[SE}> Día de los enamorados / Soledad Morillo Belloso

13-02-2026

Soledad Morillo Belloso

Día de los enamorados

En horas comenzará la magna celebración del Día de los Enamorados. Habrá globos, rosas, cenas con velas, promesas que duran lo que dura el postre y selfies con filtro romántico. Pero también —y esto nadie lo anuncia en vallas publicitarias— habrá una lloradera monumental. Porque el mal de amores y el despecho son la otra cara de la moneda: la que no brilla, pero pesa. El amor y el despecho son gemelos siameses: donde aparece uno, el otro anda cerca, esperando turno.

Justo anoche, en plena antesala de esta temporada de corazones y pañuelos, un amigo me llama —siempre llaman tarde para estas cosas— y me dice:

“Soledad, dime por favor, en dos o tres líneas, cómo es el despecho en un hombre y cómo en una mujer”.

Yo me río, porque cuando alguien pide “dos o tres líneas” lo que realmente quiere es un tratado de antropología emocional con humor, filosofía y un poco de psicología de sobremesa. Pero igual le digo: “Ah, eso es facilito”.

“El hombre despechado”, empiezo, “es un ser de hábitos primitivos. Su brújula emocional apunta siempre al mismo norte: el bar. No importa cuál. Él llega, se sienta, pide algo fuerte y mira al cantinero con esa mezcla de súplica y dignidad herida. El cantinero —psicólogo sin diploma, sacerdote sin sotana— escucha sin juzgar. No analiza, no cuestiona, no profundiza. Apenas  asiente. El hombre no quiere que le den la razón; quiere que no le lleven la contraria. Es distinto. Él busca anestesia, no interpretación”.

“El hombre despechado necesita ruido para no escucharse. Necesita un televisor prendido con un partido que no está viendo, necesita otros hombres igual de silenciosos, necesita la ilusión de que el mundo sigue funcionando aunque él esté temporalmente fuera de servicio. Su despecho es lineal: lo dejaron, se emborracha, duerme mal, se recupera. No hay más capítulos”.

“La mujer despechada, en cambio, es un fenómeno fascinante desde cualquier ángulo: psicológico, filosófico, sociológico y hasta estético. Ella va a la peluquería. Ese es su templo, su laboratorio, su sala de guerra. Y su confidente no es cualquiera: es la manicurista. Esa figura mítica que combina la precisión de un cirujano con la intuición de una bruja y la franqueza de una amiga que no tiene filtro”.

“Pero aquí viene la parte crucial: la mujer despechada no sólo busca a la manicurista. No. Ella necesita que la manicurista le dé la razón. Es un requisito existencial. Una validación cósmica. La mujer despechada no está completa hasta que la manicurista, mientras lima la uña del dedo índice, sentencia: ‘Mi amor, tú estabas en lo correcto. Ese hombre no te llega ni a los talones’. Esa frase es más terapéutica que cualquier caja de chocolates y más efectiva que cualquier sesión de psicología cognitiva”.

“Psicológicamente, la mujer despechada necesita construir un relato coherente. Filosóficamente, necesita sentido. Humorísticamente, necesita un coro griego que la acompañe en su tragedia. La manicurista cumple esas tres funciones. Ella escucha el antes, el durante, el después, el ‘yo sabía’, el ‘yo sospechaba’, el ‘yo no quería ver’, el ‘tú crees que él…’, el ‘pero es que yo…’. Y mientras tanto, va asentando con la cabeza, certificando cada frase ante un notario emocional invisible”.

“Cuando la manicurista le da la razón, la mujer siente que el universo vuelve a su eje. Que la injusticia ha sido registrada oficialmente. Que su dolor tiene testigo y su versión de los hechos ha sido validada por una autoridad moral superior. Porque, seamos honestos: si la manicurista no te da la razón, ¿quién te la va a dar? ¿El ex? Por favor”.

Y ahí, entre el cantinero que seca vasos y la manicurista que sopla uñas recién pintadas, yo entiendo —una vez más— por qué siempre me ha sido más fácil descifrar a los hombres que a las mujeres. El hombre despechado quiere olvidar; la mujer quiere comprender. Él quiere silencio; ella quiere un comité de apoyo. Él quiere compañía anónima; ella quiere validación personalizada. Él quiere anestesia; ella quiere justicia poética.

Y así, mientras unos celebran con velas y otros con Kleenex, el mundo gira igual. Porque el amor y el despecho son dos estaciones del mismo viaje. Y nadie, absolutamente nadie, se salva de pasar por ambas.

En fin, feliz 14 de febrero…

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