07-10-2025
La vida es una carambola
Por muy inteligente que te creas, por mucho que hayas leído, subrayado, anotado al margen y hasta memorizado con voz de declamador, nunca sabes cómo va a resultar una carambola. Puedes tener tres doctorados, hablar cinco idiomas y citar a Spinoza mientras haces café, pero la vida —esa señora con bata de flores y pantuflas filosóficas— tiene una puntería caprichosa y un sentido del humor que ni Bryce Echenique en sus días más traviesos.
La carambola no respeta currículum. Es ese momento en que tú, tan brillante, tan estratega, lanzas la bola con elegancia, calculando ángulos, velocidades, fricciones, y zas: rebota en el borde, se tropieza con una duda existencial, se desliza por una lágrima mal contenida y termina en el bolsillo equivocado. O en ninguno. O en el bolsillo de otro. O en el suelo, junto a tu dignidad y tu plan quinquenal.
La carambola es la metáfora perfecta de lo que no controlamos. Es el recordatorio de que la vida no se deja domesticar por Excel ni por tratados filosóficos. Es el golpe que pensabas maestro y resulta tragicómico. Es el amor que parecía eterno y se disuelve en una discusión sobre cortinas. Es el trabajo soñado que se convierte en pesadilla con cafetera rota. Es el amigo con el que te peleas justo después de que le prestaste el libro que más amas. Es el cuerpo que envejece sin pedir permiso, la voz que tiembla cuando no debería, el silencio que se instala en un auditorio cuando esperabas aplausos.
Y ahí estás tú, con tu inteligencia brillante, tu biblioteca ordenada por temas y colores, tu capacidad de análisis, tu sarcasmo afilado… mirando cómo la bola hace lo que le da la gana. Porque hay cosas que no se pueden predecir, ni controlar, ni encerrar en teorías. Hay carambolas que son poesía, otras que son bofetadas, y otras que son chistes malos contados por el destino.
Así que sí, estudia, piensa, afina tu mente como violín de concierto. Pero no olvides que hay días en que la vida juega billar con los ojos vendados y los pies en la mesa. Y tú solo puedes mirar, reírte un poco, llorar si hace falta y volver a colocar las bolas. Porque al final, lo que importa no es ganar la partida, sino saber perder con estilo. Y reírte de la carambola como quien celebra el caos con copa en mano y refrán a flor de labios.
Y si por casualidad logras una carambola perfecta —esa jugada que parece escrita por los dioses del billar y narrada por García Márquez en día de parranda— no te emociones demasiado. Porque justo cuando crees que entendiste el truco, que dominas el tablero, que ya puedes dar consejos en podcast motivacional, la vida te cambia las reglas. Te pone bolas nuevas, te quita el taco, te apaga la luz y te dice: “Ahora juega con la intuición”. Y tú, que venías con manual, te quedas con cara de PowerPoint sin conexión.
La vida no quiere que la entiendas. Quiere que la bailes. Que la tropieces. Que la celebres con torpeza y refranes mal dichos. Que te rías de tus cálculos fallidos y abraces el rebote inesperado. Que conviertas el error en relato, el golpe torcido en canción, y el fracaso en sobremesa con café colado. Porque al final, lo que queda no es la jugada perfecta, sino la carcajada compartida cuando todo salió al revés y, sin embargo, seguimos jugando.
Mi vida no es lo que es, es como yo me la cuento a mí misma. Y en ese cuento hay exageraciones, silencios estratégicos, refranes reciclados, escenas que repito como mantra y otras que edito con descaro. Hay cosas que no quiero recordar porque no me sirve para nada recordar. Mi versión de mi vida no es mentira, y no tiene falsos agregados, es edición afectiva. Un relato al que le he arrancado unas cuantas páginas, porque afean el texto. Es narrativa de supervivencia. Es convertir el caos en relato, el duelo en ritmo, la carambola en metáfora.
Porque si me dejo llevar por lo que “es”, termino atrapada en el parte médico, en el saldo bancario, en la lista de pendientes. Pero si me la cuento como yo quiero, entonces aparece la risa en medio del apagón, el amor en la grieta, el recuerdo magnífico, la dignidad que quedó incólume en mi más reciente caída con la consiguiente carcajada propia y de testigos. Me la cuento con humor tragicómico, con voz de sobremesa, a ritmo de guaracha existencial. Y ahí, en esa versión que no busca ser objetiva sino profundamente mía, la vida se vuelve vivible. Y hasta hermosa.
