[Hum}– Oración antes de la comida

Marido y mujer fueron a cenar a un restaurante. Apenas les sirvieron la comida, el marido dijo:

—Luce delicioso. ¡A comer!

Ella objetó:

—Cariño, en casa siempre elevas una oración antes de comenzar a comer.

A lo que él respondió:

—Sí, cariño, eso es en casa, pero aquí el chef sabe cómo cocinar.

[*Drog}– La Naturaleza y el drogamor

16-09-2015

Carlos M. Padrón

En realidad, del artículo que copio abajo no me convence que los resultados de un estudio hecho con los pinzones cebra, que son aves, sean aplicables a humanos, pero no deja de llamar mi atención que tales resultados concluyan —como ya dijo antes Helen Fischer— que los emparejamientos por drogamor son un recurso de la Naturaleza para «garantizar que, durante la larga fase de dependencia de los hijos, éstos obtendrán el apoyo de sus padres».

O sea, que, como ya he dicho aquí varias veces, se demuestra una vez más que a la Naturaleza no le interesa nuestra felicidad, sino perpetuar la especie humana.

Artículo(s) relacionado(s):

~~~

14/09/2015

Pilar Quijada

¿Por qué la evolución ha favorecido el emparejamiento por amor?

Aunque pueda sorprendernos, la idea de emparejarse por amor es un “invento” relativamente reciente, al menos en nuestra especie.

Hoy nos parece normal, pero en el pasado muchos matrimonios se hacían por conveniencia, como explica la historiadora Stephanie Coontz en su libro «Historia del matrimonio». Surgido inicialmente como un contrato o alianza entre grupos (clanes, familias y linajes), más que entre una pareja, la «revolucionaria» idea de casarse por amor no se impuso hasta el siglo XVIII.

Sin embargo, hoy en día, los humanos somos extremadamente exigentes cuando se trata de emparejarnos. Una exigencia que ha ido “in crescendo” a medida que las mujeres han adquirido independencia económica para rechazar casarse si no encuentran un compañero adecuado, o para dejar a su pareja cuando se sienten infelices, resaltaba Coontz en una entrevista concedida a ABC en 2006.

¿Pero cuál es el punto de vista evolutivo sobre este tema? Un estudio que se publica en la revista PLoS Biology podría tener la respuesta.

Investigadores del Instituto Max Planck de Ornitología, de Alemania han ideado un elegante diseño experimental para aclarar esta peliaguda cuestión de la elección de pareja, a la que dedicamos gran cantidad de tiempo en la fase previa del cortejo, que incluye ilusiones y también frustraciones.

Y para ello han utilizado a pinzones cebra, también conocido como diamante mandarín, unos pájaros australianos que ya se han prestado en otras ocasiones a estudios sobre la fidelidad. Aprovechando las similitudes de estas aves con nuestra especie, en el cortejo, la monogamia y el cuidado de las crías, los investigadores establecieron una sesión de «citas rápidas», dejando a grupos de 20 hembras elegir libremente entre 20 pinzones macho.

Una vez que las aves se habían emparejado, a la mitad de las parejas se les permitió una vida de felicidad conyugal. Sin embargo, la otra mitad tuvo peor suerte. Como una reminiscencia de lo que ocurría en el pasado con los matrimonios humanos, los investigadores separaron a la feliz pareja y obligaron a cada integrante a unirse con otro compañero distinto del elegido.

Tanto a las parejas felices como a las de “conveniencia” (de los investigadores, en este caso) las dejaron criar libremente y evaluaron su comportamiento mediante el número de los embriones y pollos muertos así como hijos supervivientes.

Sorprendentemente, el número final de pollos supervivientes fue un 37% mayor en el caso de las aves que se habían emparejado “por amor” que en las parejas impuestas. Los nidos de parejas formadas sin posibilidad de elección tenían casi tres veces más huevos no fecundados que las de las de libre elección, y un mayor número de huevos fueron escondidos o se perdieron.

También murieron muchos más pollos de estas parejas después de la eclosión. La mayoría de las muertes ocurrieron dentro de las primeras 48 horas, un período crítico durante el cual los padres obligados a emparejarse eran notablemente menos diligente en sus deberes con las crías que los de las parejas felices.

Pero, por lo que parece, la cosa venía de atrás. El noviazgo de ambos tipos de parejas —felices y obligadas— mostró algunas diferencias notables. En primer lugar, aunque los machos de las parejas obligadas prestaban la misma atención a sus compañeras que los de las parejas felices, las hembras eran mucho menos receptiva a sus iniciativas y tendían a aparearse con menos frecuencia.

Además, al analizar la armonía de las parejas, los investigadores vieron que las que no tuvieron elección eran en general mucho menos “tiernas” que las felices. También registraron un mayor nivel de la infidelidad en las aves de las parejas obligadas.

Los investigadores concluyen que las aves varían bastante en sus gustos y eligen compañeros que encuentran estimulantes de alguna manera que no es necesariamente obvia para un observador externo. La elección hace que las hembras de pinzón tengan mayor probabilidad de éxito en la cópula, y promueve el compromiso paterno durante el tiempo necesario para criar a la nidada. En conjunto, esto maximizaría la probabilidad de que la pareja perpetúe sus genes a través de una descendencia próspera.

¿Suena familiar?

Es probable que el juego de la seducción en nuestra especie tenga una finalidad parecida para garantizar que durante la larga fase de dependencia de los hijos obtendrán el apoyo de sus padres.

De hecho, los resultados de estos autores son coherentes con algunos estudios sobre las diferencias entre matrimonios basados en el amor y los llevados a cabo por conveniencia en la sociedad humana.

De ahí que dediquemos tanto tiempo y esfuerzo a la fase previa de cortejo, pese a que en algunos casos obtengamos frustraciones.

Fuente

[LE}– ‘Iniquidad’ no es lo mismo que ‘inequidad’. ‘Inicuo’ vale para ambos

15/09/2015

La palabra iniquidad alude a un acto perverso y no es lo mismo que inequidad, que equivale a desigualdad.

En los medios de comunicación se confunden ocasionalmente estos dos vocablos, como en los siguientes ejemplos:

  • «Mencionó como un aspecto negativo la iniquidad entre el crecimiento de la productividad y de los salarios» o
  • «Siguen persistiendo elementos claros de iniquidad en las relaciones entre hombres y mujeres».

Según el Diccionario Académico, iniquidad significa ‘maldad, injusticia grande’, que podría ser un crimen, una violación de los derechos humanos o cualquier otro hecho vil, como en «La destrucción del bosque para construir un centro turístico fue una iniquidad»; en cambio, inequidad es la ‘desigualdad o la falta de equidad’, como en «Ese trabajo contribuirá a eliminar la inequidad entre hombres y mujeres».

Estos dos valores pueden superponerse en algunos casos, si se considera que la desigualdad es una gran injusticia, pero el uso de una voz u otra remite a facetas distintas de una misma situación: la inequidad se refiere a la desigualdad en sí, y la iniquidad a una valoración ética de esta.

El adjetivo inicuo corresponde a ambos sustantivos, de modo que se puede hablar de un acto inicuo para referirse a una injusticia o una perversidad, y de unas exigencias inicuas para aquéllas que son contrarias a la equidad o a la ética.

Fuente

[*Opino}– De las nuevas tecnologías, como el Wi-Fi, y los supuestos daños que causan a la salud

14-09-2015

Carlos M. Padrón

Los dos artículos que copio abajo son contradictorios.

El primero, publicado el pasado 20 de enero, dice que el Wi-Fi, una de las más nuevas tecnologías, es totalmente inofensivo, y expone pruebas que parecen demostrarlo así.

El segundo, en cambio, publicado el pasado sábado, día 12, asegura lo contrario, y habla de enfermedades causadas por las nuevas tecnologías y que ya han sido reconocidas por la OMS.

Me temo que en esto se quiere pescar en río revuelto, y parece que ya alguien lo consiguió porque ganó el pleito que presentó a la empresa en la que trabajaba acusándola de haberse enfermedad por causa del Wi-Fi.

Si en realidad éste hace daño, me queda poca vida porque la mayor parte del día me la paso frente a un router Wi-Fi activo, que nunca apago, y, además, llevo colgado al cuello —como el perro San Bernardo lleva el barrilito que lo ha hecho famoso— y conectado al Wi-Fi mi smartphone. Aunque hay quienes dicen que es peligroso llevarlo cerca del corazón, para mí lo peligroso es llevarlo por debajo de la cintura, pues tal vez las vibraciones que, si lo llevo ahí, me causa en la pelvis no sean malas para la salud, pero son insoportables.

~~~

20/01/2015

Judith de Jorge

«El Wi-Fi supone tanto peligro como un caracol en una autopista: ¡Ninguno!»

¿Recuerda cuando se decía que los microondas podían perjudicar la salud?

Hubo un tiempo en el que temíamos calentar la comida en ese nuevo electrodoméstico por el temor de sacar de ahí un plato «atómico» además de recalentado. Superadas las primeras inquietudes, hemos aceptado el calentamiento por rozamiento como parte de nuestra vida cotidiana, sin prestarle más atención que la de no pasarnos con los minutos.

Ahora, son otro tipo de ondas las que nos traen de cabeza. La idea de que la telefonía celular, o el Wi-Fi, pueden perjudicar la salud está muy extendida, hasta el punto de que existen peticiones para eliminar las redes inalámbricas de los colegios y evitar la exposición en los más pequeños, y otros acusan a las antenas de estar enfermos o padecer cáncer. En algunos casos incluso han conseguido que las retiren.

¿Hay realmente un fundamento serio para temer al Wi-Fi, o nos encontramos con un nuevo «caso microondas»?

Para un equipo de doctores en Física de la Facultad de Medicina y la de Escuela Superior de Ingeniería Informática de la Universidad de Casilla-La Mancha (UCLM), la «antenafobia» no tiene ningún sentido. Ellos están convencidos: Estas nuevas tecnologías son inocuas para la salud.

Durante cuatro años, los investigadores midieron en Albacete la exposición de 75 personas a estas ondas en 14 bandas de frecuencia, FM, TETRA, TV y las seis bandas de telefonía celular, Wi-Fi,, el inalámbrico (DECT), etc.

Los voluntarios portaban sus medidores exposímetros con una sensibilidad de 0,000000066 W/m2, el más preciso del mercado, durante todo el día y hacían vida normal, anotando por dónde iban. También llevaban encima un GPS con el que después eran situados en un mapa.

En total, se realizaron 8.640 registros por voluntario, y se obtuvieron 13 millones de datos.

Según los resultados, en promedio por banda de frecuencia, la radiación media recibida «es la equivalente a la que recibiríamos de una bombilla de 100 W colocada a 1 km de distancia de nosotros», es decir, algo insignificante. Por ejemplo, la radiación media más alta es la de una vieja conocida, la FM, con la que llevamos conviviendo cien años, y es 0,0001 W/m2, mil veces por debajo del límite legal.

Las radiaciones de las diferentes bandas de telefonía pueden ir de 0,00004 W/m2 a 0,00001304 W/m2, o aún más bajas. Los valores máximos tampoco superaron los límites legales en ningún momento, y en ninguna banda. El 90% de los registros se encontraban entre 500 y 10.000 veces por debajo del límite legal.

«No apago el Wi-Fi»

«La radiación por radiofrecuencia puede compararse a un caracol en una autovía: nunca hará saltar ningún radar porque su velocidad es la diezmilésima parte de la máxima permitida», afirma el físico Enrique Arribas Garde, director del grupo de investigación de ondas de RF de la UCLM.

Según explica, el estudio puede extrapolarse perfectamente a una gran ciudad como Madrid con los mismos resultados, pues la densidad de antenas está relaciona con la densidad de población. E insiste: «No hay ningún estudio que correlacione la radiofrecuencia con el cáncer. Yo en mi casa no apago el Wi-Fi, ni con niños ni ahora con mi nieta. Con eso lo digo todo».

A su juicio, «hay un interés en decir que el Wi-Fi es dañino para vender falsas curaciones. A eso se suma que la ignorancia es muy atrevida. En su día, el tren también era una máquina diabólica». Y recuerda: «El mando a distancia de la tele es 10.000 veces más potente que las ondas de radiofrecuencia, y a nadie parece preocuparle».

Precisamente, el estudio nació después de que un movimiento antiantenas de Albacete lograra retirar una acusándola de ser la responsable de algunos casos de cáncer. Pero los números de sus mediciones, como dice Alberto Nájera, principal investigador, hablan por sí solos.

A ese respecto, opta por transmitir «total tranquilidad».«La pseudociencia se apodera del dolor de la gente para engañarla y estafarla», advierte. Y añade que se buscan falsos grandes enemigos cuando, por ejemplo, «sí está claro que la contaminación atmosférica y el tabaco causan esas enfermedades».

Fuente

~~~

12/09/2015

Esther Armora

Las enfermedades de las nuevas tecnologías

La hipersensibilidad electromagnética es un trastorno de base neurológica que sufren determinadas personas que reaccionan ante las radiaciones electromagnéticas no ionizantes como las que emiten los teléfonos celulares o las antenas de telefonía.

Los casos se han disparado en los últimos 15 años, coincidiendo con la generalización del uso de las nuevas tecnologías.

¿Es una enfermedad reconocida por la OMS?

Las autoridades sanitarias mundiales no la reconocen como enfermedad. Un estudio de 2005 de la OMS concluyó que «se caracteriza por una variedad de síntomas específicos que difieren de un individuo a otro». Reconoce, asimismo, que «puede ser un problema incapacitante para la persona afectada».

¿Qué síntomas provoca?

Dolores de cabeza, insomnio, irritabilidad, fatiga, dolor muscular y manifestaciones cutáneas, entre otros síntomas.

La afectación varía según el grado de sensibilidad de las personas hacia estas radiaciones. Los niños y las mujeres son más vulnerables.

Cuando los síntomas prevalecen más de seis meses, se considera que existe el trastorno y no es un episodio puntual.

¿A cuántas personas afecta?

Afecta a una de cada 1.000 personas. En un 5% de los casos, el trastorno es severo. Para estas personas la única solución es la protección total ante estas radiaciones.

¿Existe algún tratamiento?

La única forma de evitar el trastorno es evitando la exposición a las radiaciones. También se utilizan tratamientos para aliviar la sintomatología, como analgésicos, neurobióticos o antioxidantes.

Fuente

[LE}– ‘Vis a vis’, no ‘bis a bis’, es cara a cara

14/09/2015

Vis a vis, con uve y sin guiones (no bis a bis ni vis-a-vis), es la forma adecuada para referirse en general a un encuentro cara a cara, sin intermediarios, y más específicamente a los que se permite mantener a los presos en la cárcel.

En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como

  • «Se autorizó al recluso a mantener un bis a bis con su familia»,
  • «Está prevista una reunión “bis a bis” con su homólogo francés» o 
  • «Es un candidato al que le gusta el bis a bis, el contacto con los electores».

La expresión vis a vis es un calco del francés vis-à-vis (‘cara a cara’), ya asentada en el español y recogida en el Diccionario Académico como una locución que puede funcionar como adjetivo (un encuentro vis a vis), adverbio (trataron el asunto vis a vis) o como un sustantivo (un vis a vis).

En este último caso, alude en concreto al encuentro a solas con un visitante que se permite mantener a un recluso en la prisión.

El Diccionario Panhispánico de Dudas desaconseja tanto la grafía con guiones (vis-a-vis) como la escrita con b (bis a bis), fruto del cruce con bis (‘dos veces’).

Al tratarse de una expresión asentada en español no es preciso destacarla con cursivas ni comillas. Se recuerda además que en general puede sustituirse por la expresión cara a cara.

Así en los ejemplos anteriores, habría sido preferible lo correcto habría sido escribir

  • «Se autorizó al recluso a mantener un vis a vis con su familia»,
  • «Está prevista una reunión vis a vis con su homólogo francés» y
  • «Es un candidato a que le gusta el cara a cara, el contacto con los electores».

Fuente

[*Opino}– Las fotos antiguas, tesoros; las de hoy, epidemia

11-09-2015

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio abajo hay dos afirmaciones que comparto plenamente.

  1. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda.
  2. La «necesidad histérica» que hay hoy de tomarse fotos mostrando alegría.

Durante mi niñez, adolescencia y primeros años de juventud, las fotos tenían un gran valor, tanto en la familia como en lo social, pues, por ejemplo, un muchacho daba cualquier cosa con tal de hacerse con una foto de la muchacha que le gustaba.

Tal vez por esto fue por lo que el primer regalo que me hice en mi vida, a la edad de 19 años, fue una cámara fotográfica marca REGULA IIIa, alemana, que, en un bazar de la Plaza Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife, me costó, en oferta, 1.200 pesetas.

Con esa cámara —que don Julián Acevedo, dueño de la tienda de fotografía que había en la calle San José, donde yo revelaba los rollos, me enseñó a usar— pude tomar fotos de las muchachas que me gustaban, de familiares que murieron hace ya muchos años, y de momentos de relevancia en mi vida, tanto en Canarias como en Venezuela.

Son fotos que aún conservo, y muchas de ellas las he publicado en este blog. Para tomarlas bien debí seguir antes un curso de fotografía, pues mi cámara era totalmente manual y, por supuesto, no era digital, y la llevaba conmigo a cualquier evento relevante.

Ahora, sin embargo, hablando en plata, lo de la fotografía se ha puteado. Las cámaras digitales, que hace pocos años causaron furor, han sido reemplazadas por las que tienen todos los celulares, pero cuando sé que iré a algo en lo que quiero tomar fotos, llevo mi cámara digital ya que hasta el momento no he visto ningún celular que tome fotos mejores que mi cámara.

Pero como todo el mundo tiene celular, todo el mundo toma fotos y más fotos de lo que sea y, lo que es peor, las sube a la nube, o las envía por e-mail o por WhatsApp sin siquiera pensar que alguno de sus destinatarios no tenga interés en ellas porque, en los más de los casos, son repetitivas.

Casi la totalidad de esas fotos carecen de valor artístico, no tienen ni profundidad ni poesía, y responden a una necesidad histérica de algo parecido a exhibicionismo, ostentación o narcicismo.

~~~

11 SEP 2015

Jonathan Jones

¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas?

Tal y como los usuarios que le hacen esa pregunta a Google han podido comprobar con exactitud, existe una lúgubre ausencia de sonrisas en las primeras fotografías de la historia.

Los retratos fueron uno de los principales atractivos de la fotografía desde su invención. En 1852, por ejemplo, una chica posó para un daguerrotipo con la cabeza ligeramente girada, lanzando al objetivo una mirada firme y segura, y sin sonreír. Así, queda conservada para siempre como una joven de lo más severo.

Esa severidad aparece por doquier en las fotografías victorianas. Charles Darwin, que según todas las fuentes era un hombre afable y un padre cariñoso y bromista, parece congelado en la melancolía en todas sus fotos. En el gran retrato del astrónomo John Frederick William Herschel realizado en 1867 por Julia Margaret, su profunda introspección taciturna y su pelo enmarañado, bañado por la luz, le daban el aire de un rey Lear trágico.

¿Por qué nuestros ancestros, desde los desconocidos que posaban para retratos familiares a los personajes famosos y de renombre, se ponían tan sumamente tristes delante del objetivo?

No hay que observar durante mucho tiempo estas antiguas y solemnes fotografías para ver cuán incompleta está la respuesta aparentemente obvia: que congelan sus caras para poder aguantar los largos tiempos de exposición. En el retrato que Julia Margaret Cameron le hizo a Tennyson, el poeta rumia y sueña, su rostro es la máscara sombreada de un genio. No se trata de una mera extravagancia técnica, sino de una elección estética y emocional.

La gente del pasado no era necesariamente más pesimista que nosotros; las personas no deambulaban por el mundo en un estado de tristeza perpetua, aunque, de haberlo hecho, estarían justificados, al vivir en un mundo con altísimas tasas de mortalidad en comparación con el Occidente actual, con una Medicina del todo deficiente para nuestros estándares.

De hecho, los victorianos se tomaban con humor incluso los aspectos más lúgubres de su sociedad. El libro de Jerome K. Jerome, «Tres hombres en una barca», ofrece una imagen reveladora del sentido del humor victoriano, juguetón e irreverente. Cuando el narrador bebe un trago de agua del río Támesis, sus amigos bromean diciéndole que probablemente pille el cólera.

La broma es fuerte teniendo en cuenta que estaban en 1889, sólo unas décadas después de que dicha enfermedad arrasara Londres. Aunque ahí estaba Chaucer escribiendo !Los cuentos de Canterbury», que aún arrancan carcajadas, en el siglo de la peste negra. O Jane Austen, que encontró cantidad de elementos tronchantes en la época de las guerras napoleónicas.

La risa y el regocijo no sólo eran habituales en el pasado, sino que estaban mucho más institucionalizados que hoy en día: desde los carnavales medievales, donde comunidades enteras disfrutaban con payasadas y extravagancias cómicas desenfrenadas, hasta las imprentas georgianas, donde la gente se reunía para enterarse de los últimos chistes.

Lejos de reprimir los festivales y la diversión, los victorianos, que inventaron la fotografía, también confirieron a la Navidad el carácter de fiesta laica que tiene en la actualidad.

Así las cosas, la seriedad de la gente en las fotografías del siglo XIX no puede ser prueba de una tristeza y depresión generalizada. No se trataba de una sociedad que vivía en una desesperanza perenne. Más bien, la verdadera respuesta tiene que ver con la actitud hacia el retrato en sí.

Las personas que posaban para las primeras fotografías, desde las severas familias de clase media que dejaban constancia de su estatus hasta los famosos captados por el objetivo, las concebían como un momento significativo. La fotografía aún era muy poco corriente, y hacerse una foto no era algo que ocurriera todos los días. Para mucha gente, podía tratarse de una experiencia única en la vida.

Posar para la cámara, en otras palabras, no era muy distinto de hacerlo para un cuadro. Era más barato, más rápido (a pesar de los largos tiempos de exposición) y significaba que unas personas que nunca habían tenido la oportunidad de ser pintadas, ahora podían hacerse un retrato; pero, al parecer, la gente se lo tomaba con la misma seriedad que se reservaba a los cuadros. Aquello no era una “instantánea”. Al igual que los cuadros, la fotografía se concebía como el registro atemporal de una persona.

Los retratos al óleo tampoco están plagados de sonrisas. Las obras de Rembrandt serían muy distintas si todo el mundo estuviera sonriendo. De hecho, rezuman conciencia de la mortalidad y del misterio de la existencia, que no son precisamente motivos para reírse. Desde la mirada rojiza del papa Inocencio X retratado por Velázquez a la Violante de Tiziano, y su seriedad íntima, son contados los retratos con caras sonrientes que encontramos en los museos.

La excepción más famosa es, claro está, la Mona Lisa, y Leonardo da Vinci se esforzó durante años para que esa sonrisa “funcionase”. Sus coetáneos se sorprendieron al ver un retrato sonriente. En el siglo XVIII, los artistas pintaban a personas risueñas —el escultor Houdon incluso dio a la estatua de mármol de Voltaire una sonrisa— para captar la nueva actitud, sociable y alegre, de la Ilustración.

No obstante, en líneas generales, la melancolía y la introspección dominan el retrato al óleo, y esa sensación de la seriedad de la vida pasó de la pintura a los albores de la fotografía.

De hecho, la pregunta podría reformularse: ¿por qué las fotografías antiguas son mucho más conmovedoras que las modernas?

Lo cierto es que la grandeza existencial de los retratos tradicionales, la gravedad de Rembrandt, aún sobrevive en la fotografía victoriana. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda. Las fotos representan la sociabilidad: queremos transmitir que somos gente sociable y feliz. Así que sonreímos, nos reímos y hacemos el tonto en selfis infinitos, infinitamente compartidos.

Un selfi risueño es la antítesis de un retrato solemne, una mera representación momentánea de la felicidad. No tiene ninguna profundidad, y, por ende, ningún valor artístico. Como documento humano resulta inquietantemente desechable. (De hecho, ni siquiera es lo bastante sólido como para hacer una bolita: basta con pulsar “borrar”).

¡Qué hermosas y cautivadoras son las fotografías antiguas en comparación con nuestros ridículos selfis! Probablemente aquella gente seria se divertía tanto como nosotros, si no más, pero no tenían la necesidad histérica de demostrarlo con fotos. Al contrario, cuando posaban para una fotografía pensaban en el tiempo, la muerte y la memoria.

La presencia de esas realidades solemnes en las fotografías del pasado las hace mucho más valiosas que las instantáneas con una felicidad tonta colgadas en Instagram. A lo mejor, nosotros también deberíamos dejar de sonreír a veces.

Fuente

[Hum}– Así somos los venezolanos / Aníbal Nazoa

ASÍ SOMOS LOS VENEZOLANOS.

Por Aníbal Nazoa

Si en uno de esos coloquios vía satélite que están de moda se me preguntara cuál es a mi juicio el rasgo distintivo del venezolano, no vacilaría en responder que la imprecisión, la indeterminación, es nuestro signo capital.

Somos el país del más o menos, del más acaíta y más allaíta, más arribita y más abajito; en eso nos parecemos a los ingleses, que jamás dicen «near» sino «not far from» tal o cual parte, ni aceptan que ninguna cosa sea definitivamente buena sino «not bad at all».

Pero nosotros vamos mucho más allá, rozamos los límites del surrealismo en nuestro comportamiento y lenguaje cotidianos. Cualquier extranjero que nos visite por primera vez enloquecería si oyera, como se oye corrientemente, a un electricista, plomero o cualquier técnico venezolano ordenando a su asistente: «Tráeme la vainita ésa de bichar los perolitos del coroto». Lo asombroso no es la terminología en sí, lo increíble es que el ayudante comprenda perfectamente bien la orden y traiga exactamente lo que se le está pidiendo. Misterios de la lexicografía y la semántica venezolanas.

El mismo extranjero tal vez moriría en el intento si tratara de comprender la nomenclatura de nuestras ciudades. Para empezar, en las urbanizaciones venezolanas las casas no se identifican por números sino por nombres, los cuales suelen dar origen a grandes confusiones. Así, por ejemplo, siendo (por razones que desconozco) San Judas Tadeo uno de los nombres preferidos por la clase media para bautizar a sus viviendas, no es raro que en una misma calle haya seis quintas con el nombre de San Judas Tadeo, para desesperación de quien busque tal dirección.

Luego tengamos en cuenta el estilo venezolano de dar las direcciones. Rara vez un venezolano dice: «Avenida Betancourt, Edificio Lusinchi, tercer piso, numero 33″. No la forma habitual de dar la dirección es: “Maás alantico de la Plaza Alfaro Ucero, pasada la panadería, un edificio blanco con unos ladrillitos arriba, junto a una casa rosada con rejas verdes que tiene al lado una mata de mango», añadiendo, de paso, alguna formula misteriosa como «del lado de allá, no como quien va sino como quien viene».

En materia de tiempo, el venezolano es uno de los seres más indescifrables que existen. Solemos, por ejemplo, concretar una cita «en la tardecita» o «en la nochecita», pero nadie sabe a ciencia cierta qué es la tardecita, que para uno es la tarde a primera hora y para otros la última parte de la tarde, ya cerca de la nochecita, que tampoco es un

concepto claramente establecido (naturalmente, ¿cómo va a estar claro si es de noche?), pero en todo caso citarse a una hora fija y precisa es visto como algo desconsiderado y hasta reaccionario.

Mejor se dice «a golpe de» o «tipo cuatro, cinco». «A las cuatro y pico en punto», que en todas partes es un chiste, en Venezuela es una hora que puede corresponder a una realidad.

No aspiro a que me lo crean, pero en una ocasión oí decir a un locutor de una emisora radial de provincia “la hora legal de Venezuela: las cinco y media pasaditas».

Capítulo aparte merecen nuestras relaciones con los taxistas. Hay que ser extremadamente cuidadosos en los tratos con estos caballeros que abolieron por su cuenta el uso del taxímetro sin que el Gobierno chistara y sin que nadie sepa por qué sus vehículos se siguen llamando taxis.

Para contratar una carrera de taxi, el francés —pongamos por caso— sube en el coche y ordena: «25 rue Caucheman». El inglés hace lo propio e indica: «34 Peninton Road», y ya. El venezolano introduce media cabeza por la ventanilla del auto y pregunta: «¿Por cuánto, más o menos, me lleva a Prados del Este?” Es muy probable que el chofer le responda: «¿¡Prados del Este!? Ah, no, yo pa’allá no voy», y arranque, obligándolo a saltar. En caso de que acceda, el pasajero no indica la dirección de su destino sino que se dedica a guiar al conductor: «En el próximo semáforo a la derecha,… en la esquina a la izquierda, otra vez a la izquierda y después derechito por la subida…”.

Agréguese a esto, como una muestra de nuestro gusto por la imprecisión, que aquí practicamos la curiosa costumbre de regatear con el taxista, que no pocas veces acepta hacernos alguna rebaja en el costo del servicio. Y para cerrar el capítulo del transporte, recordemos que los colectivos, aunque tengan paradas fijas establecidas, por lo regular no se detienen en ellas sino donde lo exija el pasajero, según la fórmula universalmente aceptada. «Donde pueda señor…»

Podría seguir citando ejemplos de nuestra afición por la imprecisión y la vaguedad, pero para no cansar a los lectores concluyo con dos que considero pertenecientes al propio reino de la poesía.

En todas partes, para expresar el sentimiento que inspira cualquier hecho o circunstancia se suele decir, «me da miedo» «me da rabia», «me da asco» o «me da» lo que sea, según el caso. En Venezuela decimos «me da cosa»…¿qué es cosa? ¡Vaya usted a saber!

El otro ejemplo parece extraído de alguna obra de Lewis Carrol: los venezolanos —sólo nosotros y nadie más en el mundo— hemos inventado un término para designar el color más indefinido y difícil de nombrar de todo el universo: el color de «mono-corriendo».