[Canarias}> La Palma. El primer Ayuntamiento democrático de España no estaba en Madrid ni en Barcelona

29-03-2026

Jorge Siverio

El primer Ayuntamiento democrático de España no estaba en Madrid ni en Barcelona: estaba en una isla que llegó a superar a Lisboa como potencia oceánica

Azúcar, vino y galeones convirtieron este pequeño territorio insular en el tercer puerto del Imperio español

En el siglo XVI, Santa Cruz de La Palma era el tercer puerto más activo del Imperio español, sólo superado por Sevilla y Amberes. Nada de Lisboa, Cádiz o Las Palmas de Gran Canaria. Fue una ciudad pequeña, de dimensiones modestas, fundada en 1493 en el extremo occidental del Archipiélago, pero que llegó a concentrar un tráfico comercial capaz de competir con las grandes urbes del momento.

Ese pasado —poderoso, cosmopolita, denso— es lo que explica por qué su casco histórico, hoy Bien de Interés Cultural, tiene la arquitectura que alberga. Las casas, los balcones de madera esplendorosos e impropios de una ciudad pequeña, y las iglesias con retablos barrocos o portadas renacentistas son la huella física de un periodo de esplendor que duró más de dos siglos.

Una ciudad construida con dinero del océano

Alonso Fernández de Lugo fundó Santa Cruz de La Palma el 3 de mayo de 1493, apenas un año después de que Colón regresara de su primer viaje. La elección del lugar se proyecta porque la bahía ofrecía condiciones excepcionales para el abrigo de embarcaciones, y la isla entera disponía de tierras fértiles aptas para el cultivo de caña de azúcar, el producto que en aquel momento estaba redefiniendo la economía del mundo occidental.

El azúcar lo cambió todo. Con él llegaron los capitales, los comerciantes extranjeros y la infraestructura portuaria necesaria para sostener un flujo constante de mercancías. Portugueses, flamencos e ingleses se instalaron en la ciudad, trajeron sus propias tradiciones constructivas y dejaron una impronta arquitectónica que todavía hoy resulta legible en las fachadas del centro. La calle Real —conocida como O’Daly en honor a un irlandés influyente del siglo XVIII— fue durante décadas el eje de ese intercambio.

Comerciantes de media Europa cerraban aquí sus tratos antes de que los barcos zarparan hacia el Nuevo Mundo.

Cuando el azúcar decayó, fue el vino el que mantuvo el pulso exportador de la isla. La economía palmera demostró una capacidad de adaptación notable y la ciudad siguió creciendo, consolidando una burguesía mercantil que invirtió su riqueza en arquitectura. Plaza de España, Avenida Marítima, las grandes iglesias parroquiales: buena parte del patrimonio visible hoy tiene su origen en esa acumulación de capital atlántico.

La democracia más antigua de España

Entre las curiosidades históricas que la ciudad atesora hay una que pocos conocen. En 1773, el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma se convirtió en el primero de España elegido por sufragio popular. Décadas antes de que la Revolución Francesa pusiera el concepto de soberanía popular en el centro del debate político europeo, esta ciudad insular ya había ensayado, en su escala, algo parecido a la representación democrática.

Detrás de aquel hecho estaba, precisamente, Dionisio O’Daly, el comerciante irlandés que da nombre a la calle principal. Su influencia sobre la vida pública fue considerable y su figura ilustra bien el carácter de una ciudad acostumbrada desde siempre a la presencia de extranjeros.

Lo que dejaron siglos en pie

La Plaza de España concentra algunos de los edificios más representativos de la capital: el Ayuntamiento renacentista, con una fachada de piedra que es de las más fotografiadas de Canarias, y la Iglesia Matriz de El Salvador, iniciada en 1508, donde conviven el gótico, el renacimiento y una influencia mudéjar que delata la diversidad de maestros que trabajaron en su construcción a lo largo de décadas.

Más adelante, en la Plaza de la Alameda, una réplica de la carabela Santa María —el Barco de la Virgen— alberga el Museo Naval de la ciudad. Mapas de época, instrumentos de navegación, documentos que acreditan el papel de La Palma como escala oceánica.

Los balcones de madera de la Avenida Marítima, ricamente decorados y de una factura técnica notable, son quizás el elemento más fotogénico de la ciudad. Su origen también es histórico. La influencia portuguesa en la carpintería local fue determinante y los resultados, especialmente visibles en este paseo frente al Atlántico, no tienen equivalente en ningún otro municipio de las Islas.

Una capital que sobrevivió a su propio declive

A partir del siglo XVIII, cuando las rutas comerciales se desplazaron y otros puertos ganaron protagonismo, Santa Cruz de La Palma fue perdiendo el peso específico que había tenido. Ese declive relativo, sin embargo, tuvo una consecuencia: la ciudad no fue demolida ni transformada para adaptarse a nuevas demandas económicas. Se quedó como estaba. Y esa inmovilidad, que en su momento pudo vivirse como un síntoma de abandono, es hoy su mayor valor.

El casco histórico que puede recorrerse ahora —con su trazado colonial, sus iglesias, su Museo Insular y sus casas de balcones— es el mismo que existía cuando los galeones todavía atracaban en su bahía. Una ciudad que sobrevivió a su propio esplendor y que, por eso mismo, lo conserva entero.

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[Col}> Soledad 70 / Soledad Morillo Belloso

26-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Soledad 70

Según mi partida de nacimiento —ese papelito que se cree muy serio, como si fuera el gerente de mi vida— estoy por cumplir setenta años. Setenta. Qué risa. Qué descaro. Qué optimismo tan ridículo el de la aritmética. Porque si vamos a hablar claro, yo he vivido tanto que ya debería tener millas acumuladas para dar la vuelta al mundo en primera clase.

Tengo más canas que un convento, sí, pero yo, muy digna, me las pinto con regularidad, como quien dice: “La vejez vendrá, pero que venga engañada”. Porque una cosa es envejecer y otra es rendirse. Yo no me rindo. Yo me pinto. Y si hace falta, me repinto. Y si el tinte no agarra, lo amenazo.

Las arrugas… bueno, esas ya son parte de mi inventario. Tengo arrugas que podrían cobrar alquiler. Pero jamás salgo a la calle sin mis zarcillos y sin pintarme la boca. Jamás. Aunque esté medio muerta, aunque tenga la cara hinchada, aunque parezca que dormí en una caja de zapatos, yo me pongo mis zarcillos y me pinto la boca como quien se arma para la batalla. Que la vida me arrugue lo que quiera, pero la dignidad estética no me la toca nadie.

A veces me miro al espejo y pienso: “Caray, chica, estás hecha un poema… pero de esos largos, con notas al pie y edición crítica”. Y me ataco de la risa. Nadie se burla de mí tanto como yo misma.

Mi espíritu no tiene setenta años. Mi espíritu tiene temporadas. Y spin-offs. Y precuelas. Y varios capítulos censurados. He vivido pérdidas que envejecen de un sopapo, alegrías que rejuvenecen sin pedir permiso y crisis que me templaron como hierro en fragua. Mi cuerpo dice setenta, pero mi alma va por la quinta temporada de su propia serie histórica, con presupuesto limitado pero efectos especiales emocionales de primera.

La edad oficial es un número. La edad real es intensidad. Mi calendario dice setenta; mi historia dice “y vaya si los has vivido”. Llevo más estaciones que las que cuentan los almanaques. Soy testimonio, templanza, persistencia… y un poquito de malcriadez, porque a estas alturas, ¿quién me va a regañar?

Tengo montones de amigos. De todos los colores y sabores. Los quiero y ellos me quieren a mí… y además me soportan.

Tengo hitos importantes en mi vida: el día que me robé un carro de un restaurante; el día que me hice pipí en el Aula Magna; el día que me monté en un avión creyendo que iba para Boston y terminé en otra ciudad; el día que un tipo me invitó a cenar y me pasé dos horas diciéndole mentiras para descubrir al día siguiente que era un chivo muy importante de la compañía donde trabajaba; el día en que, con una amiga, conectamos dos secadores de pelo y le tumbamos toda la electricidad al Hotel Nacional en Río de Janeiro; el día que entré en otro matrimonio creyendo que era el de mi sobrina. Y como esas, montones. Yo soy un anecdotario ambulante.

El día que cumpla setenta voy a guardar silencio. No por solemnidad, sino porque me da la gana. Será un silencio concurrido, lleno de voces, recuerdos, carcajadas, dolores que ya no duelen y alegrías que todavía hacen ruido. Un silencio que dirá: “Llegaste hasta aquí… flaca, fané y descangayá, pero llegaste”.

Ese día, 1 de febrero, brindaré por mí. Porque a estas alturas, me lo he ganado. Sí, setenta, ¡70! La misma pendeja, un año más vieja.

[Col}> Tarde o temprano amanece / Soledad Morillo Belloso

14-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Tarde o temprano amanece

No es un lema ni un consuelo. Es una verdad aprendida a golpes, dicha por quien conoce la noche a fondo y sabe que la oscuridad miente cuando promete eternidad. La noche no sólo oscurece: confunde, distorsiona. Agranda lo que asusta, empequeñece lo que sostiene, desordena el juicio y vuelve el pensamiento un animal inquieto. En ese territorio donde todo tiembla, uno pierde la medida real de lo que duele y de lo que importa. La noche prueba. La luz revela.

Y aun así, incluso ahí, queda un resto: un pulso que no se entrega, una respiración que insiste, una dignidad que se niega a apagarse. Por eso “tarde o temprano amanece” no suaviza nada. Endurece. Fortalece.  Es una frase que se dice con la mandíbula apretada, no para aliviar, sino para recordar que la claridad vuelve porque uno la enfrenta, no porque el mundo sea benévolo.

Y cuando amanece —porque amanece— uno no queda intacto. Queda más cierto. Más dueño de sí. Más consciente de que la noche no fue caída, sino tránsito. Que la luz no llega por milagro, sino porque uno la sostuvo desde la sombra, sin arrodillarse.

Porque al final, la claridad no llega para salvar: llega para mostrar en quién nos convertimos mientras la esperábamos.

 

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios

Ah, los canarios. Esos hijos del Teide y del viento que cruzaron el mar con más memoria que equipaje, con acentos que parecen canciones y una terquedad dulce que ni el sol de Macuto les pudo quitar.

No llegaron con lujos, llegaron con historias. Con manos curtidas por la sal y el trabajo, y corazones blanditos como queso fresco. Desde el siglo XVII ya se les veía desembarcar en La Guaira, en Cumaná, en Margarita, buscando tierra firme donde sembrar futuro.

No eran señores de abolengo, eran labradores, comerciantes, pastores, gente de campo que traía en la maleta costumbres, refranes, recetas y una manera de vivir que se nos metió en la sangre como el ají dulce en el sofrito.

Las Islas Canarias no se llaman así por los pajaritos que cantan bonito, aunque el chisme haya corrido por siglos. El nombre viene de más atrás, de cuando los romanos se lanzaban a explorar como quien busca oro y encuentra perros. Sí, perros. Grandotes, peludos, guardianes de roca y viento.

Cuando llegaron al archipiélago, se toparon con esos animales que parecían custodios del volcán, y les pusieron Canariae Insulae, que en latín suena elegante pero significa “Islas de los Perros”. Nada de plumitas ni trinos, puro ladrido ancestral.

Dicen que Juba II, un rey curioso de Mauritania, mandó una expedición y volvió con dos de esos perrotes como si fueran trofeos de otro mundo. Y desde entonces, el nombre quedó pegado como chicle en zapato. Lo más gracioso es que los pajaritos que hoy llamamos “canarios” fueron bautizados por las islas, no al revés.

Es decir, el canario canta porque es isleño, no porque el nombre le cayó del cielo. Así que cuando alguien te diga que las Canarias se llaman así por los pájaros, dile: “No, vale, eso es como decir que el ron inventó la caña”.

Las islas, más que territorio, son carácter. Son como perros nobles: fieles, tercos, guardianes de su historia. Y ese nombre, que parece ladrido disfrazado de geografía, es sólo el primer verso de una canción que todavía se canta entre volcanes, gofio y brisa marina.

Los guanches, sus ancestros aborígenes, adoraban al sol y a la montaña, creían en Achamán y en Magec, y hacían rituales en roques sagrados. Esa espiritualidad, aunque transformada por los siglos en un cristianismo muy fervoroso, cruzó el mar con ellos y se mezcló con nuestras propias devociones.

En las fiestas patronales de Venezuela, los canarios se metieron como quien entra a una cocina ajena y empieza a freír empanadas. Cargan santos, cantan letanías, preparan altares con flores y queso de cabra, y convierten la fe en fiesta y la fiesta en ritual. Y si hay procesión, allá van ellos con sombrero de paja, camisa planchada y música, vino y sonrisa.

En las varias oleadas de canarios que llegaron a Venezuela, se instalaron en los campos de Aragua, en los cafetales de Lara, en los mercados de orilla, y allí se quedaron, sembrando más que cosechas: sembrando familia. Porque para ellos, familia no es sólo quien lleva el apellido, sino quien comparte mesa, historia y  silencios.

Abrieron bodegones, tascas, guachinches —esos templos medio clandestinos donde se come como en casa y se paga como en feria— y convirtieron cualquier reunión en una parranda, y cualquier parranda en una misa pagana donde se honra el mojo picón, el vino de la casa (que nunca es de la casa), y la memoria compartida. Y si el vino se acaba, no hay problema: se saca el ron, se improvisa un verso, y se canta hasta que el vecino se rinda y venga con una botella.

Nos enseñaron a hablar con diminutivos, a decir “mi niñito”, “la casita”, “el cafecito”, aunque el café fuera más fuerte que un regaño de abuela. Nos regalaron cuentos que empiezan en una finca de Tenerife y terminan en una tasca de El Tigre, con personajes que nadie sabe si existieron, pero que todos juran haber conocido. Nos trajeron palabras que se nos pegaron como chicle en zapato, entre ellas “gofio” como símbolo de infancia, de isla. Porque el gofio no es sólo comida, es identidad. Se mezcla con leche, con plátano, con lo que haya, y siempre sabe a hogar. Y si alguien te dice que no le gusta el gofio, desconfía: probablemente tampoco cree en los milagros ni en el poder curativo de un buen sancocho.

También nos trajeron música. Isas, folías, malagueñas que aquí se mezclaron con joropos, gaitas y tambor. En ese intercambio nació una sinfonía mestiza que todavía se escucha en las fiestas patronales, cuando alguien saca una bandurria y otro se arranca con un verso que nadie entiende, pero todos sienten.

“Soy isleño, soy del viento, soy del mar que me llevó”, cantan, y en esa melodía se cuela la brisa marina y el recuerdo de la tierra que dejaron atrás. Y si el coro se descompone, no importa: se improvisa, se ríe, se baila y se sigue cantando, aunque el perro del vecino ladre en tono menor.

Los canarios también nos enseñaron a resistir con elegancia. A llorar sin hacer escándalo, a reír con los ojos, a trabajar duro sin perder la ternura. Nos enseñaron que emigrar no es sólo cambiar de geografía, sino reinventarse sin perder la esencia. Que se puede ser isleño en tierra firme, y que la nostalgia se cura con trabajo, con comida, con cuentos, con abrazos largos y con un buen vaso de vino compartido entre risas. Y si el abrazo viene con un chiste, mejor: porque el humor canario es como el mojo: pica, pero alegra.

Los inmigrantes canarios no sólo nos trajeron cosas: nos trajeron maneras. Maneras de mirar, de hablar, de cocinar, de amar. Se mezclaron con nosotros como el queso blanco con guayaba, como el ron con cuentos, como la fe con la fiesta.

Y en esa mezcla, Venezuela se volvió más sabrosa, más plural, más nuestra. Sus descendientes se fueron profesionalizando y se convirtieron en ingenieros, médicos, industriales, comerciantes.

Así que, si ves a un hombre o a una mujer con acento cantado muy parecido al nuestro y una sonrisa que parece conocer todos los secretos del mundo, dale las gracias, porque probablemente sea descendiente de esos canarios que vinieron con poco, pero nos dejaron tanto.

Y si te invita a comer gofio, acepta. Porque ahí, en ese plato humilde, está la historia de un pueblo que convirtió la alegría en ritual, y el ritual en celebración. Y si después del gofio te saca una guitarra, prepárate: la noche va pa’ largo y el cuento también.

Entre gofio, cuentos y refranes, los canarios se quedaron sembrados en nuestra tierra como quien planta alegría en terreno fértil. Vinieron con poco, pero nos dejaron tanto, sobre todo, modos de amar.

Y tú que me lees, si alguna vez la nostalgia aprieta, basta con escuchar a la canaria Rosana:

 “Si te abrazan las paredes desabrocha el corazón

No permitas que te anuden la respiración

No te quedes aguardando a que pinte la ocasión

 Que la vida son dos trazos y un borrón”.

Muchos descendientes de canarios han vuelto a las islas. Y allá donde están extrañan a Venezuela. Al fin y al cabo, son gente con dos patrias. Son nuestros embajadores.

[Canarias}> La misteriosa isla de España que quedó sumergida en Canarias y terminó por dar vida a dos tesoros del Atlántico

05/03/2026

Marina Velasco

La misteriosa isla de España que quedó sumergida en Canarias y terminó por dar vida a dos tesoros del Atlántico

Una antigua isla de España en Canarias, hoy sumergida bajo el océano Atlántico, es la clave para entender el origen común de dos territorios separados por apenas 13 kilómetros de mar

Hubo un tiempo en el que el mapa de Canarias era muy distinto al actual. Mucho antes de que Fuerteventura y Lanzarote se consolidaran como destinos turísticos de referencia en España, existió una gran isla que dominaba el Atlántico oriental y que hoy permanece oculta bajo el mar.

Un pasado común bajo el Atlántico

Aquella isla recibía el nombre de Mahan. Según investigaciones respaldadas por el Gobierno de Canarias y estudios geológicos sobre el archipiélago, surgió hace aproximadamente 40 millones de años, durante el Mioceno, una etapa del Neógeno marcada por intensos procesos volcánicos. El nivel del mar era entonces considerablemente más bajo, lo que permitió que un enorme edificio volcánico submarino emergiera hasta formar una única y vasta superficie terrestre.

Durante millones de años, la actividad interna del planeta —erupciones, flujos de lava y movimientos tectónicos— fue modelando ese territorio primigenio. Sin embargo, al término de la última Edad de Hielo, hace unos 18.000 años, el deshielo elevó el nivel del mar y el agua comenzó a inundar las zonas más bajas.

La erosión y los cambios climáticos acabaron fragmentando Mahan y separando definitivamente las dos masas de tierra a través del actual estrecho de La Bocayna, de unos 13 kilómetros de anchura. El avance imparable del océano, unido a la erosión constante, fue abriendo una brecha irreversible en el antiguo territorio hasta transformarlo en dos islas distintas.

Dos islas con la misma raíz geológica

Aunque hoy aparecen como territorios independientes, Fuerteventura y Lanzarote conservan claras huellas de ese origen común. Ambas comparten una geografía árida y volcánica que contrasta con el paisaje más verde de otras islas occidentales como Tenerife o La Palma. Las plataformas marinas y la continuidad geológica entre ambas refuerzan la teoría de aquella antigua unión.

Esa herencia explica también parte de su identidad actual. Fuerteventura destaca por extensas playas como Cofete, con 12 kilómetros de arena casi intacta y vientos constantes que la han convertido en referente para surfistas. Lanzarote, por su parte, exhibe escenarios volcánicos como el Parque Nacional de Timanfaya, además de enclaves singulares como el Charco de los Clicos o las playas de Papagayo. Dos territorios distintos que, en realidad, comparten la memoria sumergida de una misma isla desaparecida bajo el océano.

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[Canarias}> Gran Canaria, siglos XI a XIV: una isla de niños pescadores

04-03-2026

José María Rodríguez

Gran Canaria, siglos XI a XIV: una isla de niños pescadores

Un estudio publicado en ‘Journal of Island and Coastal Archaelogy’ ahonda en la profunda relación entre los antiguos habitantes de la isla y el mar como fuente de alimentos, pero también como elemento de su cultura y símbolo de identidad

El pueblo amazigh que habitó Gran Canaria antes de la llegada de los primeros europeos vivió muy desapegado de la costa durante 800 años a pesar de rodearle un océano, pero algo ocurrió en la isla en el siglo XI que hizo del mar un sustento económico básico y un símbolo de identidad.

Es un cambio bien estudiado por los historiadores, que suelen atribuirlo al crecimiento demográfico de Gran Canaria al final del primer milenio (en tiempos de la Conquista era la isla más poblada), que impulsó a sus habitantes a buscar fuentes de recursos adicionales al cultivo de cereales y al pastoreo, así como a la irrupción de una nueva oleada pobladora desde África, con otras costumbres.

Sin embargo, de cuando en cuando, aparecen nuevos estudios que muestran hasta qué punto la relación con el mar impregnó la vida diaria los antiguos pobladores de la isla en los siglos previos a su conquista por Castilla, como el que este mes publican en Journal of Island and Coastal Archaelogy Verónica Alberto, Teresa Delgado, Angélica Santa Cruz y Javier Velasco, entre otros investigadores.

Desescamadores de peces fabricados con cuerno de cabra, recuperados de un yacimiento costero de La Garita, Gran Canaria. Efe / Cedida por los autores del trabajo

 En el tramo final del periodo prehispánico se conformaron los asentamientos prehispánicos costeros más importantes de Gran Canaria, ya que sus habitantes habían preferido hasta entonces el interior. Y a ese periodo se refieren también varios estudios bioarquelógicos que cifran entre un 15% y un 20% el peso del pescado y el marisco en la alimentación de los antiguos habitantes de la isla.

Este nuevo trabajo revela que uno de cada siete niños y adolescentes de la Gran Canaria prehispánica (el 13%) presentaban exóstosis auditiva, un crecimiento óseo anormal en el conducto externo del oído que puede llegar a taponarlo. El porcentaje se dispara si el foco se pone en los restos óseos recuperados de asentamientos costeros: un 50% en Maspalomas (3 de 6), en el sur de la isla, y un 76% en El Agujero, Gáldar (10 de 13), en el norte.

Yacimiento arqueológico de Botija, en Gáldar, costa norte de Gran Canaria. Efe / Cedida por los autores del trabajo

La Medicina actual conoce esa patología como oído de surfista, porque la ocasiona la exposición prolongada al agua fría, pero en el tiempo al que se remonta este trabajo tenía otro origen más mundano: la pesca, faena colectiva en aquellos siglos, en la que colaboraban jóvenes y adultos metiéndose al agua en grupo con sus redes.

Los autores de este artículo aportan las primeras pruebas arqueológicas de hasta qué punto los menores contribuían en aquella sociedad al marisqueo y la pesca y, de paso, participan en los ritos de iniciación social ligados al mar. Y debían hacerlo desde muy pronto, porque documentan casos de oído de surfista en niños de diez años, cuando la exóstosis tarda unos cinco años en formarse.

Cráneo de un hombre de 18 a 25 años recuperado del yacimiento de El Agujero, en Gáldar, en la costa norte de Gran Canaria, con crecimiento óseo. Efe / Cedida por los autores del trabajo

El trabajo resalta que la colaboración en la pesca no sólo suponía una forma de que los niños y adolescentes ayudaran al sostenimiento de la comunidad, sino que formaba parte, probablemente, de los ritos de maduración e integración social.

De hecho, recuerda que los documentos históricos de la Conquista acreditan que nadar y pescar daban prestigio en la antigua sociedad grancanaria —hasta el punto de que el Guanarteme, o rey, se preciaba de ser un buen pescador—, y que el mar estaba presente en importantes ritos religiosos, como cuando los faycanes llevaban al pueblo a la costa a golpearlo con ramas para implorar a sus dioses lluvias.

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[Col}> Sopa para emergencias del corazón

13-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Sopa para emergencias del corazón

Las emergencias del corazón no son accidentes; son revelaciones, casi epifanías. No llegan para destruir, sino para recordarle a uno que está vivo, que siente, que todavía hay zonas blandas donde la existencia hace nido. El corazón, ese filósofo testarudo que late sin pedir permiso, a veces se quiebra para que uno escuche lo que llevaba años ignorando. Y cuando eso ocurre, cuando la grieta se abre como una boca que exige verdad, no hay ambulancia que valga. Lo único que sirve es una sopa.

La sopa es un acto de pensamiento. Un pensamiento caliente, humilde, que no pretende resolver el misterio del universo, pero sí acompañarlo. Mientras hierve, uno se da cuenta de que la vida es eso: un hervor lento donde lo que duele y lo que salva conviven en la misma olla. El caldo no pregunta por qué uno está roto; simplemente acepta los pedazos y los deja flotar hasta que encuentran su lugar. Esa aceptación es, en sí misma, una filosofía.

Hay un momento, siempre, en que el vapor sube y uno lo huele. Y ahí, en ese olor, aparece la emoción. No la emoción grandilocuente de los discursos, sino la emoción mínima, íntima, la que se siente en la garganta antes de que llegue la lágrima. La sopa le habla a esa emoción con una ternura casi cómica, como quien dice: “Mira, no te me pongas trágica; si te calientas demasiado, te soplo”. Y uno se ríe, porque la risa es la grieta por donde entra la luz cuando el corazón está oscuro.

La filosofía de la sopa es sencilla: todo lo que se remueve se transforma. El dolor, cuando se revuelve con memoria, se vuelve nostalgia. La nostalgia, cuando se mezcla con humor, se vuelve resistencia. Y la resistencia, cuando se deja a fuego bajo, se vuelve una forma de amor propio. No un amor perfecto, sino uno que sabe que la vida es un plato que se sirve caliente y que a veces quema, pero igual alimenta.

El corazón, mientras tanto, mira, observa. Se deja ablandar. Se deja convencer. Entiende que no está siendo reparado, sino acompañado. Y en esa compañía encuentra su propia filosofía: la de seguir latiendo aunque duela, la de abrirse aunque asuste, la de confiar aunque la memoria tenga cicatrices.

Al final, cuando uno se sirve la sopa —esa sopa que no existe en ninguna cocina pero que se siente en todas las células— comprende que la emergencia no era un desastre, sino una invitación. Una invitación a mirarse con menos juicio y más cariño. A aceptar que la vulnerabilidad no es una falla, sino una forma de sabiduría. A reconocer que, incluso en el dolor, hay belleza.

Porque las emergencias del corazón no se curan; se atraviesan. Y la sopa, con su filosofía tibia y su humor discreto, es el puente que permite cruzarlas sin perderse del todo.

[Canarias}> Si utilizas estas palabras típicas de Canarias, tienes más alma canaria de lo que imaginas

02-03-2026

Jorge Siverio

Si utilizas estas palabras típicas de Canarias, tienes más alma canaria de lo que imaginas

Un repaso a las expresiones canarias más usadas que reflejan la identidad, el acento y la forma de vivir en el Archipiélago

En Canarias, se habla como se vive; es decir, con cercanía y cierto desparpajo. En el Archipiélago la conversación se da en confianza, con retranca y también esa pizca de musicalidad que desarma el alma de cualquiera que viene de fuera. El acentoarrastra siglos de historia compartida con Hispanoamérica y deja un poso reconocible desde que alguien suelta el primer «chacho».

El español de las Islas se fue cociendo entre puertos, emigraciones, idas y venidas. Hay vocablos que viajaron a Cuba o Venezuela y volvieron, pero ya de otra forma. Con otra cadencia. Otros se quedaron. Pero todos dan como resultado un habla con personalidad, que se reconoce al instante y que, para muchos, es una seña de identidad casi tan potente como el gofio o el plátano.

Palabras que delatan el habla de las Islas

Algunas expresiones funcionan como contraseña. Si las usas con naturalidad, no hace falta enseñar el DNI.

  • Chacho: Pocas palabras condensan tanto. Sirve para llamar la atención, para mostrar sorpresa y como comienzo de una frase cuando no sabes muy bien cómo entrarle al asunto. Es el comodín lingüístico del Archipiélago. Sirve para todo y en cualquier circunstancia. No hay nada más canario que esta expresión.|
  • Fos: Breve, pero a la vez contundente. Una reacción instintiva ante un mal olor o algo desagradable. Se dice y punto.
  • Guagua: El autobús es la guagua. Y lo será aunque la Real Academia Española recoja el término como americanismo. En las Islas tiene carta de naturaleza desde hace décadas. Subirse a la guagua en Santa Cruz o en Las Palmas de Gran Canaria forma parte de la rutina diaria, y nadie siente que esté usando una palabra prestada.
  • Calufa: Cuando el calor aprieta y el bochorno se vuelve pegajoso, aparece la calufa. Con mayúsculas. Una sensación que obliga a buscar sombra o algo de brisa.
  • Pelete: Porque sí, aunque no lo parezca en Canarias también hace frío. Y cuando baja la temperatura, sobre todo en medianías o cumbres, se dice que hace pelete.

Una manera de estar en el mundo

Los lingüistas llevan años estudiando las particularidades del habla canaria, como el seseo, el uso frecuente del ustedes en lugar del vosotros, ciertos diminutivos o giros sintácticos. Sin embargo, todo conforma una colección que es el reflejo de cómo es la convivencia en las Islas y en las calles, donde se vive con naturalidad.

Basta escuchar a dos personas mayores conversando en un banco de cualquier plaza del Archipiélago para entenderlo. Las palabras fluyen, pero también se interrumpen, se retoman, se matizan. Hay cercanía, confianza. Incluso entre desconocidos.

En definitiva, si alguna de estas expresiones forma parte de tu vocabulario cotidiano, puede que lleves Canarias en el acento, en el ritmo o en ese «chacho» que se te escapa sin darte cuenta.

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[Canarias}> El ‘quijotesco’ pueblo de los molinos en España que debes visitar antes de que termine febrero: está en Canarias y casi nadie lo conoce 

El ‘quijotesco’ pueblo de los molinos en España que debes visitar antes de que termine febrero: está en Canarias y casi nadie lo conoce

Sus molinos históricos, su arquitectura tradicional y su pasado cerealístico convierten a este municipio majorero en una parada imprescindible para quienes buscan autenticidad lejos de las rutas masificadas