[Canarias}> Criterios que se siguen para considerar una palabra como canarismo

28-07-2024

Criterios que se siguen para considerar una palabra como canarismo

La Academia Canaria de la Lengua responde. Dudas más frecuentes sobre el español de canarias

Los canarismos son aquellas voces propias de nuestra variedad regional que no son generales en español y que, por tanto, no recogen los diccionarios, como el de la Real Academia Española, que atienden al léxico común de nuestra lengua. No es un rasgo necesario de los canarismos la exclusividad, es decir, el hecho de que únicamente sean usados en las Islas. Algunos se registran en otras regiones hispanohablantes, a menudo del continente americano, y esto no supone que pierdan su condición de voces caracterizadoras de nuestra modalidad dialectal.

Pueden establecerse los siguientes grupos de canarismos

  1. Voces españolas comunes que presentan en Canarias acepciones características. Se trataría del caso de capirote como ‛cierto tipo de pájaro’, que, junto al sentido general en español, tiene en las Islas otro particular.
  2. Palabras derivadas de voces generales mediante los procesos de sufijación, prefijación o composición. Un ejemplo puede ser el adjetivo morrudo.
  3. Vocablos procedentes de otras variedades regionales del español que en las Islas han sufrido una determinada evolución fonética que los ha alejado significativamente de la palabra originaria (piola, rozón).
  4. Voces y acepciones de uso general en el español de la época de la conquista y colonización y que, en la actualidad, se consideran anticuadas o desusadas en la Península. Es el caso de meritar como ‛merecer’.
  5. Voces procedentes de otras variedades regionales del español, tanto peninsulares como americanas. Entre las primeras destacan los andalucismos (como cigarrón ‛langosta’ o sardinel ‛escalón en la puerta de entrada de la vivienda’), debido al importante papel que jugó la región andaluza en la conquista y colonización de las Islas. Del grupo de los americanismos, que son el resultado de las estrechas relaciones entre Canarias y algunas regiones de este continente, destacamos algunos generales como papa, guanajo, pibe, etc.
  6. Palabras procedentes de las lenguas habladas por los aborígenes de las distintas islas. En su mayoría, los nombres comunes de este grupo hacen referencia a especies propias de la flora o fauna del Archipiélago, a determinados aspectos de las labores de pastoreo o a elementos del mundo cultural aborigen. Entre ellas, perenquén, tabaiba, tafor, etc.
  7. Palabras tomadas del portugués y otras lenguas peninsulares. Hay que destacar la importancia que los colonos lusos, procedentes tanto de regiones peninsulares como insulares, tuvieron en el poblamiento y desarrollo material y cultural de las Islas. Los hallamos en todas las categorías de palabras y referidos a distintos aspectos de la vida: del ámbito agrícola y ganadero (bago, latada, mollo), del mundo marinero (engodo, leito, maresía, marullo), de la vivienda (frechal, locero), de la alimentación (conduto, mojo), etc.
  8. Préstamos de otras lenguas no peninsulares. En este grupo, que no es muy numeroso, habría que destacar los arabismos (como majalulo o jaique), que se explican por las seculares relaciones entre las Islas y la vecina región africana del Sáhara; y los anglicismos (chercha, naife, queque), fruto de la presencia comercial de Inglaterra en el Archipiélago a lo largo del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.

Palabras nuestras

Marullo

  • GC., Tf. y Go. Ola que revienta en la playa. Había reboso, y en la playa estaban reventando unos marullos tremendos.
  • Lz., Go., LP. y Hi. Ola marina grande.
  • Fv. y Tf. Marejadilla muy viva.
  • GC. Conjunto de vegetación acuática que se forma en la superficie de los estanques.

Pajullo

  • GC. . Hojarasca o residuos que quedan en las huertas después de ser regadas echando estiércol en el agua.
  • GC. Piedra pequeña

Información sobre la localización de voces y acepciones

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[Canarias}> Así de espectacular luce la primera imagen obtenida por el nuevo telescopio del Teide

Así de espectacular luce la primera imagen obtenida por el nuevo telescopio del Teide

El telescopio robótico Transient Survey Telescope (TST) instalado en el Observatorio del Teide del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) ha iniciado con éxito sus observaciones científicas. Se trata de un telescopio de 1 metro que permite detectar objetos rápidos y cartografiar el cielo. El TST ha sido construido y gestionado gracias a la colaboración público-privada con financiación canaria.

[Canarias}> Las aventuras de Julio Verne en las “salvajes” Islas Canarias

28-07-2024

Agustín González

“El 11 de junio, a las diez de la mañana, abandonó el Seamew el puerto de La Orotava. El programa fijaba aquella partida para el 7, a las seis; pero teniendo ya un retraso de cuatro días, no vio Thompson inconveniente en aumentarlo en cuatro horas…”. Así, con esta alusión al actual Puerto de la Cruz, en Tenerife, comienza uno de los capítulos de una novela publicada en 1907 con el título ‘Agencia Thompson y Cía’, cuya trama está ambientada en su mayor parte en Canarias, más concretamente en las islas de Tenerife y Gran Canaria y El Hierro.

La novela, de unas 250 páginas, reviste especial curiosidad para los habitantes de las Islas, que aparecen reflejadas con todo detalle. Sin embargo, lo más excepcional es quién es su autor: nada más y nada menos que el universal Julio Verne, el gran escritor y visionario francés que publicó clásicos como ‘Viaje al centro de la Tierra’, ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ y ‘La vuelta al mundo en ochenta días’.

La historia de esta poco conocida ‘Agencia Thompson y Cía’ es muy confusa pues se publicó dos años después de la muerte de Verne y se especuló que fue su hijo Michel quien la terminó. Lo cierto es que Julio Verne nunca estuvo en Canarias, al contrario de otros célebres escritores que ambientaron algún relato en el Archipiélago, como la inglesa Agatha Christie. Al parecer, el ilustre autor francés utilizó como base para su novela la obra ‘Cinco años de estancia en las Islas Canarias’, escrita por su compatriota y reputado antropólogo René Verneau.

Esta curiosa novela canaria de Verne corrobora la gran importancia que tuvieron para las Islas los primeros científicos y aventureros europeos, que desde el siglo XVIII visitaban el Archipiélago y luego difundían sus singularidades y bellezas por el mundo a través de la publicación de sus artículos en la prensa extranjera y sus diarios y libros de viajes. Ésas fueron, en realidad, las primeras —y muy efectivas— campañas de promoción turística de Canarias. De hecho, en la época de Julio Verne -finales del siglo XIX- había una gran afición por los viajes y para los centroeuropeos las referencias históricas, geográficas y mitológicas de las Canarias eran un indudable atractivo exótico.

La novela ‘Agencia Thompson y Cía’ fue publicada en 1907 tras la muerte de Julio Verne, ocurrida en 1905. Su hijo Michel la terminó y la publicó, por entregas, en el periódico Le Journal. Los estudiosos no tienen dudas de que fue su padre quien escribió los capítulos dedicados a Canarias , ya que las últimas líneas que había dejado fueron precisamente aquéllas en las que los viajeros, al zarpar del puerto de La Orotava, dicen adiós al Archipiélago canario.

Al igual que otras obras de Verne, ésta tiene un carácter premonitorio, pero no vinculado a la ficción científica, sino a que anticipa lo que a día de hoy es el principal motor económico canario: el turismo. El argumento de la ‘Agencia Thompson y Cía’ es que, a finales del siglo XIX, dos empresas de viajes londinenses, Baker y Thompson, compiten por ofrecer al menor precio una “grandiosa excursión” a Azores, Madeira y Canarias durante un mes, embarcados en un yate a vapor.

Y la que se sale con la suya es Thompson, que por 40 libras incluidos todos los gastos se compromete a esta exótica travesía a bordo del Seamew. Uno de los protagonistas es Robet Morgand, un empobrecido profesor de francés que consigue un puesto de guía en la Agencia Thompson y Cía. El viaje, con cien turistas, resulta calamitoso y el barco termina naufragando.

El relato, en el que no falta la mención a cosas tan típicas como el gofio, no presenta, sin embargo, una imagen precisamente agradable de las Islas, a las que describe como “un lugar salvaje y peligroso, con fumarolas de azufre y gas carbónico que salen del suelo volcánico”. Asegura el escritor francés que Canarias formó parte de la Atlántida. Dice que el calor es insoportable, y los mosquitos también. “Los agricultores son tan pobres que viven en cuevas”; “colonias de esclavos negros viven en zonas inaccesibles y atacan a los turistas…”.. Y hasta con asombrosa premonición del actual debate sobre la masificación turística del Archipiélago, uno de los personajes afirma que “los canarios ven con malos ojos cómo los extranjeros llegan a su país cada vez en mayor número”.

Impregnado de un tono siempre dispuesto a cierta anglofobia por parte del escritor francés, el relato del viaje combina datos reales de las Islas con otros fruto de la imaginación del autor, que pone a los pasajeros, en medio de una excursión al Teide —“el volcán más alto del globo”—, a merced de “nubes de parásitos” que no dejan conciliar el sueño a los turistas.

De Santa Cruz de Tenerife dice, con alusión incluida al pleito insular: “Edificada en anfiteatro, con un cinturón de montañas, Santa Cruz es de seductor arribo y puede, a este respecto, sostener la competencia con Las Palmas”. La Laguna la describe como “una ciudad en decadencia”, con “muchos monumentos en ruinas” y un sitio donde “la hierba verdea el piso de sus calles y hasta el techo de sus casas”. Quizá se refería a los verodes que engalanan los tejados de muchas casas antiguas de las Islas.

Al llegar a Tenerife, los protagonistas de la novela se dirigen al Valle de La Orotava para iniciar el ascenso al Teide (también cita el pico tinerfeño en otra novela suya, ‘El Rayo Verde’). Su objetivo era contemplar el conjunto del Archipiélago desde su cima, aunque el recorrido resulta ser mucho más complicado y duro de lo esperado.

Del Valle de La Orotava, Verne escribe: “Sería difícil imaginar un espectáculo más armonioso. A la derecha, la llanura inmensa del mar. A la izquierda, un conjunto de picos salvajes y negros, últimos contrafuertes del volcán, sus hijos en el pintoresco lenguaje popular. En tanto que el padre, el Teide mismo, se alza majestuosamente en último término. Entre esos dos grandioso límites, el Valle de La Orotava se desarrolla en un increíble océano de verdura”.

Así fue cómo el escritor universal Julio Verne contribuyó a la promoción y mayor fama de las turísticas Islas Canarias.

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[His}> El búnker de Santa Úrsula (Tenerife), que pudo cambiar el curso de la historia

28/07/2024

El curso de la historia pudo haber cambiado en Tenerife, donde se escribió un capítulo que podría haber alterado significativamente el panorama geoestratégico de la primera mitad del siglo XX.

En 1939, con la Guerra Civil española recién terminada, el dictador Francisco Franco declaró a España neutral en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de esta neutralidad, y debido a las simpatías del régimen por los alemanes e italianos, se elaboró un plan defensivo para proteger puntos estratégicos de Tenerife ante una posible invasión aliada.

En este contexto, la costa del valle de La Orotava y Acentejo se convirtió en una pieza clave para las potencias enfrentadas en el conflicto. DIARIO DE AVISOS, junto al historiador Francisco Javier León, exploró la historia de la decimoprimera Batería Quinta Roja, una estructura militar situada en Los Lirios, en Santa Úrsula. Esta batería tenía la misión de vigilar el litoral norte en caso de invasión.

Según explica León, en 1941 Franco decidió equipar esta fortificación con dos cañones para defender las playas del Puerto de la Cruz, que eran más vulnerables debido a su configuración. Sin embargo, esta defensa resultó simbólica, ya que los cañones de 150 milímetros eran obsoletos y fácilmente destruibles en un ataque aéreo.

La batería fue finalmente desmantelada en 1957, aunque su utilidad militar ya había disminuido con el inicio de la Guerra Fría. Desde su desartillado en la década de 1950, el lugar sirvió principalmente para el servicio militar de los civiles.

Hoy, la batería se encuentra en estado de abandono y sin placa identificativa de patrimonio. Durante su operatividad, fue comandada por destacados militares como el capitán José García Borges, conocido por su amistad con el científico Telesforo Bravo y su vocación arqueológica. Muchos de sus hallazgos prehispánicos se conservan en el Museo Arqueológico Municipal de Puerto de la Cruz.

La funcionalidad de este vestigio terminó en 1957, en gran parte debido a las acciones del alcalde de Puerto de la Cruz, Isidoro Luz Carpenter. La batería estaba situada en una finca de plátanos propiedad de este político. Con el desarrollo agrícola de la finca, se solicitó al ejército que retirara los cañones, completándose así el desarme de la batería.

Aunque la estructura original ha desaparecido casi por completo, los pasillos que daban acceso a las piezas artilladas sobrevivieron hasta hace pocos años. Hoy, la maleza cubre gran parte de las instalaciones que en su tiempo fueron vigilantes del norte de la Isla. La historia que pudo ser y no fue.

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[Canarias}> La Palma quiere volver a caminar: vidas, dolor y planes tras la pesadilla del volcán

La Palma quiere volver a caminar: vidas, dolor y planes tras la pesadilla del volcán

El exceso de turistas no afecta a esta isla que aún espera una recuperación total casi tres años después de la erupción del Tajogaite. En este reportaje volvemos a La Palma en compañía de algunos de los protagonistas del sector turístico que luchan por volver a empezar

[Canarias}> Los primeros pobladores canarios fueron bereberes que llegaron en el siglo I d.C.

01-07-2024

Los primeros pobladores canarios fueron bereberes que llegaron en el siglo I d.C.

Los pueblos bereberes del norte de África llegaron a Canarias en el siglo I después de Cristo, muy poco después de que los romanos descubrieran las islas, pero no como deportados o esclavos, sino en una colonización en toda regla que se expandió a todo el archipiélago en una misma oleada.

¿Quiénes fueron los primeros navegantes en descubrir Canarias en la Antigüedad: los fenicios, los cartagineses, los romanos…? ¿Se asentaron en las islas o sólo estuvieron de paso? ¿Cuándo llegaron los bereberes cuya herencia genética está en el ADN de los antiguos canarios? ¿Arribaron estos por propia iniciativa o a la fuerza?.

Son preguntas sobre las que lleva décadas girando el debate científico sobre la primera población de Canarias y sobre el origen de los pueblos que los navegantes europeos se encontraron en todas sus islas cuando las «redescubrieron» al final de la Edad Media.

Trece investigadores de las universidades de Las Palmas de Gran Canaria, La Laguna y Linköping (Suecia) publican este lunes en ‘PNAS’, la revista la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, una amplia revisión de las dataciones de carbono 14 en las que basa la cronología cómo fue el primer poblamiento de Canarias.

El sesgo de los restos de carbón y las conchas marinas

Sus autores repasan todos los vestigios que soportan esas dataciones para descartar aquéllos que no pueden atribuirse sin duda a la presencia del hombre (por ejemplo, restos de carbón que quizás proceden de un incendio natural) y, sobre todo, para examinarlos de nuevo a la luz de criterios de «higiene cronométrica».

Pues no es lo mismo datar la madera procedente de un árbol que podía tener ya cientos de años cuando el hombre lo usó en una construcción o para encender fuego, que hacerlo con los restos de un ser vivo de vida corta o muy corta, como un grano de cereal o con los restos de una cabra encontrados en un yacimiento arqueológico.

Y algo parecido sucede con las conchas o los restos marinos que con frecuencia se han usado para datar la presencia humana en Canarias: los océanos absorben tanta cantidad de carbono presente desde hace siglos en la atmósfera, que si hoy se datara con C14 una sardina recién pescada, la prueba diría que tiene 400 años, explica a EFE el autor principal del artículo, Jonathan Santana, de la ULPGC.

Eliminando de la ecuación esos sesgos temporales y todo vestigio dudoso, este equipo de la ULPGC y la ULL subraya que queda claro que las Islas Canarias no fueron colonizadas por el hombre en el primer milenio antes de Cristo, como aún defienden algunos autores.

Fue ya en la Era Común y con estos años de llegada según el registro arqueológico: Lanzarote, entre el año 70 y el 240; Tenerife, entre el 155 y el 385; El Hierro, entre el 170 y el 330; La Palma, entre el 245 y el 430; Fuerteventura, entre el 270 y el 525; La Gomera, entre el 275 y el 405; y Gran Canaria, entre el 490 y el 530.

La presencia romana y bereber se solapa en el siglo I

El inicio de esa secuencia se solapa ligeramente con la presencia romana acreditada en el Islote de Lobos, que se extiende desde el siglo I antes de Cristo hasta el I de la Era Común. ¿Llegó Roma a colonizar las islas o sólo explotó puntualmente sus recursos?

«Eso es aún materia de debate. Algunos investigadores argumentan que establecieron un punto de partida de colonización a base de trasladar al archipiélago comunidades bereberes, en especial para explotar sus riquezas naturales costeras.

Una interpretación alternativa de las narrativas clásicas (como la crónica normanda ‘Le Canarien’ del siglo XV) apunta a que los romanos deportaron a Canarias a rebeldes bereberes del Norte de África como forma de castigo», plantean los autores de este trabajo.

Sin embargo, ni los historiadores romanos ni el registro arqueológico aportan prueba de esas dos teorías (y mucho menos aún de una llegada previa fenicia o púnica a Canarias).

Los autores de este trabajo reconocen que no se puede descartar que la expansión de Roma en el siglo I empujara a los pueblos del Noroeste de África a emigrar hacia unas islas que están a 100 kilómetros de distancia del continente, pero, si fue así, subrayan, emprendieron esa empresa por propia iniciativa.

Es decir, no llegaron como exiliados ni esclavos, sino como colonos y en una oleada muy extensa en sus inicios, como prueba el sustrato genético común de los pueblos aborígenes que los castellanos se encontraron 1.300 años después durante la conquista.

Creen que fue así, explica Jonathan Santana, porque, una vez que pisaron Lanzarote —la isla a la que llega casi de forma natural cualquier navegante que provenga del norte, como ocurrió siglos después con los europeos—, no se conformaron con quedarse en ella, sino que «no pararon» hasta asentarse en todas.

Lo hicieron, además, con un plan predefinido, como denota que llevaran semillas de varios tipos de cereal, de legumbres y árboles frutales, como el higo o ganado doméstico, como cabras, ovejas y cerdos que garantizaban su supervivencia en unas islas que, por lo demás, sólo les ofrecían tierra cultivable, agua y pesca.

¿Navegaban?

¿En qué se basa entonces la teoría de la llegada forzada? En la constatación de que, una vez que tomaron todo el archipiélago, se quedaron aislados durante siglos, sin comunicación entre islas hasta el regreso de los navegantes europeos al final de la Edad Media (s. XIV).

Los defensores de la tesis de la deportación o la esclavitud sostienen que probablemente los antiguos canarios no sabían navegar y que, por eso, su llegada a Canarias «necesita» de los romanos.

«En el fondo, toda esa tesis es muy eurocéntrica», responde Jonathan Santana, que se pregunta si acaso los bereberes eran un pueblo asentado en una larga fachada marítima, pero incapaz de desarrollar una tecnología extendida desde antiguo por todo el mundo.

Los firmantes de este artículo lo ven muy improbable: están seguros de que sí navegaban y no les extrañaría que, si supieron de la existencia de las Islas Afortunadas, seguramente por Roma (Plinio el Viejo las cita ya con ese nombre en el s. I), quisieran ir a ellas.

Entonces, ¿por qué dejaron de navegar, por qué se quedaron aislados? Santana reconoce que aún no se sabe a ciencia cierta, pero apunta dos ideas: primero, en la antigüedad, sólo se navegaba cuando era estrictamente necesario, cuando la ganancia esperada compensaba el peligro de perderse o naufragar; segundo, en eso los canarios no fueron únicos: también los aborígenes de Hawái perdieron el contacto con el resto de la Polinesia una vez que asentaron en esas islas.

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