[Col}> El viento que no responde / Soledad Morillo Belloso

20-07-2025

Soledad Morillo Belloso

El viento que no responde

La soledad no es el vacío de una habitación, ni la quietud que se instala cuando cae la noche. Es un silencio que resuena dentro, una presencia intangible que acompaña incluso en medio de la multitud. Es la certeza de que nadie escucha lo que se grita hacia dentro, la ausencia de un reflejo en la mirada de otro.

Estar a solas es una condición más simple, más tangible. Se puede estar a solas en una casa vacía, en un café cualquiera donde nadie nos conoce, en un camino donde los pasos se mezclan con el polvo y la brisa.

La soledad tiene sombras que alcanzan los rincones donde antes había luz. Es el rumor de una conversación que quedó a medias, el peso invisible de una silla que no se mueve, la huella de unas manos que ya no acarician. La soledad tiene memoria, guarda el archivo de cada instante compartido y lo  despliega como páginas de un libro que nunca se termina.

No todos los días son iguales. Hay días en que la soledad muerde, días en que su peso aplasta el pecho, días en que su presencia se convierte en el único sonido reconocible. Y luego, están los días en que es simplemente un velo tenue, una brisa tibia que toca sin destruir, una compañía que ya no es una extraña.

Estar a solas puede ser una elección, como quien escoge guarecerse en un refugio. La soledad, en cambio, es una tormenta que llega sin preguntar, un invierno sin tregua, un amanecer sin promesas.

La soledad enseña, muchas cosas. A escuchar el propio pensamiento, a entender el lenguaje del viento, a comprender lo que dice el olor del café, es el mensaje que alberga la textura del papel bajo los dedos, lo que vemos cuando cerramos los ojos.

La soledad no pregunta, sólo se sienta en el alma y deja un vacío que ninguna voz logra llenar.

Es el nombre que ya nadie pronuncia, el reflejo que vive en la bruma de la memoria. La soledad no grita, observa en silencio cómo pasa el tiempo. En realidad, no es vacío, es todo lo que ya no está.

Es ese otoño que se queda, aunque el mundo insista en que ha llegado la primavera. Es un diálogo truncado, una pregunta suspendida en el aire, esperando una voz que nunca vuelve. Es ese espacio entre las palabras no dichas. Es una herida abierta que no sangra, un vacío sin pretextos, una penumbra que continúa cuando el día amanece. Es un reloj sin agujas, un calendario sin fechas. Es una carta sin respuesta, un verso incompleto, un poema que nunca encuentra su última línea

La soledad convive con la vida. Se  hace costumbre. Es el viento que no responde. Habla, pero no devuelve palabras. Tiene el poder del silencio. La soledad es un pacto silencioso, una conversación sin palabras entre el tiempo que sigue y la ausencia que pesa. Es aprender a caminar con sombras, a reconstruir espacios sin olvidar lo que los llenó alguna vez. La soledad no pide permiso. Y el alma, poco a poco, aprende a vivir con ella.

Y así, en algún rincón del silencio, descubrimos que aún queda algo por hacer, algo por vivir. Aunque sea distinto, aunque sea frágil. Aunque sea sólo nuestro.

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