[LE}> ¿Por qué se dice «el acta», pero en plural se convierte en «las actas»?

19-07-2025

Carla Matos

 ¿Por qué se dice «el acta», pero en plural se convierte en «las actas»?

¿Por qué decimos «el acta» si es femenino? La RAE aclara que es por eufonía y que en plural debe decirse «las actas».

El español está lleno de particularidades gramaticales que generan confusión entre los hablantes. Una de las más comunes afecta a las palabras femeninas que empiezan por «a» tónica, como «acta», que en singular lleva el artículo «el», aunque su género no cambia. Este uso, que muchos identifican erróneamente como masculino, responde en realidad a una cuestión de sonoridad.

La Real Academia Española (RAE) ha aclarado que «acta» es un sustantivo femenino. Sin embargo, cuando se encuentra en singular, se antepone la forma «el» del artículo determinado para evitar la cacofonía que se produce al pronunciar «la acta». Según la institución, «la forma el es, en estos casos, una variante del artículo femenino la, que se emplea obligatoriamente delante de sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica, como acta, águila o arma».

Es decir, aunque «el» coincide con el artículo masculino, no convierte el sustantivo en masculino. La concordancia debe mantenerse siempre en femenino: «el acta aprobada» y no «el acta aprobado». Este fenómeno, que tiene raíces históricas en la evolución del artículo latino illa, se conserva exclusivamente en singular.

¿Cuál es la forma correcta, «el acta», «las actas»?

En plural, la confusión desaparece. La forma correcta es «las actas», ya que al desaparecer la cacofonía no hay razón para mantener el uso de «el». Por eso, expresiones como «las actas firmadas» o «las armas incautadas» utilizan la forma habitual del artículo femenino.

La RAE advierte de un error frecuente: emplear la forma masculina del adjetivo o del demostrativo, creyendo que el sustantivo cambia de género. Así, deben evitarse construcciones incorrectas como «el acta aprobado» o «este acta», en lugar de «el acta aprobada» y «esta acta». Además, si entre el artículo y el sustantivo se interpone otra palabra, se utiliza «la»: «la misma acta» o «la única arma».

Este uso particular no afecta a los sustantivos que comienzan por «a» átona, como «amapola» o «alabanza», que siempre conservan el artículo «la» en cualquier posición. Tampoco se da en plural, donde se respeta la concordancia femenina sin excepción.

En definitiva, la alternancia entre «el acta» y «las actas» es una peculiaridad ortográfica y fonética que no altera el género del sustantivo. Su función es exclusivamente evitar la dificultad de pronunciación que provoca el encuentro de dos vocales tónicas iguales, una característica que muestra cómo el idioma adapta sus normas para preservar la claridad y la naturalidad al hablar.

Fuente

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18-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Claridad

Cierro mis ojos. Veo mejor. No porque la realidad desaparezca, sino porque se transforma. En la oscuridad, los límites se difuminan, los detalles innecesarios se disuelven y lo esencial cobra vida con una claridad inesperada. Es en este espacio donde lo que no se ve con los ojos brilla con fuerza: los recuerdos, los deseos, las verdades que el mundo tiende a ocultar bajo su ruido incansable y las luces que encandilan.

Cierro mis ojos. Las sombras se vuelven contornos suaves, la luz deja de deslumbrar y lo que realmente importa se dibuja con nitidez. Es en este silencio visual donde escucho mejor, donde los pensamientos adquieren forma sin interferencias, donde los sentimientos no tienen que vestirse con ropajes. Aquí veo con el alma, con la intuición, con la sensibilidad.

Y entonces, por un rato con sabor a eterno, me quedo en esta oscuridad voluntaria, en esta pausa gentil donde todo se comprende sin la distracción del mundo visible. Con los ojos cerrados, veo lo que el ruido esconde, lo que las miradas rápidas pasan por alto, lo que sólo el corazón sabe reconocer. Y en ese instante, por fin, veo mejor.

Cierro mis ojos. Las distancias dejan de importar. No hay fronteras entre el pensamiento y la emoción, entre la memoria y la imaginación. Lo que antes parecía lejano ahora está al alcance, lo que creía perdido regresa con una nitidez que no necesita luz para existir.  Las cosas adquieren su verdadera forma, lejos de distracciones que distorsionan.

Las sombras se convierten en refugio en lugar de infundir temor. En ellas se esconde lo que no me atrevo a ver cuando la luz exige respuestas inmediatas. Pero en este espacio sin colores, sin contornos definidos, el tiempo se detiene lo suficiente para que todo se revele sin prisa. Los miedos, las verdades que esquivo, los sueños que olvidé, todos surgen con una dulzura inesperada, como si supieran que  ahora estoy lista para mirarlos de frente.

Cada latido resuena más fuerte, cada pensamiento encuentra su eco sin interrupciones. Y en este silencio, en esta penumbra, comprendo lo que tantas veces pasé por alto. El mundo no desaparece, apenas se transforma en lo que siempre debió ser: un espacio donde el alma por fin puede ver con diafanidad.

Cierro mis ojos. Comprendo que la  visión no depende de la luz, sino de la voluntad de mirar más allá. En esta oscuridad quieta donde el mundo se disuelve y sólo queda la esencia de las cosas, descubro que no necesito ver para entender, que no necesito mirar para sentir. Porque en el silencio de mis ojos cerrados todo lo invisible se revela con absoluta claridad.

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