15-09-2025
Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron
¡Ah, los portugueses! Navegantes del bacalao y del fado que llegaron a Venezuela con una maleta llena de sueños, una foto de la abuela en blanco y negro y un pan de trigo que parecía tallado por Miguel Ángel.
Llegaron a Venezuela con la brújula apuntando al trabajo duro y el corazón lleno de saudade. Muchos venían de Madeira, de aldeas donde el mar era vecino y la tierra se ganaba con las uñas. Aquí se metieron en todo: ferreterías, bodegas, abastos, supermercados, construcción, agricultura, floristerías y jardinerías, y hasta en la venta de repuestos donde sabían más de carburadores que de castellano.
Los portugueses no vinieron con pompa ni discursos, pero trajeron algo mejor: sabor, terquedad, y una manera muy suya de convertir cualquier esquina en una panadería que huele a gloria celestial.
Entonces, hablemos del pan. Porque si algo hicieron los portugueses fue enseñarnos que el pan no es sólo pan. Es ritual, es abrazo, es desayuno con mantequilla y café en vasito.
Nos trajeron el pan campesino, el pan de leche, el pan que cruje como chisme de vecina. Y no sólo lo trajeron: lo perfeccionaron. ¿Quién no ha hecho una cola de media hora en una panadería un domingo por la mañana, con la esperanza de que todavía quede algo caliente? Y si no queda, igual uno se lleva un golfiao con queso e’ mano, porque el alma portuguesa también sabe de eso.
Pero no todo fue pan. También trajeron el bacalao, ese pescado seco que parece un ladrillo pero que, milagrosamente, se convierte en manjar cuando lo cocinan con papas, cebolla y aceite de oliva.
La ensalada de bacalao es como una declaración de principios: sencilla, honesta y con carácter. Y si uno tiene suerte, le toca probar el bacalao espiritual, que no tiene nada de místico, pero sí mucho de sabroso.
Los portugueses también trajeron una manera muy suya de mirar el mundo: con paciencia, con trabajo duro y con una fe inquebrantable en que todo se puede resolver con la Virgen de Fátima y un buen café.
Porque el café portugués no es cualquier café. Es fuerte, oscuro y servido con una sonrisa que dice: “Isto vai mexer contigo até às lembranças mais guardadas”. Y si uno se queda conversando, seguro te ofrecen un pastelito de nata, que es como un abrazo en forma de postre.
Y qué decir de los nombres. Porque los portugueses tienen esa costumbre de ponerle nombres largos a sus hijos, con apellidos que parecen trabalenguas. Pero también tienen el don de los apodos.
Así, en cualquier lugar venezolano, hay un “Portu” (dicho con toneladas de cariño) que no se llama Portu, sino João Pedro, Tiago Manuel, João Martim, pero que todo el mundo conoce como “el señor que hace los mejores cachitos del mundo”. El cachito tiene jamón y una masa que parece hecha por ángeles panaderos que seguramente son portugueses. Y la manera como lo hacen es imposible de reproducir en casa.
Y trajeron refranes, aunque a veces no los entendemos del todo. Cosas como “quem não tem cão, caça com gato”, que uno traduce como puede y aplica cuando se le acaba el papel toilette. Porque el humor portugués es seco, directo, y con una pizca de melancolía. Como si siempre estuvieran recordando algo que pasó en Madeira o en Oporto, pero sin dejar de sonreír.
También trajeron una estética: azulejos, santos con cara de primo lejano, y una manera de decorar que mezcla lo barroco con lo práctico. Las casas portuguesas tienen ese encanto de lo vivido, lo útil, y lo bonito sin pretensiones. Y si uno entra a una, seguro hay una imagen de Fátima y de San Antonio, porque los portugueses creen en los milagros, pero también en el trabajo duro.
Los portugueses nos trajeron esa cultura de las letras de sus grandes escritores y poetas. ¡Y vaya letras! Desembarcaron con una maleta invisible llena de palabras que saben a mar, a saudade, a vinho verde y a tardes de lluvia.
Nos trajeron la cadencia melancólica de Fernando Pessoa, que escribía como quien conversa con sus propios fantasmas; la fuerza lírica de Sophia de Mello Breyner, que hablaba del mundo como si fuera un poema en voz baja. ¡Y cómo no incluir a don Luis de Camões, ese poeta que escribía como quien navega entre tormentas y amores imposibles!
Los portugueses que llegaron a Venezuela no sólo trajeron manos para el trabajo y alma para el fado, también venían con una herencia literaria que sabe a mar abierto y a versos tallados en piedra.
Camões, con su Os Lusíadas, nos enseñó que la épica no está solo en las guerras, sino también en el alma que resiste. Sus palabras cruzaron el Atlántico como quien lanza botellas con mensajes, y aquí encontraron eco en los que también venían buscando nuevos mundos.
Esa tradición de letras exquisitas se coló en nuestras sobremesas, en los cuentos de abuelos que hablaban de Lisboa como si fuera parte del mapa emocional de Venezuela. Pessoa nos trajo la melancolía filosófica y Camões ese fuego antiguo que convierte la lengua en espada y caricia.
Y aunque muchos portugueses que llegaron no eran poetas de oficio, hablaban con una musicalidad que parecía escrita en endecasílabos. Porque cuando un madeirense dice “A minha casa é tua casa”, lo dice con la misma solemnidad con la que Camões hablaba del amor y del destino.
Así que sí, los portugueses nos trajeron letras que no se leen sólo con los ojos, sino con el alma. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos papelón, cariño y espacio en nuestras bibliotecas del corazón. Esa tradición literaria, tan rica y profunda, se coló en Venezuela como quien deja una carta debajo de la puerta.
Muchos portugueses que llegaron aquí llevaban la poesía en la manera de hablar, en los cuentos que contaban en las sobremesas, en los dichos que mezclaban el portugués con el castellano y que terminaban sonando como refranes nuevos. Y así, sin hacer ruido, nos enseñaron que la palabra también puede ser hogar.
Discretos pero constantes, como el café colado en manga: sin alarde, pero siempre presente. Convirtieron su “bom dia” en “buenos días, vecino” y el fado “Estranha Forma de Vida”, interpretado por Amália Rodrigues —“Foi por vontade de Deus / Que eu vivo nesta ansiedade…”— que no es canción: es confesión, es herida cantada con dignidad.
En él, el destino no se discute, se canta. Y Amália lo hizo eterno, como si cada palabra llevara el peso de Lisboa en la voz, en un fondo musical para sembrar raíces. La música portuguesa tiene algo único.
En 2017, Salvador Sobral entonó “Amar pelos dois” como quien acaricia una cicatriz con la yema de los dedos. Compuesta por su hermana Luísa, esta balada de jazz susurrado y bossa contenida se volvió plegaria de los que aman sin retorno, de los que ofrecen el corazón entero, aunque el otro ya no esté.
En Eurovisión de ese año, entre el ruido y la parafernalia, Salvador apareció como un suspiro: voz íntima, mirada baja, y una ternura que desarmó a Europa. No cantó para impresionar, cantó para entregar. Y esa entrega, desnuda y sin artificios, convirtió la canción en un acto de amor absoluto. Desde entonces, “Amar pelos dois” vive como un fado sin guitarra, sembrado en el alma de quienes saben que hay amores que no se gritan, se murmuran.
Y no podemos olvidar el acento. Ese acento que suena a mar y a montaña, que convierte la “r” en una caricia y la “s” en suspiro. El portugués venezolano habla con una cadencia que parece canción, y cuando se emociona, mezcla el español con el portugués y uno no entiende nada, pero igual se ríe.
Los inmigrantes portugueses se trajeron a sí mismos, con todo lo que eso implica: sabores, costumbres, manías y una manera de vivir que se fue mezclando con la nuestra hasta que ya no sabemos dónde termina lo portugués y empieza lo venezolano.
Porque en este país, el pan “de a locha” (que no cuesta una locha) ya es tan nuestro como la arepa, y el bacalao espiritual se sirve en Navidad junto al pernil y la ensalada de gallina.
Así que gracias, Portus queridos. Gracias por el pan, por el marroncito a primera hora en una panadería, por el bacalao, por las letras, por el fado, por los negocios, por la gentileza, por la Virgen de Fátima, por las flores y por enseñarnos que la vida se vive mejor si se empieza con una buena masa y se hornea con cariño.
