo con los Canalejas y Revillas. Reuniendo dotes de verdadero maestro, por dilatados años difundió, en las aulas de este instituto y en otros centros de instrucción, los variados conocimientos que abarcaba su erudición vastísima al par de los Campos y los Poey.

Abogado notable, así probo como desprendido, no amparó nunca demanda que estimara injusta, ni rechazó jamás al inocente que a él se acogiera buscando apoyo contra la calumnia. Y tanto en las íntimas relaciones del hogar como en las de la amistad amena y en las derivadas de su solo concepto de hombre con los demás seres de la humana especie, él, siempre realizando el bien y siempre procediendo justamente, pudo ser llamado bueno, pudo ser nombrado justo.

Así era, en síntesis, el compañero querido que nos ha arrebatado la muerte, en la, para este claustro, para este país, y para la patria, tristísima aurora del presente año de 1881. Y esto, que a manera de proposición dejo apuntado, encontrará confirmación cumplida en lo que paso a exponer sobre la laboriosa vida y los excepcionales merecimientos de este sabio, acreedor a ser loado, no por el infacundo acento del que en estos instantes ocupa vuestra atención benévola, sino por la gran palabra de aquéllos que, verdaderos soberanos de la elocuencia, pueden hablar noblemente de otro, como ellos soberanos, que muy poderoso era en la ciencia, con la autoridad que todos le reconocían, el difunto León y Mora.

Allá, junto a la costa occidental del africano continente, formando pintoresco Archipiélago, se levantan sobre las aguas del Atlántico, con su gigantesco Teide el "Ayardima" de los heroicos guanches, las volcánicas Islas que, conocidas en el mundo antiguo con el nombre de Afortunadas, conquistó luego para la civilización el intrépido normando Juan de Bethencourt, a principios del mismo siglo en que, ya a su terminación, probara a Europa incrédula esta privilegiada tierra de América que no era un pobre loco el hijo inmortal de Coleto.

Entre esas Islas de menceyes tan valerosos como Bencomo y tan nobles como Guadarfia, de historiadores tan distinguidos como Viera y Clavijo, y de literatos tan eminentes como los Iriartes, Islas gloriosas que supieron domeñar por sí mismas el orgullo de Inglaterra con la derrota en Tenerife del gran Nelson, hay una, la del alto Garajonay, que dio con la vida al respetable eclesiástico Ruiz Padrón, la enérgica palabra que en las cortes españolas de enero de 1813 había de herir de muerte a aquel terrible tribunal cuyo sangriento recuerdo aún hace estremecer de horror a la por él tan castigada humanidad. Y en un valle delicioso de esa porción de tierra a que me refiero, que, como sabéis, se llama Gomera, en el valle de Ntra. Sra. de la Encarnación de Hermigua, abrió los ojos a la primera luz, el tres de octubre de 1807, D. Domingo Cándido del Rosario de León y Mora, nuestro llorado compañero.

La exposición de los servicios prestados por el ilustre canario a la causa de la pública enseñanza puede dividirse en dos partes, comprendiendo la una los valiosísimos trabajos de los que es y será siempre deudora esta Universidad, por cuyo buen nombre y prestigio tanto se afanara, y refiriéndose la otra a sus lecciones sobre distintos ramos del humano saber, en otros centros de instrucción.

Cuando Poey, el sabio naturalista, y González del Valle, el que fue decano y catedrático de la Facultad de Filosofía en 1842, explicaban en el Liceo Artístico y Literario de La Habana, historia natural el uno, y el otro la ciencia del alma humana, León y Mora, socio facultativo de dicho instituto y vicepresidente de su sección de literatura, tuvo a su cargo la cátedra de este nombre, habiendo merecido los mayores elogios y los plácemes más sinceros de todos cuantos gozaron de sus lecciones, con especialidad de aquéllas que pronunciara, en los meses de abril a junio de 1858, sobre la ciencia hija de Sócrates, que Carlos Cristian Federico Krause llamó la Filosofía de lo Bello y del Bello Arte, y que nuestro compañero definía la Metafísica de las Artes.

Estas lecciones, verdaderamente notables, alcanzaron a su autor un lauro más que agregar a su corona de maestro, y el honor de que el "Liceo" no sólo las hiciera insertar extractadas en el periódico oficial de su nombre, sino que, además, «como muestra de merecida consideración a su ilustrado catedrático de Estética», acordara distribuir entre sus asociados el retrato litografiado del insigne maestro, como repartido había los de Humboldt y Varela, los de González del Valle, y la Avellaneda.

Tal fue en resumen nuestro inmortal compatriota Domingo de León y Mora, que dio a la bella y hospitalaria Cuba más de 2.000 discípulos que han venido a ser más tarde ornato inmarcesible de gloria nacional, y sobre todo del país que nos alimenta en su seno.

Si del estudio de la vida del abogado se pasa a la investigación de la del hombre, del amigo, del esposo, del padre, también, señores, habrá que arrancar aplauso unánime al llorado León y Mora, de quien puede asegurarse que bajó a la fosa sin dejar ningún recuerdo ingrato de mal que hubiera hecho; de quien puede decirse, como ya se ha expresado de otro ser igualmente magnánimo, que en su gran corazón cabía toda la humanidad.

Apóstol entusiasta, nuestro compañero, de aquella moral purísima que por boca de Cristo y sus discípulos proclamó en la Tierra el reinado del amor, fue siempre ejemplo vivo de lo que, acorde con dicha moral, sus labios enseñaban. No hizo como los hipócritas que, predicando la virtud, traicionaban con actos reprobables sus doctrinas. Si pronta estaba su palabra para aconsejar la práctica del bien, más ágil aún se mostraba su mano generosa en dispensar beneficios.

¡A cuántos brindó su mesa el sustento que no tenían! ¡A cuántos dio su bolsa, abierta siempre con una carrera literaria, risueño porvenir! ¡Cuántos en su morada hospitalaria albergue hallaron! Y Cuba, que ha sido testigo de estas grandezas del ilustre canario, jamás podrá olvidar que con ellas recibieron favor algunos de sus hijos; esos hijos para él tan queridos, a quienes, en la oración inaugural de 1857, alentaba con estos hermosos conceptos, verdaderamente evangélicos: "Si la hipocresía os llama charlatanes, impostores, embusteros, provocadores de crímenes, salteadores de caminos, matadores de almas, tened compasión del hipócrita, amadlo, que es vuestro hermano, y ¡adelante! Si el escepticismo, que confunde la verdad con el error, y el vicio con la virtud, mueve la cabeza y sonríe en señal de desprecio, y se burla de vuestros sacrificios, compadeced al escéptico, amadlo, que es vuestro hermano, y ¡adelante! Si la indiferencia al oírnos enseñar que el orden moral no tiene su emolumento acá en el mundo, y que hay otra vida donde la virtud se compensa, donde el vicio y el crimen tendrán su castigo, se mofare de vuestra religión, compadeced al indiferente, amadlo, que es vuestro hermano, y ¡adelante!".

Si como hombre tuvo por constante inspiración el bien, no de otra suerte procedió León y Mora en las relaciones comunes de la vida y en las especiales que con sus amigos y compañeros le creaba la toga que vestía. Con la modestia que distingue al verdadero mérito, en él se hermanaba la afabilidad de los corazones naturalmente generosos. Nunca pudo decirse que hiciera como aquéllos que, regalados con bondades y favores, recompensan al benefactor con las torpezas de la ingratitud o las veleidades de la inconsecuencia. Amigo leal, jamás dio a la amistad un desengaño. Sus compañeros le merecieron siempre, con la mayor distinción, el afecto más sincero. Y amándolos a todos, sin dejarles un recuerdo de disgusto ni una memoria infeliz, ha descendido al sepulcro.

¡Descanse en paz el ejemplar amigo! ¡Duerma tranquilo su último sueño el consecuente compañero!».

Así concluía elocuentemente su oración el eminente catedrático de la Universidad de La Habana, Dr. Berriel, al dar cuenta a sus compañeros del fallecimiento de Domingo de León y Mora, el inolvidable hijo de las Afortunadas.