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Día: 11 de enero de 2026
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[SE}> La Venezuela que podrán vivir los nietos / Soledad Morillo Belloso
10-01-2026
La Venezuela que podrán vivir los nietos
La Venezuela que vivirán los nietos —los que ya nacieron y los que están por nacer— no será un país recibido como herencia pasiva, sino un territorio reconstruido con terquedad, memoria y dignidad. Un país que todavía no existe del todo, pero que ya palpita en quienes han resistido la intemperie.
Quizás esos nietos caminen por ciudades donde la palabra cola vuelva a significar fila para entrar al cine y no para comprar comida. Donde el silencio de la noche no sea sospechoso, sino descanso. Donde los mercados huelan a fruta fresca y conversación, y los autobuses no sean jaulas rodantes sino vehículos dignos. Tal vez vuelvan a escuchar el acento venezolano sin la nostalgia del aeropuerto, porque la diáspora ya no será fuga sino puente.
Y cuando pregunten cómo se llegó hasta allí, los abuelos podrán sentarse en el borde de la cama, respirar hondo y decirles que la lucha fue muy larga y dolorosa, pero que valió la pena. No lo dirán como consigna, sino como quien recuerda un camino lleno de piedras. Podrán contarles que resistir sin perder la ternura fue un arte; que sobrevivir sin volverse piedra fue un desafío; que defender la dignidad, incluso cuando parecía un lujo, fue la brújula.
Les dirán que cada familia tuvo su herida: el hijo que se fue, el amigo que no volvió, la casa que se vació, la esperanza que a veces se escondía debajo de la cama. Pero también les dirán que valió la pena porque, al final, el país dejó de ser un sitio que expulsaba y volvió a ser un lugar que abrazaba. Porque la justicia dejó de ser un rumor y se convirtió en práctica. Porque la memoria no se borró, sino que se volvió brújula. Porque la risa criolla sobrevivió incluso a la oscuridad.
Quizás esos nietos estudien en escuelas luminosas, no en edificios en ruinas. Aprenderán a disentir sin miedo y a crear sin permiso. Verán que la riqueza de Venezuela nunca estuvo sólo en el subsuelo, sino en la capacidad de su gente para soñar, inventarse, reírse, sobrevivir y volver a empezar. Entenderán que el petróleo fue un valor y la dignidad, la verdadera reserva estratégica.
Y cuando esos nietos crezcan y tengan hijos, podrán decirles algo que hoy suena a promesa lejana pero posible: que Venezuela no es sólo su país. Que es una forma de estar en el mundo. Un gesto. Una ética. Una memoria que se lleva como quien lleva un amuleto. Podrán explicarles que Venezuela es un sonido —ese acento que se reconoce a kilómetros—, un olor —el del café recién colado y la arepa sobre el budare—, una manera de mirar que mezcla picardía, sospecha y ternura. Que Venezuela es también la historia de quienes la defendieron cuando parecía perdida, y el pacto de no repetir los errores.
Podrán decirles, con orgullo tranquilo, que Venezuela no se posee: se cultiva. Que no se hereda intacta: se trabaja. Que no se habita sólo con documentos: se habita con responsabilidad. Que la libertad no fue un regalo, sino una herencia construida con dolor, paciencia y obstinación.
Y cuando todo esté dicho —cuando los nietos vivan en un país que ya no duela y los abuelos puedan por fin descansar la espalda— quedará una verdad que atravesará generaciones como un hilo de oro: Venezuela no fue salvada por milagros ni por caudillos, sino por la obstinación luminosa de su gente.
Porque al final, lo que se defendió no fue un territorio, sino una manera de ser. Una ética. Una memoria. Una risa que no se dejó apagar. Una dignidad que no aceptó rebajas. Y esa fuerza —esa terquedad hermosa— será el legado más profundo.
Los nietos podrán decirlo sin temblar: “Venezuela no es sólo nuestro país. Es nuestra historia. Nuestra brújula. Nuestro pacto.” Y sus hijos crecerán sabiendo que hubo un tiempo oscuro, sí, pero también que hubo quienes lo atravesaron con la frente en alto para que ellos pudieran caminar en luz.
Ese será el triunfo verdadero: que la libertad deje de ser un anhelo y se convierta en costumbre. Que la esperanza deje de ser resistencia y vuelva a ser hogar. Que Venezuela, por fin, vuelva a ser un país donde el futuro no se teme, sino que se celebra.
Ése será el cierre. Y también el comienzo.
[SE}> Irse o quedarse / Soledad Morillo Belloso
30-12-2025
Irse o quedarse
No critico a los que se han ido. No puedo. Cada quien carga su propio mapa del miedo, su propio cansancio, su propio modo de salvarse, sus propias razones. Irse no es una falta ni una renuncia: es un acto íntimo, personalísimo, a veces desesperado, a veces luminoso, siempre complejo.
Quien se va también deja algo atrás, una sombra, un eco, un hilo que lo sigue uniendo a esta tierra aunque pretenda cortarlo. Nadie se va indemne. Nadie se va ligero. Nadie se va sin pagar un precio.
Pero tampoco acepto la crítica a los que nos quedamos. No la tolero. Quedarse no es cobardía ni comodidad. Quedarse es otra forma de pelear, de resistir, de sostener lo que queda en pie aunque tiemble. Quedarse es poner el cuerpo donde ya casi no hay cuerpo, es seguir respirando en un país que a veces parece empeñado en quitarnos el aire. Quedarse es también un acto de cada cual, a veces torpe, a veces valiente, siempre lleno de contradicciones. Y quien mira desde lejos no siempre entiende el peso de esa decisión, ni el desgaste, ni la terquedad que implica seguir aquí.
No es cierto que se quiera más o menos por irse o quedarse. No lo creo, no lo acepto, no lo negocio. El amor por un país, por una familia, por una historia, por una identidad, no se mide en kilómetros ni en fronteras. No se pesa en sellos de pasaporte ni en recibos de pago de servicios públicos. No se certifica con presencia física ni se invalida con ausencia forzada. Yo no quiero más por quedarme. Tampoco quiere menos quien se fue. El amor no es un concurso de resistencia ni una prueba de lealtad.
Irse es un acto de amor hacia la propia vida. Quedarse también. Y cada quien decide desde su herida, desde su miedo, desde su esperanza, desde su responsabilidad, desde su cansancio, desde su deseo de seguir siendo quien es.
Por eso no juzgo. Por eso no permito que me juzguen. Porque en este país nadie está ileso, nadie está intacto, nadie está completo.
La tragedia venezolana nos partió en dos geografías emocionales: los que se fueron cargan nostalgia, culpa, rabia; los que nos quedamos cargamos cansancio, abandono, rabia. Dos dolores que se miran sin reconocerse. Dos duelos que se confunden con reproches. Dos formas de sobrevivir que a veces se sienten como bandos, aunque no lo sean.
Pero no somos bandos. Somos la misma herida expresada de dos maneras distintas. Somos la misma nostalgia con acentos diferentes.
Somos la misma pregunta sin respuesta.
Cada quien intenta salvar algo: la vida, la memoria, la dignidad, la cordura, el nombre propio. Y en un país donde todo parece estar en ruinas, cada quien hace lo que puede con lo que tiene. No hay jerarquía moral entre esas decisiones. No hay superioridad ética. No hay bando correcto. Lo único incorrecto es el juicio.
Por eso lo digo sin temblor: no critico a los que se han ido; no acepto la crítica a los que nos quedamos. Y no es cierto —nunca lo ha sido— que se quiera más o menos por irse o quedarse. El amor no se somete a esas contabilidades mezquinas. El amor simplemente está. A veces callado. A veces furioso. A veces roto. A veces intacto en su fragilidad.
Pero está. Y eso basta.
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