[Col}> Pelabola con alma de bolero / Soledad Morillo Belloso

15-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Pelabola con alma de bolero

En el escenario diario del venezolano, donde la escasez se disfraza de creatividad y el humor hace las veces de chaleco antibalas, “ser un pelabola” no es simplemente estar pelando. Es un modo de andar con la frente en alto y los bolsillos en huelga. Una filosofía con acento criollo, una forma de vivir con el monedero en ayuno, pero el alma rebosante de cuentos, refranes y anécdotas que se sueltan en la cola del pan o mientras se espera que el agua decida aparecer.

“Pelabola” y “pelar bolas” son locuciones verbales que no necesitan traducción ni explicación. Evocan la desnudez del bolsillo, ese espacio donde antes vivía el sencillo y ahora sólo queda aire y un recibo arrugado del año pasado. No hay vuelto, ni esperanza de aguinaldo. Sólo la bola pelada, como quien dice: “Aquí no hay, pero se inventa”.

Y se dice con una sonrisa ladeada, con tumbao’,  con ese humor que no pide permiso ni da explicaciones: “Soy pelabola, pero feliz”. O con la frente bien plantada: “Pelabola, sí, pero no vendido”. Porque no tener plata no significa no tener principios. El pelabola tiene cuentos, arepas de aire, café colado con fe y una dignidad que no se negocia ni en dólares.

Ser pelabola es una forma de resistencia poética con sabor a papelón con limón. Es hacer mercado con lo que se consiga, cocinar con lo que haya y convertir la carencia en relato. La nevera puede estar vacía, pero el repertorio de chistes está lleno.

En un país donde la desigualdad se maquilla con promesas y el salario se evapora como el gas doméstico, el pelabola observa, narra y denuncia con sabor a empanada con relleno imaginario.

Come con la mirada y sazona con recuerdos. Tiene más cuentos que billetes. Su cartera es como el bolívar: simbólica y en estado contemplativo. Su casa es un museo de la esperanza: el ventilador es un héroe que no se rinde, la vela es testigo de sobremesas eternas y el mueble roto es trono de historias compartidas, aunque tenga una pata coja y un cojín que ya no es cojín sino reliquia.

En la literatura y en la vida, abundan los pelabolas gloriosos: el tío que vive de contar historias en la mecedora, la vecina que hace milagros con un kilo de harina y una olla prestada, el estudiante que sobrevive a punta de café negro y fotocopias mal impresas. Son poetas sin tinta, cronistas sin papel, héroes del día a día que hacen del “no hay” un himno nacional.

Hay quienes creen que la elegancia se compra, que el estilo se mide en marcas y que la dignidad tiene precio. Pero aquí, donde el pelabola es figura central del paisaje emocional, nace otra estética: la del bolsillo roto. No es moda, es filosofía. No es tendencia, es resistencia con sabor a sopa sin carne pero con mucho cilantro.

Vestirse con lo que hay —camisas heredadas, zapatos que han visto más calles que promesas, pantalones que han sobrevivido más gobiernos que aguinaldos— es parte de esa estética. Cada prenda tiene su cuento, su cicatriz, su historia de sobrevivencia.

Cocinar con lo mínimo y lograr que un arroz con “lo que se consiga” huela a domingo también lo es. Habitar con creatividad, transformar el remiendo en manifiesto, la escasez en símbolo, es arte popular con olor a gasoil y esperanza.

El bolsillo roto no se esconde, se muestra como quien enseña una medalla. Es testigo de días en que se metió la mano esperando encontrar algo más que aire. Y aunque no encontró billetes, encontró ideas. Humor. Ironía. Filosofía de supervivencia. Es un poema sin rima pero con ritmo. Es la metáfora del país: desgastado, sí, pero aún capaz de guardar sueños y algún billetico de lotería vencido.

El pelabola es minimalista sin quererlo, pero con estilo. Su sarcasmo es más filoso que cualquier tarjeta de crédito. Su dignidad no se compra, se cultiva con paciencia, café colado y chistes reciclados. No presume, pero resiste. No tiene, pero sabe. No compra, pero crea.

Imágenes sobran: el joven que va a una entrevista con zapatos lustrados por él mismo, camisa prestada y mirada firme; la señora que vende empanadas con masa que aprendió a estirar como quien estira el tiempo; el abuelo que guarda fotos en una caja de zapatos porque el álbum se perdió, pero la memoria no.

Esta estética no se aprende en revistas de moda ni en blogs de diseño. Se aprende en la calle, en la cola del gas, en la conversación con la vecina que hace milagros con lo que tiene y un cucharón de fe. Se aprende en la risa que brota cuando no hay nada, pero igual se celebra.

Imagino que Cabrujas diría que ser pelabola en tiempos de enchufadismo y rastacuerismo con pésima ortografía y mala decoración sirve para muchas cosas, entre ellas como barrera a la cursilería, que bien sabemos se pega como el mal olor. Porque cuando no hay, no se finge.El pelabola no tiene tiempo para adornos, ni para frases hechas, ni para romanticismos de catálogo. Tiene lo justo, y con eso se dice todo.

El bolsillo roto no es sólo símbolo de escasez. Es una declaración de principios. Belleza en el remiendo. Dignidad sin presupuesto. Resistencia con humor. Es la estética del pelabola: un arte que no necesita adornos, sólo verdad… y quizás un hilo y aguja por si acaso.

En este país los pelabola tenemos alma de bolero.

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