[Col}> Lo que nos trajeron los suecos / Soledad Morillo Belloso

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los suecos

Los suecos que llegaron a Venezuela no venían huyendo ni buscando refugio. Nadie los perseguía. No traían heridas ni apuros. Se asomaron al trópico como quien ve una fiesta desde la acera y dice: “¿Y si me meto?”. Sin invitación, pero con ganas de zapatear.

Vinieron por curiosidad, por calorcito, por cambiar el abrigo de oso por una guayabera con botones de coco. El trópico les guiñó el ojo y ellos, tan serios, tan cuadraditos, se dejaron seducir. Y vaya que se dejaron.

Conocí varios. Catires como harina PAN, altos como los cocoteros de Macuto, organizados como receta de hallaca escrita por una abuela con Excel. Pero cuando tocaba gozar, ¡ay, papá! Nadie les ganaba. Aprendieron merengue como si lo hubieran mamado en el tetero. Tomaban ron como si fuera glögg con hielo. Y bailaban tambor con más fe que los de Barlovento.

No eran turistas. Eran socios del clima, del mango con sal y del sancocho dominguero. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “epa, vamos a la playa”. Y nosotros, que nos creemos los reyes de la gozadera, tuvimos que aceptar que esos vikingos sabían rumbear como si hubieran nacido en El Callao.

No vinieron a cambiar el país. Vinieron a dejarse cambiar. Y en ese trueque, nos enseñaron que la puntualidad no pelea con la pachanga, que el orden cabe en una fiesta, y que hasta el más frío se derrite con un buen solo de timbal.

Trajeron sus costumbres, sí, pero las pusieron sobre la mesa como quien ofrece gravlax. Y nosotros, sabrosos y curiosos, les dijimos: “eso pega con casabe”. Nos regalaron el aquavit, ese licor que parece hecho para cantar. Porque si algo saben los suecos es que todo se celebra con canción. Cantaban cosas que sonaban a “Mambrú se fue a la guerra”, pero en versión vikinga. Y al final de cada verso: ¡Skål! Risa. Trago. Otro Skål. Y así hasta que la luna se pone su corona de velas como Santa Lucía en diciembre.

Nos trajeron caballitos rojos de madera, como salidos de un cuento de hadas con sombrero de palma. Nos enseñaron que trabajar duro y con mucha formalidad toda la semana no está reñido con rumbear el sábado. Que se puede manejar como fórmula uno y aún así llegar vivo a la playa. Que el orden no excluye la gozadera.

Y sí, también nos trajeron maquinarias industriales de primer mundo y el Tetra Pak.  Ese envase que guarda jugo, leche, sopa y hasta recuerdos. Porque en cada cartón hay un pedacito de esa mezcla improbable: el frío del norte y el calor del Caribe, la puntualidad sueca y el “ya vamos” venezolano.

Se quitaron el abrigo, se pusieron pantalones de algodón, y descubrieron que la vida sabe mejor envuelta en hoja de plátano. Les encantaba todo. Las arepas, las empanadas, las cachapas con queso de mano que se derrite como la nieve que dejaron atrás. Recibían el año en mi casa y se comían hallacas de a dos, como si fueran panecillos de Navidad rellenos de Caribe. Y después del brindis, se lanzaban al baile con más fe que los salseros de Puerto La Cruz.

Bailaban lo que sonara. Merengue, calipso, salsa brava, tambor, reguetón, gaitas. Si no sonaba, cantaban en sueco y hacían que sonara. Porque para ellos, la música no era idioma, era impulso. Y el impulso los llevaba directo a la pista, al patio, a la playa, al corazón de la fiesta.

No eran visitantes. Eran cómplices del goce. Se aprendieron los refranes, los pasos, los sabores. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “¡epa, vamos a la playa!”. Y nosotros, que creemos que la alegría es patrimonio nacional, tuvimos que admitir que esos nórdicos sabían celebrar como si hubieran nacido en Cumaná.

Nunca aprendieron a hablar español sin acento sueco. Pero eso sí: manejaban con soltura todo el idioma venezolano. Y ahí los veías, en Río Chico, hablando con la empanadera en un español pastoso pero lleno de coloquialismos: “¡Ajá, mi amor, dame dos de cazón y una de queso, que estoy es antojao!”. Y la empanadera apenas podía freír de tanto que se reía. Porque no hay nada más sabroso que oír un “epa, chamo” dicho con acento de Estocolmo.

Son gente extremadamente cordial. generosos y confiables; son los primeros en ofrecer su mano en momentos de necesidad y su hombro si la vida se pone de llanto.

Y no sólo trajeron canciones, gravlax y caballitos rojos. Nos trajeron a ABBA. También llegaron con marcas que se volvieron parte del paisaje venezolano. IKEA, aunque sin tienda física, inspiró apartamentos en Caracas y posadas en Choroní. Spotify, nacido en Estocolmo, se volvió la banda sonora de nuestras fiestas, desde gaitas en diciembre hasta salsa en agosto. H&M ya tiene tienda en el Sambil Chacao, apostando por un mercado que baila con estilo. Y Tetra Pak, lo repito, ese envase sueco que guarda jugos y sopas, se volvió tan cotidiano como el Toddy en la lonchera.

Tecnología, maquinaria industrial, diseño, música, cataratas de sonrisas, moda y la mejor actitud ante la vida: los suecos llegaron con todo. Y Venezuela les dijo: “¡bienvenidos, y no se vayan!”. Y muchos no se fueron, y se convirtieron en suecos venezolanos. Un sueco venezolano es el mejor amigo que uno puede tener en la vida. Yo tengo esa suerte.

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