17-09-2025
Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos
Los polacos que llegaron a Venezuela venían con el alma envuelta en papel de estraza, como quien guarda un pedazo de cielo en una caja de zapatos. No traían coronas ni medallas, pero sí una dignidad silenciosa, tejida con hilos de aguante y costuras de esperanza. Sus apellidos —Kowalczyk, Zielinski, Kaminski, Wojciechowski, Lozinski, Radonski— sonaban como campanas en otro idioma, y nosotros, con oído de sabanero y corazón curioso, aprendimos a pronunciarlos como quien aprende a bailar una mazurka sin perder el tumbao del Tamunangue.
La historia de su llegada tiene ritmo de vals triste y esperanza de parranda. La primera oleada, en su mayoría judíos, vino escapando del infierno nazi, buscando un rincón donde respirar sin miedo. Venezuela, con su sol que no juzga y su caos que abraza, les abrió los brazos como quien dice: “Pasa, siéntate, aquí hay café, aquí hay un abrazo”. También llegaron polacos católicos, perseguidos no por rezar, sino por no agachar la cabeza ante el monstruo nazi. Campesinos, maestros, obreros, con la cruz colgada en el pecho y la fe metida en el bolsillo, como quien guarda un rosario para no perder el norte. Cruzaron el océano como quien cruza un desierto con la esperanza escondida en una estampita.
Luego llegaron los que sobrevivieron a la guerra, con la ropa arrugada y el corazón lleno de ausencias. Y entre 1953 y 1958, desembarcaron los que huían de la colonización soviética con ideas rebeldes y ganas de vivir sin censura. Llegaron como lluvia mansa en tierra reseca, con los bolsillos llenos de recuerdos y las manos vacías, pero listas para sembrar. Llegaron con hambre de libertad.
Aquí encontraron, judíos y católicos, tierra fértil para volver a rezar sin miedo, para reconstruir sus vidas con manos callosas y corazones tercos. En sus casas se encendieron velas, se colgaron santos y se celebraron misas donde el pan era criollo, pero la fe seguía hablando en polaco. Porque la espiritualidad también migra, también se adapta, también florece cuando se le da abrigo.
Venezuela, con su canto desordenado y su sol sin prejuicios, les ofreció sombra, guarapo y una esquina donde volver a empezar. Cada uno trajo algo: un violín que lloraba en polaco, una receta que olía a infancia, una palabra que se volvió refrán. Y así, sin hacer bulla, fueron sembrando raíces en nuestras aceras, en nuestras cocinas, en nuestras fiestas.
Los polacos que echaron raíces aquí no llegaron con las manos vacías; llegaron con los bolsillos llenos de oficio, como quien trae herramientas envueltas en papel de periódico y recetas escritas en servilletas. Venían con saberes cosidos al alma, con ganas de trabajar, de inventar, de dejar huella. Algunos se volvieron panaderos y amasaban centeno como quien amasa esperanza, con paciencia de abuelo y olor a invierno europeo. Otros se metieron en consultorios, en talleres, en conservatorios, en sastrerías, en sembradíos, en aulas y en mercados, dejando sus apellidos —Zalewski, Gorski, Lewandowski, Kaminski— como estampas en la historia cotidiana, como quien firma con cariño una carta de pertenencia.
En Caracas, Maracaibo, Valencia, Maracay y otras ciudades montaron negocios que olían a su Europa pero sabían a Caribe. Panaderías donde el pan crujía como si cantara, consultorios donde se curaba con acento y ternura, sastrerías donde se cosían sueños, conservatorios donde el violín y el piano lloraban en polaco, pero sonaban a sabana, salas de cine donde el público tenía derecho a vivir esas historias de los protagonistas de las películas. Muchos, con vocación de servicio, se dedicaron a enseñar, a curar, a construir, a tocar, a sembrar futuro con las manos. Se dedicaron al oficio de ser útiles a esta tierra que les abría las puertas. Dejaron huellas que no se borran ni con el tiempo ni con el olvido, como quien escribe su historia en la acera, con tiza, con música, con fotogramas, con pan caliente y con amor.
La gastronomía polaca no se quedó encerrada en cocinas nostálgicas, sino que se fue mezclando con el sabor criollo, tal como quien baila un merengue con pasos de mazurka. Los pierogi —esas empanaditas rellenas de papa, queso o carne— encontraron su media naranja en nuestras empanadas de cazón. Y el bigos, ese guiso de col fermentada con carnes, se volvió primo lejano del hervido sabanero, compartiendo el mismo espíritu de olla generosa que alimenta cuerpo y conversación. En algunas casas, el barszcz (sopa de remolacha) se sirvió junto al papelón con limón, y nadie se quejó: las dulzuras se dieron la mano como viejos amigos. Y los polacos reinventaron nuestro perro caliente, haciéndolo con su salchicha Kielbasa y la meten dentro de una versión más alargada de Bułka cięta -pan glorioso- y como acompañante unos encurtidos de eneldo llamados ogórki kiszone.
Ah, el pan polaco… gloria bendita, masa con memoria, corteza que cruje como si cantara. Porque sí, también trajeron el arte de hornear con paciencia, como quien espera que el alma leve despacito. Panes densos, oscuros, con semillas que parecen susurrar historias, y una corteza que sabe a invierno europeo, pero huele a hogar recién encendido.
El Chleb Żytni es pan con memoria: ácido como lágrima vieja, denso como abrazo de abuela, y con esa textura que se queda en el paladar como canción que no se olvida. El Chleb Wiejski, campesino y honesto, mezcla trigo y centeno como quien mezcla tierra y cielo, y su corteza cruje como si el campo hablara. El Chleb Razowy es terroso, profundo, pan para quien quiere cuidar el cuerpo sin dejar de consentir el alma. Y el Obwarzanek, redondo como promesa, llega espolvoreado con sésamo o amapola, como quien se pone su mejor sombrero para ir a misa o a fiesta.
Cuando la mesa pide dulzura, el Makowiec aparece como celebración envuelta en masa: semillas de amapola que estallan en el paladar como fuegos artificiales de sabor. La Chałka, trenzada y suave, es como brioche con acento polaco, perfecta para desayunos que saben a domingo sin apuro. Y los Bułka, esos panecillos tiernos y calladitos, son como abrazos en miniatura, ideales para acompañar cualquier comida o armar un sándwich que no necesita presentación, porque ya viene con cariño incluido.
Cada pan es una historia amasada con paciencia. Cada miga, una raíz que cruzó el océano. Y esos panes en Venezuela se volvieron puente: entre lenguas, entre costumbres, entre corazones que aprendieron a compartir el mantel.
En Caracas y Maracaibo, panaderías con apellidos como Zalewski o Gorski empezaron a ofrecer panes de centeno junto a golfeados, y así nació una sinfonía de sabores que no distinguía pasaporte. El vodka polaco se coló en nuestras fiestas como quien llega sin ser invitado, pero termina bailando con la tía más alegre. Se brindó con ron y con vodka, se cantó con acento mezclado, y se entendió que la cocina no es frontera, sino puente. Cada receta y cada brindis fue un acto de amor, cada plato una forma de decir: “Te traigo lo que soy”.
Treinta músicos llegaron como si fueran ángeles con pasaporte. José Antonio Abreu los vio y supo que no eran visitantes, sino sembradores de armonía. Enseñaron a nuestros niños a tocar como quien reza con las manos, y el Sistema Nacional de Orquestas se llenó de notas que venían de Varsovia y sonaban en todo el país. Cada cuerda afinada era un puente entre dos mundos, cada concierto en piano una misa donde el idioma se hizo emoción.
En Caracas, en 2010, Chopin se volvió nuestro. Un mural lo pintó como símbolo de unión, gracias a grafiteros polacos y venezolanos que entendieron que la música no tiene pasaporte. Porque cuando un piano suena con ternura, no importa de dónde viene: importa a quién toca.
Los polacos no llegaron como turistas. Llegaron como semillas que el viento trajo desde lejos. Y aquí, en esta tierra que no pregunta de dónde vienes sino qué traes contigo, florecieron. Muchos se casaron con venezolanos o con otros inmigrantes. Sus nombres se tejieron en nuestras historias, sus costumbres se mezclaron con nuestras risas, sus sueños se volvieron parte del paisaje. Porque en Venezuela, cuando alguien llega con el corazón abierto, siempre hay una silla en la mesa, un café caliente y un verso que dice: “Bienvenido, esta también es tu casa”.
