24-11-2025
Soledad Morillo Belloso
“Las caraotas son memoria de pueblo”
Felicia cocinaba caraotas negras en una olla de barro heredada de su abuela. El fogón chisporroteaba como si conversara con las brasas, y el humo, terco y dulzón, se impregnaba en las paredes de bahareque, dejando cicatrices de memoria en cada grieta. Afuera, el viento traía rumores de mar y de plaza, pero dentro de la cocina todo era un rito íntimo, un conjuro contra el desgaste del tiempo.
“Las caraotas son memoria de pueblo”, repetía con voz grave, como quien dicta un rezo. Y cada cucharada era más que alimento: era un manjar contra el olvido, la afirmación de que la vida se sostiene en lo sencillo, en lo que se comparte. El hervor lento parecía marcar el pulso de generaciones, como si en el burbujeo se escucharan las voces de los que ya no estaban, los que sembraron, los que migraron, los que dejaron su rastro en la tierra.
El caldo oscuro, espeso y fragante, era un espejo donde se reflejaban las ausencias y las ternuras. Allí se mezclaban la paciencia de las mujeres que esperan, la risa de los carricitos que corren descalzos, la fatiga de los hombres que vuelven del campo con las manos curtidas. Cada grano era un latido, cada hervor un recuerdo, cada plato servido una promesa de continuidad.
Felicia sabía que cocinar caraotas era más que llenar el estómago: era custodiar un archivo vivo, un relato que se contaba sin palabras. En sus caraotas se cruzaban la historia y la esperanza, la carencia y la dignidad, la soledad y la compañía. Y cuando la mesa se llenaba de voces, de arepas compartidas, de cucharas golpeando el borde de los platos, ella sonreía con la certeza de que cada cucharada de sus caraotas negras era, en verdad, un himno humilde contra la desmemoria. En esas caraotas había amor del Bueno. Y con eso bastaba para que el esfuerzo del día valiera la pena.