[Col}> Lo que nos trajeron los chilenos / Soledad Morillo Belloso

20-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los chilenos

Los chilenos llegaron a Venezuela como quien se cuela en una fiesta sin conocer a nadie, pero con una botella de buen vino en la mano y una historia lista para servir. Nada de escándalo ni alfombra roja. Se instalaron sin hacer ruido, como quien sabe que migrar no es entrar hablando, sino afinar el oído primero. Muchos venían buscando vida, paz, sosiego. Y aquí, en este bochinche nuestro, en esta tierra que canta alto y abraza fuerte, lo encontraron.

Y vaya si escucharon. Se empaparon de nuestras gaitas, de los cuentos que nacen en las esquinas, de las discusiones eternas sobre si la arepa se unta o se rellena. Y cuando ya estaban sazonados con costumbrismo tropical, soltaron su primer “¿cachai?” con una sonrisa tímida que decía “ya me siento en casa”.

Traían una forma tranquila de mirar el mundo, como si las montañas les hubieran enseñado a quedarse quietos y el océano a pensar hondo. Nos mostraron que el silencio también abraza, que no todo se grita, que a veces basta con estar ahí, como sopaipilla en tarde de lluvia.

Y hablando de sabores, se metieron en la cocina como si siempre hubieran vivido en ella. El pebre se acomodó junto a la arepa como si fueran primos en una novela de Isabel Allende. El pastel de choclo se volvió el pariente elegante de la polenta. Las sopaipillas se transformaron en merienda de domingo con nombre de refrán. Y el charquicán se hizo amigo de la yuca y el plátano maduro, como quien llega y se queda.

También trajeron sus dichos, sus tallas, sus formas de nombrar lo cotidiano. “Más perdido que el teniente Bello”, decían, y nosotros, sin saber si el teniente era piloto o parrillero, nos reíamos igual. Porque el humor chileno, con su ironía suave y su picardía escondida, encontró eco en nuestro costumbrismo con sabor a mango y tambor. “Está más salado que mariscal sin limón”, decían, y nosotros les respondíamos: “¡No vale, eso se arregla con ají dulce y buena conversa!”

Y así, entre empanadas de pino y cuentos de Valparaíso que parecían Porlamar con neblina, empezamos a mezclar nuestras historias. No vinieron a cambiar nada, vinieron a sumar. En las universidades, se volvieron profes queridos. En los hospitales, médicos pacientes. En los barrios y urbanizaciones, vecinos confiables. El del 3B, que cuando nos cruzábamos en el ascensor soltaba un saludo cantarín, como verso de sus poetas. Y en las casas, amigos entrañables que te dicen “pásame la palta” mientras tú les sirves papelón con limón.

Sus hijos crecieron diciendo “chévere” y “bacán” en la misma frase, comiendo arepa con palta y bailando salsa con pasos de cueca. Y en esa mezcla nació algo sabroso, algo que no cabe en ninguna etiqueta: el chileno-venezolano, que celebra el 18 de septiembre y el 5 de julio con la misma emoción, que entiende que migrar no es perder, sino ganar nuevos ritmos.

Porque si algo nos enseñaron los chilenos es que cuando se cruzan las historias, se multiplican las alegrías. Que la nostalgia, cuando se comparte, sabe a vino tinto que acompaña unos tequeños. Que el exilio puede ser semilla. Y que en esta tierra de sol y arepa, siempre hay espacio para una nueva historia que contar… con música de fondo y versos de Neruda escondidos en el mantel.

Una de mis grandes amigas, venezolana, está casada con un chileno que ya habla con “chévere” y come arepa con chicharrón. Un chileno reencauchado, como decimos, que se volvió mitad Caribe sin perder su cordillera. Por él conocí el alma chilena desde hace tiempo: esa mezcla de pausa y profundidad, de humor que se esconde en la esquina y cariño que no hace ruido.

Ahora, una de sus hijas vive en Chile, y hay nietos chilenos que también son venezolanos. Y los lazos se han tejido más, como esas mantas del sur de Chile que se hacen con paciencia y con hilos de muchos colores. Porque cuando las historias se cruzan, no hay vuelta atrás: se forma una trama nueva, más fuerte, más sabrosa.

Los chilenos nos trajeron una manera más linda, más poética, de comer mariscos. Nada de apuro ni formalidad: comer mariscos con ellos es como sentarse a conversar con el mar. Cada bocado tiene ritmo de ola, pausa de brisa, y sabor a memoria salada. Nos enseñaron que el loco no es sólo un molusco, es un personaje con historia; que la macha a la parmesana no se come, se celebra; que el piure, aunque tímido, tiene voz propia si se le escucha con respeto.

Con ellos aprendimos que el mar se honra. Que el plato no es sólo comida, es ritual. Y que cuando se come mirando el horizonte, el cuerpo se llena de preguntas que no necesitan respuesta. Porque en su forma de servir mariscos hay poesía, hay pausa, hay cariño. Como quien dice: “esto viene del fondo del mundo, y merece silencio antes del primer bocado.”

Y cómo escribir sin que se me atraviese Chile en la garganta. Viví allá seis lunas completas, seis estaciones de asombro. Recorrimos miles de kilómetros como quien se deja llevar por un verso largo, uno que no rima pero sí vibra. Pueblos donde el tiempo se toma su pisco con calma, como si la prisa fuera pecado. Ciudades que huelen a empanada recién salida del horno, con esa mezcla de cebolla, carne y memoria. Mercados donde el mar habla en voz alta y las frutas tienen nombre de canción. Librerías que parecen iglesias sin santos, buscando a Mistral entre los estantes y a Nicanor Parra escondido entre los afiches, como quien juega a las escondidas con la palabra.

Caminamos largo frente a ese océano que no susurra, ruge. El Pacífico chileno no es tímido: te habla con espuma, te sacude con viento, te canta con gaviotas. Y nosotros, como buenos conversadores, le respondíamos con silencio y mirada larga, como quien entiende que no todo se dice con la boca.

Nos dejamos empapar por los versos de Neruda, que allá no son sólo poesía: son pan, son vino, son casa. Visitamos sus hogares con mascarones de proa, como quien entra a un barco anclado en la tierra. Cada rincón tenía una metáfora, cada objeto una historia, cada ventana una invitación a mirar el mundo con ojos de marinero enamorado.

En Chile, el paisaje no se mira: se escucha, se respira, se siente como un poema que cambia de ritmo según la altitud. Desde el desierto de Atacama, donde el silencio tiene textura, hasta los bosques del sur que huelen a lluvia y madera, el país se despliega como telón de fondo para historias que cruzan fronteras. Allá uno aprende que el frío no es sólo temperatura, es carácter. Que el pisco no es sólo bebida, es ritual. Y que mirar el cielo no es sólo astronomía, es filosofía con estrellas.

Los centros astronómicos en Chile  no son laboratorios: son templos donde la ciencia se arrodilla ante el misterio. Bajo cielos que parecen recién lavados por el universo, los telescopios escuchan galaxias mientras los visitantes se preguntan por su lugar en el mapa cósmico. Porque en Chile, mirar hacia arriba es también mirar hacia adentro.

Mirar las estrellas en el Valle de Elqui es como leer un poema sin palabras. Pero hacerlo desde una montaña mágica, donde el aire no pesa y el cielo se entrega limpio, es otra cosa. Es como si el universo te dijera: “Aquí estoy, sin filtros ni adornos.” Y uno, sin saber nada de astronomía, se deja atravesar por esa vastedad que no cabe en ningún telescopio. En Atacama, donde el aire parece hecho de silencio y los astros se asoman sin timidez, uno no sólo ve estrellas: uno escucha preguntas antiguas, siente que el universo tiene voz.

Allí, bajo ese cielo que parece recién estrenado, el alma se vuelve antena. No importa si sabes de ciencia o no; lo que importa es que algo en ti se expande, como si Neruda te susurrara desde la Vía Láctea: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” Porque en Chile, mirar el cielo es también mirar el alma. Y hay cosas que solo se entienden cuando se contemplan sin apuro, con el corazón abierto y los pies bien puestos en la tierra.

Fue una experiencia gloriosa, sí. Pero más que gloriosa, fue entrañable. Porque Chile no se visita, se vive. Y cuando uno lo vive, se le queda pegado en el alma como el olor a mar en la ropa después de una caminata larga.

Entonces, después de vivir en Chile, entendí con el cuerpo y el alma a esos chilenos que un día cruzaron el mapa y llegaron a Venezuela. Entendí sus silencios, su manera de mirar sin apuro, su nostalgia envuelta en pebre. Entendí que no vinieron a buscar, vinieron a sembrar. Y que este país, con su sol generoso y su tambor en la sangre, se les volvió hogar aunque estuviera lejos de la cordillera.

Gracias, Chile. Por tus hijos que llegaron con frío y encontraron calor. Por tus cuentos que se acomodaron en nuestras esquinas, por tus sabores que se metieron en nuestras cocinas sin pedir permiso, por tus silencios que también abrazan, y por esa forma tuya de mirar el cielo como quien busca respuestas en la inmensidad. Gracias por enseñarnos que la identidad no aprieta, se extiende. Que no es camisa de fuerza.

Cuando la marea política en Chile se aquietó y el país volvió a abrir sus brazos, muchos chilenos regresaron. Volvieron a sus montañas, a sus mares, a sus silencios. Pero, ¿y qué pasó? Muchos, curiosamente, volvieron también a Venezuela. Porque hay migraciones que no se deshacen, sólo se remezclan. Como el vino navegado: dulce, cálido, y con ese toque de canela que no estaba en la receta original, pero ahora no puede faltar.

Una vez que se mezcla el alma, ya no hay vuelta atrás. Se transforma. Se expande. Se vuelve otra cosa, más sabrosa, más compleja, mejor. Porque pertenecer no es quedarse quieto, es aprender a bailar con varios ritmos en el corazón.

Y como escribió Gabriela Mistral, que sabía de exilios y regresos: “Todo lo que soñé, lo que perdí, lo que gané, está en mi sangre como un río.”

Nadie llega con las manos vacías, aunque traiga poco en las maletas. Siempre hay algo que se carga en el alma: un sabor, una canción, una manera de mirar el mundo. Y nadie se va sin dejar huella, aunque no lo note. Se queda un gesto, una palabra, una receta improvisada, un refrán que se cuela en la conversación. Migrar es eso: un intercambio invisible pero profundo.

Como quien entra a una casa con lluvia en los zapatos y deja charquitos de historia en el piso. Como quien se despide, pero deja encendida una luz en la cocina. Porque cada ida y cada vuelta tejen la trama de lo que somos: mezcla, memoria, pertenencia.

Así es la migración: un río que no se detiene, que lleva recuerdos, sabores, canciones y refranes. Y cuando se junta con otro río, no se borra: se vuelve caudal.

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