27-09-2025
Lo que toca la piel
La piel es testigo y archivo. Cada textura es una memoria que se posa, permanece, se transforma.
Sucede casi sin que uno lo note. La piel aprende a leer sin ojos. Descifra el calor, la brisa, la sal, el barro, el mango maduro, la tela de la hamaca, el abrazo largo. Cada contacto es un idioma distinto.
La piel no es solo límite: es altar, registro, oído. Todo lo que la roza vibra en ella como eco, como canción que no termina. Las texturas no son meras superficies: son memorias encarnadas, voces que susurran desde el barro, desde la sal, desde la fruta que se abre en la mano como un corazón maduro.
Desde temprano, la piel aprende a leer sin mirada. Percibe el calor que se posa como manta andina invisible, el viento que acaricia con dedos de brisa, la humedad que se instala como huésped fiel. Cada textura es una forma de decir “estoy aquí”, “esto soy”, “esto recuerdo”.
El algodón de las franelas viejas no es solo tela: es infancia, patio, olor a jabón azul y sol de mediodía. Se siente como abrazo de abuela, como canción de sobremesa que se repite sin cansancio. La madera tibia de las sillas de mimbre cruje bajo el cuerpo como si contara historias, como si dijera “aquí se ha vivido”.
La sal del mar no se va. Se adhiere a la piel como escarcha invisible, como promesa de fiesta, como rastro de libertad. Es una textura que no se ve, pero se percibe: en los labios, en los párpados, en la nuca. La piel la reconoce como canto.
Las hojas de plátano, tersas y húmedas, son altar y envoltorio. Cobijan hallacas, sí, pero también caricias. La piel las recibe como quien acoge una bendición. Y el saco de yute, áspero y honesto, se siente como mercado, como faena, como manos que saben. Es la textura de lo que sostiene, de lo que carga, de lo que no se rinde.
La masa de arepa, tibia y maleable, se amasa con las palmas y deja una película de maíz y ternura. Es textura de hogar, de desayuno compartido, de conversación sin prisa. Las piedras del río, frías y redondas, enseñan a la piel a esperar, a fluir, a resistir sin herir. Son lección de paciencia.
El aceite de coco se desliza como susurro, como cuento narrado en voz baja. Es textura de madre, de playa, de rito. El paño húmedo en la frente, cuando hay fiebre o tristeza, es gesto de cuidado, expresión de amor sin palabras.
Pero hay una textura que lo contiene todo: la piel de otro. Esa que a veces es refugio, otras frontera, y muchas veces casa. Tocarla es tocar la historia, el temblor, el milagro de ser y estar.
Cada textura es un altar sensorial. La piel no olvida lo que ha sentido. Queda en la memoria el roce del bebé pegado al pecho de su madre, la mano del padre que guía a su hijo pequeño, el joven que roza por primera vez el rostro de la muchacha que lleva meses observando en la distancia, el primer beso de dos que el tiempo volverá amantes, la caricia de la abuela que duerme al nieto que teme a un monstruo imaginario escondido tras la cortina. Y cada roce es una historia que flota, como polvo de cacao en el aire, como aroma de café recién colado, como canción que se canta con el cuerpo entero.
La piel no se protege: se ofrece. Se rinde. Se abre como flor, como fruta, como verso. Porque tocar es recordar. Y recordar es vivir con la piel abierta, como quien camina descalzo sobre la memoria.
La piel no es muro ni escudo: es ventana abierta al temblor del mundo. Cada textura que la roza es como campana que suena en lo hondo, como semilla que germina en la memoria. No se endurece: se ablanda, se moja, se enciende. Es tierra fértil que todo lo guarda y todo lo canta.
Porque tocar es sembrar. Y cada roce es brote, flor, fruta que madura en el recuerdo. La piel es paisaje: tiene montañas de ternura, ríos de caricia, sabanas de espera. Y cuando se abre, no sangra: florece.
Ese es el milagro. Que la piel no solo siente. Convoca. Abraza. Y convierte cada textura en altar, cada roce en ritual, cada memoria en canto. Como quien camina descalzo sobre la historia, dejando huellas que no se borran.
Mi piel es venezolana. Es la única piel que habito, la que me envuelve, la que recuerda. Y cuando algo la toca, es ella quien habla.
