[*ElPaso}– “¡Mi hija se casará virgen!”

05-12-2006

Carlos M. Padrón

Las más de las casas de El Paso de los años 50 tenían cocina, comedor, sala y uno o varios dormitorios. Y aparte, patio de por medio las más de las veces, estaban el pajero (pajar o alprende, para ganado caballar y vacuno), la despensa o bodega y, al borde de la siempre presente huerta, el retrete, que no era más que un pequeño cubículo —tal vez ligeramente mayor que el baño de los aviones de hoy— techado, con puerta y cerradura, y que tenía adosado a una sus paredes una especie de banco hecho en cemento en cuyo centro había un hueco —a veces con tapa de madera, a veces sin ella— que daba directamente al pozo séptico excavado casi siempre en la huerta de la casa.

Sobre ese hueco sentaba sus posaderas el mortal que quisiera hacer sus necesidades biológicas, y el producto de ellas caía, a través del hueco, directamente en el pozo séptico. Cuando éste se llenaba, si los hombres de la casa no ponían manos a la obra, entraba en funciones el tan denostado limpiarretretes que, por un precio fijado después de medir con una larga vara la profundidad del pozo, se daba a la poco agradable y muy “olorosa” tarea de vaciarlo para que pudiera usarse de nuevo. Nunca supe donde iba a parar lo que sacaban del pozo.

En una casa de tales características vivían Doña Lola, su esposo y la hija de ambos, Lolita, una muchacha bien parecida que cayó en la mira de Roberto, tipo que en El Paso tenía fama de tenorio y de haber dicho que nunca se casaría sin haber “probado” antes a su futura mujer.

Por esto, en cuanto doña Lola supo que Roberto cortejaba a su hija, y que ella mostraba interés en él, prendió sus alarmas y activó sus antenas, le montó a su hija un estrecho marcaje, y declaró públicamente que la condición matrimonial tan cacareada por Roberto se cumpliría tal vez con otra, pero con su hija no, pues ésta se casaría virgen.

Así que, como perro policía, acompañaba a la pareja a todos lados: bodas, bautizos, bailes, procesiones, peladas de almendras, etc. Dondequiera que fuera Lolita, ahí iba también doña Lola, no fuera a ser que, si no iba, Roberto se acercara a Lolita y ocurriera la tan temida desgracia.

El marcaje era tan estricto que la gente del pueblo se basó en él para gastarle bromas a Roberto. Tantas fueron que éste declaró que doña Lola podría hacer lo que quisiera, pero que él mantenía su decisión de “probar” antes de casarse. Enterada doña Lola de tal declaración, extremó aún más su ya implacable marcaje.

Y así las cosas, un día el pueblo se sorprendió cuando en la misa mayor fueron leídas las amonestaciones para el matrimonio de Roberto y Lolita. A la salida de la misa las bromas hacia Roberto no se hicieron esperar, acusándolo de que había tenido que claudicar y aceptar las condiciones de doña Lola. Él se limitaba a sonreír y a callar.

Por fin se casaron y, en la celebración que siguió, la persona más oronda y feliz fue doña Lola, que no podía ocultar la gran satisfacción que sentía por haberle ganado la partida al para ella jactancioso y ahora derrotado Roberto, su ya flamante y humillado yerno.

Pero como se dice, y con razón, que la lengua es el castigo del cuerpo, doña Lola por poco muere de infarto cuando el vientre de Lolita lucía demasiado abultado para sólo tres meses de embarazo, que era lo que había transcurrido desde el día de la boda. Y el infarto casi se materializa cuando a los seis meses de la boda Lolita dio a luz un bebé perfectamente normal.

Entonces las bromas de los del pueblo cambiaron de destino, pues ahora iban dirigidas a doña Lola,… mientras Roberto acentuaba su sonrisa y mantenía su silencio.

¿Qué había pasado? Lolita terminó confesándolo porque, se supone, le dolió mucho la desconfianza y el cruel y humillante marcaje a que su madre la había sometido durante el noviazgo.

Una noche habían ido los tres a un baile en el Teatro Monterrey, donde las madres como doña Lola tomaban posiciones en los palcos para, desde arriba, mantener control visual sobre sus hijas y observar si se dejaban apretar por sus parejas de baile, si no le ponían la “retranca” (el brazo izquierdo cruzado sobre el pecho de él para poder apartarlo si pretendía acercarla demasiado), si se mostraban muy complacientes en cuanto a sonrisas, miradas pícaras, etc.

Terminado el baile, ya tarde en la noche, pusieron rumbo a la casa de doña Lola. Al llegar a ella, Roberto dijo adiós —nada de besitos, ni abracitos ni arrumacos similares—, se despidió de Lolita, siempre bajo la mirada alerta de doña Lola, y ambas entraron a la casa cuando él se hubo marchado, y se acostaron.

Pasada una hora, Lolita despertó a su madre y le pidió que la acompañara al retrete porque algo que había comido en el baile —le dijo— le había hecho daño y tenía urgencia de hacer una necesidad mayor, y, dada la hora y la oscuridad reinante, le daba miedo salir sola. Doña Lola, arropada con su toca, se paró en la puerta de la cocina, a escasos 5 ó 6 metros del retrete, mientras su hija entraba en él, cerraba la puerta y la trancaba.

Lolita salió unos 15 minutos después, entró a la casa y ambas volvieron a la cama,…. Y doña Lola nunca sospechó que dentro del retrete estaba escondido Roberto que, en previo acuerdo con su novia, dio fiel cumplimiento a su promesa de “probar” antes de casarse.

Lo peor para doña Lola fue que todo había ocurrido a escasos metros de sus narices, estando ella supuestamente vigilando, y con la complicidad de su hija, la misma que, según había declarado doña Lola, se casaría virgen.

Dejo a la imaginación del lector la reacción que la gente del pueblo tuvo hacia doña Lola cuando se hizo pública la trampa en que ella había caído.

Y, de camino, pido que alguien me explique, si lo sabe. por qué esta clase de polvos ilegales, clandestinos o de estraperlo, producen siempre embarazos y, sin embargo, otros que se dan dentro del más estricto marco «moral, decoroso y legal» no arrojan resultados,… y por eso mis dos hijas se hicieron esperar tantos años.

En casos así, tan apegados a la «santa» ley, y a pesar del dictamen médico de que todo esta bien al 100%, y además de la ristra de espermatocopias, espermocultivos, y conteo de espermatozoides —con recolección de muestras a puro estímulo imaginativo, sin ni siquiera una ayudita visual (de haber sido hoy podría haber contado con ayuda auditiva a través del celular), lidiando con enfermeras cursis y mojigatas que se sonrojaban al entregar el frasquito vacío, y casi se desmayaban al recibirlo con el preciado líquido—, uno pasa años teniendo que interrumpir hasta reuniones clave con clientes, para regresar corriendo a la casa, a media mañana o media tarde, porque una llamada telefónica le informa de que “la temperatura alcanzó el punto óptimo” y, con o sin ganas, tiene que hacer el amor.

Bajo este régimen, se hace en la playa y en el monte, en diferentes posiciones, a horas diferentes, con fases de Luna diferentes, en ambientes diferentes, en países diferentes, ,… y no hay forma ni manera de que el resultado sea el tan deseado embarazo.

Bueno, debo aclarar que la mujer no era diferente, sino siempre la misma,…

[*ElPaso}– Sin derecho a pedir más

19-11-2006

Carlos M. Padrón

¿Recuerdan a Angelina, la de «Miguel el de Angelina«, y al Ñoño, el de «El Ñoño y el arco iris«? Pues la historia que sigue tiene que ver con Julita, hija de El Ñoño, y con Angelina, la madre de Miguel.

En lo tocante a dotes físicas, Julita no tenía mucho que agradecerle a Dios, pues era pequeña de estatura, un tanto gambeta y, como en El Paso se decía entonces, “mal encabada”.

Aún así, un día Pedro llegó a su vera y la enamoró. Por su físico, tampoco Pedro tenía mucho que agradecerle a Dios y, en atención al color de su piel, lo apodaron con el nombre de un santo negro, aunque, a juzgar por las imágenes de éste, el santo estaba mejor que Pedro.

El caso es que Pedro y Julita se casaron, y cuando Angelina supo que Julita estaba encinta declaró su interés por ver qué clase de criatura saldría de tales padres, así que el día que se hizo público que Julita había dado a luz una niña, Angelina expresó públicamente su determinación de echarle un vistazo cuanto antes a la recién nacida.

Y la ocasión propicia fue cuando Julita bajó a La Plaza con su hija para llevarla a revisión pediátrica. Angelina sabía que, de regreso, Julita debía pasar frente a su casa, así que montó guardia pacientemente, y cuando por fin llegó Julita con su bebé en brazos, Angelina le salió al paso y le pidió que le dejara ver a la niña, cosa que la orgullosa madre hizo con gusto.

Al ver lo hermosa que la criatura era, Angelina, asombrada, le comentó a Julita:

—¿Pues sabes lo qué te digo? ¡Que pa’ser hija tuya no pidas más!

Esto es sinceridad, lo demás es cuento.

[*ElPaso}– Olga y el tenorio

11-11-2006

Carlos M. Padrón

NotaCMP. Al lado Este del charco hay más libertad al hablar, y poco del a veces puritanismo y mojigatería que prevalecen en muchos de los países de Hispanoamérica. En España en general, y ahora mucho más que antes, se impone la claridad y el “al pan pan, y al vino vino”. Por ello, palabras que en Hispanoamérica se toman como groserías, allá son, desde hace tiempo, parte del habla cotidiana de hombres, mujeres y hasta niños. P.ej., cagar, mierda, mear, coño, culo (más con el sentido de grupa, trasero o nalgatorio, que como ano), carajo, polla (pene), follar (hacer el amor), joder (fastidiar o follar), puta, etc.

Se trata de dos extremos: en España tienden a ser en esto excesivamente explícitos, mientras que en gran parte de Hispanoamérica pecan de pacatos y, p.ej., usan mil eufemismos para evitar decir algo tan natural como culo. Canarias está a medio camino entre estos dos extremos, y lo que voy a narrar ocurrió en Canarias

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En los años 50, en El Paso había, que yo recuerde, tres barberías, y cada una tenía un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política… internacional, por supuesto, pues la nacional era tema intocable porque estaba en pleno apogeo la dictadura de Franco.

Uno de estos barberos casi me creó un trauma con sus efluvios políticos, pues una vez, mientras para cortarme el pelo me mantenía sentado en su sillón giratorio frente al alto y ancho espejo, no paraba de hablarme sobre la guerra de Corea. Cuanto más me hablaba más se enardecía, a pesar de mi total silencio, y llegó un momento en que elevó sus brazos al techo, con una tijera en una mano y un peine en la otra, y mirándome, con ojos desorbitados, a través del espejo, exclamó a todo pulmón “¡Yo he de verte en la guerra de Corea!”.

Pero no, no me vio en Corea ni me vio más en su barbería, pues a raíz de ese incidente cambié de barbero.

En todas esas barberías había siempre varios hombres, algunos que querían cortarse el pelo o afeitarse la barba, y otros que venían a matar el tiempo dándole a la lengua sobre temas de la mencionada política, del medio agropecuario, de la emigración a Venezuela o, por supuesto, de mujeres.

En una de esas barberías se encontraba un día, entre esta concurrencia, un tal Miguel, famoso por tenorio y por desvergonzado con las mujeres, pues se aprovechaba de que el medio social prohibía que una dama replicara a reclamos o piropos de mal gusto, y esa prohibición las dejaba indefensas ante quienes se los endilgaban.

Como los asientos estaban todos ocupados, algunos que esperábamos turno nos apostamos en la acera, a los lados de la puerta, y uno de los que allí estaban fue el que comunicó a los de dentro que Olga, la bella Olga, venía por la calle en dirección a la barbería, pero por la acera de enfrente (lo cual era lógico porque en la otra acera había hombres apostados).

No me extrañó que el hecho llamara la atención como para ser anunciado, pues Olga —nombre que imagino por cuanto nunca supe el suyo— era, en mi opinión de muchacho de 16 años, una mujer espectacular. Alta, curvilínea, con buenas piernas y abundante de todo, como siempre me gustaron y me gustan. Morena clara, pelo generalmente recogido en la nuca, caminar rítmico, pausado y airoso, y una expresión de serena autosuficiencia que, a sus tal vez 30 años, le daban ciertamente —al menos para mí— un aire distinguido y un toque de misteriosa sensualidad.

Yo la había visto varias veces en festividades o en los paseos dominicales después de la misa mayor, y de ella sólo sabía que vivía en la parte suroeste del pueblo. A pesar de la diferencia de edad, me atraía mucho, y yo admiraba en secreto todos sus atributos físicos. Después de ese día admiraría también su carácter.

Ante el anuncio de su llegada, el tal Miguel se apresuró a salir a la acera, se recostó insolente en el marco de la puerta de la barbería, y cuando Olga estuvo a su altura, pero al otro lado de la calle, le dijo sin más:

—Me atrevería a darte un beso donde más gusto te diera.

No sé los otros, pero yo me quedé frío, pues nunca había presenciado algo igual ni me habían educado para hacerlo o disfrutarlo.

Olga detuvo en seco su marcha como si hubiera tropezado contra una pared invisible. Bajó la cabeza por una fracción de segundo, y volviéndose con pasmosa dignidad hacia Miguel, lo miró fijamente, desafiándolo con la mirada, y con voz alta, firme y clara, para que todos pudieran escucharla, le respondió con palabras que, aunque groseras según las normas sociales vigentes, fueron sólo la expresión de una realidad dicha con claridad y crudeza, pero con una sencillez —yo diría que hasta humildad— que tuvo la virtud de eliminar de ellas cualquier atisbo de grosería y hacer que Miguel quedara humillado ante todos:

—Dáselo a la cabeza de la polla de mi marido que es lo que más gusto me da.

Y, dicho esto, Olga dio media vuelta y siguió su camino como si nada hubiera ocurrido.

En la barbería se hizo un silencio total, roto apenas un segundo después por una rechifla general de burla hacia Miguel que, incapaz de articular palabra o mirar a la cara de nadie, bajó la cabeza y optó por marcharse, olvidando su corte de pelo. Pero los que allí estábamos no olvidamos el merecido escarmiento que le habían dado.

Después de ese incidente, mi admiración por Olga alcanzó las cotas más altas, pues en aquel tiempo y en aquel pueblo sólo una prostituya —y desde luego que Olga no lo era— o una mujer de mucho carácter y entereza osaría enfrentarse así a un hombre, cuando la sociedad en que vivía le decía que una mujer no debía nunca hacer eso, y menos usar el vocabulario que ella usó. Nunca he conocido otra mujer que, como Olga, haya usado expresiones de ese calibre con acento y entonación tales que no suenen groseras o vulgares.

Repito: lo impactante de la respuesta de Olga no estuvo en las palabras que dijo, soeces algunas en significado y contexto, sino en cómo las dijo. Desprovistas de cualquier énfasis que destacara lo grosero, y con la misma autoridad, tranquilidad, sencillez y naturalidad que usaría un médico para recetarle algo a un paciente. En suma, con un toque de dignidad que las despojó de cualquier connotación grosera y le dio a ella tal nivel de superioridad moral sobre su agresor verbal que éste no tuvo mejor opción que retirarse avergonzado.

[*ElPaso}– La lotería casera

02-11-2006

Carlos M. Padrón

Desde que era yo niño y hasta que me fui de El Paso, en 1957, era costumbre que en las noches de algunos domingos y días festivos se reunieran en mi casa varios vecinos para, con los miembros de mi familia (mis padres, hermanas y yo), jugar lotería, juego más conocido en otras latitudes con el nombre de bingo.

El “plante” (apuesta por cada juego) era de media peseta cada dos cartones, y ganaba el primero que completara una fila. Al final, para cerrar la sesión, se jugaba “El toro”, que tenía doble plante —una peseta— y lo ganaba el primero que completara un cartón.

Antes de comenzar había disputas por ciertos cartones que se consideraban tocados por la suerte. Y el “cantor” (el encargado de sacar del talego [bolsa] las fichas numeradas y vocear el número en ellas impreso), cambiaba con cada juego, y se consideraba que ciertos cantores daban más suerte a unos jugadores que a otros.

Lo que no cambió, al menos durante el período que arriba mencioné, fue la forma de cantar los números, ya que muchos de ellos tenían apodo —a veces más de uno— y con el apodo se los cantaba, para deleite de todos cuando algún “extranjero” novato, como una persona de otra isla o país, tenía la desgracia de sentarse a jugar con nosotros.

He aquí la lista de apodos que recuerdo:

1 = El único remedio, el garabato, el endez o el gancho trapero
2 = Un solo patito
3 = La pata de Andrés
4 = La pata del gato
6 = La media docena
7 = Una sola bandera
8 = Carnero mocho
9 = Levántale el rabo a la burra y bebe
11 = Las canillas de Pepe Torres (¿sabe alguien quién era éste?)
12 = La docena
13 = Cara sucia
14 = Caga y tuerce
15 = Niña bonita
16 = La onza de oro (porque cuando la onza se usó como medio de pago equivalía a 16 duros, o sea, 80 pesetas)
19 = Correo pa’Cuba (porque desde el puerto Santa Cruz de La Palma o de Tazacorte salía un barco para Cuba los días 19 de cada mes [1])
21 = Mayoría de edad
22 = Los patitos en el agua
24 = Nochebuena
25 = Vicentico
33 = La edad de Cristo
44 = Cuácara con cuácara
50 = La edad media
55 = Los isleños al trancazo (porque en 1855 llegaron muchos isleños a Cuba)
66 = Las Panchonas (familia de mujeres “de vida alegre” muy conocidas en el pueblo)
69 = Arriba y abajo, o comoquiera que lo mires
77 = Las banderitas de Italia
88 = Los espejuelos de Mahoma
90 = El más viejo, o el abuelo

Según me contaron, después de 1957 se comenzó a jugar esta lotería en uno de los bares del pueblo, y el cantor oficial era Chano, quien puso de moda para el número 30 el apodo de “La leche de un tuno”. Cuál es la relación entre el 30 y la leche de los tunos, no lo sé, pero es el caso que las pocas veces que, de vuelta en el pueblo por vacaciones después de 1957, jugué lotería en casa, ya el 30 era oficialmente “La leche de un tuno”.

Chano —padre de Chanito (el excelente cantante y ejecutante de mandolina), que de ahí le viene a éste su apodo— vivía en Tenerra, cerca de la casa que fuera de mi abuela materna, y era —al igual que un tal Cleofé, que vivía en Tacande— lo que en el pueblo llamaban “latonero”, o sea, que se dedicaba a sellar con soldadura de estaño los huecos que se abrían en los calderos que entonces se usaban para cocinar. Creo que a Chano se le recuerda menos por latonero que por “La leche de un tuno”.

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[1] Se decía que, cuando salían del puerto de Tazacorte, estos barcos se alineaban con la dirección que marcaba el Time, y si la mantenían llegaban directamente a Cuba.

[*ElPaso}– El Ñoño y el arco iris

17-10-2006

Carlos M. Padrón

Los hermanos José Antonio y Ramón —de entre 20 y 25 años para la época— y su madre Doña Fina, habitaban en una casa que servía de vivienda a dos familias: la conformada por ellos tres, y la de Julián, apodado El Ñoño y conocido de todos porque al hablar se comía las primeras consonantes de las sílabas iniciales, y si tenía que decir “al correr me caí”, lo que acertaba a decir era “al orrer e aí”.

La separación física de las viviendas, hecha en la mitad del área que alguna vez fue el único y grande dormitorio de una casa solariega original, consistía en un tabique de una solidez y aislamiento sónico tan débil que permitían que del dormitorio de los hijos de Doña Fina pudiera oírse todo sonido hecho en el de El Ñoño, donde éste dormía con su mujer, Bernarda.

El Ñoño y Bernarda eran una pareja dispareja en cuanto a la diferencia de estatura, pero su mayor diferencia —a decir de Ramón y José Antonio, y de los vecinos a quienes El Ñoño había confiado sus cuitas conyugales— radicaba en el apetito sexual, pues El Ñoño era un insaciable semental, mientras que Bernarda pocas veces correspondía a los requerimiento amorosos de su marido, pues cuando no le dolía la cabeza, estaba haciendo la digestión, tenía la regla, estaba muy cansada, etc., pretextos todos que recitaba en la cama con retintín de fastidio,… y para regocijo de los dos hermanos que escuchaban todo desde el otro lado del endeble tabique.

Pero, según contaron éstos con lujo de detalles y ratificó El Ñoño en sus confidencias a los vecinos, como El Ñoño era persistente en sus deseos de sexo —que expresaba en voz alta cuando en la noche se metía en la cama con Bernarda— ésta, para protegerse de las eróticas embestidas de El Ñoño, además de la retahíla verbal de pretextos, adoptó la costumbre de darle la espalda y encogerse como una rosca, llevando sus rodillas casi hasta tocar su boca.

Una noche en que los numerosos y más que audibles requerimientos verbales de El Ñoño no paraban, Bernarda optó por adoptar esa posición, y ya más que frustrado por tan impenetrable postura, El Ñoño le gritó:

—¡¡¡Enerézate, Ernarda, e areces el arco e la ira!!! (= “Enderézate, Bernarda, que pareces el arco iris”),

pues para El Ñoño el tal arco se llamaba ‘arco de la ira’ y no arco iris. Con el humor que el pobre tendría, hasta se entiende el cambio de nombre.

[*ElPaso}– La comunidad de los ‘¡Antuoonio!’

01-10-2006

Carlos M. Padrón

Creo que allá por finales de los 40 y principios de los 50, la celebración de las fiestas de La Cruz, generalmente el 3 de mayo de cada año, era costumbre en varios barrios de El Paso, una costumbre que está volviendo por sus fueros.

De entre las varias celebraciones alcanzó fama la del barrio de Las Canales, en la que se escenificaban unas loas, especie de pequeños y rústicos autos sacramentales. La más conocida de ellas tenía por tema algo así como las pecadoras andanzas de un cazador, escocés y no creyente, que, con su escopeta, se regodeaba causando crueles destrozos en la fauna de su entorno, y que un día en que vio la luz de la fe cristiana, al encontrarse en su camino con una palma, de tronco un tanto extraño, apuntó a ella su escopeta y diciendo:

Contra el tronco de esa palma
mi último tiro ha de ser,
pues prometo por la Cruz
no matar más por placer.

Le disparó al tronco, que se abrió en dos, y de su interior —en el que, si mal no recuerdo, apareció una cruz u otro símbolo del Catolicismo— salieron palomas.

En la loa de marras, ese cazador iba vestido con la típica falda escocesa.

Para escenificar la loa, sobre el gran abrevadero que una vez hubo en el barranco que pasa por ese barrio montaban un escenario, y la explanada del barranco frente al abrevadero servía de platea para el numeroso público.

A fin de evitar aproximaciones inconvenientes, se colocaba una valla que dejara una especie de pasadizo entre el borde frontal del escenario y la «platea» para los espectadores, de suerte que nadie pudiera acercarse mucho al lugar de la escena; era algo así como el foso de la orquesta, usual en los teatros. Y a un lado del escenario habían montando —o al menos así ocurrió el Año ‘A’, en que tuvo lugar el hecho que me ocupa— un tarantín o ventorrillo que expendía pasapalos (tapas) y vino, y que, por el lugar donde estaba, permitía el acceso al mencionado pasadizo.

Cuando iba a dar comienzo la loa, se pidió al público que hiciera silencio. Los que estaban en los tarantines cesaron en su cháchara y se fueron todos a la “platea” excepto un borrachito que, bien por equivocación o bien porque lo hizo adrede, se coló dentro del pasadizo y, de bruces sobre el borde del escenario, se puso a ver la loa,… de abajo hacia arriba.

El personaje del cazador, que si bien vestía una falda escocesa no llevaba interiores (calzoncillos), era representado por un tal Antonio, y de pronto, cuando en su accionar sobre el escenario se acercó al borde, justo al punto en que estaba el borrachito que miraba de abajo hacia arriba, éste, con un grito que rompió el solemne silencio, exclamó:

—Antuoonio, ¡tápate el tolete!

La reacción instintiva de Antonio fue encorvarse, llevarse las manos a su entrepierna y apretarse con ellas los genitales, ante lo cual el borrachito, alarmado, exclamó de nuevo:

—¡No te lo toques, que’s pior!

Lo que siguió entre el público, y la suerte que corrió esa representación en particular, lo dejo a la imaginación del lector.

El caso es que, años después, a un grupo de amigos entre los que yo me encontraba, un testigo presencial de este incidente nos lo contó en detalle un día, y lo hizo poniendo énfasis en la entonación que el borrachito le dio al Antonio cuando gritó “Antuoonio, ¡tápate el tolete!” esa famosa noche de la loa, una entonación que sólo puedo representar gráficamente escribiendo “Antóooonio”, con énfasis en la primera ‘o’ cuyo sonido se alarga hasta la sílaba final.

Y a partir de ese día y con el paso del tiempo, los miembros de un grupo de amigos (Wifredo Ramos, Gilberto Cruz, Javier Simón, Luis Herrera,  y  Carlos M. Padrón, cuyas fotos, todas tomadas este verano, incluyo al final; los nombres al pie de ellas deben aplicarse de izquierda a derecha) nos llamamos entre nosotros “Antuoonio”, pronunciado en la forma en que el borrachito lo hizo. Y así, y sin quererlo, por casi 50 años hemos mantenido vivo el entonces famoso incidente,… y continuamos llamándonos entre nosotros “Antóooonio”, con la debida entonación.


Wifredo Ramos y Gilberto Cruz


Carlos Padrón, Wifredo Ramos y Javier Simón


Carlos Padrón y Luis Herrera, éste luciendo vestimenta
y lanza, ambos típicos del remoto pasado del pueblo, y
exhibidos en fiestas como la de la Bajada de la Virgen de
El Pino
.

P.D.: A la comunidad pertenece también Eleuterio Sicilia, que no aparece na las fotos porque vive en Tenerife.



 

[*ElPaso}– El himeneo de Marianito

02-09-2006

Carlos M. Padrón.

Los bailes en fechas señaladas —como las patronales, carnavales, etc.— eran muy esperados y concurridos, pero José Mariano, por todos conocido como Marianito, asistía a ellos sólo para mirar desde el borde de la pista cómo sus amigos bailaban y se relacionaban con las muchachas del pueblo, y cómo alguna de esas relaciones maduraba y llegaba al matrimonio después de una “mocedad” (léase noviazgo) oficial, mientras él, hombre por demás trabajador, honesto y tímido, seguía dedicado, año tras año, a las tareas del campo, al cuidado de sus animales… y a fumar su inseparable cachimba (especie de pipa artesanal hecha de madera de brezo).

Sus amigos, sabedores de que Marianito era virgen, que estaba en edad de casarse, pero que, por su gran timidez, no iba jamás a dirigirse a una muchacha para iniciar una relación ni para ninguna otra cosa, decidieron tomar cartas en el asunto.

Comenzaron por hacer mentalmente una lista de las muchachas solteras y sin compromiso —de edad adecuada para Marianito y que, en opinión de ellos, le gustaban a él— y luego le hablaron sutilmente de cada una hasta detectar cuáles eran sus preferidas. Después de identificadas éstas, buscaron consenso sobre una en particular, y la agraciada fue Juana, una muchacha que reunía las condiciones ya mencionadas y, además, tenía características personales bastante parecidas a las que adornaban a Marianito.

El próximo paso fue arreglárselas para que, por “casualidad”, Marianito y Juana coincidieran en varios eventos sociales (recogidas y peladas de almendras, bodas, trillas, etc.) y en forma tal que se vieran obligados a dirigirse la palabra o, cuando menos, dedicarse miradas un tanto sugerentes.

Por supuesto, los amigos de Marianito se encargaron de contarle oportunamente a él que, según serias averiguaciones y comentarios de buena fuente, Juana lo quería, pero, como era de rigor, estaba esperando que él tomara la iniciativa y le propusiera algo más formal. Y, para completar la tarea, le comentaban a Juana que Marianito, cuyas virtudes le ensalzaban, suspiraba por ella y estaba buscando arrestos para atreverse a proponerle una relación formal.

El plan funcionó, tal vez porque las alternativas del uno y de la otra eran escasas o nulas, y después que Marianito se atrevió a plantearle noviazgo a Juana, y de las subsiguientes visitas que le hizo en la casa de sus padres —los domingos y los jueves, con chaperona presente y durante un tiempo prudencial, según exigía el protocolo— fijaron fecha y se casaron.

En aquellos tiempos no se acostumbraba —pues no había ni infraestructura ni facilidades económicas que lo permitieran— pasar la luna de miel en un hotel o en un lugar diferente al pueblo. Los novios se desposaban en el lugar donde iban a vivir, que a veces era una habitación en la casa de los padres de él o de ella. En el caso de Marianito y Juana, el lugar elegido fue la casa, ubicada en un barrio de los altos de El Paso, que Marianito había heredado de sus padres; una de dos plantas que en la baja tenía la lonja, o lugar de despejo, y en la alta el dormitorio y las otras dependencias básicas. El dormitorio contaba con una especie de terraza cuyo borde exterior quedaba justo sobre la entrada de la lonja.

La noche de la boda, la celebración fue también en esa casa, y un poco antes de media noche los invitados se retiraron todos… excepto los amigos “celestinos” de Marianito que se fueron a los bajos de la casa y se escondieron, pegados a la puerta de la lonja, y aguardaron pacientemente.

Como a eso de las dos de la madrugada se oyó el rechinar de una puerta seguido por unos pasos en la terraza que procedían del dormitorio. Los amigos de Marianito, aún bien pegados a la puerta de la lonja para que la luz de la Luna no los hiciera visibles, miraron hacía arriba y, cuando la llama del mechero que Marianito usó para dar fuego a su pipa iluminó completamente la cara de éste, parado al borde de la terraza y dispuesto a “echarse un cachimbazo”, se separaron enseguida de la puerta hasta un punto en que Marianito pudiera verlos, y con un “¡Psst!” en baja voz para que Juana no oyera, llamaron su atención.

Marianito miró hacia abajo, y entonces ellos, igualmente en voz baja, le preguntaron:

—Marianito, Marianito, ¿cómo estuvo eso?

La expresión de Marianito se tornó radiante como la de un niño que encuentra el regalo de Reyes que tanto deseaba, y a voz en cuello, y con tono de alborozada alegría, contestó:

—¡¡Coño, eso es más bueno que el arroz con leche!!

[*ElPaso}– Mujer importada

13-08-2006

Carlos M. Padrón

Antonio, un muchacho de El Paso, emigró a Venezuela a comienzos de los 50, y Nieves, su novia, una muchacha también de El Paso, espigada y de buen ver sin ser una belleza, quedó esperando a que Antonio regresara a casarse con ella, o a que se casaran por poder y fuera ella a Venezuela a reunirse con él, según un trámite que fue bastante usado durante las décadas de los 50 y 60.

Por años, y como hicieron muchas otras muchachas, Nieves le “guardó la ausencia” a Antonio, o sea, se alejó de la vida social y sólo iba a misa, a funerales y a la boda de algún familiar cercano, pero nada de bailes, cine ni diversiones de ningún tipo.

Pero como el amor y la distancia no suelen hacer buenas migas, Antonio se casó en Venezuela con una mujer que poco tenía que agradecer a Dios por su físico, pues pequeña, regordeta y hasta con algo de joroba, no tenía ninguno de los atributos que hacen atractiva a una fémina. Y Nieves quedó para vestir santos, lo cual Doña Andrea, la madre de Nieves, nunca le perdonó a Antonio.

Pasaron los años, y un buen día Antonio regresó a El Paso trayendo consigo a su mujer «importada».

Como con cualquier otro “indiano” (así llamaban a los que venían de Venezuela, como llamaron antes a los que venían de Cuba), la noticia de su llegada corrió por todo el pueblo, que se hizo planes para asistir a la misa mayor del domingo inmediato siguiente a la llegada de Antonio, ya que era ley no escrita que él y su mujer debían ir a esa misa y, a la salida, saludar a todos los que allí iban a reunirse para ese fin, aunque fingiendo que no.

Y así ocurrió. Antonio y su mujer fueron a la misa mayor del domingo, y terminada la misa pasaron algún tiempo saludando, aún dentro de la iglesia, a los parientes y más conocidos, que por serlo se acercaron a ellos de inmediato.

El tiempo que dedicaron a esto lo aprovechó el resto de la gente para tomar posiciones afuera, frente a la puerta de la iglesia, y en particular lo aprovechó el “Consejo de Ancianas” cuya misión, implícitamente aceptada pero jamás declarada, era evaluar a la mujer de Antonio ya que ella no era de El Paso.

Un miembro distinguido de ese consejo era Doña Andrea.

Cuando por fin salieron Antonio y su mujer, comenzaron a saludar a unos y a otros hasta que dieron con la fila cerrada que formaban las ancianas del Consejo. Antonio fue presentando a su mujer a cada una de ellas, y al llegar a Doña Andrea —momento que todos esperaban con ansia—, ésta dio un paso atrás, con ojo crítico escaneó de arriba a abajo a la mujer de Antonio y, mirándolo luego a él directamente a los ojos, le dijo bien alto, para que todos pudieran oír:

—Pues para conseguir algo como esto no había que ir tan lejos.

[*ElPaso}– Miguel el de Angelina

26-07-2006

Carlos M. Padrón

A decir de mi hija Elena, la psicóloga, en El Paso pocos tienen identidad propia, pues la mayoría de las personas “son” de alguien, ya que abundan los nombres como Pancho el de Tajuya, Pepe el de la Exclusiva, Luisa la del Morro, Fernando el de Avelina, Toto el de Carmelina, Juan José el de Benigno, etc.

Creo que la explicación a esta curiosa costumbre nominativa es que, por muchos años, El Paso fue un pueblo de unos 4 mil habitantes, y ubicado, por no decir que aislado, en todo el centro de la mitad del medio de la isla de La Palma. Por lógica, la mayoría de los matrimonios eran entre vecinos del pueblo (lo cual podría servir tal vez para explicar el origen y alto índice de cierto tipo de mortalidad que viene ocurriendo allí desde hace años).

Por igual motivo, los pocos apellidos se multiplicaron y se tornaron repetitivos haciendo que su uso sirviera de poco para identificar a quienes los llevaban, y así, decir Antonio Martín resultaba mucho menos preciso que decir Toto el de Carmelina, pues éste era sólo uno mientras que Antonio Martín había varios.

Ese aislamiento contribuyó también a la formación de un léxico muy particular que ha caído en desuso y resulta ininteligible para los miembros de la generación actual, razón por la cual he decidido rescatarlo en lo posible y tal vez lo publique algún día.

También podría yo publicar algo de la biografía de Don Pedro Castillo —considerado el maestro por excelencia de El Paso— y del proceso de obtención de la seda natural, proceso que casi cae en el campo de lo fascinante. En uno de los pasos de tal proceso aparece una pequeña mariposa a la que, al igual que a las llamadas “de luz”, a los abejorros o a todo animalito volador de pequeño tamaño con cuerpo en forma de fuselaje de avión y con dos alas, los “magos” —léase campesinos incultos— llamaban ‘barboleto’.

El lector se preguntará cuál es la relación entre los nombres con “de”, Don Pedro Castillo y las pequeñas mariposas llamadas barboletos en léxico pasense. Allá voy.

En la escuela de Don Pedro Castillo, única existente para la época, se enseñaba a leer usando un silabario, o sea, un libro o cartilla en la que aparecía, por ejemplo, la figura de un martillo y debajo de ella su nombre descompuesto en sílabas, así:

(Figura de un martillo)
M-A-R: Mar
T-I….. : ti
L-L-O.: llo
MARTILLO

En presencia del profesor, en un caso como el del ejemplo el alumno debía mirar primero la figura y leer luego las cuatro líneas asegurándose de pronunciar correctamente la palabra de la línea final que correspondía al nombre de la figura que encabezaba la página.

Miguel el de Angelina, siendo apenas un muchacho, asistía a la escuela de Don Pedro Castillo y estaba aprendiendo a leer, pero entre las virtudes de Don Pedro no estaba la paciencia, y entre las de Miguel no estaba la lucidez mental, y este cóctel hizo explosión el día que Don Pedro le puso a Miguel, ante toda la clase, un examen personal de lectura.

Le presentó una página del silabario en la que se veía muy clara la figura de una hermosa mariposa, y debajo,

M-A: Ma
R-I..: ri
P-O.: po
S-A.: sa
MARIPOSA

Miguel leyó correctamente las cuatro primeras líneas, pero al llegar a la final, y a pesar de que en ella estaba escrito Mariposa, dijo BARBOLETO, pues ése era, para él, el nombre del animal que representaba la figura en la cabeza de la página.

La explosión de Don Pedro, maestro de los que aplicaba la regla de que “la letra, con sangre entra”, fue, como diríamos hoy, “de película”.

***

Estando ya Miguel en sus veintes, pasó por su casa Ramón, un vecino, que iba camino a otro barrio, y fue abordado por Angelina, la madre de Miguel, mientras éste, armado de unas largas tenazas de madera, arrancaba los tunos maduros que había en una tunera frente a la casa, y que era cuidada con mucho mimo. (Para quienes no sepan a qué llamamos en Canarias tunera y tunos —los frutos de la tunera—, adjunto foto).

Angelina le preguntó a Ramón si por fin había asistido a las fiestas de la Bajada de la Virgen, celebradas la semana anterior en Santa Cruz de La Palma y a las que Ramón había ido a pie atravesando la llamada Cumbre Nueva. A la respuesta afirmativa de Ramón siguió la pregunta de qué había encontrado de nuevo, a lo que, con toda segunda intención, Ramón respondió que muchas “flores de camino”, un eufemismo para excremento por deposiciones humanas, pues, a falta de baños, los caminantes hacían sus necesidades a la orilla del camino.

La carcajada de Angelina no se hizo esperar, y eso desató la curiosidad de Miguel que, haciendo un alto en su tarea, pregunto intrigado: “¿Qué son flores de camino?”.

Ante tal pregunta, tonta por demás en opinión de Angelina, ésta se rió aún más y le respondió “Mierda, Miguel”, lo cual desató las iras de Miguel, que se consideró insultado —pues ‘mierda’ era una respuesta grosera habitual a preguntas indiscretas a las que uno no quería contestar—, y enarbolando las tenazas la emprendió a golpes contra las tuneras llenas de frutos mientras gritaba “¡O me dices qué son flores de camino o te destrozo las tuneras!”.

Desesperada, Angelina gritaba una y otra vez, “¡¡Mierda, Miguel, mieeeerda!!” pero sólo conseguía que Miguel, como un Don Quijote contra los molinos de viento, arremetiera cada vez con más denuedo contra las preciadas tuneras.

***

Creo que fue el año 1989 cuando, de regreso a Venezuela después de terminar un trabajo en Londres, hice escala en Canarias y me fui a El Paso unos días. En mi obligado —y por demás agradable— tour de visitas incluí una a Angelina y Miguel, para entonces ya sesentón.

Cuando llegué a la puerta de su casa eran las 2 de la tarde de un día tan radiante que la luz casi hería los ojos, y el sol simplemente quemaba.

A esa hora y bajo tales condiciones, los más de los vecinos estaban haciendo siesta. Con el puño di tres golpes en la puerta, a medias entreabierta, de la casa de Angelina, y al rato oí ruido de pasos que se acercaban. Una mano abrió completamente la puerta y ante mí apareció Miguel —torso desnudo, descalzo y con una toalla al hombro— que se quedó mirándome con cara de póquer y sin decir palabra.

Yo, parado frente a la puerta en actitud muy formal, adrede guardé silencio por unos segundos enfrentando su mirada, y luego, con tono muy seco, le dije:

—¡Buenas noches!

Miguel no se inmutó. Siguió allí parado, mirándome inexpresivo, mudo y sin siquiera pestañear.

Angelina, que sí estaba haciendo la siesta, lógicamente preocupada porque después de escuchar los golpes en su puerta no oyó nada más, gritó desde su cama:

—¡Migueeel, ¿quién está ahí?!

Y Miguel, sin dejar de mirarme ni alterar su posición ni su actitud, contestó:

—Aquí hay un hombre que dice ‘buenas noches’.

—¿¡Cómo que buenas noches, Miguel, si son las dos de la tarde!?—fue la airada respuesta de Angelina, dicha con retintín de fastidio.

De inmediato escuché unos pasos apresurados y a los pocos segundos se presentó Angelina, que al verme puso cara de pascuas, me dio un gran abrazo y luego, volviéndose a Miguel, que había contemplado la escena sin acusar cambio alguno, le dijo en tono de reprimenda:

—Pero, ¿¡tú eres bobo!? ¿¡No ves que éste es Carlos Padrón!?

Y como si eso fuera el desenlace decepcionante de algún enigma, Miguel giró sobre sus talones y con un sonoro «¡Déjame ir a lavarme las patas!» se alejó y dio por cerrada la sesión, acabando así con mis esperanzas de una amena visita.