25-09-2025
¿Te acuerdas de…?
El domingo en Venezuela no empieza con el reloj, empieza con el olor. El café colado es el primero en anunciar la mañana, con ese aroma oscuro y dulce que se cuela por las rendijas de la casa y despierta hasta los recuerdos. La cocina se enciende como altar: la plancha caliente para las cachapas, la masa convertida en arepa sobre el budare, la cebolla que canta en la sartén, el cuchillo que rebana plátano para las tajadas con ritmo de costumbre. Afuera, el patio se llena de sonidos suaves: niños descalzos correteando, alguien que pregunta por la nata, una radio encendida que suelta boleros entre las voces.
La mesa está larga, armada con tablones y mantel floreado. Hay sillas disparejas y banquitos, por si llegan los amanecidos. En una neverita se enfría el jugo, y sobre la mesa, una jarra de vidrio con chicha que suda como si tuviera calor. En el centro, el desayuno. No es solo comida: es memoria servida en platos de peltre, o de losa, o de fina porcelana; es conversación que se unta con mantequilla, es país que se reparte en cucharadas.
El perico está recién hecho. Los huevitos revueltos con cebolla y tomate tienen ese color dorado que solo se logra cuando se cocina sin apuro. La cebolla está caramelizada, el tomate se ha rendido en la sartén, y el huevo abraza todo con suavidad. El olor es el primero que sale de la cocina, el que despierta a los que aún están en cama. Tiene sabor a infancia, a domingo sin uniforme, a pan dulce mojado en café con leche, a desayuno que sabe a casa.
La carne mechada reposa en una bandeja honda. Cocida con lentitud y paciencia —que del apuro solo queda el cansancio—, deshilachada con esmero, con su sofrito de ají dulce, cebolla, pimentón y un puntico de comino. Tiene ese color marrón rojizo que anuncia sabor profundo. Al servirla, se siente el peso de la historia: es carne que ha sido contada, que ha escuchado cuentos, que ha acompañado silencios. Tiene textura de recuerdo, de almuerzo adelantado, de conversación larga. Se come con respeto, como quien escucha una historia vieja. Alguien la prefiere frita, como paticas de araña.
Las caraotas negras, cocidas con tiempo y con fe, esperan en su olla de barro o en su bandeja esmaltada. Tienen ese brillo oscuro que no se apaga, ese olor que abraza desde lejos. Están guisadas con cebolla, ajo, ají dulce y su toque de papelón. Se sirven con cucharón generoso, se mezclan con todo, se dejan querer. Son caraotas que saben a casa, a recuerdos, a plato completo. Se comen con gratitud. Porque en cada grano hay una historia, y en cada cucharada, un país que sabe cantar al amor.
El queso ahumado, envuelto en papel marrón, perfuma el aire como fogón de montaña. Corteza firme, aroma de leña, textura que cruje al partirse. Se come despacio, con respeto, como quien saborea una canción antigua. El queso telita, blanco y suave, nada en su propio suero. Se deshace con los dedos, se derrite en la arepa caliente, se unta en la cachapa. Es el queso que no grita, pero que siempre está. El que acompaña sin protagonismo, el que sabe que la ternura no necesita volumen. El queso e’ mano, terso y sabroso, espera su turno. Tiene textura de campo, sabor de ordeño y baila con dignidad. Se mete en la cachapa, se derrite con calor y conversación. Es queso que no se rinde, que se planta en la mesa como quien dice “yo también soy parte de esto”.
Las cachapas están apiladas como discos dorados, con bordes crujientes y centro dulce. Hechas con maíz, con leche, con un toque de sal. Al partirlas, sueltan vapor y dulzura. Son como canciones: cada una tiene su ritmo, su textura, su manera de abrazar el queso. Se sirven con cuchillo de mango de madera y se comen lento y sin apuro, como debe ser. Tienen sabor a feria, a carretera, a desayuno en casa de la tía que vive lejos.
Las arepas de chicharrón crujen con orgullo. La masa tiene trocitos de cochino que estallan en la boca. Al partirlas, suenan. Son arepas que no piden permiso. Que se sirven con carácter. Que saben a mercado, a calle, a desayuno de gente que trabaja. Tienen olor a esquina, a radio encendida, a conversación entre vecinos.
Las arepas blancas, recién salidas del budare, están aún humeantes. La corteza tostada, el centro suave. Se abren con las manos, se rellenan con lo que haya, y siempre hay algo. Se les pone queso, se les pone perico, se les pone carne. Y hoy, se les pone aguacate. Verde brillante, cremoso, cortado en tajadas generosas. El aguacate se acomoda como quien sabe que llegó a tiempo. Se mezcla con todo, se deja querer. Tiene sabor de patio, de árbol que da sombra, de fruta que no necesita presentación.
Las empanadas llegan envueltas en papel absorbente, con ese crujido que anuncia que están recién salidas del aceite. Hay de carne, de queso, de cazón. Se parten con las manos, se soplan con cuidado, se mojan en picante. Son media luna dorada, rellena de historia. Tienen sabor a playa, a terminal, a desayuno de paso que se queda. Se comen de pie o se celebran sentados. Son como el introito de la misa. Saben a todo lo que cabe en una masa doblada con cariño.
Las tajadas de plátano, doradas y brillantes, se apilan en una bandeja como si fueran soles recién fritos. Tienen bordes crujientes y centro dulce, y al morderlas, cantan. Se sirven como quien ofrece alegría: junto al perico, sobre la carne, al lado del queso. Son tajadas que saben a casa de abuela, a cocina sin prisa, a infancia que se repite en cada bocado. Se comen con placer y un poquito de culpa, se celebran con el alma. Porque no hay desayuno completo sin ese plátano que abraza todo lo demás.
El cochino frito está en una bandeja de aluminio, con papel absorbente debajo. La piel tostada, la carne jugosa, el olor irresistible. Se sirve con pinza, pero todos terminan agarrándolo con la mano. Tiene sabor a fiesta patronal, a diciembre, a domingo sin culpa. Es cochino que se respeta, que se celebra, que se comparte. Su crujido es música, su grasa es bendición.
La nata, espesa y brillante, espera en su cuenco de vidrio. Se unta en todo: en arepa, en cachapa, en conversación. Tiene sabor a infancia, a desayuno en casa de la abuela, a silencio feliz. Es blanca como la ternura, suave como la memoria.
El jugo de parchita, frío y con sentido común, parece sol licuado. Se sirve en vasos, se toma con sorbos largos, y endulza el juego de los niños. Tiene dulzura y acidez, como el país. Como la vida. Su olor es tropical, su sabor es infancia y alegría.
Y mientras se come, se recuerda. “¿Te acuerdas la vez que el queso telita se derritió y lo comimos con cucharita?” El desayuno se alarga. Se sirve en tandas. Se repite. Se conversa. Se canta. Porque en Venezuela, el domingo no empieza hasta que alguien dice “¿quieren más?” y todos responden “¡claro que sí!” Y alguien suelta: “¿Y no habrá un dulcito?” Y todos sueltan la carcajada, porque todo el mundo sabe que el domingo no es día de dietas.
Y así, entre bocados y cuentos, se dibuja el mapa de los sabores de un desayuno de domingo. Cada plato con su ritmo, cada olor con su paisaje. Porque en Venezuela, comer es celebrar. Y este desayuno, como tantos otros, es testimonio sonoro de que la diferencia también es hogar.
No sé dónde estás. Si estás en Venezuela o más allá de las fronteras. Pero no importa dónde estés: hay cosas que te pertenecen, que son nuestras. Como este desayuno. Como este recuerdo. Como esta manera de decir “buenos días” en un domingo cualquiera con el corazón servido en la mesa. No, no es cuestión de nostalgia. Es asunto de amor del bueno.
