[Canarias}> La Palma. El primer Ayuntamiento democrático de España no estaba en Madrid ni en Barcelona

29-03-2026

Jorge Siverio

El primer Ayuntamiento democrático de España no estaba en Madrid ni en Barcelona: estaba en una isla que llegó a superar a Lisboa como potencia oceánica

Azúcar, vino y galeones convirtieron este pequeño territorio insular en el tercer puerto del Imperio español

En el siglo XVI, Santa Cruz de La Palma era el tercer puerto más activo del Imperio español, sólo superado por Sevilla y Amberes. Nada de Lisboa, Cádiz o Las Palmas de Gran Canaria. Fue una ciudad pequeña, de dimensiones modestas, fundada en 1493 en el extremo occidental del Archipiélago, pero que llegó a concentrar un tráfico comercial capaz de competir con las grandes urbes del momento.

Ese pasado —poderoso, cosmopolita, denso— es lo que explica por qué su casco histórico, hoy Bien de Interés Cultural, tiene la arquitectura que alberga. Las casas, los balcones de madera esplendorosos e impropios de una ciudad pequeña, y las iglesias con retablos barrocos o portadas renacentistas son la huella física de un periodo de esplendor que duró más de dos siglos.

Una ciudad construida con dinero del océano

Alonso Fernández de Lugo fundó Santa Cruz de La Palma el 3 de mayo de 1493, apenas un año después de que Colón regresara de su primer viaje. La elección del lugar se proyecta porque la bahía ofrecía condiciones excepcionales para el abrigo de embarcaciones, y la isla entera disponía de tierras fértiles aptas para el cultivo de caña de azúcar, el producto que en aquel momento estaba redefiniendo la economía del mundo occidental.

El azúcar lo cambió todo. Con él llegaron los capitales, los comerciantes extranjeros y la infraestructura portuaria necesaria para sostener un flujo constante de mercancías. Portugueses, flamencos e ingleses se instalaron en la ciudad, trajeron sus propias tradiciones constructivas y dejaron una impronta arquitectónica que todavía hoy resulta legible en las fachadas del centro. La calle Real —conocida como O’Daly en honor a un irlandés influyente del siglo XVIII— fue durante décadas el eje de ese intercambio.

Comerciantes de media Europa cerraban aquí sus tratos antes de que los barcos zarparan hacia el Nuevo Mundo.

Cuando el azúcar decayó, fue el vino el que mantuvo el pulso exportador de la isla. La economía palmera demostró una capacidad de adaptación notable y la ciudad siguió creciendo, consolidando una burguesía mercantil que invirtió su riqueza en arquitectura. Plaza de España, Avenida Marítima, las grandes iglesias parroquiales: buena parte del patrimonio visible hoy tiene su origen en esa acumulación de capital atlántico.

La democracia más antigua de España

Entre las curiosidades históricas que la ciudad atesora hay una que pocos conocen. En 1773, el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma se convirtió en el primero de España elegido por sufragio popular. Décadas antes de que la Revolución Francesa pusiera el concepto de soberanía popular en el centro del debate político europeo, esta ciudad insular ya había ensayado, en su escala, algo parecido a la representación democrática.

Detrás de aquel hecho estaba, precisamente, Dionisio O’Daly, el comerciante irlandés que da nombre a la calle principal. Su influencia sobre la vida pública fue considerable y su figura ilustra bien el carácter de una ciudad acostumbrada desde siempre a la presencia de extranjeros.

Lo que dejaron siglos en pie

La Plaza de España concentra algunos de los edificios más representativos de la capital: el Ayuntamiento renacentista, con una fachada de piedra que es de las más fotografiadas de Canarias, y la Iglesia Matriz de El Salvador, iniciada en 1508, donde conviven el gótico, el renacimiento y una influencia mudéjar que delata la diversidad de maestros que trabajaron en su construcción a lo largo de décadas.

Más adelante, en la Plaza de la Alameda, una réplica de la carabela Santa María —el Barco de la Virgen— alberga el Museo Naval de la ciudad. Mapas de época, instrumentos de navegación, documentos que acreditan el papel de La Palma como escala oceánica.

Los balcones de madera de la Avenida Marítima, ricamente decorados y de una factura técnica notable, son quizás el elemento más fotogénico de la ciudad. Su origen también es histórico. La influencia portuguesa en la carpintería local fue determinante y los resultados, especialmente visibles en este paseo frente al Atlántico, no tienen equivalente en ningún otro municipio de las Islas.

Una capital que sobrevivió a su propio declive

A partir del siglo XVIII, cuando las rutas comerciales se desplazaron y otros puertos ganaron protagonismo, Santa Cruz de La Palma fue perdiendo el peso específico que había tenido. Ese declive relativo, sin embargo, tuvo una consecuencia: la ciudad no fue demolida ni transformada para adaptarse a nuevas demandas económicas. Se quedó como estaba. Y esa inmovilidad, que en su momento pudo vivirse como un síntoma de abandono, es hoy su mayor valor.

El casco histórico que puede recorrerse ahora —con su trazado colonial, sus iglesias, su Museo Insular y sus casas de balcones— es el mismo que existía cuando los galeones todavía atracaban en su bahía. Una ciudad que sobrevivió a su propio esplendor y que, por eso mismo, lo conserva entero.

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[SE}> El que jala y el que se deja jalar / Soledad Morillo Belloso

05-03-2026

Soledad Morillo Belloso

El que jala y el que se deja jalar

“La tragedia venezolana no es el poder, sino la fascinación que produce.” / José Ignacio Cabrujas

En Venezuela, la expresión “jalar bola” se asocia en el imaginario popular a un origen carcelario, donde designaba la conducta del recluso que se sometía servilmente al presidiario dominante.

“Jalar” aludía a la acción física y humillante de manipular la “bola” del preso poderoso, como símbolo extremo de subordinación, dependencia y pérdida total de dignidad.

Con el tiempo, la frase salió del ámbito penitenciario y pasó al lenguaje cotidiano para describir a quien se humilla voluntariamente ante una figura de poder con fines utilitarios.

En ese tránsito, la expresión conservó su carga de desprecio moral: llamar a alguien “jalabolas” no es acusarlo de simpatía, sino de sumisión interesada, de estar dispuesto a degradarse para obtener beneficio. La expresión “jalar bola” no tiene connotación sexual alguna. Es un coloquialismo, no un escatologismo.

En política, jalar no es un acto ingenuo ni accidental. Es una práctica consciente, calculada y profundamente corrosiva. Jala quien adula a sabiendas, quien mide cada elogio como una moneda de cambio. No hay admiración genuina en ese gesto, sino interés. Se halaga para obtener algo: un cargo, una protección, un acceso, una cuota de poder. Jalar es invertir dignidad esperando retorno.

El que jala no cree en ideas ni en proyectos. Cree en oportunidades. Ajusta su discurso según el oído que lo escuche y el despacho en el que se encuentre. Hoy aplaude lo que ayer criticó y mañana negará haber aplaudido. Su coherencia es flexible, su memoria conveniente y su lealtad siempre provisional. No defiende principios: defiende su lugar cerca del poder. Hacia arriba es sumiso; hacia abajo, soberbio.

El que se deja jalar tampoco es víctima. Sabe que lo están adulando y aun así lo permite. A veces porque le conviene, a veces porque le gusta. Confunde el halago interesado con respaldo político y el silencio cómodo con consenso. Rodearse de jaladores le evita conflictos, críticas y decisiones incómodas. Así se construye una realidad artificial donde todo funciona, todo se aprueba y nadie incomoda.

Esta relación es devastadora para la política. El que jala anula la crítica; el que se deja jalar la castiga. El resultado es un ecosistema donde la mediocridad asciende y la capacidad estorba. No progresa el que piensa mejor, sino el que adula más. No se escucha al que advierte, sino al que aplaude. Las decisiones se toman mal, tarde o por puro ego.

Cuando la política se llena de jaladores, el lenguaje se vacía. Todo suena correcto, todo parece leal, todo es falso. Se repiten consignas mientras la realidad se deteriora. Nadie dice lo que ve porque decir la verdad no da beneficios inmediatos. Jalar, en cambio, siempre paga… hasta que deja de hacerlo.

Y cuando deja de pagar, el derrumbe es inevitable. El que se dejó jalar descubre que estaba rodeado de oportunistas sin convicciones ni diagnósticos. Los aplausos desaparecen, los elogios se evaporan y el poder queda solo, mal informado y sin rumbo. El sistema colapsa no por sorpresa, sino por ceguera voluntaria.

El que jala también termina perdiendo. Renuncia a cualquier autonomía, se vuelve dependiente del favor ajeno y queda incapacitado para sostenerse por mérito propio. No construye nada duradero: sobrevive de rodillas. Su trayectoria política es una suma de concesiones morales que lo vacían hasta dejarlo sin identidad.

Una política basada en la adulación consciente no fracasa por error. Fracasa porque nadie se atreve a decir lo que ve. El poder se intoxica de halagos, los jaladores viven de poder mal habido y la sociedad paga el costo completo.

No hay correcciones posibles donde todos hablan para agradar y nadie habla para advertir. No es una caída brusca: es una descomposición lenta, rodeada de aplausos. Un político inteligente es el que se asegura de tener cerca, muy cerca, a  consejeros que sean críticos severos, y de apartar a los “jalabolas”.

La historia del mundo —y la de Venezuela en particular— está repleta de personajes que se volvieron expertos en el jalabolismo y de líderes que se dejaron adular sin pudor. Unos hicieron carrera arrastrándose; otros se convencieron de su propia grandeza escuchando halagos interesados. Ambos terminaron haciendo el papelón de su vida: los primeros por renunciar a toda dignidad, los segundos por confundir adulación con legitimidad. La política les pasó factura, aunque casi siempre fue el país el que pagó el costo.

Una política donde jalar bola da más rédito que decir la verdad no se equivoca de rumbo: elige conscientemente la decadencia.

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