[Col}> Lo que nos trajeron los “franchutes” / Soledad Morillo Belloso

19-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los “franchutes”

Pienso en Francia y se me dibuja una sonrisa. No es moda ni cliché: el corazón se me alborota como si un acordeón sonara en plena plaza Bolívar. Me río sola por ese idioma que susurra con elegancia, por una historia que huele a barricadas y baguette, por edificios que trepan en vitrales como bejucos de piedra, por libros que se leen con vino y lágrimas.

Sonrío por una cocina donde hasta la sopa tiene apellido, por la moda que convirtió el hilo en arte. Y sonrío porque tengo recuerdos lindos, perfumados, pegados como papelón en la olla. Pero bueno, esa soy yo. Y capaz a ustedes les da igual que yo piense en Francia y el corazón se me ponga a brincar.

Ahora, vamos a echarle un ojo a todo lo que nos dejaron los franchutes. Francia dejó huella. Y vaya que sí. No hace falta irse a los tiempos de toga y sandalia, con mirar los últimos siglos basta. Ese país, con su revolución y su filosofía escrita en servilletas de café en el Café de Flore, le regaló al mundo—y a Venezuela—un montón de cosas.

Ideas que se volvieron gritos: liberté, égalité, fraternité. Pensamiento con aroma a poesía y existencialismo. Cultura que entró por los vitrales y se quedó en la porcelana de nuestras casas. Cocina que enseñó que el queso tiene apellido. Moda que nos hizo querer vestirnos como parisinos. Música que se escucha con vino y nostalgia. Y nombres que se quedaron en apellidos, plazas, recetas y refranes.

Francia nos dejó el Código Napoleónico, una receta jurídica que se cocinó en 1804 para poner orden en el despelote legal que tenían allá. Un código civil que hablaba clarito: “el ciudadano tiene derechos, y el Estado debe respetarlos”. No llegó en barco, pero cruzó el charco como inspiración. Se metió en nuestros códigos civiles, desde los proyectos de Julián Viso hasta las reformas de 1896 y 1942. Nos trajo ideas sobre familia, herencia, propiedad y hasta el divorcio. Nos enseñó que la ley no es sólo para jueces, sino también para el ciudadano que necesita saber qué puede y qué no. Un legado que no se ve, pero se siente. Como el olor a fresco en una tarde caraqueña.

Hace un montón de años, los  corsos, unos franchutes raros,  llegaron a Venezuela como quien se desliza sin hacer ruido, pero con las manos llenas de futuro. Se instalaron sobre todo en oriente —Carúpano, Río Caribe, Güiria—donde el cacao era rey y el tabaco príncipe. Venían de Córcega, esa isla francesa con alma mediterránea, y aquí encontraron tierra fértil, humedad conocida y una cultura lista para mezclar.

No eran muchos, pero dejaron huella. Con sombrero de paja, acento raro y manos trabajadoras, se pusieron a cultivar como si estuvieran escribiendo una novela tropical. Trajeron técnicas agrícolas, refinamiento en el trato, y una forma de ver el mundo que se fue colando entre las matas de cacao y los patios de las casas criollas.

Apellidos como Franceschi, Raffalli, Massiani, Prosperi, Lucca  Oletta, Casella, Colonna, Santelli, Poggi, Renucci, Grisanti, Battistini, Benedetti y muchos más (que parecen italianos pero son corsos)  se fueron quedando en los registros civiles, en las esquinas de los pueblos, en las recetas familiares. Algunos se criollizaron, otros conservaron su sonoridad original, pero todos se mezclaron con la identidad venezolana como mantequilla en arepa caliente.

Los descendientes de esos corsos se volvieron tan venezolanos como el ají dulce, pero con ese toque de lavanda y refinamiento que los hacía distintos. En sus casas se hablaba de cacao y de filosofía, de comercio y de cocina.

Y no sólo sembraron tierra, también sembraron costumbres. En los pueblos donde se asentaron, dejaron huellas en la arquitectura, en los apellidos, en las recetas y hasta en los refranes. El corso no sólo hablaba raro, también cocinaba distinto, vestía con elegancia y tenía una manera de negociar que parecía sacada de una película francesa doblada en criollo. Porque si algo supieron hacer los corsos fue tropicalizarse.

En Caracas, los franchutes  se colaron por las rendijas del arte, la ciencia y la moda como quien no quiere la cosa. Guy Meliet vistió a las damas caraqueñas y a las Miss Venezuela con tanto estilo que hasta las estatuas del Paseo Los Próceres parecían suspirar. Luis Daniel Beauperthuy, con su microscopio y su acento afrancesado, se adelantó a su época y señaló al mosquito como el culpable de la fiebre amarilla, cuando medio mundo todavía le echaba la culpa al “aire malo”.

Y no todo fue perfume, medicina y poesía: también hubo puños y gloria. Chaffardet, boxeador con sangre francesa, se subió al ring con fuerza y elegancia. Henri Charrière, el autor de Papillon, terminó montando su propio restaurante en Sabana Grande. De preso en Cayena a empresario caraqueño.

En la cocina, nos trajeron escargots, foie gras y técnicas que se mezclaron con nuestra dulcería criolla como si fueran ingredientes de toda la vida. ¿Quién no ha probado una tartaleta con crema pastelera y guayaba? Eso es París con sabor a El Valle. Aquí, hasta el ratatouille se convierte en criollo si se le pone cariño.

Ya que hablamos de fogones, los chefs franceses levantaron altares al sabor. En Caracas, La Belle Époque fue más que un restaurante: era el sitio donde el escargot y el foie gras se paseaba por las mesas como si fuera parte del menú dominguero. Le Gourmet, en el Hotel Tamanaco, fue escuela de técnica y elegancia. Allí, el chef Laurent Kher formó a talentos como Egidio Rodríguez, cumanés, quien terminó cocinando en la residencia de la Embajada de Francia. Egidio mezcló sabores sucrenses con savoir-faire francés: macaron de ají dulce y morcilla, cerdo en salsa de maíz cariaco con chablis, morcillas al champagne con echalotes de Araya. Cocina con alma cruzada.

También están los clásicos caraqueños. Lasserre sirve soufflés de queso, caracoles Bourgogne y confit de pato como si Caracas fuera París. Rue de Lys, en El Hatillo, recrea el ambiente de un bistró con sopa de cebolla, escargots gratinados y croissants que hacen que hasta el queso de mano se sienta elegante. En Mémé, el homenaje de Eric Martin a su abuela, los croissants vienen rellenos de pistacho, almendra o Nutella, y el pain au chocolat se pasea allí como si fuera de Sabana Grande a Montmartre en metro.

Estos cocineros no sólo montaron restaurantes. Construyeron puentes. Entre la mantequilla y el casabe, entre el vino y el ron. Pues  un francés cocina en Venezuela, no sólo se sirve comida: en el plato hay historia, técnica y una pizca de picardía tropical. En  Caracas, Héctor Romero, un artista plástico que se hizo chef, agarró esa herencia francesa y la mezcló con la despensa venezolana. En El Comedor, en el Instituto Culinario de Caracas, cada plato es memoria y creación. Con técnicas francesas, hizo tartaletas de ají dulce, morcillas al champagne y platos que saben a oriente y a Lyon al mismo tiempo.

En El Hatillo, una joya, Montmatre, es como encontrarse con un trocito de París entre las callecitas caraqueñas. No más entras, el lugar te abraza con música suave, decoración que parece postal francesa y ese olorcito a baguettes calienticas y tardes pacíficas con copa en mano. La carta rinde pleitesía a la cocina clásica: escargots, confit de pato, sopa de cebolla, croissants que se pasean por las mesas como si El Hatillo fuera el 18eme arrondisement.

El legado francés aquiy es como un toque secreto en la receta: no se ve, pero se siente. Está en cómo se sirve el café, en el gusto por el teatro, en la arquitectura, en el “mon amour” que se suelta mientras se baila pegadito. No llegaron haciendo escándalo, pero dejaron una marca elegante, científica, artística y deliciosa. El famoso “musiú” no es más que nuestro criollizado “monsieur”.

También llegaron empresas francesas, con estilo. Como quien entra por la cocina y termina en el centro de la sala. En Venezuela, se metieron en todo: energía, cosmética, agroindustria, tecnología, educación, turismo… como ese ingrediente que no se nota pero le da sabor al guiso.

La Cámara Venezolano-Francesa, funciona como puente, agrupa empresas que han echado raíces aquí. Algunas gigantes, otras más discretas. TotalEnergies estuvo en el negocio petrolero cuando eso olía a futuro. L’Oréal y Clarins llegaron con sus cremas y perfumes, demostrando que el glamour también aguanta el calor del Caribe. Y en la cocina, aparecieron marcas que trajeron desde maquinaria agrícola hasta ingredientes que se mezclaron con papelón y ají dulce sin perder el encanto.

También están las que no venden productos, sino cultura. La Alianza Francesa, en Caracas, Maracaibo, Valencia y Mérida, ha sido como una embajada del idioma. Enseñan a decir “bonjour” mientras se toma café au lait y suenan de fondo Edith Piaf,  Aznavour, Gilbert Becaud e Yves Montand.

Estas compañías y organizaciones no sólo hicieron negocios. Crearon  vínculos. Se adaptaron, se mezclaron, se volvieron parte del paisaje. Aquí, hasta el Excel tiene acento si lo abre un musiú. Así que sí, el legado francés también se cuenta en recibos, catálogos y oficinas que huelen a lavanda. Porque en esta arepa multicultural que llamamos Venezuela, hay espacio para todo: para el refrán criollo, el foie gras y el gerente que dice “merci” mientras firma en la Av. Francisco de Miranda.

Cuando una empresa francesa monta oficina en Venezuela, no sólo trae contratos: trae savoir-faire, estilo, y a veces, hasta croissants. No tengo el gusto de conocer al actual embajador de Francia, pero sí conocí al anterior. Romain Nadal fue embajador de Francia en Venezuela desde abril de 2017 hasta agosto de 2023. Por  seis años, representó a su país, y se convirtió en una figura cercana y muy querida por muchos venezolanos.

De estilo cálido, directo y extraordinariamente humano, Nadal no se quedó en hablar de diplomacia: habló de Venezuela como si fuera parte de su propio mapa emocional. Al despedirse, con voz entrecortada, dijo: “Dejo mi corazón por siempre en el Ávila, en Roraima, en Petare, en Apure, en Catia, y sobre todo con ustedes”. Fue trasladado a Argentina, pero dejó claro que Venezuela le había marcado el alma. Nadal fue puente, fue testigo, y en mucho, fue parte de esta arepa multicultural que tanto celebramos.

Cuando veas una panadería con nombre francés, un violinista en una  plaza o una señora con perfume que huele a lavanda y papelón, acuérdate: los franceses también son parte de esta arepa con relleno de mundo. Aquí todos tenemos un pedacito de franchute en el corazón.

Ah, y sigo sin entender por qué, en francés, Venezuela es masculino, siendo un país con nombre de mujer.

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