[SE}> Llevamos el maíz en el genoma / Soledad Morillo Belloso

21-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Llevamos el maíz en el genoma

No es metáfora gratuita: es una forma de explicar por qué el cuerpo reconoce ciertos olores antes que las palabras, por qué la mañana empieza de verdad cuando la harina toca el agua y se forma ese pequeño barro luminoso que anuncia que la casa despertó. Hay cosas que no se aprenden: se heredan. Y el maíz es una de ellas.

Llevamos el maíz en el genoma porque crecimos viendo manos que sabían más que la memoria. Manos que medían sin balanza, que sabían cuándo la masa estaba lista sólo por el sonido que hacía al despegarse del borde del envase. Manos que podían estar cansadas, pero nunca torpes. Manos que enseñaban sin discursos, apenas con el gesto repetido, paciente, amoroso.

Llevamos el maíz en el genoma porque la cocina fue siempre un territorio sagrado. Allí se hablaba bajito, se reía fuerte, se lloraba sin escándalo. Allí se resolvían discusiones, se curaban tristezas, se celebraban pequeñas victorias. La mesa era un altar doméstico donde todo tenía cabida: la vida entera cabía entre un budare y una jarra de agua fresca. Y uno aprendía, sin que nadie lo dijera, que la ternura también se sirve caliente.

Llevamos el maíz en el genoma porque cada arepa es un acto de continuidad. Redonda como la paciencia, tibia como el cariño, firme como la costumbre. Una arepa no es sólo comida: es un recordatorio de que venimos de gente que supo sobrevivir con lo que tenía, que convirtió un grano en alimento, en rito, en abrazo. Cada vez que amasamos, repetimos un gesto antiguo que nos sostiene incluso cuando todo alrededor parece moverse demasiado rápido.

Llevamos el maíz en el genoma y por eso sabemos recomponernos. Si la masa se quiebra, se humedece un poco más.  Si se pega, se le da tiempo.  Si se quema, se raspa con dignidad y se vuelve a empezar. Así somos: tercos, cálidos, capaces de levantarnos con el mismo gesto con que se voltea una arepa para que no se queme. No hay tragedia que no pueda enfrentarse con un poco de agua, un poco de harina y un poco de paciencia.

Llevamos el maíz en el genoma porque el maíz es también una forma de afecto. Es la abuela que pregunta si ya comiste. Es la madre que te deja una arepa envuelta en servilleta para que no salgas con el estómago vacío.  Es el padre que, aunque no cocine, sabe exactamente cuándo la arepa está dorada “como debe ser”.  Es el hermano que se come la última sin pedir permiso.  Es la amiga que te dice “ven, siéntate, te preparo una”. Es la casa entera diciendo “aquí estás a salvo”.

Llevamos el maíz en el genoma porque el maíz nos nombra.  Nos recuerda que venimos de patios con gallinas, de cocinas con humo, de risas que se mezclan con el olor del café. Nos recuerda que la vida, incluso en sus días más duros o más fríos, tiene un rincón tibio donde uno puede volver a empezar. Nos recuerda que somos, en el fondo, criaturas hechas de harina, agua y afecto.

Donde haya un venezolano, hay una arepa cantando en la mañana. Porque llevamos el maíz en el genoma, y el cuerpo lo recuerda antes que la memoria. Basta un fogón prestado, una cocina ajena, un budare improvisado sobre cualquier hornilla para que el día empiece con ese olor que nos ordena por dentro. No importa el país, la ciudad, el clima o la distancia: siempre aparece una mano que amasa, otra que voltea, otra que sirve. Y en ese gesto sencillo —agua, harina, calor— se nos revela la casa entera, la infancia, la voz que nos llamaba a desayunar, la certeza tibia de que seguimos siendo los mismos aunque el mundo cambie. Donde haya un venezolano, hay una arepa. Y en esa arepa, un pedazo de nosotros que nunca se extravía.

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[Mis canciones}> ‘Tiempos de ayer’

‘Tiempos de ayer’

Publicado el 06-08-2009

Actualizado el 17-03-2026

Carlos M. Padrón

Como ya dije en ‘Introducción’, primer artículo de esta sección, por muchos años fueron mis hobbies la fotografía, la cría de patos y la música.

Para esta última tuve un salón debidamente equipado en el que me encerraba a seleccionar, grabar, y escuchar luego lo grabado. Así armé una colección de varias decenas de casetes que tienen para mí la ventaja de que me gusta todo lo que contienen.

Después de escuchar una y otra vez algunos de los casetes de música instrumental así grabados, a veces comenzaba a destacar de entre todas alguna melodía evocadora de un sentimiento que con el tiempo iba tomando más y más cuerpo cada vez que —siempre encerrado en mi salón, solo o con alguna de mis hijas—, escuchaba yo de nuevo esa melodía.

Una en particular me hizo recordar a mi padre, otra a mi pueblo como lugar geográfico, otra a mi pueblo como conjunto de costumbres y nostalgias, etc., Y como esos instrumentales estaban ejecutados en un tono al que, jugando con las octavas, podía yo llegar cantando, un día decidí escribir letras alusivas a los sentimientos que esas melodías evocaban en mí y, poco a poco, fui grabando todas esas letras en forma de canción interpretada por mí, usando como fondo el instrumental con la correspondiente melodía evocadora, y lidiando, también yo solo en el salón de música, con los controles del tocadiscos, deck de casetes, ecualización, volumen, audífonos, letra, etc., mientras trataba de cantar lo mejor que podía para lograr algo más o menos aceptable dentro de mis posibilidades.

Al enésimo intento obtenía un resultado menos malo que los anteriores, y con ése me quedaba.

Ahora que vinculadas a artículos previos he publicado ya, además de la descripción que precede, algunas de estas canciones, he decidido agruparlas en esta sección, Mis (pocas) canciones, y otras, por, en lo posible, orden cronológico de grabación. Hoy le toca el turno a «Tiempos de ayer».

***oOo***

La lejanía de mi pueblo —por 60 años estuve fuera y perdí el contacto vecinal— exacerba la nostalgia que siento por aquella época de mi adolescencia cuando me abrí al romanticismo, y llevado por las ilusiones de juventud veía ante mí un sinfín de caminos de entre los que creía que podía tomar casi el que yo quisiera, y soñaba con una vida llena de promesas, amor y oportunidades.

Algunas ya pasaron, otras culminaron en fracaso, otras nunca se presentaron, y así el sinfín de caminos se redujo a muy pocos, y aumentó la nostalgia.

Las faenas de campo en un pueblo eminentemente agropecuario se aderezaban con la compañía de familiares, amigos y vecinos que se ayudaban mutuamente en esas tareas (acarreas, trillas, pisadas de uvas, matazones de cochino, recogidas y partida de almendras, etc.) y los caminos, entonces empedrados cuando no eran de sólo tierra, se llenaban con animales de carga, con ganado vacuno o cabrío, y con el rumor de las conversaciones entre quienes con ellos iban y venían a/de los campos en flor.

O las cosechas caseras, a veces tan frondosas que ameritaban una foto, como la de esta col, cultivada por mi padre, que alcanzó los 4,83 metros de altura.

De izq. a derecha: Yo, Carlos M. Padrón; mi hermana, María Celia Padrón; mi madre, Victoría Pérez Martín; mi padre, Tomás Padrón Sosa; mi tío abuelo, Juan Sosa Sánchez.

Los muchachos anhelábamos que llegara el día domingo para ir temprano a la Plaza Nueva, y antes de la misa mayor caminar en grupos alrededor de la iglesia en sentido contrario al de las muchachas que nos gustaban, para así cruzarnos dos veces con ellas en cada vuelta, e intercambiar sonrisas y sugerentes miradas furtivas.

En uno de esos paseos, un domingo de 1953, fue tomada esta foto.

De izq. a derecha: Carlos M. Padrón, Fernando Pino, Florencio Martín, Tomás Simón (Masico), Manolo Pino, y Santiago Herrera. Hace años que el único sobreviviente soy yo.

El primero en dejarnos fue Santiago, que murió en El Paso, creo que de cáncer de pulmón, uno o dos años después de tomada esta foto. Luego fue Manolo, que murió en Santa Cruz de Tenerife (Canarias). Luego Masico, en 1996 en el hospital Los Magallanes (Catia, Caracas). Y, por último, Fernando que murió en Higuerote (Venezuela) en 1998. No tengo datos sobre Florencio.

Han pasado 73 años desde esta foto, pero los recuerdos a ella asociados permanecen vivos en mí.

***

La romería de la Fiesta del Pino era de casi obligada asistencia.

En la Fiesta del Pino, primer domingo de septiembre de 1952, con mis padres y hermanas.

Desde muy joven me gustó cantar y formé parte de la coral del pueblo, dirigida unas veces por doña Luisa Pozuelo y otras por don Pedro Lorenzo.

Foto tomada el 08/12/1954.- De Izq. a derecha: Juan Antonio Pino, Antonio Capote (), ¿?, Miguel Díaz, Pedro Lorenzo (), Carlos M. Padrón, ¿?, ¿?, Javier Simón, y Teudis ().

Misma fecha de la foto anterior y mismos varones excepto por don Salvador Miralles (†) , al fondo a la izq., párroco del pueblo. Las damas, de atrás hacia adelante y de izq. a derecha: Teresa Calero, Carmen María Capote, Antonia Agustina (Marisol) Morera (†), Celina Martín, Luz María Benítez, Antonia María ¿?, Gloria Isabel Rodríguez, Pepita Taño, Rosa Castro, y Teresa García (†) .

Fiesta del Pino, primer domingo de septiembre de 1955. Detrás: Carlos M. Padrón y Francisco (Paco) Silva (). Al centro, y haciendo arco: Carmen Silva, Teresa Silva, María de los Ángeles (Keca) Silva, Nievitas ¿?, Lourdes ¿?. Delante: Celina Pérez Padrón, doble prima mía. Mi Los hermanos Silva Padrón son de Breña Alta y primos míos. Paco, el que está a mi izquierda, murió en Venezuela hace muchos años.

Las bodas eran también lugares de reunión a las que se asistí con traje formal y ánimo jovial. La foto que sigue fue tomada el 25/06/1956, durante una boda celebrada en la terraza de Monterrey.

De izq. a derecha: Juan Enrique Brito, Carlos M. Padrón, Javier Simón, Isnardo Molina (), Miguel Afonso, Florencio Martín (), y Gilberto Santana ().

Y en fechas señaladas eran frecuentes las representaciones teatrales en las que participábamos los más de los que estamos en esta foto tomada el 10/12/1956.

De atrás hacia adelante y de izq. a derecha. Fila trasera: Carlos M. Padrón, Fernando Pino (†). Fila central: María Hernández, Jesús Capote, Antonio Capote Pozuelo (†), Celina Martín. Fila delantera: Juana Brito (†), Imelda Martín

Foto tomada en la Fiesta del Pino del 01/09/1957, la última que gocé antes de dejar el nido, o sea, antes de irme de mi casa a vivir por mis propios medios. De izq. a derecha: Mario Rigoberto Rodríguez (), Carlos M. Padrón, Eleuterio Sicilia () y Antonio Capote Pozuelo(), . Desde el 10-07-2023, cuando nos dejó Mario Rigoberto, soy el único sobreviviente.

La que sigue fue tomada en la Cruz Grande (El Paso), frente a la entonces casa de Pepe “el Sirio”, en febrero de 1960.

Creo que, salvo Maximiliano y Antoñico —los dos caballeros sentados al fondo—, las demás personas que aparecemos en esta foto vivimos aún, aunque yo sólo conozca a dos o tres de los niños que en ella me acompañan.

Uno de ellos —el que está con el balón, y de mayor doctor en Medicina— consiguió en este blog mi dirección, me contactó hace años por e-mail y me envió esta misma foto que, aunque tal vez él no lo recuerde, llegó a sus manos porque fue tomada con mi cámara y, de vuelta yo en Santa Cruz de Tenerife, hice varias copias que mandé a mis hermanas en El Paso para que las dieran a los muchachos que vivían más cerca de nosotros.

Llevado por todos estos recuerdos y los muchísimos más que no tienen fotos que los ilustren, hace ya un cuarto de siglo grabé “Tiempos de ayer”. El tiempo transcurrido desde entonces ha redoblado la intensidad de los sentimientos que en 1984 me inspiraron la letra de esta canción.

Ficha técnica,

  • Título de la melodía instrumental: “Vino griego”, en arreglo de Anthony Ventura.
  • Grabada en mi casa, en Caracas, entre el 23 y el 27/04/1984.

***

P.D.: El signo () indica que la persona ha fallecido. Los signos de interrogación los uso para significar que no recuerdo el nombre o apellido oficial de la persona a que corresponden.

 

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