03-11-2025
Tiempo de pajaritos
En Pampatar, cuando el sol apenas se despereza y la brisa huele a café recién colado, comienza el tiempo de pajaritos. No hay reloj que lo marque. Es un pulso que se hereda, un canto que se repite como copla de abuela.
Los pajaritos no llegan. Ellos ya están. Se esconden en las ramas del almendro, en los cables que cruzan la calle, en el alero donde la tía colgaba la ropa. Son los mismos de siempre, pero distintos cada día. Un turpial que parece nuevo, un azulejo que se cree poeta, un cardenal que ensaya su solo.
Y de pronto, como milagro breve, aparece el colibrí. No canta. Zumba. Vibra. Se suspende en el aire como pregunta sin respuesta. Va de flor en flor, como quien busca un recuerdo. Se posa un segundo en la trinitaria, luego desaparece. Pero deja algo. Un temblor. Una certeza. Una promesa diminuta.
La gente del pueblo lo sabe. El tiempo de pajaritos no se mide con relojes. Se siente en el pecho, como cuando uno recuerda a alguien querido sin querer. Es la hora en que los niños aún duermen y los viejos ya están despiertos. La hora en que la arepa se infla con paciencia y el colibrí bendice el jardín.
En las casas, las ventanas se abren como párpados. Las mujeres se asoman con el cabello recogido y los hombres se rascan la barriga mirando el cielo. Nadie habla mucho. Se escucha. Se respira. Se acompaña el canto con silencio.
A veces, algún pajarito se atreve a entrar. Se posa en la mesa, picotea migas, deja una pluma como firma. Y entonces alguien dice: “Hoy va a ser buen día”. Porque el tiempo de pajaritos también es augurio. Es pacto. Es memoria que canta.
Y cuando el sol ya se ha desperezado del todo, los pajaritos se van sin irse. Se quedan en el oído, en el zaguán, en la canción que uno tararea sin saber por qué. El colibrí también se va. Pero su zumbido queda flotando, como eco de algo que no se olvida.
El tiempo de pajaritos termina sin terminar. Como todo lo que importa.
