[Col}> Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes italianos nos trajeron

¡Ah, los italianos! Llegaron a Venezuela con una receta de salsa escondida en el bolsillo, una foto de la nona pegada con cinta en la maleta y una terquedad que ni el calor de La Guaira logró derretir. No vinieron a ver si les gustaba el clima. Vinieron a quedarse, como quien planta albahaca en maceta y dice: “Aquí me quedo, y que me sirvan café con acento”.

Trajeron la comida, pero no cualquier comida. Nada de pasta de sobre ni salsa aguada. Era espagueti con cuentos, con vino, con la nona gritando desde la cocina: “¡No le pongas ketchup, per Dio!”. Y la pizza… que ya se volvió platillo nacional. A la pasta le metimos carne molida y mayonesa. Un sacrilegio para Roma, una gloria para el paladar criollo.

También trajeron pan, y no cualquier pan. Pan sobado, pan con aceitunas, pan que huele a domingo. Y los quesos… ¡mamma mia! Provolone, parmesano, pecorino. Que aquí, como buenos tropicalizadores, los mezclamos con guayaba, con casabe, con lo que haya en la nevera. Porque en Venezuela todo se fusiona, todo se reinventa, todo se vuelve fiesta.

Pero no todo fue cocina. Trajeron oficio. Manos que sabían hacer zapatos, relojes, muebles, mosaicos. Fundaron negocios con nombres que parecen sacados de telenovela: “La Bella Napoli”, “Ferretería Roma”, “Pastelería Sicilia”. Y ahí siguen, atendidos por hijos y nietos que ya dicen “chévere” y “epa, chamo” con acento ítalo-criollo.

Trajeron sus dotes como albañiles, jardineros, carpinteros, plomeros, ebanistas y ese talento innato de tener siempre “un proyecto”. Laureano Márquez no se equivocó: el italiano sin proyecto no existe. Si no está construyendo algo, está planificando cómo construirlo.

Nos enseñaron a celebrar con máscaras, comparsas, vino en botellas metidas en cestas y canciones que todos cantamos con voz de drama. Nos regalaron cine, teatro, ópera. Y refranes que se mezclaron con los nuestros: “Chi madruga, Dio lo ayuda… pero el que no madruga también desayuna”, versión sabanera del refranero napolitano.

En las ciudades dejaron huella: fachadas con arcos, patios con mosaicos, fuentes que parecen sacadas de Roma pero con loros y matas de mango. Fundaron clubes donde se juega dominó con acento italiano y se baila merengue criollo con vino tinto. Porque aquí todo se mezcla, todo se vuelve ritual.

Y los apellidos… Di Stefano, Di Parsia, Di Giacomo, Boccanera, Bombaci, Stanzione, Simonato, Mancini, Rossi. Hoy se pronuncian con sabor a papelón y están en todas partes: en los restaurantes, en el banco, en la radio, en la política. No sólo se quedaron: se multiplicaron como panettone en diciembre. Y ahora somos una mezcla deliciosa de casabe con carpaccio, de joropo con tarantela.

Pero más allá de lo tangible, nos trajeron una manera de vivir: intensa, familiar, sabrosa. Nos enseñaron que la mesa es sagrada, que el domingo se come en grupo, que el trabajo se hace con las manos pero también con el corazón.

Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio, cariño y plátano frito.

Nos trajeron música, como quien trae semillas en los bolsillos: pequeñas, listas para florecer. Y florecieron. La radio se llenó de voces que pronto se volvieron nuestras.

La televisión se vistió de melodías nuevas, los teatros se encendieron con ritmos que no sabíamos que necesitábamos, y las salas de fiesta se convirtieron en altares donde el cuerpo celebraba lo que el alma reconocía.

Entre esas voces que cruzaron el mar llegaron artistas como Nino Moruzzi, figura de la ópera venezolana; Gino Renni, que trajo humor y música con acento italiano; y Carlos Scoffio, que tejió puentes líricos entre dos orillas. Cantaron a  Verdi, Puccini, Rossini, pero también canzones que se volvieron parte del repertorio del país.

Fue como si la radio se hubiera convertido en una puerta abierta al corazón de Italia. Adamo nos visitó con su melancolía elegante, esa voz que parecía susurrar desde un balcón veneciano en plena lluvia caraqueña. Cantaba “Cae la nieve”, “Mis manos en tu cintura” y “Es mi vida”, y cada canción era como un copo que se posaba en la nostalgia, una estampa sonora que nos envolvía con ternura.

Mina, con su potencia vocal y mirada de esfinge, nos enseñó que una mujer podía cantar como si estuviera tallando mármol con las cuerdas vocales. “Grande grande grande”, “Parole parole” y “Il cielo in una stanza” se volvieron himnos de lo que no se dice pero se siente, como secretos que flotan en el aire entre el café y la sobremesa.

Domenico Modugno apareció como un vendaval azul, volando alto con los brazos abiertos en “Volare (Nel blu dipinto di blu)”, y nos dejó “Meraviglioso” y “La lontananza” como postales de un amor que se canta desde lejos, con voz de viento y corazón de viajero. Gianni Morandi, con su voz de noches de sábado, nos abrazó con su “Non son degno di te”.. Bobby Solo hizo que muchos estrenaran besos con su “Se piangi, se ridi”.

Y apareció Gigliola Cinquetti, con su voz cristalina que parecía venir de una fuente escondida en Verona. “Non ho l’età”, “Dio, come ti amo”, “La pioggia” y “Alle porte del sole” eran canciones que se escuchaban como quien abre una carta escrita con pétalos. Ella cantaba como si el amor fuera una promesa hecha en domingo, con vestido blanco y zapatos nuevos.

Nicola Di Bari trajo consigo la ternura de los que cantan con los ojos cerrados. “El último romántico”, “Il cuore è uno zingaro” y “Los días del arcoíris” eran como cartas escritas con vino tinto y papel de arroz, mensajes que llegaban desde lejos pero sabían a casa. Riccardo Cocciante convirtió cada canción en una caricia que a veces se volvía grito, como si el alma se le escapara por la garganta.

“Bella senza anima” y “Sincerità” eran confesiones que se decían con la voz quebrada y el pecho abierto, como quien canta para no romperse. Umberto Tozzi nos puso a brincar como locos con su “Gloria”.

Eros Ramazzotti, con ese timbre  que mezcla pasión y nostalgia, se volvió banda sonora de amores que empezaban en la pastelería, entre vitrinas de merengue y suspiros robados. “Piú bella cosa”, “Otra como tú” y “Qué fantástico” se colaban en las radios como si fueran cartas sin sobre, confesiones que se escuchaban mientras se elegía un pastel.

Laura Pausini, fuerza dulce y voz de confesionario, se metió en nuestras historias de amor y desamor como quien entra en la cocina y se sienta a escuchar mientras se prepara café. “Se fue”, “La soledad”, y “En cambio no” nos enseñaron que llorar también puede ser un acto de belleza, una forma de recordar sin perder la alegría.

Y no olvidemos a nuestros ítalo-venezolanos de oro: Franco De Vita y Yordano. Hijos de la mezcla, poetas del asfalto, músicos del alma nacional. Sus letras son mapas de nuestras emociones, sus melodías retratos de nuestras calles. Son prueba viva de que cuando la raíz se mezcla, florece más fuerte.

Todos tenemos amigos italianos. Muchos se casaron con venezolanos. Nuestros ADN de sangre liviana, de risa fácil y enamorados del amor se juntaron Y así, entre criollos y tanos, entre refranes, recetas y abrazos, se tejió una historia compartida. Una historia que huele a salsa di pomodoro, suena a acordeón y sabe a hogar.

Los italianos no sólo llegaron a Venezuela. Se volvieron parte de ella. Y nosotros, encantados, les hicimos un huequito en el alma. ¿Es imaginable Venezuela sin los descendientes de italianos? No.

Perdón por lo largo. Pero tratándose de los italianos, ¿cómo se cuenta una historia corta si todo lo que traen viene con sobremesa? “Non è vero, amore?”

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[Col}> Lo que nos trajeron los colombianos / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los colombianos

Pienso en los colombianos y de inmediato me encuentro en los brazos de mi tata. Se llamaba Constancia, pero yo, con mi lengua de trapo, le decía “Costa”, como quien le pone mar a la ternura.

Hasta que se fue, no hubo recuerdo mío sin ella. Y cuando evoco a los colombianos que llegaron a Venezuela, se me alborota todo lo bueno que tengo dentro. Se me despierta el alma como cuando suena un porro sabanero, una cumbia, un vallenato, y los hombros se mueven solos, como si la alegría viniera en oleadas.

Miles, decenas de miles cruzaron ríos, trochas, silencios y esperanzas. Vinieron buscando paz, trabajo, un pedacito de futuro. Y no llegaron con las manos vacías, ¡qué va! Trajeron arepas de maíz pelao, cumbias que hacen que hasta el abuelo se levante a bailar, recetas que mezclan cilantro con fe, cuentos que nacen en el Magdalena y terminan en los rincones de nuestras cocinas.

Nos regalaron su manera de decir “hermano”, como quien dice “no estás solo”. Nos enseñaron el arte del café fuerte, la conversación larga y el chiste breve. Nos mostraron que una buena empanada se mide por el crujido, y que la música no se escucha: se vive. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la nostalgia en parranda.

 

Y si me preguntan por qué se me alborota el alma cuando pienso en ellos, les cuento que mi hermana se casó con uno. Bumangués, con sonrisa de aguacero fresco y manos que saben sembrar futuro. Vino buscando trabajo, y encontró familia. Se quedó echando raíces, como quien planta guayaba en tierra fértil. Hoy, cuando lo escucho hablar con acento santandereano, pienso que el amor también migra, también se mezcla, también se vuelve costumbre.

En nuestras reuniones familiares, entre hallacas y carimañolas, entre gaitas y bambucos, se arma una fiesta donde nadie pregunta de dónde viene uno, sino con qué ritmo quiere brindar. Y en esa casa, nunca falta el aguardientico, listo para cualquier asunto que requiera conversa.

Pienso en los colombianos y me acuerdo de la señora Mariela, que decía que en Cúcuta las arepas se hacen más delgaditas, más tostadas, más cantarinas. Me acuerdo de don Efraín, que arreglaba zapatos y corazones con la misma ternura. De la señora Luz, que bordaba mientras cantaba “era la piragua” como si fuera un rezo. Y de los niños que aprendieron a decir “chévere” sin dejar de decir “bacano”.

Y entonces me acuerdo de mi Costa, que decía que la mezcla es bendición. Que cuando uno junta el ají colombiano con el papelón venezolano, lo que sale es puro sabor de pueblo. Ella decía que los colombianos no vinieron: se quedaron. Se quedaron en nuestras canciones, en nuestras cocinas, en nuestras maneras de querer.

Porque la mezcla no resta, multiplica. Porque cuando uno se junta con quien viene de lejos, se le ensancha el alma y se le afina el oído para escuchar otras memorias. Y entonces, como quien se sirve un café con panela y le pone un pedacito de queso adentro, me digo: bendita sea Costa, mi tata, que me enseñó que la ternura no tiene fronteras. Con ella fui a Cúcuta, a Pamplona, a Cartagena, a Bogotá. Y nos quedaron pendientes otros viajes por la linda Colombia.

Benditos sean los que cruzaron la frontera para traernos su alegría, su trabajo y su manera de decir “hermano” como si fuera un conjuro contra la soledad. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la tristeza en canción. Y si no me creen, escuchen a Juanes cantando que la vida es un ratico, a Santiago Cruz cuando le pone piano a la melancolía, a Aterciopelados cuando convierten Bogotá en ritual sonoro. Escuchen a Carlos Vives que nos enseñó que el vallenato también se baila con tenis, a Shakira que hizo del Caribe un idioma global, a Sebastián Yatra que canta como si el amor fuera arequipe, a Andrés Cepeda que le pone vino tinto a la nostalgia, a Fonseca que hace del pop y las baladas una fiesta de sonidos de ensueño, a Jorge Celedón que convierte cada verso de sus canciones en parranda y abrazo. Y se me quedan tantos en el tintero, como se quedan los nombres de los que uno ama, pero no ha escrito aún.

No hay cosa más absurda que el pleito inventado entre Colombia y Venezuela. Inventado, sí, achacándole a Bolívar y Santander una pelea que sólo vive en chismes de esquina. Ese supuesto desencuentro entre el Libertador y el Hombre de las Leyes se ha convertido en novela de pasillo, con más especulación que evidencia.

Que si Bolívar lo miró feo, que si Santander le negó un café, que si uno quería más centralismo y el otro más legalismo… ¡Bah! Lo que hubo fue diferencia de visión, no enemistad de pueblo. Y de ahí, algunos con vocación de telenovelistas se pusieron a inventar un drama que nunca tuvo libreto.

Ese pleito es como una pelea entre hermanos por una herencia que nunca existió. Y mientras algunos se empeñan en repetir el chisme, millones de colombianos y venezolanos se casan, se abrazan, se mezclan, se celebran. Como mi hermana, que se enamoró de un bumangués y con eso le dio un puntapié a la historia mal contada.

Así que propongo un brindis: por Bolívar y Santander, que seguramente estarían hartos de que los usen como excusa para peleas ajenas. Por los pueblos que se mezclan sin pedir permiso. Y por ti, colombo-venezolano, que conviertes la historia en fiesta y el chisme en refrán: “Pleito inventado no tiene raíz, y si la tiene, que la agarre el tambor y la vuelva canción”.