02-11-2025
La aguja no permite lágrimas
En la Caracas de los años cincuenta, cuando las aceras olían a almidón, a colonia Maja y a café recién colado, apareció Hannah. Llegó con su acento de lejos y sus manos de cerca, como quien trae un secreto entre los dedos. Venía de Europa, con la memoria cosida en una maleta desvencijada y el oficio heredado de abuelas que bordaban sin patrón, con la luz de una vela y la paciencia de los siglos. Era judía, sí, pero más que eso: era sombrerera. Y eso, en una ciudad que aprendía a peinarse, era casi un acto de fe.
Su padre había sido sastre, de los que cosen con la espalda recta y el silencio bien planchado. Sabía tomar medidas sin tocar, leer la caída de una tela como quien lee un poema. Su madre, en cambio, era profesora de piano, y hablaba en acordes mayores. En casa, mientras él hilvanaba chaquetas y ella ensayaba mazurcas, Hannah aprendía que la belleza podía venir del trazo exacto o del temblor de una nota. De ellos heredó la precisión y la melodía, y con esas dos cosas hizo sombreros que parecían canciones sobre la cabeza.
Tenía un localito en Chacaíto, entre una zapatería de suelas gastadas y una tienda de telas que olía a almidón y a encajes. No tenía letrero. No hacía falta. Bastaba con asomarse a la vitrina para entender que allí se tejía algo más que moda: sombreros de fieltro, de rafia, de terciopelo, con plumas, con cintas, con insolencia y ternura. Las clientas, señoras de El Paraíso y de La Florida, la llamaban “Ana”, por aquello de que la “h” en español es silente. Iban a probarse modelos para bodas, bautizos, entierros y domingos de misa. Hannah, “Ana”, las miraba con la dulzura de quien sabe leer el alma, y decía en español con acento que denotaba su origen: “Ese no es para usted. Usted necesita un ala más ancha. Usted tiene tristeza en la frente.”
No vendía sombreros. Los recetaba.
Los hacía en silencio, con alfileres en la boca, la radio encendida en Radio Nacional y el corazón en otra parte, tal vez en las calles de Praga. A veces cantaba bajito, en yiddish o en un español que parecía tejido con hilos de otro tiempo. Y las clientas se quedaban quietas, extasiadas, como si el canto tejiera algo más que tela. Decían que sus sombreros curaban la pena, que uno salía del local con la cabeza más alta y el corazón menos torcido.
Hannah decía que hacer sombreros era su manera de espantar las tristezas y los malos recuerdos. Que cada puntada era un suspiro que no dolía, cada ala un refugio contra la melancolía. Que cuando el fieltro cedía bajo sus dedos, también cedía la memoria amarga. “Uno no puede llorar mientras cose,” decía. “La aguja no permite lágrimas.” Y así, entre cintas, moldes y silencios, Hannah tejía su duelo con elegancia, con dignidad, con amor.
No hablaba mucho de su pasado en Praga. Decía que los sombreros eran su manera de recordar sin llorar. Que cada ala era una frontera cruzada, cada cinta un nombre perdido, cada flor un abrazo que no llegó. En diciembre, cerraba el local y se iba a la sinagoga de Maripérez, donde rezaba por los que no llegaron. Y también por los que sí, por los que lograron mirar el horizonte sin perder la ternura. Luego volvía, y hacía sombreros de fiesta, con lentejuelas, descaro y una pizca de esperanza.
Un día, ya en los años sesenta, sin aviso, Hannah se fue. El local quedó cerrado, la vitrina vacía, el aire lleno de ausencia. Las clientas pasaban y tocaban el vidrio, como quien busca una sombra o una bendición. Nadie supo si se fue a Europa o a Nueva York, o tal vez a Argentina, dónde había localizado parientes. Otros decían que seguía en Caracas, pero sin hacer sombreros. Lo cierto es que, desde su partida, los domingos parecían menos elegantes, y las cabezas más solas.
Hay quien guarda aún un sombrero, de la madre o de la abuela, hecho por Hannah, envuelto en papel de seda, como quien guarda un secreto que le queda bien. Y al ponérselo, siente que algo —una voz, una caricia, una memoria— le acomoda el alma.
De Hannah, sin más señas ni apellido, supe una tarde lejana, mientras compartía té con Klara Ostfeld, judía exquisita de voz pausada y memoria fragmentada. Klara dudaba: no sabía si Hannah había sido carne y hueso o apenas un espejismo tejido por alguien que necesitaba creer en ella. Pero eso, al final, no importa. Sea real o soñada, Hannah se había instalado en el relato como se instala la sal en la sopa: sin pedir permiso y sin dejar opción al olvido.
Klara la nombraba con una mezcla de ternura y sospecha, como quien acaricia una sombra o conversa con un perfume. Decía que Hannah tejía manteles con hilos de historias ajenas, que hablaba poco pero miraba como si supiera el final de todas las cosas. Y aunque nadie la había visto entrar ni salir, todos recordaban su risa, breve y antigua, como si viniera de otro siglo. Real o imaginaria, Hannah era ya parte del tejido, como esas hebras que no se ven pero sostienen el telar.
