[Col}> El persistente eco de la vida /Soledad Morillo Belloso

08-05-2025

Soledad Morillo Belloso

El persistente eco de la vida

La soledad es un mar inmenso, a veces calmado, otras veces furioso. En sus aguas aprendemos a flotar, a nadar contra corriente, a dejarnos llevar por la marea cuando la lucha se vuelve agotadora. Vivir es eso, aprender el ritmo de las olas y encontrar en cada nuevo amanecer una razón para seguir.

Hubo un tiempo en que respirar era mecánico, una repetición sin sentido. La luz del sol entraba por la ventana, pero no me calentaba. Las voces a mi alrededor se convertían en murmullos lejanos, ajenos, como si el mundo hubiese decidido avanzar sin mí. Perderse en esa niebla es fácil, pero salir de ella requiere una fuerza interior que muchas veces creemos inexistente.

El primer paso fue minúsculo. Un instante de curiosidad, una chispa en la oscuridad. Un libro abierto, una melodía que de pronto sonó diferente, el aroma del café con recuerdos olvidados. Pequeñas señales de que la vida todavía quería hablarme, aunque susurrara en vez de gritar.

Seguir viviendo no es olvidar el pasado, ni pretender ignorar el dolor. Es aprender a convivir con él, encontrarle un espacio en nuestra historia sin permitirle dictar nuestro futuro. Es abrir los ojos y, pese a todo, buscar belleza en lo cotidiano: en la textura de una hoja bajo los dedos, en la forma en que el viento juega con el pelo de alguien en la calle, en el reflejo tembloroso de la luna sobre el agua.

El peso del mundo es invisible hasta que lo sientes sobre los hombros. Se acumula en los pliegues del tiempo, en las palabras no dichas, en los recuerdos que parecían inofensivos pero que, con los años, revelan su verdadera intensidad. Vivir no es simplemente avanzar, es aprender a sostener lo que cargamos sin que nos hunda. Es encontrar equilibrio entre lo que fue y lo que aún nos queda por descubrir.

Hubo momentos en los que creí que la vida era un laberinto sin salida. Cada paso parecía llevarme al mismo punto, el mismo callejón sin respuestas. Me aferré al silencio, a las rutinas que me protegían del vértigo de la incertidumbre. Pero la existencia no se detiene por miedo; sigue su curso, indiferente a nuestras dudas. Aprendí que el cambio es inevitable, y que resistirse a él es como intentar detener el viento con las manos.

Seguir viviendo es aceptar la transformación, incluso cuando no la comprendemos. Es confiar en que la oscuridad de hoy no es eterna y que, en algún lugar, la luz siempre espera su turno. Porque si algo nos enseña el tiempo es que la vida se mueve en ciclos: la pérdida trae aprendizaje, la despedida nos prepara para nuevos encuentros, la caída nos recuerda que siempre podemos levantarnos.

En mis días más fríos, encontré consuelo en los pequeños gestos: una mirada que entendía sin palabras, la calidez de una voz que me llamaba por mi nombre, la fragancia de un libro recién abierto. Fueron esas diminutas maravillas las que me recordaron que la vida no sólo se mide en los grandes acontecimientos, sino en los momentos cotidianos que, poco a poco, nos devuelven el sentido.

Seguir viviendo no significa olvidar el dolor ni borrar la historia. Significa integrarlo en nuestra narrativa sin permitir que nos defina. Es mirar hacia adelante con la certeza de que, aunque el camino no sea fácil, sigue siendo nuestro. Porque la vida no nos pide perfección, sólo que sigamos andando, que sigamos buscando, que sigamos sintiendo.

Y así, entre amaneceres y noches sin sueño, entre risas y lágrimas, seguimos viviendo. Porque al final, la existencia no se trata sólo de sobrevivir, sino de encontrar la fuerza para hacerlo con propósito, con amor, con esperanza.

Porque la vida nunca deja de llamarnos, aunque a veces el ruido del sufrimiento nos impida escuchar. Y cuando finalmente logramos hacerlo, nos damos cuenta de que siempre estuvo ahí, esperándonos, paciente y fiel. Seguir viviendo es eso: aceptar la invitación y volver al mundo.

Cada noche me duermo escuchando música. Anoche fue Fito Páez quien me acompañó: “Cada vez que pienso en vos… Fue amor, fue amor…”

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