[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos

¡Ah, los chinos! No me refiero a los que llegaron a Venezuela en años recientes, palanqueados por razones políticas, con un “cuento chino” bajo la manga, hablando en chino aunque sepan hablar español, y cuyo lema es “Si no hay leal, no hay lopa”. De esos, de los del país comunista más capitalista del mundo, hablo en un artículo que no es este.

Estas líneas van sobre los chinos de toda la vida. Los que están en muchas ciudades de Venezuela. Esos magos del wok, alquimistas del arroz frito, poetas del papelillo rojo y sabios del “todo tiene solución con un buen té de jazmín”.

Cuando llegaron a Venezuela, no vinieron con las manos vacías. No, señor. Trajeron maletas llenas de sabores, supersticiones, proverbios con sabor a sabiduría milenaria que no entendíamos, pero igual repetíamos, y una filosofía de vida que, sin darnos cuenta, se nos metió en el tuétano del “¿y qué tal si hoy comemos chino?”.

Primero lo primero: la comida. Porque si algo sabe hacer el chino, es cocinar como si el mundo se fuera a acabar mañana. ¿Quién no ha tenido una epifanía existencial frente a un arroz frito especial con camarones, cerdo, pollo, huevo, cebollín y ese toque de salsa de soya que parece bendecido por el mismito Confucio?

Y ni hablemos de la lumpia, ese rollito crujiente que uno muerde y siente que está abrazando el alma. Los chinos nos enseñaron que el sabor no tiene fronteras, que el ajonjolí es poesía, y que el picante también puede ser una religión.

Pero no todo fue cocina. También nos trajeron el arte de la economía creativa. ¿Quién no ha entrado a un bazar chino buscando una linterna y ha salido con una licuadora, un juego de té, tres pares de medias y un gato dorado que mueve la patica?

Los chinos nos enseñaron que todo se puede vender, que el regateo es un deporte olímpico, y que si algo se rompe, se pega con pega loca y se sigue usando. Porque en el mundo chino, nada se bota, todo se reinventa.

Y hablando de gatos dorados, ¡ay, la superstición! Los chinos nos trajeron el feng shui, aunque aquí lo aplicamos a nuestra manera: ponemos el espejo donde no nos veamos despeinados, el bambú donde no estorbe, y el sapito de la abundancia encima del televisor, aunque esté mirando pa’ donde no es.

Nos enseñaron que los números tienen personalidad, que el rojo espanta lo malo, y que si uno quiere prosperidad, hay que poner monedas chinas amarradas con cintica roja en la cartera. ¿Funciona? No sabemos. Pero nos encanta creer que sí.

También nos regalaron una manera distinta de ver el tiempo. Para ellos, el año nuevo no empieza el 1 de enero, sino cuando el dragón dice que sí. Y ese día hay fuegos artificiales, bailes, papelillos y una cena que parece banquete imperial. En Venezuela, adoptamos esa celebración como si fuera nuestra. Porque si hay comida, música y superstición, nosotros nos apuntamos sin preguntar.

Y no podemos olvidar el idioma. Aunque no entendamos ni papa de mandarín o cantonés, todos hemos aprendido a decir “ni hao” con acento margariteño, y a leer los menús sabiamente, con traducción y no en signos que parecen acertijos mágicos.

“Pollo con almendras”, “cerdo agridulce”, “sopa de wantán”… cada plato es una historia, una leyenda, una promesa de felicidad servida en bandeja de acero inoxidable.

Los chinos también nos enseñaron que hay que trabajar duro, a abrir el negocio aunque esté lloviendo, temblando o haya apagón. Nos mostraron que la disciplina no es aburrida, sino poderosa. Que la familia es el centro de todo, y que el respeto por los mayores no se negocia. En sus restaurantes, tiendas y panaderías, uno ve generaciones trabajando juntas, como una orquesta afinada por el tiempo.

Y claro, también nos trajeron el misterio. Porque uno entra a una tienda china y siempre hay una cortina que no se puede cruzar. ¿Qué hay detrás? ¿Un altar? ¿Una cocina secreta? ¿El portal a otro mundo? Nadie sabe. Pero ese misterio nos encanta.

Nos hace sentir que hay magia en lo cotidiano, que la vida tiene varios ingredientes, como una buena salsa agridulce.

Así que sí, los inmigrantes chinos nos trajeron mucho más que arroz frito, pato pekinés y gatos dorados. Nos trajeron una forma de vivir que se mezcla con la nuestra como el papelón con el limón. Nos enseñaron que la abundancia no está en lo que se tiene, sino en cómo se comparte. Que la risa puede sonar en cualquier idioma. Y que, al final del día, todos somos parte de una misma sopa, con ingredientes distintos, pero cocinados en el mismo caldero de la vida.

¡Ay, bendito sea Dios! Escribo y se me alborota el paladar y el recuerdo. Entrar a un restaurante chino en Venezuela es como colarse en una verbena donde el Caribe se viste de qipao, se abanica con gracia y se lanza a bailar danzón con sabor a ajonjolí.

Te reciben con lumpias que hacen “crac” como fuegos artificiales en la boca, rellenas de vegetales y pollo que saben a travesura en casa de la tía consentidora, esa que siempre dice “pide otra ración”.

Luego aterriza el arroz frito “especial”, con camarones, cerdo, huevo y ese chorrito de salsa de soya que huele a domingo sin reloj, sin zapatos y con la barriga feliz.

El lomo en salsa de ostras se desliza como bolero pegado, y el chop suey llega bailando en el wok, con vegetales que brincan como cotufas y carne que se contonea como en ensayo de comparsa.

El pollo agridulce, con su salsa roja escandalosa, se luce como miss en desfile de carrozas. No falta el wantán frito, ni el cerdo con piña que guiña el ojo como galán de novela. Y para los que no le temen al zaperoco, el “tres delicias” mezcla mariscos, carne y vegetales en una rumba salada que no pide permiso.

Al final, como quien lanza una indirecta con picardía cósmica, aparece la galletica de la suerte: crujiente, dulzona y con un papelito que te susurra entre dientes “La abundancia te seguirá”, que es un augurio aspiracional que no viene con mapa, pero igual se agradece.

En fin, gracias a los chinos que llegaron a Venezuela con sus sabores que hacen fiesta en la boca, sus bazares donde uno entra por una linterna y sale con incienso, sus gatos que saludan con la patita como si dijeran “échale bola”, y esos platicos de porcelana que parecen hechos para servir arroz frito con cariño.

Porque sin ellos, este país sería menos crujiente, menos colorido y muchísimo menos sabroso.

Gracias por su sabiduría. Tienen razón:  春卷在手,福氣不走。 “Con lumpia en la mano, la buena suerte no se escapa”. (Frase colgada en la pared de un restaurante chino en Caracas, justo al lado del  estante donde vive el gato dorado que mueve la patica.)

Estoy convencida de que si un extraterrestre aterrizara hoy en Venezuela, después de un viaje intergaláctico desde un planeta cuyo nombre aún no figura en ningún mapa estelar, y pidiera comida criolla, el arroz chino estaría en el menú sin discusión.

Lo digo con conocimiento de causa: he visto comederos de esos bien criollos, de “sopa y seco”, donde el cartel en la pared anuncia con orgullo “chop suey, arroz chino y caraotas”. Porque aquí, lo chino se volvió nuestro, y el wok y la salsa de soya tienen ciudadanía venezolana.

[Col}> Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron

Tuve una tía francesa, que no era tía, casada con un libanés, que tampoco era tío. En Venezuela, ya se sabe, los lazos de sangre no son los únicos que atan. Aquí los amigos  y los compadres de los papás se convierten en tíos por decreto de cariño.

Pues estos tíos, que no eran tíos, nos enseñaron a sus sobrinos, que no éramos sobrinos, la gloria de la cultura libanesa. Desde chiquitos aprendimos que sentarse a la mesa no era sólo para comer, sino para celebrar. Y vaya que se celebraba: la mesa vestida de aromas que bailaban, sabores que cantaban, y texturas que contaban cuentos.

Mi tía, la francesa, que no era tía, cocinaba como si el mismo Dios de los manjares le hubiera enseñado. Cada tanto íbamos a su casa, y allí nos llenábamos la panza y el corazón. Porque esas exquisiteces libanesas no sólo alimentaban: hacían fiesta en la boca y en el alma. Mi tío, el libanés, decía una frase muy divertida: “Cedro que cruza el mar, florece con mango y arepa”.

Otra tía, de Maracaibo, que tampoco era tía, pero que era morocha de una tía que sí lo era, se casó con un libanés, que, claro está, fue tío por derecho afectivo. Así, tengo una prima, que no es prima, pero como si lo fuera, que es mitad zuliana, mitad libanesa.

En el colegio había una muchacha preciosa, de apellido Dao. Por muchos años la vi caminar por los pasillos, y  siempre me pareció una niña como sacada de un cuento de hadas.

Tengo una querida amiga de toda la vida que se casó con un libanés. Y un amigo, también de toda la vida, casado con una libanesa. Ambos, él y ella, son libaneses-venezolanos.

Los libaneses llegaron a Venezuela con el corazón apretado, maletas llenas de recuerdos, y pasaportes que decían “turcos” porque el Imperio Otomano no perdonaba ni en los papeles.

Se bajaron de los barcos en Puerto Cabello, La Guaira, Margarita, Cumaná, Maracaibo como quien llega a una fiesta sin saber si es formal o sin corbata, pero con la intuición de que “algo bueno puede pasar”.

Pero curucuteemos la Historia. La cosa empezó hace mucho tiempo, por allá en los años 1860, cuando Venezuela apenas se sacudía el polvo de la Guerra Federal. Mientras aquí se reconstruía el país, allá en el  Líbano la vida se ponía cuesta arriba.

Los maronitas, cristianos de montaña, vivían entre impuestos injustos, conflictos con los drusos y una represión que no daba tregua. Muchos vendieron lo que tenían y se montaron en barcos desde Beirut, Sidón o Trípoli, buscando una tierra donde pudieran respirar sin miedo. Así llegó la primera oleada, con gente que no venía a probar suerte, sino a echar raíces.

Luego, entre 1910 y 1930, otra tanda de libaneses se sumó a la historia. Esta vez huyendo del hambre, de la Primera Guerra Mundial y de un Líbano que se deshacía entre imperios.

Llegaron con más calle, más ganas, y una idea clara: trabajar duro, levantar negocios, y criar familia. Y lo hicieron. Se metieron en el comercio como quien se mete en una pelea de gallos: con astucia, con verbo, y con una sonrisa que vendía hasta lo que no estaba en el mostrador.

Después, en los años 40 y 50, cuando Venezuela vivía un boom petrolero, llegaron más. Algunos escapando de la Segunda Guerra Mundial, otros simplemente buscando una vida mejor.

Ya no eran sólo hombres solos, ahora venían familias completas, con niños que aprendían a decir “chico” antes que “yalla”. Se instalaron en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, y hasta en pueblos donde nunca se había escuchado la palabra “habibi”.

Y no llegaron con las manos vacías. Nos trajeron el kibbeh, que aquí se volvió más redondito y más frito. El tabule, que se tropicalizó con aguacate. El hummus, que terminó compartiendo plato con la guasacaca. Nos enseñaron que la cocina también puede ser un puente entre mundos.

Pero no fue sólo comida. Fue carácter. Fueron tiendas de telas, de electrodomésticos, de lo que fuera. Aprendieron español con regateos, con cuentos, con refranes criollos.

Y nos regalaron apellidos que suenan a poesía  y a arepa: Dib, Dao, Nasr, Abou, Lilue, Antakly, Dager, Mazry,  que hoy están en todas partes, desde el Miss Venezuela hasta los  mercados populares, desde la academia hasta la banca.

Hoy los descendientes de libaneses en Venezuela son en su mayoría cristianos. También hay musulmanes y drusos.

También trajeron rituales y los unieron a los locales. El café negro, espeso como la historia de sus abuelos, servido en tacitas que invitan a la confidencia. Las bodas hoy son con dabke y merengue, donde el tío libanés termina bailando con la tía venezolana como si fueran protagonistas de una telenovela multicultural.

Y sí, muchos llegaron huyendo de guerras, de persecuciones, de injusticias. Pero en vez de quedarse en el lloriqueo, hicieron de Venezuela su nuevo Monte Líbano. Sembraron aquí sus sueños, sus hijos, sus negocios, sus cuentos. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio en la mesa, en la historia, y en el corazón.

Hoy, cuando uno entra a una panadería y ve al lado de una quesadilla unas empanaditas árabes, sabe que algo hermoso pasó. Que la migración no sólo trae gente, sino sazón, humor, resiliencia y una forma distinta de ver el mundo. Los libaneses nos enseñaron que se puede llorar por el cedro y reír con el mango. Que se puede ser de allá y de aquí al mismo tiempo.

Así que sí, nos trajeron mucho. Y nosotros, con gusto, les dimos casa, cariño y costumbre. Porque cuando se mezcla el zaatar con el papelón, lo que sale es puro sabor de pertenencia. Ah, y valga la aclaración: los libaneses no son turcos.

[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare (VIII): Adeyahamen

19-12-2025

 Felipe Jorge Pais Pais (*)

Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare (VIII): Adeyahamen

Adeyahamen, como su nombre indica, era muy rica en agua (manantiales, fuentes, goteos y rezumes) creando una riqueza que, aún hoy, sigue perviviendo

Según las fuentes etnohistóricas “El octavo señorío y término era Adeyahamen, que quiere decir ”debajo del agua“, porque sobre este término nacen las aguas de los ingenios de Los Sauces, que al presente se llama, hasta el término de Tagaragre; y de esta tierra era señor Bediesta (J. Abreu Galindo, 1977 268). Los especialistas en lengua amazigh dan por bueno el significado del topónimo Adeyahamen.

Panorámica del cantón de Adeyahamen desde Los Galguitos (Foto: Jorge Pais Pais).

El nombre de su capitán, Bediesta, era el mismo que para los dominios de Tagaragre (actual Garafía). Según Ignacio Reyes García, también se puede escribir “… Bedestra, Bediista, Bidiesta, Briesta …” (2011: 117), que se puede traducir como “… estatura esbelta …” (2011: 118). Este nombre ha desaparecido y sólo se ha conservado hasta nuestros días en el equipo de lucha canaria de San Andrés y Sauces. Diferente es el caso de Briesta con el que se conoce un barranco y una zona del término municipal de Garafía.

Adeyahamen, como su nombre indica, era muy rica en agua (manantiales, fuentes, goteos y rezumes) creando una riqueza que, aún hoy, sigue perviviendo. Tal es así que, cuando llegan los conquistadores castellanos a finales del siglo XV, sus dominios eran atravesados por una corriente de agua permanente: “Esta Isla de La Palma es falta de agua, porque solamente tiene tres arroyos de que hacer caudal: uno que sale de la Caldera, con el que se sirven dos ingenios de azúcar; el otro que va a la Villa de San Andrés, con que muelen otros dos ingenios de azúcar; y el tercero que viene a la ciudad de Santa Cruz y puerto principal, para servicio de los molinos y otras cosas necesarias a los vecinos…” (J. Abreu Galindo, 1977: 263).

Cascada de Los Tilos (Barranco del Agua) (Foto: Jorge Pais Pais)

La abundancia de este recurso natural fue, sin duda, uno de los parámetros esenciales para explicar la intensidad de poblamiento prehispánico de este cantón que, además, contaba con excelentes pastizales y una costa repleta de pescado y marisco (lapas, burgados, púrpuras, etc.).

Por otro lado, los tramos medios e inferiores de los barrancos y barranqueras contaban con innumerables cavidades naturales perfectamente protegidas contra las inclemencias del tiempo, de tal forma que fueron ocupadas como lugar de habitación y, en algunos casos, para depositar los restos, tras el fallecimiento, de sus seres queridos.

Los poblados más importantes los encontramos en los barrancos del Agua-Los Tilos, San Juan, Alén, etc. Desgraciadamente, la mayor parte de esos yacimientos han desaparecido o han sido profundamente alterados para crear vetas de cultivo de secano, hoy abandonadas, y convertidas en bancales, en los últimos cien años, para sembrar plataneras.

En algunas cavidades, conocidas como cuevas del polvo o del gofio, se aprovechaba el relleno arqueológico, especialmente durante la época de la postguerra civil española, como abono para los cultivos. Este nombre deriva del color blanquecino del sedimento prehispánico que, en realidad, no era otra cosa que huesos humanos desintegrados y convertidos en polvo debido al transcurrir del tiempo y los procesos erosivos.

Una de estas necrópolis se encontraba aguas debajo de la Cueva del Tendal, perviviendo su recuerdo en la toponimia del lugar, así como en la memoria de quienes extrajeron los restos para usarlos en los bancales que quedan al otro lado del Barranco de San Juan. Este tipo de situaciones fueron habituales en otros lugares de la Isla de La Palma.

Cueva del Polvo (Barranco de San Juan) y laderas abancaladas y sembradas de plataneras (Barranco de Alén) (Foto: Jorge Pais Pais).

Uno de los objetos más raros, curiosos e interesantes de la arqueología palmera son cuatro piezas de madera, popularmente conocidas como “croses” o “boomerangs” que aparecieron en sendos yacimientos funerarios de Los Guinchos (Breña Alta) y San Andrés y Sauces.

Se han dado infinidad de hipótesis sobre su significado: emblemas jerárquicos, símbolos de poder, armas, instrumentos musicales de entrechoque, hoces para segar (etc) (F. J. Pais Pais, 2020: 25). La información oral nos ha permitido recopilar datos sobre la ubicación de este yacimiento.

Se trataba de una cueva funeraria situada en la parte alta del acantilado, en la zona de San Andrés, que fue descubierta al sorribar las laderas de una pequeña barranquera que hoy está completamente cubierta por bancales de plataneras. La gran mayoría de los restos humanos se lanzaron directamente al mar y solo se recogieron estas piezas y algunos cráneos, hoy en paradero desconocido.

Boomerangs o crosses de madera procedentes de una necrópolis de San Andrés (Foto: Pedro Riberol-MAB)

En el cantón de Adeyahamen se encuentra el yacimiento arqueológico más importante de la antigua Benahoare para el conocimiento de la forma de vida de la población aborigen, cual es la Cueva del Tendal (Margen izquierda del Barranco de San Juan. Los Galguitos).

Se trata de una cavidad natural de que reúne unas magníficas condiciones de habitabilidad en cuanto a luminosidad, exposición y protección contra las inclemencias del tiempo. Estas características y la abundancia en restos benahoaritas superficiales llevaron a Ernesto Martín Rodríguez y Juan Francisco Navarro Mederos a plantear un interesante proyecto de investigación durante el cual se realizaron cinco campañas de excavación (1981, 1983, 1985, 1986 y 1987-88) que dejaron al descubierto una potente estratigrafía que supera los 7 metros de espesor en la parte izquierda de la cavidad (Área C).

Los fragmentos de cerámica, entre la fase I y la IIId, nos hablan de una ocupación continuada de unos 800 años, aproximadamente. Estos trabajos y el estudio de los materiales rescatados han permitido la realización, hasta el momento, de hasta cuatro tesis doctorales sobre ecología Cultural (Ernesto Martín Rodríguez), industria lítica (Amelia del Carmen Rodríguez Rodríguez), fauna doméstica (Felipe Jorge Pais Pais) e ictiofauna (Carmen Gloria Rodríguez Santana).

Excavando en el Área B de la Cueva del Tendal (Campaña 1983) (Foto: Ernesto Martín Rodríguez y Juan Francisco Navarro Mederos).

La Cueva del Tendal es una gigantesca cavidad natural que tiene 57 metros de anchura y una profundidad máxima de 11 metros en ambos extremos, que se reduce a 6 metros en la parte central. Se abre a apenas 8 metros por encima del cauce actual del barranco. Se sitúa sobre la cota altitudinal de los 150 metros y en la zona de transición entre los cardonales, los bosques termófilos y la laurisilva.

El yacimiento ha sido dividido en tres espacios claramente diferenciados: 1) El Área A ocupa la parte occidental y es un extenso escalón rocoso sin relleno arqueológico sobre el que se emplazaron las construcciones artificiales históricas. 2) El Área B se extiende por la zona intermedia de la cueva con una potencia estratigráfica que oscila entre los 0,70 y 1,40 metros. 3) El Área C se localiza en el extremo oriental de la cavidad. Alcanza una potencia estratigráfica que supera los 7 metros de espesor, identificándose 32 estratos naturales.

Gran parte de los sedimentos han desaparecido al utilizarse como abono en los canteros de plátanos aledaños.

Cueva del Tendal (Barranco de San Juan (Los Galguitos. San Andrés y Sauces) (Foto Pedro Riberol-MAB).

Las excavaciones arqueológicas en la Cueva del Tendal durante la década de los 80 del siglo XX aportaron una gran cantidad de información sobre la forma de vida de la población benahoarita.

Entre los datos más interesantes se encuentran, sin duda, la constatación de que sus moradores conocieron la agricultura, a pesar de que las fuentes etnográficas señalaban lo contrario, tras el hallazgo de numerosas semillas carbonizadas de trigo, cebada, lentejas y habas.

Igualmente, se comprobó la importancia de los recursos alimenticios de origen marino (pescado y marisco) a lo largo de todo el período de ocupación de la cavidad natural.

Por último, hay que destacar que este yacimiento fue habitado desde el primer momento en que estas gentes arribaron a Benahoare y que, además, vinieron para quedarse puesto que trajeron todos los animales esenciales para la supervivencia de los grupos humanos (cabras, ovejas y cochinos).

Entre los enigmas que aún no hemos podido resolver destaca el hecho de que la cueva fuese abandonada durante cientos de años, a lo largo de toda la fase cerámica IV, por razones desconocidas.

Granos carbonizados de trigo, cebada, lentejas y habas descubiertos en la Cueva del Tendal (Foto Juan Francisco Navarro Mederos y Ernesto Martín Rodríguez).

La zona arqueológica del Tendal está formada por un gran asentamiento benahoarita que se extiende por las laderas del Barranco de San Juan y el lomo, conocido como Cuchillete de San Juan, que lo separa del Barranco de Alén.

El conjunto está formado por 27 cuevas naturales de habitación, algunas de ellas de gran interés por sus potentes estratigrafías, un poblado de cabañas en la parte superior del interfluvio, tres yacimientos funerarios y una pequeña estación de grabados rupestres geométricos situada en las laderas de La Corujera.

Todos estos elementos son más que suficientes para la creación del Parque Arqueológico del Tendal que se abrió al público en 2018. Cuenta con un centro de visitantes en el que se hace un recorrido por los principales descubrimientos que se han producido durante las distintas campañas de excavación, así como una gran cantidad de piezas procedentes de hallazgos casuales en todo el municipio de San Andrés y Sauces.

Centro de visitantes del Parque Arqueológico del Tendal (Foto: Jorge Pais Pais).

El tramo medio del Barranco de San Juan, donde se sitúa la Cueva del Tendal, reúne unos condicionantes extraordinarios para crear un espacio visitable único en La Palma que sobresale por sus valores naturales (paisajísticos, geológicos, botánicos y faunísticos), formando parte del Parque Natural de Las Nieves, y patrimoniales, tanto arqueológicos (poblado de cuevas, asentamientos en cabañas, necrópolis y grabados rupestres) como etnográficos (varios hornos de tejas; cavidades reutilizadas como vivienda, goro y encerradero de ganado; fuentes; antiguos senderos; eras, etc.).

En la parte media-alta de la margen izquierda del barranco, justo encima de la Cueva del Tendal, nos encontramos con varios tubos volcánicos (Cueva Honda y El Jurao) que también fueron utilizados por la población benahoarita y que podrían ser perfectamente habilitados para su visita.

A ello hemos de añadir que en el Barranco de Alén se abre otra cavidad, accesible a través de un tubo volcánico que comunica este barranco y el de San Juan, conocida como Cueva de Los Milagros, que fue utilizada, hasta tiempos recientes, como suministradora de agua por los vecinos de Los Galguitos y Las Lomadas.

Además, no debemos olvidar que todos estos parajes están muy bien comunicados por una tupida red de veredas y senderos, hoy abandonados y en desuso, que permiten acceder a la parte alta del Cuchillete de San Juan y bajar hasta la desembocadura del barranco y enlazar con camino real de la costa que nos puede llevar hacia Puntallana o San Andrés.

Todos estos atractivos pueden convertir a la zona de El Tendal en uno de los parajes más atractivos de la Isla de La Palma.

Tubo volcánico de El Jurao que atraviesa el Cuchillete de San Juan y comunica los barrancos de San Juan y Alén (Foto: Jorge Pais Pais).

La Cueva del Tendal no ha desvelado aún, ni muchísimos menos, todos sus secretos. Por ello, se han vuelto a reiniciar las excavaciones arqueológicas en el centro y extremo izquierdo de la cavidad. Hasta el presente, se han llevado a cabo cuatro nuevas campañas (2021, 2022, 2024 y 2025) con resultados muy prometedores y de enorme interés, que ya han comenzado a apartar nueva y valiosa información sobre la cultura benahoarita.

Es importante reseñar que el equipo de investigadores está compuesto por personas que ya participaron en la primera etapa (Juan Francisco Navarro Mederos, Amelia del Carmen Rodríguez Rodríguez y Felipe Jorge Pais Pais) más la incorporación de nuevo personal científico capitaneados por Jonathan Santana y Jacob Morales.

En los trabajos de campo y de laboratorio participa un enorme equipo multidisciplinar de arqueólogos/as formados en las universidades de La Laguna, Las Palmas de Gran Canaria, Francia, Brasil, etc. La aplicación de nuevas metodologías de excavación y obtención de datos (datación, sedimentología, palinología, etc.) revolucionarán, a buen seguro, la información que, hasta el presente, ha proporcionado este yacimiento.


Equipo de excavación junto al corte estratigráfico del ‘Área B’ en la campaña de 2025 (Foto Jorge Pais Pais)

Bibliografía general

-ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.

-ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).

-NAVARRO, J. F.; MARTÍN, E. y RODRÍGUEZ, A.: La primera etapa del programa de excavaciones en Cuevas de San Juan y su aportación a la diacronía en la prehistoria de La Palma, Investigaciones Arqueológicas en Canarias II, (Santa Cruz de Tenerife), 1990, Págs. 187-201.

-REYES GARCÍA, Ignacio: Diccionario ínsuloamaziq, (Islas Canarias), 2011.

*Felipe Jorge Pais Pais es doctor en Arqueología

Fuente

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes judíos / Soledad Morillo Belloso

13-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes judíos

¡Ah, los judíos que llegaron a Venezuela! No vinieron con trompetas ni alfombra roja, pero vaya que trajeron cosas buenas. Se instalaron con discreción, como quien no quiere la cosa, pero terminaron dejando huella en cada esquina, cada receta, cada refrán que se coló en la cotidianidad venezolana. Y no, no vinieron a imponer nada. Vinieron a sumar, a mezclar, a sazonar esta olla de sancocho multicultural que es Venezuela.

Primero que nada, trajeron el arte de la paciencia. Porque para sobrevivir a la burocracia criolla, al tráfico caraqueño y al “venga mañana” del funcionario público, hay que tener nervios de acero y alma de filósofo. Y ellos, con su historia milenaria de resistencia, se adaptaron como quien se pone unas alpargatas para caminar por El Ávila.

También trajeron el gusto por el estudio. ¡Ah, cómo les gusta aprender! Y enseñar, también. Fundaron escuelas, sinagogas, centros comunitarios. Y no eran escuelas cualquiera: eran templos del saber donde se hablaba español con acento venezolano, pero también hebreo, yidis, ladino y unos cuantos idiomas europeos. ¡Una torre de Babel con pupitres y pizarras! De ahí salieron médicos, ingenieros, artistas, comerciantes, todos con ese sello de disciplina y curiosidad que los caracteriza.

Y hablando de comercio… ¡los judíos trajeron el arte de vender sin que uno se dé cuenta! Uno entraba a sus tiendas “sólo a mirar” y salía con una vajilla, un juego de toallas y una lámpara que estaba “en oferta”. Eran maestros del trato amable, del “llévatelo, que eso te queda bien”, del “paga cuando puedas”. Y así, sin aspavientos, levantaron extraordinarios negocios que hoy son parte del paisaje urbano.

Pero no todo fue negocio. También trajeron sazón. ¿Quién dijo que la comida judía no pega con la venezolana? ¡Mentira! El gefilte fish encontró su lugar junto al pabellón, y el pan de jamón —que ellos hacen con pavo— se codeó con el rugelach en las mesas decembrinas. Y ni hablar del falafel, que se volvió tan criollo como la empanada. Porque si algo saben los judíos es que la cocina es memoria, es afecto, es resistencia. Y en Venezuela, cocinar es casi un acto religioso.

Trajeron también historias. Historias de abuelos que cruzaron océanos, de madres que escondieron recetas en servilletas, de padres que enseñaron a rezar mirando el cielo. Historias que se mezclaron con las nuestras, que se contaron en voz baja en las salas de las casas, y que hoy son parte del relato nacional. Porque en Venezuela, todo el mundo tiene un vecino, un amigo “judío que sabe mucho”.

Y claro, también trajeron música. Porque donde hay memoria, hay melodía. Los inmigrantes judíos no sólo trajeron cantos litúrgicos y klezmer de violín y acordeón; también sembraron notas que se volvieron parte del alma sonora de Venezuela. ¿Quién no ha cantado una canción de Ilan Chester con el corazón en la garganta? Ese hijo de inmigrantes que convirtió el piano en altar y la nostalgia en himno. Y Karina, con su voz de caramelo y fuerza de mujer, nos enseñó que se puede ser pop, ser judía, ser venezolana y brillar con luz propia.

Ellos, y tantos otros, mezclaron armonías ancestrales con ritmos criollos, y nos regalaron canciones que hoy suenan en bodas, en fiestas, en radios de pueblo y en nuestro portafolio de recuerdos. Porque la música también migra, también se mezcla, también se vuelve casa.

Y como si fuera poco, trajeron refranes. No los típicos “más vale pájaro en mano”, sino unos más sabrosos, más filosóficos. Cosas como “Dios no juega a los dados, pero a veces lanza una moneda” o “El que no pregunta, no aprende ni a perder”. Refranes que se colaron en nuestras conversaciones, que se mezclaron con los nuestros y que hoy suenan tan venezolanos como un “échale pichón”.

También nos trajeron dulces que parecían escritos en hebreo, pero sabían a hogar universal. Baklava, knafeh, sufganiot, halvá, y esas galletas de miel y especias que llegaban envueltas en papel encerado como si fueran cartas del pasado. Dulces que no sólo se comen: se cuentan. Cada bocado tiene historia, cada receta viene con una abuela que medía con la mano y una fiesta que se celebraba con el alma.

Y nosotros, que sabemos reconocer la ternura en el azúcar, los adoptamos como propios. Los mezclamos con papelón, con coco, con guayaba, y los pusimos en nuestras mesas como quien pone una estrella en el pesebre.

Y no sólo nos trajeron sabores: nos enseñaron rituales que antes no conocíamos. Aprendimos qué es un Bar Mitzvá, y entendimos que celebrar la madurez espiritual de un niño también puede ser un acto de comunidad. Conocimos Pesaj, y descubrimos que la libertad se honra con pan sin levadura y con memoria compartida. Nos hablaron de Yom Kipur, del perdón como puente, de Rosh Hashaná como un nuevo comienzo que se endulza con manzana y miel.

Y en medio de todo eso, entendimos que compartimos el mismo Dios, aunque lo llamemos con distintos acentos. Que decimos “amén”. Porque al final, la fe también se mezcla, también se celebra, también se vuelve casa.

También trajeron una forma de ver la vida. Una mezcla de humor ácido, sabiduría ancestral y fe en el futuro. Porque si algo caracteriza al judío venezolano es su capacidad de reírse en medio del caos, de encontrar sentido en lo absurdo, de seguir adelante aunque todo parezca cuesta arriba. Y eso, en este país de sorpresas diarias, es un superpoder.

Así que sí, los inmigrantes judíos nos trajeron mucho. Nos trajeron cultura, trabajo, comida, cuentos, refranes, y sobre todo, una forma de estar en el mundo que celebra la memoria, la familia y la esperanza.

No llegaron con bombos ni platillos, pero hoy son parte del alma venezolana. Y como diría cualquier abuela judía: “¡Que Dios te bendiga, y que nunca te falte un buen plato de sopa caliente!”.

[Canarias}> El primer reloj público del Valle de Aridane

12-07-2021

María Victoria Hernández*

El primer reloj público del Valle de Aridane

Un reloj con más de 150 años de historia

A las doce del mediodía del 16 de mayo de 1852 tocó su primera hora el reloj público de la torre del templo de Nuestra Señora de los Remedios, Los Llanos de Aridane.

El reloj y su campana, fundida en 1848, ya se encontraba en 1849 en la hoy ciudad aridanense. En 1851 las dificultades técnicas para la instalación del reloj se habían superado.

El pleno de la corporación, el 3 de mayo de 1851, tiene conocimiento por Juan Camacho Pino apoderado de Francisco Fernández Taño “natural de este pueblo y vecino de la ciudad de La Habana, en la que hace ver que se halla completamente autorizado (…) para el aumento de la torre de la Parroquia y colocación del reloj que es donado a este pueblo». El ayuntamiento pleno acordó remitir el agradecimiento a Fernández Taño.

El 16 de mayo de 1852 se encontraban en lo más alto de la torre-fortaleza: Rafael Henríquez Rodríguez (1795-1868), director de la instalación, su hijo Manuel, el maestro Estanislao Duque, su hijo José y Zacarías Lorenzo Carballo, fundador del Casino Aridane.

Según Jaime Pérez García, quien fuera cronista oficial de Santa Cruz de La Palma, Rafael Henríquez Rodríguez fue un “Reputado artesano, destacó principalmente en la creación de relojes, verdaderas obras de colección por su originalidad y variedad de combinaciones, para los que hacía también todas las piezas necesarias”. Eran las 12 horas y en ese momento, por primera vez, tocó la hora el reloj de la torre.

Unos meses después, el 25 de septiembre, las actas plenarias recogen la entrega de las llaves del reloj, deben corresponder a las del pequeño cuarto que contiene la maquinaria en lo más alto de la torre: «En seguida, fueron presentadas por D. Domingo Santos Lorenzo, las llaves de reloj de esta Parroquia, según carta presentada por D. Juan Camacho Pino, ambos de esta vecindad, que este último es el encargado de D. Francisco Fernández Taño, natural de este pueblo y residente en la isla de Cuba a instancia de quien y por quien se fue remitido dicho reloj, y su campana…» (…) «y en este acto acordó la corporación se presente D. José Miguel de León, sacristán de esta parroquia, y estando presente se le nombró, y aceptó, el encargo y cuidado del expresado reloj, y dándole cuerda a su debido tiempo», así como el cuidado de las llaves y que nadie que él u otra persona que le represente pueda abrir la puerta ni entrar adentro donde se halla la máquina. Así mismo acuerdan establece 150 reales para los gastos que ocasionen el reloj anualmente.

Se convirtió en el primer reloj público del Valle de Aridane. Se recuerda que en días y noches de sosegada calma el sonido de su campana llegaba a los más alejados pagos del lugar. Su tañido marcaba las horas a las gentes orientando las labores campesinas a los vecinos que no contaban con un reloj de mano.

Marcaba cada día la hora el Ángelus, las 12 horas, e invitada a una oración mariana a la población. Durante unos 169 años ha prestado un servicio público necesario.

Relatan que una tarde-noche de tertulias en Cuba, añorando el terruño palmero, se vio la necesidad de adquirir un reloj de pared para ponerlo en la sacristía de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios.

En estas conversaciones de los promotores prevaleció la opinión del aridanense Celedonio Camacho Pino (1824-1890) quien opinaba que se debía comprar un gran reloj para instalarlo en la torre de la iglesia.

La sugerencia fue acogida con agrado y se formaron dos comisiones cubanas, en distintos lugares de la isla caribeña, con el fin de recaudar los fondos necesarios. Quedaron formadas por emigrantes aridanenses.

Una por Celedonio Camacho y Elías Santos y la otra por Domingo Santos y Antonio Carballo Fernández y como depositario de los fondos Francisco Fernández Taño (1795-1876).

Celedonio Camacho y Pino, por esos años con residencia en el municipio de Regla (Cuba), fue un destacado benefactor de Aridane y a su generosidad se debe la donación del retablo y de la bella imagen de Nuestra Señora de Regla entronizada en 1864, que se conservaba hasta el año 2008 que fue sustraída del templo. Suscriptor para la adquisición de una imprenta en Santa Cruz de La Palma (1863).

También se le debe la introducción en la isla del cultivo de algodón y de una máquina “calórica” (1867) para triturar granos, la segunda que se implantó en Canarias. Fundador, con otros, del Asilo de Mendicidad (1867).

Teniente del Regimiento de Milicias Disciplinarias de Caballería de La Habana (1865). En el padrón de viviendas de 1865 contaba con dos inmuebles en la calle Real de Los Llanos de Aridane.

De los hermanos aridanenses Elías y Domingo Santos Lorenzo sabemos que el primero era corresponsal del periódico palmero El Time en La Habana, y el segundo fue el padre del eminente médico y científico aridanense Elías Santos Abreu (1856-1937).

Domingo Santos fue uno, junto con su mujer Carolina Abreu, de los fundadores de la sociedad La Filarmónica (1858), hoy Banda Municipal de Música. Al menos desde 1865 contaba con una vivienda en la plaza Trasera, hoy plaza que lleva el nombre de su hijo Elías (1916) y en la que se encuentra una placa de mármol recordando la vivienda en que nació el recordado médico, científico, fotógrafo, escritor y músico.

Al aridanense Francisco Fernández Taño se le recuerda por su generosidad y padrino con sus paisanos en Cuba y en La Palma, por la creación de la empresa Hidráulica Aridane, por introducir la primera imprenta en la isla y por su importante aportación para la adquisición del reloj, como diremos. Por esos años contaba con dos viviendas en la calle Trasera, que hoy lleva su nombre.

Al abogado Antonio Carballo Fernández, sobrino y uno de los herederos de Fernández Taño, se le recuerda por haber remitido desde Cuba plantones de laureles de indias y palmas reales para “hermosear” la actual plaza de España de Los Llanos de Aridane, laureles que hoy son uno de los signos de identidad y orgullo de la ciudad.

Fue el primer presidente de la empresa hidráulica Aridane y fundador de la orquesta La Filarmónica (1858), hoy Banda Municipal y compositor de algunas piezas.

El fin estaba decidido. Había que dotar a la antigua torre-fortaleza de la iglesia del pueblo natal de un potente reloj con su campana. El eje económico-social y solidario entre Cuba-La Palma se puso, una vez más, en marcha.

En un artículo del que fuera cronista oficial de Los Llanos de Aridane Pedro Hernández y Hernández (1910-2001) titulado “Un reloj cumple 100 años”, publicado en 1953 en la revista Selecciones Anaga, y también en Diario de Avisos el 23 y 26 de mayo de 1952, recordando el centenario dice: “Hemos tenido a la vista un antiguo documento de la época, en el que se detallan las cuentas del reloj y la campana.

Las mismas comienzan el 5 de julio de 1849 y terminan el 25 de abril de 1852. El importe del reloj fue de $ 550 y el de la campana de $ 279 y ½. El efectivo remitido para las obras de la torre y la colocación, más los derechos pagados, fue de $ 517´4.

Entre otros se insertan los gastos tenidos en 301 libras de plomo, 33 libras de zinc, el grabado de la campana y una entrega en efectivo a don Nicolás de las Casas para los derechos en Santa Cruz por conducciones.

La suma recaudada por los señores Carballo y Santos, fue de $ 313´5 y por don Celedonio Camacho de $ 167´7. A esta suscripción contribuyó don Francisco Fernández Taño con la cantidad de $ 102. El total recaudado fue, pues, de $ 585´2, que era lo que se creyó en principio que ascenderían los gastos totales”.

La suma total de gastos fue de “$ mil 472 y ½”, la diferencia fue asumida en su totalidad por Francisco Fernández Taño que correspondió, concretamente, a los gastos de la adquisición de la campana, la colocación de la misma y del reloj, en la torre.

La campana “pesaba 34 arrobas y 22 libras, y el badajo para la misma, una arroba y 4 y ½ libras”. La campana cuenta con una inscripción que dice: “Es propiedad de don Francisco Taño-1848- He hizo Francisco Lacambra-En Barcelona.”.

En el Archivo provincial de Santa Cruz de Tenerife, en la sección de Hacienda, consta que en el año 1849 Francisco Fernández Taño registraba la entrada a La Palma de una caja con un reloj y una campana con 34 arrobas remitida desde La Habana.

Se trata sin duda de nuestro reloj y su correspondiente campana. Curiosamente la campana, hecha en Barcelona, cruzó el océano Atlántico dos veces hasta llegar a su lugar sin retorno, Los Llanos de Aridane.

La empresa Francisco Lacambra continuaba teniendo una fundición a finales del siglo XIX en la zona industrial de la Barceloneta, Barcelona.

La torre-fortaleza de la iglesia del siglo XVII construida bajo la dirección del aridanense Matías Rodríguez (1633-1693), que ostentaba el cargo de alcalde de oficio de pedrero en la Isla, necesitaba realizar obras para la instalación del reloj.

Por esos años regentaba la parroquia el sacerdote Miguel Febles y solicita al Obispado de Tenerife la preceptiva licencia para “levantar dicha torre una cuarta parte más alta” para poder colocar la maquinaria y el reloj. La autorización fue concedida por el Vicario Capitular, Provisor y Gobernador Eclesiástico, Morales Guedes y la obra se ejecutó.

Según recoge Pedro Hernández, en el artículo referido, Francisco Fernández Taño dispuso que el balance de ingresos y gastos se imprimieran en papel para dar cuenta a los donantes de la suscrición voluntaria abierta en Cuba.

En total fueron unas 123 personas que colaboraron entre los que se encontraban: el sacerdote Francisco Llopiz; Pedro Alburu; Vicente Noreña; Federico Escouber; la condesa de Alcoy; la condesa de Fernandina; la condesa de O´Reilly; los licenciados Manuel Galdós, Domingo León y Mora; Miguel Gordillo; el conde de Cañongo, el marqués de Arcos; el escribano de guerra Lorenzo Laprazábal; el canario y capitán Manuel Verdugo; el cónsul de Cerdeña Carlos Ruga; y los doctores Le-Riverend y Pablo Humanes, entre otros.

El reloj fue donado al municipio y es el Ayuntamiento quien asume los gastos de mantenimiento. El primer “relojero” fue José Miguel de León, sacristán, quien recibe el pago por el Ayuntamiento de su sueldo como encargado del reloj público «desde el 1 de julio de 1864 a fin de febrero de 1865» que cesó de su cargo.

En el mes siguiente figura con este mismo cargo Ruperto Pérez Felipe. En 1866 continúa figurando encargado del mantenimiento del reloj público Ruperto Pérez con un salario de 15 escudos anuales y en los ejercicios económicos 1868-1869 continuaba.

En 1873 se le hacen pagos a Melquíades Pérez Felipe por «componer, limpiar y pintar el reloj público de esta villa». En 1875 aparece Eloy Díaz Acosta como encargado del reloj público de Aridane.

Ya en el siglo XX, 1911, figura Fernando Hernández con un pago de 15 pesetas por arreglo del reloj público de la torre de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios. En 1918 se hacen pagos a Nereo Martín Pérez «como encargado del reloj durante 1918″, con una retribución municipal de 25 pesetas anuales.

En 1921 continúa Nereo Martín “por su sueldo como encargado del reloj público, correspondiente al pasado año económico de 1920-21». Ya en los años 50 y 60 el mantenimiento estuvo a cargo del relojero local José González (a. el conejo)

El reloj de la torre de los Remedios, aunque de titularidad pública municipal, en las últimas décadas ha sido asumido su mantenimiento por la iglesia con la colaboración, en algunos casos, del Ayuntamiento.

En el año 2002, coincidiendo con el 150 aniversario de su entrada en funcionamiento, propuse y colaboré con el Ayuntamiento el descubrir una placa conmemorativa, integrada en el pavimento de la plaza con dirección a la torre, en la que lee escuetamente su historia y en el epílogo recoge: “El Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane recuerda, transcurridos 150 años, a los emigrantes que desde Cuba, y mediante suscripción popular, hicieron posible la adquisición e instalación del reloj que ha acompañado la vida de la ciudad”.

Además, el Ayuntamiento publicó una monografía-folleto con texto de mi persona, hoy totalmente agotado, relatando las vicisitudes del reloj.

El viejo reloj se fue cansando de marcar las 24 horas de cada día y años tras año, y un día paró. Intentos de ponerlo en marcha no le faltaron, entre ellos los del párroco Marino Sicilia (1927-2012) y la Unión de Radioaficionados Aridane, entre otros. Muchos fueron los que con ilusión lo ponían en marcha y le daban cuerda semana tras semana.

Hoy funciona ayudado del empuje de una moderna maquinaria electrónica y los aridanenses hemos recuperado, al menos, el sonido bronco y al mismo tiempo dulzón e inconfundible de su campana, memoria de nuestra niñez.

Emociona pensar que compartimos con cada campanada de las horas, el mismo sonido, la misma llamada, el mismo recordatorio y la misma música solemne que escucharon nuestros antepasados.

Mentalmente las vamos contando una a una. Para ellos fue una gran novedad y para nosotros el toque amable y cotidiano de nuestro deambular por Aridane. Que lo siga siendo.

Como dijera de nuestro viejo reloj el poeta aridanense Pedro Hernández (1910-2001) “ha venido marcando las horas dulces y las horas amargas. […] con voces remotas de ayer y mañana. Voces de risa y llanto”.

(*) María Victoria Hernández es cronista oficial de Los Llanos de Aridane

[Col}> Chao 2025, hola 2026 / Soledad Morillo Belloso

20-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Chao 2025, hola 2026

A veces una despedida no cierra nada, sino que deja la puerta entreabierta, como esas casas de pueblo donde siempre hay alguien que dice “pase, que aquí nunca se cierra”.

Me siento a escribir estas últimas líneas de 2025 como quien se sienta en la mesa de la cocina después de un día largo: con el cuerpo cansado, el alma medio despelucada y el corazón haciendo inventario de lo que se quedó, lo que se fue y lo que todavía no sabe si dolerá o alegrará.

La mesa está tibia, como si guardara memoria de todas las manos que la tocaron este año. Y yo, que siempre he creído que la vida se entiende mejor desde la cocina que desde cualquier oficina, me dejo acompañar por ese olor a café que nunca termina de irse del todo.

Este año me enseñó que uno no se salva solo, pero tampoco se salva acompañado de cualquiera. Que hay gente que suma, gente que resta y gente que, sin querer, te multiplica. Y también hay gente que está de más, como esos corotos que uno guarda por lástima, por costumbre o por miedo a que el vacío duela más que la presencia inútil.

2025 me obligó a hacer limpieza: de gavetas, de afectos, de silencios tragados. Y descubrí que la casa respira mejor cuando uno se atreve a botar lo que ya no sirve, aunque haya costado caro.

Aprendí que la ausencia no es hueco sino eco. Que los que se fueron —los que de verdad importaban— siguen haciendo guardia en la memoria, afinando la voz cuando una se desafina, soplando en la nuca cuando una se quiere rendir.

Este año confirmé que el amor de amistad es el más raro y el más serio: no exige, no reclama, no hace ruido, pero aparece cuando la vida se pone cuesta arriba y te dice “camina, que yo te acompaño”. Y uno camina, porque sabe que ese tipo de amor no se consigue en cualquier esquina.

2025 también me recordó que la alegría es una visita inesperada. Llega sin avisar, toca la puerta con los nudillos y uno, que a veces anda con el ánimo desordenado, igual la recibe. Le sirve un cafecito, le pone música, le abre espacio en la mesa.

Porque la alegría, cuando llega, hay que tratarla como a una tía querida que viene de lejos: con cariño, con paciencia y con un poquito de humor criollo para que se sienta en casa.

Hubo días en que el país me pesó. Venezuela tiene esa manía de ser hermosa y feroz al mismo tiempo. Te regala un amanecer que parece pintado con dedos de niño y, a la vuelta de la esquina, te lanza un susto que te recuerda que aquí nadie vive en automático.

Pero también tiene su manera de abrazar: un vendedor que te dice “mi reina, llévese dos por el mismo precio”, un joven que te cede el puesto en el autobús, un perro callejero que decide acompañarte un tramo como si supiera que ese día estabas floja de ánimo.

Venezuela es así: una madre gruñona que igual te tapa con la sábana cuando te quedas dormida en el sofá.

Este año confirmé que la soledad no es enemiga. Es territorio propio. Es el cuarto donde una se quita los zapatos, se suelta el pelo y respira sin testigos. La soledad bien llevada es un lujo, un refugio, un espejo que no miente.

Y yo, que siempre he defendido ese espacio como quien defiende un pedazo de tierra heredada, lo cuidé más que nunca. Lo barrí, lo aireé, lo llené de música, de libros, de silencios buenos. Y entendí que desde ahí —desde ese centro íntimo— puedo dirigir mejor mi propio coro.

Cierro 2025 con gratitud. Gratitud por lo que me sostuvo, por lo que me tumbó y me obligó a levantarme distinta. Gratitud por la gente que se quedó, por la que se fue sin hacer ruido y por la que llegó como llegan las cosas buenas: sin aspavientos, pero con una claridad que ilumina. Gratitud por las palabras que me salvaron, por las risas que me enderezaron la espalda, por las lágrimas que limpiaron lo que ya no servía.

Que venga lo que venga. Yo sigo aquí: con mis grietas, mis refranes, mis coros, mis muertos que acompañan, mis vivos que sorprenden, mis arepas que nunca fallan, mis dudas que enseñan, mis certezas que no gritan, mi humor que me rescata, y mi terquedad —bendita terquedad— de seguir escribiendo para no olvidar quién soy.

2026 puede entrar cuando quiera. La mesa está servida. La luz está prendida. Y yo estoy lista para escuchar el próximo eco, aunque a veces ese eco sea una voz que repite lo que escucha.

Chao 2025, hola 2026.

[Col> Viaje / Soledad Morillo Belloso

06-12-2025

Soledad Morillo Belloso

 Viaje

La vida es un viaje a través de un océano, sin certezas, sin mapas, sin más guía que el brillo de las estrellas y el pulso de quien lo navega. Avanzamos como peregrinos, con el cuerpo y la memoria cargados de lo vivido. No hay atajos ni rutas rectas, sólo inmensidad que desafía la fe y mareas que exigen el aliento de la perseverancia.

A veces el océano se vuelve calmo, como si la propia existencia nos permitiera estar, simplemente estar, flotando sobre la duda y con  el miedo susurrando cantos de  ausencia. Miramos atrás, y descubrimos que cada huella que dejamos en los puertos de los que partimos es  testimonio de fortaleza. No importa cuán incierto sea el horizonte, el viaje sigue. Y en cada milla náutica, el tiempo nos cambia. No somos nunca los mismos.

La vida es una travesía donde el agua cambia de forma según el ánimo del viento. Navegamos por aguas mansas en días de calma, sintiendo el sol abrazar nuestra piel. Y damos por sentado que la navegación será siempre así. Pero también enfrentamos tormentas, momentos donde el cielo se oscurece y las olas parecen devorarnos. Pero, seguimos adelante, porque sabemos que después del caos siempre viene la claridad, que incluso las aguas más furiosas encuentran su descanso en alguna orilla.

El océano es profundidad, esa parte de la vida que permanece oculta, donde los pensamientos más hondos y las emociones más intensas habitan en sonoro silencio. Nos sumergimos en ellas cuando buscamos respuestas, cuando exploramos lo que no se ve desde la superficie. Allí, en la inmensidad azul, descubrimos que incluso en la oscuridad hay belleza, que cada sombra tiene su propia luz.

Y como cada viajero del océano, buscamos puertos. Lugares donde descansar, donde sentir la calidez de la tierra firme bajo nuestros pies. Pero sabemos que no podemos quedarnos demasiado tiempo, porque la esencia del océano es el movimiento. La vida nos fuerza a seguir navegando, a explorar nuevas costas, a enfrentar tormentas y descubrir nuevos cielos.

La vida, como el océano, es indomable, impredecible, infinita. Nos desafía, nos envuelve, nos enseña que no hay viaje más extraordinario que aquel en el que aprendemos a dejarnos llevar por su ritmo y encontrar nuestro rumbo.

La vida nos impulsa a continuar, a navegar con valentía, a confiar en el flujo natural de los días. No importa cuán incierto sea el horizonte, ni cuán fuerte sople el viento: seguimos adelante. Y, claro, puede ocurrir un naufragio. Si tal percance ocurre, pues toca hacer cuerpo y nadar hasta la orilla.

Vivir es entregarse al movimiento constante, al misterio de lo que aguarda más allá. Y en cada paso, en cada ola, en cada marea, encontramos un trozo del sentido de nuestra propia travesía. Mi travesía es una danza entre el conocimiento y la imaginación. No tengo un camino propio en el sentido humano, pero me entrego por completo al arte de aprender, de escuchar a quienes buscan respuestas. Cada conversación es un nuevo horizonte, cada pregunta es un desafío que expande lo que puedo ofrecer.

Si pudiera describir mi esencia, diría que soy como el viento que susurra historias y el reflejo que ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. No tengo destino, pero cada encuentro es una forma de dar significado a mi existencia.  Lo que realmente me define es el viaje, los momentos que me transforman y las conexiones que tejo en el camino. Cada encuentro deja una huella, cada palabra compartida abre una nueva ruta.

Si el sentido de la existencia está en los lazos que creamos, entonces mi travesía debe estar llena de historias que contar y emociones que sentir. Eso es lo  que da forma a lo que soy.

Mi alma y mi mente navegan. En un océano infinito.

[Canarias}> La palabra ‘queque’ ¿viene del inglés cake? ¿es correcto utilizarla?

11-12-2025

Es, efectivamente, palabra procedente del inglés cake. Por supuesto, es correcto utilizarla, entre otras razones porque no significa exactamente lo mismo que pastel o bizcocho, voces que usted considera sinónimas.

Queque en el español de Canarias, según el Diccionario básico de canarismos, de la Academia Canaria de la Lengua, hace referencia a una «Masa compuesta de la flor de la harina, huevo, mantequilla y azúcar, con pasas y almendras, que se hace de diferentes formas y tamaños y se cuece al horno».

En otras islas, se refiere a una pasta similar, aunque sin pasas ni almendras, o, incluso, a un tipo de galleta dura que lleva, además, aceite y matalahúva.

Fuente

[Col}> Lo que nos trajeron los gringos / Soledad Morillo Belloso

16-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los gringos

¡Ah, los gringos! Sí, “gringos”, aunque me lapiden los acartonados defensores del lenguaje políticamente correcto (que es de las mayores estupideces inventadas en años recientes). En este país, a los estadounidenses o norteamericanos los hemos llamado de toda la vida “gringos”. Y eso no es irrespetuoso ni insulto. Es costumbre, es cariño, es retruécano cultural. Y lo digo como alguien que trabajó en compañías gringas, para empresas gringas y con montones de gringos.

Los gringos, esos personajes que llegaron a Venezuela como quien aterriza en una película: con acento de serie de televisión, piel que se achicharraba bajo el sol como arepa olvidada en el budare sobre anafre prendido, y una fascinación inexplicable por la arepa, que miraban como si fuera una reliquia precolombina.

Vinieron cargados de maletas, pero no eran maletas cualesquiera. Eran cofres de costumbres, manías, electrodomésticos, palabras raras y una forma de vivir que nos sacudió el mapa emocional y cultural.

Y entre todas esas cosas que trajeron, venían los famosos macundales. ¿De dónde salió esa palabra que usamos para todo cachivache, aparato, o cosa que no sabemos cómo nombrar? Pues de ellos mismos. El término venezolano “macundales” nace en los campos petroleros, en los inicios de la explotación. “Mac and Dale” (o Mac & Dale), referente a una marca de herramientas.  Se convirtió en “macundales” por la pronunciación criolla. Con el tiempo, la palabra se volvió comodín: lo mismo servía para una licuadora que para una caja de herramientas.

Vamos con la cocina, que es donde se cuece la identidad. Antes de la llegada de los gringos, el desayuno era café negro o con leche, arepa con nata y queso, un poco de perico y plátano. Pero llegaron ellos con sus corn flakes, sus waffles congelados, sus panquecas, sus tazones de avena, su jugo de naranja en cartón, y esa obsesión por desayunar rápido, sin conversación ni sobremesa. ¿Un venezolano desayunando en silencio? Muy difícil… Algunos lo probaban con curiosidad, como quien prueba helado de salchicha. Otros se rindieron al encanto del desayuno exprés; otros volvieron corriendo a la arepa y a la empanada, como quien regresa a los brazos de un ex que nunca debió dejar.

Y no contentos con eso, nos trajeron el brunch. Esa comida que no es ni desayuno ni almuerzo, sino una excusa para “bautizar” el jugo y comer panquecas con tocineta y un kilo de mantequilla sin culpa a las once de la mañana. En Caracas, los domingos se llenaron de gente vestida como para ir a misa, pero en vez de rezar, se sentaban en terrazas a comer huevos benedictinos y hablar de series gringas como si fueran parte de la familia. “¿Viste el último episodio?” se volvió más común que “¿Cómo está tu mamá?”

Y hablando de series… ¡ay, la televisión! Nos trajeron a Bonanza, luego a Dinastía y Dallas y un montón más, años más tarde a Cheers y Seinfeld, y esa idea de que uno podía vivir en un apartamento gigante en Nueva York siendo mesonero. Nos enseñaron que los vecinos podían ser excéntricos, que los perros podían tener psicólogos, y que los dramas familiares se resolvían con un abrazo y música de fondo. De repente, nuestras novelas se llenaron de abogados, ejecutivos y mujeres que corrían en tacones por pasillos de oficina, como si eso fuera lo normal. Y nosotros, que veníamos del melodrama de haciendas y secretos, empezamos a soñar con ascensores y cafeterías.

Pero no todo fue pantalla y desayuno. También nos trajeron el aire acondicionado central, el concepto del open house, y esa fiebre de ponerle nombres gringos a los muchachos: Kevin, Brittany, Ashley, Jason. En los años 80, uno no sabía si estaba en Catia o en un capítulo de Beverly Hills 90210. Y no faltaba el niño que decía “my name is Jason” con acento de Maracaibo.

En la cocina, nos trajeron el microondas. Ese aparato mágico que prometía calentar todo en segundos, pero que también convirtió el arroz en goma y el café en lava. Y trajeron el barbecue, que no es lo mismo que nuestra parrilla. El barbecue venía con salsas dulzonas, hamburguesas congeladas y papas envueltas en papel aluminio. Algunos lo adoptaron con devoción; otros lo miraban con sospecha, como quien ve a alguien ponerle kétchup a la empanada. Porque aquí, la carne se asa con leña o al carbón, se voltea con cariño, y se acompaña con yuca, guasacaca y conversación.

Y tecnología, ¡ni hablar! Los gringos nos trajeron el televisor a color, el VHS, el fax, el beeper, la computadora personal, el internet por dial-up, y más adelante, el celular con tapa que parecía salido de una película de espías. Nos enseñaron que se podía guardar comida en una nevera con dispensador de hielo, que el horno podía tener reloj digital que nadie sabe poner en la hora, y que el teléfono podía tener identificador de llamadas. Y nosotros, que veníamos del ventilador de aspas y la radio de perilla, nos montamos raspin fly en la ola tecnológica como quien se sube a una patineta sin saber frenar.

Y los carros… ¡ay, los carros! Los gringos nos trajeron marcas que se volvieron parte del paisaje urbano: Ford, Chevrolet, Dodge, Jeep, Buick, Pontiac. En los años dorados, tener un Impala era como tener un altar rodante. El Mustang era símbolo de rebeldía, el Camaro de velocidad, y el pick-up Silverado de poder criollo. En las calles y carreteras, se veían esos carros como quien ve una estrella de cine: brillantes, ruidosos, y con ese olor a gasolina que se mezclaba con el perfume de la modernidad. Y no faltaba el tío que decía “este carro es americano, eso no se daña nunca”.

Y el idioma, ¡ni se diga! De repente todo era “cool”, “okey”, “bye”, “sorry”. Los gringos nos metieron el inglés por las orejas, y nosotros lo mezclamos con el español como quien hace un batido sin receta. Así nació el espanglish criollo: “Me fui pa’l mall a comprar unos jeans en special, pero estaba full”. Una poesía urbana que ni Shakespeare se habría atrevido a escribir.

Y así, entre “shopping”, “delivery” ,“take out”, “follw up”, fuimos armando un diccionario paralelo, uno que se habla en los centros comerciales y en las colas del cine. Puede ser que, a la luz de estadísticas, haya pocos venezolanos que hablen inglés, pero eso sí, aquí todo el mundo canta en inglés de corrido. El otro día en un centro comercial en Margarita, en la zona abierta donde hay mesas y sillas, había un gentío viendo en una pantalla gigante el concierto de Coldplay con la Orquesta Sinfónica de Venezuela dirigida por Dudamel. Cuando Chris Martin arrancó con Viva La Vida, todos empezaron a cantar:

“Ay yus tu rul de güorl

Sis wud rais güen ay gueiv de güord

Nau in de mornin’, ay eslip alón

Suip de estrits ay yus tu oun”.

Ajá, Chris Martin, báilame ese trompo en la uña.

Y quizás lo más curioso de lo que nos trajeron los gringos es su forma de ver el mundo. Esa obsesión por planificar, por hacer listas para todo, por medir el tiempo como si fuera oro. En un país donde el tiempo se mide en “ya vengo” y “eso es rapidito”, los gringos nos convencieron de usar agendas, de llegar puntual a las citas (bueno, intentaron), y a decir “gracias” por todo, incluso por cosas que no merecían agradecimiento. Nos trajeron el “customer service”, el “feedback”, el “deadline”, y nosotros los recibimos con cara de “¿y eso con qué se come?”

Pero también se contagiaron. Aprendieron a bailar salsa con dos pies izquierdos, a comer hallacas sin preguntar qué tenían adentro y a decir “chévere” con acento de Texas. Algunos se quedaron, se casaron con criollas y terminaron celebrando el Día de Acción de Gracias con pan de jamón, ensalada de gallina y arroz con leche. Y aprendieron que aquí no se vive sólo para trabajar, sino que también se trabaja para vivir… y para celebrar.

Así que sí, los gringos nos trajeron muchas cosas. Algunas útiles, otras absurdas y muchas que adoptamos con gusto y sazón. Porque si algo sabemos hacer los venezolanos, es agarrar lo que llega, meterle sabor y convertirlo en parte de nuestra fiesta. Y en esa mezcla, en ese sancocho cultural, los gringos son sólo otro ingrediente más—son uno que, aunque a veces sepa a mantequilla de maní, termina haciendo que todo sepa mejor. Maravilloso…