Un hombrecito de pequeña estatura entró a un ascensor dentro del cual venía ya, solo, un negro enorme, como esos monstruosos jugadores de baloncesto. Al reparar en él, el hombrecito dudó entre si entrar o esperar otro ascensor, pero al final, y con visible temor, decidió entrar y se acurrucó en la esquina más alejada del negro.
Luego de un corto silencio, que a nuestro pequeño hombre le pareció una eternidad, se escuchó la voz áspera del negro que dijo:
—Tengo 2,05 metros de altura, 155 kilos de peso, y pene de 33 centímetros. Mucho gusto, Dante Svelta.
Y dicho lo cual, le extendió la mano al hombrecito en señal de saludo, pero, por toda respuesta, el hombrecito cayó desmayado.
Asombrado, el negro lo tomó entre sus brazos y le dio unas leves cachetadas para ver de reanimarlo. Cuando por fin el hombrecito abrió los ojos, el negro, preocupado, le preguntó:
—¿Qué le pasó, mi amigo?
El hombrecito, mirando al negro con ojos desorbitados, le preguntó con un hilo de temblorosa voz:
—¿Me… me… puede usted re… repetir lo… que… que… me… me… dijo antes?
—Por supuesto, amigo. Yo quise presentarme y le dije mi estatura, mi peso, la longitud de mi pene, el peso de mis testículos, mi nacionalidad y mi nombre completo, que es Dante Alvelta.
—Uy, ¡qué alivio!. Yo entendí ‘date la vuelta’.
