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La carrera de estos científicos por demostrar que el tiempo es una ilusión
Aunque todos creemos saber lo que es el tiempo, la Física aún no ha sido capaz de explicarlo. Algunos científicos creen que lo que percibimos como tiempo es una ilusión y ya saben cómo demostrarlo
27-09-2025
Para un momento, anda. No para escaparte, sino para entrar en ti. En ese lugar maravilloso que es tu memoria. Ese espacio que es tuyo, que no sufre inflación, ni pierde valor. ¿Cuántos años tienes? ¿Estás en los 20, 30, 40, 50, 60, 70, 80, 90? Da igual. Lee.
La memoria es como una despensa vieja, de esas con puertas que rechinan y estantes que guardan secretos. Ahí viven los olores, calladitos, esperando que los llames. La infancia huele a tierra mojada, a juego sin hora, a tardes largas que se estiran como gatos perezosos. La juventud huele a servilletas con promesas escritas a lápiz, a papel de carta con perfume de fresa, a borradores mordidos por las ganas de decir lo que todavía no se sabe cómo. Hay días que olían a querer parecer grandes, con risas escondidas como caramelos en el bolsillo. Y todo eso vuelve, como el vapor de una sopita que empieza desde temprano, con cilantro que cuenta cuentos, ajo que bendice, hueso que canta bajito y verduras que pintan el caldo de sol.
Venezuela huele a sol untado como mantequilla en los hombros, a sudor dulce de tarde larga, a mango que se lanza desde la rama como quien ya no aguanta más, y su jugo tibio corre por el brazo como si el tiempo se derritiera. Huele a guayaba que perfuma el aire como carta sin sobre, a papelón que se disuelve lento como paciencia de mamá, a café que canta desde la cocina como abuela madrugadora, a leche que burbujea y deja costra dorada como marca de hornilla.
Venezuela huele a arepa recién salida del budare, a mantequilla que se rinde en el centro como abrazo sin aviso, a queso frito que cruje como fiesta en la boca. A cachapa dorada que huele a maíz tierno y a domingo sin apuro, a queso de mano que se derrite despacito, como quien se entrega sin miedo. Y sí, también huele a chocolate —ese que se derrite lento en la olla, que pinta la cocina de ternura, que se pega en los dedos como travesura, que huele a merienda, a abrazo dulce, a tarde de lluvia con pan caliente y risas bajitas.
Las panaderías huelen a cachitos recién horneados, con ese aroma de jamón dulce y masa tibia que se escapa por la calle como invitación sin palabras. Las casas huelen a sopas que abrazan, a arroz con leche que canta bajito, a eucalipto en la almohada como bendición, a cera de vela, a incienso que sube como oración, a flores que lloran sin hacer ruido.
El mercado huele a cilantro fresco, a cebolla que hace llorar y reír, a tomate que se revienta en la bolsa como carcajada, a regateo, a voz alta, a empanada de cazón, a pastelito de carne, a jugo de tamarindo con hielo que suena como campanita de infancia.
La ciudad huele a gasolina que despierta, a caucho caliente, a autobús que suspira antes de arrancar. Huele a misa de domingo, a perfume puesto con cariño, a colonia de bebé, a talco en los pies, a baile sudado, a guarapita en vaso plástico en fiesta patronal, a carcajada sin filtro que se escapa como pájaro.
Las escuelas huelen a uniforme almidonado, a zapatos con brillo de coco, a patio de recreo, a merienda compartida, a cuaderno nuevo, a tinta que promete, a borrador que borra con ternura.
Diciembre huele a clavo y canela, a hallaca en proceso como ceremonia familiar, a pan de jamón que perfuma la cuadra como anuncio de fiesta, a risa de patinata, a pólvora que estalla en la noche como estrella impaciente, a esperanza que no se rinde.
Los parques huelen a besos escondidos de estudiantes, a nervios dulces, a sudor tímido, a perfume prestado, a chicle de fresa compartido antes del atrevimiento. A hojas secas que crujen bajo pasos que no quieren ser oídos, a banco tibio por el sol, a brisa que se cuela entre los árboles como cómplice. A suspiro contenido, a risa que se escapa, a promesa que todavía no sabe que es promesa. A piel que tiembla, a mirada que se cierra para sentir mejor. A parque que guarda secretos, a esquina que se vuelve altar, a beso que huele a primera vez.
Y Venezuela también huele a mar que respira como pecho profundo, a montaña que observa como mamá sabia, a sabana que se estira como bostezo, a páramo que susurra como oración sin templo. A ciudad que bulle, a pueblo que canta. A lo que fuimos, a lo que somos, a lo que seguimos soñando.
Todos esos aromas están en mi memoria. Y me abrazan. Y tú, que estás en los los 20, los 30, 40, 50, 60, 70, 80 o 90, dime sin decir: ¿cuál fue ese olor que te abrazó primero, que te hizo sonreír y suspirar y te puso a soñar bonito?
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