[Col}>La ética del perdón / Soledad Morillo Belloso

07-03-2026

Soledad Morillo Belloso

La ética del perdón

En algún lugar —no sé si en una página subrayada o en una conversación que se me quedó pegada al alma— escuché una frase de Víctor Guédez que me detuvo en seco. No la recuerdo palabra por palabra, pero mi memoria la destiló así: “El perdón es un acto ético porque libera a quien perdona de la esclavitud del daño y lo reconcilia consigo mismo antes que con el otro.

” Quizás no sea la cita exacta, pero es la versión que mi mente decidió guardar en ese estante reservado para las ideas que iluminan. Allí, en ese cuadrante íntimo donde archivo lo que de verdad importa, esa frase se instaló como una brújula silenciosa.

El perdón y el olvido suelen mencionarse como si fueran dos pasos de un mismo gesto, pero cada uno tiene su propio ritmo. Perdonar es un acto consciente; olvidar, un fenómeno que no siempre obedece.

El perdón se trabaja desde adentro, con lucidez y con la voluntad de no seguir cargando un peso que asfixia. No significa absolver. Absolver es declarar inocente, borrar la falta, como si lo ocurrido no hubiera ocurrido. Perdonar, en cambio, no exige negar la herida ni justificarla: exige reconocerla sin permitir que gobierne la vida.

La culpa y la responsabilidad atraviesan cualquier reflexión sobre el perdón. La culpa es la marca del acto cometido; la responsabilidad es la conciencia de esa marca. Una puede existir sin la otra: hay quienes sienten culpa sin asumir responsabilidad, y quienes asumen responsabilidad sin hundirse en la culpa. Pero cuando ambas coinciden, se abre un espacio donde el perdón —si llega— adquiere sentido.

Perdonar no es absolver. Absolver borra la responsabilidad del otro; perdonar reconoce la falta, reconoce la herida, reconoce la responsabilidad, pero decide no vivir atrapado en ella. Es un acto de soberanía emocional, no de justicia. La justicia se ocupa del otro; el perdón se ocupa de la libertad propia.

Y allí aparece el beneficio íntimo de quien perdona. La culpa ajena puede convertirse en un ancla si uno la sostiene demasiado tiempo. El rencor es una forma de cargar con la responsabilidad del otro, como si fuera nuestra. Perdonar es soltar esa carga. No borra la memoria ni la historia, pero sí borra la obligación de seguir sufriendo por ellas.

El olvido pertenece al territorio de la memoria. Se puede recordar perfectamente lo ocurrido —y la responsabilidad de quien lo hizo— y aun así perdonar. Ese es el perdón lúcido, el que no se apoya en la amnesia sino en la decisión. También se puede olvidar sin haber perdonado, y entonces la responsabilidad queda suspendida como una deuda emocional no resuelta.

La memoria es caprichosa: guarda lo que quisiéramos soltar y borra lo que quisiéramos conservar. A veces el tiempo atenúa, pero no borra; a veces borra sin que lo pidamos. Olvidar puede ser alivio o trampa: sin memoria no hay aprendizaje, y sin aprendizaje repetimos la historia como un eco obstinado.

Perdonar produce un beneficio profundo en quien perdona. No porque el otro lo merezca, sino porque el acto de soltar libera una energía atrapada en el rencor. El resentimiento es una prisión: consume atención, desgasta el ánimo, ocupa espacio mental.

Perdonar es abrir una ventana para que entre aire nuevo. Es recuperar agencia: mientras el rencor gobierna, uno reacciona; cuando se perdona, uno decide. No borra la memoria, pero la reordena. Permite mirar hacia adelante sin que el pasado tire de la ropa.

Juan lo aprendió de la manera más dura. Recibió la notificación de que el asesino de su esposa sería ejecutado y que podía presenciar la ejecución. Aceptó. Creyó que asistir era una forma de hacer justicia, de cerrar un ciclo, de honrar la memoria de su esposa.

Se sentó en una pequeña sala, vio abrirse una cortina y, tras un vidrio, observó cómo se administraban las dosis letales. Todo ocurrió con una frialdad casi administrativa. Juan no apartó la mirada. Pensó que ver morir al culpable aliviaría su propio dolor.

Pero más tarde, ya en su casa, después de un largo trayecto en tren, se derrumbó. Presenciar la ejecución no le había producido alivio. Nada había cambiado en su interior. El dolor seguía intacto. La muerte del culpable no había resuelto la herida del inocente.

Ese ejemplo revela algo esencial: la responsabilidad del otro puede ser saldada por la justicia, pero el dolor propio no se salda con castigos ajenos. La culpa del asesino fue reconocida y castigada, pero nada de eso tocó el territorio íntimo donde vive el duelo. La justicia puede cerrar expedientes; no puede cerrar heridas.

Por eso el perdón —cuando llega— no tiene que ver con absolver al culpable ni con negar su responsabilidad. Tiene que ver con liberar al que sufre de la carga emocional que lo mantiene atado al daño. El dolor no obedece a sentencias. El dolor solo entiende de procesos íntimos. El caso de Juan muestra que la justicia actúa sobre los hechos; el perdón actúa sobre la herida. Y el olvido, cuando llega, es apenas un visitante caprichoso. La verdadera libertad emocional no viene de ver morir al culpable, sino de dejar de morir uno mismo cada día por lo ocurrido.

Hay algo profundamente ético en el perdón, y no porque convierta al otro en alguien “merecedor” de indulgencia, sino porque es un acto de ética hacia uno mismo. El perdón, entendido en su dimensión más honda, no es un gesto moral hacia el culpable, sino un gesto moral hacia la propia vida. Es una decisión que afirma: mi bienestar importa, mi paz importa, mi dignidad emocional importa.

Perdonar es un acto íntimo de responsabilidad con uno mismo. Es decir: “No voy a permitir que este daño siga determinando mi manera de estar en el mundo”. Es una ética de autocuidado, pero también de claridad: reconocer la herida, reconocer la responsabilidad del otro, y aun así elegir no quedar fijado en ese punto del tiempo.

Esa ética del perdón no es blanda ni complaciente. Es exigente. Obliga a distinguir entre lo que pertenece al otro —su culpa, su responsabilidad, su historia— y lo que nos pertenece a nosotros —nuestro dolor, nuestra capacidad de transformarlo, nuestra libertad interior. Perdonar es un acto de justicia hacia uno mismo: una forma de no seguir cargando con lo que no nos corresponde.

Por eso el perdón tiene una dimensión ética tan poderosa: porque nos devuelve a nuestra propia soberanía. Nos recuerda que no estamos obligados a vivir en el rencor, que no estamos condenados a repetir el agravio, que no somos rehenes de lo que nos hicieron. El perdón es una afirmación de vida: una manera de decir “mi integridad vale más que la herida”.

Quizás la tarea no sea elegir entre perdonar u olvidar, sino encontrar la manera de seguir adelante sin que el pasado dicte el paso. A veces basta con recordar sin rencor. A veces basta con aceptar que no habrá olvido, pero sí puede haber serenidad. Y a veces el perdón es un regalo silencioso que uno se hace a sí mismo, aunque nadie más lo note.

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01-04-2026

La construcción que se aplica a alguien que no ha sufrido daño es sano y salvo, y no es adecuado añadirle la preposición ‘a’ (a sano y salvo).

Uso inadecuado

  • Un joven de 21 años fue localizado a sano y salvo.
  • Esperamos que pronto se recupere del susto y pueda regresar a sano y salvo a su hogar.
  • La policía relató que lo encontraron a sano y salvo y que ya estaba en su casa.

Uso adecuado

  • Un joven de 21 años fue localizado sano y salvo.
  • Esperamos que pronto se recupere del susto y pueda regresar sano y salvo a su hogar.
  • La policía relató que lo encontraron sano y salvo y que ya estaba en su casa.

El Diccionario de la lengua española recoge la locución adjetival ‘sano y salvo’ con el sentido de ‘sin lesión, enfermedad ni peligro’ («Llegó sana y salva»). Por su parte, ‘a salvo’, con la preposición inicial, se registra como construcción adverbial con el significado de ‘sin detrimento o menoscabo, fuera de peligro’ («No te preocupes, ya estás a salvo»). Así, no resulta apropiado mezclar ambas y formar a sano y salvo, con la preposición ‘a’ al comienzo.

Fuente

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